Publicado en Artes y Letras, el 29 de abril, 2007.

por Beltrán Mena

 

 

Las escuelas que conocemos monopolizan los sueños y preparan mal para alcanzarlos.
El reciente debate sobre educación expuso un espectro de opiniones amplio sólo en apariencia. Muchas propuestas para gestionar las escuelas, pero ninguna que cuestionara la necesidad de su existencia. Educación sí, ¿pero por qué escuelas?

Las que tenemos son cajas donde entran niños indiferenciados y salen mejor o peor preparados para ingresar a la siguiente caja –la universidad– el resto se desparrama por las praderas y se convierte en cazador recolector. La caja contiene profesores, programas de estudio y computadores (muy importantes, los computadores).

Este esquema se parece mucho a una fábrica e induce a gestionarlo como fábrica: ¿Más demanda? Más fábricas, o más eficientes. Pero mientras creamos que el único que puede educar es un profesor y el único lugar dónde hacerlo es la escuela, estamos condenados a la fabricación de ciudadanos estándar que habitarán un país estándar. La ecuación que exige "educación para todos" y "educación de calidad" no tiene solución bajo estos supuestos. Podemos intentarlo heroicamente, pero no tiene solución.

Estamos perdiendo el talento de los niños que educamos, pero también mucho talento que está fuera de las escuelas y que podría educarlos, que hoy no cuenta con la licencia ni los canales para hacerlo.

Hemos confundido los fines con los medios, educación con escolaridad. Debemos recordar que se educa a un niño para tres cosas: para que sea buena persona, para que sea buen ciudadano y para que desarrolle sus talentos. La ecuación no se resolverá ajustando las variables existentes, si no abriendo grandes puertas en el esquema actual, ideas de gestión que recluten el abundante talento que existe más allá del magisterio.