| Las escuelas que conocemos
monopolizan los sueños y preparan mal para alcanzarlos.
El reciente debate sobre educación expuso un espectro de
opiniones amplio sólo en apariencia. Muchas propuestas para
gestionar las escuelas, pero ninguna que cuestionara la necesidad
de su existencia. Educación sí, ¿pero por qué
escuelas?
Las que tenemos son cajas donde entran niños indiferenciados
y salen mejor o peor preparados para ingresar a la siguiente caja
–la universidad– el resto se desparrama por las praderas
y se convierte en cazador recolector. La caja contiene profesores,
programas de estudio y computadores (muy importantes, los computadores).
Este esquema se parece mucho a una fábrica e induce a gestionarlo
como fábrica: ¿Más demanda? Más fábricas,
o más eficientes. Pero mientras creamos que el único
que puede educar es un profesor y el único lugar dónde
hacerlo es la escuela, estamos condenados a la fabricación
de ciudadanos estándar que habitarán un país
estándar. La ecuación que exige "educación
para todos" y "educación de calidad" no tiene
solución bajo estos supuestos. Podemos intentarlo heroicamente,
pero no tiene solución.
Estamos perdiendo el talento de los niños que educamos,
pero también mucho talento que está fuera de las escuelas
y que podría educarlos, que hoy no cuenta con la licencia
ni los canales para hacerlo.
Hemos confundido los fines con los medios, educación con
escolaridad. Debemos recordar que se educa a un niño para
tres cosas: para que sea buena persona, para que sea buen ciudadano
y para que desarrolle sus talentos. La ecuación no se resolverá
ajustando las variables existentes, si no abriendo grandes puertas
en el esquema actual, ideas de gestión que recluten el abundante
talento que existe más allá del magisterio.
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