CAPITULO 50

ENFERMEDADES CON DERRAME PLEURAL

 
     
     
     
     

 

 
 

ENFERMEDADES QUE PRODUCEN DERRAME TRANSUDATIVO

La causa más frecuente de derrame pleural es la congestión pulmonar pasiva por problemas cardíacos. Como la pleura en sí misma está indemne, el líquido tiene las características de un transudado en cuya génesis intervienen múltiples factores, siendo el principal la hipertensión venosa pulmonar debida a insuficiencia cardíaca izquierda o a estenosis mitral. El líquido extravasado infiltra primero el intersticio pulmonar y luego pasa al espacio pleural a través de la hoja visceral. El líquido así formado se evacúa a través de los linfáticos parietales. Si se agrega hipertensión venosa sistémica por falla derecha, se suma líquido ultrafiltrado en la pleura parietal y el drenaje linfático se ve limitado, ya que los linfáticos terminan drenando el el sistema venoso.

Si el cuadro clínico de compromiso cardíaco es claro y el derrame es bilateral y de similar cuantía, no es necesario realizar punción pleural y la observación del efecto del tratamiento de la enfermedad causal suele ser suficiente. Si hay dudas sobre la existencia de insuficiencia cardíaca, el derrame es unilateral, hay dolor pleural o hay fiebre, es conveniente verificar la calidad del derrame mediante punción. En derrames de mucha magnitud la evacuación de 500 a 1000 ml puede producir un alivio significativo, lo que se explicaría por reducción de la distensión del tórax, lo que mejora el funcionamiento de los músculos de la respiración.

En alrededor de un 6% de los pacientes con ascitis se observa un derrame pleural concomitante, más frecuentemente al lado derecho, debido a la aspiración del líquido peritoneal por la presión negativa del tórax a través de defectos del diafragma. Dado que en la cirrosis hepática existe un mayor riesgo de tuberculosis pulmonar y pueden coexistir neoplasias, es necesario verificar que los líquidos de ambas cavidades son transudados antes de aceptar el mecanismo antes mencionado. En la evacuación de estos derrames para tratamiento sintomático o como preparación para un sellamiento pleural es conveniente ser prudente, porque puede drenarse simultáneamente la ascitis con pérdida de proteínas e hipovolemia.

En la diálisis peritoneal puede producirse derrame pleural por el mismo mecanismo de la ascitis. En el síndrome nefrótico se observan transudados, generalmente bilaterales, por hipoproteinemia. En atelectasias, el aumento de la negatividad de la presión intratorácica puede dar origen a pequeños derrames por transudación. En las embolias pulmonares los derrames son generalmente exudados, pero en un 25% de los casos pueden ser transudados.

ENFERMEDADES CON DERRAME EXUDATIVO

DERRAMES PARANEUMONICOS

Reciben esta denominación los derrames debidos a una neumonía o absceso pulmonar. Pueden revestir dos formas de muy diferente significación:

Derrame paraneumónico simple. El exudado es estéril y se debe al aumento de la permeabilidad capilar en la pleura por efecto de la difusión de mediadores químicos desde el foco inflamatorio pulmonar.

Derrame paraneumónico complicado. Se debe a invasión de la pleura por gérmenes propagados desde el foco pulmonar. Inicialmente el exudado es transparente, por lo que la proliferación bacteriana sólo puede detectarse, directamente, por la tinción de Gram y cultivo, o indirectamente, por efecto del metabolismo microbiano que consume glucosa y acidifica el líquido por producción de ácido láctico. Si no media un tratamiento adecuado, el derrame se hace progresivamente purulento por la acumulación de piocitos, condición denominada empiema.

La diferenciación precoz entre derrame simple y complicado es imperativa, ya que el primero evoluciona paralelamente con la neumonía y responde al mismo tratamiento antibiótico. El complicado, en cambio, debido a la inflamación bacteriana tiene un alto contenido de fibrina que, a través de adherencias, forma múltiples bolsillos o lóculos pleurales. En estas condiciones los antibióticos sistémicos tienen escasa llegada y se genera una supuración crónica grave y prolongada que suele exigir tratamiento quirúrgico para evitar la muerte o la pérdida funcional de todo un pulmón por paquipleuritis. El drenaje del empiema con un tubo que permita la evacuación permanente del exudado espeso y adherente por su alto contenido de fibrina, tiene carácter de extrema urgencia, ya que en seis horas un derrame libre puede locularse, dificultando su ulterior drenaje.

Etiología

Todos los gérmenes que afectan al pulmón pueden ser causa de un derrame paraneumónico simple. Si se hace una búsqueda dirigida se puede detectar derrame pleural en el 40% de las neumonías (60% en neumocócicas, 20% en micoplasma), pero sólo en una parte de ellas alcanza un nivel suficiente como para tener repercusión clínica.

En los derrames complicados, los gérmenes más frecuentes son los aerobios que son responsables de la mayor parte de las neumonías. A de pesar que la incidencia de neumonías por anaerobios es considerablemente menor, estos gérmenes son los responsables únicos de un 15% de los derrames infectados y con frecuencia son parte de infecciones mixtas. Esto se debe probablemente a que el cuadro clínico de la neumonía anaeróbica es, con frecuencia, insidioso, lo que hace que el tratamiento específico se inicie tardíamente. El derrame infectado es también frecuente en neumonías necrotizantes por estafilococos y gramnegativos.

Existen otras vías de infección que pueden conducir a empiemas que, sin perjuicio de las conductas exigidas por la enfermedad primaria, deben ser estudiados y tratados en igual forma que los asociados a neumonías. Los gérmenes pueden llegar a la pleura a través de la pared torácica (heridas penetrantes, intervenciones quirúrgicas), del diafragma (abscesos abdominales altos) o provenientes del mediastino (ruptura esofágica en maniobras instrumentales o en vómitos intensos).

Conducta diagnóstica y terapéutica

Dada la importancia del drenaje precoz en el derrame complicado, es obvio que ante un derrame paraneumónico la atención debe dirigirse a detectar lo más rápidamente posible la contaminación pleural.

Las características clínicas generales del cuadro (fiebre, leucocitosis, extensión de la neumonía, etc.) no sirven para esta diferenciación, la que debe basarse en el estudio del líquido pleural. En consecuencia, la toracocentesis está indicada en todo derrame paraneumónico clínica y radiológicamente evidente, salvo que sea muy pequeño, ocupando sólo el fondo de los senos costofrénicos o presentando un espesor de menos de 1 cm en la radiografía en decúbito lateral con rayo horizontal.

La primera punción en un derrame paraneumónico debe evacuar la totalidad del líquido ya que en contaminaciones iniciales esta medida, junto al tratamiento antibiótico de la neumonía, pueden ser suficiente para detener la invasión pleural.

La obtención de un líquido purulento o la demostración de gérmenes en el Gram son suficientes para hacer el diagnóstico de empiema, proceder al drenaje e iniciar un tratamiento antibiótico de acuerdo a las pautas vistas en el capítulo de neumonías. El cultivo para gérmenes corrientes y para anaerobios debe realizarse siempre, para guiar una eventual modificación de un tratamiento antibiótico empírico inicial, si éste resulta inadecuado.

En ausencia de estos elementos diagnósticos, la detección de la invasión pleural se basa en signos indirectos de actividad metabólica bacteriana en el líquido pleural: pH bajo 7,20, glucosa baja y lactato sobre 5 mMol/L. Si los resultados son dudosos, se debe repetir los exámenes cada 8-12 horas, ya que la evolución progresiva de estos índices tiene gran valor diagnóstico. Otros indicadores inespecíficos de inflamación como leucocitosis polimorfonuclear y, especialmente, LDH aportan información complementaria, pero raramente decisiva. En los empiemas, la ADA suele encontrarse elevada sobre 80 U/L, pero su especificidad y sensibilidad son limitadas para este diagnóstico.

Las radiografías en diferentes posiciones, la ecografía y la tomografía axial computarizada aportan información de valor en caso de sospecharse o demostrarse tabicaciones, indicando los lugares más apropiados para colocar tubos y, eventualmente, la necesidad de drenaje quirúrgico abierto o por toracoscopia.

La gravedad y complejidad de los derrames complicados exigen que el médico tratante recurra precozmente a la colaboración de un especialista respiratorio y de un cirujano torácico. De otra manera, este cuadro, que actualmente puede resolverse en pocos días, puede pasar a la cronicidad con graves secuelas funcionales y peligro de muerte. Si fracasa el drenaje del derrame, será necesario recurrir a procedimientos de creciente complejidad y riesgo, como tubos múltiples, debridación quirúrgica, drenaje amplio hacia el exterior con resección de un trozo de costilla, extirpación de toda la membrana piógena o empiemectomía, etc. El uso de fibrinolíticos locales es controvertido. Si controlada la infección quedan secuelas fibróticas significativas, debe considerarse la decorticación o eliminación de la cáscara fibrosa depositada sobre el pulmón.

PLEURESIA TUBERCULOSA

En nuestro país el 80% de las tuberculosis son pulmonares y un 20% extrapulmonares y de éstas un tercio corresponde a pleuresía tuberculosa.

El micobacterio tuberculoso puede llegar a la pleura por dos vías.

• La más frecuente es la extensión de focos pulmonares subyacentes que, aunque generalmente son inaparentes en la radiografía, han sido demostrados por TAC y en exámenes anatomopatológicos. Esto explica por qué en más o menos un 20% de las pleuresías TBC puede encontrarse baciloscopias positivas en la expectoración y que, cuando la pleuresía no es tratada en forma adecuada, aparezca una TBC pulmonar dentro de los 6 años siguientes en 2/3 de los casos. Cuando la invasión pleural se debe al vaciamiento de un foco pulmonar caseoso, se produce un empiema tuberculoso de evolución usualmente crónica.
• La posibilidad de compromiso pleural por diseminación hematógena es sugerida por el hecho de que el antecedente de pleuresía TBC es muy frecuente en localizaciones hematógenas como la renal, ósea, endometrial, etc.

Estudios experimentales sugieren que no basta la presencia de bacilos en la pleura para que se produzca un derrame, sino que debe existir una hipersensibilización inmunológica que sería un determinante importante del fenómeno exudativo. La inflamación pleural produce aumento de permeabilidad de los capilares con formación de un exudado y, al mismo tiempo, por oclusión de los estomas linfáticos, disminuye su remoción.

Una parte de las pleuresías se produce en los 3 a 7 meses que siguen a la infección primaria y, por lo tanto, en niños y adultos jóvenes, pero por la etapa epidemiológica en que se encuentra nuestro país, es más frecuente su asociación a reactivación de TBC, incluso en edades avanzadas.

Cuadro clínico

La forma de presentación es variada: puede ser la de un cuadro febril agudo con tos seca y puntada de costado o la de un derrame de instalación insidiosa, que puede o no acompañarse de síndrome infeccioso o compromiso de estado general. Hay disnea según la magnitud del derrame.

Diagnóstico

En los 2-3 días iniciales puede haber predominio de polinucleares en el líquido, pero luego el derrame se hace linfocitario. Salvo que exista otra etiología evidente, un exudado linfocitario obliga a considerar la etiología tuberculosa. El examen de mejor rendimiento es la biopsia pleural por aguja, que tiene una especificidad de 100% y una sensibilidad de 50-80% para una biopsia y sobre 90%, para dos. El cultivo de uno de los trozos de tejido así obtenidos sube la sensibilidad conjunta a más de 95%, pero tiene el inconveniente de su demora. La baciloscopía del líquido es también específica, pero su sensibilidad es muy baja (10-20%).

El nivel de ADA es muy útil en dos puntos de corte:

• sobre 80 U/L es diagnóstica si se ha descartado artritis reumatoide, empiema y linfoma, lo que suele lograrse   fácilmente con los elementos clínicos
• bajo 20 UL la TBC es muy improbable

Con valores intermedios la decisión depende de la probabilidad pre-test del caso: en pacientes menores de 30 años con baja probabilidad de neoplasia, una cifra superior a 45 U/L permite iniciar tratamiento antituberculoso, pero en personas mayores es necesario basarse en indicadores más específicos.

Las células mesoteliales escasas (menos de 5%) son un factor de sospecha, pero no permiten asegurar el diagnóstico.

Tratamiento

Aunque el derrame suele regresar lentamente en forma espontánea, esto no significa que la enfermedad tuberculosa haya curado, como lo demuestra la alta frecuencia de tuberculosis pulmonar en los 5-10 años que siguen a una pleuresía TBC no tratada.

El tratamiento medicamentoso se rige por los mismos esquemas indicados para la tuberculosis pulmonar con bacteriología negativa (2HRZ/4H2R2) y tiene como objetivo importante esterilizar las lesiones pulmonares y las siembras hematógenas que pueden acompañar a la pleuresía. La regresión del derrame es usualmente lenta, demorando algunas semanas. Dado que las drogas anti-TBC tienen complicaciones que, aunque escasas, pueden ser graves, es importante respaldar el diagnóstico con biopsia o, en su defecto, con ADA.

Como medidas complementarias para aliviar la disnea pueden considerarse el vaciamiento del derrame si éste es muy abundante, y la kinesiterapia con movilización del hemitórax comprometido, para estimular la reabsorción linfática y evitar secuelas retráctiles. Los corticoides no modifican substancialmente la evolución y secuelas de la pleuresía TBC, pero pueden ayudar en casos en que la fiebre y compromiso del estado general son muy intensos o prolongados.

 

NEOPLASIAS PLEURALES

La pleura puede ser comprometida por neoplasias primarias o, más frecuentemente, por la extensión directa de un cáncer bronquial o por metástasis hematógenas. Estos últimos mecanismos son la principal causa de derrames pleurales sobre los 60 años. Conviene tener presente que también puede existir compromiso tumoral importante de la pleura sin que haya derrame y que hasta una cuarta parte de los derrames neoplásicos son inicialmente asintomáticos, constituyendo un hallazgo de examen físico o radiológico.

Neoplasias secundarias

No siempre un derrame pleural concomitante con una neoplasia pulmonar o de otro órgano significa invasión pleural: un cáncer bronquial puede provocar derrame indirectamente por bloqueo metastásico de los ganglios mediastínicos que drenan los linfocitos parietales, por neumonía obstructiva con derrame paraneumónico o por atelectasia. Las flebotrombosis paraneoplásicas pueden también originar embolias pulmonares que se acompañan de derrame. Por otra parte, la radioterapia de un tumor bronquial o mamario puede también comprometer la pleura. Finalmente, queda la posibilidad de la concomitancia de otra enfermedad independiente del tumor. Todo lo anterior indica que la aparición de un derrame pleural en un paciente con cáncer no significa necesariamente invasión tumoral de la pleura, por lo cual éste debe ser estudiado hasta determinar su causa con la mayor precisión posible.

La causa más frecuente de derrame neoplásico secundario es el cáncer bronquial, ya sea por extensión directa o por metástasis linfáticas o hematógenas. Lo siguen el cáncer de la mama, linfomas, tumores ováricos y, con menor incidencia, las neoplasias renales, gástricas, pancreáticas, etc. El derrame puede ser, ocasionalmente, la primera manifestación de la enfermedad tumoral (7%). Si el tumor primario es asintomático, su búsqueda puede ser muy costosa y, a veces, infructuosa, por lo cual conviene dirigirla a aquellas neoplasias susceptibles de ser tratadas con hormonas o quimioterapia, pudiendo ser diferida en tumores sobre los cuales no hay posibilidad de actuar.

Si bien los derrames masivos (sobre 2000 ml) suelen ser neoplásicos, no se debe exigir esta característica para plantear la sospecha de esta etiología, ya que los derrames tumorales son con frecuencia medianos (500-1000 ml). Si bien la tendencia a reproducirse rápidamente es muy sugerente de esta etiología, ella no siempre está presente.

El derrame por invasión tumoral es un exudado, corrientemente linfocitario y con frecuencia hemorrágico. El elemento diagnóstico específico es el hallazgo de células neoplásicas, pero su sensibilidad es aproximadamente de un 60%, aunque ésta puede mejorar con una segunda muestra. Como se enfatizó anteriormente, la experiencia del citólogo es fundamental para la correcta interpretación de este examen. La adición de una biopsia pleural por aguja mejora el rendimiento y, más aun, la biopsia por toracoscopia. Los índices de alta celularidad como son la LDH elevada y la caída del pH y de la glucosa apuntan a un peor pronóstico.

La terapia del derrame por invasión pleural es sintomática y paliativa, sin perjuicio del tratamiento que pueda tener el tumor primario. Cuando la reproducción del derrame ocasiona disnea, se recurre al sellamiento de la cavidad pleural, provocando la adherencia de ambas hojas mediante la instilación endopleural de talco u otro irritante. Si este método fracasa, puede hacerse una abrasión de la pleura con yodo-talco por vía quirúrgica o toracoscópica. La sobrevida de los derrames metastásicos varía usualmente entre 2 y 11 meses.

NEOPLASIAS PRIMITIVAS DE LA PLEURA

Su frecuencia es baja y su diagnóstico histológico es difícil, aun para patólogos experimentados. Se clasifican en benignas y malignas, más por su comportamiento biológico (invasión y metástasis) que por su aspecto histológico.

Mesotelioma fibroso benigno

Este tumor forma masas de forma y tamaño variables, especialmente en la pleura visceral, que suelen no dar síntomas salvo que su tamaño sea considerable. No siempre se acompañan de derrame, por lo que son con frecuencia un hallazgo radiográfico. Se presentan como una masa fibrosa con contacto parietal, a veces pediculada, que debe diferenciarse de un cáncer pulmonar periférico o de un tumor parietal. Su diagnóstico definitivo se confirma frecuentemente sólo después de su extirpación quirúrgica, ya que las muestras obtenidas por punción pueden no ser concluyentes. Su extirpación quirúrgica suele ser curativa, aunque a veces recidivan.

Mesotelioma maligno

Los mesoteliomas malignos son tumores de gran capacidad invasora que tienden a comprometer extensamente la pleura y a encarcelar el pulmón. En diversas series, la mayoría de los mesoteliomas tienen el antecedente de exposición a inhalación de fibras de asbesto, ya sea en minas, astilleros, industrias o incluso en el vecindario de éstas. El tiempo de latencia entre el contacto inicial y la aparición del tumor es de 20 a 40 años.

Se manifiestan preferentemente por dolor torácico y, con menos frecuencia, por tos, disnea y compromiso del estado general. El derrame suele ser grande o masivo, siendo posible detectar en la radiografía de tórax un engrosamiento de la pleura con grandes nódulos (Figura 50-1) e invasión del mediastino.

 


Figura 50-1. Mesotelioma pleural. Se observa un derrame de grado mediano y masas con base pleural en la pared lateral derecha del tórax.

La tomografía computada es muy útil para evaluar estas características, ya que define muy bien la distribución y extensión de las masas tumorales, diferenciándolas del derrame.

El líquido es un exudado, frecuentemente hemorrágico, con pH bajo 7,30 en el 70% de los casos. La biopsia pleural por aguja es con frecuencia insuficiente para diferenciar los mesoteliomas de otros tumores, especialmente metástasis de adenocarcinomas, y tiene el riesgo de sembrar el tumor en el trayecto de punción. La citología del líquido pleural es de utilidad limitada. Incluso, en biopsias quirúrgicas es frecuentemente necesario recurrir a inmunohistoquímica y microscopia electrónica para definir el diagnóstico, ya que simulan otros tumores y las células mesoteliales reactivas pueden presentar morfologías muy atípicas.

La constatación de un líquido pleural viscoso, debida a una concentración alta de ácido hialurónico, es un fuerte apoyo al diagnóstico, pero su sensibilidad es muy baja.

Estos tumores responden pobremente a quimioterapia y la radioterapia y cirugía combinadas son de eficacia limitada, por lo que el tratamiento suele ser sólo sintomático y paliativo. Su pronóstico es, en consecuencia, muy malo con 6 a 12 meses de sobrevida. Por ser frecuente la siembra del tumor en el trayecto de punción diagnóstica es conveniente dejar marcado el sitio de ésta y de confirmarse un mesotelioma irradiar la zona.

EMBOLIA PULMONAR

La embolia pulmonar es una causa frecuente de derrame pleural que siempre debe tenerse presente, sobre todo si existe disnea desproporcionada a la magnitud del derrame. La mayor parte de las veces el líquido es un exudado por aumento de la permeabilidad capilar, debido a la isquemia pleural, pero en 10 a 20% de los casos es un transudado, que estaría ligado a un aumento de presión venosa sistémica por a falla ventricular derecha. Usualmente los derrames embólicos son pequeños o medianos y las características del líquido son inespecíficas. Se ha insistido mucho en su carácter hemorrágico, pero esta alteración está presente sólo en un 20% de los casos. Dado que del examen del líquido no cabe esperar claves diagnósticas, si se sospecha el origen embólico, la exploración debe dirigirse al sistema venoso (flebografía) y al pulmón (cintigrafía, angio-TAC, angiografía).

ENFERMEDADES DEL TEJIDO CONECTIVO

Usualmente el derrame es una manifestación más dentro del cuadro general y su estudio tiene por objeto principal descartar que pueda ser producto de enfermedades concomitantes. Ocasionalmente, el derrame puede ser la primera manifestación de la enfermedad de fondo.

El derrame de la artritis reumatoide es un exudado que se caracteriza por:

a) Glucosa muy baja, que no sube aunque se eleve la glicemia mediante una fleboclisis de suero glucosado, debido a un bloqueo selectivo para el paso de la glucosa.
b) Un pH frecuentemente bajo.
c) ADA elevado, en algunos casos.
d) Indicadores inmunológicos positivos: anticuerpos antinucleares, factor reumatoideo.

Su evolución es usualmente paralela a la de la artritis reumatoidea y no necesita de tratamientos especiales. En el lupus, el elemento diagnóstico específico son las células de lupus, pero su sensibilidad es baja.

 

QUILOTORAX

En las rupturas traumáticas, quirúrgicas o neoplásicas del conducto torácico, se acumula quilo en la pleura. La condición se caracteriza por un líquido lechoso que no aclara al centrifugarlo. El diagnóstico se confirma por el alto de nivel de triglicéridos (> 110 mg/ml) y la presencia de quilomicrones. Su principal efecto deletéreo es la desnutrición grave que puede provocar. El tratamiento es complejo, incluyendo drenaje, alimentación parenteral, sellamiento pleural, ligadura del conducto torácico, tratamiento de la enfermedad causal, etc., todo lo cual exige un trabajo en equipo de varios especialistas

En derrames crónicos, de tres o más años, se puede acumular colesterol, que también da un aspecto lechoso al líquido (pseudoquilotórax), que se diferencia con los análisis ya mencionados.