Me propongo presentar en conjunto algunos puntos de vista sobre el
concepto humanismo dispuestos en una sucesión lógica
de las secuencias históricas. Una exposición descriptiva
más que asertiva, no neutral por cierto, que no pretende aleccionar:
proponer un modelo de humanismo no está en mis intenciones,
entre otras cosas porque no está en mis convicciones El itinerario
que voy a seguir es uno de los tantos posibles, aunque para mí
tenga un grado de interés mayor que otros. Termina en una débil
conclusión, lo que en nuestros tiempos de asertos fuertes no
deja de tener inconvenientes.
El primer problema de su definición es originado por la
polisemia, la variedad de significados del término. El modelo
de definición general de humanismo postula una visión
antropocéntrica del mundo fundada en la racionalidad y libertad
del espíritu humano como fundamento de su autonomía,
de su sentido y de su apertura la mundo. El hombre es su propio
horizonte. Si bien se puede dar un principio de acuerdo sobre esta
definición, el modelo, sin embargo, cobra realmente significado
en sus diversificaciones y contextualizaciones históricas.
Y aquí también comienzan las dificultades, que hacían
preguntarse a Heidegger en su ´Carta sobre el humanismoª
si era verdaderamente necesario mantener tal palabra. Si se tiene
la curiosidad y la paciencia de reseñar las sucesivas encarnaciones
históricas del vocablo, se verá que de la mencionada
definición general todo será controvertible, incluso
el concepto mismo de hombre. Sin embargo, todos estos humanismos
tienen un común denominador: son prescriptivos, proponen
un deber ser, perseguido a través de un inalcanzable proceso
de realización. Hagamos un rápido elenco.
- El modelo griego de hombre kalokagathós, bello y bueno,
un ejemplar de extracción aristocrática, debe ser
formado a través de una ´paidéiaª,
es decir, de un proceso educativo que lo hará digno de
llegar a ser métron pánton chremáton, medida
de todas las cosas: una meta rigurosa, acabada y enérgica,
con pocas probabilidades de ser realizada.
- La traducción de paidéia al mundo romano
es studia humanitatis, el estudio de las disciplinas humanas.
Aquí tampoco el hombre es dado: debe ser formado para alcanzar
su plena humanitas, cuyo don es la virtus, un conjunto
de atributos sobre todo ético-prácticos, que continua
y modifica a la vez el proyecto griego de hombre.
- El movimiento cultural que más comúnmente identificamos
con le humanismo es que el surge en Italia en los siglos XIV y
XV. Después del largo eclipse medieval, el hombre recobra
una centralidad enraizada en su pertenencia al mundo de la naturaleza
y de la historia. Su inspiración en la cultura clásica,
particularmente en la romana, significa el retorno a la legitimidad
natural, a la morada mundana extraviada en los siglos de la trascendencia.
- Marx, con el humanismo socialista, encuentra al hombre, más
que en los individuos excepcionales a los que había mirado
el Renacimiento, en el hombre social. En la sociedad se realiza
la naturaleza del hombre a través de la satisfacción
de sus demandas naturales, tanto las básicas como las culturales.
Solo, el individuo es una abstracción, como había
dicho Hegel.
Al humanismo existencialista se aludirá más adelante.
Atendiendo ahora al fundamento, a la finalidad y a las connotaciones
de estas distintas versiones de humanismo, no es difícil
advertir que esta posición, unificada a primera vista sólo
en virtud de un nombre común, lo está también
por una suerte de tendencia al cuestionamiento destructivo y nihilista
de las estructuras teoréticas que parecen obstaculizar o
superar la centralidad del hombre como tal. Bajo esta perspectiva,
sería oportuno poner entre paréntesis la tradicionalmente
benévola interpretación de humanismo como el lugar
de encuentro y de armónico equilibrio entre razón,
moralidad y sentimiento, valores y ciencia, espíritu y naturaleza,
y considerarlo no diversamente de otros, como ´racionalismoª,
´materialismoª, ´subjetivismoª, cuya desinencia
extrema y distorsiona el sentido de su radical; en fin, como la
hipertrofia del concepto de humano.
Sin extenderse demasiado, propondré algunos ejemplos históricos
de esta afirmación.
- En la democrática y próspera Atenas de mediados
del siglo V a.C. tiene lugar el mayor proceso de deconstrucción
que se haya producido en el mundo clásico, por obra del
nacimiento retórico-filosófico que llamamos ´sofísticaª,
cuya lema -ya lo sabemos- es una de las formulaciones más
absolutas de humanismo: el hombre es la medida de todas las
cosas. Bajo su luz -como hará más de dos siglos
después la Ilustración- el mundo debe ser replanteado,
liberado de las construcciones mitológicas que lo atestan
y obstruyen, de los prejuicios sociales y de la legalidad consuetudinaria
que lo palarizan. Sin dioses y sin historia el hombre será
finalmente mensura sui, medida de sí mismo. Se podría
seguir paso a paso la devastación sistemática ejercida
sobre el legado de la tradición:
- El conocimiento despojado de objetividad y abandonado al juicio
del sujeto que percibe y piensa, limitado a la percepción
del mero fenómeno, carece de criterios discriminativos
que distingan verdad de falsedad; cada individuo tiene derecho
a su verdad, todas las experiencias subjetivas, en términos
de verdad, se equivalen.
- Igual proceso en el ámbito del bien y de la justicia,
que por lo tanto dejan de valer como norma absoluta de conducta
ética. En el contexto político, justo es lo que
conviene a la mayoría -reunida en la asamblea de la ciudad-
y por lo tanto, a su gobierno: lo cual es decir que la justicia
coincide con los intereses de quienes en la ciudad detentan el
poder. Trasímaco en la República de Platón,
terminará afirmando que la justicia es la careta del poder.
- La ley, desacralizada en su origen y en su vigencia, se reduce
a una convención, a un tácito pacto social en función
de la preservación de la comunidad a la que rige. En la
práctica, sin embargo, es un vínculo que los poderosos
imponen a los dominados, pero que no vincula a quienes lo detentan.
- Dios es abandonado a la esfera de la opinión subjetiva;
la posición más frecuente y cómoda es el
agnoticismo. No es infrecuente en el ámbito político
el empleo de la religión como instrumentum regni,
lo que significa transferirla a la categoría de lo útil.
Si la profesión de ateísmo se da raramente, se debe
a que es socialmente impopular y legalmente peligrosa.
El discurso -que llamamos ´Epitafioª- pronunciado
por Pericles en un momento alto del poderío ateniense-, es
tan bello y bien elaborado como arrogante: es la apología
de su tiempo y de su brillante generación, sin alusiones
ni a un Dios ni a la historia. Es un discurso humanístico,
en el sentido que hemos dado al término, no menos célebre
del diálogo de los Melios, referido por Tucídides
en el libro V, ejemplo de un presuntuoso y despiadado darwinismo
político.
Es éste un mundo en el que el originario estado de la naturaleza
continúa existiendo y potenciándose mediante un engañoso
pacto social que legitima y da fuerza coactiva a los viejos apetitos
que habían sido domesticados por el mito y la tradición.
El mundo del siglo V constituyó para el lógos relativista
de los sofistas una cota de cara fácil: era un mundo construido
casi enteramente sobre la base del pensamiento mítico y sobre
la veneración del pasado, tan fáciles de destruir
como difíciles de reemplazar.
La guerra del Peloponeso, con su trágica conclusión,
marco el fin del solipsismo sofista: será, entonces, la vuelta
a la ph_sis, el orden universal y necesario de la naturaleza,
con todas las derivaciones que la suelen acompañar: el retorno
al derecho y a la ética natural, a la teodicea (teología
natural), a las ideas innatas, a la noción de evidencia y
de verdad objetiva, a la posibilidad de un saber fundacional: cuanto
bastará para paliar, hasta el surgimiento de los grandes
sistemas metafísicos del siglo IV a.C., el vacío de
certezas, de valores y fines que había acompañado
al antropocentrismo de la sofística.
- Un segundo ejemplo, el Humanismo renacentista, visto sólo
a la luz de nuestro específico interés. En el campo
del pensamiento filosófico, este humanismo se presenta
como un movimiento algo vago, dominado por el cansancio y la rebelión,
como fermento más impugnador que creador. Son frecuentes,
sobre todo en los primeros humanistas, las expresiones de fastidio
y de menosprecio contra la ´barbarie de la escolástica
gótica de la Edad Mediaª, contra los dialécticos
y los teólogos sobrevivientes que representaban un pasado
odioso y risible. Reitera, en cambio, su reafirmación,
vinculada a su admiración por le mundo clásico,
del carácter mundano y terrestre del hombre; su reivindicación
de la libertad como instrumento imprescindible para el desarrollo
de su naturaleza; su concepto de naturaleza humana, caracterizada
por límites tan amplios y mal definidos que diluyen y vanifican
el concepto mismo. Recuerdo, con este propósito, a pesar
de su obviedad, el fragmento de Pico della Mirándola procedente
de su Oratio de hominis dignitate: ´El Óptimo
Artífice...hizo al hombre como obra de naturaleza indefinida
y poniéndolo en el corazón del mundo, le habló
así: No te he dado, Adán, ni un puesto determinado
ni prerrogativa alguna, con el fin de que obtengas y conserves
el lugar y las prerrogativas que desees según tu deseo
y tu consejo. La naturaleza determinada de los demás seres
está contenida en las leyes prescritas por mí. Tú,
en cambio, te la determinarás, sin ninguna barrera que
te constriña, según tu arbitrio, o cuya potestad
te entregué. No te hice ni celestial ni terrenal, ni mortal
ni inmortal, para que tú mismo, como libre y soberano artífice,
te plasmases y te esculpieses a ti mismo según la forma
que tú hubieses elegido previamente. Podrás degenerar
en las cosas inferiores, que son los animales; podrás regenerarte,
según tu voluntad, en las cosas superiores, que son divinasª
Envolviéndola en el mito de la creación, el
autor sostiene, pues, la tesis de la versatilidad y de la ilimitada
capacidad de desarrollo del hombre, substraído a las determinaciones
restrictivas del concepto de naturaleza como orden y necesidad
ineludibles. Principio in fieri que se determina a sí
mismo, el concepto de hombre, esbozado por la sofística,
redefinido por el Renacimiento, será el supuesto de las
futuras fórmulas adoptadas por otros humanismos. La fe
en el carácter providencial de la historia, que durante
el Medioevo cristiano había significado la presencia, la
intervención y la guía de Dios en las vicisitudes
humanas, es substituida por las exigencias de una libertad que
puede franquear los límites de la escala natural y establecer
autónomamente su propio sentido y su fin. La abierta indefinición
del ser del hombre, proclamada por el Renacimiento como exaltante
y jubilosa promesa de transformarse en el demiurgo de su propio
destino, es sucesivamente englobada por los grandes sistemas de
la edad moderna, tanto metafísicos como empíricos,
que definen, alteran y determinan lo que el mismo creador - a
juicio de los humanistas- se había abstenido de hacer.
- Un tercer ejemplo, que solo esbozo. Aunque el humanismo marxista,
a mi juicio, difiera bajo muchos aspectos de los movimientos que
lo precedieron con este nombre, al punto que me atrevería
a calificarlo, junto al humanismo cristiano, como un pseudohumanismo,
tiene en común con ellos la exigencia de liberarse, -como
los sofistas, del mito y los renacentistas, de la escolástica-
del sofocante aparato metafísico -léase hegelismo-
de cuya matriz se había formado. Aquí cabe sólo
recordar la crítica devastadora ejercida por el marxismo
sobre los productos culturales, que en su terminología,
constituyen la supraestructura, así como su posterior hipoteca,
consignada bajo el nombre de ´sociología del conocimientoª,
sobre el saber histórico social.
Propongo un último eslabón en esta cadena de ruptura
de límites y de desarticulación de sistemas omnicomprensivos
de la realidad. En 1946, un Sartre ya alejado de los temas desesperados
de su primera filosofía, publicó El existencialismo
es un humanismo: La vida del hombre se identifica con su libertad,
no sujeta a determinismo alguno; no es una planta cuyo futuro está
escrito en su semilla (recuérdese a della Mirándola:
los brutos al nacer llevan consigo del seno materno, todo lo
que tendrán; sólo al hombre se le ha concedido
ser lo que quiere). Para Satre el hombre es lo que proyecta
ser; la existencia precede a la esencia, que por lo tanto no es
susceptible de ser explicada en referencia a una naturaleza humana
dada, y puesto que no existe un sujeto trascendente que la funde,
no se dan tampoco valores y normas en condición de legitimar
nuestra conducta:no tenemos pues ni en nosotros (en una naturaleza
que no poseemos), ni fuera de nosotros (en un Dios que no existe),
ni justificaciones ni excusas ni asideros. Puesto que está
solo, el hombre está condenado a ser libre. Una vez arrojado
en el mundo, es responsable de todo lo que hace. El existencialista
no pensará tampoco que el hombre pueda encontrar ayuda en
un signo que le sea ofrecido en la tierra a manera de orientación
(los signos que provienen de la historia, de la sociedad, de la
ciencia): para Sartre el hombre descifra él mismo el signo
en función de su propio proyecto. Sin apoyo ni referente
alguno, el hombre está condenado a inventarse constantemente.
Para el existencialismo, pues, y no solo el de Sartre, sino también
para Jaspers y, con alguna reserva, para Heidegger, el hombre no
puede ser definido en términos de naturaleza, de esencia.
Y si tiene una esencia, ésta es su existencia. ´Existenciaª
es el término para describir un ser que se transforma continuamente,
que se autocrea sin cesar. El ser-en-el-mundo del hombre, no es
el de la realidad, sino el de la posibilidad; un ser que proyectándose
en sus posibilidades, da significado al mundo, proyecta el mundo
como suyo.
En la citada Carta sobre el humanismo, Heidegger sostiene
textualmente que todo humanismo o se funda en una metafísica
o se hace a sí mismo fundamento de una metafísica.
La frase tiene sentido en el ámbito de su doctrina del ser;
fuera de ésta, la afirmación tiene un valor limitado:
el de asignar siempre una perspectiva teorética a cualquier
interpretación del ser del hombre que quiera tener algún
sentido contextual. Más bien afirmaría que, si por
humanismo entendemos, como queda dicho, toda filosofía que
hace del hombre la medida del ser y que centrándose en sus
posibilidades y límites, proceda según éstos
a delimitar su problemática, diría que tales filosofías
han tratado más bien de deshacerse en máxima parte
del bagaje metafísico preexistente.
No deberíamos considerar casual que una época como
la nuestra -a partir, por ejemplo, de la crisis de la filosofía
hegeliana- que más que ninguna otra se ha preocupado e investigado
sobre el hombre como tal, y su destino, en una multitud de aspectos
desconocidos hasta hace poco, esté asistiendo a lo que gráficamente
se ha llamado la autofagia de la filosofía, su progresiva
erosión teórica y temática. Nuestro humanismo
actual, nuestra preocupación por el hombre, parece ser el
de los antropólogos, sociólogos, deontólogos,
lingüistas, etc, no por cierto el de las disciplinas metafísicas.
Al destierro de la metafísica ha seguida la detección
de sus posibles infiltraciones. La imagen de sí y del mundo,
verdadero reino del hombre, debía presentarse en su descarnada
desnudez, libre hasta donde es posible, de las inevitables incrustaciones
de la historia, del temor, de la voluntad de poderío. Es
un recuento que termina por arrastrar al tribunal de la crítica
a conceptos considerados hasta entonces insospechables. ´El
objetoª, por ejemplo: su ocaso, comenzado ya con los análisis
de las primeras corrientes empíricas, proseguido con la degradación
de nóumeno a fenómeno por Kant, ha llegado
muy cerca de su disolución en nuestros días con las
teorías neoempiristas, historicistas y hermenéuticas.
El ocaso del ´sujetoª ofrece un episodio ejemplar,
aunque no conclusivo, con la teoría de la ´escuela de
la sospechaª de Ricaeur; sus palabras la resumen claramente:
El filósofo educado en la escuela de Descartes sabe que
las cosas son dudosas, que no son como parecen; pero no duda que
la conciencia no sea como parece a sí misma: en ella sentido
y conciencia del sentido coinciden. Los ´maestros de la
escuela de la sospechaª, es decir Marx, Nietzsche y Freud,
han destruido también esta certeza. Después de la
duda cartesiana sobre la cosa, toca ahora dudar de la conciencia.
La duda ha penetrado en el corazón mismo de la fortaleza
cartesiana: la conciencia es ´falsaª conciencia. Para
Marx no es la conciencia lo que determina el ser, sino el ser social
el que determina la conciencia; para Nietzsche es la voluntad de
poderío la clave de las mentiras y de las máscaras;
para Freud, en fin, el Yo es siervo sometido a otros patrones: el
Ello, el super-yo y la realidad o necesidad.
Por último, en este juicio a la metafísica, la denuncia
de Nietzsche de la muerte de Dios, significa ante todo el fin de
las estructuras estables del ser y de la metafísica, de los
principios, de los fundamentos del conocimiento, del concepto de
evidencia y del destino último, del sentido unitario de la
historia y de la idea de mundo como totalidad. La frase de Nietzsche
quiere ser la constatación de algo que se había verificado
ya, en muchos de sus términos, con el surgimiento mismo de
la filosofía moderna.
La reflexión filosófica que quiera en el futuro afrontar
el tema del hombre, no podrá ignorar estos puntos de llegada,
aunque no sea para atenerse necesariamente a ellos. A partir de
la crisis de los grandes sistemas filosóficos omniscientes
y omnicomprensivos, tanto la filosofía como las ciencias
particulares han llevado a cabo una tarea de revisión crítica
de los legados supuestamente perennes que nos ha transmitido un
pasado tal vez excesivamente ansioso de seguridad y de duración
o demasiado vinculado a fines ideológicos de los que a menudo
no tuvo clara conciencia.
En conclusión: la posición filosófica que
llamamos humanismo no tiene significado unívoco. Depende
en forma determinante de sus diversas contextualizaciones históricas,
que permiten llegar a definiciones de lo humano que poco tienen
en común. Toda filosofía, así como todo sistema
de cultura, de ética, de religión, toda historia o
antropología tienen sus propios humanismos. O, mejor dicho,
no hay un capítulo en esas ciencias que pueda ir bajo el
nombre de humanismo, porque todos son, por entero, ciencias del
hombre; y hasta la misma teología revela sobre el hombre
no menos de lo que revela sobre Dios.
Es comprensible que seamos renuentes a estas versiones que significan
casi siempre abandono o exclusión de principios que han fundado
largamente nuestra visión de la realidad. Sin embargo, abandono
y exclusión han sido la condición de nuestra historia,
que si bien está en parte tan grande construida con los dones
de la tradición, por otro lado se ha podido mantener viva
y operante para nuestra proyectabilidad mediante el proceso de continuo
reexamen de nuestros legados a la luz de nuevas situaciones. Nuestra
humanización es un proceso, no un hallazgo. Y los modelos
de humanidad que sucesivamente construimos -que llamamos humanismos-
son solo fórmulas heurísticas para avanzar en la búsqueda
de ámbitos de moralidad, racionalidad y de libertad, que
confiamos sean siempre más abiertos.
No hablo de humanismo cristiano porque no entra
en la definición de humanismo que hemos dado. La filosofía
cristiana de la historia da razón de esta exclusión:
eso es, como decía Hegel, historia sagrada, no humana.
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