I. Introducción
¿Qué es el humanismo?
Esta pregunta, como es claro, espera, como respuesta, una definición:
"Humanismo es......". Hay que señalar, sin embargo, que el
humanismo, en rigor, no es definible. Se puede definir, sí,
y con toda precisión, lo que, por ejemplo, es un triángulo,
y esa definición no tendrá resquicios; con ella se
podrá distinguir sin dificultad entre un triángulo
y otra figura cualquiera. Pero no se puede del mismo modo
definir una época o un movimiento -como el humanismo-. Hay
que distinguir, pues, entre conceptos puros o a priori (como,
por ejemplo, los de la geometría) y conceptos empíricos
(como los de las ciencias de la naturaleza o los de las ciencias
humanas). Quizás por influencia de las matemáticas
-que son una ciencia exacta- se piensa comúnmente que todo
puede definirse exactamente. Pero no es así, y la
experiencia lo muestra. En el ámbito específico de
la Medicina, por ejemplo, que no es el de una ciencia exacta, es
seguro que hay una infinidad de conceptos difíciles de precisar
cabalmente con una definición. Nociones como, por ejemplo,
"salud" o "enfermedad", por más que sean palabras que se
usen a diario, son seguramente altamente problemáticas, y
es probable que, puestos los expertos a definirlas, les costaría
bastante llegar a un acuerdo unánime. Tal vez hasta el concepto
mismo de "medicina" sea controversial, o al menos de límites
difíciles de precisar con exactitud. Sobre estos conceptos
-los conceptos empíricos- siempre es posible decir algo distinto,
o decir algo más, o algo menos. Es lo que pasa, por ejemplo
-en otro terreno-, con conceptos como "verdad", o "belleza", o "bien",
sobre los que los hombres han discutido, en Occidente, al menos
desde los presocráticos, sin llegar a una definición
que satisfaga a todos. Pensemos, para poner otro ejemplo, en el
concepto de "democracia", término que, por su prestigio,
tratan de hacerlo suyo regímenes tan distintos como los Estados
Unidos y Cuba. A todos nosotros nos ha tocado seguramente presenciar
discusiones sobre este tema o participar en ellas. En estas discusiones,
cada parte reclama para sí la condición de democrática
y le imputa a la otra la de antidemocrática. Y probablemente
nos ha tocado ver que, en algún momento de la polémica,
salta alguien que, muy sensato, propone, para zanjar la discusión,
definir "democracia", o, mejor, ir al diccionario a consultar qué
significa 'democracia'. Ahí está el error.
Creer que estos problemas son problemas de definición o de
diccionario, es una ilusión, un error lógico, o metodológico.
Para esto los diccionarios no sirven. ¿Qué dice, por
ejemplo, el Diccionario de la lengua española de la
Real Academia Española?: "Predominio del pueblo en el gobierno
político de un Estado". Es una definición, como puede
verse, absolutamente insuficiente operativamente, es decir,
para discriminar con seguridad entre gobiernos democráticos
y no democráticos. Personalmente -para poner todavía
un ejemplo más, de otro tipo-, experimento una gran molestia
cuando veo en televisión -y es algo que se ve con frecuencia-
a un entrevistador que, creyendo estar haciendo una pregunta muy
profunda e inteligente, le pide a su entrevistado que se defina:
"¿Cómo se definiría usted?" A veces la pregunta
es peor todavía: "¿Cómo se definiría usted
en una frase?" La pregunta correcta sería más
bien "¿Cómo se caracterizaría Ud.?" Porque eso
sí se puede hacer: uno puede señalar rasgos, características
de sí mismo, pero teniendo en claro que al hacerlo no se
puede ser exhaustivo y decirlo todo. Se evitarían
muchas discusiones ociosas si se tuviera claro este elemental asunto.
Y es que, en definitiva, la vida -que sólo existe bajo la
forma de seres singulares, que, en cuanto tales, son indefinibles,
irreductibles a fórmula- lo desborda todo, incluida la razón,
que sirve para muchas cosas, pero no para todas. Hacia allá
apuntan estos dos sabios versos del Fausto de Goethe:
"Gris, querido amigo, es toda teoría,
pero es verde el árbol dorado de la vida".
Este preámbulo metodológico no habría
sido tan largo si con él solo hubiera yo querido explicar
por qué no voy a intentar dar una definición del humanismo,
o mejor, por qué no se puede dar una definición
de humanismo. Pero lo cierto es que este preámbulo cumple
además con situarnos justamente en uno de los problemas centrales
del humanismo -del humanismo histórico, del humanismo del
temprano Renacimiento, del que hablaremos a continuación-.
Para dejarlo aquí sólo enunciado, digamos que, en
efecto, una de las luchas principales que dio el humanismo del siglo
XV italiano fue contra el prurito de definir que tenía la
filosofía medieval tardía y, más precisamente,
contra la creencia de que en esas definiciones estaba la
realidad, la creencia de que esa era la verdad, la creencia,
en suma, de que el hombre, con su razón, puede efectivamente
apropiarse de la realidad. Pero sobre esto hablaremos con algún
detalle más adelante.
II
Por humanismo se entiende aquella específica
actitud espiritual que asomó en el siglo XIV y alcanzó
su plenitud en el XV en Europa, y que tuvo a Italia como centro
de irradiación. En términos gruesos, esta nueva actitud
espiritual consistió en el redescubrimiento del valor inmanente
del hombre, operación que, como era de suponer, corrió
a parejas con un nuevo y vigoroso interés por la historia,
especialmente por la antigüedad clásica, considerada
el pasado ejemplar.
Fue de aquí, de este interés por
recobrar el pasado con propiedad, sin desvíos ni adulteraciones,
de donde surgió la necesidad de recuperar la genuina palabra
antigua, a menudo oscurecida durante la Edad Media por lecturas
viciadas. Y así, gradualmente, como resultado del sostenido
esfuerzo de muchos, se fue configurando una nueva disciplina: la
filología, que tenía como meta la correcta lectura
de los textos, especialmente de los textos antiguos. Bien puede
decirse que fueron los humanistas del siglo XV italiano -los humanistas
del Quattrocento- quienes pusieron las bases de los estudios
filológicos modernos, desarrollando métodos de trabajo
que, desde entonces hasta ahora, han presidido el cultivo de las
humanidades. Por ello es que el primer humanismo -el que va, aproximadamente,
desde Petrarca (1304-74) hasta mediados del siglo XV- ha sido llamado
humanismo filológico o literario.
El Quattrocento vio florecer en su seno
a una generación nueva de hombres que encontró en
la antigüedad clásica no sólo un objeto de interés
y curiosidad, sino de verdadero culto y veneración. Los autores
clásicos fueron entonces estudiados con solicitud, sin reservas,
en la seguridad de que constituían la fuente definitiva y
acabada de lo humano. Fue una época de rescate y de recuerdo,
alentada por la percepción de vínculos que el tiempo
había empañado. Fue una época que deliberadamente
quiso no innovar, no crear algo nuevo, sino recordar, rescatar el
pasado, específicamente el pasado grecolatino. Aspiró,
como cultura clásica que fue, a la apacible pero tensa posesión
de un tesoro que, en lo esencial, se consideraba adquirido: las
grandes obras de los antiguos, fundantes de nuestra espiritualidad.
Su originalidad y modernidad fueron, paradójicamente, el
fruto no buscado de su voluntad de conservar. Así, en síntesis
aleccionadora para cualquier época, supieron esos hombres
resolver paradigmáticamente el dilema de lo viejo y lo nuevo,
de lo antiguo y lo moderno.
Para edificarse a sí mismos, los humanistas
buscaron en los antiguos un modelo integral de vida: los imitaron
en sus modas, en su lenguaje, en sus ideales. Trataron de reproducir
en todo la grandeza de aquella edad prestigiada, y así, al
correr del siglo, Italia y Europa vieron ensancharse efectivamente
su mundo con la letra de los griegos y los latinos.
La Iglesia Católica misma no pudo sustraerse
al influjo de los humanistas, y bien puede decirse que, en cierta
forma, ella se convirtió al humanismo. Así,
por ejemplo, a mediados del siglo XV, subió al trono de San
Pedro, Nicolás V, del cual se dice que tuvo en su vida dos
grandes pasiones: comprar libros y construir edificios. La historia
lo recuerda principalmente como fundador de la Biblioteca Vaticana.
Y Pío II, por su parte, elegido papa en 1458 -diez años
después de que lo fue Nicolás V-, llegó a afirmar
que el cristianismo no era sino "una nueva lección, más
completa, del soberano bien de los antiguos".
El humanismo fue un despertar en que el hombre
redescubrió su individualidad y lo hizo con alegría.
Olvidado de su pecado original, al que consideró una felix
culpa (una culpa feliz), terminó por reconciliarse con
el mundo natural. Este no fue ya más un valle de lágrimas,
ni el lugar de un sufrido tránsito, sino un privilegiado
espacio que se le ofrecía para ser dominado y disfrutado.
No debía ya el hombre menospreciar este mundo ni vivir con
su pensamiento concentrado en la Jerusalén celestial. Era
el tiempo de la alegría de vivir aquí y ahora.
Pero la de esta época no fue una alegría
sin más. En verdad, durante este siglo decisivo se agotó
también, definitivamente, una cierta manera de ver las cosas,
desapareció para siempre una imagen del mundo que había
dominado durante centurias, y cuando esos cambios tan radicales
ocurren, inevitablemente hay conflicto, tensión, angustia.
Aunque lo que entonces ocurrió fue, en muchos aspectos, un
renacer, también fue un ocaso glorioso: los funerales solemnes
de una muy noble pero agotada interpretación de la realidad.
Fue el fin de una secular seguridad y el nacimiento de una búsqueda,
a veces atormentada, en una dirección que aún no estaba
clara, precisamente porque, sobre el fondo de la destrucción
de toda orientación, de toda forma predeterminada, lo reivindicado
era el hombre libre. Se tuvo conciencia, preocupada conciencia,
de que la tranquila seguridad de un universo familiar y doméstico,
ordenado y ajustado a nuestras necesidades, estaba definitivamente
perdida. Quebrados los ídolos antiguos, el hombre tomó
conciencia del límite a que había llegado y sintió
el peso de su responsabilidad ante unas perspectivas desconocidas.
La brújula que en esta difícil situación
orientó al humanista fue el texto antiguo, pero leído
ahora con otra actitud. El encuentro con los grandes de la antigüedad
a través de sus obras tuvo la forma de un coloquio sin soberbia,
de un coloquio de oídos muy abiertos y dispuestos a dejarse
educar por la letra de los textos redescubiertos. Es de allí,
como decíamos, de donde provino el calificativo de "filológico"
que recibió este primer humanismo. Puesto que los textos
del pasado habían sido con frecuencia desvirtuados por interpretaciones
arbitrarias, cuando no manipulados con intenciones subalternas,
fueron las ansias de saber y el amor a la verdad los que convirtieron
a los primeros humanistas en la vanguardia de la disciplina filológica
moderna, guardiana de la lectura genuina.
A pesar de las dificultades con que se hallaban
para llevar a cabo su tarea restauradora, su espíritu crítico
los llevó a enfrentarse contra la ignorancia tradicional,
y aunque obligadamente no podían tener los escrúpulos
ni la relativa perfección de un método ya establecido
y probado como el de la filología de hoy, con ellos se inició
una actitud nueva frente a los textos, fundada en la observación,
la reflexión, la confrontación, la discusión,
el respeto. Con claridad intuyeron los humanistas que la lectura
era una disciplina máxima, donde los aspectos menudos y las
profundidades esenciales son los polos obligados de una misma labor.
Así, advirtiendo la imposibilidad de penetrar en el pasado
si se desatendían los detalles, aspiraron a una feliz y armoniosa
conciliación de lo abstracto con lo concreto, tan importante
en los estudios humanísticos. En su empresa, los impulsaba
la certera convicción de que, en una cultura con pasado y
tradición, no es posible recibir inadulterada su herencia
sin los rigores de una lectura auténtica.
Una interesante polémica que tuvo lugar
por esa época ilustra muy bien lo que vengo diciendo. La
protagonizaron el humanista Leonardo Bruni (1370-1444) y el español
Alonso García de Cartagena. Como Uds. tal vez sepan, en la
Edad Media y hasta comienzos del Renacimiento, la lengua griega
era prácticamente ignorada en Occidente, de modo que las
obras clásicas griegas circulaban en traducciones latinas.
Pues bien, preocupado por la arbitrariedad y deficiencia de las
traducciones medievales de las obras de los antiguos griegos, algunos
años antes de esta polémica Leonardo Bruni había
hecho, por su parte, una nueva traducción al latín
de la Ética a Nicómaco de Aristóteles.
En su proemio, Bruni criticaba las traducciones latinas anteriores,
que, a su juicio, habían convertido a la Ética
a Nicómaco en "bárbara más que latina".
En su opinión, el pensamiento de Aristóteles estaba
allí, más que traducido, pervertido, y ello por ignorancia
tanto del griego como del latín.
El proemio de Bruni era bastante concluyente: el
humanista no se limitaba allí a dictaminar en general, sino
que examinaba en detalle algunos pasajes del texto aristotélico
erróneamente traducidos por los medievales. Entre los entendidos,
el trabajo de Bruni tuvo una favorable acogida, y hubo consenso
en reconocer los méritos de su traducción. Así
quedaron las cosas durante más de quince años, y todo
hacía pensar que, sobre el particular, no había ya
nada que agregar. Pero he aquí que entonces, inesperadamente,
saltó a la palestra el español García de Cartagena
haciendo una impensada defensa de las antiguas traducciones, esas
que Bruni había criticado. Lo más sorprendente de
su apología eran los principios en que esta defensa se apoyaba.
García de Cartagena confesaba de partida, con ingenua honestidad,
que desconocía la lengua griega (!), y luego agregaba que
lo esencial no era establecer si esas traducciones medievales censuradas
por Bruni reflejaban o no efectivamente el original griego de Aristóteles,
sino más bien determinar si lo que en ellas se leía
podía o no sostenerse. Según el español,
no había que preocuparse de averiguar qué decía
Aristóteles en su Ética; lo importante era
decidir qué estaba de acuerdo con la filosofía moral
y qué no. No se trataba, pues, de guardar fidelidad al texto
original y al pensamiento de Aristóteles, sino de lograr
conformidad con una posición doctrinal. La respuesta de Bruni,
como era de esperar, fue rotunda. Para él, el principio en
que García de Cartagena se apoyaba era, simplemente, disparatado,
muy disparatado. Y es que a García de Cartagena y a muchos
otros de su tiempo, seguros de su verdad y satisfechos con ella,
no les interesaba mucho la palabra de los antiguos, o les interesaba
sólo en la medida en que venía a confirmar la propia.
Para nosotros, educados en la atenta consideración
de la palabra, en el rigor de lecturas disciplinadas y respetuosas,
interesadas en recoger con la mayor exactitud posible el sentido
de los textos, los planteamientos de García de Cartagena
pueden parecernos casi una caricatura. Pero en su época no
lo eran.
En la base de una postura como esa, estaba ese
mundo perfectamente ordenado de la metafísica medieval. Lo
que Leonardo Bruni y otros humanistas atacarán -en nombre
de la vida- será justamente esa concepción de un mundo
inmóvil, definido ya, y para siempre, en cada una de sus
articulaciones; un mundo sin historia, o, mejor, un mundo cuya historia
estaba ya totalmente prevista, donde no había espacio para
el hombre y su obra -que carecían de interés-, sino
para el cumplimiento de los designios divinos. En lugar de esa concepción
de lo real fuera del tiempo, ignorante de la historia, los humanistas
propondrán concebir la realidad desde la perspectiva del
hombre.
La consigna de los humanistas, pues, fue acumular
laboriosamente los datos, los experimentos, los textos, y sobre
estas conquistas ir edificando paso a paso las certezas. Para los
humanistas, la verdad no estaba en la especulación abstracta
y verbalista de la ya esclerosada filosofía medieval tardía;
por el contrario, la verdad era hija del tiempo. El error fundamental
del método medieval tardío residía en operar
deductivamente en todo, en pretender resolver cualquier problema,
humano o divino, a partir de ciertas premisas establecidas a
priori, como quien creyera, por ejemplo, que se pueden resolver
todos los problemas de la estética con una definición
de la belleza, o los de la moral con una definición del bien
y del mal. Frente a este método metafísico-deductivo,
los humanistas levantaron el método histórico-inductivo,
que, con su amor al texto, su conciencia histórica y su ruptura
con el principio de autoridad, resultaría decisivo para el
desarrollo ulterior saneado de las humanidades y de las ciencias.
En medio del entusiasmo de su tarea esclarecedora
de las obras del pasado, los humanistas tuvieron también
ocasión de rescatar numerosos manuscritos descuidadamente
abandonados, a veces incluso expuestos a la intemperie. No cuesta
mucho imaginarse el estado de ansiosa expectación en que
deben de haber vivido estos apasionados cultores de la antigüedad,
cuando de un día para otro veían rescatados de las
tinieblas a los autores clásicos del pasado. ¡Con cuánto
entusiasmo y fervor deben de haber celebrado estos hallazgos, que
no venían, por cierto, a calmar desvelos de coleccionista
o pasiones de anticuario! Para los humanistas, la antigüedad
no constituía una curiosidad de biblioteca ni una ciencia
de gabinete. Recuperar su pasado fue para ellos recuperar la dimensión
profunda de su presente. Allí, en lo mejor de su historia,
pudieron reconocerse a sí mismos a través de los siglos
y hallar modos imitables de lo humano sorprendentemente familiares.
Así, eludiendo una atmósfera enrarecida por individuos
como García de Cartagena, hallaron en los textos antiguos
el aire fresco que les faltaba y una posibilidad efectiva de remodelarse
radicalmente.
Si este primer humanismo ha sido llamado filológico,
es preciso establecer que esta calificación debe ser entendida
en el sentido más ancho del término. En los textos
antiguos, fuente de la reverenciada humanitas, los humanistas
vieron la única posibilidad de regenerarse según las
normas de la humanidad genuina. Las obras de los clásicos
representaron para ellos la única vía que permitía
el regreso a los orígenes de la espiritualidad, para, desde
allí, sin trabas, volver a iniciar el desarrollo personal
y social. No fue ésta, pues, una filología burocrática,
sin fe, sin ideal. Fue, sí, una filología de espíritus
robustos, que dejaron ver en su quehacer una rica vocación
personal y muy altos intereses humanos. Para ellos, la filología
fue el camino por el que aspiraron a una forma de vida mejor, y
hoy sabemos que, de un modo que resulta ejemplar hasta nuestros
días, efectivamente lo lograron.
Examinar este luminoso episodio de la historia,
pues, no es un asunto de interés meramente académico.
Al menos en lo que a la filología y a los estudios humanísticos
se refiere, aquellos tiempos siguen constituyendo un modelo permanente,
pues nos previenen contra los enemigos más perniciosos que
estas disciplinas tienen, que no son agentes externos, como suele
pensarse, sino ciertos procesos internos de descomposición,
desencadenados por la soberbia y por la ignorancia.
III
Toda esta historia del humanismo y su aventura
filológica tiene, para nuestra conducta intelectual, un valor
paradigmático, ejemplarizador, pues no hay humanismo posible
-o estudios humanísticos posibles- sin filología,
sin una lectura recuperadora de las grandes obras del pasado.
Cualquier indagación profunda en las ciencias,
y especialmente en las humanidades, remite indefectiblemente a la
cultura clásica y patentiza nuestro vínculos con ella.
La concepción ingenua de que el pasado está muerto
nos lleva a desestimar su influencia multiforme sobre el presente.
Con frecuencia, la verdadera causa que nos hace sentirnos originales
e innovadores en algún aspecto, no es sino nuestro desconocimiento
del pasado.
Y sólo la filología -en su más
amplia acepción de "encuentro comprensivo con los textos"-
es la que puede, situándonos frente al pensamiento de otros
hombres, despertarnos el sentido histórico y hacernos tomar
conciencia del vínculo estrecho que nos une con el pasado
de la humanidad. Este reconocimiento de uno mismo en lo sobresaliente
del pasado constituye, por lo demás, una de las más
altas experiencias humanas. La frecuente descalificación
del pasado y del valor de su atento estudio, en cambio, no es sino
una torpe automutilación: con la renuncia al pasado, en rigor,
se renuncia a la dimensión profunda de la vida presente.
No puede darse un genuino vivir hacia el mañana
sino a partir del ayer de la tradición. Y no se piense que
esta opinión alienta algún tipo de retrógrado
conservantismo. Por el contrario: contemplar ...en el arte, en la
historia... lo más sobresaliente del pasado, es el mejor
modo de ganar autoconciencia. Quien mejor sea capaz de alcanzar
la visión de lo humano ideal a través de la admiración
de las grandes obras y las grandes vidas, será también
quien mejor podrá advertir la degradación de la vida
cotidiana y promover eficazmente su rectificación.
Desde el temprano Renacimiento hasta hoy día,
los humanistas han estado alentados por la convicción de
que el pasado es efectivamente penetrable. Pero hay que saber que
el pasado es una ciudadela muy bien fortificada, de grandes muros
y sólidas puertas, invulnerable a las embestidas ciegas.
Para entrar a esa ciudadela sólo existe un medio: tener las
llaves de la filología, las claves de la lectura cabal de
los textos. Filología, en este sentido amplio, es la vocación
obligada de todo lector genuino, de todo aquel que pretenda el bien
de la cultura, de todo aquel que desee recibir la entrega que el
pasado nos hace de su riqueza en los textos. Entendida en estos
términos, la filología es el método -el camino-
de las humanidades.
Pero el carácter ejemplar del humanismo
no se limita a lo intelectual, sino que alcanza de lleno también
a lo moral. La conducta genuinamente moral no es ajena a la intelección,
y, a la inversa, la intelección no es ajena a la conducta
de cada día. La cultura intelectual no es algo que pueda
realmente adquirirse en circunscritos lapsos de estudio insertos
en una vida de sostenida vulgaridad. La genuina cultura intelectual
es esencialmente alta conciencia, interioridad espontáneamente
ética. Las humanidades son, en parte esencial, la pura disciplina
de la ciencia incorporada a la vida toda por su diario ejercicio;
son un modo de vivir. Entre los rasgos más suyos de las humanidades
está el querer prolongarse como modo de ser en la vida de
todos los días. Su sentido no se consuma si no se cristaliza
en la exteriorización de las maneras y la conducta.
En una nación como la nuestra, quien principalmente
debe representar el ideal humanístico es la propia universidad.
Pero esto no es posible si, como suele ocurrir, la enseñanza
humanística se reduce a algunos pocos cursos de contenido
general. Es en todos los rincones de la universidad donde debe imperar
un orden superior, donde debe imponerse una conducta atenta a principios
y consciente de los valores. Sólo así, en un ambiente
propicio a la vida del intelecto, el estudiante se apropiará,
de modo reflejo e intuitivo, del respeto a la herencia cultural
y se dispondrá adecuadamente a estudiarla. La universidad
-a la que vemos hoy tan extrovertida, entregada a tareas ajenas
a su misión primera, que debe ser básicamente desinteresada-
debe ser el ambiente modelo al cual se asome la nación en
busca de norma y en el cual sea posible conservar y repartir la
tradición humanística, la imagen del hombre que puede
dignificar la vida de cada uno y de cada día. La misión
social por excelencia de la universidad es justamente su misión
humanística, que consiste en salvaguardar el saber y los
valores.
Quiero concluir señalando que reflexionar
sobre el humanismo y, mejor aun, cultivar los estudios humanísticos
en alguna medida, puede ser trascendental en una Facultad como la
de Medicina, donde la motivación dominante de los estudios
es su futura utilización profesional. Personalmente le asigno
a la creación del Programa de Estudios Médicos Humanísticos
una importancia enorme. Puede representar, para docentes y estudiantes,
una excelente oportunidad de insertarse, con propiedad y rigor,
en un ámbito de reflexiones altamente enriquecedoras en lo
personal y en lo institucional.
Y tiene la Facultad de Medicina bastante labor
hecha en este terreno, pues el Dr. Benedicto Chuaqui tiene ya publicado
un texto para el aprendizaje del latín y otro del griego,
dirigidos especialmente a médicos o estudiantes de medicina.
Son textos metodológicamente impecables, organizados básicamente
en torno al estudio de fuentes latinas genuinas: Hipócrates
en el caso del manual para aprender griego, y Celso en el caso del
manual para aprender latín. En este punto, además,
el Dr. Chuaqui deja en claro que estos textos se inscriben en la
convicción de que los estudios genuinamente universitarios
-particularmente los humanistas- están llamados a regenerarse
permanentemente organizándose, de modo fundamental, en el
estudio de las grandes obras, en el estudio e interpretación
de los textos clásicos.
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