Razones cercanas a las que supongo ha tenido Heidegger en un pasado
inmediato, algunas de las que adelantó el cristianismo incluso
antes de que enraizara en occidente la idea, el ideal, de humanismo,
y otras razones más, que han sobrevenido en estos últimos
decenios, representan, todas juntas, objeciones demasiado fuertes
como para tenerse a distancia de este ideal, como para desconfiar
de él, sobre todo de su versión más prepotente
y a propósito de sus momentos más gloriosos: por ejemplo,
de la sofística griega del siglo V a. C.; del Renacimiento,
que en verdad podría decirse que siguió al humanismo,
o de la versión no menos prepotente de la religión del
progreso indefinido, humanista a su entender, o del iluminismo, que
si nos saltamos la depresión romántica, abarca toda
la modernidad y que viene a tener su pavoroso despertar sólo
más acá de las ruinas físicas y morales de la
última guerra mundial.
Todos humanismos declarados. ¿En qué sentido? En el
sentido que cada una de estas épocas, mirando lo suyo, privilegiando
sus propias inquietudes, volvía a reconocerse en el principio
protagoriano, recordado hace poco por Fco. Borghesi : "el hombre
-para algunos, la especie hombre, para otros, el individuo- es la
medida de todas las cosas". Primero, lo hicieron suyo los sofistas,
cuando abordaban el tema de los valores y el de su real validez:
Justo es lo que parece justo o lo que determina el más fuerte
que es justo, etc. Luego, lo hizo suyo tanto el inventor de máquinas,
de fórmulas y de instituciones como el descubridor de continentes
y culturas de los siglos XV y XVI. Pero, sobre todo, el nuevo político:
sabio y negociador de lo posible. Por último, lo hizo suyo
el alma de la ciencia natural moderna y contemporánea- y
toda o casi toda la ciencia moderna es natural- que ha visto realizado
el sueño baconiano en el que el saber teórico se transforma
inmediatamente en poder. El poder de la previsión y el poder
de la acción que hoy empieza a rebasar todas las previsiones.
Me parece que es un hecho indesmentible que fue la experiencia
del fin de la segunda guerra mundial y el balance espeluznante que
debieron hacer los espíritus más reflexivos acerca
del destino del "alma occidental y cristiana", la que ahuyentó
los entusiasmos respecto de tésis protagoriana, justamente
cuando parecía más realizable, justamente cuando ya
empezaba a mostrarse como real. Pues fue en ese preciso momento
cuando empezó a delatar su peligrosa inhumanidad, de puro
humana que era.
El recuerdo de esta experiencia da cabida, a mi entender, a una
reflexión tal vez más ecuánime en relación
al humanismo y a sus diversas formulaciones. Bien puede suponerse,
como la reiteración de una clave única, que los humanismos
históricos nacen de la conciencia de que hay en ese momento
una profunda deformación de la vida humana en el seno de
las costumbres y de las instituciones, de que existe un notorio
apartamiento, una suerte de errancia, respecto de lo que se tiene
--aún oscuramente- como natural y más propio de la
vida humana. Y puede suponerse también que en esa denuncia
de inhumanidad resida su justificación histórica y
su porfía.
Porque tampoco aquel sentimiento de errancia, de extravío,
parece ser algo accidental: diríase que pertenece a la humanidad
del hombre el volverse contra sí el amenazarse de muerte
a través de los mismos poderes que conquista o ejerce: a
través de lo que construye e instala en medio de la vida;
el volverse contra él mismo al reprimir sus instintos fundamentales,
pero también al liberarlos o simplemente dejarlos ser; el
volverse contra él mismo, tejiendo mitos, levantando imágenes,
ídolos, tabúes; pero, también al liberarlos
o simplemente dejarlos ser; el volverse contra sí al rehusar
la técnica que alivia sus afanes y dolores; pero también,
el volverse contra sí cuando el empleo de esa técnica
tuerce o borra las huellas de la vida. La paradoja, en fin, es que,
buscando apasionadamente el bien -su propio bien-; por los caminos
de tal búsqueda esa humanidad yerra, se confunde, y va a
parar a lo inhumano. Y esta es la única pista que por el
momento parece transitable: que humanismo es la actitud que emerge
ante la percepción de una amenaza, la amenaza de lo inhumano.
De algo subhumano, por ejemplo, que irrumpe en la práctica
social: ceguera, fanatismo, voracidad animal, males que dormitaban
y súbitamente se apoderan de noche en la ciudad; (el caballo
negro de que habla Platón, la bestia de la que habla Pascal).
Inhumanidad que puede venir también de lo sobrehumano : de
una pasión absorbente que ahoga todos los deseos; y que se
manifiesta en prácticas severas de rechazo al mundo externo;
en prácticas de ascetismo, de mortificación y soledad.
Contemptus mundi.
Pienso que el humanismo del quattrocento se deja explicar
bastante bien, en su momento reactivo, por lo que pudiera llamarse
el antihumanismo cristiano.
Y quisiera proponer algunos rasgos destacados en este antihumanismo:
- Por el año 1187, Inocencio III escribe una obra famosísima
en su tiempo: "Acerca de las miserias de la vida humana". Ese
fue su título. Y la obra pinta con rasgos tenebrosos la
fragilidad psíquica del hombre, su ignorancia esencial,
la vanidad de sus afanes, la amenaza de lo desconocido o imprevisto,
de la enfermedad, de la muerte y del infierno. Un paralelismo
histórico a tal estado de ánimo lo encontraremos
en el Brueghel el Viejo, algunos siglos más tarde, en su
visión aterradora del triunfo de la muerte. Todo invita,
pues, a renunciar al mundo, a abandonar las riquezas, a rehuir
la fama; a huir a la montaña o al desierto en busca de
la salvación personal, ya que pensar en la salvación
colectiva es verdaderamente una locura.
Cristianamente hablando, la vida es un estado de peregrinaje. Instalarse
en la tierra como en lo propio es habituarse a ella; olvidar en
el destierro la transitoriedad de esta vida. Así, no cabe
buscar la confianza y la seguridad en este habitar. Todo lo contrario,
hay que poner los ojos en una realidad que trasciende y destrona
el mundo humano y natural al trasladar el centro de gravedad fuera
de la tierra. En este mismo sentido, contra la opinión de
Egilson, el cristianismo no es antropocéntrico en absoluto.
Pero tal descentramiento de la realidad, puesta ahora fuera de
la tierra y fuera del universo físico implica la refutación
más radical y absoluta a la tésis de que el hombre
es la medida de todas las cosas. Lo dice claramente St. Tomás,
a propósito de la cuestión de la Verdad: el hombre
es como una página en blanco respecto del mundo. No pone
nada en él. Así, vivir nuestra humilde vida cotidiana
es ser medido minuto a minuto por el ser de las cosas que "nos pasan"
y largamente nos sobrepasan; por las cosas que pasamos -distancias
y obstácuos- en nuestra errancia.
Somos, pues medidos por las cosas; pero, estas, a su vez son medidas
por un Ser que no se pone, que no oculta jamás De un ser
del que nada ni nadie pueden substraerse.
Este Dios cristiano, como un sol, siempre en el zenit, no es propia
ni primordialmente objeto del pensamiento. Es decir, no se hace
conmensurable, comprensible a través de una teoría.
La única vía efectiva de acercamiento a él
es la oración. Esta es, si pudiera llamarse así, la
lógica infalible del cristianismo. Y San Anselmo, el gran
pensador racionalista del siglo XII, inicia su famoso argumento
lógico de la existencia de Dios con una invocación.
Ante esa idea siempre presente de inconmensurabilidad, todo en
el cristianismo parece abisal, cada cosa del mundo, cada individuo,
guardan necesariamente un secreto y una distancia que ningún
pensamiento podría cubrir; un residuo misterioso, inviolable,
que el lenguaje humano no puede recoger; que el mismo Orfeo no sabría
expresar.
En resumen, para terminar esta contraproposición, hay algo
esencial en el pensamiento cristiano medieval, sean cuales fueren
sus diferencias y matices -que son muchos-, que coloca a éste
en las antípodas de lo que pudiere entenderse por humanismo:
dentro de la perspectiva medieval religiosa, la humanidad, la dignidad
del hombre sólo se entiende como una conversión, como
un giro desde el mundo hacia ese Dios que observa el mundo y que
al observarlo, pone al mundo fuera del mundo, lo descentra, devolviéndolo
a su fundamento. Sin esta conversión, la vida humana no posee
consistencia, ni dignidad alguna, y todas las virtudes vuelven -como
decía San Agustín de los griegos- espléndidos
vicios.
Ahora bien, es este menosprecio, real o aparente, por el mundo
y por lo que el mundo ofrece de bello a los sentidos o estimulante
a la ambición de riquezas o de poder; es esta fuga de la
sociedad de los hombres lo que empieza a parecer inhumano a la próspera
burguesía italiana del siglo XV. Podemos imaginar a esta
nueva generación que se encuentra inteligente, refinada,
fuerte, que se deleita consigo misma y que está convencida
de que ya es hora de celebrar sus propias virtudes y su propia dignidad.
Así, si el largo evo anterior se puede decir que se sostenía
en una constante teodicea -justificación de Dios- este nuevo
período, la Edad moderna se anuncia por una verdadera antropodicea:
celebración de la vida humana, reivindicación de su
relativa autonomía y libertad para medir y gobernar los asuntos
de la tierra. DE DIGNITATE HOMINIS.
La teodicea ha celebrado la obra de Dios; los nuevos tiempos quieren,
sin olvidar aquello, celebrar las obras del ser humano. Y el nuevo
impulso espiritual redescubre, entonces, el tesoro de la literatura
latina, en primer lugar, luego el tesoro del genio griego. Esto
es lo que se muestra habitualmente del "humanismo italiano". Pero,
hay algo no siempre explícito, y que tal vez es primerísimo
por ser lo fundamental. Recordando su origen romano, el término
"humanista" es usado, parece, la primera vez por Cicerón.
Y como la paidéia griega, su tarea consiste en la
formación del hombre, en el despliegue -y esto significa
"e-duco" - de su humanidad. Pero, aquí importa decir lo siguiente:
que esta formación que libera al individuo de la soledad
de sus sensaciones y fantasmas internos (justamente, de su barbarie)
es la que permite también mantener su integridad ante la
dispersión de las cosas, y salvar "lo que pasa" del mero
pasar. Recogerlo del fluir heracliteano. Esto es lo que más
tarde, en el siglo XV, se llamará "formación humanista".
Concretamente: el cultivo de la historia, de la poética,
de la retórica, de las lenguas, de la filosofía. Es
decir: el cultivo de estos modos esencialmente cualitativos de medir-contar
el tiempo de las cosas. De dominarlo poéticamente. Y Orfeo
será el símbolo de este dominio. Y tal ideal ciceroniano
fue el que opuso el humanismo del Quattrocento a la peligrosa
absorción de la vida individual y social por la máquina
teológica. Fue, en definitiva, un nuevo modo de decir, un
nuevo modo de nombrar, un verdadero stil nuovo, el que viene
a refrescar y fecundar todas las dimensiones del saber, en oposición
a la técnica descarnada del silogismo con sus términos
tan rígidos como piezas de ajedrez.
Pues, bien, este humanismo -no el otro: aquel del hombre medida-
es ante todo un acontecimiento de palabra.
¿En qué sentido debemos entender
esta expresión: acontecimiento de palabra?
En el sentido en que la palabra aparece ahora, en la atmósfera
del stil nuovo, esencialmente como mediadora. Mediadora entre
lo inabarcable del ser y el ser finito que más que dominarlo
o hacerlo prisionero de un sistema, quiere comprenderlo. La palabra:
no ya como mero instrumento del pensar, no ya como herramiento lógica,
sino como mediación que vuelve, de alguna manera, conmensurable
lo inconmensurable y decible lo indecible. (Por ejemplo, la palabra
de San Juan de la Cruz).
Y es esta condición la que, a mi entender, debiera quedar
como el rasgo salvable y salvador del humanismo. Es esta condición
la que justifica hoy en nuestro lentísimo naufragio, el cultivo
de las humanidades.
Lo común de las humanidades es, pues, que la palabra es
mediadora irreemplazable del ser. Y no sólo porque lo denota,
afirmación que sería en verdad inofensiva, sino porque
lo dice, y el decirlo, supone recibir de él o de una tradición
confiable, un verdadero traspaso o donación de realidad.
Sin embargo, por la mediación de la palabra el hombre no
sólo comprende aquello que lo rebasa infinitamente, sino
además, es en virtud de ella que habita el mundo y lo domina
poéticamente.
Dos palabras aún sobre el habitar, en cuanto consiste en
algo muy distinto de ser señor de la tierra y medida absoluta
de las cosas.
Es cierto que el habitar del hombre tiene que ver con cierto modo
de medir y cierto modo de contar las cosas entre las que habita,
pero no en la acepción corriente en que se suelen entender
estas palabras. En un sentido más profundo, ya lo decíamos,
medir es hacer conmensurable a nuestra realidad finita aquella realidad
infinita que nos excede; es traducir a mitos, a símbolos,
a imágenes, a metáforas, en fin, a sintaxis humana
ese exceso de realidad que, en otro caso podría hacerse intolerable
e incluso anonadarnos. Creo que ese es el sentido del pensamiento
de Heidegger cuando dice "Poéticamente vive el hombre sobre
la tierra".
A su vez, contar es, por cierto, numerar las cosas que hay: una,
dos, tres ovejas....Pero también, -y no de un modo accesorio-
significa contar cualitativa, reflexivamente, nuestra relación
con el tiempo. Contar es también misteriosamente narrar-
"érase una vez", o bien, "ocurrió que, en aquel tiempo",
"y entonces", y "luego" y "después", etc.
Todo esto significa aquilatar el tiempo que pasa, ir a recogerlo
(legein) al pasado y, mediante el logos narrativo, salvarlo
del aniquilamiento. En otras palabras: hacer conmensurable la temporalidad
desmesurada, lineal, abierta, -en última instancia- irracional,
del ser que simplemente nos traspasa, transformándolo en
ser vivido en sus plenitudes y acabamientos; transformándolo
en tiempo civil -tiempo del nacer, tiempo del morir- tiempo que,
incluso en alguna época se narraba haciendo tañer
las campanas.
Ahora bien, es en virtud de este hacer conmensurable -en este "ir
poetizando"- como el hombre conoce algo del ser infinito que lo
rebasa infinitamente, es de este modo, que ha habitado la tierra
en cercanía de los dioses, o de Dios. Y es en este modo,
no del todo extraño a la historia del término -al
menos en una de sus interpretaciones posibles- que podemos entender
el concepto de "humanismo" y hacer algo hoy en día con él.
Quisiera finalmente, resumirlo así: Las humanidades expresan
un modo de conocer (más que un campo de conocimiento), y
que llamaríamos "reflexivo", en oposición al conocimiento
descriptivo o lógico constructivo de las ciencias duras,
por ejemplo.
Y lo que se conoce no es como decíamos un campo objetivo,
ni menos un objeto, sino una situación -un acontecimiento
de palabra- en la que el sujeto está implicado, más
bien, complicado vitalmente. Ahora bien, el modo -tal vez sea único-
de entrar comprensivamente en ese acontecimiento de palabra es a
través de la hermenéutica, es decir, conmensurando,
midiendo las palabras con las palabras.
En resumen: las humanidades recogen el saber reflexivo
del hombre. Y a diferencia de otros saberes son esencialmente narrativos
y hermenéuticos.
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