Introducción
El instante en que Dios dotó al hombre de un alma espiritual
durante el transcurso de su evolución biológica en
la tierra es y será siempre un misterio. En cierto sentido,
este problema podría compararse al del momento en que aparece
el alma durante el desarrollo del embrión humano. Es decir,
se trata respectivamente de la animación del hombre en cuanto
especie y en cuanto individuo. El intentar resolver cualquiera de
estas situaciones escapa al ámbito de la ciencia positiva,
inscribiéndose de lleno en el de la filosofía. Sin
embargo, es tarea de la primera aportar el conocimiento que le es
propio para ir iluminando adecuadamente la especulación filosófica.
Esto es precisamente lo que ha ido ocurriendo en el campo de la
reproducción humana, donde la investigación sobre
los eventos moleculares que ocurren después de la fecundación
del óvulo por el espermio nos ha revelado detalles asombrosos
de las distintas etapas de diferenciación por las que atraviesa
el embrión humano. Del mismo modo, los hallazgos de la paleoantropología
reforzados con los de la genética, están permitiendo
configurar un cuadro de creciente coherencia acerca del proceso
evolutivo que condujo al surgimiento del género Homo.
Por lo tanto, un modo idóneo de aproximarse a la comprensión
del fascinante problema de la animación de la especie humana
es profundizar las investigaciones científicas sobre los
ancestros del hombre. Un punto de partida adecuado para este estudio
parece ser el de los inicios del bipedalismo, es decir, hace unos
cinco millones de años (m.a.), puesto que dicho evento inició
la línea evolutiva que condujo hasta el hombre con características
anatómicas modernas. Por cierto, el solo análisis
de las propiedades físicas de los especímenes nos
dará una visión del hombre limitada exclusivamente
al ámbito biológico. Sin embargo, es concebible que
a partir del estudio del modo de vida de los integrantes de las
distintas líneas evolutivas se puedan sugerir algunos criterios
que podrían ayudar a vislumbrar el momento en que se produjo
un cambio esencial: aquel que convirtió a un homínido
con una autoconsciencia muy limitada en un hombre plenamente racional.
Esta cualidad, manifestada en la capacidad de elaborar un pensamiento
abstracto, constituiría un reflejo inconfundible de la infusión
en él del alma humana.
Puesto que existen diferentes puntos de vista con
respecto a los alcances de este último concepto, resulta
oportuno afirmar que nos referimos a un alma espiritual en la que
residen las funciones de inteligencia y voluntad. Esta alma humana
es principio de todos los actos vitales del cuerpo y está
unida a él de una manera tal, que juntos forman una sola
substancia. Es decir, alma y cuerpo constituyen un solo ser, motivo
por el cual es el mismo hombre el que tiene consciencia de pensar
y de sentir; es el mismo hombre el que experimenta emociones en
las que participan tanto el alma como el cuerpo. El alma humana,
por lo tanto, no es un ser completo, ya que para ejercer su función
racional necesita del cuerpo. Cada alma humana es creada por Dios
en el momento en que se inicia una nueva vida. Dado su carácter
espiritual, el alma subsiste al cuerpo después de su separación
de él, aunque por su relación esencial con el cuerpo
tendrá desde ese momento un deseo natural de volver a unirse
a él.
Evolución versus creacionismo
Cada vez son más abundantes y sólidos los datos científicos
que nos muestran que la vida en la tierra surgió en forma
gradual a partir de materia inerte, para luego diversificarse en
las múltiples formas vivientes que observamos a nuestro alrededor.
Aunque la teoría de la evolución no está exenta
de profundas interrogantes, podemos afirmar que hoy goza de una
gran aceptación en los círculos científicos
e intelectuales. Sin embargo, aún persiste con gran fuerza
un movimiento creacionista liderado por grupos norteamericanos y
europeos, el que en su versión más extrema adhiere
al relato bíblico en su sentido literal. En consecuencia,
según sus representantes, la creación del mundo habría
ocurrido hace unos seis mil años, lo que se deduce del número
aproximado de generaciones desde Adán y Eva hasta el nacimiento
de Cristo. En concordancia con el Génesis, estos creacionistas
sostienen también que la tierra fue creada en la primera
etapa o día primero, mientras que las distintas especies
de seres vivos lo fueron entre los días tres y seis. La creación
de la tierra antecedió a la del sol y a la de las demás
estrellas, mientras que los árboles frutales existieron antes
que los peces. Estos ejemplos -hay otros- nos indican que el creacionismo
es absolutamente incompatible con la información acerca del
universo y de la tierra que nos ha entregado la ciencia. En efecto,
los cosmólogos estiman que la explosión inicial conocida
con el nombre de big-bang ocurrió hace unos 15.000 m.a. y
que la tierra se formó hace unos 4.500 m.a. A su vez, los
registros fósiles muestran con relativa precisión
el orden de aparición y extinción de las distintas
especies, incluidas las correspondientes a la línea evolutiva
del género humano. Aparte de estos creacionistas de la llamada
escuela "Tierra Nueva", hay otros que pertenecen a la escuela "Tierra
Antigua". Estos últimos aceptan que la tierra, los planetas
y las estrellas existen hace millones de años, aunque sostienen
que la creación de los seres vivos, especialmente el hombre,
se ajusta a la letra de la Biblia. Se estima que actualmente un
40 por ciento de los norteamericanos, entre ellos muchos científicos,
adhieren a diversas versiones del creacionismo. En varios Estados
de la Unión se ha dispuesto que en las escuelas se destine
igual tiempo para explicar el creacionismo y la evolución
y que los textos destaquen explícitamente que la evolución
es solo una teoría.
Si bien se trata de una postura respetable y bienintencionada,
el creacionismo parte de un supuesto erróneo al asignar una
exactitud científica a los libros sagrados. En efecto, la
adhesión a la palabra de Dios no se contradice con el necesario
trabajo literario que requiere su adecuada interpretación.
Ello supone tener en cuenta la época en que cada texto fue
escrito, los rasgos de personalidad de su autor, las circunstancias
históricas, etc. La Iglesia Católica ha emitido algunos
pronunciamientos en apoyo de una posible compatibilidad entre la
palabra revelada y un proceso evolutivo, en el entendido de que
a través de este último se manifiesta en plenitud
el poder creador de Dios. Entre ellos se cuentan la encíclica
de Pío XII Humani generis publicada en 1950, en la
que se califica al evolucionismo como una hipótesis seria,
en la medida de que no se la considere como una doctrina cierta
y demostrada y que no se haga abstracción de la Revelación.
Es decir, no habría obstáculo en tratar de explicar
el origen del cuerpo humano en una materia viva y preexistente,
si bien "las almas nos manda la fe católica sostener que
son creadas inmediatamente por Dios". Otra condición que
impone esta encíclica es la del monogenismo, es decir,
que Adán representó un solo individuo del cual proceden
todos los demás hombres que han poblado la tierra. Más
recientemente hemos conocido el mensaje que Juan Pablo II dirigiera
a la Academia Pontificia de Ciencias en octubre de 1996, en el que
exhortándoles a descartar interpretaciones indebidas de la
Escritura, les señalara a los académicos que "La verdad
(la Biblia) no puede contradecir a la verdad (es decir, lo que muestra
la naturaleza), por lo que es necesaria una hermenéutica
rigurosa para la interpretación de la palabra" (2).
No hay lugar, pues, para una supuesta contradicción entre
la Sagrada Escritura y la información científica,
ya que bien pudo disponer Dios Omnipotente que fuese a través
de un mecanismo evolutivo que se diese cumplimiento a su divina
voluntad de crear al cosmos, y dentro de él, al hombre a
su imagen y semejanza.
A continuación se ofrece un resumen de la
visión actual del surgimiento evolutivo del género
humano, teniendo presente que en varios aspectos existen propuestas
alternativas y que subsisten todavía muchas interrogantes
por resolver.
Pertenecemos al orden de los primates
No está de más recordar que pertenecemos
al orden de los primates, una línea evolutiva dentro de los
mamíferos que se inició hace unos 70 m.a.,
cuando los dinosaurios todavía imperaban sobre la superficie
de la tierra. Con un tipo de dieta que abarca de vegetarianos a
omnívoros, todos derivan de uno con una fórmula dental
determinadas (3). Variaciones de esta fórmula,
así como el tamaño y el tipo de esmalte de los dientes,
han constituido un criterio utilísimo para la clasificación
de los restos fósiles. Los primates se distinguen también,
entre otros atributos, por la gran movilidad de sus extremidades.
Estas terminan en manos y pies con cinco dedos que poseen unas planas
en lugar de garras y un dedo pulgar oponible al resto, lo que les
permite asir objetos con gran seguridad. Poseen además visión
estereoscópica y en colores. Los primates se dividen en dos
grandes grupos: prosimios y antropoides. Los primeros (por ej. lemures
que hoy viven en Madagascar y lorises de Africa y Asia) tienen los
orificios nasales rodeados de piel desnuda y húmeda, continuada
por un labio superior dividido en dos. En los antropoides no se
da esa piel desnuda en la nariz, mientras que el labio superior
es continuo. Estos incluyen unos primates nocturnos de Asia denominados
tarseros y los simios propiamente tales, los que abarcan a los monos
del nuevo y viejo mundo y a los hominoides. Estos últimos,
que se distinguen por su mayor tamaño y por carecer de cola,
abarcan a todos los primates antropomorfos, es decir, a los homínidos,
al género Pan (chimpancé común y chimpancé
bonobo), al gorila, al género Pongo (orangután) y
a los gibones. Los homínidos incluyen al hombre y a todos
sus ancestros bípedos que ya se han extinguido, es decir,
a los ardipitecos, australopitecos, parantropos y varias especies
de Homo. Los hominoides se separaron de los monos del viejo
mundo (macacos, papiones, mandriles, etc.) hace unos 30 m.a. A su
vez, los orangutanes, los gorilas y los chimpancés divergieron
de la línea de los homínidos hace 16, 9 y 6 m.a.,
respectivamente.
De todos los primates actuales, solo el hombre
exhibe la propiedad de caminar completamente erguido, extendiendo
sus piernas muy por detrás de las caderas. Los otros antropomorfos
levantan el tronco, pero no alinean rectamente las piernas a él,
manteniéndolas más bien flectadas. Las formas de los
huesos de la pelvis, los fémures y el foramen magnum
(4). permiten deducir con bastante precisión
el grado de bipedalismo de las especies anteriores al hombre.
Los primeros homínidos
El fósil más antiguo de los homínidos corresponde
a Ardipitecus ramidus (4.4 m.a.), encontrado por -el grupo
de Tim White en el curso medio del río Awash en Etiopía
(en idioina afar, ardi significa suelo y ramid raíz).
Todavía muy parecido al chimpancé, la morfología
de caninos y premolares indican que se trata de una especie diferente.
Su grado de bipedalismo es aún incierto. A continuación
viene la línea de los australopitecos. Con una capacidad
craneal algo mayor que la de los chimpancés, sin duda caminaban
en dos pies. Conservaban todavía varios rasgos de los monos
antropomorfos, como por ejemplo un cuello y cintura poco marcados,
una cara proyectada hacia adelante y falanges curvadas en manos
y pies, aunque tanto su pelvis como sus fémures eran del
tipo humano. El registro fósil nos acusa la existencia del
Australopitecus anamensis (4.0 m.a.), encontrado por Meave
Leakey en las orillas del lago Turkana en Kenia; del A. bahrelghazali,
(3.5-3.0 m.a., conocido con el nombre de "Abel"), desenterrado
hace 4 años en Bahr el Ghazal, Chad, por el grupo dirigido
por Michel Brunet; del A. afarensis (3.7-3.0 m.a.) residente
en Laetoli (Tanzania) y en el tramo final del río Awash y
del A. africanus (3.0-2.4 m.a.) encontrado en Sudáfrica.
Los dos últimos tienen como célebres representantes
al bien conservado esqueleto de "Lucy" desenterrado por D. Johanson
e Y. Coppens en 1973 y al "niño de Taung", respectivamente.
Las impresionantes huellas fosilizadas encontradas por Paul I. Abell
en el año 1978 en la orilla del río Ngarusi en Laetoli
permiten confirmar sin lugar a dudas que A. afarensis caminaba
completamente erguido. A los anteriores debemos agregar el A. gahri
(en el idioma afar significa sorpresa), encontrado por el grupo
de Tim White en el valle del Awash Medio en Etiopía. Con
una antigüedad de 2.5 m.a., este último es propuesto
por el propio White como un antepasado inmediato del Homo habilis
(ver más abajo), descendiendo a su vez del cercano A.
afarensis más bien que del más lejano A. africanus.
A campo más abierto del medio arbóreo
que constituía su hábitat natural, los australopitecos
dieron origen a los parantropos, de cara más plana y con
un gran aparato masticador. De este género conocemos tres
especies: Paranthropus robustos (2.1-1.6 m.a.; Sudáfrica),
P. aethiopicus (2.5-2.3 m.a.; lago Turkana) y P. bosei
(2.3-1.3 m.a.; desfiladero de Olduvai en Tanzania, Konso en
Etiopía y río Omo en el mismo país, cerca de
la desembocadura del lago Turkana). Este último está
representado por el "Dear Boy" desenterrado por los Leakey. El análisis
anatómico de los fósiles indica que el género
Homo no tuvo su origen en los parantropos sino en los australopitecos,
mientras que su datación revela que ambos géneros
primitivos convivieron por un largo período de 1.5 m.a.
Surge el género Homo
La aparición del género Homo será acusada
por propiedades anatómicas características, así
como también por la presencia de utensilios que solo sus
representantes tienen la habilidad de fabricar. Las herramientas
más primitivas, que consisten en unas piedras con un filo
muy rudimentario, configuran la llamada cultura olduvaiense. Una
datación precisa de estos utensilios indica que dicha cultura
tuvo su inicio hace unos 2.5 m.a., muy próxima a la época
en que vivió el A. gahri. Hasta hace poco toda la
evidencia disponible hacía presumir que el surgimiento del
género Homo había ocurrido hace solo 2 m.a.
Sin embargo, hallazgos recientes de restos óseos en el lago
Beringo de Kenia, en el lago Malawi y en la región de Hadar
en Etiopía, todos con una antigüedad mayor a dicha fecha,
constituyen pruebas de una aparición del género Homo,
coincidente con la de las primeras herramientas líticas.
En estos individuos se observa un pronunciado aumento de la capacidad
craneal, desde 450 cc a 660-800 cc., además de una cara más
vertical que la de los australopitecos. Las primeras especies de
Homo corresponden a H. habilis (1.9-1.6 m.a.; lago
Turkana y valle del río Omo que desemboca en él, Olduvai
y probablemente Sudáfrica) y al H. rudolfensis (el
lago Turkana se llamaba Rodolfo), aunque algunos los agrupan a ambos
en la misma especie. Luego haría su aparición el H.
ergaster, (1.8-1.4 ma.; lago Turkana, Konso y Sudáfrica).
El esqueleto denominado "niño de Turkana" y otros fósiles
muestran que H. ergaster tenía una estatura y una
longitud de brazos y piernas muy cercanas a la humana. Su mayor
cráneo, nariz pronunciada y molares más pequeños
lo diferencian nítidamente de las especies anteriores. H.
ergaster, palabra que significa trabajador, es además
creador de la cultura achelense, más elaborada que la olduvaiense
por sus utensilios de piedra afilados por ambos costados. Por último,
tenemos al H. erectus, cuyos restos en Africa aparecen en
Olduvai (1.2 m.a. y 0.7 m-a) y posiblemente en Algeria (Tighennif,
antiguamente Ternifine) y Marruecos (0.7 m.a.). Tal como ocurre
con H. habilis y H. rudolfensis. hay quienes opinan que H.
ergaster y H. erectus corresponden a la misma especie, aunque
muchos paleontólogos coinciden en que la mayor delgadez de
los huesos craneales y otras diferencias menores hacen del H.
ergaster una especie distinta.
La mayor parte de los homínidos mencionados
hasta el momento han sido encontrados en el este del continente
africano, dentro del llamado sistema del valle del Rift. Este se
formó luego de que hace unos 10 m.a. una fractura dividió
a Africa en dos, a lo largo de un trazado que va desde Mozambique
hasta el Mar Muerto, entre Israel y Jordania. Los movimientos tectónicos
y la actividad volcánica provocaron un cambio climático
en el sector oriental del continente que condujo a una disminución
de la densidad forestal y una expansión de los pastizales,
escenario propicio para e1 desarrollo del bipedalismo. Pero esta
"East Side Story", como la han llamado los especialistas, parece
guardar algunas sorpresas, como lo demuestra el hallazgo del A.
bahrelghazali en Chad. Habrá que esperar el desentierro
de nuevos restos en el sector y sus inmediaciones para situar en
el adecuado contexto este inesperado descubrimiento.
Los homínidos salen de África
Desde muy temprano nuestros antepasados mostraron un marcado espíritu
colonizador. A fines del siglo pasado, el médico holandés
Eugène Dubois había descubierto en Trinil, isla de
Java, los restos de un espécimen de cráneo robusto
(900 cc), de paredes gruesas y de cara ancha y plana, al que inicialmente
llamó Pithecantropus erectus. Hoy día este
ha pasado a denominarse Homo erectus, al igual que su equivalente
africano. Luego, en la década del 30, otros investigadores
encontraron restos de H. erectus en Sangiran, en las cercanías
del río Solo, también en Java.
De acuerdo con dotaciones recientes, los fósiles más
antiguos parecen tener 1.8 m.a., época en la cual Indonesia
podía adquirir continuidad territorial con el continente
asiático, cuando el nivel del mar bajaba por causa de las
glaciaciones. El H. erectus también llegó a
China, como lo revelan los fósiles de la caverna de Zhoukoudian,
sitio ubicado a 50 km de Beijing. Este constituye el famoso "hombre
de Pekín", cuyos restos tienen una antigüedad de entre
550.000 y 250.000 años. Junto a ellos se encuentran utensilios
propios de la industria olduvaiense. Pero también hay restos
de homínidos con ciertos rasgos de H. habilis u H. ergaster,
junto a utensilios de piedra de cerca de 2 m.a. de antigüedad,
en la caverna Longgupo (provincia china de Szechuan) y en Dmanisi
(República de Georgia). Estas dotaciones han abierto una
nueva perspectiva, ya que hasta hace poco se pensaba que H. erectus
había surgido del H. ergaster en África
y que había emigrado al Asia hacía sólo 1 m.a.
Al parecer, cabe la posibilidad de que H. ergaster o incluso
el propio H. habilis haya sido el que se desplazó
originalmente a ese continente, lo que tendría como consecuencia
que H. erectus podría representar una especie exclusivamente
asiática. De ser así, los escasos restos africanos
asignados a esta especie podrían en realidad corresponder
al H. ergaster. En contraste con estos fósiles de la época
olduvaiense, también, en los años 30 se desenterraron
en las terrazas del río Solo en Ngandong algunos fósiles
de H. erectus mucho más avanzados que los anteriores,
con un cráneo de 1.050 cc. Su data de escasos 30.000 años
no solamente estira la existencia de esta especie hasta unos 2 m.a.,
sino que también indica que este homínido alcanzó
a convivir por varios miles de años con el H. sapiens
antes de extinguirse.
El continente europeo también exhibe un
rico registro fósil de individuos del género Homo,
aunque estos poseen una fisonomía diferente a la de los
asiáticos. Los restos encontrados hasta mediados de la presente
década indicaban una antigüedad de hasta 550.000 años,
lo que hacía pensar en un poblamiento iniciado desde Africa
a partir de esa época. Los fósiles más antiguos
se habían agrupado en una especie conocida como H. heidelbergensis,
mientras que muchos de los posteriores corresponden nítidamente
a neandertales. Sin embargo, excavaciones llevadas a cabo por los
paleontólogos españoles Juan Luis Arsuaga, José
María Bermúdez de Castro y Eudald Carbonell en el
yacimiento de la Gran Dolina en la Sierra de Atapuerca, cerca de
Burgos, indican un poblamiento iniciado al menos hace unos 780.000
años. La capacidad craneana de estos nuevos especímenes
es mayor que la de H. ergaster, mientras que sus caras tienen
un relieve sorprendentemente moderno. Para esta nueva especie, que
aparentemente practicaba el canibalismo, se escogió el nombre
de H. antecessor. Como es casi seguro que este o sus antepasados
llegaron por tierra desde Africa, debiera esperarse encontrar fósiles
que indiquen una transición entre H. ergaster y H. antecessor.
Ello, sin embargo, aún no ha ocurrido. Otros huesos
y herramientas con una antigüedad equivalente han sido hallados
en Ceprano, Italia, no existiendo seguridad de que sean de la misma
especie. Curiosamente, los utensilios del H. antecessor son
del tipo olduvaiense, en circunstancias de que la cultura achelense
existía en África desde hacía 800.000 años.
Probablemente sus antepasados, así como los de H. erectus,
abandonaron África antes del surgimiento de la cultura
achelense, aunque se han desenterrado vestigios de esta última
cerca de Heidelberg. ¿Será esta una muestra de que hubo
varias incursiones desde África?
Los neandertales
A mediados del siglo pasado se descubrieron fortuitamente en el
valle de Neander, cerca de Düsseldorf, los restos de un hombre
primitivo diferente. Este resultó ser algo más bajo
y más robusto que el actual H. sapiens, con una protuberancia
en la región occipital del cráneo (1.500 cc) y con
una pronunciada apertura nasal. Posteriormente se desenterraron
fósiles semejantes en Italia, Bélgica, Gibraltar y
en el depósito llamado Sima de los Huesos, también
de la Sierra de Atapuerca. A esta especie que ya usaba el fuego
y enterraba a sus muertos se la denominó H. neanderthalensis.
Los neandertales poblaron Europa desde hace 230.000 años
hasta que se extinguieron hace unos 30.000 años, fecha esta
última que coincide con la desaparición de H.
erectus en Asia. Típicamente europeos, emigraron también
a Asia central y Oriente próximo, como lo demuestran los
yacimientos fósiles encontrados en Irak, Siria, Israel y
Uzbekistan. Aparentemente, H. neanderthalensis evolucionó
en Europa a partir del H. heidelbergensis, ya que existe
una buena continuidad de rasgos entre ambas especies, como lo indican
los fósiles de Sima de los Huesos. Los neandertales son los
creadores de la cultura musteriense (del sitio Le Moustier), aun
más elaborada que la achelense.
Hace un par de años, se comparó el
DNA mitocondrial (5). del H. neanderthalensis
con 16 tipos de DNA mitocondrial de chimpancé y 986 de
humanos, estudios que entregaron valiosísima información.
En primer lugar, revelaron que H. neanderthalensis y H. sapiens
divergieron hace 550.000 a 690.000 años, sugiriendo que
el H. antecessor bien pudo ser el ancestro común de
ambos. Los resultados también mostraron que ambas especies
no intercambiaron material genético, tema que ha sido largamente
debatido por los antropólogos. Por último, asignaron
al H. sapiens una antigüedad de entre 120.000 a 150.000
años, resultados que coinciden con bastante aproximación
con otros estudios semejantes (ver más adelante).
La causa de la extinción de los neandertales
sigue siendo un misterio, sin que se tenga evidencia alguna de que
ella pudo deberse a confrontaciones fratricidas con el hombre moderno.
Aparece el Homo sapiens
El hombre de características anatómicas modernas
surge en Europa en el período denominado paleolítico
superior, hace unos 40.000 años. Fósiles característicos
de él han sido encontrados en Rumania (43.000 años),
Bulgaria (43.000), Francia (36.000, el famoso Cro-Magnon) y España
(38.000). Más alto y menos robusto que H. neanderthalensis,
entre sus rasgos destacan una forma craneal casi esférica
con una capacidad de 1.400 cc, frente vertical, mentón pronunciado
y dientes más pequeños. Como en el caso de algunos
de sus ancestros, sus fósiles están frecuentemente
acompañados de utensilios, aunque ahora son más sofisticados.
Fabricados de hueso y marfil, incluyen objetos ornamentales que
pueden mostrar formas de hombre y animales. Estos elementos, junto
a las pinturas rupestres que aparecerán algo más tarde,
conforman la llamada cultura auriñaciense, la que se identifica
solamente con los humanos modernos.
No caben dudas de que H. sapiens y H. neanderthalensis
coexistieron en Europa por unos 10.000 años. Este hecho
permitió a estos últimos adoptar algunos aspectos
de la cultura auriñaciense, dando así origen a la
cultura chatelperroniense. Puesto que no se han obtenido fósiles
con características intermedias entre H. sapiens y H.
neanderthalensis, ya pocos dudan que los primeros no evolucionaron
a partir de los segundos (6). Más bien,
la relativamente súbita aparición en Europa del hombre
moderno sugiere fuertemente que este llegó desde afuera,
siendo Africa su origen más probable. Si así fuera,
habría que buscar un camino hacia el norte, posiblemente
a través de un Sahara que en ese tiempo debe haber sido menos
árido que el actual. Se han detectado vestigios de cultura
auriñaciense de hace 45.000 años en Israel, así
como restos con rasgos casi modernos en este mismo país
(Qafza, 100.000 años y Skhul, 82.000 años), Sudán
(100.000), Marruecos (Dar-es-Soltan, 80.000) y Libia (Haua Fteah,
47.000). Estas fechas nos indican que estos homínidos se
encontraron en el oriente próximo con el H. neanderthalensis,
en donde ambas especies cohabitarían por decenas de miles
de años. Por otra parte, también hay fósiles
de humanos modernos en Sudáfrica (90.000), lo que indica
que estos también bajaron desde el sector oriental del continente.
Hay evidencias además de que humanos modernos llegaron a
Australia hace unos 75.000-50.000 años, existiendo abundantes
restos de entre 40.000 y 6.000 años. Las herramientas encontradas
en los primeros yacimientos de la isla muestran un grado de sofisticación
más cercano al musteriense que al auriñaciense, lo
que sugiere que el poblamiento de Australia debe haber antecedido
al de Europa. En Tasmania hay también restos de hace unos
30.000 años. Aunque el acceso a Australia desde el sudeste
asiático era más fácil entonces que en la actualidad,
de todos modos estos hombres modernos tuvieron que navegar desde
Indonesia. Hasta el momento, no hay evidencias de que H. erectus
lo haya hecho, aunque la reconstrucción de esta inmigración
se dificulta debido a que gran parte de la franja de tierra que
existía entre Indonesia y Australia se encuentra actualmente
bajo el mar. Por otra parte, la presencia del hombre moderno en
China se revela por los cráneos de Liujiang y los del denominado
"hombre viejo" de Zhoukoudian (mismo sitio del hombre de Pekín),
aunque la datación de ambos restos no ha sido precisada.
Finalmente está el problema de la fecha en que el H.
sapiens llegó a América. Por mucho tiempo se
pensó que ello había ocurrido hace unos 13.000 años
mediante el desplazamiento de humanos del tipo mongoloide desde
la península de Chukotka en Asia hacia Alaska. Este tránsito
habría ocurrido a pie a través de un estrecho de Bering
congelado durante el período de la última glaciación.
Pero una teoría reciente basada en la reconstrucción
anatómica de restos óseos sugiere que también
vinieron inmigrantes por mar desde Europa, más o menos en
la misma época.
Las dotaciones de los restos del Oriente Medio
se acercan bastante a las obtenidas del estudio de DNA mitocondrial
y caen en el mismo rango con otras deducidas también con
pruebas genéticas. El grupo dirigido por el ya fallecido
Alan Wilson comparó el DNA mitocondrial de 189 individuos,
concluyendo que se podía trazar un antepasado común
de ellos en el continente africano, el que habría vivido
hace 140.000 a 290.000 años. Dada la herencia maternal de
este DNA, este ancestro fue bautizado como la "Eva africana". Por
su parte, el grupo liderado por Michael Hammer ha realizado estudios
del mismo tipo con el cromosoma Y del núcleo, el que sólo
se transmite a través del padre. En este caso, se llegó
a deducir la existencia de un "Adán", también africano,
con una antigüedad parecida a la de Eva. Por último,
los trabajos de Luigi Cavalli-Sforza con 120 marcadores genéticos
diferentes han revelado también un origen africano para el
H. sapiens, el que se puede localizar en un tiempo cercano
a los 100.000 años atrás. Años más o
menos, es claro que la fecha de aparición del hombre anatómicamente
moderno en la historia evolutiva es extraordinariamente reciente.
El problema paleontológico en la transición
al H. sapiens
A pesar del paulatino enriquecimiento del registro fósil
de homínidos y del apoyo proporcionado por la genética,
el momento de la aparición de nuestra especie dista mucho
de estar claro todavía. Dado que los rasgos del H. sapiens
son fácilmente distinguibles de los de H. ergaster
u H. erectus, un requisito para la solución de este problema
debiera consistir en el estudio de fósiles que posean rasgos
intermedios. A los humanos que anteceden a los modernos se les llama
arcaicos. Pertenecen a esta última categoría los restos
hallados en la cueva de Arago en los Pirineos (400.000 años),
el cráneo de Petralona, Grecia (380.000), los restos de Boxgrove
(Inglaterra) y los de Mauer, Heidelberg (400.000), que por haber
sido descubiertos primero (1908) le dan el nombre a la especie.
La relación de continuidad claramente observable entre H.
heidelbergensis y H. neanderthalensis no resulta tan evidente
con el H. sapiens.
No se ha encontrado el equivalente al H. antecessor
en Africa o en Asia. Sin embargo, en África aparecen
también restos que tanto por sus rasgos como por sus dotaciones
aparecen en una zona intermedia entre H. ergaster y H.
sapiens. Fósiles descubiertos en 1921 en la mina de Broken
Hill, Zambia (7), han dado el nombre a la especie
H. rhodesiensis. (Algunos autores no emplean este nombre
e incluyen estos restos en la especie H. heidelbergensis, que
es exclusivamente europea). Con un volumen craneal algo inferior
a los 1.300 cc., son comparables a los fósiles de Bodo (Etiopía),
Ndutu (Kenia) y Florisbad (Sudáfrica). Se estima que todos
tienen una antigüedad de entre 400.000 a 300.000 años,
salvo el de Florishbad que muestra una data de 259.0(}0 años.
Luego hay un punto de quiebre con restos mucho más recientes,
de solo 130.000 años, que exhiben rasgos casi modernos. Ellos
están representados por el cráneo de Ngaloba (Laetoli,
Tanzania) encontrado por Mary Leakey y dos especímenes desenterrados
en el valle del río Omo, el que desemboca en el extremo norte
del lago Turkana. Se estima que tanto en África como en Europa
los arcaicos derivan del H. ergaster, aunque hay investigadores
que sostienen que estos pueden haber evolucionado de un H. erectus
que vino desde Asia hacia ambos continentes. Esta tesis no cuenta
con muchos seguidores.
¿Existen arcaicos en Asia? Por el momento hay un cráneo
de Dali, China norcentral (280.000) y un esqueleto de Jinniushan
(China septentrional) que claramente no corresponden a H. erectus
y que se acomodarían más bien en el tipo H.
heidelbergensis. Esta evidencia es muy escasa para sacar conclusiones,
aunque deja planteada la duda acerca del origen de estos fósiles,
considerando que en ese continente imperó en forma casi exclusiva
el H. erectus durante 2 m.a.
Con todos los antecedentes expuestos en este ensayo,
se propone un árbol filogenético tentativo para el
H. sapiens que se muestra en la Figura 1, el que de acuerdo
a las incertidumbres que se han indicado en el texto, está
sujeto a modificaciones (8). Por el momento, puede
resultar útil como referencia de las distintas especies extinguidas,
así como de las épocas en las que estas habitaron
la tierra.
¿Origen único o múltiple?
Desde los comienzos de la paleoantropología ha existido
una discusión entre dos posturas relativas a la forma del
árbol filogenético del hombre. Una de ellas, conocida
con los nombres de "Out of Africa", arca de Noé, teoría
del reemplazo y Jardín del Edén, sostiene que el H.
sapiens tuvo un origen exclusivo en el continente africano (aunque
no debiera descartarse al Levante), habiéndose desplazado
luego a Europa, Asia y Australia. La evolución del hombre
según esta tesis se representa por un típico árbol
con varias ramas, una de las cuales conduce a la aparición
del H. sapiens. Por su parte, la teoría denominada
de origen multirregional, del candelabro o de continuidad regional,
afirma que todas las poblaciones del hombre moderno descienden del
H. erectus, el que en los distintos continentes evolucionó
hacia H. sapiens con pequeñas diferencias que darían
cuenta de las distintas razas humanas. Al contrario de la anterior,
la representación gráfica de esta teoría no
tiene forma de árbol sino que evoca la de un río cuyos
brazos se separan y se vuelven a juntar. Para poder explicar la
mantención de todas las líneas en una sola especie,
el multirregionalismo propone que hubo un continuo intercambio de
material genético entre ellas.
A medida que se va enriqueciendo el registro fósil,
parece afirmarse la teoría del origen único, alternativa
que también encuentra apoyo en los estudios genéticos
descritos. Además, las diferencias genéticas entre
las razas son tan pequeñas que bien pudieron materializarse
en tiempos recientes, como puede comprobarse con estudios de genética
de poblaciones. Por otra parte, se hace difícil pensar en
un permanente cruzamiento entre integrantes de diferentes poblaciones,
como asimismo no podría explicarse el reemplazo de los neandertales
en Europa. Es por estos motivos por los que la visión que
se ha entregado aquí es más bien desde la perspectiva
de un único origen, aunque la insuficiente cantidad de restos
que muestran la transición entre H. ergaster y el
hombre moderno en el continente africano representa por el momento
su gran debilidad.
Creación del alma humana
El momento de la animación del hombre durante la evolución
del género Homo plantea una interrogante que ha dado
origen a acaloradas controversias. Así, por citar las posiciones
extremas, algunos piensan que ya el H. habilis mostraba
una creatividad que lo distinguía sustancialmente de sus
predecesores, mientras que otros se inclinan por usar otras manifestaciones
de más reciente aparición como base para una diferenciación
cualitativa y fundamental entre los homínidos. Si estuvieran
en lo cierto los primeros, ello llevaría a concluir que la
posesión de una alma humana ha sido un atributo compartido
por varias especies de homínidos. Por el contrario, una postura
más selectiva como la que exhiben los segundos, restringe
la existencia del alma humana solamente a los individuos que integran
la especie conocida con el nombre de H. sapiens.
No deja de ser tentador buscar luces al respecto en el Génesis.
Por ejemplo, el que Noé haya tenido que construir un arca
de características muy determinadas indica que el hombre
ya disponía de una tecnología de cierta sofisticación.
Ello ocurría unas diez generaciones después de Adán.
Pero ya hemos indicado que este tipo de análisis de la palabra
revelada no es correcto.
Por otra parte, uno de los aspectos que más llama a la reflexión
en la transición de los arcaicos al H. sapiens es
precisamente la adquisición de una capacidad para desarrollar
la tecnología, así como también para cultivar
el arte. Aunque las características anatómicas del
hombre moderno ya estaban definidas hace al menos unos 100.000 años,
todos estos nuevos rasgos culturales solo se hacen evidentes luego
de la invasión a Europa hace 45.000 años. Las manifestaciones
de la cultura auriñaciense que ahí se encuentran son
inconfundibles con las toscas muestras de las culturas anteriores.
Se observa no solo un aumento en la variedad sino también
en la complejidad de las herramientas de piedra, con una marcada
estandarilazación de sus diversas formas. Aparecen por ejemplo
los buriles, piedras biseladas que se usan para trabajar el hueso
y el marfil. También lo hacen los raspadores distases, hojas
con un extremo retocado que se usaban para preparar pieles. Con
ambos instrumentos se consigue el máximo aprovechamiento
de la materia prima, obteniéndose de cada piedra más
longitud de filos que con ninguna técnica precedente.
Esta nueva cultura también se distingue por la utilización
del hueso y el marfil, no solo con fines utilitarios como había
sido común hasta entonces, sino que por primera vez se los
usa para la fabricación de adornos personales y de objetos
ornamentales, los que mostrarán formas de hombre y animales.
La pintura rupestre surge un poco después, aunque forma parte
de la misma cultura. La más antigua parece ser la encontrada
en la caverna Chauvet en Ardèche, cuyos dibujos según
la autentificación del Ministerio de la Cultura francés
datan de hace unos 32.000 años. Descubierta en 1994, la cueva
consta de varias galerías de gran dimensión adornadas
con más de 300 dibujos y grabados. No muy lejos de la entrada
de este sitio se observa una amplia muestra de leones, panteras,
osos, ciervos , caballos y rinocerontes en pinturas roja y negra,
cuya preservación es casi perfecta. Más al interior
emergen más imágenes que revelan una sofisticación
y refinamiento inusitados. Técnicas que se pensaban de mucho
más tardía aparición, tales como el sombreo
y la perspectiva, son ya evidentes en estas figuras primitivas.
Curiosamente, salvo la representación de una quimera medio
hombre medio bisonte, no se ha descubierto ninguna figura humana,
aunque estos primeros artistas quisieron estampar su rúbrica
marcando 140 palmas de manos en una de las paredes de la caverna.
Hay un factor que debe haber impulsado notoriamente esta creatividad
tecnológica y artística, contribuyendo simultáneamente
a ampliar los horizontes del pensamiento humano. Este fue el progreso
en las comunicaciones a través del lenguaje hablado. Ningún
animal se acerca siquiera a poseer un tipo de comunicación
tan marcadamente versátil y bien estructurado como es el
lenguaje humano, capaz de transmitir un número virtualmente
infinito de señales. El lenguaje humano se nos presenta a
la vez como un modo de expresión voluntario y controlado,
mientras que los animales solo pueden transmitiese información
muy simple y concreta sobre alguna contingencia determinada. Utilizan
para ello ciertos sonidos o gestos del cuerpo que surgen en modo
instintivo e involuntario como respuestas reflejas inmediatas a
una sensación. Como decía Konrad Lorenz, los animales
no emiten palabras, sino interjecciones. Algunos de estos sonidos
instintivos han permanecido también en nuestro lenguaje,
como son por ejemplo el llanto y los -gritos de pavor o de alegría.
La creación permanente de nuevos mensajes a través
del lenguaje nos revela que el pensamiento está íntimamente
ligado a él. No se trata de que el lenguaje sea solo el medio
de expresión del pensamiento, es decir, un mero código
expresivo de una actividad independiente de él. Tampoco se
trata de que el lenguaje configure el pensamiento, lo que sería
el otro extremo. El lenguaje más bien contiene al pensamiento,
reflejando la existencia de una relación intrínseca
entre ambos. El desarrollo del lenguaje condujo a la vez a algunos
cambios en la organización socioeconómica de los grupos
humanos. Entre ellos destacan una explotación más
especializada de los recursos animales mediante cacerías
sistematizadas, un brusco aumento en la densidad de las poblaciones
y la aparición de chozas de cierta sofisticación,
como lo demuestra la creciente presencia en ellas habitaciones separadas,
chimeneas y fosos.
¿Cómo podríamos explicar la
súbita aparición de la inventiva en el hombre, acompañada
de un lenguaje que no sólo transmite sino que constituye
el propio pensamiento? ¿No es este excepcional hito de la historia
evolutiva una manifestación palmaria de los actos de abstracción
y reflexión propios del alma humana? Algunos piensan que
habilidades como las señaladas son atribuibles a simples
consideraciones anatómicas, siendo el tamaño del cerebro
considerada la principal de ellas. También lo sería
la estructura única del tracto vocal humano (faringe, laringe,
cavidades nasal y oral), el que aparece especialmente diseñado
para pronunciar en forma distintiva las vocales y una infinidad
de sonidos. De acuerdo con algunos científicos, todas estas
características contribuirían a marcar solo unas diferencias
de orden cuantitativo entre el hombre y los mamíferos más
cercanos a él en la escala evolutiva. El propio Darwin opinaba
que "No puede el naturalista comparar ni clasificar las aptitudes
espirituales, pero sí, como he intentado hacerlo, tratar
de evidenciar que, aun cuando las facultades del hombre difieren
inmensamente de las de los animales, que le son inferiores, difieren
solo en grado pero no en naturaleza" (9). Por
su parte, el conocido filósofo de la ciencia Karl Popper,
aunque criticara el materialismo reduccionista, catalogó
al intelecto humano como una cualidad emergente del cerebro,
concepto de tal vaguedad, que no contribuye a arrojar luz sobre
este problema.
Sin duda que las propiedades anatómicas cerebrales constituyen
un requisito necesario para el uso de la razón, así
como lo es la estructura del tracto vocal para la expresión
del lenguaje hablado. Sin embargo, ello no quiere decir necesariamente
que sean condición suficiente para ambas acciones. Por lo
tanto, nos inclinamos por la idea de que el alma intelectiva fue
infundida en un instante más bien reciente del proceso evolutivo,
hace algo más de unos 40.000 años, a una especie de
homínido que ya estaba preparada para recibirla, completándose
así el peculiar camino dispuesto por Dios para la creación
del hombre.
La convivencia en la tierra durante varios miles de años
de tres especies de Homo, el H. sapiens, H. neanderthalensis
y H. erectus, nos plantea una interrogante fundamental. ¿Estuvieron
estas dos últimas especies dotadas de inteligencia? En cuanto
a característica anatómicas, el H. erectus de
Asia llegó a tener un cráneo de solo 1.050 cm3
de capacidad, la que se compara con los 1.400 cm3 del
nuestro. En contraste con lo anterior, los neandertales poseían
un cráneo levemente más grande que el del H. sapiens.
Algunos piensan que el H. erectus poseía algún
tipo de lenguaje avanzado, puesto que este habría sido requerido
para la caza organizada de animales voluminosos que esta especie
practicaba.
El registro fósil nos puede entregar alguna información
sobre la capacidad de expresión verbal, ya sea por la forma
de los huesos del tracto vocal, o por inspección de la superficie
interna del cráneo frente a las áreas cerebrales de
Broca y de Wemicke, ambas responsables del lenguaje. De acuerdo
con este tipo de análisis, el H. neanderthalensis habría
hablado un lenguaje muy rudimentario ya que sólo podía
pronunciar un par de vocales, aunque no existe aun certeza a este
respecto. Por otra parte, en cuanto a signos externos, no existe
ningun vestigio del H. erectus que revele algún grado
de cultura más avanzado que el de la olduvaiense. Se ha especulado
que los neandertales poseían algún grado de inteligencia,
ya que dominaban el fuego y enterraban a sus muertos, aunque no
sabemos si esta última práctica estaba acompañada
de algún rito. Aparentemente, depositaban flores junto a
las tumbas. Es cierto que los neandertales no dejaron vestigio alguno
de pintura rupestre, pero debemos tener presente que el H. sapiens
tampoco la había cultivado hasta el momento que los neandertales
se extinguieron.
Quizás el dato más ilustrativo de
que posiblemente los neandertales no fuesen inteligentes es el proporcionado
por el grado de sofisticación de su manufactura. Su cultura
musteriense se caracterizó por una talla inicial de la piedra,
para de esta sacar las lascas que serían retocadas para su
acabado final, lo que podría revelar un cierto grado de abstracción.
Por el contrario, en las culturas olduvaiense y achelense anteriores,
la talla de cada útil de piedra era siempre individual. Sin
embargo, las herramientas construidas por los neandertales muestran
escasa inventiva y progreso en el tiempo. Asimismo, la cultura chatelperroniense
propia de ellos, que representa una mezcla de la musteriense con
la auriñaciense, surgió después que esta última,
por lo que la primera bien pudo estructurarse en base a una simple
copia de lo que hacía el H. sapiens. Como se podrá
observar, no es fácil llegar a una conclusión cierta
acerca de la inteligencia del H. erectus y los neandertales
y quizás nunca lo logremos. En todo caso, habiendo seguido
trayectorias evolutivas separadas de aquella que condujo al H.
sapiens por aproximadamente 2.0 y 0.7 m.a., respectivamente,
no debiera resultarnos sorprendente la posibilidad de que hayan
surgido importantes divergencias en estas tres especies en propiedades
cognitivas tales como el lenguaje ola inteligencia.
El futuro de las investigaciones científicas
En años recientes, la ciencia nos ha permitido clarificar
notablemente el panorama evolutivo del hombre. Pero como es frecuente
en los casos en que se progresa en el conocimiento sobre alguna
materia, han también aparecido nuevas interrogantes. Desde
luego, podemos afirmar que se ha confirmado la coexistencia por
miles de años de tres especies de Homo, aunque no
se dispone aún de evidencias sobre las causas de las extinciones
del H. neanderthalensis en Europa y del H. erectus en
Java, ¿Cómo fue la convivencia entre el hombre moderno
y los neandertales en Europa y el Medio Oriente? ¿Hubo algún
tipo de interacción social o cultural aparte de las que evidencia
la cultura chatelperroniense? ¿Fue esta una desaparición
pasiva o se debió a un reemplazo agresivo por parte del H.
Sapiens?
El patrón de desplazamiento de los homínidos es otro
de los asuntos que parece resuelto en forma incompleta. ¿Cuál
es el significado del A. bahrelghazali aparecido en Chad?
¿Es este de origen local o corresponde a un desplazamiento
de australopitecos desde el valle del Rift? ¿Cuántas
veces incursionaron los representantes del género Homo
en Europa? ¿Fue el propio H. antecessor el que lo
hizo la primera vez o fue el H. ergaster? Más importante
aún es el tema de las transiciones, particularmente la que
dio paso al hombre moderno. Hasta el momento, este período
ha sido conspicuamente mezquino en su registro fósil. A este
respecto, el descubrimiento en el continente africano de un equivalente
al H. Antecessor de Atapuerca constituiría un importante
aporte. Otro aspectos interesantes de confirmar incluyen la identificación
de A. Gahri como antepasado inmediato del primer Homo, las
relaciones entre H erectus y H. Ergaster y la presencia de arcaicos
en Asia. Aunque es probable que algunos de estos temas permanezcan
para siempre en el terreno de la especulación, confiamos
en que la investigación científica continuará
aportando abundante información que contribuya a enriquecer
el panorama de la antropología filosófica.

1 Texto basado en una conferencia dada el 25 de mayo de
1999 en el marco del Ciclo del Alma organizado por la Universidad
Andrés Bello.
2 Al respecto, se recomienda la lectura del ensayo titulado
"Juan Pablo 11 y la teoría de la evolución" del Dr.
Fernando Orrego V., publicado en Humanitas N' 5, 64-84, 1997.
3 Arriba y abajo: 4 incisivos, 2 caninos, 6 premolares
y 6 molares
4 Orificio de la base del cráneo por donde sale
la médula espinal.
5 La mitocondria es un pequeñísimo organelo
que se encuentra dentro de la célula y que tiene como una
de sus principales funciones la de producir energía. Posee
material genético propio, el que está sujeto a mutaciones,
tal como el DNA presente en los cromosomas del núcleo. La
frecuencia con que ocurren dichas mutaciones es más o menos
constante en el tiempo, por lo que las diferencias entre los DNA
mitocondriales de dos especies puede dar una idea del tiempo transcurrido
desde que ambas se separaron evolutivamente. Otra cualidad propia
del DNA mitocondrial es que este se transmite exclusivamente por
la línea materna, lo que simplifica la interpretación
de los resultados.
6 Recientemente fueron desenterrados los restos de un
niño de cuatro años en Lagar Velho, Portugal, en un
sitio de 24.500 años de antigüedad. Aunque sus descubridores
lo han catalogado como un híbrido entre H. sapiens y H. neanderthalensis,
otros autores consideran muy prematura esta aseveración.
7 Entonces Rodesia.
8 Gran parte de los comentarios que merece este esquema
se encuentra en el texto. Algunos adicionales son: dada su distinta
ubicación geográfica, no está en absoluto claro
que A. bahrelghazali derive de A. anamensis; A. garhi aparece muy
próximo en el tiempo al primer Homo, aunque por el momento
resulta prematuro hacer una conexión directa entre ellos;
en otros árboles filogenéticos, es común ver
una relación entre A. africanos y H. habilis, así
como entre H. erectus y H. sapiens; varios autores ignoran aún
al H. antecessor y al H. rhodesiensis, mientras que otros juntan
al H. erectus y al H. ergaster en una sola especie.
9 Charles Darwin, El origen del hombre
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