I. Introducción
Algunos sostienen que la formación de valores
no debería ser considerada como parte de la misión
específica de las universidades, puesto que a ese nivel la
mayor parte de las actitudes y puntos de vista de los alumnos ya
estarían formados. Se afirma que, en cuanto instituciones
educativas de nivel superior, ellas deberían limitarse a
la instrucción, capacitación y especialización
de sus alumnos en disciplinas académicas particulares. Sin
embargo, aun si aceptáramos que los alumnos de educación
superior ya hubieran internalizado un sistema valórico determinado
-hecho que, por lo demás, los estudios de psicología
de la educación parecen desmentir-, esto no garantizaría
todavía que ellos sepan cuál es el modo concreto en
que esos valores se encarnan en la práctica de la disciplina
que han escogido. Así, por ejemplo, la forma más natural
de aprender cómo se comporta en la práctica un médico
que quiere ser honesto es a través del contacto con los correspondientes
profesionales. En otras palabras, el aprendizaje de los valores
se da junto con el aprendizaje del papel profesional, aun cuando
ello no se busque expresamente.
Por otro lado, el acelerado avance del conocimiento
y de la tecnología hacen que lo que se aprende hoy pueda
ser obsoleto mañana. Se requiere, por tanto, un permanente
estudio y reciclaje para estar al día en un área del
saber. Ello plantea la necesidad de que las instituciones de educación
superior, junto con entregar algunos contenidos fundamentales, se
preocupen de formar personas capaces de adaptarse al cambio y de
acceder a las actuales fuentes de información con espíritu
crítico y creador. Esa búsqueda permanente y crítica
de la verdad exige autodisciplina y esfuerzo personal, poniendo
así en juego virtudes y constituyéndose, por tanto,
en un proceso de humanización, de perfeccionamiento y de
elevación del hombre. Vemos, entonces, que las universidades
de hoy no pueden eximirse de la formación en valores de sus
alumnos, si pretenden ser exitosas en la formación de líderes
sociales, de personas capaces de anticipar el futuro y de comprometerse
con el desarrollo del país y de su propia disciplina, como
señala J. Aragoneses.
Es así como, tras un período en el
que se pretendió excluir activamente la enseñanza
de la ética de la educación superior, buscando una
educación "valóricamente neutra", ha comenzado a surgir,
en la segunda mitad del siglo XX, la tendencia a formalizar la enseñanza
de la ética profesional al interior de las universidades.
Resulta interesante constatar que las escuelas de Medicina han sido
pioneras en este sentido. Contamos, así, con la experiencia
acumulada durante algo más de dos décadas y con numerosos
trabajos destinados a evaluar la relevancia y utilidad de introducir
cursos formales de Ética Médica,. También se
han hecho esfuerzos por establecer la metodología y los contenidos
que efectivamente logran mejorar las habilidades de razonamiento
moral y las destrezas en el análisis de los problemas ético-clínicos
en los estudiantes de Medicina,. Sin embargo, queda aún por
precisar el real impacto que esto pueda tener en el desarrollo de
actitudes y comportamientos éticos, puesto que en este campo
intervienen no solo las habilidades intelectuales, sino también
la voluntad y afectividad.
El presente trabajo tiene por objeto revisar las
evidencias que apoyan la conveniencia de enseñar ética
en las escuelas de Medicina, así como exponer la forma en
que este problema está siendo abordado actualmente en la
Escuela de Medicina de la Universidad Católica de Chile.
II. ¿Tiene sentido enseñar ética
médica?
La idea de la universidad como institución
educativa destinada no solo a elaborar y transmitir conocimientos
académicos, sino sobre todo a formar personas, estuvo en
el origen mismo de las universidades en la Edad Media. Su meta fundacional
era formar hombres sabios y buenos. Sin embargo, la evolución
histórica y la diversificación de las universidades
diluyó este objetivo fundacional. Se llegó, así,
a enfatizar solo algunas de sus tareas específicas, como
p. ej. la producción científica o la formación
de profesionales. Ello condujo a un vaciamiento ético de
la educación superior, que, como ha puesto en evidencia J.
Aragoneses, obedece tanto a causas externas como internas. Como
factores externos a las universidades, esta educadora señala
el contexto general de la educación contemporánea,
marcada por el " relativismo moral, que vacía la educación
de los valores, el neutralismo y cientificismo que impregna nuestra
cultura y cuestiona todas las metas que no sean medibles, visibles
y cuantificables". También el desconocimiento del valor de
la voluntad en la vida moral de la persona influye decisivamente
en este sentido. Pero existen, además, algunos motivos internos
por los que la institución universitaria se ha alejado de
lo que fuera su misión original. Entre ellos está,
según J. Aragoneses, la falta de unidad de criterios para
afirmar que la universidad -en cuanto tal- tenga como meta la formación
integral de las personas (esto es, no solo la formación intelectual,
sino también la formación afectiva, social y moral).
A ello se suma que, en algunas de las universidades en las que la
formación moral aparece como uno de sus objetivos primordiales,
puede apreciarse una falta de coherencia entre su declaración
de principios y lo que constituyen las políticas de docencia,
los currículos y los programas de cursos, en los que estos
objetivos de formación no se concretan o explicitan adecuadamente.
Dificultades adicionales vienen dadas por el hecho
de que en el éxito de la transmisión de los valores
influyen decisivamente los modelos vivos de relaciones interpersonales
que se establezcan al interior de una institución educacional,
tanto entre los académicos, como entre profesores y alumnos
y entre los mismos alumnos, como ha señalado Reiser. Esta
enseñanza de la ética que ocurre principalmente a
través del modelaje, es lo que Hafferty y Franks han denominado
el "currículo oculto" en la estructura de la educación.
Surge, así, la pregunta por la factibilidad y el sentido
de la enseñanza formal de la ética profesional. Esta
interrogante es, en realidad, tan antigua como la historia de la
ética. Ya Aristóteles puso en duda la concepción
intelectualista de la ética socrático, según
la cual bastaría conocer el bien para realizarlo. La experiencia
personal de cada uno comprueba la falacia de este razonamiento.
¿Qué objeto podría tener, entonces, la enseñanza
de la ética al interior de una escuela de Medicina?
Tal como decíamos antes, en las últimas
décadas educadores médicos han enfatizado la necesidad
de incluir cursos de ética en el currículo de Medicina.
Se afirma que la enseñanza de la ética médica
podría contribuir efectivamente a la formación de
valores y de habilidades de relaciones interpersonales de los médicos.
En la literatura se señalan cinco objetivos principales de
la enseñanza de la ética médica:
Permitir la identificación y el examen crítico
de las propias convicciones morales.
Enseñar a reconocer los aspectos humanos y éticos
de la práctica médica.
Entregar un conocimiento de los fundamentos filosóficos,
sociales y legales de la profesión.
Fomentar el empleo de estos conocimientos en el razonamiento clínico.
Desarrollar las habilidades de interacción personal necesarias
para una práctica clínica humanitaria.
Queremos destacar aquí la importancia del
primero de estos objetivos, puesto que nuestra experiencia docente
nos ha confirmado su eficacia pedagógica y su contribución
al logro de los otros cuatro objetivos enunciados. Aplicando a nuestros
alumnos una encuesta desarrollada por Self con el fin de verificar
la congruencia entre los valores que subyacen a las soluciones propuestas
para distintos problemas ético-clínicos (dupla objetivismo-subjetivismo),
hemos comprobado el estímulo que supone para ellos darse
cuenta de sus propias inconsistencias y confrontar sus valores con
los de otras personas que les exijan fundamentar su postura. Tal
como el mismo Self ha propuesto en un estudio reciente, hemos comprobado
el papel fundamental que juega en el proceso educativo el poner
en evidencia las "disonancias cognitivas". Una de las formas en
que la discusión de problemas éticos en pequeño
grupo parece estimular la maduración ética de los
alumnos es por vía de la confrontación de ideas y
de la exposición a la forma de argumentación propuesta
por personas en distintos nivel de maduración moral. De este
modo, Self postula que su estudio es capaz de demostrar que las
habilidades de razonamiento moral son no solo enseñables,
sino también medibles. Según este autor, el nivel
"umbral" de exposición a discusiones en pequeños grupos
que seria necesario alcanzar para mejorar efectivamente las destrezas
en el razonamiento moral, está dado por un mínimo
de 20 horas curriculares. De acuerdo con este hallazgo, propone
que enseñar ética médica determina una diferencia
real en las habilidades de razonamiento moral de los alumnos cuando
se supera ese umbral. Pero es evidente que no basta con que los
alumnos aprendan a razonar; la enseñanza de la ética
busca, además, fomentar ciertas actitudes y comportamientos.
Es así como el mismo autor realizó un estudio destinado
a comparar las habilidades de razonamiento moral con la actitud
empática. Los hallazgos de este estudio apuntan hacia la
existencia de una diferencia relacionada con sexo. Así, los
hombres tendrían una mayor facilidad para el razonamiento
lógico, enfatizando el principio de justicia, mientras que
las mujeres poseerían una predisposición mayor hacia
actitudes empáticas. No obstante, esta diferencia ligada
al sexo no fue confirmada en un estudio reciente realizado por Price,
con una casuística significativamente mayor. Sin embargo,
independientemente de los factores que pudieran intervenir en este
sentido, no cabe duda de que demostrar el real impacto de la enseñanza
formal de la ética médica en el desarrollo de actitudes
y comportamientos es un asunto muy complejo. Un avance en este sentido
está dado por los esfuerzos realizados en la actualidad para
desarrollar pautas destinadas a evaluar las cualidades humanitarias
en la práctica médica. Se procura, así, elaborar
pautas de evaluación que logren una cierta concordancia intersubjetiva
entre los diferentes evaluadores. Este es un interesante campo de
estudio, que abre perspectivas futuras a la investigación
sobre el tema que aquí nos ocupa: la interrogante acerca
de la relación entre las habilidades cognitivas y el comportamiento
moral concreto. En este contexto parece relevante precisar el significado
de los conceptos de enseñar, educar y formar. Enseñar
es la tarea de conducir al entendimiento a nuevos contenidos. Educar,
en cambio, implica orientar la voluntad hacia un objetivo dado.
Se trata, entonces, de un trabajo planificado que entrena día
a día la voluntad para hacer posible la consecución
del objetivo. Más profundo es el significado del concepto
de formar: mientras las otras dos actividades se dirigen a las capacidades
del hombre, la tarea de formar se dirige a la sustancia misma de
la persona, para configurarla con un ideal de vida. El objetivo
de la formación es un tipo de personas en consonancia con
ese ideal.
III. La metamorfosis de la ética médica
y su enseñanza
Si bien la percepción de la utilidad y relevancia
de enseñar ética médica se ha ido incrementando
en las últimas décadas, de modo que en la actualidad
la mayoría de las escuelas de Medicina la han incorporado
a su currículo, los contenidos y la forma de enseñarla
han sufrido transformaciones importantes a lo largo del tiempo.
En un interesante artículo, E. Pellegrino plantea una visión
retrospectiva de lo que ha sido este desarrollo especialmente en
los últimos 30 años. Describe un largo período
de tradición hipocrática, en el que los valores y
principios morales contenidos en el Juramento eran parte esencial
de la enseñanza de la Medicina. Estos principios orientaban
la práctica médica y eran aplicados para resolver
los problemas éticos que pudieran surgir, sin cuestionar
su origen ni su validez. Con la influencia del Positivismo en la
época moderna, esta forma de razonamiento moral fue criticada.
Los postulados éticos de W. D. Ross, quien plantea la existencia
de una pluralidad de normas éticas que reclaman nuestro asentimiento
y que son aceptadas por la razón sin mayor necesidad de fundamentación
pues resultan evidentes a primera vista (los llamados deberes prima
facie), aparecían como una forma "más científica"
de hacer ética. Es así como se desarrolló una
corriente ético-clínica que hoy se conoce con el nombre
de Principialismo. Ella propone agrupar los valores morales contenidos
en los distintos códigos y declaraciones de ética
médica en cuatro principios básicos: los principios
de no-maleficencia, beneficencia, autonomía y justicia.
Este fue el modelo de enseñanza de la ética médica
propiciado por la Universidad de Georgetown a partir de la década
de los '80.
A pesar de la indudable utilidad que este tipo
de enfoque ha tenido en el análisis ético-clínico,
su aplicación no ha estado exenta de problemas y contradicciones,
hecho que ha motivado algunas -críticas. Así, por
ejemplo, Brody afirma que estos cuatro principios, que el considera
"principios de nivel medio", requieren de una fundamentación
racional sólida. Este enfoque principialista no es capaz
de dar respuesta satisfactoria en aquellas situaciones más
complejas, en las que los principios entran en conflicto, pues no
nos ofrece las bases para establecer una jerarquía de principios.
Para resolver este problema, Diego Gracia y su escuela proponen
agrupar estos principios en dos categorías, introduciendo
así la idea de que existen principios de primer y de segundo
orden. El primer grupo exige un respeto incondicionado (los así
llamados "mínimos morales"); a él pertenecerían
los principios de no-maleficencia y de justicia. Los principios
de segundo orden serían máximos morales, que admiten
grados y que no obligan en toda circunstancia. A la corriente Principialista
se critica, además, la falta de explicitación de algunos
principios éticos básicos que son aceptados en la
mayoría de los códigos internacionales de ética
médica, como son el respeto incondicionado por la vida y
por la dignidad esencial de toda persona.
Llegamos, así, a un período que Pellegrino
denomina antiprincipialismo, en el que otras corrientes éticas
comienzan a cobrar relevancia. Según Levi, serían
principalmente cuatro las corrientes éticas que coexisten
en la actualidad: el principialismo, el deductivismo ético,
la casuística y la ética relacionar o feminista. Desde
esta suerte de "crisis" y mirando hacia el fUtUro, Pellegrino propone
una ética de la virtud, , que puede ser enmarcada
en una concepción personalista de la Medicina. Es
llamativo, que en nuestros días, el redescubrimiento de
la persona y de su dignidad se esté abriendo un camino propio
en la reflexión ética. El núcleo central del
razonamiento ético deriva aquí del hecho de que es
la persona real y concreta, en virtud de su dignidad y estructura
ontológica, la que define el ámbito del deber moral
para las otras personas. En otras palabras, no es ni el deber por
el deber, ni la ley por la ley, ni la utilidad por la utilidad,
etc. -como han afirmado las corrientes éticas modernas más
relevantes-, lo que define el contenido de la obligación
moral, sino que este viene dado básicamente por el respeto
a la persona y su dignidad. De este modo, podemos decir que la norma
moral más básica y fundamental, que nos dice que debemos
hacer el bien y evitar el mal, se concreta en la práctica
en la máxima: "la persona ha de ser afirmada por sí
misma y por su dignidad". Este es precisamente el marco ético
que orienta la enseñanza de la ética médica
en nuestra Escuela de Medicina.
IV. Continuo de antropología y ética
médica en nuestra Escuela de Medicina
La formación de nuestros alumnos en el campo
de la ética médica ha sido una preocupación
prioritaria desde los inicios mismos de nuestra vida institucional,
hace ya 70 años. Esto se explica porque la Escuela de Medicina
de la Pontificia Universidad Católica de Chile fue fundada
con la misión explícita de formar médicos de
"ciencia y conciencia". El cómo formar "médicos de
ciencia" es una materia sobre la que se ha escrito mucho y en la
cual hemos alcanzado algunos acuerdos generales. Por el contrario,
el cómo formar "médicos de conciencia" es una materia
no resuelta. En el contexto de una universidad católica,
como la nuestra, el logro de esa meta supone educar a los futuros
médicos en un ethos profesional fundado en ciertos
principios morales y valores cristianos.
Sin embargo, puesto que, de acuerdo con las encuestas
de ingreso a la carrera, solo un 46% de nuestros alumnos se declara
católico practicante, esos principios y valores deben ser
presentados, necesariamente, como una propuesta congruente con una
determinada concepción del hombre. En este sentido, creemos
firmemente que los procesos educativos deben formar personas libres,
capaces de encontrar los fundamentos de sus propias opiniones. Por
lo tanto, evitando todo adoctrinamiento, privilegiamos la confrontación
de ideas y la búsqueda libre y personal de la verdad. Es
distinto proponer que imponer.
Habiendo establecido esa actitud de apertura como
una primera base general de nuestros programas de formación
en Bioética, hemos aproximado el problema práctico
de enseñar esta disciplina creando en nuestro currículo
un espacio de antropología médica cristiana y de ética
clínica en la forma de un continuo cuyos contenidos se arraigan
en tres conceptos básicos:
Todo ser humano, en cualquier condición o etapa de su
vida, es una persona poseedora de una dignidad especial.
Toda vida humana, en razón de su origen divino, es sagrada
y, como tal, debe ser protegida y respetada.
El acto médico adquiere autenticidad y sentido en la medida
que es un acto de asistencia solidaria.
Dentro de nuestro currículo de pregrado,
estructurado en siete años, el continuo que trata de antropología
médica cristiana y ética se desarrolla en los primeros
cuatro años del Plan de Estudios mínimo. En orden
cronológico, esta secuencia de cursos incluye los siguientes:
"Orientación a los estudios médicos"; "Fundamentos
filosóficos de la Medicina"; "Introducción al cuidado
de la persona enferma"; "Relación de ayuda al enfermo"; y
"Ética Clínica: fundamentos y aplicaciones". Además,
como posibilidades complementarias de formación, se ofrece
el apoyo de un "Servicio de Consultas Ético-clínicas"
y, en el postítulo, un "Electivo en ética clínica".
El curso "Orientación a los estudios
médicos", una actividad docente de cinco créditos
, se ofrece en el primer semestre del primer año. Sus objetivos
son introducir a los alumnos a la dinámica de la práctica
de la Medicina, el enfrentamiento del problema ético, a la
búsqueda de información y al trabajo en equipo. Tiene
una organización tutorial que utiliza la técnica de
enseñanza basada en la solución de problemas y el
trabajo en equipo. Las actividades consisten en el estudio de historias
clínicas reales escogidas para ilustrar que el problema de
salud sucede en una persona inserta en un grupo familiar y en una
comunidad. Además se destacan en el análisis de los
diversos casos sus aspectos éticos, junto con los contenidos
comunicacionales y empáticos correspondientes a la relación
médico-paciente. Por ejemplo, durante este año, algunas
de las situaciones analizadas alumnos fueron las siguientes: el
caso de un recién nacido cuyos padres, Testigos de Jehová,
solicitan que no se usen transfusiones durante la operación
a la que debe ser sometido el niño; la disyuntiva sobre informar
o no a la esposa de un paciente VIH positivo el problema del marido;
y la de un anciano con daño neurológico y neumopatía
aguda, cuyos familiares solicitan que no sea conectado a un respirador.
El curso "Fundamentos filosóficos de
la Medicina" se ofrece en el segundo semestre del primer año
y tiene cuatro créditos. Sus objetivos son: educar a los
alumnos en la existencia de los tipos de conocimiento (empírico
y filosófico) con los que podemos acceder a la realidad,
el desarrollo de una visión integral del hombre, como ser
único, dotado de una dignidad especial, que debe ser objeto
de respeto, amor y comprensión; la necesidad de una relación
médico-enfermo asistencias y solidaria; los problemas que
interesan a la ética médica como disciplina. Este
curso está organizado como un cielo de seminarios en pequeño
grupo. Entre los seminarios ofrecidos destacan los siguientes: "Enfermedad
y experiencia de enfermedad", "Cualidades humanitarias en Medicina",
"Objeto y naturaleza de la clínica", "¿Tiene la Medicina
una ética?", "Bases para una evaluación éticoclínica
de la medicina", "Medicina y definición de vida y de muerte".
En segundo año, el continuo contempla el
curso de cinco créditos "Introducción al cuidado
de la persona enferma", dirigido por una enfermera universitaria,
tiene como objetivos enseñar -conceptos de atención
integral en salud, facilitar el acercamiento al enfermo hospitalizado
y aprender técnicas de enfermería. Estas técnicas
incluyen aquellas relativas a higiene y confort, control
de signos vitales, obtención de muestras para exámenes
de laboratorio, administración de medicamentos y otras.
Convencidos de la importancia que esto reviste
para la formación integral de nuestros alumnos, ha comenzado
a impartiese este año un curso de historia del pensamiento
médico, destinado a lograr que los estudiantes comprendan
el modo en que las condiciones históricas han influido y
siguen influyendo en la diversas soluciones que se den a problemas
análogos a lo largo del tiempo. Este curso se ofrece en el
segundo semestre del tercer año.
En el cuarto año, durante dos semanas del
segundo semestre, los alumnos tienen un taller intensivo de "Relación
de ayuda al enfermo",. Esta actividad, de tres créditos,
fue ofrecida por primera vez en 1997. Sus objetivos son: capacitar
a los futuros médicos para entablar una relación médicopaciente
humana y humanizante, favorecer la integración personal
de las actitudes propias de la relación de ayuda (la empatía,
la escucha activa, la aceptación incondicional, la confrontación),
sensibilizar para el enfrentamiento de crisis del enfermo y sus
familiares. La metodología es teóricopráctica,
combinando actividades lectivas con trabajo de grupo en torno a
la discusión de casos.
También en cuarto año los alumnos
toman el curso anual de "Ética clínica",
con cuatro créditos en cada semestre. Este curso, que representa
la culminación de todo el proceso de preparación,
tiene como objetivo capacitar a los alumnos para la identificación,
análisis y comprensión de los problemas éticos
de la práctica clínica y discernir conductas éticas
apropiadas. En discusiones de pequeños grupos, guiadas por
un tutor, los alumnos utilizan un "Modelo de Análisis Ético-Clínico",
desarrollado por docentes de nuestra escuela, para revisar situaciones
reales vividas por ellos mismos en sus prácticas clínicas.
El curso se inicia con la presentación de los principios
de la ética clínica, y continúa después
con la discusión de todos los grandes temas de la Bioética,
incluyendo aspectos como la fertilización in vitro, el
aborto, la confidencialidad profesional, la limitación y
suspensión de tratamiento, la relación médico-paciente
y otros.
A nivel de postítulo la única actividad
formativa oficial actualmente operativo es un "Programa de Pasada
Electiva en Ética Clínica". Este electivo es,
básicamente, una oportunidad para profundizar los conocimientos
de ética médica adquiridos en pregrado. Consiste en
un trabajo teórico-práctico tutorial que incluye:
lecturas y discusión de textos, identificación y análisis
de problemas éticos y la realización de algún
trabajo práctico o de investigación.
Recientemente, como una forma de apoyar a nuestros
docentes y alumnos de pre y postgrado en sus decisiones clínicas,
ha sido creado un "Servicio de Consultas Ético-Clínicas",
cuya misión es ser un servicio de apoyo destinado a asistir
a profesionales de la salud, pacientes y familiares en la identificación,
análisis y resolución de dilemas ético-clínicos.
Esta iniciativa, disponible para todos los que tienen responsabilidades
asistenciales en nuestro hospital docente, posibilita que los estudiantes
de quinto a séptimo año, así como los residentes
de los distintos Programas de Especialización, puedan discutir
con expertos sus dudas relativas al manejo de aquellas situaciones
clínicas que resultan problemáticos desde el punto
de vista ético.
Estamos realizando un esfuerzo considerable para
ser fieles a nuestra fundacional de formar médicos de "ciencia
y conciencia". Sin embargo, interesa responder la pregunta: ¿en
qué medida estamos logrando este objetivo? Un primer intento
por responder esta pregunta ha sido realizado por dos de nuestros
profesores, los Drs. Sofía Salas y Manuel Lavados, quienes
efectuaron un estudio para determinar si la exposición de
los alumnos a la serie de cursos que hemos descrito, y particularmente
a los de ética clínica, influye en las opiniones de
estos respecto a algunos problemas éticos comunes. Para este
fin, los autores prepararon una encuesta basada en la presentación
de ciertas situaciones clínicas reales, e interrogaron a
los alumnos respecto a la conducta que adoptarían enfrentados
a ellas. Las comparaciones hechas incluyeron las opiniones de alumnos
al ingresar a primer año con las de ellos mismos a fines
de ese período. A su vez, estas respuestas fueron comparadas
con las de los alumnos de cuarto año divididos en dos cohortes:
antes y después de los cursos de ética clínica.
De estos resultados, aún preliminares, hemos escogido algunas
comparaciones entre las dos situaciones extremas, vale decir, entre
los alumnos recién ingresados a la carrera y los que finalizaron
cuarto año y, por lo tanto, habían tenido todos los
cursos de nuestro ámbito de antropología médica
y ética clínica.
A modo de ejemplo, quisiéramos referirnos
a algunos de los problemas donde la enseñanza de la Bioética
influyó en forma manifiesta en la opinión de los futuros
médicos. En términos generales, los resultados indican
que las opiniones que más tienden a variar parecen ser aquellas
relativas a competencia y autonomía del enfermo; la decisión
de limitar tratamiento; la eutanasia; y la confidencialidad profesional.
En cambio, otras opiniones, por ejemplo, aquellas relativas a problemas
éticos planteados por acciones vinculadas a la vida humana
que se inicia, como el aborto o la esterilización inconsulta,
no variaron en forma significativa, indicando que, por tratarse
de temas de interés general, ampliamente debatidos a nivel
nacional, los alumnos ingresan a la carrera con conocimientos básicos
del tema y opiniones bien fundadas. Estamos conscientes de que estas
opiniones no representan más que la expresión de un
"deber ser" teórico, que no necesariamente se compadece con
las actitudes y los comportamientos concretos, cuya medición
requiere una metodología más compleja, como ya se
ha dicho.
V. Conclusión
Como conclusión, quisiéramos manifestar
la más absoluta convicción respecto a la necesidad
de ampliar la enseñanza de la ética clínica
en las escuelas de Medicina. Es un imperativo de los tiempos que
obedece a los avances del conocimiento médico y a las presiones
que surgen de una cultura en las cuales el dolor, la muerte, el
concepto de calidad de vida, y la mayor o menor valencia de una
persona, han adquirido nuevas y, a veces, perturbadoras connotaciones.
La sociedad pide orientaciones, como también definiciones
y respuestas concretas para esa nueva problemática y es deber
de las escuelas de Medicina formar médicos capaces de un
desempeño competente y conforme a la ética.
Pero, además, la enseñanza de la
Bioética es de gran importancia en nuestro realidad de creciente
deshumanización de los ambientes sanitarios, porque obliga
al futuro médico a situarse en un contexto antropológico
más amplio que el científico-naturalista, que ha sido
el paradigma de la Medicina de este siglo y la causa primaria de
la pérdida de sentido del acto médico, es decir, de
su deshumanización. Desde esta perspectiva, la formación
en Bioética no puede limitarse a orientar el proceso de toma
de decisiones clínicas; ella debe ofrecer la oportunidad
de expandir el horizonte de las nuevas generaciones médicas,
enfrentándolas con la realidad del padecimiento humano. Es
entonces cuando muchos jóvenes descubren la persona que subyace
en todo "caso clínico" y comienzan, ellos mismos, a hacerse
preguntas sobre el sentido de la vida humana, del dolor y, en último
término, sobre el sentido del quehacer médico. Este
proceso de búsqueda suele llevar a un saludable crecimiento
personal y al cultivo de la asistencia solidaria como elemento central
del acto médico. Es esa Medicina empática, motivada
por sentimientos de solidaridad y vocación de servicio, la
única digna de la persona humana y, por lo tanto, la que
debemos rescatar por el bien de las generaciones futuras.
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