Con la palabra humanitas el romano, sobre todo el de la época de Cicerón y, en especial, Cicerón mismo, resumía el núcleo obligatorio de lo humano. Ello pertenece a las más valiosas concepciones y legados de los romanos y designa aquello del hombre que lo hace hombre en el verdadero sentido. Ahí subyace la creencia de que el hombre es algo grande y digno de una valoración positiva.

Debe distinguirse entre el concepto de vida abstracto e intensivo que se enuncia en el vocablo, y la imagen del hombre que tiene tras sí la palabra sin haber sido utilizada expresamente para tal formulación. Como concepto de vida maduro, que, aunque no abstrae el núcleo del hombre, sin embargo lo comprime abarcándolo todo, se lo debe distinguir de las concepciones optimistas del mundo helénico, de la de los estoicos y del epicureísmo. Para estas dos escuelas la meta es el .logos (razón), "para el estoico el hombre se perfecciona en el lógos (razón); para el epicúreo, en el logismós (reflexión)"; o sea, para ambos, en el intelecto. Los griegos ven lo superior sin restricción en lo trascendente, en el théion (lo divino), mientras que lo humano conduce, por ser falible y vulnerable, a lo sumo, a la solidaridad para con el que sufre. Por eso los griegos no desarrollaron un concepto para lo humano, aun cuando con su extraordinaria naturalidad hayan creado obras de sublime humanidad. Solo Menandro, poeta del helenismo, tiene la posibilidad de exaltar lo específicamente humano en la palabra ánthropos, acentuada enfáticamente. Philanthropía (amor a los hombres) y anthropismós (naturaleza humana) tienen solo una significación parcial en este sentido, al igual que paidéia (educación).educación.

En lo romano mismo este concepto de humanismo aparece en competencia con uno igualmente medular y amplio, aquel de la virtud. Mientras que con virtus están ligadas las ideas de fuerza, tensión, rendimiento, elite y servicio a la res publica (república), con humanismo lo están los de atenuación de lo áspero, de relajación, ocio, compañía benevolente, exaltación y sublimación sin páthos (afección), goce con lo espiritual y con el idioma bello. Es una depuración sin meta y en modesta sumisión. Es plausible que el humanismo fuera descubierto como valor central en un tiempo que en sus ambiciosas luchas por el poder, su materialismo y funcionalismo lo dejó escapar en forma especialmente nostálgica.

Un primer intento de definir más precisamente su contenido lo hizo Gellio. La referencia que hace de que en su tiempo humanitas haya sido equivalente a philanthropía y de que los antiguos, léase Cicerón, hayan entendido bajo esto ni más ni menos que paidéia, es muy simple y estrecha. Para Gellio era notorio y determinante el que para Cicerón pertenecieran al humanismo las letras griegas. Pero la extensión del concepto varía según el horizonte de cada autor. Con seguridad tiene relación con pietas (devoción), sobre todo en Cornelio Nepote, y con iustitia (justicia), en cuya transgresión encuentra un límite inamovible. Con más fuerza se han marcado las diferencias de contenido en las distintas épocas. El substantivo aparece por primera vez a comienzo del siglo primero a.C. Desde Plauto abunda cada vez más en significados la forma verdaderamente romana derivada de homo: humanus (perteneciente al hombre) y su antónimo inhumanus. En Terencio el adjetivo puede abarcar la escala completa de lo que es considerado imagen ejemplar del hombre según Meandro. El substantivo debe de haber aparecido en los tiempos de Emiliano Escipión conforme la lengua se desarrollaba hacia una mayor abstracción. Ya la oposición a virtus (virtud) impide pensar que haya derivado de principios extrapolíticos de respeto a los sometidos [clementia (bondad)], su amplitud como asimismo el amplio uso del adjetivo en Terencio excluyen la idea de una virtud noble. El filósofo estoico Panaitios, que en su sistema da forma nueva a la imagen conductora ético-estética de calocagathón (lo bello y lo bueno) y que escribe en primer lugar para los griegos -lo podemos reconstruir a partir del De officiis (Sobre los Deberes) de Cicerón- no es ni el creador de este concepto de vida ni el que le da forma acabada. A este concepto más bien nunca se le ha dado forma acabada ni ha sido fundamentado sistemáticamente, lo que ha resultado provechoso para mantener su riqueza, flexibilidad y proximidad a la vida. Pero no puede haber ninguna duda de que el círculo de Escipión vivió según el estilo de la humanitas [anécdotas sobre el juego de adivinanzas entre Lelio, Escipión, Lucilo; interesante a este respecto la acertada formulación de Horacio mitis sapientia Laeli: (apacible sabiduría de Lelio)] y entendía bajo eso ser digno de los antepasados en la escuela de los griegos (relato de Polibio sobre el diálogo introductorio de su amistad con Escipión Emiliano; la lengua culta pertenece a esto; Cicerón ensalzó el lenguaje de Lelio).

El frecuente uso natural en Cicerón descansa sobre la base de iustitia (justicia) y pietas devoción) e incluye, además de las realidades ya conscientes de aquel refinamiento libre y de aquella apacibilidad, de nuevo la familiaridad con las litterae (letras, cultura), o sea, con la cultura griega, y se sublima en la participación y goce en la espiritualidad ingrávida y unificadora. Técnicamente esto quiere decir: humanitas es en Cicerón la esencia de lo humano, en cuanto que ello es capaz, a diferencia de lo animal, de contener no solo el entorno, sino un mundo ordenado y rítmico.

Es motivo fundamental de la poseía clásica el que el hombre posee una dignidad como tal, propia, por ser humano, una fuerza moral que no solo comprende la facultad espiritual, sino que también abarca el corazón y hace a los hombres dignos de amarse mutuamente. Sin embargo, sus poetas no utilizan la palabra misma. A cambio estaría justificado entender bajo el concepto de humanismo, como aparece en Cicerón, la representación de Horacio de la vida en el círculo de Mecenas. También en Virgilio puede hablarse de una nueva forma humana de heroísmo si uno está consciente de que humanitas no abarca todo, por ejemplo, no abarca la grandeza histórica.

Luego el concepto se retira también en la prosa hasta quedar coartado, como lo testifica Gellio. En Séneca el concepto se acerca a la filosofía estoica, que por su parte es humanizada y ampliada por esa idea. También se percibe la influencia de esta concepción en autores posteriores de orientación clásica, como en Minucio Félix y, en cierto modo, en Boecio. Sin embargo, florece plenamente en los estados libres. El concepto era apto para ejercer un poderoso efecto histórico, pues estaba en condiciones de abarcar al hombre como hombre en su totalidad. Recibe su especial matiz a través de la reacción en contra de la escolástica, del Iluminismo y del Positivismo. Siempre está ligado a la universalidad, con acento en la belleza idiomática y en la cultura. En Erasmo se convierte en grito de guerra contra la incultura de los bárbaros; con Herder, que interpreta humanitas como humanidad, el concepto, en un fructífero malentendido, es equiparado a la antropología estoica. En los tiempos modernos, la idea participa en los diferentes humanismos, los cuales esbozan todos una antropología a partir del hombre. Esto tiene poco que ver con la humanitas romana, ya que hay que apartar de ella todo aislamiento del hombre.