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El septuagésimo aniversario de la fundación de nuestra
Facultad de Medicina nos congrega para agradecer la Providencia
de Dios, conmemorar a los Primeros constructores de esta gran obra,
y celebrar nuestra comunidad académica y laboral. Por eso,
esta solemnidad es una acción de gracias, una conmemoración
de ilustres Predecesores y un jubileo en el que proclamamos que
continúa vivo en nosotros el espíritu fundacional
de servicio a la Iglesia y a la comunidad chilena.
Hace algunos minutos ustedes escucharon la lectura de nuestro Decreto
Fundacional. Ahora quisiera invitarlos a meditar sobre su contenido.
"Santiago, a 17 de junio de 1929. vista la nota que precede
del Rector de la Universidad Católica de Chile Monseñor
Don Carlos Casanueva, y por los considerandos en ella expresados:
1º Declaramos definitivamente constituida la Facultad de
Medicina y Farmacia de la Universidad Católica de
Chile..."
Así se inicia el decreto mediante el cual Monseñor
Crescente Errázuriz, Arzobispo de Santiago, oficializa la
existencia de nuestra Facultad de Medicina.
En su primer párrafo de considerandos, este documento menciona
al entonces Rector, Monseñor Carlos Casanueva, hecho que
no es simplemente protocolar: fue la voluntad de Don Carlos el elemento
determinante para la creación de nuestra Facultad. La idea
de fundar una Facultad de Medicina ya estaba en su mente en el año
1920, cuando fue nombrado Rector, y así lo informó
a la comunidad universitaria en su primera intervención pública.
En esa oportunidad, recordó al Claustro Pleno que la creación
de una Facultad de Medicina era un proyecto largamente postergado
del primer Rector, Don Joaquín Larraín Gandarillas,
y manifestó su propósito de concretarlo.
Sin embargo, pasaron ocho años antes que los deseos de Don
Carlos pudieran ser cumplidos. Una serie de obstáculos, principalmente
de tipo económico, obligaron a postergar sus planes, hasta
que las donaciones de varias personas, algunas de ellas muy generosas,
permitieron contar con los fondos necesarios. En ese momento, el
Rector invitó a los doctores Carlos Mönckeberg, Eduardo
Cruz Coke, Carlos Charlín, Eugenio Díaz Lira y Teodoro
Gebauer, junto a los alumnos de Medicina de la Universidad de Chile
Arturo Atria y Roberto Barahona, para analizar con ellos algunos
problemas relativos a la puesta en marcha de la nueva Facultad y
de su Escuela de Medicina.
Esos problemas no eran menores. Superadas las limitaciones económicas
iniciales y contando con la aprobación de Monseñor
Errázuriz, la puesta en marcha del proyecto implicaba aún
realizar diversas tareas y trámites administrativos importantes,
incluyendo la construcción de la sede de la Facultad, la
contratación de una planta académica y la obtención
de la venia del Supremo Gobierno y de las autoridades de la Universidad
de Chile. Estas autorizaciones se obtuvieron después de una
serie de complejas tratativas, en las cuales, sucesivamente, se
negó a la Escuela el acceso a cadáveres, y se limitó
el número de alumnos a solo 20, de los 50 propuestos, para
finalmente otorgarle la posibilidad de obtener los cuerpos humanos
necesarios para el curso de Anatomía y transar en treinta
alumnos. Argumentando sobre este último punto, nuestra Universidad
dejó en claro en su solicitud un principio que para nosotros
ha sido, desde entonces, capital: "Nuestra Escuela no desea ser
obra de números, sino de extrema selección intelectual
y moral".
Sin duda, la presencia de un líder con la estatura moral
e intelectual de Don Carlos es una manifestación inequívoca
de voluntad divina. Tal como lo expresó en diversas oportunidades,
él mismo creía firmemente que su proyecto de crear
una Facultad de Medicina era una cosa querida por Dios. Esto explica
la audacia cristiana y tenacidad con que acometió esta empresa,
y la energía desplegada contra los pusilánimes y los
enemigos de la Iglesia que se oponían a sus planes. Es importante
que atesoremos este hecho y que tengamos siempre presente que somos
fruto de la misma voluntad que permitió el nacimiento y posterior
desarrollo de nuestra Universidad. A ella, simbolizada en el Sagrado
Corazón de Jesús, estamos consagrados.
En su segundo punto resolutivo, el Decreto fundacional establece:
"Confirmamos en su cargo de decano de esta facultad al Doctor
Don Carlos Möinckeberg. " Don Carlos Möinckeber
(g- Bravo era Profesor Titular de Clínica Obstétrica
de la Universidad de Chile, y al ser nombrado tenía 45 años
de edad. Pese a su relativa juventud ya había alcanzado reconocimientos
y honores muy poco habituales y significativos, entre ellos, el
grado de "Comendador de la Orden Civil de Alfonso XIII", otorgado
por España; la designación de "Miembro Honorario"
de la Facultad de Medicina de Barcelona; y la condecoración
"Caballero de la Orden Nacional de la Legión de Honor", de
Francia.
Con estudios de perfeccionamiento en España, Francia y Alemania,
tenía una visión muy clara de las fortalezas y debilidades
de la medicina chilena y de la educación médica de
nuestro país. Sobre este tema había escrito en 1918
un artículo en la Revista Médica de Chile titulado
"Necesidades de la enseñanza médica". Don Carlos Casanueva,
conocedor de las creencias religiosas, prestigio, experiencia y
caballerosidad de Don Carlos Möinckeberg, quien había
colaborado con él en el proyecto de crear una Facultad de
Medicina, no dudó en ofrecerle el cargo de Decano. Aunque
el Dr. Möinckeberg dejó su cargo al finalizar el período
de tres años de su mandato, la contribución que hizo
a la naciente Facultad fue muy importante. Así lo manifestó
Monseñor Casanueva en la ceremonia de cambio demando, cuando
dijo: "Cúmplenos dejar constancia de la gratitud de nuestra
Universidad al (...) Dr. Carlos Möinckeberg, a quien, como
Decano, correspondió la parte más delicada de la fundación
de nuestra Escuela y su dirección durante sus tres primeros
años, tan difíciles, y en los cuales no desmayaron
su entusiasmo y celo inteligente en sus servicios".
Continúa el decreto fundacional en su tercer punto: "Autorizamos
a la Facultad para proceder en conformidad al Reglamento
general de la Universidad, a la organización (...) de la
Escuela de Medicina... " Ya hemos mencionado algunas de las
circunstancias y personas que rodearon la creación de la
Facultad y, particularmente de la Escuela de Medicina. Ahora quisiera
relatar una anécdota que ilustra en forma muy vívida
el espíritu fundacional. Es el testimonio de Don Luis Vargas,
alumno del Primer Curso: "Admitido en la Universidad de Chile, donde
mi padre es Profesor Titular, nunca pienso en otra escuela de medicina.
Pero las circunstancias dicen otra cosa, porque tres compañeros
del colegio deciden optar por la Universidad Católica (...)
y me presionan para que los acompañe. Con tan generoso requerimiento,
no cabe más que unirse a ellos. Esta decisión origina
la visita al Rector Casanueva, por petición de mi padre,
que desea conocer antecedentes sobre la Escuela de Medicina. Entramos
a la holgada sala del Rector y la recepción es cálida.
El Rector se muestra complacido de que un profesor de la Universidad
de Chile venga a informarse y traiga a su hijo como candidato.(...)
Mi padre desea visitar el edificio de la futura escuela y el Rector
nos lleva al lugar cerca de Marcoleta. Pero al llegar veo, asustado,
que no hay ningún edificio, cuando en dos meses más
empiezan las clases. El Rector rompe el silencio y con entusiasmo
y decisión señala: "Aquí, en el primer piso,
Fisiología; ahí, en el segundo, Biología; y
allá, en el tercero, Anatomía", y prosigue en detalles.
Ante sus ojos emerge, nítido, el edificio virtual."
Milagrosamente, o como comentaría el mismo Don Carlos, "con
la ayuda de la Divina Providencia", el edificio sede de la Facultad
es construido en pocos meses, y la Escuela comienza su marcha inicial.
En su Memoria del período 1930 -1932, el Rector Casanueva
hace una evaluación muy positiva de los primeros pasos. En
esos tres años habían pasado por las aulas de la Escuela
160 alumnos, seleccionados de entre más de 700 postulantes,
y un 75% de ellos había aprobado las pruebas finales. Los
alumnos del curso inicial habían rendido excelentes exámenes
de segundo año en la Universidad de Chile, incluso superando
los promedios de notas de los estudiantes de ese centro de estudios.
Sin embargo, para Monseñor Casanueva lo más importante
era la identidad propia que la Escuela estaba desarrollando. En
gran medida esto se debía a la mística de sus profesores,
quienes suplían con gran dedicación y mucho esfuerzo
personal las múltiples carencias de orden material y las
estrecheces económicas de la Universidad. Volveré
más adelante sobre este último punto.
Lo anterior nos lleva al tercer punto del decreto fundacional:
"Autorizamos al Rector para contratar los profesores que sean
necesarios en el país o en el extranjero". Este
aspecto es revelador de una de las características del proyecto
fundacional que han incidido más profundamente en nuestra
historia como Facultad. Lo que la resolución anterior revela,
es que no se trataba simplemente de poner en marcha una escuela
universitaria, sino una de la más alta calidad posible. Este
objetivo era tan importante que su logro implicaba buscar docentes
en el extranjero si el medio nacional no ofrecía personas
con las características deseadas. Las primeras actas del
Consejo de Facultad testimonian la alta prioridad que tenía
ese aspecto. Por ejemplo, en ellas hay constancia de los contactos
epistolares de Monseñor Casanueva con el Padre Agostino Gemelli,
Rector de la Universidad Católica de Roma, solicitando ayuda
para reclutar un Profesor de Fisiología.
Al iniciarse las clases, la cátedra de Anatomía era
ocupada por Don Roberto Aguirre Luco, uno de los más destacados
anatomistas chilenos de su generación, quien se había
visto obligado a renunciar a su cargo de Profesor Titular en la
Universidad de Chile por razones políticas. La cátedra
de Física Médica fue asignada a Don Augusto Gremaud,
Doctor en Ciencias Físicas y Matemáticas, quien provenía
de la Universidad de Friburgo. El contrato del Doctor Gremaud se
debió, precisamente, a la carencia en nuestro país
de físicos de jerarquía interesados en enseñar
en la Escuela de Medicina. Profesor de la cátedra de Biología
General, fue el R. P. Gilberto Rahm, OSB, el docente con más
trayectoria contratado por la nueva escuela. El Padre Rahm era un
sacerdote benedictino que se había desempeñado como
profesor en las Universidades de Friburgo y Salzburgo. A ellos debemos
agregar la figura muy querida y destacada del Profesor de "Moral
Médica", R.P. Don Manuel Larraín Errázuriz.
Don Manuel dejó una profunda huella en las generaciones que
tuvieron el privilegio de tenerlo como docente. Sus posteriores
servicios a la Iglesia, particularmente como Obispo de Talca, han
sido ampliamente reconocidos.
Para las cátedras del segundo año de la carrera,
la Facultad contrató como Profesor de Histología al
Dr Arturo Albertz, y como Profesor de Fisiología, al Dr.
Jaime Pi Suñer. Aunque el Dr. Albertz era un obstetra-ginecólogo,
había tenido una excelente formación en histopatología
en Alemania y, a instancias del Decano Möinckeberg, en cuyo
grupo trabajaba, estuvo dispuesto a asumir esa responsabilidad,
impartiendo una enseñanza de gran calidad. Por su parte Don
Jaime Pi Suñer, joven y brillante fisiólogo catalán,
había sido contactado en Europa por el Dn Eduardo Cruz Coke,
quien impresionado por la inteligencia y personalidad de Don Jaime,
lo recomendó al Rector Casanueva y, a la vez, entusiasmó
al Profesor Pi Suñer, que entonces tenía poco tiempo
de casado, para que se trasladara a Chile.
Pese a la alcurnia académica de los profesores, las cosas
no resultaron fáciles en el terreno docente, y los alumnos
de primer año sufrieron con el francés del profesor
Gremaud, y los germanismos y poco sentido del humor del Padre Rahm.
De parte de los profesores, las cosas no se veían mejor.
Baste recordar que el equipamiento de los laboratorios era paupérrimo,
y que, durante varios años, después de la partida
del Dr. Pi Suñer, el único profesor de tiempo completo
que tuvo la Facultad fue Don Joaquín Luco. Además
de enseñar Neurofisiología, el Dr. Luco participaba
en la docencia de Bioquímica y Farmacología, mantenía
una activa línea de investigación y, simultáneamente,
durante un tiempo, fue Director de la Escuela de Medicina. De paso,
en estos tiempos en que la austeridad pasó de moda, es sano
recordar que Don Joaquín se trasladaba de su casa a la Universidad
en bicicleta, único medio de transporte que entonces podía
solventan.
En los profesores inicialmente contratados por la Facultad de Medicina,
y en las primeras generaciones de académicos que los sustituyeron,
encontramos los orígenes de la tradición de investigación
científica, que constituye una de las mayores fortalezas
de nuestra Facultad. Cronológicamente, estas generaciones
fueron encabezadas por Don Héctor Croxatto, e integradas
por profesores tan distinguidos como Fernando García Huidobro,
Raúl Croxatto, Joaquín Luco, Luis Vargas, Carlos Eyzaguirre,
Manuel de la Lastra, Jorge Lewin, Juan de Dios Vial, Luis Izquierdo,
Patricio Sánchez, Ramón Rosas, y Manuel Rodríguez.
Todos ellos optaron por la aventura incierta de la investigación
científica en un período de la historia de Chile en
que esta decisión demandaba más romanticismo que racionalidad.
Las contribuciones que varios de ellos hicieron a la ciencia, trabajando
en condiciones de gran desventaja respecto a los investigadores
del hemisferio Norte, son un ejemplo elocuente de que la búsqueda
científica es ante todo un campo de ideas, y de que el poder
del buen pensar puede superar limitaciones técnicas considerables.
Pero para la vida de nuestra Facultad, más importante que
las contribuciones científicas que hicieron esos profesores,
fue la escuela de pensamiento y vida en la que educaron a tantas
generaciones. En ellos sobresalían rasgos como la honestidad
intelectual, la dedicación y la fidelidad al ideal universitario,
los cuales permanecen como paradigmas del perfil de nuestros profesores.
Con ese modelo se formaron un grupo de jóvenes que siguieron
sus mismos caminos en las disciplinas básicas, entre los
que se cuentan Jaime Eyzaguirre, Jaime Álvarez, Patricio
Zapata, Horacio Croxatto, Jorge Swa-ne--k, Arnaldo Foradori, Alberto
Galofré, Federico Leighton y Jorge Garrido, pero también
un contingente que, entusiasmados con la ciencia y, a la vez, con
una asentada vocación por la práctica médica,
constituyó la primera generación de investigadores
clínicos de nuestra Escuela. Ejemplos de estos jóvenes,
todos queridos profesores nuestros, son los doctores Pablo Atria,
Edgardo Cruz, Salvador Vial, Ricardo Ferretti, Antonio Arteaga,
Carlos Quintana, Pablo Casanegra, Jorge Méndez. Vicente Valdivieso
y Francisco Montiel. Todos ellos siguieron una trayectoria común:
fueron ayudantes en algunos de los laboratorios de ciencias básicas,
se formaron como especialistas antes de que en nuestro país
existieran programas de especialización, y fueron al extranjero,
entre fines de la década del cincuenta e inicios de la siguiente
para formarse como investigadores clínicos, Al reintegrarse
a nuestra Escuela, tuvieron que enfrentar grandes dificultades para
organizar sus laboratorios. No existían en el Hospital Clínico
espacios adecuados, el equipamiento era insuficiente, el financiamiento
prácticamente nulo y la posibilidad de dedicarse exclusivamente
a la vida universitaria, una utopía. Sin embargo, todos lograron
establecer sus laboratorios de especialidad y crearon el ambiente
educativo necesario para que las generaciones posteriores ampliaran
el camino de la investigación clínica. Individualmente,
y como grupo, hicieron una enorme contribución a la Facultad
y a la medicina chilena.
Herederos de ese modelo de vida académica son las generaciones
más recientes, egresadas a fines de los sesenta y durante
la década del setenta y posteriores. Estas, contando con
las oportunidades de financiamiento del Fondo Nacional de Ciencia
y Tecnología, pudieron dar vida a los núcleos de investigadores
del Centro de Investigaciones Médicas, del Centro para el
Estudio y Prevención del Cáncer Digestivo, y de los
diversos Programas Académicos, algunos de gran dinamismo,
como el Programa de Enfermedades Infecciosas, el Programa de Medicina
Intensiva y el Programa de Cáncer. Sobre esta base, la Facultad
pudo crear el Programa de Doctorado en Ciencias Médicas,
proyecto que esperamos se convierta en un hito en la historia de
la investigación científica de nuestro país,
y que, sin duda, habría sido celebrado con mucha alegría
por Don Carlos Casanueva.
Actualmente, la Escuela de Medicina cuenta con un núcleo
de talentosos investigadores jóvenes que trabajan, casi todos
ellos, con un régimen de dedicación semiexclusiva,
algo único en el ámbito de la medicina clínica
chilena. Al pasar de las indagaciones a nivel tisular y celular
de sus antecesores al nivel subcelular, han dado inicio a una nueva
etapa del desarrollo científico de la Facultad de Medicina,
inaugurando la era de la patología genética y molecular.
Como grupo generacional, mantienen en el área de las ciencias
médicas los índices de productividad e impacto científico
más altos de nuestro país, y constituyen, sin duda,
nuestra esperanza de que podamos alcanzar el nivel de relevancia
científica de las escuelas de medicina líderes en
el mundo.
Quisiera regresar ahora a otros aspectos del punto cuarto del decreto
fundacional, que se refieren a "continuar los estudios del Hospital
y Policlínico complementarios de esta Escuela, y de las Escuelas
de Farmacia y de Enfermería para que puedan irse realizando
estas obras tan pronto como los recursos vayan permitiéndolo".
Estos estudios como, así mismo, la búsqueda de
los recursos a los que alude el decreto, continuaron durante ocho
años y solo fue posible colocar la primera piedra del Hospital
Clínico el día 18 de octubre de 1937, festividad de
San Lucas. En esa ocasión, el Arzobispo de Santiago, Don
José Horacio Campillo designó con el nombre de "Hospital
del Corazón Misericordiosísimo de Jesús" al
centro hospitalario naciente. La construcción del hospital
se inició en el año 1938, y el edificio fue formalmente
entregado a la comunidad universitaria el día 27 de noviembre
de 1939. En el intertanto, había sido nominado Arzobispo
de Santiago Don José María Caro, a quien le correspondió
bendecir el nuevo edificio. En su discurso, el Decano Don Cristóbal
Espíldora agradeció a los benefactores y al Estado
sus aportes, enfatizando "la responsabilidad científica,
moral y social que la Universidad Católica asumía".
El esfuerzo había sido considerable. El Hospital tenía
algo menos de ocho mil metros cuadrados y había costado el
equivalente de US $ 250.000, aproximadamente US $ 5 millones
de hoy. Faltaba, sin embargo, la habilitación de los servicios,
proceso que requirió un nuevo esfuerzo financiero, solventado
casi íntegramente por donaciones. Finalmente, en 1943, pudieron
hospitalizarse los primeros enfermos y efectuarse las primeras intervenciones
quirúrgicas. Antes de esto, solo funcionaba un Policlínico
que contaba con una sala de procedimientos para cirugía menor
y una sala de yeso.
La puesta en marcha del Hospital Clínico representa, sin
duda, uno de los grandes hitos en la historia de nuestra Facultad.
Desde la perspectiva del proyecto fundacional, permitió expandir
la enseñanza de la medicina en tres cursos adicionales a
los dos ya existentes, vale decir 3º, 4º, y 5º; posibilitó
la contratación de los primeros docentes clínicos
y, además, significó el logro de una de las grandes
metas fundacionales: la atención a los enfermos, para enseñar
a los alumnos "a servir a Cristo". La expansión del número
de cursos permitió prolongar la acción educadora de
la Escuela en sus alumnos y, en consecuencia, facilitar la delicada
tarea de transformarlos "en médicos de ciencia y conciencia".
Además, alentó una reforma curricular orientada a
una enseñanza de la patología más acorde con
la lógica y los conceptos de educación médica
entonces vigentes. Esto incluía la creación de la
nueva asignatura de fisiopatología, la que estuvo a cargo
de Don Luis Vargas, y un reordenamiento de la secuencia de cursos,
junto con la supresión de otros. Los excelentes resultados
obtenidos con esta reorganización curricular y las innovaciones
en la enseñanza de la anatomía patológica,
a cargo del Profesor Ismael Mena Rivera y después de Don
Roberto Barahona, otorgaron a nuestros alumnos un manejo de conceptos
básicos de patología de tanta solidez, que se transformaron
en sello distintivos de nuestra Escuela. Menciono esta primera reforma
curricular, porque nuestra preocupación por la educación
médica es otra de nuestras mejores tradiciones y un campo
donde hemos alcanzado un nivel de objetiva calidad. Esto último
está refrendado por las conclusiones de la visita de acreditación
efectuada en el año 1997 a nuestra Escuela por representantes
de la "American Association of Medical Colleges".
Decía que el segundo acontecimiento vinculado a la puesta
en marcha del Hospital Clínico fue la llegada de los primeros
profesores de asignaturas clínicas. La gran mayoría
de ellos eran jóvenes, con carreras profesionales o académicas
destacadas, movidos por una profunda vocación de servicio
a la Iglesia y dotados de cualidades intelectuales y éticas
ejemplares. Ellos crearon un estilo de trabajo médico y enseñanza
de la medicina que aún perdura y que les ha ganado el reconocimiento
de las generaciones posteriores. Me refiero a nuestros queridos
profesores: Don José Manuel Balmaceda, Don Gabriel Letelier,
Don Ramón Ortúzar, Don Ignacio Ovalle, Don Alberto
Donoso, Don Enrique Montero, Don Rodolfo Rencoret, Don Ricardo Benavente,
Don José Estévez, Don Cristóbal Espíldora,
Don Santiago Raddatz, Don Fernan Díaz, y Don Mario Meyerholz.
A ellos se unirían, algunos años después, los
miembros más jóvenes de quienes constituyeron esa
generación fundadora de la medicina clínica y la cirugía
en nuestra Facultad: los profesores Raúl Dell' Oro, Alfonso
Ovalle, Eduardo Larraín, Gastón Fuenzalida, Hugo Salvestrini,
Alberto Lucchini, Max Müller, Amaldo Marsano, Pablo Thomsen,
Pablo Atria, Juan Fortune, Arturo Ebensperger, Víctor Maturana,
Waldemar Badía, Pedro Schüller, y los residentes Lorenzo
Cubillos y Jorge Mery.
Pero hay otro hecho muy importante vinculado al nacimiento del
Hospital Clínico. En el año 1940 se integra a esta
nueva obra la Congregación de las Hermanas de la Caridad
Cristiana. Estas religiosas fueron las primeras enfermeras y las
primeras agentes de la pastoral hospitalaria que tuvo nuestro hospital.
Además de estas labores, las Hermanas de la Caridad Cristiana
ejercieron, con gran eficiencia, todas las funciones de tipo administrativo
y técnico que requiere el funcionamiento de un centro hospitalario.
Al dejar el Hospital Clínico, en el año 1965, el recuerdo
de su presencia testimonial, de servicio abnegado, y el afecto dispensado
a tantos, generaba un sentimiento de pérdida irreparable.
Tal vez por eso fueron recibidas con tanto cariño y esperanza
las Hermanas Ministras de los Enfermos de San Camilo, cuando hace
pocos años llegaron a trabajar con nosotros.
Aprovecho esta oportunidad para rendir un sentido homenaje a las
Hermanas de la Caridad Cristiana y agradecer todo lo que nos entregaron
durante el cuarto de siglo que permanecieron con nosotros. Vuestro
legado perdura en el recientemente creado Servicio de Pastoral de
la Salud de la Facultad. Al mismo tiempo, envío un cordial
saludo a todos los Capellanes actuales y pasados, y a las Hermanas
Ministras de los Enfermos, junto con nuestros mejores deseos de
una fructífera labor pastoral.
Si analizamos las características generales del desarrollo
del Hospital Clínico desde sus modestos inicios como Policlínico
hasta nuestros días, podríamos describirlo como el
de sucesivas crisis de crecimiento. Nuestra vitalidad académica,
manifestada en la constante creación de programas asistenciales,
unida a la calidad humana y técnica de nuestros servicios,
han provocado, en forma reiterada, aumentos en la demanda asistencias,
que, sobrepasando nuestras estimaciones más optimistas, nos
obligan al crecimiento en planta física y en personas. Es
así como, a contar de 1942, el número de atenciones
ambulatorias ha crecido 200 veces, la cantidad de camas hospitalarias
se ha quintuplicado; el número de intervenciones quirúrgicas
se ha incrementado en la misma proporción, y la planta de
académicos y funcionarios ha aumentado en más de diez
veces. En cifras absolutas, esto significa anualmente cerca de cuatrocientas
mil atenciones ambulatorias, aproximadamente once mil intervenciones
quirúrgicas, veinte mil egresos hospitalarios y alrededor
de un millón trescientos mil exámenes de laboratorio.
Las cifras mencionadas representan el trabajo de muchas personas,
que, con diligencia y responsabilidad, desempeñan las múltiples,
variadas y, muchas veces abnegadas, labores asistenciales y de apoyo
técnico. Todas ellas pertenecen a la comunidad laboral de
la Facultad, y su presencia ha expandido y enriquecido el ámbito
humano inicial, constituido mayoritariamente por académicos.
Al mismo tiempo, la presencia de una comunidad laboral extensa ha
significado para la Facultad asumir la responsabilidad de promover
el desarrollo integral de las personas que trabajan en sus dependencias,
ofreciendo, con ese fin, remuneraciones adecuadas, un ambiente de
trabajo grato y oportunidades de perfeccionamiento técnico,
educacional y de crecimiento personal. Ha sido esta una compleja
y permanente tarea que, en algunos momentos, no ha estado exenta
de tensiones. Sin embargo, el balance global es muy positivo, y
así lo demuestran las relaciones fluidas entre las autoridades
de la Facultad y los representases de nuestros funcionarios. Esto
último se manifiesta concretamente en el hecho de que todos
los contratos laborales actualmente vigentes han sido el producto
de negociaciones colectivas anticipadas. Aprovecho esta oportunidad
para saludar a todos nuestros funcionarios, a sus representantes,
y agradecerles, una vez más, la importante contribución
que hacen a la Facultad de Medicina.
Junto con aumentar en forma muy significativa su actividad, nuestro
Hospital también ha experimentado cambios cualitativos considerables.
De estos quisiera destacar, en primer término, el incremento
progresivo en la complejidad del quehacer hospitalario, hecho que
está en directa relación con la mayor proporción
de enfermedades graves y poco comunes que presentan los enfermos
que ingresan a sus Servicios. Por una parte, esto se debe al progreso
de la medicina que, mediante nuevos conocimientos y tecnología
sofisticado, ha permitido la sobrevida de personas aquejadas de
males que antes eran inexorablemente fatales en el corto plazo.
A este respecto quisiera mencionar el hecho de que durante los últimos
seis meses se han efectuado en el Hospital Clínico ocho trasplantes
cardíacos, todos con éxito. Pero, como lo indican
diversas encuestas de opinión, también ha contribuido
a hacer más compleja nuestra actividad el hecho de que la
comunidad nos perciba como una institución de excelencia
y, por lo tanto, traigan o trasladen a nuestro hospital a los enfermos
más graves. Lo anterior explica que el 18% de nuestras camas
estén dedicadas al cuidado intensivo, cifra sin par en Chile
y solo comparable a los grandes hospitales universitarios de los
EE.UU. y Europa.
Otro cambio cualitativo muy importante en la vida de nuestro Hospital
Clínico fue provocado por la necesidad de lograr su autofinanciamiento.
Esta fase de nuestra historia se inicia formalmente con la Resolución
de Rectoría del año 1976, en la cual se establece
que "La Escuela de Medicina y el Hospital Clínico de la Universidad
tenderán a un régimen de autofinanciamiento a partir
del 1º de abril de 1976".
Hoy la Facultad cubre los costos operacionales del Hospital Clínico
y mantiene un nivel de inversiones que le permite estar al día,
en cuanto a equipamiento médico de última generación,
con el progreso de la medicina. Además, mediante diversos
subsidios indirectos y oportunidades de práctica privada,
el Hospital Clínico posibilita que la Escuela de Medicina
pueda disponer de un cuerpo docente clínico de jornada completa.
Esta característica, también única en la educación
médica chilena, es otra de las grandes fortalezas de nuestra
Facultad, y nos permite sustentar un programa de formación
de especialistas de gran exigencia y calidad. Por último,
es importante señalar que, aunque ha terminado la política
de gratuidad de nuestros servicios, no hemos abandonado nuestra
preocupación y compromiso con los más pobres. En la
actualidad, mediante diversos convenios docente-asistenciales, la
Facultad apoya con servicios médicos a hospitales del Estado
que sirven a poblaciones de muy bajos ingresos, como el Hospital
Sótero del Río, el Hospital de Urgencia de la Asistencia
Pública y, en un futuro próximo, el Hospital Padre
Hurtado. Igual apoyo estamos otorgando a diversos consultorios municipales
en La Pintana, La Florida, Pirque y Macul. Nuestra presencia también
es importante en obras sociales de la Iglesia, como el "Hogar
de Cristo", donde la Facultad se ha hecho cargo de las áreas
de enfermos hospitalizados, y la "Clínica La Familia", para
pacientes en etapa terminal de SIDA. Además, la Facultad
otorga ayuda material a la Fundación "Santa María
de la Esperanza", que atiende a personas VIH positivas y con SIDA;
y al Hogar para Ancianos "Betania", ubicado en la Comuna de Pudahuel.
Pero volvamos al cuarto punto del Decreto Fundacional donde también
se menciona "la necesidad de continuar las acciones orientadas
a la creación de las Escuelas de Farmacia y de Enfermería".
Por diversas razones, el primer proyecto nunca llegó
a concretarse. El segundo demoró más de tres décadas
en hacerse realidad y significó que la Facultad quedara constituida
por dos escuelas: Medicina y Enfermería.
El nacimiento de nuestra Escuela de Enfermería está
vinculado a la labor educadora y social de la Congregación
"Esclavas del Amor Misericordioso de Jesús y María"
y al entusiasmo y capacidad organizativa de la Reverenda Madre Margarita
María Benson, Superiora de esa Congregación, fallecida
en abril del presente año. Las hermanas del Amor Misericordioso
habían decidido crear una escuela de enfermería para
que las religiosas dedicadas a la pastoral hospitalaria pudieran
formarse como enfermeras. La nueva escuela de enfermería,
llamada "Isidora Lyon Cousiño", abrió sus puertas
en el año 1950 y se inscribieron en ella dos religiosas y
diez alumnas seglares. Su primera Directora, la doctora Alicia Padilla
de Olivares, contaba con la colaboración de las enfermeras
Lucrecia Rackela, Nelly Rodó y Carmen San Martín y
la asesoría de la Escuela de Medicina, la que aportó
un cuerpo docente integrado por los doctores Waldemar Badía,
Lorenzo Cubillos, Juan Fortune, Armando Roa y otros. Como un homenaje
a su persona, quisiera recordar que una de las alumnas del Curso
Fundacional de Enfermería fue Sor Paula Puelma, posteriormente
Directora de la Escuela durante varios y fructíferos años.
En el año 1952, por diversas consideraciones de tipo organizacional
y administrativo, la Congregación del Amor Misericordioso
decidió traspasar su Escuela de Enfermería a la Facultad
de Medicina, posibilidad que fue favorablemente acogida por el Rector,
Monseñor Alfredo Silva Santiago, y por el Decano, Don Cristóbal
Espíldora. El traspaso fue oficializado el 26 de octubre
de ese mismo año, cuando el Consejo Superior decretó
la incorporación de la Escuela de Enfermería a la
Facultad de Medicina, conservando la primera su nombre original.
Desde entonces, la Escuela de Enfermería ha recorrido un
largo camino, caracterizado por la tenacidad con que ha defendido
sus principios educacionales, y la visión cristiana que la
anima y orienta. Pese a una serie de dificultades materiales, el
aporte de nuestra Escuela de Enfermería a la enfermería
chilena es considerable. Entre otras contribuciones, quisiera destacar
el papel protagónico que le cupo a nuestras académicas
en la creación de la "Sociedad Chilena de Enfermería".
Esta institución, que ha sido presidida en diversas oportunidades
por profesoras de nuestra Escuela, entre ellas figuras tan señeras
como Sor Paula Puelma, Elba Mateluna y Lilian Viveros, se ha constituido
en una eficaz herramienta de promoción de la enfermería
chilena a través de las múltiples actividades de docencia
e intercambio de experiencias académicas que fomenta y coordina.
Otro aporte significativo, por su innovación y proyecciones
profesionales, es la organización del programa de estudios
conducente al título de "Enfermera-Matrona". Desgraciadamente,
transcurridas casi dos décadas desde su puesta en marcha,
este avance aún no recibe el reconocimiento que merece por
parte de las autoridades de salud del Estado.
Actualmente, nuestra Escuela de Enfermería está viviendo
una etapa de su vida institucional de mucha vitalidad y proyecciones.
Junto con dar inicio a un proceso de reforma curricular que por
sus objetivos y metodología docente marcará un hito
en la enfermería chilena, ha puesto en marcha un ambicioso
proyecto de renovación y desarrollo de su planta académica.
Este último, tiene como meta fortalecer la investigación
científica y tecnológica que se realiza en la Escuela,
mejorando su calidad y multiplicando las líneas de trabajo.
Para lograr este importante objetivo la Escuela está promoviendo
el perfeccionamiento de sus académicos jóvenes, mediante
estudios de postgrado en el extranjero, y auspiciando un activo
intercambio académico con escuelas de enfermería de
reconocido prestigio.
Concluye el decreto fundacional con las bendiciones del Señor
Arzobispo, Don Crescente Errázuriz, para todos los miembros
de la Facultad y a los bienhechores de esta obra, particularmente
los más insignes de estos: Don Fernando Irarrázaval
Mackenna y su señora, Doña Mercedes Fernández,
y "cuantos cooperen a esta obra de tanta gloria de Dios y bien
de la Iglesia y de la patria y de toda la sociedad, y que ha sido
objeto de nuestros más ardientes deseos". A los bienhechores
antes señalados, debemos agregar el nombre de Doña
Mercedes Valenzuela de Villela, quien donó a la Universidad
su hacienda "Ranquihue", para la construcción del Hospital
Clínico. La Facultad también ha sido beneficiada por
numerosas instituciones. Una de las primeras fue la "Fundación
Gildemeister", que apoyó en forma muy importante el desarrollo
de nuestra investigación científica. Sería
largo mencionar a cada una de las instituciones que nos han ayudado,
pero a todas ellas, nuestro recuerdo reverente y la más profunda
gratitud.
El aporte de nuestros numerosos benefactores, tanto personas como
instituciones, ha sido fundamental para el desarrollo de la Facultad
de Medicina. Gracias a ellos, además de poder construir nuestra
antigua sede y el Hospital Clínico, hemos podido incorporar
a la Escuela de Enfermería, construir el Pensionado del Hospital,
crear la Maternidad y el Servicio de Pediatría, cubrir una
parte considerable de los gastos de habilitación y construcción
de la Unidad Coronaria, construir y habilitar el Centro de Investigaciones
Médicas y el Centro para el Estudio del Cáncer Digestivo;
adquirir un gran número de equipos médicos y financiar
becas y muchísimas otras obras menores. Hace pocos meses,
una generosa donación anónima cercana al medio millón
de dólares, ha posibilitado la realización de un proyecto
muy importante en el área de vítreo-retina.
Es muy gratificante y motivador que una institución como
la nuestra, cuyo único fin es servir a la Iglesia y la comunidad,
sea objeto de una acción tan noble como la generosidad de
muchas personas, porque significa que está cumpliendo bien
su misión. En el gesto de dar hay un elemento de altruismo
y solidaridad, pero también de reconocimiento e identificación
con la institución beneficiada. Más allá de
sus alcances prácticos, sin duda cruciales en nuestra historia,
es ese el aspecto que debemos valorar y agradecer cuando somos favorecidos
por una donación. La presencia de la bondad y generosidad
de otros en nuestra vida institucional es un mensaje de Dios respecto
al cual debemos mantener siempre abierto el espíritu. Nos
recuerda constantemente que tenemos necesidad de otros para que
no olvidemos que nosotros también nos debemos a otros.
En los últimos años, hemos tenido la sensación
de que el ritmo de nuestros cambios se ha acelerado y de que la
Facultad ha comenzado una nueva etapa de su historia, cuya dirección
apenas logramos vislumbrar. La sociedad chilena se transforma y
experimenta las tensiones que acompañan a todos los procesos
en los cuales la dinámica de los acontecimientos sobrepasan
las expectativas y la capacidad de adaptación de las instituciones
y las personas. Tanto en los aspectos culturales, como en los demográficos,
políticos y económicos, el signo de los tiempos es
la incertidumbre y las personas tienen la percepción de una
creciente impotencia respecto a lo que acontece. El mundo se ha
deshumanizado y esa deshumanización abarca, de manera clamorosa,
todo el quehacer del área de la salud, a la que pertenecemos.
Sin intentar descifrar los signos de los tiempos o adivinar lo
que el futuro nos depara, sabemos que el desafío mayor será
el de humanizar al mundo de la salud, y que esa tarea tendrá
como campo de batalla a nuestras propias conciencias. Por eso debemos
prepararnos ahora, fortaleciendo la vigencia de los valores fundacionales
y acometiendo las nuevas tareas con la misma audacia providencialista
de quienes nos han precedido. Desde esa perspectiva, la fortaleza
o debilidad de las futuras generaciones no será otra cosa
que la heredad espiritual que reciban de nosotros.
Es por eso que quiero concluir refiriéndome al punto quinto
del Decreto Fundacional: "Elegimos como Patrono de la Facultad
de Medicina (...) al Evangelista San Lucas. " Nuestro
Santo Patrono, cuyo nombre hemos invocado en innumerables ocasiones,
simboliza la pertenencia indisoluble de nuestra Facultad a la Iglesia
Católica y al compromiso que con ella hemos adquirido como
instrumentos para su misión evangelizadora. San Lucas nos
recuerda que el amor de Dios se hace sensible en nosotros cuando
nos acercamos a nuestros hermanos en actitud fraterna. Es esa manera
de concebir nuestra tarea educadora y de servicio, la única
que otorga sentido genuino a nuestra institución y a sus
deseos de proyectarse al futuro.
Hemos sido bendecidos con la presencia y el aporte de muchas personas
que, en cargos de responsabilidad o en forma casi anónima,
antepusieron el bien de la Facultad a sus legítimos intereses.
Ese es el generoso legado que estamos celebrando y al que debemos
responder aportando nuestro propio esfuerzo. Por eso los invito
a continuar construyendo esta hermosa y noble obra que es la Facultad
de Medicina con el mismo espíritu, generoso y dedicado, de
nuestros predecesores. Los designios de Dios la han puesto en nuestras
manos como un hermoso regalo y, a la vez, como una prueba de nuestra
fidelidad a los deseos del Padre, que quiere "restaurar todo en
Cristo cuanto existe en los cielos y sobre la tierra" (Ef 1,10).
Muchas gracias.
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