El septuagésimo aniversario de la fundación de nuestra Facultad de Medicina nos congrega para agradecer la Providencia de Dios, conmemorar a los Primeros constructores de esta gran obra, y celebrar nuestra comunidad académica y laboral. Por eso, esta solemnidad es una acción de gracias, una conmemoración de ilustres Predecesores y un jubileo en el que proclamamos que continúa vivo en nosotros el espíritu fundacional de servicio a la Iglesia y a la comunidad chilena.

Hace algunos minutos ustedes escucharon la lectura de nuestro Decreto Fundacional. Ahora quisiera invitarlos a meditar sobre su contenido.

"Santiago, a 17 de junio de 1929. vista la nota que precede del Rector de la Universidad Católica de Chile Monseñor Don Carlos Casanueva, y por los considerandos en ella expresados:

1º Declaramos definitivamente constituida la Facultad de Medicina y Farmacia de la Universidad Católica de Chile..."

Así se inicia el decreto mediante el cual Monseñor Crescente Errázuriz, Arzobispo de Santiago, oficializa la existencia de nuestra Facultad de Medicina.

En su primer párrafo de considerandos, este documento menciona al entonces Rector, Monseñor Carlos Casanueva, hecho que no es simplemente protocolar: fue la voluntad de Don Carlos el elemento determinante para la creación de nuestra Facultad. La idea de fundar una Facultad de Medicina ya estaba en su mente en el año 1920, cuando fue nombrado Rector, y así lo informó a la comunidad universitaria en su primera intervención pública. En esa oportunidad, recordó al Claustro Pleno que la creación de una Facultad de Medicina era un proyecto largamente postergado del primer Rector, Don Joaquín Larraín Gandarillas, y manifestó su propósito de concretarlo.

Sin embargo, pasaron ocho años antes que los deseos de Don Carlos pudieran ser cumplidos. Una serie de obstáculos, principalmente de tipo económico, obligaron a postergar sus planes, hasta que las donaciones de varias personas, algunas de ellas muy generosas, permitieron contar con los fondos necesarios. En ese momento, el Rector invitó a los doctores Carlos Mönckeberg, Eduardo Cruz Coke, Carlos Charlín, Eugenio Díaz Lira y Teodoro Gebauer, junto a los alumnos de Medicina de la Universidad de Chile Arturo Atria y Roberto Barahona, para analizar con ellos algunos problemas relativos a la puesta en marcha de la nueva Facultad y de su Escuela de Medicina.

Esos problemas no eran menores. Superadas las limitaciones económicas iniciales y contando con la aprobación de Monseñor Errázuriz, la puesta en marcha del proyecto implicaba aún realizar diversas tareas y trámites administrativos importantes, incluyendo la construcción de la sede de la Facultad, la contratación de una planta académica y la obtención de la venia del Supremo Gobierno y de las autoridades de la Universidad de Chile. Estas autorizaciones se obtuvieron después de una serie de complejas tratativas, en las cuales, sucesivamente, se negó a la Escuela el acceso a cadáveres, y se limitó el número de alumnos a solo 20, de los 50 propuestos, para finalmente otorgarle la posibilidad de obtener los cuerpos humanos necesarios para el curso de Anatomía y transar en treinta alumnos. Argumentando sobre este último punto, nuestra Universidad dejó en claro en su solicitud un principio que para nosotros ha sido, desde entonces, capital: "Nuestra Escuela no desea ser obra de números, sino de extrema selección intelectual y moral".

Sin duda, la presencia de un líder con la estatura moral e intelectual de Don Carlos es una manifestación inequívoca de voluntad divina. Tal como lo expresó en diversas oportunidades, él mismo creía firmemente que su proyecto de crear una Facultad de Medicina era una cosa querida por Dios. Esto explica la audacia cristiana y tenacidad con que acometió esta empresa, y la energía desplegada contra los pusilánimes y los enemigos de la Iglesia que se oponían a sus planes. Es importante que atesoremos este hecho y que tengamos siempre presente que somos fruto de la misma voluntad que permitió el nacimiento y posterior desarrollo de nuestra Universidad. A ella, simbolizada en el Sagrado Corazón de Jesús, estamos consagrados.

En su segundo punto resolutivo, el Decreto fundacional establece: "Confirmamos en su cargo de decano de esta facultad al Doctor Don Carlos Möinckeberg. " Don Carlos Möinckeber (g- Bravo era Profesor Titular de Clínica Obstétrica de la Universidad de Chile, y al ser nombrado tenía 45 años de edad. Pese a su relativa juventud ya había alcanzado reconocimientos y honores muy poco habituales y significativos, entre ellos, el grado de "Comendador de la Orden Civil de Alfonso XIII", otorgado por España; la designación de "Miembro Honorario" de la Facultad de Medicina de Barcelona; y la condecoración "Caballero de la Orden Nacional de la Legión de Honor", de Francia.

Con estudios de perfeccionamiento en España, Francia y Alemania, tenía una visión muy clara de las fortalezas y debilidades de la medicina chilena y de la educación médica de nuestro país. Sobre este tema había escrito en 1918 un artículo en la Revista Médica de Chile titulado "Necesidades de la enseñanza médica". Don Carlos Casanueva, conocedor de las creencias religiosas, prestigio, experiencia y caballerosidad de Don Carlos Möinckeberg, quien había colaborado con él en el proyecto de crear una Facultad de Medicina, no dudó en ofrecerle el cargo de Decano. Aunque el Dr. Möinckeberg dejó su cargo al finalizar el período de tres años de su mandato, la contribución que hizo a la naciente Facultad fue muy importante. Así lo manifestó Monseñor Casanueva en la ceremonia de cambio demando, cuando dijo: "Cúmplenos dejar constancia de la gratitud de nuestra Universidad al (...) Dr. Carlos Möinckeberg, a quien, como Decano, correspondió la parte más delicada de la fundación de nuestra Escuela y su dirección durante sus tres primeros años, tan difíciles, y en los cuales no desmayaron su entusiasmo y celo inteligente en sus servicios".

Continúa el decreto fundacional en su tercer punto: "Autorizamos a la Facultad para proceder en conformidad al Reglamento general de la Universidad, a la organización (...) de la Escuela de Medicina... " Ya hemos mencionado algunas de las circunstancias y personas que rodearon la creación de la Facultad y, particularmente de la Escuela de Medicina. Ahora quisiera relatar una anécdota que ilustra en forma muy vívida el espíritu fundacional. Es el testimonio de Don Luis Vargas, alumno del Primer Curso: "Admitido en la Universidad de Chile, donde mi padre es Profesor Titular, nunca pienso en otra escuela de medicina. Pero las circunstancias dicen otra cosa, porque tres compañeros del colegio deciden optar por la Universidad Católica (...) y me presionan para que los acompañe. Con tan generoso requerimiento, no cabe más que unirse a ellos. Esta decisión origina la visita al Rector Casanueva, por petición de mi padre, que desea conocer antecedentes sobre la Escuela de Medicina. Entramos a la holgada sala del Rector y la recepción es cálida. El Rector se muestra complacido de que un profesor de la Universidad de Chile venga a informarse y traiga a su hijo como candidato.(...) Mi padre desea visitar el edificio de la futura escuela y el Rector nos lleva al lugar cerca de Marcoleta. Pero al llegar veo, asustado, que no hay ningún edificio, cuando en dos meses más empiezan las clases. El Rector rompe el silencio y con entusiasmo y decisión señala: "Aquí, en el primer piso, Fisiología; ahí, en el segundo, Biología; y allá, en el tercero, Anatomía", y prosigue en detalles. Ante sus ojos emerge, nítido, el edificio virtual."

Milagrosamente, o como comentaría el mismo Don Carlos, "con la ayuda de la Divina Providencia", el edificio sede de la Facultad es construido en pocos meses, y la Escuela comienza su marcha inicial. En su Memoria del período 1930 -1932, el Rector Casanueva hace una evaluación muy positiva de los primeros pasos. En esos tres años habían pasado por las aulas de la Escuela 160 alumnos, seleccionados de entre más de 700 postulantes, y un 75% de ellos había aprobado las pruebas finales. Los alumnos del curso inicial habían rendido excelentes exámenes de segundo año en la Universidad de Chile, incluso superando los promedios de notas de los estudiantes de ese centro de estudios. Sin embargo, para Monseñor Casanueva lo más importante era la identidad propia que la Escuela estaba desarrollando. En gran medida esto se debía a la mística de sus profesores, quienes suplían con gran dedicación y mucho esfuerzo personal las múltiples carencias de orden material y las estrecheces económicas de la Universidad. Volveré más adelante sobre este último punto.

Lo anterior nos lleva al tercer punto del decreto fundacional: "Autorizamos al Rector para contratar los profesores que sean necesarios en el país o en el extranjero". Este aspecto es revelador de una de las características del proyecto fundacional que han incidido más profundamente en nuestra historia como Facultad. Lo que la resolución anterior revela, es que no se trataba simplemente de poner en marcha una escuela universitaria, sino una de la más alta calidad posible. Este objetivo era tan importante que su logro implicaba buscar docentes en el extranjero si el medio nacional no ofrecía personas con las características deseadas. Las primeras actas del Consejo de Facultad testimonian la alta prioridad que tenía ese aspecto. Por ejemplo, en ellas hay constancia de los contactos epistolares de Monseñor Casanueva con el Padre Agostino Gemelli, Rector de la Universidad Católica de Roma, solicitando ayuda para reclutar un Profesor de Fisiología.

Al iniciarse las clases, la cátedra de Anatomía era ocupada por Don Roberto Aguirre Luco, uno de los más destacados anatomistas chilenos de su generación, quien se había visto obligado a renunciar a su cargo de Profesor Titular en la Universidad de Chile por razones políticas. La cátedra de Física Médica fue asignada a Don Augusto Gremaud, Doctor en Ciencias Físicas y Matemáticas, quien provenía de la Universidad de Friburgo. El contrato del Doctor Gremaud se debió, precisamente, a la carencia en nuestro país de físicos de jerarquía interesados en enseñar en la Escuela de Medicina. Profesor de la cátedra de Biología General, fue el R. P. Gilberto Rahm, OSB, el docente con más trayectoria contratado por la nueva escuela. El Padre Rahm era un sacerdote benedictino que se había desempeñado como profesor en las Universidades de Friburgo y Salzburgo. A ellos debemos agregar la figura muy querida y destacada del Profesor de "Moral Médica", R.P. Don Manuel Larraín Errázuriz. Don Manuel dejó una profunda huella en las generaciones que tuvieron el privilegio de tenerlo como docente. Sus posteriores servicios a la Iglesia, particularmente como Obispo de Talca, han sido ampliamente reconocidos.

Para las cátedras del segundo año de la carrera, la Facultad contrató como Profesor de Histología al Dr Arturo Albertz, y como Profesor de Fisiología, al Dr. Jaime Pi Suñer. Aunque el Dr. Albertz era un obstetra-ginecólogo, había tenido una excelente formación en histopatología en Alemania y, a instancias del Decano Möinckeberg, en cuyo grupo trabajaba, estuvo dispuesto a asumir esa responsabilidad, impartiendo una enseñanza de gran calidad. Por su parte Don Jaime Pi Suñer, joven y brillante fisiólogo catalán, había sido contactado en Europa por el Dn Eduardo Cruz Coke, quien impresionado por la inteligencia y personalidad de Don Jaime, lo recomendó al Rector Casanueva y, a la vez, entusiasmó al Profesor Pi Suñer, que entonces tenía poco tiempo de casado, para que se trasladara a Chile.

Pese a la alcurnia académica de los profesores, las cosas no resultaron fáciles en el terreno docente, y los alumnos de primer año sufrieron con el francés del profesor Gremaud, y los germanismos y poco sentido del humor del Padre Rahm. De parte de los profesores, las cosas no se veían mejor. Baste recordar que el equipamiento de los laboratorios era paupérrimo, y que, durante varios años, después de la partida del Dr. Pi Suñer, el único profesor de tiempo completo que tuvo la Facultad fue Don Joaquín Luco. Además de enseñar Neurofisiología, el Dr. Luco participaba en la docencia de Bioquímica y Farmacología, mantenía una activa línea de investigación y, simultáneamente, durante un tiempo, fue Director de la Escuela de Medicina. De paso, en estos tiempos en que la austeridad pasó de moda, es sano recordar que Don Joaquín se trasladaba de su casa a la Universidad en bicicleta, único medio de transporte que entonces podía solventan.

En los profesores inicialmente contratados por la Facultad de Medicina, y en las primeras generaciones de académicos que los sustituyeron, encontramos los orígenes de la tradición de investigación científica, que constituye una de las mayores fortalezas de nuestra Facultad. Cronológicamente, estas generaciones fueron encabezadas por Don Héctor Croxatto, e integradas por profesores tan distinguidos como Fernando García Huidobro, Raúl Croxatto, Joaquín Luco, Luis Vargas, Carlos Eyzaguirre, Manuel de la Lastra, Jorge Lewin, Juan de Dios Vial, Luis Izquierdo, Patricio Sánchez, Ramón Rosas, y Manuel Rodríguez. Todos ellos optaron por la aventura incierta de la investigación científica en un período de la historia de Chile en que esta decisión demandaba más romanticismo que racionalidad. Las contribuciones que varios de ellos hicieron a la ciencia, trabajando en condiciones de gran desventaja respecto a los investigadores del hemisferio Norte, son un ejemplo elocuente de que la búsqueda científica es ante todo un campo de ideas, y de que el poder del buen pensar puede superar limitaciones técnicas considerables.

Pero para la vida de nuestra Facultad, más importante que las contribuciones científicas que hicieron esos profesores, fue la escuela de pensamiento y vida en la que educaron a tantas generaciones. En ellos sobresalían rasgos como la honestidad intelectual, la dedicación y la fidelidad al ideal universitario, los cuales permanecen como paradigmas del perfil de nuestros profesores. Con ese modelo se formaron un grupo de jóvenes que siguieron sus mismos caminos en las disciplinas básicas, entre los que se cuentan Jaime Eyzaguirre, Jaime Álvarez, Patricio Zapata, Horacio Croxatto, Jorge Swa-ne--k, Arnaldo Foradori, Alberto Galofré, Federico Leighton y Jorge Garrido, pero también un contingente que, entusiasmados con la ciencia y, a la vez, con una asentada vocación por la práctica médica, constituyó la primera generación de investigadores clínicos de nuestra Escuela. Ejemplos de estos jóvenes, todos queridos profesores nuestros, son los doctores Pablo Atria, Edgardo Cruz, Salvador Vial, Ricardo Ferretti, Antonio Arteaga, Carlos Quintana, Pablo Casanegra, Jorge Méndez. Vicente Valdivieso y Francisco Montiel. Todos ellos siguieron una trayectoria común: fueron ayudantes en algunos de los laboratorios de ciencias básicas, se formaron como especialistas antes de que en nuestro país existieran programas de especialización, y fueron al extranjero, entre fines de la década del cincuenta e inicios de la siguiente para formarse como investigadores clínicos, Al reintegrarse a nuestra Escuela, tuvieron que enfrentar grandes dificultades para organizar sus laboratorios. No existían en el Hospital Clínico espacios adecuados, el equipamiento era insuficiente, el financiamiento prácticamente nulo y la posibilidad de dedicarse exclusivamente a la vida universitaria, una utopía. Sin embargo, todos lograron establecer sus laboratorios de especialidad y crearon el ambiente educativo necesario para que las generaciones posteriores ampliaran el camino de la investigación clínica. Individualmente, y como grupo, hicieron una enorme contribución a la Facultad y a la medicina chilena.

Herederos de ese modelo de vida académica son las generaciones más recientes, egresadas a fines de los sesenta y durante la década del setenta y posteriores. Estas, contando con las oportunidades de financiamiento del Fondo Nacional de Ciencia y Tecnología, pudieron dar vida a los núcleos de investigadores del Centro de Investigaciones Médicas, del Centro para el Estudio y Prevención del Cáncer Digestivo, y de los diversos Programas Académicos, algunos de gran dinamismo, como el Programa de Enfermedades Infecciosas, el Programa de Medicina Intensiva y el Programa de Cáncer. Sobre esta base, la Facultad pudo crear el Programa de Doctorado en Ciencias Médicas, proyecto que esperamos se convierta en un hito en la historia de la investigación científica de nuestro país, y que, sin duda, habría sido celebrado con mucha alegría por Don Carlos Casanueva.

Actualmente, la Escuela de Medicina cuenta con un núcleo de talentosos investigadores jóvenes que trabajan, casi todos ellos, con un régimen de dedicación semiexclusiva, algo único en el ámbito de la medicina clínica chilena. Al pasar de las indagaciones a nivel tisular y celular de sus antecesores al nivel subcelular, han dado inicio a una nueva etapa del desarrollo científico de la Facultad de Medicina, inaugurando la era de la patología genética y molecular. Como grupo generacional, mantienen en el área de las ciencias médicas los índices de productividad e impacto científico más altos de nuestro país, y constituyen, sin duda, nuestra esperanza de que podamos alcanzar el nivel de relevancia científica de las escuelas de medicina líderes en el mundo.

Quisiera regresar ahora a otros aspectos del punto cuarto del decreto fundacional, que se refieren a "continuar los estudios del Hospital y Policlínico complementarios de esta Escuela, y de las Escuelas de Farmacia y de Enfermería para que puedan irse realizando estas obras tan pronto como los recursos vayan permitiéndolo". Estos estudios como, así mismo, la búsqueda de los recursos a los que alude el decreto, continuaron durante ocho años y solo fue posible colocar la primera piedra del Hospital Clínico el día 18 de octubre de 1937, festividad de San Lucas. En esa ocasión, el Arzobispo de Santiago, Don José Horacio Campillo designó con el nombre de "Hospital del Corazón Misericordiosísimo de Jesús" al centro hospitalario naciente. La construcción del hospital se inició en el año 1938, y el edificio fue formalmente entregado a la comunidad universitaria el día 27 de noviembre de 1939. En el intertanto, había sido nominado Arzobispo de Santiago Don José María Caro, a quien le correspondió bendecir el nuevo edificio. En su discurso, el Decano Don Cristóbal Espíldora agradeció a los benefactores y al Estado sus aportes, enfatizando "la responsabilidad científica, moral y social que la Universidad Católica asumía". El esfuerzo había sido considerable. El Hospital tenía algo menos de ocho mil metros cuadrados y había costado el equivalente de US $ 250.000, aproximadamente US $ 5 millones de hoy. Faltaba, sin embargo, la habilitación de los servicios, proceso que requirió un nuevo esfuerzo financiero, solventado casi íntegramente por donaciones. Finalmente, en 1943, pudieron hospitalizarse los primeros enfermos y efectuarse las primeras intervenciones quirúrgicas. Antes de esto, solo funcionaba un Policlínico que contaba con una sala de procedimientos para cirugía menor y una sala de yeso.

La puesta en marcha del Hospital Clínico representa, sin duda, uno de los grandes hitos en la historia de nuestra Facultad. Desde la perspectiva del proyecto fundacional, permitió expandir la enseñanza de la medicina en tres cursos adicionales a los dos ya existentes, vale decir 3º, 4º, y 5º; posibilitó la contratación de los primeros docentes clínicos y, además, significó el logro de una de las grandes metas fundacionales: la atención a los enfermos, para enseñar a los alumnos "a servir a Cristo". La expansión del número de cursos permitió prolongar la acción educadora de la Escuela en sus alumnos y, en consecuencia, facilitar la delicada tarea de transformarlos "en médicos de ciencia y conciencia". Además, alentó una reforma curricular orientada a una enseñanza de la patología más acorde con la lógica y los conceptos de educación médica entonces vigentes. Esto incluía la creación de la nueva asignatura de fisiopatología, la que estuvo a cargo de Don Luis Vargas, y un reordenamiento de la secuencia de cursos, junto con la supresión de otros. Los excelentes resultados obtenidos con esta reorganización curricular y las innovaciones en la enseñanza de la anatomía patológica, a cargo del Profesor Ismael Mena Rivera y después de Don Roberto Barahona, otorgaron a nuestros alumnos un manejo de conceptos básicos de patología de tanta solidez, que se transformaron en sello distintivos de nuestra Escuela. Menciono esta primera reforma curricular, porque nuestra preocupación por la educación médica es otra de nuestras mejores tradiciones y un campo donde hemos alcanzado un nivel de objetiva calidad. Esto último está refrendado por las conclusiones de la visita de acreditación efectuada en el año 1997 a nuestra Escuela por representantes de la "American Association of Medical Colleges".

Decía que el segundo acontecimiento vinculado a la puesta en marcha del Hospital Clínico fue la llegada de los primeros profesores de asignaturas clínicas. La gran mayoría de ellos eran jóvenes, con carreras profesionales o académicas destacadas, movidos por una profunda vocación de servicio a la Iglesia y dotados de cualidades intelectuales y éticas ejemplares. Ellos crearon un estilo de trabajo médico y enseñanza de la medicina que aún perdura y que les ha ganado el reconocimiento de las generaciones posteriores. Me refiero a nuestros queridos profesores: Don José Manuel Balmaceda, Don Gabriel Letelier, Don Ramón Ortúzar, Don Ignacio Ovalle, Don Alberto Donoso, Don Enrique Montero, Don Rodolfo Rencoret, Don Ricardo Benavente, Don José Estévez, Don Cristóbal Espíldora, Don Santiago Raddatz, Don Fernan Díaz, y Don Mario Meyerholz. A ellos se unirían, algunos años después, los miembros más jóvenes de quienes constituyeron esa generación fundadora de la medicina clínica y la cirugía en nuestra Facultad: los profesores Raúl Dell' Oro, Alfonso Ovalle, Eduardo Larraín, Gastón Fuenzalida, Hugo Salvestrini, Alberto Lucchini, Max Müller, Amaldo Marsano, Pablo Thomsen, Pablo Atria, Juan Fortune, Arturo Ebensperger, Víctor Maturana, Waldemar Badía, Pedro Schüller, y los residentes Lorenzo Cubillos y Jorge Mery.

Pero hay otro hecho muy importante vinculado al nacimiento del Hospital Clínico. En el año 1940 se integra a esta nueva obra la Congregación de las Hermanas de la Caridad Cristiana. Estas religiosas fueron las primeras enfermeras y las primeras agentes de la pastoral hospitalaria que tuvo nuestro hospital. Además de estas labores, las Hermanas de la Caridad Cristiana ejercieron, con gran eficiencia, todas las funciones de tipo administrativo y técnico que requiere el funcionamiento de un centro hospitalario. Al dejar el Hospital Clínico, en el año 1965, el recuerdo de su presencia testimonial, de servicio abnegado, y el afecto dispensado a tantos, generaba un sentimiento de pérdida irreparable. Tal vez por eso fueron recibidas con tanto cariño y esperanza las Hermanas Ministras de los Enfermos de San Camilo, cuando hace pocos años llegaron a trabajar con nosotros.

Aprovecho esta oportunidad para rendir un sentido homenaje a las Hermanas de la Caridad Cristiana y agradecer todo lo que nos entregaron durante el cuarto de siglo que permanecieron con nosotros. Vuestro legado perdura en el recientemente creado Servicio de Pastoral de la Salud de la Facultad. Al mismo tiempo, envío un cordial saludo a todos los Capellanes actuales y pasados, y a las Hermanas Ministras de los Enfermos, junto con nuestros mejores deseos de una fructífera labor pastoral.

Si analizamos las características generales del desarrollo del Hospital Clínico desde sus modestos inicios como Policlínico hasta nuestros días, podríamos describirlo como el de sucesivas crisis de crecimiento. Nuestra vitalidad académica, manifestada en la constante creación de programas asistenciales, unida a la calidad humana y técnica de nuestros servicios, han provocado, en forma reiterada, aumentos en la demanda asistencias, que, sobrepasando nuestras estimaciones más optimistas, nos obligan al crecimiento en planta física y en personas. Es así como, a contar de 1942, el número de atenciones ambulatorias ha crecido 200 veces, la cantidad de camas hospitalarias se ha quintuplicado; el número de intervenciones quirúrgicas se ha incrementado en la misma proporción, y la planta de académicos y funcionarios ha aumentado en más de diez veces. En cifras absolutas, esto significa anualmente cerca de cuatrocientas mil atenciones ambulatorias, aproximadamente once mil intervenciones quirúrgicas, veinte mil egresos hospitalarios y alrededor de un millón trescientos mil exámenes de laboratorio.

Las cifras mencionadas representan el trabajo de muchas personas, que, con diligencia y responsabilidad, desempeñan las múltiples, variadas y, muchas veces abnegadas, labores asistenciales y de apoyo técnico. Todas ellas pertenecen a la comunidad laboral de la Facultad, y su presencia ha expandido y enriquecido el ámbito humano inicial, constituido mayoritariamente por académicos. Al mismo tiempo, la presencia de una comunidad laboral extensa ha significado para la Facultad asumir la responsabilidad de promover el desarrollo integral de las personas que trabajan en sus dependencias, ofreciendo, con ese fin, remuneraciones adecuadas, un ambiente de trabajo grato y oportunidades de perfeccionamiento técnico, educacional y de crecimiento personal. Ha sido esta una compleja y permanente tarea que, en algunos momentos, no ha estado exenta de tensiones. Sin embargo, el balance global es muy positivo, y así lo demuestran las relaciones fluidas entre las autoridades de la Facultad y los representases de nuestros funcionarios. Esto último se manifiesta concretamente en el hecho de que todos los contratos laborales actualmente vigentes han sido el producto de negociaciones colectivas anticipadas. Aprovecho esta oportunidad para saludar a todos nuestros funcionarios, a sus representantes, y agradecerles, una vez más, la importante contribución que hacen a la Facultad de Medicina.

Junto con aumentar en forma muy significativa su actividad, nuestro Hospital también ha experimentado cambios cualitativos considerables. De estos quisiera destacar, en primer término, el incremento progresivo en la complejidad del quehacer hospitalario, hecho que está en directa relación con la mayor proporción de enfermedades graves y poco comunes que presentan los enfermos que ingresan a sus Servicios. Por una parte, esto se debe al progreso de la medicina que, mediante nuevos conocimientos y tecnología sofisticado, ha permitido la sobrevida de personas aquejadas de males que antes eran inexorablemente fatales en el corto plazo. A este respecto quisiera mencionar el hecho de que durante los últimos seis meses se han efectuado en el Hospital Clínico ocho trasplantes cardíacos, todos con éxito. Pero, como lo indican diversas encuestas de opinión, también ha contribuido a hacer más compleja nuestra actividad el hecho de que la comunidad nos perciba como una institución de excelencia y, por lo tanto, traigan o trasladen a nuestro hospital a los enfermos más graves. Lo anterior explica que el 18% de nuestras camas estén dedicadas al cuidado intensivo, cifra sin par en Chile y solo comparable a los grandes hospitales universitarios de los EE.UU. y Europa.

Otro cambio cualitativo muy importante en la vida de nuestro Hospital Clínico fue provocado por la necesidad de lograr su autofinanciamiento. Esta fase de nuestra historia se inicia formalmente con la Resolución de Rectoría del año 1976, en la cual se establece que "La Escuela de Medicina y el Hospital Clínico de la Universidad tenderán a un régimen de autofinanciamiento a partir del 1º de abril de 1976".

Hoy la Facultad cubre los costos operacionales del Hospital Clínico y mantiene un nivel de inversiones que le permite estar al día, en cuanto a equipamiento médico de última generación, con el progreso de la medicina. Además, mediante diversos subsidios indirectos y oportunidades de práctica privada, el Hospital Clínico posibilita que la Escuela de Medicina pueda disponer de un cuerpo docente clínico de jornada completa. Esta característica, también única en la educación médica chilena, es otra de las grandes fortalezas de nuestra Facultad, y nos permite sustentar un programa de formación de especialistas de gran exigencia y calidad. Por último, es importante señalar que, aunque ha terminado la política de gratuidad de nuestros servicios, no hemos abandonado nuestra preocupación y compromiso con los más pobres. En la actualidad, mediante diversos convenios docente-asistenciales, la Facultad apoya con servicios médicos a hospitales del Estado que sirven a poblaciones de muy bajos ingresos, como el Hospital Sótero del Río, el Hospital de Urgencia de la Asistencia Pública y, en un futuro próximo, el Hospital Padre Hurtado. Igual apoyo estamos otorgando a diversos consultorios municipales en La Pintana, La Florida, Pirque y Macul. Nuestra presencia también es importante en obras sociales de la Iglesia, como el "Hogar de Cristo", donde la Facultad se ha hecho cargo de las áreas de enfermos hospitalizados, y la "Clínica La Familia", para pacientes en etapa terminal de SIDA. Además, la Facultad otorga ayuda material a la Fundación "Santa María de la Esperanza", que atiende a personas VIH positivas y con SIDA; y al Hogar para Ancianos "Betania", ubicado en la Comuna de Pudahuel.

Pero volvamos al cuarto punto del Decreto Fundacional donde también se menciona "la necesidad de continuar las acciones orientadas a la creación de las Escuelas de Farmacia y de Enfermería". Por diversas razones, el primer proyecto nunca llegó a concretarse. El segundo demoró más de tres décadas en hacerse realidad y significó que la Facultad quedara constituida por dos escuelas: Medicina y Enfermería.

El nacimiento de nuestra Escuela de Enfermería está vinculado a la labor educadora y social de la Congregación "Esclavas del Amor Misericordioso de Jesús y María" y al entusiasmo y capacidad organizativa de la Reverenda Madre Margarita María Benson, Superiora de esa Congregación, fallecida en abril del presente año. Las hermanas del Amor Misericordioso habían decidido crear una escuela de enfermería para que las religiosas dedicadas a la pastoral hospitalaria pudieran formarse como enfermeras. La nueva escuela de enfermería, llamada "Isidora Lyon Cousiño", abrió sus puertas en el año 1950 y se inscribieron en ella dos religiosas y diez alumnas seglares. Su primera Directora, la doctora Alicia Padilla de Olivares, contaba con la colaboración de las enfermeras Lucrecia Rackela, Nelly Rodó y Carmen San Martín y la asesoría de la Escuela de Medicina, la que aportó un cuerpo docente integrado por los doctores Waldemar Badía, Lorenzo Cubillos, Juan Fortune, Armando Roa y otros. Como un homenaje a su persona, quisiera recordar que una de las alumnas del Curso Fundacional de Enfermería fue Sor Paula Puelma, posteriormente Directora de la Escuela durante varios y fructíferos años.

En el año 1952, por diversas consideraciones de tipo organizacional y administrativo, la Congregación del Amor Misericordioso decidió traspasar su Escuela de Enfermería a la Facultad de Medicina, posibilidad que fue favorablemente acogida por el Rector, Monseñor Alfredo Silva Santiago, y por el Decano, Don Cristóbal Espíldora. El traspaso fue oficializado el 26 de octubre de ese mismo año, cuando el Consejo Superior decretó la incorporación de la Escuela de Enfermería a la Facultad de Medicina, conservando la primera su nombre original.

Desde entonces, la Escuela de Enfermería ha recorrido un largo camino, caracterizado por la tenacidad con que ha defendido sus principios educacionales, y la visión cristiana que la anima y orienta. Pese a una serie de dificultades materiales, el aporte de nuestra Escuela de Enfermería a la enfermería chilena es considerable. Entre otras contribuciones, quisiera destacar el papel protagónico que le cupo a nuestras académicas en la creación de la "Sociedad Chilena de Enfermería". Esta institución, que ha sido presidida en diversas oportunidades por profesoras de nuestra Escuela, entre ellas figuras tan señeras como Sor Paula Puelma, Elba Mateluna y Lilian Viveros, se ha constituido en una eficaz herramienta de promoción de la enfermería chilena a través de las múltiples actividades de docencia e intercambio de experiencias académicas que fomenta y coordina.

Otro aporte significativo, por su innovación y proyecciones profesionales, es la organización del programa de estudios conducente al título de "Enfermera-Matrona". Desgraciadamente, transcurridas casi dos décadas desde su puesta en marcha, este avance aún no recibe el reconocimiento que merece por parte de las autoridades de salud del Estado.

Actualmente, nuestra Escuela de Enfermería está viviendo una etapa de su vida institucional de mucha vitalidad y proyecciones. Junto con dar inicio a un proceso de reforma curricular que por sus objetivos y metodología docente marcará un hito en la enfermería chilena, ha puesto en marcha un ambicioso proyecto de renovación y desarrollo de su planta académica. Este último, tiene como meta fortalecer la investigación científica y tecnológica que se realiza en la Escuela, mejorando su calidad y multiplicando las líneas de trabajo. Para lograr este importante objetivo la Escuela está promoviendo el perfeccionamiento de sus académicos jóvenes, mediante estudios de postgrado en el extranjero, y auspiciando un activo intercambio académico con escuelas de enfermería de reconocido prestigio.

Concluye el decreto fundacional con las bendiciones del Señor Arzobispo, Don Crescente Errázuriz, para todos los miembros de la Facultad y a los bienhechores de esta obra, particularmente los más insignes de estos: Don Fernando Irarrázaval Mackenna y su señora, Doña Mercedes Fernández, y "cuantos cooperen a esta obra de tanta gloria de Dios y bien de la Iglesia y de la patria y de toda la sociedad, y que ha sido objeto de nuestros más ardientes deseos". A los bienhechores antes señalados, debemos agregar el nombre de Doña Mercedes Valenzuela de Villela, quien donó a la Universidad su hacienda "Ranquihue", para la construcción del Hospital Clínico. La Facultad también ha sido beneficiada por numerosas instituciones. Una de las primeras fue la "Fundación Gildemeister", que apoyó en forma muy importante el desarrollo de nuestra investigación científica. Sería largo mencionar a cada una de las instituciones que nos han ayudado, pero a todas ellas, nuestro recuerdo reverente y la más profunda gratitud.

El aporte de nuestros numerosos benefactores, tanto personas como instituciones, ha sido fundamental para el desarrollo de la Facultad de Medicina. Gracias a ellos, además de poder construir nuestra antigua sede y el Hospital Clínico, hemos podido incorporar a la Escuela de Enfermería, construir el Pensionado del Hospital, crear la Maternidad y el Servicio de Pediatría, cubrir una parte considerable de los gastos de habilitación y construcción de la Unidad Coronaria, construir y habilitar el Centro de Investigaciones Médicas y el Centro para el Estudio del Cáncer Digestivo; adquirir un gran número de equipos médicos y financiar becas y muchísimas otras obras menores. Hace pocos meses, una generosa donación anónima cercana al medio millón de dólares, ha posibilitado la realización de un proyecto muy importante en el área de vítreo-retina.

Es muy gratificante y motivador que una institución como la nuestra, cuyo único fin es servir a la Iglesia y la comunidad, sea objeto de una acción tan noble como la generosidad de muchas personas, porque significa que está cumpliendo bien su misión. En el gesto de dar hay un elemento de altruismo y solidaridad, pero también de reconocimiento e identificación con la institución beneficiada. Más allá de sus alcances prácticos, sin duda cruciales en nuestra historia, es ese el aspecto que debemos valorar y agradecer cuando somos favorecidos por una donación. La presencia de la bondad y generosidad de otros en nuestra vida institucional es un mensaje de Dios respecto al cual debemos mantener siempre abierto el espíritu. Nos recuerda constantemente que tenemos necesidad de otros para que no olvidemos que nosotros también nos debemos a otros.

En los últimos años, hemos tenido la sensación de que el ritmo de nuestros cambios se ha acelerado y de que la Facultad ha comenzado una nueva etapa de su historia, cuya dirección apenas logramos vislumbrar. La sociedad chilena se transforma y experimenta las tensiones que acompañan a todos los procesos en los cuales la dinámica de los acontecimientos sobrepasan las expectativas y la capacidad de adaptación de las instituciones y las personas. Tanto en los aspectos culturales, como en los demográficos, políticos y económicos, el signo de los tiempos es la incertidumbre y las personas tienen la percepción de una creciente impotencia respecto a lo que acontece. El mundo se ha deshumanizado y esa deshumanización abarca, de manera clamorosa, todo el quehacer del área de la salud, a la que pertenecemos.

Sin intentar descifrar los signos de los tiempos o adivinar lo que el futuro nos depara, sabemos que el desafío mayor será el de humanizar al mundo de la salud, y que esa tarea tendrá como campo de batalla a nuestras propias conciencias. Por eso debemos prepararnos ahora, fortaleciendo la vigencia de los valores fundacionales y acometiendo las nuevas tareas con la misma audacia providencialista de quienes nos han precedido. Desde esa perspectiva, la fortaleza o debilidad de las futuras generaciones no será otra cosa que la heredad espiritual que reciban de nosotros.

Es por eso que quiero concluir refiriéndome al punto quinto del Decreto Fundacional: "Elegimos como Patrono de la Facultad de Medicina (...) al Evangelista San Lucas. " Nuestro Santo Patrono, cuyo nombre hemos invocado en innumerables ocasiones, simboliza la pertenencia indisoluble de nuestra Facultad a la Iglesia Católica y al compromiso que con ella hemos adquirido como instrumentos para su misión evangelizadora. San Lucas nos recuerda que el amor de Dios se hace sensible en nosotros cuando nos acercamos a nuestros hermanos en actitud fraterna. Es esa manera de concebir nuestra tarea educadora y de servicio, la única que otorga sentido genuino a nuestra institución y a sus deseos de proyectarse al futuro.

Hemos sido bendecidos con la presencia y el aporte de muchas personas que, en cargos de responsabilidad o en forma casi anónima, antepusieron el bien de la Facultad a sus legítimos intereses. Ese es el generoso legado que estamos celebrando y al que debemos responder aportando nuestro propio esfuerzo. Por eso los invito a continuar construyendo esta hermosa y noble obra que es la Facultad de Medicina con el mismo espíritu, generoso y dedicado, de nuestros predecesores. Los designios de Dios la han puesto en nuestras manos como un hermoso regalo y, a la vez, como una prueba de nuestra fidelidad a los deseos del Padre, que quiere "restaurar todo en Cristo cuanto existe en los cielos y sobre la tierra" (Ef 1,10).

Muchas gracias.