En materia de publicaciones se suele hacer una distinción entre lo que son, por un lado, las fuentes, que son básicamente obras de creación -literarias, históricas, filosóficas, científicas, etc.-, y por otro, la llamada literatura secundaria, es decir, los estudios de esas fuentes, los comentarios, los análisis.

Mientras más importante sea una fuente, mientras mayor sea su valor intrínseco, más abundante será, por supuesto, la literatura secundaria acerca de ella. Pero hay casos en que el volumen de la literatura secundaria es definitivamente desmesurado y desafía cualquier inventario. Se estima, por ejemplo, que en los últimos 250 años se han publicado -entre artículos, ensayos, libros y tesis- aproximadamente 30.000 escritos sobre Hamlet. Si alguien quiere, a esta altura de las cosas, escribir, por ejemplo, una tesis sobre esta tragedia de Shakespeare, debería pensarlo más de una vez. Entre otras razones, porque el estudio de una obra es también el estudio de la bibliografía acerca de dicha obra.

Es cierto que el de Hamlet es, en esta materia, un caso extremo; pero, en general, hay consenso hoy día en cuanto a que, efectivamente, estamos sumergidos en el mundo del papelerío de la literatura secundaria. En el último medio siglo -diría yo- hemos asistido, en Occidente, a un crecimiento poco sano de la labor editorial en este aspecto, labor editorial que con demasiada indulgencia y poca discriminación le ha dado acogida, cada vez con mayor frecuencia, al escrito prescindible.

Una de las cosas que tenemos que agradecer a los autores del libro que aquí se presenta es, precisamente, el que sea la publicación de una fuente y, particularmente, de una fuente hasta hoy inasequible en nuestra lengua. Esta, en efecto, es la primera traducción que se hace al español de la obra de Vesalio.

Los estudios universitarios, particularmente los humanísticos -pero no exclusivamente ellos-, están llamados a regenerarse permanentemente a través del estudio de las grandes obras, de la lectura e interpretación de los textos clásicos, en el sentido más amplio del término. La literatura secundaria -comentarios, panoramas, manuales- será bien venida, por cierto, cuando represente un aporte, pero no puede jamás, ni en el mejor de los casos, llegar a sustituir el encuentro directo del estudioso con las obras originales. Nuestras bibliotecas y nuestras librerías, sin embargo, se empeñan en hacernos creer lo contrario; cualquiera de nosotros habrá seguramente comprobado que en ellas uno puede fácilmente encontrar una estantería completa con obras, por ejemplo, acerca de la Edad Media o del Renacimiento, pero que raramente pueden ofrecernos una buena edición -a veces ni buena ni mala- de Petrarca o de Bocaccio o de Lutero o de Ficino, para mencionar a autores de los que se suele oír hablar.

Hay que reconocer, pues, que nuestra información es, con demasiada frecuencia, de segunda mano. No se puede pretender que las humanidades recuperen su vigor manejando exclusivamente sucedáneos; estos, a fin de cuentas, no hacen sino desnaturalizar la genuina tradición y crear una falsa conciencia de saber. La historia de las disciplinas humanísticas muestra sobradamente que nada de real valor ha surgido cada vez que ellas han abandonado el contacto directo con las fuentes y se han confiado a manuales y amonedaciones escolares. Y es que el camino natural del conocimiento enseña que para comprender cualquier síntesis abstracta es preciso ascender a ella desde la observación de los hechos que abarca y compendia.

Este libro acerca de Vesalio quiere ser, justamente, una contribución a los estudios científico-humanistas que aspiran a organizarse en torno a las obras fundamentales de nuestra tradición. Tras esta elección que, por encima de las disciplinas sistemáticas, quiere privilegiar el estudio de los autores -es decir de sus obras-, se halla la madurada opinión de que es particularmente así, enderezando los estudios hacia la lectura e interpretación de las obras clásicas, como estos estudios habrán de ganar vitalidad y progresar en excelencia

Este libro, en su formato, se acoge a un modelo tradicional y probado de la filología; a saber, el texto original, en este caso el texto latino de Vesalio; en segundo lugar, una traducción (la que aquí estuvo a cargo de Claudia Chuaqui), y, precediendo a este conjunto de texto y traducción, una introducción, un amplio estudio sobre la obra y su autor (trabajo que en este caso realizó el Doctor Benedicto Chuaqui).

Como soporte bibliográfico central de un curso universitario, este estudio y esta traducción se prestan magníficamente para ser leídos y comentados detalladamente en clases. En lo personal, debo decir que, de estudiante, las mejores experiencias escolares las tuve justamente asistiendo al trabajo deliberadamente modesto -pero altamente exigente- de un profesor que leía y explicaba un texto, y que lo hacía ocultando su subjetividad casual, buscando solamente ser un intérprete. El profesor humanista, en efecto, debe ser, básicamente eso: un intérprete de la tradición, un guía que muestra de modo inmediato la grandeza del legado cultural y entrega a cada uno su libertad de preferir. El objetivo principal de la enseñanza de las humanidades ha de ser, por tanto, poner al estudiante frente a las obras clásicas. Así orientada, la clase adquiere una estructura superior, y el texto clásico, presente, pone al alumno virtualmente a salvo incluso de un comentario magistral erróneo. Como auténtico intérprete, el profesor consumará su misión cuando su persona espiritual desaparezca, cuando logre producir la comunicación entre los estudiantes y la obra. El sentido genuino de la interpretación, en efecto, es la objetividad del texto,

no el discurso magistral, que a veces no hace sino tapar con subjetividad casual la brecha abierta hacia el universo de la tradición.

Lo dicho cobra particular relieve si consideramos que la obra de Vesalio está enclavada en los orígenes de la modernidad. En el Renacimiento europeo, básicamente como reacción contra un modo de pensar, sentir y vivir que venía haciendo crisis, se consolida un nuevo modo de hacer ciencia. El hombre renacentista, dejando atrás un modo de razonar que, en general, era bastante ciego frente a lo vivo, reorientó su especulación intentando recuperar la escamoteada realidad del mundo y de sí mismo. A pesar de las dificultades con que se halló para llevar a cabo su tarea rectificadora, su espíritu crítico lo llevó a enfrentar la ignorancia tradicional adoptando una actitud nueva frente a la realidad, fundada en la observación, la reflexión, la confrontación, la discusión.

La consigna, entonces, fue acumular laboriosamente los datos, los experimentos, las observaciones, y sobre estas conquistas ir edificando paso a paso las certezas. La verdad no estaba en la especulación abstracta, sino que era hija del tiempo (veritas filia temporis). El error fundamental del método tradicional, en cambio, residía en operar deductivamente en todo, en pretender resolver cualquier problema, humano o divino, a partir de ciertas premisas establecidas a priori, como quien creyera, por ejemplo, que puede resolver todos los problemas de la estética con una definición de la belleza, o todos los problemas de la moral con una definición del bien y del mal. Frente a este método metafísico-dialéctico, los renacentistas levantarán el método histórico-inductivo, que, con su conciencia histórica y su ruptura con el principio de autoridad, resultaría decisivo para el desarrollo ulterior saneado de las humanidades y de las ciencias.

Fruto de un genuino amor por las letras, en particular por los estudios latinos, este texto elaborado por Benedicto y Claudia Chuaqui tiene, aparte su valor histórico, un valor paradigmático. Los asuntos aquí considerados no tienen un interés meramente académico, pues la obra de Vesalio sigue siendo, en muchos aspectos, un modelo capaz de orientar la conducta del científico y de alertar contra desvíos.