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(La eutanasia es el acto de darle muerte a alguien por “misericordia”, para aliviar sus dolores). La eutanasia no es un “acto médico”. La medicina tiene por objeto el curar o aliviar. Para matar no se necesita un médico. Puede hacerlo cualquiera. Un veterinario, un químico farmacéutico, un biólogo o cualquier otro tipo de persona no están menos calificados que un médico para quitar una vida. Hay una forma de “acto médico” frente a una vida sufriente y en estado terminal, es el “cuidado paliativo”. El uso de los cuidados paliativos, que han adquirido un sólido fundamento científico, ha venido en los últimos años a aliviar de modo muy significativo el tiempo que precede a la muerte de un enfermo. El dolor físico, la angustia, la soledad y sensación de abandono pueden ser combatidos eficazmente con el uso atinado de fármacos, con cuidados solícitos de enfermería, con el acompañamiento generoso. Esta es la experiencia de innumerables centros de atención médica repartidos en el mundo entero, donde se procura tratar con los enfermos hasta el último momento, haciéndoles sentir que son personas amables y valiosas para los demás hombres. Hay, pues, una “conducta médica” efectiva y humana frente al enfermo terminal. Si un enfermo llega hasta el punto de exigir la muerte, eso arroja una sombra de duda sobre la calidad de acompañamiento médico que está recibiendo. No hay nadie que se pueda arrogar el derecho de matar a un inocente. Llamar a la eutanasia un “suicidio asistido” es hacerse parte de un engaño. Los enfermos graves, los dementes no quieren morir. Si así no fuera, les costaría poco eliminarse. Los hombres y las mujeres que están muy sufrientes son como todos los demás: quieren vivir mientras puedan hacerlo. En la eutanasia, el suicidio es sustituido por una forma compleja de homicidio. Se hacen funcionar comisiones de expertos que lo justifican y autorizan, y que implícitamente terminan diciéndole al enfermo que su vida no vale nada y que se puede prescindir de ella. Hay siempre algún médico que contribuye a lo mismo. Suele haber una familia que, con su silencio cómplice o con palabras expresas, le dice al paciente que su vida es un estorbo social. Toda una máquina legal y reglamentaria se pone en marcha y puede llegar a convencer al enfermo de que al morir hace un bien y que no puede negarles este bien a los que lo rodean. No sabemos, por cierto, si la muerte alivia al enfermo. Lo que nos consta claramente es que ella alivia la tensión de quienes están cerca de él. La eutanasia no es, pues, un suicidio. Es una forma compleja de homicidio, en el cual se asocian la víctima y los verdugos. La eutanasia es una lacra social. Si se acepta que un juicio de expertos puede declarar prescindible una vida inocente y condenarla a ser eliminada, surgirán los casos similares, parecidos, las analogías. Una legislación que permita la eutanasia arroja una nube de desconfianza sobre la convivencia de los enfermos o discapacitados con el personal que está a cargo de ellos. Nadie está libre de caer un día en la enfermedad y la invalidez, y de transformarse en un objeto posible de eutanasia. La medicina y el médico dejarán de ser agentes seguros de defensa del enfermo: pueden transformarse en los peores enemigos. Para las organizaciones que administran la salud, la eutanasia es una tentación permanente, la tentación de deshacerse de enfermos costosos. La eutanasia desvaloriza la vida humana. La sociedad que la acepta en sus cuerpos legales se está disponiendo a buscar otras víctimas posibles en su deseo de librarse de cargas inútiles que entorpecen la vida social. Si se pueden terminar vidas humanas inocentes para extirpar la presencia de su dolor, cuánto más fácil será encontrar motivos y pretextos legales para destruir a cualquier ser humano que sea más costoso que útil. La presentación de la eutanasia como una forma de libertad es una burla. Los moribundos necesitan cuidados, compañía, alivio. No necesitan para nada complicados procedimientos que los induzcan a morir. La legislación que permite la eutanasia no es una liberación, sino una forma cruel de presión moral sobre muchos enfermos. “...los enfermos terminales son personas que necesitan protección frente a presiones familiares, sociales y económicas, y que son a menudo especialmente vulnerables a tales presiones, por razón de sus propios sufrimientos físicos, su depresión y los efectos de la medicación” (Debate en el Parlamento de Alaska). No fue por amor a la libertad que Hitler desencadenó una campaña masiva de eutanasia, dirigida de preferencia contra enfermos mentales y niños pequeños. Estos no se hallaban en condiciones de pronunciarse libremente sobre su propia suerte, ni siquiera de eludir la acción de sus asesinos. El obispo Galen, defensor valeroso de la humanidad frente al nazismo, denunciaba esos crímenes diciendo que ellos resultaban “...de la creencia de que es legítimo quitar aquellas vidas que no valen la pena de ser vividas”, y recordaba a Jesús llorando sobre Jerusalén: “...Esa es la razón para las lágrimas de Jesús, las lágrimas de Dios... Lágrimas sobre el atropello, sobre la injusticia y el rechazo del hombre...”. La presencia de enfermos terminales y de enfermos mentales incurables obliga a la sociedad a definirse en cuanto a su consideración del ser humano. Esta definición puede ser el “Ay de los vencidos” del caudillo bárbaro, que es simplemente una catástrofe moral. Puede ser también la de la solidaridad, que sabe que el cuidado de los débiles es el más noble privilegio de los seres humanos. Desde la Antigüedad, la medicina se hace “para el bien del enfermo”. No se puede trastornar esa vocación sin destruir toda posibilidad de una medicina humana. El carácter sagrado de la vida del ser humano pobre, enfermo y abandonado hace un llamado permanente a la conciencia social, que exige que los débiles sean cuidados por los fuertes. La sociedad que lo desoiga pierde su dignidad, y sus miembros renuncian a su propio derecho inviolable a la vida. |
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