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Resumen |
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En la actualidad reconocemos la necesidad de articular el discurso bioético
no solo como una propuesta racional, argumentada y fundada con
rigor, sino además con verdadera capacidad de ponerse
en escena e interactuar con diversas cosmovisiones. La bioética
necesita legitimarse como una propuesta racional y razonable
en el espacio público. Si bien cada bioética está
inscrita en una cierta visión, esto no debe significar
que sea imposible mostrar a la bioética como saber riguroso,
como ciencia estricta. Si esto no fuera posible, la pretensión
de verdad que esta posee se desplomaría. En el presente
artículo el autor reconoce la necesidad de superar la
controversia de una bioética católica vs.
una bioética laica y describe cinco elementos fundamentales
para desarrollar una “bioética sin adjetivos”.
Estos elementos son: concebir la bioética como saber
principalmente filosófico y de metodología interdisciplinar;
acompañado de una rigurosa biofilosofía; con apertura
al dato revelado y la teología; y constitutivamente orientado
por una antropología personalista.
palabras clave: bioética personalista; bioética laica; personalismo;
biofilosofía; racionalidad.
TOWARDS A BIOETHICS WITHOUT ADJECTIVES
At the present time we recognize the necessity to articulate bioethics not only
as a rational proposal, argued and founded with rigor, but as
one with true capacity to put itself in scene and to interact
with diverse world views. Bioethics needs to legitimize itself
as a rational and reasonable proposal in public space. Although
each bioethics is enrolled in a certain vision, this does not
mean that it is impossible to show bioethics as strict science.
If this was not possible, the pretension of truth that bioethics
has would collapse. In the present article the author recognizes
the necessity to surpass the catholic vs. lay bioethics controversy
and describes five elements to develop a “bioethics without
adjectives”. These elements are: to conceive bioethics
as a mainly philosophical science with interdisciplinary methodology;
accompanied by rigorous biophilosophy; with opening to the revealed
data and theology; and constituently oriented by personalistic
anthropology.
Key words: biophilosophy; personalism; personalistic bioethics; secular
bioethics.
Introducción
En un ensayo elaborado hace poco más de un año intenté mostrar
la necesidad de pensar en una “Bioética sin adjetivos”1.
Con este término pretendí evidenciar la importancia
de construir una bioética rigurosamente fundada ante
la tendencia ilustrada y postilustrada de concebir este saber
como un cierto arte para lograr consensos en la discusión
pública sobre asuntos biomédicos.
En aquella ocasión, Tristam Engelhardt era mencionado por su servidor
como uno de los ejemplos más elocuentes de reducción
de la bioética a técnica para el consenso debido
a que justamente en una de sus obras más conocidas
nos muestra que los trabajadores sanitarios han de vivir en
“dos mundos morales”2: por una parte,
en el mundo de sus convicciones personales que les permiten
justificar, en ocasiones, aun comportamientos virtuosos y
hasta heroicos en la práctica médica; y por
otro lado, en el mundo de la vida pública, en el que
las convicciones morales privadas no se pueden “justificar
en términos seculares generales con una autoridad moral
secular general y canónica para todos”3.
De esta manera, Engelhardt exhorta a que el profesional de
la salud se autocomprenda como un “burócrata
y geógrafo de valores”, es decir, como una persona
que sabe cómo proceder ante “extraños
morales” que piensan distinto a él, sin lastimar
su libertad y promoviendo lo que mejor responda a los intereses
de los pacientes4. Para lograr este objetivo será
preciso que todos los involucrados en estas cuestiones aprendamos
a hablar en “una lingua franca neutral para una
sociedad pluralista secular”5.
La solución que ofrece Engelhardt me parece desafortunada. Ante las múltiples
valoraciones y convicciones que convergen en el seno de la
sociedad actual ¿una lingua franca neutral es
la vía para lograr una bioética racional y razonable
a la altura de los desafíos actuales? Soy de la opinión
que no. No basta encontrar un cierto conjunto de valores seculares
más o menos aceptables por todos para desde ellos intentar
construir los límites éticos de las prácticas
biomédicas, no basta construir un lenguaje más
o menos formal (es decir, sin contenidos particulares) para,
desde esa asepsia comunicativa, edificar una bioética
auténticamente operativa para los agentes sanitarios.
Ambos elementos son relevantes en cierto grado, no hay que
descartarlos como factores que participan en la construcción
de la bioética. Sin embargo, no son ingredientes suficientes.
1. Necesidad de una bioética racional y razonable
¿Por qué no bastan estos elementos? Porque, como decíamos
en el texto referido, todos sabemos bien que existe la posibilidad
de lograr consensos y acuerdos, entre dos o más personas,
respecto de acciones particularmente perversas. Por otra
parte, una lingua franca neutral, esterilizada de
contenidos axiológicos particulares, fracturada de
las convicciones que alimentan la vida privada, tendería
a volverse éticamente irrelevante si fuese posible
construirla. Por otra parte, algunos pensamos que este experimento,
en sí mismo considerado, es imposible, debido a que
el habla se inscribe al interior del conjunto de actos libres,
y por ende, se encuentra cargada de suyo por contenidos
morales de diversa índole. Hasta un lenguaje puramente
formal, como el propio de la matemática, al momento
de utilizarse por un sujeto humano, comporta la realización
de un acto libre, que si bien no lo afecta en su contenido
eidético particular, sí lo hace en tanto que
acción realizada por un sujeto consciente, es decir,
en tanto que actus personae. Cuando la hipotética
lingua franca no está referida a contenidos
matemáticos sino precisamente a construir normas
que orienten de manera efectiva el actuar moral, no vemos
cómo sería posible liberarla de una determinada
axiología, de una determinada antropología,
de una determinada ontología, al menos implícita.
Sin embargo, con esto dicho, no queremos descalificar todo el planteamiento realizado
por Engelhardt. Es importante reconocer que este autor como
muchos otros se encuentran en la búsqueda de una
presentación adecuada de una ética para la
práctica biomédica o de una ética para
la tecnociencia que pueda ser considerada auténticamente
legítima en la discusión pública
contemporánea.
Dicho de otro modo, es una verdadera necesidad social el articular el discurso
bioético no solo como una propuesta racional, es
decir, argumentada y fundada con rigor, sino además,
lo que también es requerido, es verdadera capacidad
de ponerse en escena, en interacción con diversas
cosmovisiones. La bioética necesita legitimarse como
una propuesta razonable en el espacio público.
2. Necesidad de una bioética que supere la controversia “bioética
católica” vs. “bioética
laica”
El énfasis colocado en “lo público”, muchos lo traducen
rápidamente en una invitación explícita
a tratar de fundamentar la bioética desde las premisas
que sostienen la noción de “lo público”
en las sociedades liberales contemporáneas. ya hemos
visto, en el ensayo referido, cómo Max Charlesworth
construye su hipótesis sobre la naturaleza de la
bioética precisamente desde este punto de vista6.
¿Es este itinerario argumentativo el más adecuado? ¿Una
ética racional y razonable para los seres humanos
que participamos en la vida pública debe de diseñarse
desde estas premisas? Consideramos que la respuesta a estas
preguntas es negativa. Los fundamentos de una bioética
racional y razonable son otros…
Sin embargo, cuando alguien responde así es fácil que su perspectiva
sea encuadrada dentro del debate como una postura de bioética
religiosa, de bioética católica, de bioética
basada en la “sacralidad de la vida” frente
a la bioética laica, a la bioética científica,
a la bioética secular. Cuando un participante en
un debate imaginario renuncia a fundar la bioética
en alguna versión de neocontractualismo, casi en
automático, surge la sospecha de que su postura no
es auténticamente laica y acorde a la sociedad pluralista
actual, sino que utiliza premisas de sospechosa procedencia
metafísico-religiosa.
De hecho, ya existe quien considera que este arrinconamiento está perfectamente
justificado, y es expresivo de la verdadera naturaleza del
debate. En un libro reciente7, Giovanni Fornero,
discípulo y colaborador de Nicola Abbagnano, intenta
mostrar que no es Helga Kuhse la que inventó la polarización
entre una bioética basada en la noción de
“sacralidad de la vida” y otra bioética,
la bioética laica, basada en la noción de
calidad de vida8. Fornero sostiene que es la
propia naturaleza de las bioéticas en conflicto las
que las delimita como bioéticas “fuertes”,
católicas, metafísicamente fundadas, y bioéticas
“débiles”, anticatólicas
y antimetafísicas.
Fornero además dice que quienes deseamos construir una bioética
sin adjetivos9, una bioética que no es
católica ni laica, sino simplemente “bioética”,
incurrimos en un grave error: confundir el plano teorético
(o de derecho) y el plano historiográfico (o de hecho).
Esto quiere decir que, según este filósofo
italiano, personas como su servidor ignoran que no existe
“la bioética” sino que lo que existe
fácticamente es una pluralidad de bioéticas
que responden a diversos horizontes globales de sentido,
en los que el carácter “religioso” o
“laico” es sumamente determinante10.
Asimismo, este autor, citando a M. Mori, advierte que quienes
aspiramos a una bioética sin adjetivos podemos ser
fácilmente conducidos a crear “sincretismos
inconsistentes”11.
Tengo la impresión de que Giovanni Fornero ve un aspecto verdadero de
la cuestión: cada bioética está inscrita
en una cierta cosmovisión. Sin embargo, esto no debe
significar que sea imposible mostrar a la bioética
como saber riguroso, como ciencia estricta. Si esto
no fuera posible, la pretensión de verdad que la
bioética posee se desplomaría. Conviene no
olvidar que la misma cuestión ha aparecido siempre
en la historia de la filosofía. Si bien es cierto
que existen numerosas “filosofías” es
posible y necesario profundizar en las razones que hacen
de esta ciencia una auténtica ciencia estricta12.
De una manera análoga, el constatar una pluralidad
de bioéticas no debe atemorizar a la razón
para tratar de constituir a este saber de manera rigurosa
y capaz de participar en el espacio público, intersubjetivo,
aun con “extraños morales”.
3. Elementos fundamentales para la constitución de una bioética
racional y razonable
Una bioética sin adjetivos, desde mi punto de vista, puede pretender ser
racional y razonable a partir de cinco elementos fundamentales
que colaboran precisamente a que sea un saber científico
estricto. Estos cinco elementos, como se verá, no
están cerrados a la interpelación del dato
revelado, a la metafísica, a la búsqueda de
la verdad, etc. Sin embargo, no se mantienen estos rasgos
como compromiso de escuela, como fidelidad a una cierta
Weltanschauung, sino precisamente como búsqueda
sincera de la verdad radicada en las cosas mismas.
3.1. La bioética es un saber principalmente filosófico y metodológicamente
interdisciplinar: el papel de una antropología
normativa
Cuando se utiliza el vocablo “bioética” la mente con facilidad
imagina un cierto saber nuevo, una cierta originalidad.
De hecho, existen esfuerzos importantes para argumentar
a la bioética así: como un conocimiento
original, prácticamente inaugurado ayer y, en ocasiones,
como un conocimiento nacido casi ex nihilo. La
larga historia de la ética médica nos muestra
que existen muchos antecedentes de la actual bioética
que no pueden ser obviados. En esta ocasión no
miraremos esta cuestión en perspectiva histórica13.
Considero que es mejor abordarla de modo especulativo,
es decir, intentando entender cuál es el estatuto
epistemológico de la propia bioética.
Una manera abrupta pero elocuente de afrontar esta cuestión consiste en
preguntarnos: ¿cuál es la índole
de los juicios bioéticos?, ¿cuál
es el saber que constituye formalmente al juicio bioético
como bioético? Cuando una persona hace una afirmación
del tipo: “el aborto provocado no debe ser practicado”;
o cuando se formula una pregunta en un comité hospitalario
del tipo: “¿debo o no debo experimentar con
embriones humanos?” lo que sucede es que la persona
manifiesta que en su propia experiencia humana, en la
experiencia que posee como persona en acción, el
deber se muestra como factor articulador fundamental.
La experiencia del deber emerge al interior de la acción
humana14. y al hacerlo, matiza y atraviesa
toda la preocupación expresada ya sea en la sentencia
o en la pregunta antes anotada.
La pregunta “¿debo o no debo experimentar con embriones humanos?”
resulta ininteligible si no se reconoce en ella una cuestión
primariamente práctico-normativa antes que empírico-descriptiva.
De esta manera, podemos advertir de un modo sencillo que
si bien la bioética necesita del concurso de diversas
disciplinas, muchas de ellas de tipo empírico-descriptivo,
el principal desafío que afronta consiste en ser
capaz de ofrecer un saber práctico-normativo de
cariz antropológico que permita descubrir qué
es lo que se debe de hacer.
Desde este punto de vista, la “bioética” no es una ciencia
nueva sino simplemente es la ética, entendida como
antropología normativa, que versa sobre los desafíos
biomédicos y biotecnológicos contemporáneos.
Ahora bien, si el criterio de unidad sapiencial de la bioética es la ética,
¿cuál es el papel de las demás disciplinas
que participan en su constitución? (disciplinas
que son muy variadas: medicina, biología, ecología
y sus respectivas subdisciplinas). Las diversas ciencias
deben de presentar sus resultados con el más riguroso
fundamento científico y con explícita conciencia
de la fragmentariedad de su discurso. Este es el momento
“multidisciplinar” previo a la interdisciplina.
Uno de los riesgos más importantes que hoy tenemos para lograr interdisciplinariedad
real es la implícita, y a veces explícita,
conciencia de que cada saber es el más importante,
es el punto de vista principal, es la perspectiva que
abraza el fenómeno en su totalidad. Esto no es
así: cada saber particular tiene por objeto un
cierto segmento de realidad y lo estudia bajo un particular
enfoque. Hay que evitar a toda costa excesos epistemológicos,
es decir, emitir juicios que van más allá
de los propios límites y alcances del método
de un cierto saber.
Asimismo, la ética para poder emitir un juicio sobre una materia compleja,
que no solo implica el dato biológico, sino además
la pretensión de una eventual intervención
terapéutica, y el uso de diversas tecnologías
para el diagnóstico y para el tratamiento, requiere
de verdadera capacidad integrativa en su momento
metodológico. La interdisciplinariedad no consiste
simplemente en estudiar de manera ordenada los aspectos
biomédicos, luego en reflexionar sobre sus implicaciones
antropológico-éticas y finalmente en tratar
de elaborar una solución práctica. Lo más
importante radica en que los diversos dialectos científicos
de las diversas disciplinas puedan encontrar una gramática
común que los articule e integre en el papel
que les corresponde. Soy de la opinión que una
gramática como la referida es la que surge de una
nueva reconsideración de la ley natural como gramática
de la acción.
Esto mismo puede ser dicho de otro modo: la interdisciplinariedad deviene en
sincretismo cuando no está presente una antropología
capaz de interactuar realmente con las diversas ciencias
de la vida, y simultáneamente, ofrecer datos que
permitan entender que la dimensión normativa de
la existencia no adviene extrínsecamente a la acción
humana sino que, sin caer en falacia naturalista, esta
es una dimensión constitutiva de la propia experiencia
humana. La ley natural, entendida como ordo rationis,
como orden racional, como uso recto de la razón
práctica que descubre la estructura natural de
la verdad sobre el bien y orienta a las inclinaciones
hacia su destino auténticamente humano, puede lograr
este cometido. Ahora bien, cuando la ley natural se presenta
como un conjunto normas derivadas deductivamente de las
inclinaciones, esto que decimos aquí se torna imposible15.
Una antropología que no suspende metodológicamente la dimensión
moral de la vida humana y que argumenta con rigor que
la dignidad es un aspecto constitutivo y no meramente
consecutivo de la estructura de la persona humana, provee
entonces de un juicio ético y de un criterio de
unidad sapiencial que permite ordenar dialectos científicos
diversos, en una mirada común.
3.2. La bioética supone una rigurosa biofilosofía
No es posible elaborar una bioética rigurosa, racional y al mismo tiempo
razonable cuando no se presta atención adecuada
a los datos que proveen las diversas ciencias de la vida.
Este prestar atención no significa simplemente
hacer resúmenes de sus resultados, o platicar mucho
con los expertos en medicina y en biología, sino
principalmente tener la capacidad de lectura filosófica
del dato biológico empírico. Para realizar
esto, lo primero es detectar que toda biología
posee presupuestos ontológicos sin los cuales es
imposible que se exprese y se presente como ciencia. La
biología no es una suerte de receptáculo
en el cual simplemente se colocan los datos empíricos,
sino que estos de suyo son interpretados de una cierta
manera, bajo una cierta comprensión sobre el ser,
la causalidad, los todos y las partes, etc.
Por ejemplo, piénsese en la frecuente presentación de los datos
empíricos procedentes de un organismo vivo como
datos que si bien poseen continuidad en sus diversos niveles,
también poseen elementos para advertir momentos
en los que emerge una originalidad no presupuesta en las
propiedades de sus ingredientes constitutivos. Aquí
es donde se encuentran dos hipótesis explicativas:
por una parte la de quienes buscan reconducir el fenómeno
de lo vivo a un conjunto de intercambios quimicofísicos
y, por otro lado, la de quienes piensan que la vida es
un fenómeno irreductible a los sistemas materiales
complejos que la soportan.
¿Por qué a partir de los mismos datos empíricos surgen dos
explicaciones tan diversas? Porque la lectura ontológica
de estos datos es distinta. Cuando hablamos de lectura
ontológica no significa que estemos haciendo un
exhorto de “aplicación” artificiosa
de una ontología previamente elaborada a lo que
nos dice la biología. Lo que queremos decir es
que el mismo fenómeno empírico puede ser
interpretado de manera distinta dependiendo del modo como
la inteligencia se despliega al momento de reconocer las
estructuras inteligibles ínsitas en él.
Cuando la inteligencia, de inicio, está clausurada
a una perspectiva metafísica, evidentemente la
apreciación de lo irreductible, de la esencia
de lo vivo, se torna muy difícil, o se mantiene
en un nivel más bien descriptivo que no logra advertir
las nociones de sustancia, de causa, de fin, aun al momento
de hablar de sistema, de autopoiesis, de teleonomía…
En este punto, apreciar el esfuerzo realizado por Aristóteles en su época
puede ser muy importante. El no “aplicó”
una metafísica previamente confeccionada al momento
de tener que interpretar el fenómeno de lo viviente,
sino que precisamente el proceso fue al revés.
Fue una observación atenta de los vivientes la
que le permitió, entre otras cosas, lograr precisar
su noción metafísica de “sustancia”.
Desde mi punto de vista así es como hay que proceder:
reaprendiendo a elaborar una ontología a partir
de las exigencias que posee el fenómeno de la vida
orgánica, no viceversa16. Dicho de otro
modo: es necesario que toda bioética esté
acompañada de una rigurosa biofilosofía.
3.3. La bioética es constitutivamente abierta al dato revelado y a
la teología
La bioética, si es un auténtico ejercicio racional, tiene que estar
constitutivamente abierta a la provocación del
dato revelado. La noción ilustrada de razón
como medida de sí misma no solo ha fracasado teoréticamente,
sino que la evidencia cultural de su colapso es patente
particularmente hoy en día. Por ello, pensamos
que una bioética rigurosa perfectamente puede ser
una bioética cristiana si con ello se entiende
una articulación fe-razón que no introduce
subrepticiamente argumentación teológica
sino que se mantiene en su papel de ofrecer a la inteligencia
un horizonte de comprensión mayor.
Dicho de otro modo, el viejo tema de la “filosofía cristiana”
reaparece aquí. La expresión “filosofía
cristiana” no significa filosofía confesional,
sino filosofía simpliciter y, por ello,
abierta a la posibilidad de un Misterio que salve.
¿No estamos claudicando a nuestra idea de construir una “bioética
sin adjetivos”? Desde mi punto de vista, no. La
auténtica filosofía cristiana es la que
muestra su articulación racional y la ofrece “públicamente”
a examen. Evidentemente, cuando una escuela de filosofía
cristiana se asume de modo no-filosófico, es decir,
se asume como herramienta apologético-defensiva,
esta pretensión se colapsa y la bioética
cristiana, eventualmente, aparece como un discurso confesional
y confesionalizante que desde una muy particular cosmovisión
se lanza a tratar de emprender batallas (perdidas desde
su inicio) en el contexto de una sociedad secular y democrática.
3.4. La bioética es constitutivamente personalista
La bioética, finalmente, no puede ser sino constitutivamente personalista.
El personalismo no consiste en repetir mecánicamente
ciertas frases, cierto canon de ortodoxia filosófica.
Consiste, como hemos dicho en otras ocasiones, en ser
capaces de argumentar con rigor que: 1) la persona humana
merece ser tratada como fin y no ser usada como mero medio;
2) la persona humana es un ente esencialmente distinto
a las cosas; 3) la persona es un sujeto comunional; 4)
la vida personal es irreductible a otras formas de vida
y a sistemas materiales complejos; y 5) la persona debe
ser defendida en todos los casos, en especial, cuando
se presenta de manera máximamente vulnerable y
frágil17.
Una bioética personalista, por ende, no debe afirmar su “personalismo”
como un cierto compromiso de escuela y menos como una
suerte de inercia o de pose “políticamente
correcta” en ciertos circuitos católicos
o eclesiásticos. Si de manera tácita o explícita
esta actitud se nos presenta, nuestra intención
de contribuir a un debate racional y razonado queda minada
de inicio. El personalismo tiene que profundizar en sus
razones, en sus justificaciones, en su modo de expresarse.
De esta manera, el personalismo puede fecundar sin complicaciones
una bioética sin adjetivos y presentar su fuerza
argumentativa por vía intrínseca, desde
el interior de la arquitectura racional de la bioética,
y no como una suerte de bandera exterior ofrecida a debate,
sin antes haberse justificado.
4. Conclusión
El proceso de elaboración de una bioética sin adjetivos está
muy lejos de ser concluido. Requerirá del esfuerzo
de muchas personas que amando la vida y la verdad sobre
el hombre estén dispuestas a consagrar su inteligencia
al servicio de esta causa.
Termino estas líneas recordando un breve texto de Stanislaw Grygiel que
me continúa punzando cuando medito sobre estas cuestiones:
El hombre que reduce la vida a un quehacer (facere) descuida la verdad
que hay que conocer y el bien que hay que amar (agere).
Se limita a producir sin profundizar en la tradición
de la actividad de la conciencia moral de los demás.
Por tanto, para los holgazanes que en vez de hacer (agere)
simplemente producen (facere), la vida representa
solo la materia con la que construir objetos que se poseen
en el presente. A estos se les escapa lo que acontece en
el acto de conocer y de amar, que trasciende al hombre mismo,
igual que el fuego trasciende la leña elevándose
hacia lo Alto. (…) La bioética ayuda al hombre
a estimar la vida si se plantea verdaderamente la pregunta
fundamental, planteada cada vez más profundamente,
sobre el ser del hombre. En esta pregunta se debe reflejar
la vida humana cuya dimensión metafísica se
manifiesta en el diálogo entre la esperanza que constituye
al hombre y la Promesa del don que adviene. En este diálogo,
llamado también vida espiritual, se da la liberación
del hombre de la propia razón, lo cual le permite
pensar, en el sentido más profundo del término18.
Citas
1 El texto en su primera versión fue expuesto en un Seminario Internacional
de Comités de Bioética en la Universidad Anáhuac
(Ciudad de México) el 25 de noviembre de 2005. Posteriormente,
con algunas modificaciones fue leído en la Pontificia
Universidad Católica de Chile el 31 de mayo de 2006.
Ha sido publicado como: Guerra López R. “Por
una Bioética sin adjetivos. La Bioética en
el contexto de la crisis moderno-ilustrada”, en Medicina
e Morale. Rivista Internazionale di Bioetica, Centro di
Bioetica-Università Católica del Sacro Cuore
/ Facoltà di Medicina e Chirurgia Agostino Gemelli,
n. 6, 2006, pág. 1189-1204.
2 Engelhardt H. T. Los fundamentos de la bioética,
Paidós, Barcelona 1995, pág. 107.
3 Ibíd., pág. 108.
4 Cf. ibíd., pág. 107-109.
5 Ibíd., pág. 108.
6 Charlesworth M. La bioética en una sociedad liberal.
Cambridge University Press, 1996.
7 Fornero G. Bioética católica e bioética
laica. Bruno Mondadori, Milano, 2005.
8 Kuhse H. The Sanctity-of-Life Doctrine in Medicine. A
Critique. Clarendon, Oxford 1987.
9 Fornero cita a Ramón Lucas como ejemplo de una
postura así.
10 Fornero G., óp. cit., pág. 16-17 y pág.
200-201.
11 Mori M. “Una replica a Giannino Piana”, en
Bioetica, 2002, n. 4, pág. 805-809: 806.
12 Husserl E. “Philosophie als strenge Wissenschaft”
en: Aufsätze und Vorträge (19111921),
Hrsg. Thomas Nenon und Hans Rainer Sepp, Husserliana Bd.
XXV, M. Nijhoff, Dordrecht/Boston/Lancaster 1987, pág.
3-62; Seifert, J. Phänomenologie und Philosophie als
strenge Wissenschaft. Zur Grundlegung einer realistischen
phänomenologischen Methode – in kritischem Dialog
mit Edmund Husserls Ideen über die Philosophie als
strenge Wissenschaft, en: Filosofie, Pravda, Nesmrtlenost.
Tòi praúskå pòednáóky/Philosophie,
Wahrheit, Unsterblichkeit. Drei Prager Vorlesungen (tschechisch-deutsch),
pòeklad, úvod a bibliografi Martin Cajthaml,
Vydala Kòestanská akademie Òim, svacek,
edice Studium, Prague 1998, pág. 14-50.
13 Para una presentación histórica de la bioética,
véase: Jonsen A. R. The Birth of Bioethics, Oxford
University Press, New Cork 1998; Reich W. T. The Word “Bioethics”:
Its Origins and the Legacies of Tose Who Shaped It, en:
Kennedy Institute of Ethics Journal, 1994, pág. 319333;
Russo G. (ed.). Storia della bioetica. Le origini, il significato,
le istituzioni, Armando, Roma 1995.
14 Cf. Wojtyla K. L’uomo nel campo della responsabilità,
en: Metafisica della persona. Tutte le opere filosofiche
e saggi integrativi, a cargo de Reale G. y Styczen T., Bompiani,
Milán 2003, pág. 1217-1301; Guerra López
R. Repensar la vida moral. Experiencia moral, teoría
de la moralidad y antropología normativa en la filosofía
de Karol Wojtyla, en Tópicos, 2007, (en curso de
publicación).
15 Para una crítica de algunas posturas “inclinacionistas”
en materia de fundamentación de la ley natural, véase:
Guerra López R. Afirmar a la persona por sí
misma. La dignidad como fundamento de los derechos de la
persona, CNDH, México 2003.
16 Aristóteles, Metafísica, trd. García yebra,
Gredos, Madrid 1990, Z, 17, 1041b 28-30. Cf. Kosman, L.
A. Animals and Other Beings in Aristotle, en Gotthelf A.
y Lennox J. (eds.), Philosophical Issues in Aristotle’s
Biology, Cambridge University Press, Cambridge 1987, pág.
360.
17 Guerra López R. La persona es fin y no medio. El fundamento
normativo de la bioética personalista, en Tomás
G.M. y Postigo E. (eds.), Bioética personalista.
Ciencia y controversias, presentación de Mons. E.
Sgreccia, EIUNSA, Madrid 2007, pág. 39-69. Véase
también: Guerra López R. Volver a la persona.
El método filosófico de Karol Wojtyla, Caparrós,
Madrid 2002.
18 “Grygiel S. Para mirar al cielo. Vida, vida humana y persona,
en Scola, A. (ed.). ¿Qué es la vida?, Encuentro,
Madrid, 1999, pág. 38 y 45.
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