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Resumen |
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En este artículo se muestra que la Iglesia Católica ha hecho importantes
aportes al desarrollo de la Bioética, tanto en sus orígenes
históricos como en la reflexión sobre algunos
temas y contenidos particulares. Desde el punto de vista histórico,
se menciona la creación de algunas instituciones y organismos
que han contribuido al desarrollo de una bioética católica;
desde la perspectiva de los temas y contenidos, se propone que
el aporte específico de la Iglesia Católica al
desarrollo de la bioética comprende cuestiones de método,
de epistemología y de fundamentación. En este
contexto se mencionan algunos documentos del Magisterio eclesiástico
que han contribuido a iluminar y enriquecer la reflexión
bioética sobre algunos temas concretos. Central a este
aporte de la Iglesia es la comprensión de la persona
y su dignidad, especialmente a partir del Concilio Vaticano
II, que desarrolla un “personalismo critológico”.
Particularmente relevante ha sido, en este mismo sentido, la
contribución de Juan Pablo II a través de sus
escritos publicados antes y durante su Pontificado.
palabras clave: bioética; personalismo; Iglesia Católica;
personalismo cristológico.
CONTRIBUTION OF CATHOLIC CHURCH TO THE DEVELOPMENT OF BIOETHICS
This article shows that the Catholic Church has made important contributions
to the development of Bioethics, both in its historic origins,
as well as in the reflection on particular topics and contents.
From a historical point of view, reference is made to the creation
of some institutions and organisms that have contributed to
the development of catholic bioethics; form the perspective
of the topics and contents, the author proposes that the specific
contribution of Catholic Church to the development of Bioethics
is related to questions of methodology, epistemology and foundations.
In this context, some magisterial documents that have enlightened
and enriched the debate on particular topics are mentioned.
Central to the contribution of the Church is an understanding
of the person and human dignity, especially after Vatican II
that developed a “Christological personalism”. In
his context, the contribution of John Paul II through his writings
– both before and during his Pontificate– is considered to be particularly
relevant. Key words: bioethics; personalism; Catholic
Church; christological personalism.
Introducción
Al abordar este tema, no se puede omitir que sobre la definición de Bioética
no existe uniformidad de pensamiento desde el punto de vista
histórico y de la literatura corriente; hay quienes
la consideran, más que propiamente una verdadera disciplina,
un método de comparación de índole plural
y multidisciplinar.
La definición contenida en la Encyclopedia of Bioethics de la edición
de 1975 dice así: “Estudio sistemático
de la conducta humana en el ámbito de las ciencias
de la vida y de la salud examinada a la luz de los valores
y de los principios morales”1.
Esta definición hace referencia a los principios y valores en un sentido
no determinado, y lógicamente hace pensar en una exposición
y en una confrontación entre varias posiciones y múltiples
orientaciones. La definición de Bioética en
las dos sucesivas ediciones es todavía más compleja,
y se manifiesta en estos términos: “Estudio sistemático
de las dimensiones morales –incluidas la visión
ética, las decisiones, la conducta y las políticas–
de las ciencias de la vida y de la salud, utilizando varias
metodologías éticas con una impronta interdisciplinaria”2.
La enciclopedia misma es un ejemplo de que esta reflexión
que no es solamente interdisciplinaria –lo que es lógico
y necesario para el fin que persigue la Bioética–,
sino también pluralista, es decir, presenta diversas
visiones morales3. También en lo que respecta
a la amplitud de los horizontes de la bioética se constatan
diversas propuestas según los distintos fundadores
de la nueva disciplina: algunos piensan sobre todo en una
ética de la medicina entendida como asistencia al paciente
y como investigación biomédica, como en el caso
de Pellegrino, Thomasma y Callahan; otros ven la bioética
como la búsqueda de un equilibrio entre el hombre tecnológico
y la naturaleza exterior en sentido de ética ecológica
y ambiental, como afirma Potter, y otros, como Peter Singer,
consideran el conjunto de la biosfera en la unidad bioética
hombre-animal, considerados sin una distinción ontológica.
En esta diversidad de horizontes y de concepciones de la ética y de las
visiones bioéticas, la pregunta sobre lo que ha sido
la contribución de la Iglesia necesita de una precisión,
ya que existen diversas bioéticas o un conjunto de
sistemas de pensamiento bioético, y la Iglesia se coloca
con un horizonte epistemológico y filosófico
definido desde su visión de la vida.
Podemos hablar de una contribución previa al advenimiento de la bioética
y después del nacimiento de este nombre. Podemos hablar
luego de la contribución histórica del Magisterio
de la Iglesia al abordar varios temas y problemas bioéticos.
En fin, pienso que se puede y se debe hablar de la contribución
de la Iglesia en las cuestiones de método, de epistemología
y de fundamentación.
En lo sucesivo, no hablaré genéricamente de la contribución
de la Iglesia a la bioética tout-court, sino
de cuál ha sido la contribución específica
de la Iglesia, porque no es una cuestión de cantidad,
sino de calidad y especificidad.
Esta precisión no debe hacer pensar en una menor relevancia, sino, al
contrario, en una específica conciencia crítica,
puesta por la Iglesia al interior de esta disciplina, de manera
análoga a lo que ha sucedido en el curso de los siglos
en el ámbito de la filosofía con el aporte de
la filosofía cristiana.
La contribución de la Iglesia en la fase de los orígenes históricos
Desde un punto de vista histórico, el pensamiento bioético se alimenta,
como un río, de varias vertientes: paralelamente a
aquella potteriana, que tiene como centro el ecosistema global
(global ethics), se delinea rápidamente una
corriente que tiene como centro el hombre y el sistema de
los progresos de la ciencia biomédica. Es en esta segunda
dirección donde inicialmente se ha hecho escuchar la
influencia de la Iglesia Católica. Así, en el
centro de la Georgetown University, regida por los
padres jesuitas, surge el Kennedy Institute of Ethics.
Un ginecólogo holandés de nombre Hellegers, que había participado
en el Vaticano en los trabajos de la Comisión Especial,
instituida por Paulo VI, sobre el problema de la anticoncepción,
después de la emisión de la Humanae Vitae
en 1968 –aun encontrándose entre los disidentes–,
sintió el deber de reflexionar sobre los problemas
de la demografía y de la procreación humana,
instaurando un diálogo entre la investigación
médica, la filosofía del hombre y la ética
y, al mismo tiempo, promoviendo un diálogo horizontal
con investigadores, estudiosos y alumnos de diversas naciones.
Hellegers se trasladó a trabajar a la Georgetown University, e
invitó al teólogo moralista protestante Paul
Ramsey a dictar algunos cursos en los años 1968-69;
fue aquí, en los años 70, que Ramsey publicó
dos volúmenes: The patients as persons y Fabricated
men, que se pueden considerar como los primeros textos
que divulgaron el conocimiento de la bioética en América.
En 1971 fue fundado el Kennedy Institute of Ethics4,
y por muchos años fue su director el profesor Edmund
Pellegrino, de clara y fiel impronta católica, el cual
más recientemente, siempre al interior de la Georgetown
University, ha contribuido al nacimiento del Center
for the Advanced Studies in Ethics y junto a Thomasma
ha instaurado los conceptos fundamentales sobre la relación
médico-paciente (ver nota 3). La influencia de este
centro en el desarrollo de la bioética ha sido muy
importante, como, por ejemplo, en la publicación de
la Enciclopedia de Bioética, que hemos mencionado
anteriormente, y en las múltiples iniciativas académicas
y de difusión, como el boletín bimestral New
Titles in Bioethics, la revista trimestral Kennedy
Institute of Ethics Journal y la colección Scope
note Series.
Por lo que respecta a la información online ha surgido aquí la
organización de la Bioethicsline Service, apoyada
por la National Library of Medicine de Bethesda.
Siempre en EE.UU., en este mismo tiempo se funda en Saint Louis el Pope John
XXIII Center for the Avanced Studies in Ethics que, con
su explícita fidelidad al Magisterio de la Iglesia
Católica, ha publicado una serie de volúmenes
en el curso de los años.
También de inspiración católica son los dos centros surgidos
en Australia: The Thomas More Center y el St. Vincent’s
Bioethics Center.
En Europa, entre los centros católicos, se deben considerar los siguientes:
L’Institut Borja de Bioética, vinculado
a la Facultad de Teología de Sant Cugat del Vallès
en Barcelona y dirigido por el profesor Francisco Abel, colaborador
de Hellegers5 desde los años 75-76; el Linacre
Centre for the Health Care Ethics, fundado en 1977 en
Inglaterra; el Centre de Bioéthique surgido en 1983
en Lovaina, Bélgica; y para terminar, nuestro Centro
romano de Bioética que después germinó
y dio origen al Instituto de Bioética en 1985.
Más allá de estos centros mayores, han surgido sucesivamente otros
en las universidades católicas, como en Chile y en
México en la Universidad de Anáhuac dirigida
por los religiosos Legionarios de Cristo.
Desde 1993 está activa una Federación de Institutos de Bioética
Personalista (FIBIP) que comprende alrededor de 40 centros
con sede principal en la Universidad Católica del Sagrado
Corazón de Roma. El personalismo cristiano con fundamentación
ontológica se vale del diálogo fe-razón
al interior de la doctrina católica y representa una
presencia importante en el actual momento de desarrollo de
la Bioética en varios continentes. Si se quisieran
recoger las portadas de revistas y los títulos de volúmenes,
de las colecciones y de las enciclopedias, nacidas al interior
de los centros y de los institutos católicos, creo
que se debería reconocer el amplio y calificado aporte
ofrecido a la cultura científica y ética del
mundo católico en estos últimos 35 años.
Esto testimonia la activa participación de ellos en
esta disciplina6.
La contribución de la Iglesia católica respecto a los temas y contenidos
Antes que apareciera el término de Bioética, la medicina científica
se ha caracterizado desde sus orígenes por su carácter
ético. Es conocido el Juramento de Hipócrates
(460-370 a.C.), que ha influenciado la actividad médica
aun antes del cristianismo7. Está también
documentada la influencia más o menos universal que
ha tenido la ética hipocrática en el mundo antiguo,
en el pensamiento filosófico clásico de la Grecia,
en el mundo sirio, persa y egipcio durante los siglos sucesivos.
El cristianismo en esta fase histórica no se ha limitado a hacer una buena
acogida a la ética hipocrática y, tal como ha
hecho con el pensamiento filosófico de Platón
y de Aristóteles, ha introducido nuevos conceptos y
nuevos valores a través de la teológica moral
y de la praxis médica. El valor de la persona humana,
originado en la doctrina sobre la creación del hombre
a imagen y semejanza de Dios, en la doctrina sobre la Encarnación
del Hijo de Dios y la redención operada por Jesucristo,
así como en la enseñanza evangélica y
el ejemplo de Jesús, ha llevado a encuadrar en el orden
de la caridad el ejercicio de la medicina y a considerar a
Cristo mismo presente en el enfermo. El cristianismo también
ha subrayado la obligación del médico de representar
la figura de Cristo/Médico al lado del enfermo y del
que sufre, así como el deber de todo fiel de asistir
al enfermo y de visitarlo.
Sobre el plano de la praxis, el cristianismo ha aportado en el mundo, junto al
Evangelio, la institución del hospital, desde los tiempos
posteriores a la persecución de la época de
Constantino, y sucesivamente como obra del Monaquismo Oriental
y Occidental, por iniciativa de los Obispos y de las Órdenes
Religiosas Hospitalarias y de las Obras de las Confraternidades
e Instituciones Eclesiásticas laicales. También
después de la Revolución Francesa y la afirmación
de los Estados Nacionales, la presencia de la Iglesia Católica
y de las otras confesiones religiosas cristianas ha continuado
tanto en el campo de la asistencia religiosa extendida también
a los hospitales públicos, como en la gestión
directa de obras e instituciones de asistencia e investigación.
Esto ocurre en nuestros días en los países emergentes
y en aquellos desarrollados. Hoy son más de 30.000
las instituciones gestionadas directamente por la Iglesia.
Constante ha sido la elaboración teológica de la Iglesia acerca
de los temas de la moral médica en el Medioevo y en
la época moderna, especialmente sobre aquellos referentes
a la tutela de la vida humana8.
Los testimonios escritos de esta praxis pastoral y de la consiguiente elaboración
teológica se deben ubicar no solo en la Regla de San
Benito (Cap. XXXVI, 1), sino todavía antes, en las
disposiciones del Concilio de Nicea (325 d.C.), que declaraba
que toda ciudad dispusiese de un albergue (cap. LXX): a este
respecto surgieron iniciativas como la construcción
de una especie de ciudad-hospital por voluntad de San Basilio
en Cesarea (370 d.C.), mientras en Belén, San Jerónimo
creó una casa de reposo que fue dirigida por mujeres
nobles venidas de Roma. Los monasterios en Occidente fueron
lugares de asistencia a los pobres y a los enfermos, así
como lugares de estudio de la medicina.
En los lugares de peregrinaje en Roma, en Jerusalén, en Santiago de Compostela
surgen institutos de albergue y de salud (Scholae),
gracias a las comunidades de peregrinos o de la autoridad
eclesiástica correspondiente: el hospital más
antiguo de Europa es el Santo Espíritu de Sassia, en
Roma; las Órdenes caballerescas contribuían
a la custodia de estos lugares.
Un impulso viene también de las Órdenes Mendicantes como es el
caso de las hermanas Mantellatas ligadas a los dominicanos
y de las Beghine inspiradas en el orden franciscano. En el
período de las Órdenes Hospitalarias fundadas
por San Juan de Dios (1495-1559) para enfermos mentales, y
por San Camilo de Lelis (1550-1614), la asistencia religiosa
en períodos muy difíciles se potenciaba y se
extendía.
La Reforma protestante trajo consigo la decadencia de los hospitales religiosos
en Europa del norte. Luego, en el siglo XVIII, la Revolución
Francesa pedía al Estado la asistencia a los enfermos,
mientras la asistencia espiritual continuaba confiada a los
religiosos y las religiosas de los “hospitales civiles”
y de los hospitales dirigidos directamente por las “Obras
Religiosas”.
Así continuó la elaboración doctrinal de la cual encontramos
testimonio en los Padres de la Iglesia: la Didaké
(70-90 d.C.), la carta a Diogneto (150-170 d.C.),
El Apologético de Tertuliano confirman el unísono
la condena del aborto.
Los concilios de Elvira del 305 y aquel de Ancira del 364 conminaron penas canónicas
para quien cometiera este delito. Se disputaba sobre el problema
del momento de la animación: encontramos a Tertuliano
y Gregorio de Nisa, declarados a favor de la animación
simultánea; Gerolamo, Teodoreto de Ciro y San Agustín,
declarados a favor de la animación tardía; más
tarde también Santo Tomás, el teólogo
Juan de Nápoles (1300) y Tomás Sánchez
(1600) asumieron esta posición. La disputa no había
comprometido el juicio negativo sobre el aborto aun del feto
retenido no animado. San Alfonso María Ligorio refutará
la posición de la animación sucesiva.
En nombre de esta teología la Iglesia Católica ha desarrollado
una moral médica de carácter teológico
que proclama la sacralidad y la inviolabilidad de la vida
de toda criatura humana, condena el aborto (aun cuando existen
discusiones teológicas e incertezas científicas
sobre el “feto formado” y sobre el “feto
no forma-do”), así como condena el infanticidio,
la eutanasia y las mutilaciones de diversos tipos. Nace una
“moral médica” que toma cada vez más
cuerpo al interior de los tratados teológicos sobre
la justicia y también en el comentario al mandamiento
de “no matar”.
Existe un período histórico significativo en el cual sucede la
máxima expresión de la “moral médica”
en el campo católico, y esto sucede en los años
del Pontificado de Pío XII. Quien revise los Discursos
y los Radiomensajes de Pío XII (1939-1957),
publicados en 20 volúmenes por la Librería Editorial
Vaticana, encuentra una voluminosa colección de discursos
dirigidos a los médicos9. Dos son los principales
aspectos que tales discursos intentan reiteradamente subrayar:
por una parte, los flagrantes crímenes nazistas –cometidos
dentro y fuera de los campos de concentración- y en
segundo lugar los riesgos de los avances del progreso tecnológico,
que en su ambigüedad podrían ser dirigidos contra
la dignidad y la vida humana.
Los documentos del Magisterio de la Iglesia Católica referentes a la ética
médica, que están más cercanos a los
años del nacimiento de la Bioética, en una fase
ulterior y que en algún modo determinan también
las orientaciones de la naciente disciplina en campo católico,
son aquellas que aparecen con el Concilio Vaticano II y con
el Pontificado de Pablo VI.
El Concilio Vaticano II ofrece, en la constitución pastoral Gaudium
et Spes, una visión del mundo y del progreso humano
centrada sobre la dignidad del hombre, considerado a la luz
de Cristo.
“Según J. Ratzinger –escribe el estudioso Del Pozo Abejón
en un artículo en el que comenta este tema– Gaudium
et Spes n. 22 inaugura en la Iglesia un nuevo tipo de
teología enteramente cristocéntrica que, partiendo
de Cristo, busca hacer teología así como una
antropología, que se vuelve por primera vez completamente
teológica, porque a través de Cristo es capaz
de incluir también al hombre en el discurso de Dios,
descubriendo así la más profunda unidad de la
teología. Se trata además de un texto, continúa
Ratzinger, que alcanza gran altura teológica y tiene
un valor orientador para la actividad teológica en
la situación de hoy”10.
El párrafo de la Gaudium et Spes es el siguiente: “En realidad,
el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del
Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era
figura del que debía de venir (Rm 5, 14), es decir,
Cristo nuestro Señor, Cristo, el nuevo Adán,
en la misma revelación del misterio de Padre y de su
amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le
descubre la sublimidad de su vocación. Nada extraño,
pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren
en Cristo su fuente y su corona… En él, la naturaleza
humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también
en nosotros a dignidad sin igual. El hijo de Dios con su encarnación
se ha unido, en cierto modo, con todo hombre…”11.
El párrafo viene como conclusión de todo el capítulo que
reflexiona sobre la dignidad de la persona humana.
El hecho de que este punto central de referencia del pensamiento conciliar, la
persona humana y su dignidad, esté comprendido en la
cristología, no le quita su accesibilidad por parte
de la razón y del pensamiento filosófico. Este
principio hermenéutico debe ser leído a la luz
de aquello que Juan Pablo II expondría en su Encíclica
Fides et Ratio12, que subraya el círculo
de recíproca iluminación en el encuentro entre
el intelecto, que es propio de la dimensión espiritual
de la persona humana creada por Dios, y la fe de la cual Dios
es también fuente y autor.
El personalismo cristológico del Concilio Vaticano II subraya, por otra
parte, el origen por creación. La creación pone
al ser humano al vértice del universo del cual es custodio
y asignatario, también como síntesis y microcosmos,
pero al mismo tiempo lo configura como imagen y semejanza,
es decir, como espejo en el cual Dios se refleja y que a Dios
retorna dialogalmente. El concepto de Creación está
plenamente manifestado por la Revelación, pero es también
exigencia de razón, exigencia radical y plena, también
para quien quiera sostener científicamente el evolucionismo
en el desarrollo de la obra creada. La creación pone
al hombre como portador de una naturaleza dual y unificada,
espíritu y cuerpo en la unidad de la persona, llamada
a realizarse en el respeto de su naturaleza y con una libertad
responsable. La naturaleza humana, creada así por Dios
y a Él orientada, está al mismo tiempo estructuralmente
marcada por la complementariedad de los sexos y por la distinción
y singular identidad de cada uno: el hombre y la mujer llevan
en sí unidad de naturaleza e igualdad de dignidad,
y se relacionan en la comunión de la sexualidad, en
la cual están llamados a realizarse y enriquecerse
como personas y, al mismo tiempo, a abrirse a la fecundidad
y a la procreación en la libre responsabilidad.
Una síntesis de esta antropología la podemos encontrar en el reciente
Documento de la Comisión Teológica Internacional
titulado Comunión y servicio.13
Es en esta óptica antropológica que se coloca una de las más
grandes cuestiones de bioética que caracterizará
el debate sobre la anticoncepción y que implicará
el tema del birth control, de los denominados derechos
sexuales y de la procreación responsable; todos estos
temas que encontraran el punto de confrontación y de
conflicto en la Encíclica Humanae Vitae de 196814.
Aun cuando el término Bioética no había aparecido, este
problema del respeto de la “inseparable unión”
de la dimensión unitiva y de la dimensión procreativa
del acto conyugal, que supone la orientación de la
sexualidad en relación al matrimonio, entrará
plenamente en el debate bioético por un largo tiempo
desde los años 68 hasta nuestros días.
Basta pensar que el tema se retoma no solo en la condena de la contracepción
y del aborto y con los problemas de la demografía,
como hemos mencionado, sino que también en los temas
de las grandes conferencias Mundiales (Budapest, Ciudad de
México, Cairo, Pekín) cuyas conclusiones se
han aplicado en los programas de “salud reproductiva”
en muchos países. Las mismas problemáticas de
la procreación artificial, que se imponen a partir
de los años 80, serán iluminadas en las posiciones
católicas por el núcleo doctrinal de la Humanae
Vitae.
La importancia de la Humanae Vitae, de la cual este año (2008)
se celebra el cuadragésimo aniversario, se puede comprender
también del hecho de que uno de los mayores centros
de pensamiento bioético del que hemos hablado, el Kennedy
Institute, fuera activado por Hellegers, quien había
formado parte de la Comisión Internacional postconciliar
para discutir los problemas de la anticoncepción y
que no había compartido las conclusiones a las que
llegara Pablo VI en la Encíclica Humanae Vitae.
Así Hellegers, a pesar de estar de parte de la mayoría
numérica que no encontró acogida en el planteamiento
propuesto en la Encíclica, contribuyó con convencimiento
a motivar las actividades y muchas posiciones doctrinales
del Centro mismo.
Sabemos a distancia que la “orientación favorable” sobre los
temas de la Humanae Vitae ha caracterizado la posición
católica centrada sobre el respeto de la naturaleza,
poniendo el acento sobre la responsabilidad; mientras la “oposición”
ha caracterizado una antropología fundada sobre el
concepto de libertad y de autonomía que amplía
siempre más los horizontes y el límite de la
autodisponibilidad y de la manipulación de la corporeidad15.
El período de Juan pablo II
La explosión y la expansión de la bioética han acontecido
durante el Pontificado de Juan Pablo II (1978-2005). Se necesitaría
aquí recordar ante todo el pensamiento que lo ha predispuesto
a participar activamente en el Concilio, en el contribuir
en la discusión sobre la Humanae Vitae y a desarrollar
sucesivamente el pensamiento en los documentos de su Magisterio.
No es fácil resumir el pensamiento de Juan Pablo II sobre la vida humana
y sobre los problemas de matrimonio y de la familia, porque
él ha sido teólogo, filósofo, poeta,
dramaturgo, así como Pontífice de la Iglesia
Católica, y ha sembrado la palabra magisterial no solo
en los documentos oficiales, sino también en muchos
discursos y escritos monográficos16.
Particularmente las obras de índole filosófica publicadas antes
de su elección al Pontificado ofrecen su visión
de la persona humana y sobre el amor humano en modo sistemático.
En este contexto no se puede hacer menos que recordar los
siguientes textos sobre el amor humano: Persona y Acto,
Por qué el hombre, Amor y responsabilidad, que
han sido traducidos a varios idiomas17. Es también
conocida su obra dramática El taller del orfebre18.
Durante el Pontificado, entre los numerosos volúmenes que recogen los
puntos esenciales de su doctrina sobre los temas que conciernen
a la vida humana y los problemas de la bioética, no
se pueden dejar de destacar la colección de discursos
que comentan los primeros libros del Génesis, publicada
con el título Varón y Mujer los creó19,
las tres Encíclicas consideradas como una trilogía,
Veritatis Splendor (1993), Evangelium Vitae (1995)
y Fides et Ratio (1998) y la misma Encíclica
que escribió al inicio del Pontificado, Redemptor
Hominis (1979). Además de estos documentos fundamentales,
que son expresión del nivel más alto de su Magisterio,
es necesario recordar otros documentos emanados bajo su Pontificado,
como la Instrucción Donum Vitate (1987), publicada
por la Congregación para la Doctrina de la Fe, cuyo
Presidente era el Cardenal J. Ratzinger, documento que aborda
el problema bioético, antropológico y ético
de la identidad y estatuto del embrión humano, en relación
al examen de la práctica de la procreación artificial
y de algunos problemas conexos, que fueron considerados posteriormente
en la Encíclica Evangelium Vitae. Cabe mencionar
aquí también la Declaración sobre
la Eutanasia, de la misma Congregación para la
Doctrina de la Fe en 1980, que abordó un tema bioético
que ahora se ha vuelto urgente.
Aunque de carácter más pastoral, se deben incluir en esta reseña
de Carta Apostólica Mulieris Dignitatem (1988),
que responde a los problemas puestos por el feminismo, y la
Carta Apostólica Gratissimum Sane, dedicada
a las familias (1994).
Importante ha sido –y lo es todavía– la toma de postura frente
a los problemas de las políticas demográficas
promovidas en el mundo en los años 94-9520.
Tienen el nombre y la autoridad de Juan Pablo II, la Exhortación Apostólica
Familiaris Consortio, documento postsinodal de 1981,
que retoma los temas del matrimonio y la familia en una óptica
pastoral en continuidad con la Humanae Vitae y la Carta
Apostólica Salvifici Doloris (1984) que ilumina
en una óptica cristológica el tema del sufrimiento
y del dolor que desarrolla hoy una parte fundamental contra
la eutanasia.
En obras precedentes al Pontificado y, sobre todo, de los Documentos del Magisterio
Pontificio de Juan Pablo II, se evidencia ante todo aquella
que es la antropología delineada en nombre de la Iglesia
Católica como propuesta de valor fundamental y como
criterio de carácter ético.
Es ante todo una antropología completa que defiende y recupera plenamente
todo el recorrido diacrónico y biográfico del
ser humano desde el momento de la fecundación hasta
la muerte natural. A este propósito, el magisterio
de Juan Pablo II ha tocado y mantenido con firmeza, también
frente a la diversidad de posiciones políticas, incertidumbres
legislativas y pronunciamientos de grupos de científicos,
una posición clara sobre la identidad y el estatuto
del embrión humano, con las consiguientes prohibiciones
morales, relativas al aborto, al diagnóstico preimplantacional,
a la reducción selectiva de embriones, a la experimentación
destructiva, al congelamiento de embriones y su utilización
para la obtención de células estaminales de
origen embrionaria21.
Esta claridad de carácter doctrinal por la que el “embrión
desde el primer momento de la fecundación tiene el
valor de persona humana” formulado en la Donum Vitae
de 1987, y retomado en la Evangelium Vitae, representa
un punto fuerte de la doctrina de la Iglesia Católica
en el campo bioético, propuesto con el fundamento de
la razón y de la fe a todos los hombres de conciencia
recta y a todos los profesionales de la investigación
científica y de la medicina, como también a
todos los padres y a los legisladores. Nunca como en este
período histórico la reivindicación del
derecho a la vida para el niño por nacer –y ahora
también para el moribundo– ha sido tan ardua
y fuerte de parte del Magisterio de la Iglesia Católica
frente al debilitamiento de las legislaciones en varios Estados
y frente a la presión de la investigación científica.
La plena dignidad de la persona humana ha sido reivindicada por la Iglesia también
frente a la tentativa de separar en la esfera de la sexualidad
y del amor humano la dimensión unitiva de aquella procreativa;
sobre los temas bioéticos de la práctica anticonceptiva,
interceptiva, contragestativa, abortiva y esterilizante, y
en el ámbito de la procreación artificial, la
frontera de la Iglesia, gracias al Magisterio de Juan Pablo
II, ha quedado firme y el personalismo ha sido defendido en
su plena dignidad de comunión.
Las mismas temáticas últimamente propuestas de la investigación
biológica sobre la clonación y la investigación
sobre células estaminales han encontrado, en los documentos
citados, la clarificación o la premisa para una clarificación.
Así también el tema de la eutanasia ha sido
puntualmente contrastado en el plano doctrinal, y en el plano
de la prevención y del apoyo al enfermo y el moribundo
en los documentos magisteriales, en modo especial en la Encíclica
Evangelium Vitae.
No se debe pensar que la Iglesia Católica se haya limitado a la difícil
tarea de formular y difundir el magisterio en una época
de pérdida de los valores, de desconfianza en la razón
y de confusiones de conceptos voluntariamente manipulados;
la Iglesia también se ha dado estructuras para promover
una elaboración y una difusión del pensamiento
bioético concordante con la dignidad de la persona
humana.
Más allá de los dicasterios y de los organismos ya operantes en
la Curia Romana, Juan Pablo II, dando concreta aplicación
a las instancias pastorales, ha instituido nuevos organismos
que puedan seguir los complejos problemas pastorales derivados
de la Bioética; de modo particular, podemos recordar
el Pontificio Consejo para la Familia instituido en 1981,
seguido de la Exhortación Apostólica postsinodal
Familiaris Consortio, el Pontificio Consejo para la
Pastoral de la Salud que viene seguido de la Carta Apostólica
Salvifici Doloris de 1984 (antes Pontificia Comisión;
1985) y luego la Pontificia Academia por la Vida, fundada
en 1994.
En particular, la Pontificia Academia por la Vida tiene el fin de “estudiar
en una óptica interdisciplinaria los problemas concernientes
a la promoción y la defensa de la vida, informar de
modo claro, oportuno y detallado a las autoridades de la Iglesia
y las diversas instituciones de la ciencia biomédica
y las organizaciones sociales y sanitarias sobre los resultados
de sus estudios y promover la cultura de la vida en conformidad
con las enseñanzas de la Iglesia”22.
Los documentos del Magisterio sobre la vida, que he recordado, y las instituciones
de los organismos que han orientado las intervenciones de
las conferencias episcopales han favorecido el surgir de centros
e institutos de Bioética, inspirados en la visión
católica de la persona humana por obra de universidades
católicas o conferencias episcopales.
Estos últimos se han multiplicado y difundido en todo el mundo, y cerca
de 40 de ellos se han unido en la “Federación
Internacional de Centros e Institutos de Bioética de
inspiración personalista” (FIBIP). Todo esto
ha provocado la formación de cátedras universitarias,
institutos de investigación y publicación de
volúmenes y libros que representan ahora una contribución
sustancial al desarrollo de esta disciplina.
Conclusión
De modo sintético y como conclusión de esta presentación
sobre lo que ha sido el aporte de la Bioética católica
en el campo de toda esta disciplina, me permito decir que
la contribución realizada ha sido valorada, no solamente
en orden a la educación de los profesionales médicos,
juristas, investigadores del ámbito biomédico
y en la formación de la conciencia del ámbito
pastoral, sino también en el desarrollo del pensamiento
filosófico católico de estos últimos
treinta años. Particularmente relevante ha sido en
este sentido la contribución de Juan Pablo II, incluyendo
sus escritos publicados antes de su Pontificado. La concepción
de la persona humana con Juan Pablo II ha comenzado con los
aportes de la Fenomenología, mediante la cual, como
él mismo ha afirmado, ha podido leer la realidad humana
con más eficacia. Es evidente este influjo en el ámbito
de la descripción de la sexualidad y del amor humano
(la complementariedad de los sexos, el sentido esponsal del
cuerpo, etc.); también esta reflexión ha buscado
su fundamento metafísico en la visión ontológica
de Santo Tomás de Aquino, en la cual apoyo la visión
de unidad/totalidad de la persona humana. Se podría
decir que su personalismo se caracteriza por aquello que se
ha definido con el personalismo ético polaco23,
que ve la realización de la persona en el don de sí,
en el amor entendido como donación de sí al
prójimo, que se encuentra en el Ágape,
es decir, en el amor traído al mundo por Cristo.
No es difícil encontrar en esta línea de pensamiento la primera
Encíclica de Benedicto XVI, Dios es amor, en
la cual se profundiza el encuentro entre el amor entendido
como eros de origen humano y el amor como ágape,
entendido como don de Cristo, del que Cristo es fuente
y ejemplo a imitar24.
Citas
1 Reich W. Encyclopedia of Bioethics, 1978.
2 Íd. Encyclopedia of Bioethics, 1995 y 2004.
3 Para comprender mejor los orígenes y los horizontes de la
Bioética se pueden consultar algunas obras de historia
de la Bioética, por ejemplo: Ionsen A.R., Birth of
Bioethics, Oxford, 1988; Reich W.T. The Word of Bioethics.
The Struggle over its earlist Meanings, en Kennedy Institute
of Ethics Journal, 1995, 5(1), pág. 19-34; Spagnolo
A.G. Bioetica en Dizionario di Scienza e Fede editado por
Tanzella Netti G. y Strumia A., Roma, Urbaniana University
Press, 2002, pág. 198. También se deben conocer
las obras de los pioneros de esta nueva disciplina: Potter
Van Resselear. Bioethics, Science for survival en Perspectives
in Biology and Medicine, 1970, 14(1) pág. 127-153;
Íd. Bioethics: Bridge to the future, Englewood Cliffs
(N.J), 1971; Callahan (ed.) The Hastings Center. A short and
long 15 years in Georgetown Medical Bulletin, 1984, 37 (1),
pág. 6-8; Jonas H. Das Prinzip Verantwortung, Frankfurt
a.M 1979, trad. it. Il principio di responsabilità.
Un’etica per la civiltà tecnologica, Torino,
1990; Beauchemp T.L.-Childress J.F. Principles of Biomedical
Ethics, New york, 1994; Intyre Mc, After virtue. A study in
moral theory, Notre Dame, 1981; Pellegrino E.-Thomasma, For
the patient’s good. The restoration of beneficence in
health care, New york, 1988; Singer P. Practical Ethics, Cambridge
1979; íd., Animal liberation. A new ethics for our
treatment of animals; Íd., Rethinking life and death.
The collapse of our traditional ethics, New york, 1994; Engelhardt
H.T. Jr. Bioethics in pluralist societies, en Perspectives
in Biology and Medicine, 1982, 26, pág. 64-78; Íd.,
Foundation of Bioethics, Oxford University Press, 1996.
4 En 1971 el Instituto fue denominado The Rose and Joseph Kennedy
Institute for the Study of Human Reproduction and Bioethics,
cuando en 1979 Hellegers murió y el Instituto fue anexado
a la Universidad, quedó la denominación de Kennedy
Institute of Ethics. Al interior del Kennedy Institute tiene
su sede el Center for Bioethics y se articulan varias secciones
de investigación (para Europa y para Asia) y departamentos
como el Department for Community and Family Medicine y el
Center for Population Research.
5 Este centro, dirigido por el profesor Abel, comparte las mismas
posiciones críticas hacia la Encíclica de Pablo
VI sobre la contracepción y los motivos afines.
6 Se puede señalar la próxima edición en seis
volúmenes que será publicada en Italia, por
la Enciclopedia di Bioetica e Scienze Giuridiche, como iniciativa
de un grupo de pensadores católicos de diversas universidades.
7 Existen problemas de atribución y de autenticidad, así
como de crítica textual relativos a todo el Corpus
Hippocraticum, comprendiendo el texto del Juramento. El Corpus
es ciertamente el resultado de las contribuciones de una tradición
y no de un solo pensador, sino permanece consolidado también
de frente a la crítica histórica la paternidad
hipocrática sustancial del pensamiento contenido en
el Juramento. Ver Sgreccia E. Manuale di Bioetica, vol. I,
Milano, Vita e pensiero 2003, pág. 14; Von Engelhardt
D. Storia dell’etica medica, en Dizionario di Bioetica
(editado por Leones S. Privitera S.), Boloña, EDB-ISB
1994, pág. 954-958; Gracia D., Fundamentos de Bioética,
Madrid, Edema 1989, pág. 45-84.
8 Di Pietro M.L. Il contributo della chiesa nell’etica medica,
en Storia della medicina e storia dell’etica medica
verso il terzo millennio (editado por Sgreccia, E.), Catanzaro,
Rubattino 2000, pág. 165-213; ver también Agrimi
J.-Cresciani C., Malato, medico e medicina nel Medioevo, Torino,
Loescher 1980; Álvarez Gómez J. L’assistenza
ai malati nella storia della chiesa, en Dolentium Hominum,
1996, I, pág. 45-47.
9 Angelini F. Pio XII. Discorsi ai medici, Roma, Orizzonte medico,
1959.
10 Ratzinger J. Kommentar zum 1 Kapitel, en “LTHK”, Das
Zweite Vatikanische Konzil, III, Herder, Freiburg, im. Br.
1968, pág. 706; Del Pozo Abejón, G. Dio Creatore
e Signore della vita, en Sgreccia E.-Lucas Lucas R. (editores),
Comentario Interdisciplinar a la “Evangelium Vitae”,
Libreria Editrice Vaticana, 1997, pág. 315-332.
11 Concilio Vaticano II. Gaudium et Spes, en “Enchiridion Vaticanum”,
7 dic. 1965, vol. I, EDB, 1993.
12 Giovanni Paolo II. Carta Encíclica Fides et Ratio, Libreria
Editrice Vaticana.
13 Commissione Teologica Internazionale, Comunione e servizio. La
persona umana creata ad immagine e somiglianza di Dio en La
civiltà cattolica, 3705 (6-XI-2004), pág. 254-256.
14 Paulo VI. Carta Encíclica Humanae Vitae (26 julio 1968),
en AAS, 60 (1968), pág. 489.
15 Sgreccia E. Manuale di Bioetica, vol. I, Milán, Vita e Pensiero
2003, pág. 385-425; Finnis J.M. Personal integrity,
sexual morality and responsible parenthood, en Anthropos,
vol. I, 1985, pág. 43-45. Íd., Natural Law in
Humanae Vitae, en Law Quarterly Rev, 1968, 84, pág.
467-471; Tettamanzi D., Humanae Vitae. Commento all’Enciclica
sulla regolazione delle nascite, Milan, 1968; Caffarra, La
famiglia oggi, S. Lazzaro di Savena, 2004; Wojtyla K., en
Metafísica de la persona, Milán, Bompiani, 2003.
16 Sgreccia E. L’insegnamento di Giovanni Paolo II sulla vita
umana. La prospettiva cristocentrica, en Medicina e Morale,
4, 2007.
17 Tales escritos han sido recogidos a cargo de Reale G. y Styczen
T. Karol Wojtyla, Metafisica della persona: tutte le opere
filosofiche e saggi integrativi, Milan, Bompiani 2003.
18 Wojtyla K. La bottega dell’orefice in Tutte le opere letterarie,
Milano, Bompiani, 2001.
19 Giovanni Paolo II. Uomo e donna gli creò. Catechesi sull’amore.
Città Nuova e Libreria Editrice Vaticana 1995, con
las introducciones a los tres ciclos de C. Caffarra.
20 Las Encíclicas más directamente pertinentes a nuestro
tema son: Juan Pablo II, Carta Encíclica Veritatis
Splendor, 6 agosto 1993, en A.A.S., 85 (1993), pág.
1133-1228; Íd., Carta Encíclica Evangelium Vitae,
25 marzo 1995, en A.A.S., 87 (1995), pág. 401-522;
Íd., Carta Encíclica Fides et Ratio, 14 setiembre
1998, en A.A.S., 91 (1999), pág. 5-88. Las Cartas Apostólicas
conexas con los temas de la Bioética son: Carta Apostólica
Salvifici Doloris, 11 febrero 1984, en A.A.S., 76 (1984),
pág. 201- 250; la Carta Apostólica Mulieris
Dignitatem, 15 agosto 1988, en A.A.S., 80 (1988), pág.
1653-1729; la Carta a las Familias (Gratissimum Sane), 2 febrero
1994, en A.A.S. 86 (1994), pág. 868-925. Con el título
de Exhortación Apostólica el Documento postsinodal
del 22 noviembre 1981 de título Familiaris Consortio,
en A.A.S., 73 (1981), pág. 81-191. Los documentos de
la Congregación para la Doctrina de la Fe, que comprenden
directamente los temas de la Bioética son: la Instrucción
sobre el respeto del embrión humano y la dignidad de
la procreación humana (Donum Vitae), 22 febrero 1987,
en A.A.S., 80 (1988), pág. 70-102; Declaración
sobre la Eutanasia, 5 mayo 1980, en A.A.S., 72 (1980), pág.
542-552.
21 Eijk W.J. Il Magisterio di Giovanni Paolo II sul valore della vita
umana in Giornata Commemorativa del Decennale di Fondazione,
a cargo de la Pontificia Academia para la Vida, Ciudad del
Vaticano, Librería Editora Vaticana 2004.
22 Statute of the Pontifical Academy for Life, in year book, Pontifical
Academy for Life (a cargo), 2 ed., pág. 11; AAS, 86
(1994), pág. 388-393.
23 Seifert J. Essere e persona, Milano, Vita e Pensiero, 1989.
24 Benedicto XVI. Carta Encíclica Deus caritas est, Ciudad
del Vaticano, Librería Editora Vaticana 2006.
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