La constatación de grandes discrepancias en el debate ético y bioético
actual plantea el desafío de encontrar puntos de convergencia
que vayan más allá de las intuiciones morales y que
permitan alcanzar verdaderos acuerdos. En el presente artículo
el autor describe, desde su experiencia, la situación actual,
en EE. UU. y Europa, muestra los principales niveles de discrepancia
en la bioética y propone la alternativa de la persuasión
racional en el diálogo moral.
palabras clave: moral natural; bioética; cristianismo; diálogo
moral.
NATURAL MORALITy IN A PLURALISTIC WORLD
In contemporary debates in ethics and bioethics it is quite common to find that
for different authors drastically different claims appear to be self-evident.
There is therefore a need to go beyond intuitions about classes of
cases and to focus on abstract principles on which a genuine agreement
can be reached. In this article the author briefly describes the situation
in Europe and the US with regard to the different levels of disagreement
and then proposes an alternative for rational persuasion within the
moral dialogue.
Key words: natural law; bioethic; Christianity; moral dialogue.
Introducción
Cuando uno participa en el debate público sobre los acuciantes problemas
actuales de bioética, como me ha tocado hacerlo a mí
en EE. UU., una de las primeras cosas que llama la atención
es la notable discrepancia en lo que a los interlocutores les parece
obvio. A mí siempre me ha parecido obvio que el aborto no
puede ser éticamente correcto, pero tengo interlocutores
a quienes les resulta obvio que es éticamente incorrecto
obligar a una mujer a tener un hijo que sinceramente no desea tener,
sobre todo si es producto de una violación.
La constatación de esta discrepancia genera algunas consecuencias ineludibles.
La primera es que si identificamos lo obvio con lo conocido intuitivamente,
tendremos que poner en duda, por ejemplo, el intuicionismo moral
que estuvo tan en boga en la primera mitad del siglo XX. La idea
de Sir David Ross de que ante la necesidad de actuar captamos nuestro
deber en forma intuitiva y sin mayor dificultad resulta ser una
ilusión, una ilusión que se mantendrá incólume
mientras se viva en un mundo en que haya uniformidad en materia
de normas morales1. Lo que sucede, a mi entender, es
que lo que parece una intuición directa no es más
que un juicio rápido, vale decir, la subsunción casi
instantánea de un tipo de acción bajo alguna norma.
Es la arraigada familiaridad con esa norma y su aplicación
lo que le confiere al juicio la apariencia de una visión
directa, sin intermediaciones, que es lo que caracterizaría
a la intuición.
La familiaridad o aceptación visceral de una norma viene dada a su vez
por la cultura en la que uno vive y dentro de la cual la educación,
los pareceres de los más cercanos, las opiniones más
difundidas, los medios de comunicación, etc., juegan un papel
decisivo. Ahora bien, aunque debo confesar que desconfío
bastante de las generalizaciones sobre la o las culturas, me arriesgaré
a esbozar algunas generalizaciones de esta índole para situar
el problema que nos preocupa.
En primer lugar, me parece innegable que la cultura europea actual es claramente
postcristiana. Son tantos los signos de esto que no necesito enumerarlos.
Basta con recordar que los países europeos, en el proyecto
de una constitución común, se han negado a mencionar
siquiera los orígenes cristianos de Europa. y quizás
esto sea lo más sincero que cabe hacer dada la dirección
que están tomando las respectivas legislaciones en asuntos
tan centrales como el respeto a la vida y a la familia. La radical
secularización de la vida europea me parece un hecho difícil
de poner en duda.
La cultura norteamericana parece ser untantodistinta. Un porcentaje altísimo
de norteamericanos se declara religioso y las estadísticas
muestran que casi la mitad de la población adhiere a alguna
forma de fundamentalismo bíblico. En ciertos distritos los
padres todavía insisten en que en las escuelas se enseñe
el “creacionismo”, una doctrina basada en la convicción
de que los primeros capítulos del Génesis deben ser
interpretados literalmente, es decir, prácticamente como
textos científicos. La teoría darwiniana de la evolución
representa a sus ojos un ateísmo radical. Frente a esto la
otra cara de la moneda de la cultura norteamericana, la que se expresa
en la legislación y en las decisiones judiciales, en el pensamiento
filosófico y social, en los ambientes científicos,
en el mundo universitario, en los programas de televisión,
etc., es tanto o más secularizada que la europea.
Bioética de cristianos en un mundo secularizado
La bioética en cuanto forma de pensamiento cultivado en EE. UU. y en Europa
se ha desarrollado entonces en un mundo radicalmente secularizado
y postcristiano. ¿Cómo puede desenvolverse dentro
de él un cristiano o una cristiana que además de adherir
a la fe, adhiere a las grandes tradiciones de pensamiento moral
anteriores a la Ilustración?
Lo primero que me parece claro es que en el debate público esa persona
no puede apelar a la fe o a las autoridades legitimadas por esa
misma fe. La razón primaria de esto es que por esa vía
resulta imposible obtener un acuerdo inicial que permita tener puntos
de partida en común.
Lo que esa persona debe hacer es apelar a la razón, precisamente a eso
que tenemos claramente en común los seres humanos. Pero al
comienzo señalaba justamente que lo característico
de la situación actual es que lo que es per se notum para
una persona no lo es para otra. ¿Cómo proceder ante
esto?
Ciertamente no tiene sentido comenzar enfatizando lo que genera un abismo, y
esto, por lo general, son los juicios acerca de acciones específicas.
Por el contrario, debemos buscar aquellos puntos de contacto en
que puede haber coincidencia y casi siempre se tratará de
principios abstractos en vez de juicios particulares. En esto difiero
de aquellos que piensan que hay una irreducibilidad radical entre
las perspectivas y que solo puede haber acuerdos pragmáticos,
aceptados sin convicción por una o ambas partes.
Para ilustrar lo que tengo in mente quisiera dar un ejemplo. En la conciencia
norteamericana pesa todavía la esclavitud, una nefasta institución
abolida en EE. UU. recién en el último tercio del
siglo XIX, luego de una cruenta guerra civil. A mí me ha
tocado conocer, por ejemplo, a bisnietos o bisnietas de esclavos.
Ahora bien, el principio sobre el que se basa el rechazo de la esclavitud
y que por consiguiente tiende a funcionar hoy como un principio
per se notum es que es éticamente inaceptable que
un ser humano sea usado como un instrumento para beneficio de otro
ser humano. Este principio liberal de no-instrumentalización
es por cierto aceptable para quien hace de la dignidad de la persona
la piedra angular de sus convicciones éticas, y es lo que
motivó a un luchador por los derechos humanos muy anterior
a la Ilustración como el Padre Bartolomé Las Casas2.
Ahora bien, el principio de no-instrumentalización está analíticamente
ligado a otros principios, como por ejemplo el principio de consentimiento
informado. En el caso de experimentación con participación
de seres humanos, si no hay consentimiento informado hay una forma
de instrumentalización en beneficio de otros. Lo mismo puede
incluso ocurrir en el caso de tratamiento o cirugía sin consentimiento.
Si bien se podría argüir que no se busca el beneficio
de otro (salvo que se trate de un médico muy corrupto que
lo haga por lucro), el hecho de que la paciente no sea tratada como
fin en sí misma hace que se pueda hablar de instrumentalización.
Ahora bien, si a la no-instrumentalización (con el componente de no someter
a alguien a riesgo indebido) y al consentimiento informado agregamos
principios de privacidad, de equidad y de no-discriminación,
obtenemos un conjunto de principios que expresan la idea moderna
de dignidad humana, al menos en su vertiente negativa, es decir,
de derechos que deben ser respetados, de derechos que constituyen
un freno para la actividad de otros. Se trata, por otra parte, de
principios que a mi juicio puede y debe aceptar un filósofo
de la ley natural pues todos ellos son susceptibles de ser interpretados
a la luz de los bienes humanos. La instrumentalización, el
privar a alguien de su libertad, por ejemplo, constituye un mal
que impide que esa persona persiga los bienes que la harían
florecer y alcanzar su plenitud humana.
Si esta convergencia es posible, si no es una mera ilusión de mi parte,
¿por qué se producen las grandes escisiones en ética
y bioética que existen en la actualidad?
Niveles de divergencia en ética y bioética actual
Creo que las escisiones se producen a dos niveles. El primero ocurre cuando una
persona lleva a un extremo un principio, por ejemplo, la no-instrumentalización
y defiende el derecho a hacer lo que quiera consigo misma (pues
el que no debe dañar a otros o limitar su libertad
está dentro de los parámetros del liberalismo moderno).
Este es el caso de la persona libertaria que exige que se respeten
las decisiones que la afectan solo a ella e incluso (con una cierta
dosis de incoherencia) que exige ayuda para poder ejercer su libertad.
Una instancia de esto se puede apreciar en las defensas filosóficas
del suicidio asistido y de la eutanasia. En este caso el filósofo
de la ley natural no puede asentir al principio invocado, sino que
debe argumentar que no toda decisión libre o autónoma
es éticamente correcta, y que es la consideración
de los bienes humanos afectados la que provee los criterios éticos
para decidir correctamente. Aquí lo que cabe es una dialéctica
de los bienes humanos.
El segundo nivel de escisión se produce en el caso de ciertas aplicaciones
particulares de los principios. Si en la formulación moderna
del principio de libertad o autonomía se establece que el
límite moral de la acción es el daño a otros,
¿por qué es un lugar común entre filósofos
liberales la permisibilidad del aborto puesto que se causa un daño
irreparable a un niño o niña? Ante esto hay dos respuestas.
La más sofisticada, que no voy a discutir aquí, es
que no existe un deber positivo de sustento exigible de la madre
y que por lo tanto ella puede tomar medidas para que no le sea impuesta
una carga que no ha aceptado libremente. La segunda, la más
común, y que se extiende a otros dominios de decisiones,
como por ejemplo la destrucción de embriones humanos para
la investigación, es que esos organismos humanos jóvenes
no son personas y por ende no tienen los derechos negativos de las
personas.
Esta última disputa no es en rigor una disputa ética sino ontológica,
es una divergencia de opinión acerca de lo que es un organismo
humano joven. Suponiendo que no somos un compuesto de dos substancias
radicalmente distintas sino que somos esencialmente organismos vivos,
¿es un embrión humano algo que en un momento dado
cambia tan radicalmente que antes de ese cambio no merece que se
respete su vida y que después sí? ¿O es un
embrión lo mismo que una persona adulta solo que más
joven y por lo tanto si después merece respeto también
lo merece antes?
Este es el problema de ontología clásica de la identidad de un
objeto que cambia a través del tiempo. La identidad en este
caso es la identidad de un subconjunto de los objetos que están
en el tiempo, a saber, los seres vivos u organismos. El liberalismo
no parece tener una ontología propia que desplegar ante nuestra
vista y no tiene más remedio que aceptar los criterios de
identidad de organismos que van siendo elaborados a la luz de la
ciencia, la cual cada vez parece ir dejando más en claro
que identidad de genoma implica identidad de organismo.
La persuasión racional
Ahora bien, este es un punto en que un defensor de la ética tradicional
debe trabajar pacientemente dentro de un mundo pluralista para persuadir
a sus interlocutores invocando tanto las evidencias científicas
como una ontología elemental de la razón filosófica
para tratar de convencer a otros de que el respeto a la vida se
debe desde su primer momento.
Quizás soy demasiado ingenuo y optimista, quizás hay fuerzas e
intereses más oscuros en juego, por lo cual resulta vano
confiar en la persuasión racional dentro de un contexto
democrático de competencia de ideas, pero en realidad
no diviso otra alternativa.
Citas
1 Ross W. D. The Right and the Good (Oxford: Clarendon Press, 1930).
2 Llorente J. A. (ed.). Colección de las Obras del Venerable
Obispo de Chiapas Don Bartolomé de Las Casas (Madrid 1822,
reimpresión 1981).