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“La genética moderna se resume en un credo elemental que es este:
En el principio hay un mensaje, este mensaje está en
la vida y este mensaje es la vida”. (Jerôme Lejeune)
Resumen
El embrión puede ser mirado como pura “cantidad” de células
o como paciente, individuo, ser humano, persona. Esta distinta
perspectiva cambia totalmente la manera de tratar al embrión
(o al feto), su valor, su dignidad. Se trata de temas que dan
origen a complejas polémicas antropológicas, éticas
y biopolíticas. Al origen de estos debates, el autor
pone el “reductivismo materialista” que cada vez
más invade la ciencia y la técnica.
Que el embrión sea más que pura cantidad de células e informaciones
objetivas del ADN se destaca de fenómenos biológicos
como la coordinación y la continuidad del crecimiento,
la autonomía y la relación con la madre, las maneras
personalizadas para dirigir, reprogramar e interpretar la información
genética. Pero, sobre todo, el conocimiento de quién
es el embrión viene cuando se mira en un horizonte metafísico
de la realidad. Aquí, a la luz de que es el espíritu,
de una relación “increada” con el Creador
se puede dar el justo valor humano al embrión y no reducirlo
a puras prestaciones mentales o desarrollo físico.
palabras clave: embrión; presingamia; continuidad; individualidad;
persona.
THE HUMAN PERSON IN THE EMBRyONAL LIFE
The embryo can be viewed either as a “bunch of cells” or as a patient,
and individual, a human being, a person. These two different
views lead to quite different ways of approaching the embryo
(the fetus) in relationship with his value and dignity. We are
in front of a subject which is the origin of various debates
concerning anthropological, ethical and biopolitical considerations.
The author considers that the “materialistic reductivism”
is at the source of these discussions, which permeates present
day science and technology.
It can be inferred that the embryo is not a “bunch of cells” or DNA
information from certain biological aspects of development,
such as the coordination and continuity, the relationship with
the mother and the personalized way of guiding, re-programming
and interpreting the genetic code. However, in order to know
what or who is the embryo, it is essential to contemplate from
a metaphysical horizon. From this viewpoint, considering that
the spirit is essentially an “uncreated” relationship
with the Creator, we will be in a position to give the propper
human value to the embryo, avoiding the reduction of the embryo
to a set of mental or physical processes.
Key words: embryo; presyngamy; individuality; human person.
El 3 de febrero del 2003, salía a la luz pública en Italia una
declaración hecha por 12 docentes de varias universidades
del territorio italiano sobre El embrión como paciente,
que se desarrolló en la Universidad de la Sapienza
de Roma. Esta declaración dará origen a no pocas
polémicas en Italia; entre otras, en un Congreso que
realizó el 14 de octubre del 2004 sobre el Feto
como paciente. La nota que más interesa a nuestro
estudio es la siguiente: “La formación del embrión
desde la fecundación hasta el nacimiento y en todo
el proceso de crecimiento y desarrollo sucesivo, es un proyecto
finalizado. Su ciclo vital y su desarrollo están caracterizados
por tres propiedades biológicas bien conocidas: la
coordinación, la continuidad y la graduación:
La coordinación es un proceso donde existe una secuencia e interacción
coordinada de actividades moleculares y celulares bajo el
control de un nuevo genoma, que está modulado por una
cascada ininterrumpida de señales, trasmitidas de célula
a célula y desde el ambiente interno y externo de la
célula.
La continuidad permite al nuevo ciclo vital proceder por acontecimientos
sucesivos, donde el uno al otro se sigue sin interrupción.
La graduación es una propiedad que implica y exige una regulación
que tiene que ser intrínseca a cada embrión
singular y permite alcanzar gradualmente la forma final”1.
Efectivamente, cuando se trata el tema del embrión como paciente se tiene
la impresión de que debe ser tratado aparte, fuera
del tema de la relación médicopaciente. y la
razón se encuentra en que, en esta “relación”,
en muchos casos no tiene un médico sino simplemente
un técnico de laboratorio. Aparte que respecto del
otro miembro de la “relación” se tiene
más bien la concepción de que no es una persona
humana.
El hecho de que el embrión no sea tenido en esta relación como
persona encuentra sustento en que se le exige, ya desde sus
primeros estadios de vida, un estado de perfección
física de tal naturaleza que difícilmente se
encontraría esa perfección física en
la persona ya nacida y crecida. Habría que decir, en
todo caso, que aun encontrándole toda esa perfección,
desde que ve la luz en este mundo nadie puede garantizarle
que la conservará hasta su muerte.
Es precisamente en esta especie de búsqueda de una salud “absoluta”
que el embrión se convierte en un paciente del todo
particular, “alguien” a quien si se le encuentra
por medio del diagnóstico prenatal, no digo ya alguna
enfermedad congénita, sino algún gen que en
su desarrollo futuro pudiera dar lugar a alguna enfermedad
grave o menos grave, este “paciente-embrión”
será eliminado, cosa que no sucede con una persona
adulta, pues sería penalizado por la ley.
En la mayoría de los casos viene tratado no como un paciente a quien haya
que ayudar y curar sino como un objeto, un cúmulo de
células que en sus primeros estadios de desarrollo
manifiestan su carácter totipotencial e indiferenciado
y pueden servir para la reproducción de órganos
o para las distintas formas de reproducción artificial.
Lamentablemente no se le reconoce el carácter de persona
y, por tanto, tampoco goza de dignidad alguna. Frecuentemente,
es solo materia que sirve para el capricho del investigador
en el laboratorio.
Por ejemplo, a un niño apenas nacido sus padres lo llevan al pediatra;
en cambio, el embrión a veces no tiene ni siquiera
un padre que lo reconozca y, cuando ya se lo reconoce, muchas
veces es hijo del deseo o del capricho de alguien. De este
modo el hijo cuando se lo deja nacer no es un don, sino un
deseo al cual –yo adulto– tengo derecho. ¿Existirá,
me pregunto, un solo adulto en el mundo que no haya sido alguna
vez una sola y única célula de la especie humana?
La congelación de los embriones para que sirvan como materia de estudio
lleva a la consideración del embrión como cavia
di laboratorio. La ley 40 en Italia ha tenido el mérito
de detener la masacre silenciosa de tantos embriones que no
pueden gritar “¡quiero vivir!” Se vuelve
a la esclavitud, a considerar a los embriones como esclavos.
Aquí el problema está más allá
de si la vida se inicia o no en el acto mismo de la concepción,
sino si esa vida humana es una persona. Esto trae consigo
aceptar que existe un tipo de vida humana que no es persona
y como tal puede ser sacrificada.
Este elemento discriminatorio, curiosamente, se encuentra en todas aquellas culturas
que han considerado la esclavitud como práctica corriente
del todo lícita. Es un ser humano, pero no es una persona.
Esta es una actitud racista extremadamente peligrosa2.
En el tiempo presente, estamos asistiendo a una revolución en el campo
de la biología que ha llevado a un mayor conocimiento
de cómo ocurren los procesos biológicos sobre
todo en la primera edad embrionaria, lo que abre las puertas
a un gran campo de investigación para beneficio del
embrión humano; pero también posibilita toda
una serie de manipulaciones que afectan a la protección
de su vida, que especialmente se halla amenazada ya desde
su inicio; esta situación demanda una reflexión
ética.
Los recientes avances tecnológicos como la secuenciación del genoma,
la clonación de mamíferos usando células
adultas como donantes de núcleos y el establecimiento
de líneas celulares embrionarias han llegado tan rápidamente
que no se ha reflexionado lo suficiente sobre los aspectos
éticos, sociológicos y morales que entrañan.
Particularmente, usar embriones humanos para la investigación
y para uso terapéutico en adultos plantea una serie
de dilemas éticos que parten del supuesto de cuál
estatuto antropológico ha de darse al embrión.
La manipulación afecta también a la selección
de embriones en los procesos de fecundación in vitro
con la consiguiente eliminación de los embriones no
elegidos, y también a la práctica del aborto
en estados posteriores del desarrollo.
Las relaciones ambiguas que se han instaurado entre ciencia y poder, a partir
del Renacimiento, encuentran hoy un momento de particular
densidad crítica ante las nuevas posibilidades de manipulación
de la vida humana mediante las biotecnologías. El señorío
sobre la vida puede llegar a ser un instrumento radical de
dominio sobre los hombres. De esta manera el problema ético
tendrá que ver también con la dimensión
biopolítica3.
El así llamado dato científico no nos llega nunca neutro, sino
siempre injertado en el interior de un proyecto que se acredita
a sí mismo y que adquiere una notoriedad implícitamente
normativa. Incluso, se habla a propósito de imperativo
tecnológico: todo aquello que es posible experimentar
desde el punto de vista técnico-científico hay
que realizarlo para no frenar el progreso de la humanidad
que tiene su motor principal en la ciencia4.
El resultado de este método reductivo de la ciencia, aplicado al embrión
humano, tampoco nos llega neutro. En estos temas referentes
a la vida la ciencia abandona frecuentemente su método
y da un salto que podríamos llamar ilegítimo,
definiendo su objeto desde el ámbito y metodología
experiencial que no es el propio. La vida es mucho más
que los componentes fisicoquímicos que la componen;
se escapa, por tanto, al cuantificable objeto específico
del método experimental. Se puede decir con razón
que el método experimental, aplicado a la vida de un
embrión, por ejemplo, es enormemente reductivo; además,
está obligado a la consideración solamente de
algunos aspectos de la realidad de ese embrión, dejando
fuera otros –sin duda los más importantes–.
y para los que no está autorizado a hablar, tendría
que dar un salto ilegítimo a las ciencias del espíritu.
Razón por la cual la biología no puede reducirse
a una matematización del mundo de la vida. La vida
humana no pertenece solamente al saber de la biología5.
Este reductivismo, por otro lado, sumerge al ser humano desde su concepción
hasta su muerte en un materialismo de tal naturaleza que hace
imposible cualquier definición de valor, cosa que queda
desmentida por el hecho comprobado de que toda persona es
+ que todo objeto, + que todo método y + que toda ciencia.
No la ciencia y sí el ser humano que la produce es
quien ejerce el señorío sobre lo cuantificable,
sobre la naturaleza. Se hace necesario, pues, desprenderse
del prejuicio tan generalizado de aquello que no es probado
científicamente no es considerado verdad universal.
Por lo tanto, en el reductivismo del método experimental hay un materialismo
implícito, por cuanto para él solo existe lo
“cuantificable”, “la cantidad medible”,
existe solo la materia6. La naturaleza ya no es
mater, más bien solo materia con la cual
el ingenio humano tratará de multiplicar
indefinidamente sus creaciones7. Todo viene concebido
como contingente, casual, para que pueda ser libremente
manipulable.
1. Algunas notas históricas sobre el embrión y feto humanos
Algunas notas históricas referidas por Carrasco de Paula8.
Está probado históricamente que en el mundo
clásico, especialmente en la Roma Imperial, el recién
nacido no gozaba de gran consideración. La actitud
en relación con el infanticidio y el aborto era muy
permisiva9. Se destruía el feto o se asesinaba
a una criatura apenas nacida por diversas razones: para
encubrir relaciones sexuales ilegítimas, para eliminar
una complicación o para salvaguardar la belleza del
cuerpo.
No obstante, el sentimiento de que el apenas nacido mereciese un mínimo
de respeto era bastante común, en especial entre
la gente sencilla. Ni siquiera en los momentos de mayor
relajación moral la muerte del niño, antes
o después del nacimiento, fue considerada una práctica
banal o indiferente. Ovidio refiere un comentario espontáneo
del pueblo durante los funerales de una mujer que murió
por causa de un aborto voluntario: ¡Se lo ha merecido!
Platón (427-347 a.C.), por ejemplo, sostenía que en una república
ideal los hombres y las mujeres que hubieran superado respectivamente
los 55 y 40 años podían tener relaciones sexuales
libres con la condición de que no procrearan hijos.
Por lo tanto, si hubiera sido necesario tendrían
que recurrir al aborto e incluso al infanticidio10.
El mismo Aristóteles (384-322 a C.) no era contrario a la eliminación
de los apenas nacidos minusválidos. Admitía
también el aborto con la única limitación
de que fuera practicado antes de que el feto tuviera sensibilidad11.
La tesis de Ulpiano había sido
propuesta en el siglo V a.C. por Empédocles.
Este autor sostenía que el embrión recibía
el aliento vital en el momento del nacimiento. La tesis
no fue acogida en los medios médicos, donde por
la evidencia de los datos embriológicos, entonces
conocidos, dominaba la doctrina de Hipócrates,
según la cual el feto se desarrollaba en cuatro
etapas morfológicamente diferenciadas.
Aristóteles elaboró una teoría comúnmente aceptada
por muchos siglos, sobre la base a un esquema con tres niveles
de vida: un alma vegetativa, un alma sensitiva y, finalmente,
un alma racional, propia del ser humano. La infusión
del espíritu en los hombres ocurría a los
40 días de la concepción, mientras que en
las mujeres era más tarde, alrededor de los 90 días.
Con el advenimiento del cristianismo, se aceptó la tesis de Empédocles.
Según esta opinión, el feto está en
el útero como el fruto en la planta; mientras está
unido a la planta, no tiene una existencia propia; igualmente
el feto, antes de nacer, no debería ser considerado
un sujeto moralmente significativo.
En la sociedad grecorromana no había medida penal alguna que protegiera
al apenas nacido. Pero cuando en el siglo III se debilitó
la autoridad paterna, aparecieron algunas medidas penales.
Se trataba de leyes que imponían penas severas tanto
a mujeres casadas y divorciadas que abortaban contra la
voluntad del marido. Estas leyes no miraban a la protección
del feto, sino más bien a tutelar los derechos del
padre sobre la prole y a salvaguardar la incolumidad física
de la madre.
Precisamente, en la Didaché encontramos “no matarás
al niño con el aborto y no lo suprimirás apenas
nacido”. Esta introduce un argumento importante: los
hijos son obra de Dios, por tanto tienen un dignidad particular
y no pueden ser considerados propiedad de los padres.
2. ¿Qué clase de fenómeno o acontecimiento es el embrión
humano?:
la vida, un proceso continuo
En el contexto intelectual y académico chileno, es Juan de Dios
Vial Correa12 quien se hace esta pregunta sobre
un tema que se ha hecho polémico, y en el que para
calificar al embrión se recurre a términos
muy diferentes, según el gusto o la convicción
de la persona que los emplea. Se dice que es un “ser”,
una “vida”, un “individuo”, hasta
una “persona”. y cada uno de estos términos
puede ser justificado dentro de algún contexto. Pero,
en la práctica, ocurre que “persona”,
“individuo”, “vida” o “ser”
son palabras que tienen significados distintos para distintos
hablantes, según la posición filosófica
que ellos tengan.
Para darnos una respuesta preliminar, parte del contexto, reconózcase
con toda honestidad que nuestros conocimientos sobre el
embrión se obtienen por métodos científicos.
Con esta mirada, podemos llegar muy lejos antes del momento
en que tengamos que recurrir a disciplinas distintas de
la Biología.
De ahí que todas las reflexiones sobre este interrogante hacen referencia
al hecho de que el embrión humano es un organismo
perteneciente a la especie humana. Una afirmación
así está diciendo que el embrión es
uno de nosotros, se parece a cualquiera de nosotros, en
el hecho de que ambos somos organismos pertenecientes a
la especie humana.
Lo primero es explicar por qué un cigoto13 es un
organismo. Para eso se detiene en dos rasgos fundamentales
de cualquier organismo: Todo organismo sigue un camino de
desarrollo “robusto” y prescrito por la especie:
o sea, su estado en cualquier instante de su vida puede
ser predicho con razonable exactitud, y el trayecto es regulado
contra perturbaciones externas (trayectoria de desarrollo
no es pues un término vago, ni extracientífico).
La evolución de estos caminos de desarrollo tiene lugar dentro de un espacio
delimitado físicamente.
Comentando el requisito de un camino de desarrollo predictible recuerda
que este se relaciona con el hecho de que los organismos
son reactores químicos que operan en puntos distantes
del equilibrio termodinámico y en los cuales son
prominentes los procesos de autocatálisis. Sistemas
químicos con esas características tienden
a la autoorganización. Pero en sistemas fisicoquímicos
“inanimados” que tengan esas características
no encontramos nada de la estabilidad y autorregulación
que son prominentes en los sistemas vivos. Interesa entonces
mostrar que estas propiedades se relacionan estrechamente
con las bases de la Bioquímica.
“Saunders ha resumido estas últimas características de un
modo bastante adecuado al decir: “Una de las características
más llamativas del proceso de desarrollo es que es
estable... Lo que es estable no es el estado del embrión
en un momento dado sino su camino de desarrollo”.
(…) Ahora bien, parece razonable pensar que una trayectoria
estable de desarrollo corresponde a una dinámica
fisicoquímica que sea ordenada-no caótica.
y al pensar en las condiciones necesarias para
generar una dinámica de ese tipo, uno se encuentra
con algunas que dan una luz interesante. Es relativamente
fácil simular la evolución de redes muy complejas
de reacciones químicas con tal de que cada una de
estas reacciones tenga una alta especificidad, o sea, que
cada una de las especies químicas pueda reaccionar
solo con un número limitado de las otras que están
presentes en el sistema. Kaufmann lo expresa señalando
la necesidad de redes de baja conectividad, o lo que es
lo mismo de reacciones de alta especificidad en las que
intervienen moléculas de alto contenido informacional”.14
Lo anterior sugiere que –al menos en parte– la presencia de trayectorias
de desarrollo homeorréticas, robustas y predecibles
es una expresión de que el sistema es un sistema
dinámico complejo formado por moléculas de
alto contenido informacional –respecto de las reacciones
en las que participan. Un testimonio “experimental”
de la robustez de las trayectorias es la FIV. Comentando
el requisito de unidad discreta o sistema físicamente
circunscrito, habría que decir que él se
establece en un momento preciso, cuando de dos células,
se hace una sola, al fusionarse las membranas del espermio
y el óvulo en la fecundación. Allí
se establece un sistema de macromoléculas de composición
enteramente nueva: el proteoma del cigoto es obviamente
distinto del de los gametos, aunque se lo considera (hipótesis
perfectamente legítima) como una suma de ellos. Este
proteoma es el punto de inicio de la trayectoria de desarrollo
de un nuevo organismo. “La vida es un fenómeno
altamente dinámico que puede ser descrito e interpretado
a través del estudio de los procesos vitales y
de sus interacciones”15. Para Polanyi;
sin embargo, un organismo viviente es igual que una máquina,
es un sistema físico controlado por dos principios
generales distintos. Uno superior: la estructura
biológica en todos sus niveles y uno inferior,
esto es, los procesos fisicoquímicos mediante los
cuales el organismo cumple sus funciones metabólicas
y fisiológicas16.
El segundo punto de la caracterización que hace Vial Correa es: organismo
de la especie humana. El sello de la pertenencia a la
especie es de nuevo la trayectoria previsible del cigoto,
la cual se puede corroborar con estudios cromosómicos.
Conviene hacer una breve descripción del comportamiento
del proteoma del cigoto en las horas que siguen a su constitución
por la penetración del espermio. Recuérdese
que en la génesis de estos cambios participan elementos
de origen tanto paterno como materno, los que ahora entran
al diseño de una trayectoria conjunta.
La penetración del espermio trae eventos inmediatos que bloquean la polispermia,
reforzando así la condición de “unidad
discreta” que tiene el cigoto. Son ellos, los cambios
electroquímicos en la membrana. Los componentes de
la cabeza espermática sufren cambios importantes:
la envoltura nuclear se desintegra; se observa un decondensación
de la cromatina cuyos correlatos bioquímicos son
la reducción de los grupos disulfuro de las protaminas
y el reemplazo de estas –proteínas características
del espermio– por histonas de origen ovular (mientras
esto ocurre, la cromatina materna pasa a interfase). Luego
se desarrolla la envoltura nuclear en torno a la cromatina
de origen espermático. La síntesis de ADN
empieza entre 8 y 14 horas después de constituidos
los pronúcleos, obviamente con participación
de especies químicas de ambas procedencias17.
Tenemos así, por ejemplo, que en el llamado “pronúcleo masculino”
la mayor parte de sus componentes (con la fundamental excepción
de la mitad del ADN) son de origen ovular. El proceso hasta
aquí es una línea de desarrollo en la que
intervienen cooperativamente biomoléculas de origen
espermático y de origen ovular. Los pronúcleos
se ubican luego en el centro del cigoto y los centríolos
provenientes del centríolo del espermio únicamente
se ubican hacia los polos, con lo cual se puede iniciar
la fase “M” de la primera división de
segmentación. De este modo, todos los procesos que
llevan a ella requieren de la acción cooperativa
de biomoléculas paternas y maternas entrelazadas
en una única línea de desarrollo. Hasta
la etapa de cuatro blastómeros, el desarrollo del
embrión se opera en un proteoma peculiar, frente
a un genoma silencioso. Lo único que se puede
colegir es que hay una etapa de la vida individual en la
cual la trayectoria de desarrollo se prosigue sin intervención
del genoma y por la interacción de otras biomoléculas18.
Vale la pena recordar aquí dos cosas: a) veíamos que la mantención
de una dinámica ordenada requiere el desarrollo de
reacciones altamente específicas entre moléculas
de alto contenido informacional: no está entre los
requisitos que entre ellas deban figurar ininterrumpidamente
los ácidos nucleicos; y b) hay hipótesis
sobre biogénesis que postulan la mantención
prolongada de fenómenos vitales sin presencia necesaria
de ácidos nucleicos.
Cuando se habla aquí de “trayectoria”, se está aludiendo
a un proceso que es continuo. Lo que significa que cualquier
evento visible o detectable se inicia realmente con antelación.
Por ejemplo, con la síntesis de las especies químicas
que participarán en él: es evidente, tanto
en las ciencias experimentales como en las experienciales,
que toda variable, en un proceso de desarrollo, se apoya
necesariamente en una constante que le da dirección
y sentido; sin la constante la variable sería verdaderamente
caótica. En otras palabras, el individuo humano se
constituye por la interrelación integrada de todo
lo que él es y no solo por su ADN. En la actualidad,
sabemos que los genes son los elementos que definen la herencia.
Sin embargo, como hemos visto recién, existen muchos
elementos celulares citoplasmáticos que contienen
las informaciones que dirigen, reprograman e incluso interpretan
la información contenida en los genes. No heredamos
solamente genes, sino una amplia gama de flujos moleculares
que modulan y dirigen la información genética.
Estos flujos son capaces de hacer que un núcleo de
célula somática con cierta diferenciación
terminal pueda direccionarse a otro estado. Más aún,
nos dice Rodrigo Guerra: “Existen elementos maternos
que influyen en la determinación de los fenotipos.
De ahí que exista en la actualidad la opinión
generalizada respecto a lo que no son solo las informaciones
del cigoto las que lo “constituyen”, sino que
durante un cierto tiempo se despliega un proceso en el que
los elementos provenientes de la madre colaboran en la constitución
de lo que eventualmente será propiamente el programa
de desarrollo. Un ejemplo a este respecto es la función
de la hormona T4. Esta hormona regula la expresión
de los genes del embrión que son esenciales para
el desarrollo del sistema nervioso. Sin ella, por más
que se tenga un código genético completo,
este no se expresa de la manera adecuada y por ende no cumple
su función plena de programa de desarrollo19.
En otras palabras, el ADN del embrión no transporta
toda la información programática necesaria
para el desarrollo. La información está
contenida en una compleja red de interacciones del conjunto
celular que incluyen al genoma pero que no están
limitadas por él.
Así por ejemplo, la llamativa “compactación” (en la
etapa de 8-16 blastómeros del ratón) está
marcada por la aparición de tight junctions y
gap junctions, algunos de cuyos componentes (conexinas
43 y 201) se están expresando desde el estado 4,
lo que no es sorprendente. Pero si se lo mira desde el punto
de vista de la trayectoria, significa que los eventos de
cualquier instante que se tome son parte de la realización
de algún evento posterior. y esto no es ninguna forma
de “teleologismo”, sino la expresión
del hecho de que la trayectoria con sus diversas fases está
inscrita en las características de la especie animal
de que se trate20.
Cada uno de nosotros pasó por ahí en un momento de su vida, porque
cada uno de nosotros es un organismo de la especie humana,
tal como lo fue desde la fecundación. La trayectoria
que conduce hasta nosotros es perfectamente continua. No
ha tenido interrupciones. Si se quiere se pueden introducir
etapas para su estudio o análisis, pero en todas
esas etapas estamos hablando de un organismo de la especie
humana. En especial, nunca fuimos una “célula”
–a secas como cualquiera– porque no hay ninguna
célula a secas que tenga una trayectoria predictible
de la que haya de devenir un organismo adulto. En cuanto
a verdaderas discontinuidades en la trayectoria, no hay
más que dos: la iniciación del nuevo sistema
dinámico con la fertilización y su término
con la muerte21.
3. ¿Cuándo el embrión es considerado un ser humano?
Hay, como veremos, quien argumenta que el embrión no es ser humano
integral-mente hasta que no posee las características
de autoconciencia, intuición, pensamiento, memoria
e imaginación y, por tanto, en las etapas iniciales
del desarrollo no hay un deber de protección de esa
vida. Ante esta argumentación hay que decir que,
aunque tales características no están todavía
desarrolladas en el cigoto, están presentes los genes
para su desarrollo en interacción con el ambiente.
Desde un punto de vista biológico, el principio
generativo se encuentra en los genes de tal forma que
el pro-grama fisiológico y psicológico del
cigoto está ya predeterminado por su constitución
genética desde la fecundación, aunque en la
determinación definitiva intervengan factores ambientales22.
A. Per un’analisi integrata dello “status” dell’embrione
umano. En Ed. Biolo S. Nascita e morte dell’uomo,
Marietti, Génova 1993, pág. 76-78.
Uno de los primeros interrogantes: ¿Cuándo se inicia la vida humana?
O más precisamente ¿cuándo empieza
a existir un ser humano? Parece una respuesta descontada
a primera vista: la vida del ser humano empieza biogenéticamente
en el momento de la concepción, de la fecundación
(o como se prefiere en el lenguaje científico:
la fertilización). Científicamente,
se habla de “fertilización” para indicar
la unión de los gametos, el masculino y el femenino.
El término “concepción”
se usa a veces para indicar la implantación del embrión
en el útero. Por otro lado, el término “concepción”
tiene una fuerte connotación teológica poniendo
mayor atención en la “animación”23
.
Investigar sobre el inicio biológico o genético de la vida del
ser humano significa individuar el momento preciso en el
cual los gametos humanos (el óvulo y el espermatozoide)
son un embrión humano. Antes de proseguir hay que
hacer esta aclaración y precisión: las células
germinales humanas son “vida humana”, si bien
no todavía vida de un nuevo ser humano. Terminada
esta aclaración, volvamos a la pregunta: ¿Cuándo
los dos gametos son un ser humano?, en otras palabras,
¿cuándo los gametos cambian su naturaleza?
O también: ¿cuándo se constituye
biológica y genéticamente el ser humano?
La respuesta: “En el momento de la fertilización
es fuertemente rechazada” a la luz de las nuevas
concepciones científicas. Particularmente a la luz
de los últimos descubrimientos demuestran que la
fecundación no es un acontecimiento simple, instantáneo
o estático, sino un proceso dinámico
y complejo que se desarrolla en el tiempo (alrededor
de 24 horas), desde el momento de la penetración
del espermatozoide en el óvulo hasta cuando alcanza
el estadio de “singamia” (o sea, el momento
de la fusión completa de todos los cromosomas de
las células germinales)24.
Las preguntas que se nos hacen son: ¿la célula en “presingamia”
es ya un ser humano genéticamente y biológicamente?,
¿la fertilización coincide con la penetración
del espermatozoide en el óvulo o con la singamia
(es decir, con el inicio y el final de ese proceso)?
Es una cuestión relevante en bioética porque
se trata de valorar la importancia ético-jurídica
de la fertilización. Dos son las tesis contrastantes:
1) La tesis de quien sostiene que el ser humano sea ya biogenéticamente
constituido desde el momento de la penetración del
gameto masculino en el gameto femenino y la tesis opuesta.
2) Quien argumenta la presencia del ser humano solo desde
el momento de la singamia. Esta última tesis
representa ya un intento de postergación del inicio
de la vida del ser humano respecto el momento inicial de
la vida humana, o sea, el momento del inicio del proceso
de la fertilización25.
Los principales argumentos a favor de la tesis que sostiene el inicio del
ser humano en el momento de la penetración del
gameto masculino en el gameto femenino se pueden resumir
en las siguientes consideraciones:
- – La pérdida de la identidad separada
del espermatozoide en el momento en que es incorporado
en el óvulo constituyendo una única célula
singular unificada (en el momento de la penetración
las membranas de las respectivas células se abren
y ponen en común el material genético,
iniciando una intensa actividad de mezcla y de interacción).
- – La observación científica del
inicio de la constitución y de la determinación
de la identidad genética.
- – y finalmente, la adquisición por parte
de la célula huevo fertilizada de la “nueva
capacidad” de organizar todas las fases del desarrollo
sucesivo de la vida humana26.
En este sentido, la singamia no constituiría nada nuevo (por lo
que se refiere a la estructuración genética).
Sería solo un momento más del proceso ya iniciado
anteriormente.
Sabemos con certeza, nos dice Jerôme Lejeune, que toda la información
que definirá a un individuo le dictará no
solo su desarrollo, sino también su conducta ulterior;
de ahí que sabemos que todas esas características
están escritas en la primera célula. y lo
sabemos con una certeza que va más allá de
toda duda razonable, porque si esta información no
estuviera ya completa desde el principio, no podría
tener lugar. Efectivamente, ningún tipo de información
entra en un huevo después de su fecundación
(...). Esa pequeña “mora” que anida en
la pared del útero es ya diferente de la madre, ya
tiene su propia individualidad y, lo que es difícil
de aceptar, ya es capaz de dar órdenes al organismo
de la madre. Este minúsculo embrión, al sexto
o séptimo día, con tan solo un milímetro
y medio de tamaño, toma inmediatamente el mando de
las operaciones. Es él y solo él quien detiene
la menstruación de la madre, produciendo una nueva
sustancia que obliga al cuerpo amarillo del ovario a ponerse
en marcha, fuerza a su madre a conservar su protección.
ya hace de ella lo que quiere ¡y Dios sabe que no
se privará de ello en los años siguientes!27
En contra de esta posición hay algunas objeciones teóricas y prácticas
por parte de G.R. Dunstan28, S. Buckle, K. Dawson
y P. Singer29 que ponen en duda la identidad genética
y biológica del ser humano en la primera fase de la formación
del cigoto. Las argumentaciones se pueden sintetizar de la siguiente
manera:
Del proceso del fenómeno se deduce la no identificabilidad de la existencia
de un individuo (o de una identidad humana).
De la posibilidad de distinguir el material genético del espermatozoide
en el óvulo (aunque la cola y la membrana del espermatozoide
son absorbidas), se infiere la negación de la unidad
de la célula en presingamia30. Esto es,
se trata del fenómeno del cigoto (en esa fase) con 69
cromosomas, en vez de 46 cromosomas (número característico
de la especie humana) cuando son dos los espermatozoos que fecundan
el óvulo y es posible un rechazo por parte del material
genético.
La capacidad de desarrollar características humanas, como pensar, querer,
amar, etc. (en el texto se añade “llegar a ser
un ser humano consciente” o “una persona”),
no significa ser ya aquello para lo que se está capacitado
llegar a ser: la posesión de una capacidad no coincide
con el ejercicio actual.
A la luz de cuanto se ha dicho, muchos autores han avanzado la tesis de que la
célula en presingamia no posee una identidad genética
ya que los constituyentes genéticos no están
todavía unificados y determinados. No obstante, el
que exista un proceso no significa la negación de la
presencia de un individuo y de un sujeto con su propia identidad.
Por ejemplo, la infancia es también un proceso y todo
el ser humano hasta su muerte es un proceso, basta mirar las
fotografías de la propia historia.
Las siguientes características fundamentan el hecho de que desde la fecundación
existe un individuo de la especie humana:
1) Novedad biológica, al unirse
la información de las dos células germinales
para dar lugar al cigoto como ser biológicamente
único e irrepetible (hay que decir a este respecto
que incluso los gemelos no son exactamente iguales biológicamente).
2) Unidad, ya que el genoma actúa
como centro organizador del desarrollo del nuevo ser.
3) Continuidad, siendo el proceso
de desarrollo un continuo desde la fecundación a
la muerte.
4) Especificidad, ya que el genoma
del cigoto pertenece a la especie homo sapiens.
5) Autonomía, ya que el genoma
del embrión actúa de forma autónoma
para dirigir el desarrollo (se entiende que la autonomía
no es absoluta, hay interacción con el útero
de la madre).
6) Capacidad de relacionarse y unirse,
que varía con el desarrollo: interacción con
el útero, comunicación, sexualidad.
En este sentido se ha creado, socialmente, una gran confusión sobre el
estatuto del embrión. Para distanciar conceptualmente
el aborto y la selección con la eliminación
de embriones respecto de la muerte de un ser humano se ha
introducido la idea de que el embrión no es un individuo
humano y además se ha realizado una clasificación
entre embrión y preembrión para justificar
la manipulación de los primeros días del desarrollo,
cuando en realidad se trata del mismo ser, con la única
diferencia de su estado de desarrollo. Se cuestiona particularmente
la unidad (ser uno solo) y unicidad del embrión (ser
único e irrepetible). El argumento que niega que
el preembrión (los primeros 14 días del desarrollo)
sea ser humano está basado en los siguientes hechos
biológicos: 1) La dificultad del proceso de
implantación, crítico para el desarrollo;
la división celular del cigoto no siempre resulta
en un embrión viable, hay un alto porcentaje que
no se desarrolle por causa de fallos en el proceso de implantación.
2) El preembrión se encuentra en estado de
dependencia genética, necesita de información
externa para poder desarrollarse. 3) las células
del preembrión poseen plena capacidad de desarrollo
debido a que no están diferenciadas y son
capaces de desarrollarse tanto como células fetales
como extraembrionales, dependiendo de información
externa, de tal manera que no todas las células se
convierten en el embrión. Se plantea a su vez la
cuestión de si las células totipotentes del
embrión pueden ser manipuladas, ya que puede ocurrir
que no tengan aún definido su destino en cuanto a
ser precursoras del embrioblasto que formarán las
células de la masa interna o del trofoblasto (placenta);
asimismo, las células de la masa interna, unas dan
lugar al epiblasto y estas al disco embrionario o embrión
propio y otras originan el hipoblasto que producirá
las estructuras extraembriónicas (saco vitelino,
etc.). 4) La posibilidad de formación de gemelos
antes de la implantación o de quimeras postcigóticas
por unión de embriones, lo que pone en cuestión
la individualidad del preembrión; de esta manera
se trata de decir que no es un ser humano individual31.
Cabe señalar, respecto de estos cuestionamientos, que en el proceso de
desarrollo de toda vida humana se dan con la misma necesidad
una constante y una variable, esto es, un canon y un régimen
de vida. La constante está definida por el hecho
de que la persona es siempre la misma, no tiene muchos “yos”
a lo largo de toda su vida, existe un único “yo”
o persona, no obstante las inclemencias a las que el tiempo
somete a la carne humana. La variable la constituye el proceso
de desarrollo biológico que desde que se inicia camina
hacia su muerte, por lo tanto, no hay nada más que
dos interrupciones en dicho proceso, la fecundación
en cuanto inicio y la muerte en cuanto fin.
En palabras de la Palazzani: “El proceso no anula la individualidad ni
la identidad del ente que forma parte del proceso: el proceso
indica la sucesión secuencial de estados de desarrollo
en el tiempo…”32.
De este modo y contra el argumento que niega la unificación de la célula
cigótica, es suficiente la observación factual
de la intensidad de la actividad de interacción
entre los cromosomas de las células germinales, inmediatamente
después de la penetración del espermatozoide33.
Es un dato de hecho que los dos gametos, cogidos singularmente,
no tienen las mismas capacidades que el óvulo fertilizado,
esto es, no pueden empezar ni organizar un proceso de desarrollo
si no interviene una causa externa que los haga encontrar34.
El conocimiento científico nos lleva a la consideración de que
la “fertilización” no es “un evento”,
o sea, un suceso “estático” e “instantáneo”
en un determinado espacio y un preciso momento, sino más
bien “un proceso”35.
4. la anidación, un ser humano de 16 días de vida
Si la discusión sobre el proceso de fertilización, como
hemos visto, es una discusión sobre todo científica
que involucra solo marginalmente la reflexión filosófica,
el debate sobre las fases sucesivas de desarrollo del embrión
debiera involucrar, además de las argumentaciones
biológicas, la reflexión antropológica,
ética y jurídica.
En cuanto al problema de la implantación, se sabe que una tercera parte
de los embriones no llegan a implantarse naturalmente36.
La alta frecuencia de fallos en la implantación se
debe a la dificultad fisiológica del proceso o a
que el embrión es anormal en algunos casos, pero
no indica un cambio de estatuto. No hay ningún nexo
lógico que permita decir que el embrión es
menos ser humano que el embrión porque haya un alto
riesgo de eliminación.
Un primer “confín poszigótico” del ser humano y de
la persona ha sido individuado por algunos autores en el
momento de la implantación del embrión
en la pared uterina (para algunos individuado entre
el 5º y 7º día desde la fertilización),
momento en el cual tiene inicio la primera fase de la
implantación, dicho también anidación
del blastocisto, para otros el 14º día, momento
del completamiento de la implantación.
La razón principal, sea biológica que filosófica, que dan
estos autores está estrechamente unida a la observación
factual del inicio de la estrecha comunicación intercelular
entre el embrión y el organismo materno. F. Abel37
afirma que la identidad genética del embrión,
si bien necesaria, no sería suficiente para dirigir
todo el desarrollo. Para la sobrevivencia del embrión
humano sería necesaria también la información
extraembrionaria proveniente de la madre. En conclusión:
la condición sine qua non de la existencia
de un ser humano personal sería la dotación
genética conjunta de la aportación materna38.
“Antes de la implantación del embrión
humano es un programa genético humano con solo el
potencial teórico y estadístico de llegar
a ser un miembro de la comunidad humana (solo uno de
tres embriones se implanta)”39. Sobre
tales bases, este autor retiene que la implantación
constituya el salto cualitativo de la vida humana
a la vida del ser humano o de la persona. El autor presupone
la coincidencia entre ser humano y persona y que esta presupone
el valor ético y jurídico del ser humano.
Antes de esta fase –la implantación–
habría solo vida humana.
Antes de la anidación, el embrión no sería persona, por
cuanto que no sería subsistente en sí y por
sí, no teniendo “autonomía operativa”,
entendida en el sentido de la capacidad de establecer una
relación con alteridad40. Comparte también
esta opinión P. Prini: “Solamente a partir
de la anidación en el endometrio el organismo de
la mujer es informado sobre la presencia del embrión
y como consecuencia responde desprogramando el ciclo menstrual
y programando el ciclo gestacional”41.
Bedate y Cefalo proponen, por otra parte, que el preembrión
se encuentra en un estado de dependencia genética
a causa de que necesita material genético extra aparte
de la información cromosómica, tal como el
ADN mitocondrial materno o factores celulares maternos o
paternos en la forma del ARN mensajero o proteínas42.
Para Diego Gracia, el preembrión pertenece aún
a la sustantividad de la madre ya que es la que con su sistema
neuroendocrino formaliza el nuevo ser vivo43.
¿Qué podemos comentar respecto de este debate? El embrión
humano tiene en sí el principio constitutivo del
propio ser, dependiendo, no obstante, extrínsecamente
del ambiente externo: la relación con la madre es
una relación necesaria para el desarrollo, pero extrínseca
en cuanto que no constituye ontológicamente al embrión,
sino más bien garantiza las condiciones externas
del desarrollo (igual que en las fases posteriores del desarrollo
y de la formación).
Queriendo mantener la categoría de la relacionalidad, se podría
decir que es la relación entre los gametos (o mejor,
su encuentro en el momento de la fecundación) la
que constituye ontológicamente al ser humano, no
la relación fisiológica con la madre. Hay
que añadir, como ha sido observado científicamente,
que ya antes de la implantación se instaura una
relación bioquímica entre el embrión
y la madre: ya el cigoto está en contacto con
una secreción de proteínas del organismo materno
y es precisamente el mensaje materno el que induce a la
implantación44. Este tema lo desarrollaré
más adelante.
5. totipontencialidad e individualidad humana45
La delimitación del “confín” de relevancia ético-jurídica
en el ámbito de la vida humana inicial al 14º
día de la fecundación, momento de la aparición
de la “stria primitiva”, es quizás
el más notorio en la literatura bioética y
ciertamente uno de los más discutidos. La notoriedad
es debida al caso Relación Warnock46.
En el documento, la elección de tal fecha como “confín”
es el resultado exclusivamente de una decisión
tomada a la luz de principios morales. Después
de haber reconocido la continuidad del proceso biológico
de desarrollo del embrión humano, en el documento
se toma en consideración la imposibilidad de encontrar
un “confín” factual en la naturaleza
y, por lo tanto, de fijar un “límite convencional”
que consienta, por un lado, de continuar el progreso de
la ciencia y de la técnica y, por otro, el de resolver
cuestiones angustiantes emergentes de la praxis. Es una
clara y explícita renuncia a enfrentar filosóficamente
el problema complejo y controvertido sobre qué cosa
sea la persona. La cuestión ontológica es
metida entre paréntesis en cuanto considerada escépticamente
insoluble y sustituida por la cuestión práctica.
Lo que realmente cuenta es la “absoluta necesidad
de fijar los límites bien precisos, en términos
de número de días (14) a efecto de que no
surjan disputas, para resolver problemas prácticos”47.
Uno de los autores más importantes que ha tomado esta posición
de Warnock es N.M. Ford. No obstante, hecho curioso, los
fundamentos filosóficos de Ford le llevan a definir
a la persona humana con la definición de S. Boecio:
“Sustancia individual de naturaleza racional”.
Hay que analizar entonces cuáles son las razones
que le han llevado a reconocer empíricamente la presencia
de la persona humana (identificada conceptualmente con el
ser humano) 14 días después de la fecundación
de los gametos (momento antes del cual no es posible o cuando
menos improbable y no plausible de identificar el estatuto
personal)48.
El punto crucial de la identificación empírica de la persona o
ser humano es al parecer del autor la verificación
factual de la existencia de la individualidad. Ford
insiste sobre la coincidencia entre persona y ser humano
“individuado” o “individuo” viviente
con naturaleza humana. La conexión inseparable
entre persona y ser humano o “naturaleza humana”
se actuaría solo a través de la mediación
de la “individuación”. La individuación
sería el “criterio base” para la identificación
de la persona humana.
La objeción de Ford, a la tesis que identifica el inicio de la persona
con el momento de la fecundación, gira en torno al
concepto de individuo humano. Ford muestra con una serie
de argumentaciones empíricas y teóricas que
no se puede reconocer la presencia de un individuo humano
(de una persona) al menos hasta el 14º día de
la fecundación. Señala que el embrión
es una masa de células u organismos celulares en
simple contacto encerradas en la zona pelúcida;
además, sostiene que las células no están
diferenciadas todavía, no siendo posible distinguir
cuáles de esas formarán las membranas externas
y cuáles la masa interna (que constituirá
el verdadero embrión). Otro hecho importante para
Ford es que hasta el 14º día desde la fecundación
son posibles la “gemelación homocigótica”
y la fusión quimérica.
Ford añade: la individualidad biogenética y ontológica en
el cigoto y en las células hijas “no es suficiente”
para constituir el individuo en sentido filosófico.
El individuo biogenéticamente y ontológicamente
humano antes de la formación de la “stria primitiva”
es individuo en sentido filosófico solo potencialmente.
Esto es debido al hecho de que el embrión en las
dos primeras semanas de vida es totipotente; o sea, posee
una natural potencia activa a dividirse, llegando a ser
uno o más individuos humanos. El 14º día
signa un “confín de ruptura de la continuidad
ontológica en sentido filosófico” (no
de la continuidad genética). Ford expone su interpretación
como una interpretación correcta sin explicar por
qué o como sea empíricamente verificable,
sino simplemente porque es lógica y adherente al
sentido común. Este autor ignora que el verdadero
filósofo lleva el pensamiento al límite, esfuerzo
común a todo el pensamiento filosófico, dentro
del cual ha nacido la ciencia. Si realmente llevara el pensamiento
al límite, encontraría que no hay razones
suficientes para no aceptar que la vida humana empieza 14
días antes, no después. Es probable que lo
que le sucede a Ford es que no quiere llevar el pensamiento
al límite por intereses creados, sirviéndose
de un pensiero debole, tan clásico en nuestros
días. Esta actitud nada tiene de científico
y menos de filosófico; más bien, es la clásica
opinión que reclama votos del auditorio aunque sea
engañándole al mismo.
M. J. Coughlan, adhiriendo a la posición del australiano Ford, formula
dos tesis: 1. No todos los seres humanos son personas (por
ejemplo los embriones); 2. No todos los seres humanos tienen
que ser tratados como personas (esta segunda tesis va introducida
en respuesta a quien pretende tratar a los embriones humanos
como si fueran personas)49.
Con respecto a la objeción de la totipotencialidad de las células
del embrión (poseen la potencialidad de formar todos
los tejidos del cuerpo y formar un individuo completo),
hay que decir que la posibilidad de formación de
gemelos no niega la individualidad del cigoto. Las células
individuales del embrión no pueden ser consideradas
totipotentes en acto mientras estén integradas en
el embrión; por sí mismas, no constituyen
una forma independiente de vida. Para que se den gemelos,
una célula debe ser separada del resto y, por lo
tanto, una nueva entidad es formada. Esto puede ser considerado
una forma inusual de reproducción asexual. El
término individuo no es sinónimo de indivisible.
O sea, el embrión constituye un individuo formado
por células totipotentes porque constituye una unidad
integrada en estructura y función. Si una de las
células se separa, esta también constituye
una unidad integral en sí misma y por tanto es un
nuevo individuo. Lo mismo habría que decir de la
formación de quimeras, la individualidad significa
que hay un único centro organizador, aunque previamente
hubiese dos individuos; estos se unen debido a la capacidad
unificadora que tienen los embriones. Esta capacidad está
presente en todo el desarrollo aunque solo es total en el
estado embrionario. De este modo, al formarse una quimera
habría un solo individuo con un solo centro organizador.
El centro organizador varía con el desarrollo: en
el cigoto es el genoma, en el feto y el adulto pasa a ser
el sistema nervioso. Durante las primeras divisiones, la
información para dirigir el desarrollo completo está
presente en cada célula así como en el embrión
entero. Biológicamente, la totipotencialidad se pierde
a causa de un proceso de metilación que silencia
ciertos genes en cada célula que se diferencia. Este
proceso de metilación está controlado por
genes que ya están presentes en el cigoto50.
Más aún, se ha demostrado que la formación
de gemelos puede ocurrir también más tarde
durante el desarrollo, dos o tres meses después de
la fecundación, así que algunas células
del embrión son todavía totipotentes en este
estado51.
Para Rodríguez yunta, no hay razón para considerar al cigoto como
una entidad diferente del embrión. Es un hecho que
se forma una vida humana con una única constitución
genética en el proceso de la fecundación.
El huevo fecundado es un individuo humano único con
46 cromosomas diferentes en conjunto de los que se encuentran
en el padre y en la madre y con el suficiente suplemento
de moléculas morfogenéticas para controlar
el comienzo del desarrollo. Ningún otro hecho biológico
del desarrollo se puede decir que sea el momento del comienzo
de un nuevo ser. La singularidad de la fecundación
reside en el hecho de que requiere la unión de dos
entidades, las células germinales, que pertenecen
a dos seres diferentes, el padre y la madre, las cuales
por sí mismas no tienen el poder de dirigir el crecimiento
y la diferenciación, pero sí cuando están
unidas. La implantación señala solamente la
suficiente estabilidad como para garantizar el desarrollo.
No debe olvidarse que
toda vida de cualquier ser viviente parte de una célula. La célula
es la unidad de la vida; ¿cómo no habría
de ser así también en el ser humano? Cualquier
especie entre los seres vivos está definida por
su constitución genética o genoma; también,
el ser humano, cuyo genoma completo se halla presente
en el cigoto52.
5.a. La individualidad asociada a la presencia del sistema nervioso central
Hay teorías que aceptan plenamente la identificación entre persona
y ser humano, pero niegan que el ser humano se inicie en
el momento en que tiene origen la vida humana, esto es,
el momento de la penetración del espermatozoide en
el óvulo, retrasando el inicio o al momento en
el que se completa el proceso de fertilización o
al momento de instauración de la relación
física con la madre o al momento en el cual es imposible
la gemelación o la hibridación.
P. Singer53 adhiere explícitamente a la concepción
ética del utilitarismo, en la versión
del utilitarismo de la preferencia o utilitarismo de
los intereses. El autor sostiene que “la característica
universal de la ética” ofrece argumentos convincentes,
si bien no definitivos, a favor de una posición utilitarista
en sentido pleno54. El utilitarismo, si bien
no es deducible de la universalidad de la ética,
es, sin embargo, un primer escalón que se logra universalizando
los procesos de decisión autointeresados55.
De esta forma, Singer precisa que los intereses se refieren
al deseo de evitar el dolor, desarrollar las propias capacidades,
satisfacer las necesidades primarias, gozar de relaciones
amistosas y ser libres de realizar los propios proyectos56.
Por lo tanto ¿quiénes son para Singer los sujetos en grado de tener
intereses? Todos los sujetos “sensientes”
o sensibles; todos los sujetos en grado neurofisiológicamente
de sentir; en otras palabras, todos los capaces de percibir,
en el sentido de probar placer o dolor: esta es la condición
mínima de posibilidad, el prerrequisito para
tener intereses o preferencias, o sea, para desear el placer
y evitar el dolor, para preferir el placer al dolor. Así,
cae toda distinción entre humano y animal, y,
en consecuencia, el principio de igualdad se extiende biocéntricamente
más allá de la especie humana hasta comprender
los animales no humanos. El límite de la sensibilidad
es el único confín defendible para tener en
cuenta los intereses de los demás.
Continuando con este análisis, debe reconocerse que la distinción
entre el nivel de sensibilidad o conciencia y el nivel de
autoconciencia tiene una gran importancia en la teoría
ética y jurídica de Singer. Los seres sensientes
son los dotados de conciencia, entendida esta como facultad
perceptiva del placer y del dolor. La distinción
entre el nivel de sensibilidad o conciencia y de autoconciencia
está a la base de la distinción entre
“ser humano” y “persona”. Singer
distingue dos significados de ser humano sobrepuestos pero
no coincidentes: “ser humano en sentido biológico”,
o sea el organismo viviente perteneciente biogenéticamente
a la especie “homo sapiens” y “ser
humano” en el sentido, se podría decir, metabiológico,
el organismo viviente que posee ciertas cualidades (o sea
la autoconciencia y la racionalidad) en un cierto grado.
Solo en el segundo sentido el ser humano sería “persona”.
Para Singer los dos términos, persona y ser humano,
no son equivalentes57.
Al ente solo consciente le es negado el estatuto personal. Es evidente la neta
escisión entre “persona” y “ser
humano” o natura humana: no todos los seres humanos
(en sentido biogenético) son personas (“podría
haber también miembros de nuestra especie que no
son personas, precisamente los niños hasta un cierto
estadio de desarrollo, los no nacidos, los fetos, los embriones,
como también los retardados) y paradójicamente
no todas las personas son seres humanos (podría
haber una persona que no es miembro de nuestra especie,
por ejemplo algunos animales superiores, como los monos,
las ballenas, los delfines, etc.).
Siguiendo esta racionalidad, las condiciones lícitas para la supresión
de la vida consciente son aplicables indistintamente al
animal y al hombre (no personas), esto es, al feto (al menos
después del 28º día o preferiblemente
la 18ª o 26ª semana desde la fertilización,
periodo en el cual se forma el sistema nervioso central;
antes de tal fecha el embrión, siendo no sensiente,
no goza de alguna forma de tutela), al no nacido, al niño
en los primeros años de vida, al sujeto en coma irreversible,
al anciano58. De todo esto se sigue la licitud
de la experimentación con embriones humanos no
sensientes, la licitud del aborto (si el feto viene mal
formado, si se verifica con técnicas indoloras) la
licitud del infanticidio, al menos en los primeros meses
de vida, sobre todo si es previsible que conducirá
a una vida infeliz.
Por lo que respecta a los seres autoconscientes o personas, Singer piensa
que a estos les es debido un nivel mayor de protección.
De frente a esta crisis que representa el pensamiento de Singer, el personalismo
afirma la trascendencia de la persona humana, como valor
intangible que resume ontológicamente todos los valores
del cosmos y es centro de la sociedad y de la historia.
Usamos aquí el término “trascendente”
no en el sentido absoluto como se usa para el Creador que
quedando infinitamente distinto y diverso del mundo lo pone
en estado de ser causativamente distinto de sí y
ontológicamente dependiente de su acto creador. Dios
trasciende también infinitamente a la persona humana,
aun siendo esta creada, según lo confirma la Revelación
cristiana a Su imagen y semejanza. Entonces, la persona
es trascendente desde el punto de vista ontológico
y axiológico: la persona, en cuanto capacidad
de autoconciencia y autodeterminación, supera
por novedad, nivel ontológico y valor al mundo material59.
6. El cigoto como individuo humano y persona humana
Para aquellos que quieran argumentar que el no nacido, particularmente
durante el primer trimestre de gestación, no es un
ser humano integralmente porque no posee las características
de autoconciencia, intuición, pensamiento, memoria,
imaginación, y por tanto no merece los derechos y
protecciones que se dan al nacido, hay que decir que aunque
tales características no están todavía
desarrolladas en el cigoto, sí están presentes
los genes para el desarrollo del cerebro, donde estas capacidades
se encuentran. Desde un punto de vista biológico,
el principio generativo se encuentra en los genes
de tal forma que el programa fisiológico y sicológico
del cigoto está ya determinado en interacción
con el ambiente por su constitución genética
desde la fecundación. Más aún, después
de la fecundación no hay experimento científico
que pueda desarrollarse con la intención de determinar
cuándo el no nacido sería humano; cualquier
momento que se usara como línea divisoria para señalar
el comienzo de una “humanidad integral” –tanto
si es cuando las células del embrión dejan
de ser totipotentes, o en el momento de la activación
cerebral, o cuando se dan los primeros movimientos o en
el momento en que el feto es viable– representa un
momento arbitrario sujeto a discusión60.
Efectivamente, existe un gran interés en no definir al embrión
como ser humano porque está en juego toda la posibilidad
de manipulación en los procesos de fecundación
in vitro. El argumento que se está usando para
negar que el embrión sea ser humano está basado
en los siguientes hechos biológicos: 1) La dificultad
del proceso de implantación, crítico para el
desarrollo; la división celular del cigoto no siempre
resulta en un embrión, hay un alto porcentaje que no
se desarrolla por causa de fallos en el proceso de implantación.
2) El embrión se encuentra en estado de dependencia
genética, necesita de información externa para
poder desarrollarse; las células del embrión
poseen plena capacidad de desarrollo debido a que no están
diferenciadas y son capaces de desarrollarse tanto como células
fetales como extraembrionales, dependiendo de información
externa, de forma que no todas las células se convierten
en el embrión. 3) La posibilidad de formación
de gemelos antes de la implantación, lo que niega la
individualidad del embrión; de esta manera se habla
de que no se trata de un ser humano individual61.
En cuanto al problema de la implantación, se sabe que al menos
el 30% de las concepciones se pierden antes de la implantación
de forma natural62. La alta frecuencia de fallos
en la implantación se debe a la dificultad fisiológica
del proceso o a que el embrión es anormal en algunos
casos, pero no indica, necesariamente, un cambio de estatuto.
Se han identificado numerosas causas responsables de fallos
en la implantación: factores endocrinos, desórdenes
genéticos, infecciones, factores sicológicos,
factores inmunológicos63. En consecuencia,
no hay ningún nexo lógico que permita decir
que el embrión es menos ser humano que el embrión
porque haya un alto riesgo de eliminación. En el pasado
los recién nacidos tenían un alto riesgo de
probabilidad de muerte y no por ello eran considerados menos
seres humanos. El embrión y el embrión son el
mismo ser formado en el proceso de la fecundación.
En cuanto a la dependencia genética, es cierto que hay una dependencia
para el desarrollo del embrión respecto de la madre,
pero esta no es genética, ningún gen de la madre
es añadido a los que ya tiene el embrión en formación.
La incapacidad para crecer y desarrollarse indica que hay algunos
factores que deben ser suministrados por el tejido maternal
para que el embrión continúe el desarrollo. El
embrión no puede desarrollarse sin la formación
de la placenta, dado que esta establece conexiones funcionales
que son críticas para que el embrión sobreviva.
Hay que añadir, además, que la influencia que
tiene lugar entre el útero y el embrión es recíproca.
El proceso requiere la sincronía de actividades tanto
del útero como del blastocisto (estado del embrión
en el momento de la implantación). Antes de la implantación
el útero sufre cambios controlados por hormonas enviadas
por los ovarios y en respuesta a factores suministrados por
el embrión, para facilitar la implantación y hacerlo
receptivo al embrión; a su vez, el blastocisto desarrolla
moléculas adhesivas para unirse al útero y proteinasas
para invadir la pared del útero controlado por su propio
programa de desarrollo64. Rodríguez yunta
nos refiere los descubrimientos sobre numerosas moléculas
relacionadas con la adhesión tanto a la superficie del
embrión como a la superficie del epitelio del útero65.
De aquí en adelante la placenta redirige funciones inmunológicas,
endocrinas y metabólicas maternales que dirigen los cambios
necesarios en el útero para continuar la gestación
y establecer una vasculatura híbrida en que los trofoblastos
(células especializadas de la placenta) se encuentran
en contacto directo con la sangre maternal para proveer nutrientes
y gases66. Antes de la implantación el embrión
ya ha comenzado a expresar su información genética
con la formación de transcritos sin necesidad de ninguna
influencia materna. Así existe evidencia de la expresión
de genes que codifican receptores de factores de crecimiento67,
factores de transcripción68 o productos que
son específicos de tejidos determinados69,
incluso hay evidencia de genes que ya se expresan en el cigoto,
como es el caso de los genes SRY y ZFY ligados al cromosoma
y relacionados con la determinación sexual70.
En definitiva, lo que esta evidencia científica refleja es la realidad
del carácter relacional de la vida en que una entidad
nunca puede estar completamente aislada por sí misma.
La relación fisiológica tan próxima que
existe durante el desarrollo embriológico y fetal con
la madre tiene paralelo con la relación que existe durante
el período de lactancia y a través de la comunicación
en la niñez. La naturaleza de la dependencia varía
a través del desarrollo, pero no hay vida sin interacción
con otros seres. El hecho de que el embrión intervenga
en la formación de la placenta indica que se trata de
un ser con su propia información capaz de ejercer cambios
en la madre.
Por ejemplo, a los quince días del primer retraso de la regla, es decir,
a la edad real de un mes, ya que la fecundación tuvo
lugar 15 días antes, el ser humano mide cuatro milímetros
y medio. Su minúsculo corazón late desde hace
ya una semana, sus brazos, sus piernas, su cabeza, su cerebro,
ya están formándose. A los sesenta días,
es decir a la edad de dos meses, cuando el retraso de la regla
es de mes y medio, mide, desde la cabeza hasta el trasero, unos
tres centímetros. Entraría recogido sobre sí
mismo en una cáscara de nuez y está casi terminado:
manos, pies, cabeza, órganos, cerebro... todo está
en su sitio y no hará sino crecer. Además, ya
se pueden leer las líneas de la palma de la mano y descifrar
sus huellas digitales, pero algunos dirán que hasta los
cinco o seis meses su cerebro no está del todo terminado.
¡Pero no, no!, en realidad, el cerebro solo estará
completamente en su sitio en el momento del nacimiento; y sus
innumerables conexiones no estarán completamente establecidas
hasta que no cumpla los seis o siete años; y su maquinaria
química y eléctrica no estará completamente
rodada hasta los catorce o quince. A los cuatro meses se mueve
tanto que su madre percibe sus movimientos. Gracias a la casi
total ingravidez de su cápsula cosmonauta, da muchas
volteretas, actividad para la que necesitará años
antes de volver a realizarla al aire libre. Entonces ¿por
qué cuestionarse si estos hombrecitos existen de verdad?
¿Por qué racionalizar y fingir creer que el sistema
nervioso no existe antes de los cinco meses? Cada día
la ciencia nos descubre un poco más de las maravillas
de la vida oculta, de ese mundo bullicioso de la vida de los
hombres minúsculos, aún más asombroso que
los cuentos para niños. Porque los cuentos se inventaron
partiendo de una historia verdadera; y si las aventuras de Pulgarcito
han encantado a la infancia, es porque todos los niños,
todos los adultos que somos ahora, fuimos un día un Pulgarcito
en el seno de nuestras madres71.
7. Algunas notas sintéticas
Los datos científicos, bien sopesados y depurados, muestran claramente
que el embrión –desde la fertilización–
es un “organismo de la especie humana”, claramente
individualizable como producto de la unión de dos progenitores
determinados (esto se hace obvio si se piensa en la fecundación
in vitro y el recurso a la “madre sustituta”).
La condición del embrión humano no difiere, desde
este punto de vista, de la de cualquier mamífero.
Hasta aquí la argumentación es comparable a cualquier argumentación
de tipo científico-natural. Pero la simple observación
de un “organismo de la especie humana” en su estado
de pleno desarrollo descubre características que son únicas
en el mundo natural y que contradicen la estructura normal del
discurso científico.
El gran aporte de las ciencias naturales a la consideración filosófica
del hombre radica en que la continuidad del desarrollo justifica
plenamente la propuesta de una unidad del ser humano durante toda
su vida (del embrión a la vejez). No hay muchos “yo”
sino un único “yo” que no puede empezar sino
en el instante mismo de la concepción o fertilización
y termina con la muerte del ser humano. La observación
del desarrollo de este “yo” nos dice que el ser humano
es heredero de valores que nada tienen que ver con la carne o
con la sangre, tanto es así, que muchos de ellos se imponen
a la voluptuosidad de la carne. Aceptado esto, nos quedaría
por decir que, entonces, la primera experiencia en absoluto del
ser humano en el instante mismo de su concepción no es
la experiencia sensitiva sino la de la presencia de Alguien que
infundiendo su gene, esta vez no biológico, hace del ser
humano alguien con conciencia de Alguien que constituyéndolo
estructuralmente con su acto lo deja abierto a los demás,
abierto al infinito, abierto al Absoluto por el mismo Absoluto:
experiencia que le acompañará y presidirá
toda su vida.
La ciencia en sí no puede habérselas con objetos que
se escapen a sus principios y postulados básicos. Por eso
es que procurará siempre encontrar, en virtud de estos, una
explicación para todo lo que parece salirse de su marco,
y se negará siempre a aceptar que existan objetos naturales
que le son radicalmente inaccesibles. Esto significa que el cultor
“consecuente” de la ciencia debe resignarse a una descripción
empobrecida de la realidad humana.
Pero esta posición no es una consecuencia necesaria, desde el momento
en que hay que convenir en que la ciencia es solo una de
las producciones con las que el hombre se entiende con la realidad,
y no la única, y seguramente no completa y consistente.
Es así como la manera propia de acercarse al ser humano puede ser radical-mente
distinta de la de las ciencias naturales, e incluso caer en el
ámbito de lo que tradicionalmente se ha llamado la metafísica.
Cualquiera que sea esta aproximación, ella debe poder ser
articulada con 1) la experiencia “vulgar” de lo humano;
2) los datos científicos sobre lo mismo; 3) las concepciones
filosóficas o teológicas que correspondan sobre
la realidad.
El ente (ser humano) así entrevisto se asemeja a Dios (“…a
su imagen y semejanza lo creó…”) y en la medida
en que “el modelo absoluto” sea una manera de designar
al mismo Dios, él constituiría la dimensión
fundamental, constitutiva, de lo humano.
Me parece, de todos modos importante, poner el énfasis en que la “persona
humana” es espiritual, y que sus rasgos fundamentales exceden
los del ente biológico. Su reducción a este distorsiona
irremediablemente una comprensión razonable del ser humano.
El punto de partida de la consideración del hombre no puede
ser el científico natural.
8. Cigoto y persona humana desde una perspectiva metafísica72
Quisiera dar algunas respuestas a estas grandes cuestiones mencionadas
en los apartados anteriores. No es suficiente la definición,
desde las ciencias experimentales, del cigoto, preembrión
o embrión antes o después de la anidación
en el endometrio o mucho más tarde con la aparición
del sistema nervioso o, incluso, cuando se llega al uso de razón
como dicen otros. Se hace necesario abordar el estatuto ontológico
del embrión humano.
La aparente claridad de las consecuencias de la investigación biológica
para entender la naturaleza humana y para aplicar sus resultados
en la sociedad depende en el fondo de una extensión del
método científico experimental hacia dimensiones
que no le corresponden y de una determinada concepción
a priori del ser humano que, actuando como un cuerpo de presuposiciones
epistemológicas no manifiestas, incurre en una serie
de contradicciones teóricas y existenciales. Un abordaje
epistemológico, en el contexto de los actuales planteamientos
de la filosofía de la ciencia, y unas referencias a dimensiones
antropológicas y metafísicas más profundas,
nos pueden aportar una cierta luz crítica e iluminar
las orientaciones de la investigación biológica
y sus consecuencias éticas y antropológicas.
Resulta evidente, a nuestra observación natural o culta del mundo que
nos rodea, que la noción de persona es la más
elevada de toda la creación, de consecuencia toda la
creación está ordenada a la persona. Todo lo cuantificable
o matematizable, objeto del método experimental o de
las ciencias de la naturaleza, está ordenado a la persona
y es esta quien le pone nombre y definición. Esto es:
existe un método experimental para las ciencias de la
naturaleza y un método experiencial o vivencial para
las ciencias del espíritu, pero de lo expuesto se deduce
que la persona humana es más que todo método y
más que toda ciencia, sea esta experiencial o experimental.
El hombre es incuestionablemente el originador o productor de las ciencias, lo
que hace muy dudoso que él pueda “ser definido”
a partir de ellas. A continuación toda la acción
humana se mueve en virtud de “causas finales”, que
no tienen ningún valor en el ámbito de las ciencias
naturales. Hay experiencias que son fundamentales (fundantes)
en la vida humana, como la de la responsabilidad, por
ejemplo, y que no tienen paralelo con el resto de la naturaleza.
Para no alargar más la enumeración, recordar solo
que la comunicación entre los seres humanos es de inmensa
riqueza, pero que ella se realiza siempre en la impenetrable
lejanía del interlocutor. Toda acción humana brota
de una intimidad inaccesible.
Saliendo entonces del marco estrecho de la ciencia natural, hay que partir de
la unidad del embrión (hombre), por toda la vida natural.
Esa unidad aparece como la de un ente abierto al mundo (conocimiento
y praxis); abierto a los otros (relación) y abierto al
Absoluto. “Abrirse” significa en cierto modo asemejarse.
Esta apertura al absoluto tiene muchas formas de expresión;
para Gregorio de Nisa la perfección de la naturaleza
humana es aspirar siempre a un bien más alto: “la
naturaleza del bien atrae hacia sí a los que levantan
los ojos hacia ella”73.
Para Rielo, “la creación del ser humano, su organismo biológico,
supuesta la creación y la evolución de la materia
y de la vida, tuvo que llegar a tal grado de complejidad estructural
que fuera capaz de poder recibir la creación del espíritu.
Este hecho no puede acontecer sino en el mismo momento en que
aparece la vida de un nuevo ser humano: en el instante de la
concepción, en que, dándose las condiciones biológicas
adecuadas, es activada la información genética
que constituye el inicio, desarrollo y madurez biológicos
de la persona humana, al mismo tiempo que, en virtud de la divina
presencia constitutiva del modelo absoluto, se le otorga la
activación de la información genética trascendental,
que constituye el inicio, desarrollo y madurez de su vivencia
y experiencia ontológica o mística.
Su estado de conciencia no acaece con el tiempo, ni con el desarrollo o madurez
biológicas, ni con el cúmulo de experiencias;
antes bien, la persona humana es un ser consciente, intelectivo,
volitivo y libre desde el primer momento de su concepción.
Otra cosa es el ejercicio experiencial de la conciencia y de
la libertad con sus dos funciones de la inteligencia y de la
voluntad en su complejidad sicosomática sometida al desarrollo
y madurez en el tiempo biológico.
El ser humano posee, no obstante, vivencia primordial de su conciencia y de todo
lo que le constituye como persona desde el momento de su concepción,
y es esta vivencia primordial, trascendente, la que está
presente en toda experiencia vivencial y experiencial en el
desarrollo integral durante toda su vida en este mundo”74.
“El ser humano está llamado por Dios a ejercer, con el mismo Dios,
un “condominio” místico sobre la creación
y la evolución75. Debido a que el ser humano
dispone de libertad, a imagen y semejanza de Dios, aquel puede
convertirse en observador; es decir, en alguien que puede poseer
visión del mundo, visión de la realidad, visión
de sí mismo, en virtud de la presencia divina constitutiva
en su espíritu del Absoluto que, con su visión
absoluta, está constitutivamente presente en la persona
humana, dándole el ser, el conocer y el actuar a su imagen
y semejanza”76. La persona humana es intimidad
que, exigencialmente abierta al sujeto absoluto y constituida
genéticamente por la divina presencia de este no es identificable
con lo ético, con lo síquico y con lo orgánico.
El espíritu es, más que un espíritu encarnado,
un espíritu sicosomatizado que se encuentra en abierta
tensión de dos límites: formal la finitud
del sicosoma; trascendental, la infinitud del sujeto
absoluto”77.
Nuestro espíritu sicosomatizado, definido por la divina presencia constitutiva
del modelo absoluto, es el mismo desde el momento de la concepción
hasta la muerte biológica del cuerpo. El “yo”
de nuestro espíritu con su conciencia potestativa, encierra
en sí los factores determinantes de la unidad de experiencia
vivencial durante toda nuestra vida, en tal grado que no puede
haber más que un “yo”78, ni puede
haber sustitución de este “yo” por otro “yo”
diferente. El “yo” contiene en sí estos factores
determinantes de unidad mucho antes de las primeras experiencias
fácticas que acuden a nuestro recuerdo, pues nuestro
“yo genetizado”79 es antes que nuestra
efectiva capacidad del recuerdo, de nuestra memoria, de nuestra
imaginación, de nuestros sentimientos, de nuestros afectos,
y, cómo no, de nuestra cultura, de nuestra educación,
de nuestras formas de pensar y de actuar, de nuestros conocimientos
científicos80.
Las funciones sicosomáticas, nos sigue diciendo F. Rielo, sus contenidos
de experiencias acumuladas, su objetivación en la historia
y en la cultura, están sometidas al proceso del conocimiento,
cuya experiencia se obtiene a la par que se da el desarrollo
y madurez de su función biológica, de su función
sicológica, de su función social, en las que intervienen
las circunstancias educacionales y ambientales. Si redujéramos
a este proceso y desarrollo nuestra consciencia potestativa81
y, con ello, nuestras facultades, nuestra libertad con
su inteligencia y voluntad, y todo lo que de vivencia de esta
conciencia se proyecta en nuestra integridad sicobiológica,
habríamos incurrido en el absurdo de un materialismo
que no puede demostrarse por las ciencias experimentales ni
definirse por ninguna forma de experienciación. No todo
lo que es y lo que hace el ser humano es aprendido
experiencialmente. Antes de aprender, la persona humana es alguien
capaz de aprender, de tener experiencias, de dirigir y dar dirección
y sentido a su aprendizaje y a sus experiencias. El yo no
surge con la experiencia, ni con el razonamiento, ni con el
lenguaje, ni con la cultura; antes al contrario, es esto lo
que, en el proceso viador, surge de un yo sicosomatizado que,
genetizado por la divina presencia constitutiva del modelo absoluto,
está capacitado, dentro de un límite formal abierto
al límite transcendental, para ello. La persona tiene
en su conciencia, estado en que queda su espíritu inhabitado
por la divina presencia constitutiva, la potestad organizadora
y rectora de sus impulsos, de las fuerzas sicosomáticas
y exteriores. La conciencia es para Rielo un concepto relacional.
El ser humano es un ser libre creado, concebido, engendrado, espirado e inspirado
por el modelo absoluto a imagen y semejanza de la libertad divina.
El modelo absoluto crea, para ello, un espíritu que infunde
en el sicosoma de una célula o cigoto en el que, activándose
la genética información biológica, se activa
además con el espíritu sicosomatizado, la genética
información ontológica82.
Para Rielo, metafísicamente hablando83, es claro que si hemos
de definir a la persona, no podemos hacerlo recurriendo a la
persona en sí misma o a algún aspecto de la misma.
Si elegimos lo primero, tenemos una definición tautológica
que carece de información. Si aceptamos lo segundo, hemos
reducido a la persona solo a una de sus propiedades o capacidades.
Estas dimanan de algo más profundo que constituye esencialmente
la persona. y es que el ser humano es más que sí
mismo. ¿De dónde, si no, le viene la capacidad
de superarse, de avanzar, de crecer, sino de ese “más
que sí mismo”? Algo hay en la persona que es irreductible
a ser manipulada por leyes físicas y químicas:
este “algo” es lo que hace a la persona “más
que materia”. El ser humano es incomparablemente muchísimo
más que el contenido de la información genética
de sus 30.000 genes, estimados por el proyecto del genoma. ¿Qué
es, en definitiva, este “ser más que” materia,
psicología, moral, sí mismo? Quizás la
respuesta esté en la afirmación de que la persona
es un “espíritu psicosomatizado”. Pero ¿en
qué consiste la noción de espíritu? ¿Cuál
es su constitutivo? ¿Cómo evitar que sea una noción
tautológica y quede, por tanto, “bien formada”?
¿Cómo defenderse del materialismo reduccionista,
en que si no decimos algo más, el espíritu sería
resultado de la evolución de la materia al igual que
cualquier otro aspecto del ser humano, todo surgido de la programación
del cigoto al unirse el óvulo y espermatozoide? El ser
+ es la estructura abierta que caracteriza a la persona humana.
No existe el ser persona clausurado en sí mismo”84.
La “personificación” del ser humano significa de esta forma
la presencia del sujeto absoluto, supuesto el acto de la creación,
en un ser constituido de dos elementos: unocreado,lanaturalezahumana;yotroincreado,ladivinapresenciaconstitutivaen
esta naturaleza creada, haciéndola, de este modo, “persona”,
esto es, rostro divino, deitático. Si esta apertura de
la persona humana al sujeto absoluto es negada, el ser humano
caería, cerrado en sí mismo, dentro del absurdo
identitático de una persona en cuanto persona. Esto es
lo mismo que decir que el ser humano se reduciría a un
inmanentismo, pseudorrelacionado consigo mismo como un ser para
sí mismo, en sí mismo y por sí mismo, en
vez de un ser para Dios, en Dios y por Dios. Es un hecho de
la experiencia el que el ser humano en todas las culturas se
abre a un sujeto absoluto. La persona humana no podría
estar abierta al Absoluto si el Absoluto no estuviera ya en
ella constituyéndola.
Dado que la divina presencia constitutiva del
sujeto absoluto en el espíritu de la persona humana invalida
cualquier concepción identitática de persona, no
hay razón ontológica para mantener que la divina
presencia constitutiva ocurra arbitrariamente en cualquier otro
momento posterior a la fecundación o fertilización.
De esta forma, la ciencia y la ontología (así como
el Magisterio)85 concuerdan en que es en la fecundación
que el ser humano es constituido como persona. Esta constitución
ontológica-filial hace a la persona humana abierta y ontológicamente
coloquial con Dios, quien se establece, además, como el
único modelo antropológico, epistemológico
y ético del ser humano86.
9. Alguna conclusión
La noción de divina presenciaconstitutiva provee una nueva óptica
genuinapara considerar la naturaleza de persona. Desde este
punto de vista, las nociones tradicionales de persona: autoconciencia,
racionalidad, autonomía, habilidad lingüística
comunicativa, capacidad moral, entre otras, representan propiedades
pertenecientes a la naturaleza creada de persona humana que,
formada por la divina presencia constitutiva del sujeto absoluto,
y aparte de impedimentos naturales, se manifiestan en los diferentes
estados del desarrollo. Es precisamente esta divina presencia
constitutiva en el cigoto desde que la fecundación ha
tenido lugar –y no las propiedades lingüísticas-cognitivas–
volicionales– que la persona se constituye ontológicamente87.
Este hecho hace al ser humano persona abierta a la vida, a la
nueva vida que adviene y con la cual le liga una relación
estrecha: paternidad/maternidad-filiación. Si el hombre
y la mujer se definen por su apertura ontológica, el
acto por el cual se verifica la generación tiene que
estar genéticamente abierto a la vida. Su imposibilitación
o interrupción constituyen un desorden genético.
Desde esta perspectiva, todos los argumentos presentados en
favor delaborto–aconsecuenciadeviolaciónoincesto,odeldeseodeevitarelnacimiento
de un ser deformado o impedido, o de consideraciones personales
debido a cargas físicas, emocionales o económicas
generadas a causa de llevar a término el proceso de gestación
o por ser el embrión o feto portador de enfermedades
genéticas– no tienen justificación moral.
Debido a que la única forma de separar el feto del vientre
de la madre antes de su viabilidad es destruyéndolo,
el derecho del no nacido a su propia vida debe ser considerado
por encima del derecho de la madre a su propio cuerpo88.
El no nacido debería –independientemente de su
estado de desarrollo– ser sujeto de derechos al igual
que lo es el recién nacido o el adulto– y debería
proporcionársele mayor protección dada su mayor
debilidad y vulnerabilidad. La magnitud del daño que
es provocado al abortar un feto es mayor que cualquier otro
daño que pudiera infligirse en el adulto dado que el
valor de la vida es mayor en el no nacido por ser privado de
su futuro, que incluye su experiencia, proyectos, actividades89,
y dado que es completamente indefenso. De la misma forma que
hay leyes que protegen al recién nacido, debería
de haber leyes que protegiesen al no nacido90. El
amor es el imperativo moral de la conducta humana y por tanto
de las relaciones entre seres humanos91. El egoísmo,
identidad práctica, es agenético.
La esencia de la persona humana, como ser en relación con Dios, y por
lo tanto con otros seres humanos y con la naturaleza entera,
prohíbe cualquier acción que comprometa de alguna
forma la propia realización de esta relación.
Dado que el aborto compromete la persona del no nacido, no es
moralmente permitida su práctica. A este respecto, es
sorprendente que el aborto sea típicamente presentado
como un tema perteneciente solo a la mujer; esto constituye
una desviación de la realidad, ya que además de
Dios, como sujeto absoluto del origen y destino del ser humano,
al menos hay tres personas en juego: el padre, la madre y el
no nacido.
Teniendo en cuenta la constitución biológica y metafísica
desde la fecundación, el cigoto, como persona formada por
la presencia constitutiva divina, es una forma sagrada de la vida
que debería ser respetada de acuerdo con la dignidad de
su carácter ontológico92. “Se tiene
que distinguir, sobre todo, la cualidad esencial que distingue
a toda criatura humana por el hecho de ser creada a imagen y semejanza
del Creador mismo. Como dice la Constitución Gaudium
et Spes (n. 14) el ser humano está llamado a un diálogo
personal con el Creador. Por tanto, él posee una dignidad
superior, por esencia, a las otras criaturas visibles, vivientes
y no vivientes… Todas las dimensiones de la persona, dimensión
corpórea, psicológica, espiritual y moral, van concebidas
en armonía. De esta forma, la dignidad ontológica
de la persona humana es efectivamente superior: trasciende los
mismos comportamientos errados y culpables del sujeto”93.
Para la bioética católica, “la vida humana es sagrada porque
desde su inicio comporta la acción creadora de Dios y queda
para siempre en una relación especial con su Creador”94.
“Esta creaturidad del hombre es un dato fundamental
de la antropología cristiana, el hombre es una criatura
y, por tanto, como toda criatura es pensable solo en relación
con Dios, pero la relación de la criatura humana con
Dios es absolutamente única, porque es una relación
constitutiva y exclusiva, una relación personal que
hace del hombre una persona, una realidad abierta a la
Alteridad en un modo dinámico que lo conduce siempre a
una mayor actuación y completitud definitiva. El valor
de la vida humana no deriva de aquello que un sujeto hace o realiza,
sino simplemente de su existencia con su ser constituido en relación
con Dios; la raíz del valor de la inviolabilidad de toda
vida humana está últimamente en Dios. En consecuencia,
sea joven o adulto, sano o enfermo, embrión o neonato,
genio o idiota, el valor de todo ser humano es totalmente independiente
de la cualidad de sus prestaciones y de su vida; lo que verdaderamente
cuenta es su ser en relación con Dios”95.
Mientras que toda relación con el otro es reveladora de mi ser
persona, la relación con Dios es constitutiva de mi
ser persona. Cada uno de nosotros existe como persona porque
su ser está en relación con el misterio trascendente
del Ser. Si bien es verdad que cada uno de nosotros se humaniza
en el momento en que viene acogido en una red de relaciones interhumanas,
es también verdad que la acogida por parte del otro no
constituye a la persona en su ser y en su valor. El otro no
me atribuye ser y valor, sino que lo reconoce, porque mi ser y
mi valor están constituidos por mi relación con
la alteridad.
Citas
1 Dichiarazione Dei Docenti Delle
5 Facoltà di Medicina e Chirurgia, delle Università
di Roma: L’embrione come paziente. En Ateneo Pontificio
Regina Apostolorum. Facoltá di Bioetica, Febbraio
2002.
2 Vescovi A. y Marrone T. Le regole non bloccano la ricerca in 30
Giorni, Maggio, 2005, Italia.
3 Medina L. Questioni epistemologiche relative allo statuto dell’embrione
umano. En Identità e statuto dell’embrione
umano. Pontificia Academia pro Vita. Librería Editrice
Vaticana, 1998, pág. 85.
4 Cf. ibíd., pág. 85. Ver también Gottier G.
Critères de jugement ethique sur la tecnologie. En
Nova et vetera, 1, 1998, pág. 22-43.
5 Serra A. y Colombo R. Identità e statuto dell’embrione
umano: il contributo della biologia. En Identità e
statuto dell’embrione umano, óp. cit., pág.
109.
6 Medina L., óp. cit., pág. 86.
7 Cf. Jonas H. Dalla fede antica all’uomo tecnologico. Ed. Il
Mulino, Bologna, 1991, pág. 262-263. En Identità
e statuto dell’embrione umano, óp. cit., pág.
86.
8 Cf. Carrasco de Paula I. Il rispetto dovuto all’embrione umano:
prospectiva storicodottrinale. En Identità e statuto
dell’embrione umano. Libreria Editrice Vaticana, Città
del Vaticano, 1998, pág. 9-13.
9 Ver Nardi E. Procurato aborto nel mondo greco-romano, Giuffrè,
Milano, 1971.
10 Cf. La República 4 460-1.
11 Cf. Política, 7. Hipócrates en el Juramento dice:
Nunca sugeriré a una mujer prescripciones que puedan
hacerla abortar”. En Documenti di deontologia ed etica
medica, Spinsanti S., ed. Paoline, Milano, 1985, pág.
19, y Rodríguez Guerro A. La persona humana frente al
dolor, la vejez y la muerte, óp. cit., pág. 75-76.
12 Vial Correa J. de D. El embrión humano. En Ars Medica, vol.
4 Nº 6, óp. cit., 2002, Santiago de Chile (ex
Presidente de la Pontificia Academia para la Vida). “Presentación
hecha también en el panel sobre anticoncepción
de emergencia. Pontificia Universidad Católica de
Chile, junio 27, 2001”.
13 El cigoto está formado por una célula única
provista de una copia maestra de genes, los cuales además
de su capacidad de replicación son capaces de controlar,
en interacción con moléculas reguladoras presentes
en el citoplasma del cigoto, la formación del cuerpo
a través de la generación de proteínas,
las cuales no solamente forman parte de la estructura del
cuerpo sino que además controlan el cómo y
el dónde ocurren los procesos químicos dentro
de las células del organismo. Sin embargo, hay que
tener en cuenta que la fecundación es un proceso,
no un instante, que dura de 18 a 24 horas. Después
de la unión del espermatozoide y el ovocito se genera
el cigoto con la formación de los pronúcleos
masculino y femenino, que poseen los complementos cromosómicos
respectivos que juntos restauran el número diploide
de cromosomas que hace del cigoto una célula con
toda la información para formar un ser humano.
14 Vial Correa J. de D., ibíd., pág. 16.
15 Serra A. y Colombo R. Identità e statuto dell’embrione
umano: il contributo della biologia. En Identità
e statuto dell’embrione umano, óp. cit., pág.
119.
16 Polanyi A. Life’s irreducible structure. Science 1968, 160:
1308-1312.
17 Vial Correa J. de D., óp. cit., pág.
17.
18 Ibíd.
19 Guerra López R. Hacia una ontología del embrión
humano. En Biofilosofía, Biología del
desarrollo e individuación humana, versión
2. Congreso Internacional en Ciudad del México,
2005. Artículo publicado por la Asociación
Española del Personalismo, pág. 3.
20 Ibíd., pág. 18. Ver Serra A. y Colombo R., en óp.
cit., pág. 127-133. Ver también Serra
21 Ibíd., pág. 18.
22 Ver Rodríguez Guerro A. y Rodríguez yunta E. Antropología
y cultura médica contemporánea. El estatuto
del preembrión en perspectiva biológica,
óp. cit., pág. 251-282.
23 Cf. Palazzani L. Il concetto di persona tra bioetica e diritto.
Ed. G. Giappichelli, Torino, 1996, pág. 41.
24 Ibíd., pág. 43. “Va dicho que en la literatura
en general (y también en la literatura científica)
no hay acuerdo sobre el modo de entender la singamia: para
algunos esta coincide con la alineación de los cromosomas,
para otros cuando inicia y termina la fusión del
material genético y para otros cuando tiene inicio
la división mitótica”.
25 Cf. ibíd., pág. 44. Ver también Rodríguez
yunta E. El estatuto del preembrión humano. En
Ars Medica, vol. 1, Nº 1, Pontificia Universidad
Católica de Chile, pág. 98-108.
26 Palazzani L., óp. cit., pág. 44-45.
27 Lejeune C. y Lejeune J. El amor a la vida. Ed. Palabra, Madrid
1999, pág. 47-48.
28 Dunstan G.R. The ethical dilemmas, en Commonwealth of Australia,
Senate selec Committee on the Human Embryo Experimentation
Bill 1985 (official Hansard Report), Commonwealth
Government Printer, Canberra 1986, pág. 635.
Las palabras de Dunstan son las siguientes: “if
conception is a process, not an event (…) then
one cannot assume the existence of an individual,
a human identity, at this stage”. Citado por
Palazzani L., óp. cit., pág. 44-45.
29 Buckle S., Dawson K., Singer P. The syngamy debate: when precisely
does a human life begin?, en P. Singer (Edic.), Embryo
experimentation. Ethical, legal and social issues,
Cambridge University Press, Cambridge 1990, pág.
213-225. Citado por Palazzani L., ibíd., pág.
45.
31 Ver Bedate C.A. y Cefalo R.C. “The Zygote: To Be or not Be
a Person”. Journal of Medicine and Philosophy,
Nº 14, 1989, pág. 641-645.
32 Palazzani L., óp. cit., pág. 45.
33 Serra A. Per un’analisi integrata dello “status”
dell’embrione umano, en Biolo S. pág. 59
y ss., y “Va resaltado que la expresión,
frecuentemente presente en la literatura, “fusión”
genética de los pronúcleos es referida
impropiamente a la “fertilización”.
Desde el punto de vista científico es más
correcto decir “puesta en común”
del respectivo material genético de los gametos
humanos, de “alineación” y “distribución”
del patrimonio genético, o también de
“mescolanza”. y Serra A. Quando è
iniziata la vita umana?, La Civiltà Cattolica,
4, 1989, pág. 575-585.
34 Palazzani L., óp. cit., pág. 48.
38 Cf. Palazzani L., ibíd., pág. 54.
39 Abel F., ibíd., pág. 42, cit. por Palazzani L.
40 Malherbe J.F. L’embryon est-il une personne humaine? Lumière
et Vie, 172 (34), 1985, pág. 8.
41 Prini P. Le ragioni della bioética en Biolo S., pág.
19-35.
42 Rodríguez Guerro A. y Rodríguez yunta E. Antropología
y cultura médica contemporánea, óp.
cit., pág. 253; Bedate C.A. y Cefalo R.C.,
óp. cit., pág. 641-645. “Las células
del embrión humano tienen el potencial de desarrollarse
para formar los diferentes tejidos del cuerpo, como
ocurre con otros organismos. A este fenómeno
se le denomina “pluripotencialidad”. En
1998 se comenzó una nueva etapa en la investigación
de las llamadas “células madre”
humanas, también llamadas troncales o progenitoras
(stem cells) al conseguirse por primera vez que células
humanas derivadas de blastocistos producidos por fecundación
in vitro y donados para la investigación
fueran cultivadas con la habilidad de diferenciarse
en todos los tejidos del cuerpo. Al mismo tiempo se
consiguió cultivar líneas celulares
derivadas de células primordiales germinales
de fetos abortados. La preparación de células
madre embrionarias requiere: 1. La producción
de embriones humanos y/o la utilización de
embriones sobrantes por los procesos de fecundación
in vitro.
2. Su desarrollo hasta la fase de blastocisto (5 días).
3) La extracción de la masa celular interna
que implica la destrucción del embrión
como ser humano, ya que se le priva de su estructura
de soporte; de ser embrión pasa a ser un conjunto
de células desprovistas de la conexión
interna que las unifica como individuo. 4. El cultivo
de dichas células en un estrato de fibroblastos
de ratón irradiado (feeder) para que se multipliquen
y formen colonias llamadas embrioides (embryoid bodies)
y de estas formar líneas celulares capaces
de multiplicarse indefinidamente conservando las características
de células madre durante meses y hasta años.
Se les denomina células madre porque son capaces
de generar distintas estirpes celulares. El caso es
que no solamente hay células madre embrionarias,
también las hay en el adulto. Estas son capaces
de generar distintas estirpes celulares de su propio
tejido y también células de otros tejidos,
pero no de todos los tejidos del cuerpo. Se está
investigando el reactivar el programa genético
de estas células para que sean capaces de originar
todos los linajes celulares posibles.
43 Gracia D. Ética de los confines de la vida. Ed. El Búho
Ltda., 1996, pág. 116.
44 Serra A. Per un’analisi integrata dello “status”
dell’embrione umano…, óp. cit.,
pág. 84.
45 Palazzani L., óp. cit., pág. 61-88.
46 Warnock Report, Report of the Committee of Inquiri into Human Fertilisation
and Embryology, Departament of Health and Social
Security, London, 1984, pág. 66.
47 Warnock M. A question of life, cit., pág. 90, y en la Introducción,
pág. 15.
48 Ford N. M. When Did I Begin? Conception of the Human Individual
in History, Philosophy and Science. Cambridge
University Press, Cambridge, 1988, pág.
72-85 y 139-145.
49 Cf. Coughlan M.J. The Vatican, The Embryo and the Law (Iowa City:
University of Iowa Press, 1990, pág. 58-77;
y Bioethics, 2, 1988, pág. 294-316. Ver Rodríguez
Guerro A. y Rodríguez yunta E. Dependencia
genética, en Antropología y cultura
médica contemporánea, óp. cit.,
pág. 252-253.
50 Ver Emery A. E. H. Elements of Medical Genetics (New york: Churchill
Livingstone, 1983, pág. 103.
51 Ver Dawson K. Embryo Experimentation (New york: Cambridge University
Press, 1990), pág. 58; y Moore K. L.
The Developing Human (Philadelphia: W. B. Saunders
Co., 1982), pág. 133.
52 Rodríguez yunta, E. El estatuto del preembrión, una
perspectiva biológica, óp. cit.,
pág. 100-101.
53 Singer, P. Etica prattica, Ed. Liguori, Napoli, 1989.
54 Ibíd., pág. 23 (cf. Id., Practical ethics, pág.
12).
55 Ibíd., pág. 24 y (cf. ibíd., pág. 14).
56 Ibíd., pág. 31.
57 Palazzini L., ibíd., pág. 95.
58 Ibíd., pág. 100-101. E. Lecaldano, siguiendo la línea
de Singer, excluye de la tutela, además,
a todos los sujetos “privados de
reacciones cerebrales”. Lecaldano
E. Questioni etiche sui confini della
vita, in Di Meo A. Mancina C. (a cura
di), Bioética, pág. 19-39.
cit. por Palazzani.
59 Sgreccia E. Manuale di Bioética, vol. I: Fondamenti ed etica
biomedica, Ed. Vita e Pensiero. Milano,
2006, pág. 123.
60 Cf. Cahill L. The embryo and the fetus: New moral contexts, Theological
Studies. Vol. 54, Nº 1, 1993, pág.
127-134.
62 Ver Wilcox A. J. Incidence of Early Loss of Pregnancy, New England
Journal of Medicine, 319 (1988): 189-194.
63 Ver Choudhury S. R., Knapp L. A. Human Reproductive Failure II:
Immunogenetic and Interacting Factors, Human
Reproduction Update 7 (2001): 135-160; Bulletti
C., Flamigni C., Giacomucci E. Reproductive
Failure due to Spontaneous Abortion and Recurrent
Miscarriage, Human Reproduction Update 2 (1996):
118-136; Hori S., Nakano y., Furukawa T. A.,
Ogasawara M., Katano K., Aoki K., Kitamura
T. Psychosocial Factors Regulating Natural-Killer
Activity in Recurrent Spontaneous Abortions,
American Journal Reproductive Immunology 44
(2000): 299-302.
64 Ver Tabibzadeh S., Babaknia A. The Signals and Molecular Pathways
Involved in Implantation, a Symbiotic Interaction
between Blastocyst and Endometrium Involving
Adhesion and Tissue Invasion, Human Reproduction
10 (1995): 1579-1602; Cross J. C.,Werb Z. and
Fisher S. J. Implantation and the Placenta:
Key Pieces of the Development Puzzle, Science,
266 (1994): 1508-1518, pág. 1510-1513;
Lessey B. A. The Role of the Endometrium During
Embryo Implantation, Human Reproduction, Suppl.
6 (2000): 39-50.
65 Ver Kimber S. J. Molecular Interactions at the Maternal-Embryonic
Interface During the Early Phase of Implantation,
Seminars Reproductive Medicine 18 (2000): 91-96;
Thie M., Rospel R., Dettmann W., Benoit M.,
Ludwig M., Gaub H. E., Denker H. W. Interactions
between Trophoblast and Uterine Epithelium:
Monitoring of Adhesive Forces, Human Reproduction
13 (1998): 3211-3219.
66 Ver Cross J. C., Werb Z. and Fisher S. J. Implantation and the
Placenta: Key Pieces of the Development Puzzle,
Science, 266 (1994): 1508-1518, pág.
1514-1516.
67 Ver Sharkey A. M., Dellow K., Blayney M., Macnamee M., Charnock-Jones
S., Smith S. K. Stage-Specific Expression
of Cytokine and Receptor Messenger Ribonucleic
Acids in Human Preimplantation Embryos, Biological
Reproduction 53 (1995): 974-981. 68 Ver
Hansis C., Grifo J. A., Krey L. C. Oct-4 Expression
in Inner Cell Mass and Trophoectoderm of Human
Blastocysts, Molecular Human Reproduction
6 (2000): 999-1004.
69 Ver Adjaye J., Daniels R., Monk M. The Construction of cDNA Libraries
from Human Single PreimplantationEmbryos and
their Use intheStudy of Gene Expression during
Development, Journal of Assisted Reproduction
Genetics 15 (1998): 344-348; Daniels R., Lowell
S., Bolton V., Monk M. Transcription of Tissue-Specific
Genes in Human Preimplantation Embryos, Human
Reproduction 12 (1997): 2251-2256.
70 Ver Ao A., Erickson R. P., Winston R. M., Handyside A. H. Transcription
of Paternal y-Linked Genes in the Human Zygote
as Early as the Pronucleate Stage, Zygote
2 (1994): 281-287.
71 Lejeune C. y Lejeune J., óp. cit., pág. 48-50.
72 Rodríguez Guerro A.
y Rodríguez yunta E., óp.
cit., pág. 274-282.73 De
Nisa G. Sobre la vida de Moisés.
Ed. Ciudad Nueva, Madrid, 1993, pág.
202.
74 Ver Rielo F. Mis meditaciones desde el modelo genético,
óp. cit., pág. 134.
75 Para Rielo F. no existen una evolución o una creación
absolutas, antes bien, una evolución
en la creación y una creación
en la evolución.
76 Ver Rielo F., ibíd., pág. 48-51.
77 Cf. Rielo F., ibíd., pág. 126.
78 Para Rielo, no existe, por ejemplo, el “yo” y el “ego”
como entes distintos y contrapuestos:
el “yo” relativo al espíritu
y el “ego” relativo al
alma o sique. El alma o sique no posee
forma propia con su acto ontológico
propio, pues estos han quedado reducidos
a cero ontológico por la forma
y el acto ontológico del espíritu,
en tal grado que la complejidad anímica,
con su específico y funciones,
al quedar reducida a cero la forma
y acto ontológico, es asumida
por la forma del espíritu con
su acto ontológico para sujetar
el específico y actuar con
sus complejas funciones. El “ego”
no es otra cosa que la egotización
del “yo”; es decir, la
inmersión del yo en el sicosoma,
adaptándose, con algún
grado de conciencia, a la estimulidad
e instintualidad del complejo anímico.
El ego es, por tanto, la inversión
del yo, careciendo, por ello, su actuación
de dirección y sentido concienciales
y potestativos. Si tenemos en cuenta
el ámbito moral, existen muchas
formas y grados de egotización,
en tal grado que el “ego”
está, de algún modo,
presente en todo ser humano durante
su periodo viador. El Magisterio de
la Iglesia Católica excluye
de esta presencia del ego, además
de la naturaleza humana de Cristo,
a la Santísima Virgen María.
79 El carácter genético le viene a nuestro espíritu
de la presencia divina, que lo constituye
en lo que es: persona humana a imagen
y semejanza de las Personas Divinas.
Si en el orden biológico tenemos
30.000 genes aproximadamente en el
orden ontológico o espiritual
tenemos solo uno que otorga al ser
humano toda la herencia de valores
y lo estructura: formalmente asumiendo
el psicosoma, trascendentalmente
abriéndolo al Absoluto y a
los demás seres humanos.
80 Ver Rielo F. Mis meditaciones desde el modelo genético,
óp. cit., pág. 100.
81 “La conciencia potestativa genetiza transcendentalmente la
percepción comunicativa de nuestra
potencia de unión, hasta tal
extremo que capacita a esta para una
“unidad de vivencia” consistente
en la relación de un definiens,
acción agente de la divina presencia
constitutiva del modelo absoluto, en
un definiendum o acción
receptiva de la potencia de unión
de nuestro espíritu transcendentalmente
genetizado. La unidad de vivencia no
se mide, de este modo, por la cantidad
de experiencia, ni de conocimiento,
ni de sentimiento, ni de deseo, ni de
afecto, ni de intención, ni de
pasión; no se mide por la relación
del ser humano consigo mismo, ni siquiera
por la relación con los demás
seres humanos, ni menos por la relación
con la naturaleza o con otra cosa que
no sea la mejor forma de relación
con el modelo absoluto. Esta mejor forma
de relación es, no la que se
puede medir, sino la que puede ser definida
y, a su vez, definir consistentemente
todas las demás relaciones que
puede establecer el ser humano”.
Rielo F., ibíd.
82 Rielo F., ibíd. óp. cit., pág. 107.
83 Ver F. Rielo, ibíd, pág. 125 (Rielo distingue metafísica
de ontología: con el concepto de
metafísica se significa la realidad
absoluta ad-intra de las personas
divinas en las propias personas divinas
y por las propias personas divinas; con
el concepto de ontología, la realidad
ad-extra de las personas divinas
en la persona humana por las propias personas
divinas. Para un estudio de la metafísica
y de la estructura antropológica
del ser humano según Rielo F. ver
“Hacia una Nueva Concepción
Metafísica del Ser” y “Concepción
Genética de lo que no es el Sujeto
Absoluto” publicadas en ¿Existe
una Filosofía Española?
y en Raíces y Valores Históricos
del Pensamiento Español (E.F.R.,
Constantina, Sevilla, 1988 y 1990 respectivamente).
y Rielo F. Tratamiento Sicoético
en la Educación (E.F.R., Nueva
york, 1996).
84 Rielo F. Definición mística del hombre y sentido
del dolor humano, en Mis meditaciones
desde el modelo genético, óp.
cit., pág. 179.
85 Ver Papa Pío XII. Encíclica Humani Generis: AAS 42
(1950) 575. Papa Juan XXIII, Encíclica
Mater et Magistra, III: AAA 53, (1961),
447 Papa Pablo VI, Encíclica
Professio Fidei: AAS 60 (1968) 436.
86 Rielo F. Hacia una nueva concepción metafísica del
ser, pág. 132; para la cuestión
epistemológica ver ibíd.,
pág. 132-36; para la cuestión
ética ver Concepción genética
de lo que no es el sujeto absoluto,
pág. 130-134.
87 Esto es en contra de aquellos que, como Mary Anne Warren consideran
que la ausencia de tales criterios justifica
el aborto; ver Warren, The Moral and
Legal Status of Abortion, The Monist,
vol. 57, Nº 1 (January 1973); y
Michael Tooley, quien, además,
considera el infanticidio justificable;
ver Tooley, In Defense of Abortion and
Infanticide, en The Problem of Abortion,
ed. Joel Feinberg (Belmont, CA: Wadsworth
Publishing Co., 1984).
88 Ver Baruch Brody. The Morality of Abortion, en Abortion and the
Sanctity of Human Life: A Philosophical
View (Cambridge, MA: MIT Press, 1975).
En este artículo Brody da una
detallada respuesta a la defensa de
Judith Jarvis Thomas del derecho de
la mujer embarazada a su cuerpo que
cancela cualquier posible derecho
que el feto pudiera tener; ver su
A Defense of Abortion, Philosophy
and Public Affairs, vol. 1 (1971):
47-66.
89 Ver Marquis Don. Why abortion is Inmoral, The Journal of Philosophy,
vol. 86, Nº 4 (abril 1989).
90 Martyn Ken. Technological Advances and Roe v. Wade: The Need to
Rethink Abortion Law, en UCLA Law
Review 29, 5-6 (junio-agosto 1982):
1194-1215.
91 Cf. Rielo F. Concepción genética de lo que no es
el sujeto absoluto, ibíd.,
pág. 130-134.
92 El Magisterio ha condenado repetidamente al aborto: Santo Oficio
1889 y 1895, Denz 3719 y 3721; Pío XII, Humani Generis:
AAS 42 (1950): 575, y su Discourse to the Obstetricians (29
de octubre, 1951); Pablo VI, Professio Fidei: AAS 60 (1968):
436, y en Humane Vitae (1971); y varias declaraciones de las
conferencias episcopales. Ver también la Declaración
sobre el aborto del Vaticano en 1974.
Ver Rodríguez Guerro A. La persona humana frente al dolor, la vejez y
la muerte. Humanización en salud. Ed. UTPL, Loja, Ecuador,
2006, pág. 161-203.
93 Juan Pablo II. Discurso a la XI Asamblea General de la PAV (Ciudad
del Vaticano, 21-23 febrero 2005) en Qualità della Vita
ed Etica della Salute. Librería Editrice Vaticana, pág.
8-9.
94 Congregazione Per la Dotrina Della Fede, Donum Vitae, Introducción,
n. 5.
95 Faggioni M. La qualità della vita e la salute alla luce
dell’antropologia cristiana, en Qualità della vita
ed etica della salute. PAV Ed. Libreria Editrice Vaticana 2006,
pág. 28.
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