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Partiendo de la pregunta sobre el modo en que la identidad cristiana debe resplandecer
en la Facultad de Medicina de una institución educativa
que se confiese oficialmente católica (como la nuestra),
la autora reflexiona sobre la posibilidad de entablar un diálogo
tolerante y pluralista, precisamente desde la identidad cristiana.
En el desarrollo de esta reflexión se intenta mostrar que
un católico debe ser tolerante, pues esta actitud
viene solicitada por postulados esenciales de la fe que profesa.
Se propone, además, un modo de cultivar una actitud abierta
y tolerante en el trabajo académico en general y, más
concretamente, en la enseñanza de la Bioética al
interior de una Facultad de Medicina católica.
palabras clave: tolerancia, pluralismo; verdad; libertad religiosa, libertad
académica; identidad cristiana; enseñanza de la
Bioética.
TOLERANCE, PLURALISM AND FAITH
Departing from the question concerning the way in which the catholic identity
should shine in the Medical School of an educational institution
that is declared to be officially catholic, the author reflects
on the possibility of engaging in a dialogue that would be tolerant
and pluralistic, coming precisely from the Christian identity.
Unfolding this reflection, the author tries to show that a catholic
ought to be tolerant, as this attitude is demanded by the
very faith he/she holds. A proposal is made as how to cultivate
an open and tolerant attitude in the academic work in general,
and more concretely, in the teaching of Bioethics in a Catholic
Medical School.
Key words: tolerance; pluralism; truth; religious freedom; academic freedom;
christian identity; teaching bioethics.
I. Introducción
Al plantearse la interrogante acerca del modo en que la identidad cristiana debe
resplandecer en la Facultad de Medicina de una institución
educativa que se reconoce oficialmente católica –como
la nuestra–, parece relevante dedicar un tiempo a reflexionar
sobre la posibilidad de entablar un diálogo tolerante
y pluralista, precisamente desde la identidad cristiana. Esta
pregunta cobra especial interés si se tiene en cuenta
que en las diferentes instancias de intercambio académico
–y más aún en los debates públicos–
con frecuencia se asume que una persona que adhiera a una determinada
confesión religiosa no puede ser tolerante ni pluralista,
pues su confesión religiosa le impondría un sesgo,
inhabilitándola a priori para participar en el
diálogo.
En este contexto, es interesante notar que este volumen de la Revista Ars
Medica se plantea precisamente como una invitación
a un “diálogo vivo, cordial y fecundo”2
entre la identidad cristiana y las manifestaciones concretas
de la así llamada “cultura posmoderna” en
el campo de la Bioética. De hecho, las diversas contribuciones
que aquí se recogen pueden entenderse como un diálogo
entre destacados académicos en torno a preguntas estrechamente
ligadas con las repercusiones que la identidad cristiana ha
tenido o podría tener en el desarrollo y en la docencia
de la bioética. Así, el Dr. Alejandro Serani aborda
la inquietud acerca de la posibilidad de desarrollar una “bioética
sin Dios”; el Prof. Rodrigo Guerra se refiere a la cuestión
sobre el sentido de ponerle “apellidos” a la bioética
(es decir, de hablar de “bioética laica”,
“bioética secular”, “bioética
católica”, etc.); Mons. Elio Sgreccia nos muestra
los aportes específicos que la Iglesia Católica
ha hecho al desarrollo de la bioética en el siglo XX;
el Prof. Alfonso Gómez-Lobo comparte su experiencia de
proponer una relectura de la ética de la ley natural
en una cultura dominada por planteamientos utilitaristas y libertarios,
que se jacta de haber “superado” el concepto de
naturaleza; y –por último– tres académicos,
que han liderado la enseñanza de la bioética en
diferentes Universidades Católicas de Latinoamérica
–la Dra. Martha Tarasco, de la Universidad de Anáhuac;
el Padre Alberto Bochatey, de la Universidad Católica
de Argentina y la Dra. Lorena Mosso, de la Universidad Católica
de Chile– comparten sus experiencias docentes con alumnos
universitarios, fomentando un “diálogo” en
materias de bioética con aquellos alumnos que –tal
vez– no comparten la visión cristiana que profesa
la universidad donde estudian.
La idea de que un católico –y con mayor razón un académico
católico– deba caracterizarse por una “actitud
genuinamente abierta a toda forma de conocimiento que pueda
enriquecerlo”3 no parece ser la opinión
prevalente en las sociedades contemporáneas. De hecho,
suele aceptarse precisamente del presupuesto contrario. Por
tanto, vale la pena preguntarnos aquí por los fundamentos
y la validez de esta premisa. Nuestra hipótesis es que
la identidad cristiana no solo no impide la tolerancia ni el
pluralismo, sino que –más bien– los exige.
Así, en este trabajo intentaremos mostrar que alguien
que sea verdaderamente católico debe ser pluralista
y tolerante, pues estas actitudes vienen solicitadas por algunos
postulados fundamentales de la fe que profesa.
II. ¿pueden coexistir la tolerancia, el pluralismo y la fe?
Se suele afirmar que las sociedades contemporáneas se caracterizan por
ser “pluralistas”. Con esto se quiere destacar que
–a diferencia de épocas pasadas– en nuestras
sociedades habitualmente coexisten diferentes ideas, creencias,
conductas, etc. En este contexto, la “tolerancia”
aparece como una actitud fundamental para mantener una convivencia
pacífica. El Diccionario de la Real Academia Española
define la tolerancia como “respeto a las ideas, creencias
o prácticas de los demás cuando son diferentes
o contrarias a las propias”4.
La idea de que un católico “pueda” ser tolerante no goza de
mucha aceptación en la actualidad. De hecho, cuando se
pretende tener un debate “pluralista”, no es infrecuente
que a los católicos se les excluya a priori, sobre todo
si se van a abordar temas valóricos, como es el caso
de la bioética. En este contexto, se enrostra a los católicos
una supuesta intención de “imponer” los valores
fundados en sus propias convicciones religiosas a los miembros
de una sociedad pluralista, pretensión que es considerada
como una grave ofensa. Por tanto, para evitar este “peligro”,
se prefiere dejar a los católicos al margen del diálogo.
El objetivo de esta “exclusión” sería
posibilitar la tolerancia y el pluralismo en el debate, lo que
sin duda constituye una de las paradojas de nuestras sociedades
pluralistas.
Marginar del diálogo a una o varias de las posturas existentes supone
atentar directamente contra el “pluralismo”, pues
este se define como un “sistema por el cual se acepta
o reconoce la pluralidad5 de doctrinas y posiciones”6.
Por otro lado, entender la tolerancia como una suerte de “indiferencia”
o de “neutralidad valórica” representa una
contradicción en los términos, pues “tolerancia”
es precisamente respetar lo diferente. Solo podré tolerar
lo “diferente” si tengo clara mi propia identidad.
Por tanto, para poder ser tolerantes, debemos permitir que coexistan
diversas identidades bien definidas y delimitadas entre sí.
Sin embargo, la historia muestra que no todas las “identidades” son
capaces de un genuino respeto por lo diferente. De hecho, tenemos
sobrados ejemplos de ideologías cuyo eje programático
incluye esencialmente la intolerancia y la consiguiente actividad
proselitista. En este contexto, podríamos preguntarnos
cuál es la situación con la identidad católica.
¿Podría un católico ser genuinamente tolerante?
Dado que el cristianismo es esencialmente “misionero”,
¿tendríamos que suponer que un católico
no debería tolerar que otras personas no adhieran a su
fe?
La adecuada comprensión de la noción de libertad religiosa no es
tarea fácil. Las múltiples tensiones que se han
dado en las relaciones entre Iglesia y Estado a lo largo de
la historia de la humanidad y las mismas tensiones entre las
distintas confesiones religiosas entre sí constituyen
un testimonio elocuente de esta dificultad. Podemos decir que
incluso al interior de la Iglesia Católica no siempre
se han comprendido y aplicado bien las enseñanzas del
Magisterio en estas materias. Es así como asistimos a
una progresiva profundización y precisión en el
modo de comprender la libertad religiosa, que ha culminado –por
así decirlo– en el Concilio Vaticano II con la
declaración Dignitatis Humanae. Sin embargo, tampoco
esta declaración conciliar ha estado exenta de polémicas,
tanto en medios eclesiásticos como en ambientes seculares.
Algunos –como M. Lefebvre– han planteado que este
documento representa un quiebre con la tradición católica,
apelando concretamente a la encíclica Mirari vos de
Gregorio XVI y afirmando que este Papa habría condenado
en esa encíclica precisamente lo que el Concilio presenta
ahora como doctrina de la Iglesia. No obstante, esta afirmación
no parece correcta, ya que lo que Gregorio XVI efectivamente
condenó en esa encíclica es una pretendida “libertad
respecto de la conciencia”, es decir, la autonomía
del hombre que pretende disolver su vinculación con Dios
y no la libertad de conciencia en el sentido atribuido a esta
expresión en Dignitatis Humanae. “No se
debe confundir la libertad de conciencia con la libertad de
no tener conciencia”, escribió Gregorio XVI al
Zar Nicolás I7. En otras palabras, lo que
había sido condenado en la encíclica Mirari
vos no era la libertad de conciencia, sino la negación
de la relación esencial entre libertad y verdad. Esto,
lejos de ser contradicho, ha sido plenamente confirmado en la
declaración conciliar, así como también
en la encíclica Veritatis Splendor de Juan Pablo
II. Existen, sin embargo, algunas razones que pueden explicar los malos entendidos
suscitados por la declaración conciliar y que intentaremos
ilustrar en lo sucesivo.
Es sobradamente conocido que el reconocimiento de los derechos de la conciencia
humana ha planteado dificultades a lo largo de la historia
de la humanidad. El hombre ha debido recorrer un largo y doloroso
camino para llegar a captar, a través de la propia experiencia,
lo que constituye más profundamente su propia dignidad
y el papel central que juega la conciencia, “vinculada
solamente a la verdad natural y revelada”8.
En el contexto de esta reflexión sobre la libertad religiosa,
propongo una lectura de la historia guiada por el hilo conductor
de las relaciones Iglesia-Estado, expresión práctica
del reconocimiento de este derecho fundamental del hombre por
parte de la sociedad civil en la que vive. Desde los orígenes
del cristianismo asistimos a violentas persecuciones religiosas.
La sociedad eclesial naciente es considerada como un peligro
para la sociedad civil romana y para las religiones hasta entonces
existentes. ya en el siglo III, con Tertuliano, encontramos
un testimonio claro de los esfuerzos realizados para defender
la libertad de conciencia, tanto frente al Estado como frente
a otras religiones. Tertuliano intentaba resolver el problema
de las injusticias en los procesos judiciales contra los cristianos.
Pretendía encontrar una forma de convivencia armónica
y justa entre la sociedad civil romana y una sociedad religiosa
naciente. A pesar de plantear el asunto desde una perspectiva
legal, Tertuliano identifica con claridad el problema de fondo;
se trata aquí de defender el derecho a la libertad de
conciencia: “es un derecho del hombre, un privilegio
de su naturaleza, que cada uno pueda adorar según
sus propias convicciones. (...) No es lícito que
una religión aplaste con la fuerza a otra”9.
En el lenguaje actual, diríamos que Tertuliano basa su argumento a favor
de la libertad religiosa sobre la dignidad de la persona humana.
Es precisamente de esta dignidad de la que se derivan ciertos
derechos básicos de toda persona. Lamentablemente, la
sociedad romana no estaba preparada para aceptar un argumento
de este tipo.
Con el correr del tiempo cobró fuerza la idea de que la forma de resolver
los conflictos entre Iglesia y Estado era su hegemonía
o fusión, concepción que alcanzó su expresión
máxima en la sociedad medieval. Este intento, lejos de
ser una solución, condujo a nuevos y serios problemas
tanto para la Iglesia como para la sociedad civil. La decadencia
de las costumbres en el mundo religioso a causa de un excesivo
poder temporal, por una parte, y el surgimiento de una creciente
conciencia de la identidad nacional y de la autonomía
del poder civil respecto del religioso, por otra, llevaron a
los movimientos de Reforma Protestante y a la Revolución
Francesa, que tan profundamente han influenciado el desarrollo
posterior de la historia. Las premisas para un planteamiento
arreligioso del mundo político y cultural estaban sentadas.
El camino hacia la relegación de la religión a
la esfera privada, hacia el racionalismo y hacia el absolutismo
estatal estaba abierto.
Sabemos que la defensa de los derechos de la conciencia y de la libertad individual
estuvieron en la base de la idea de la Ilustración. Pero
¿qué pasa si la verdad no me acomoda.... si no
estoy dispuesto a someterme a ella, seré capaz de someterme
a una autoridad que me recuerde mi deber? Se comienza así
negando la existencia de una verdad objetiva y la capacidad
del hombre de conocerla, para llegar así a negar el concepto
de autoridad. Con la Ilustración son destruidas una a
una estas nociones. y así, junto con la idea de la verdad,
desaparece también la noción de la dignidad humana
y se pierde el respeto por la persona. Graves tensiones en las
relaciones entre Iglesia y Estado han caracterizado a las sociedades
modernas. Sobran los ejemplos en las sociedades comunistas de
los países del Este europeo y Oriente y en las distintas
formas de regímenes totalitarios en América Latina,
África y Asia. Ello es un reflejo más de las dificultades
que ha habido –y sigue habiendo– para reconocer
el derecho a la libertad religiosa, tanto individual como comunitaria.
Estas dificultades no han existido solo en las relaciones entre Iglesia y Estado,
sino también entre distintas confesiones religiosas entre
sí. Expresión extrema de esto son las guerras
religiosas, en las que unos hombres creen tener no solo el derecho,
sino incluso el deber de matar a otros en nombre de su religión.
Lamentablemente, tampoco la Iglesia católica se ha visto
libre de esta crítica, como ha manifestado Juan Pablo
II, pidiendo perdón públicamente en nombre de
toda su Iglesia. En efecto, se llegó a situaciones en
las que a algunos cristianos les parecía tener el deber
de conciencia de utilizar todos los medios que tuvieran
a su alcance para intentar imponer a otros su fe y su concepción
del orden moral objetivo.
“Si bien la Iglesia ha sostenido siempre que nadie puede ser forzado a
creer, los hombres de la Iglesia con frecuencia no han tenido
en cuenta esta afirmación teórica y han tratado
de obtener directa o indirectamente la adhesión a la
fe por medios coercitivos”10.
Salvando la recta intención que pueda haber movido a estas personas, debemos
reconocer que históricamente se han dado excesos, como
las ya mencionadas guerras religiosas, el tribunal de la Inquisición,
etc. De hecho, el Papa Juan Pablo II ha pedido públicamente
perdón por ello a la humanidad en nombre de toda la Iglesia.
Dicho tipo de actitudes ha representado una forma equivocada
de entender una verdad que pertenece a la tradición secular
de la Iglesia y que en Dignitatis Humanae se ve confirmada:
“Creemos que esta única religión verdadera subsiste en la
Iglesia católica y apostólica, a la cual el Señor
Jesús confió la obligación de difundirla
a todos los hombres”11.
¿Cómo compaginar la adhesión a esta verdad con el respeto
a la libertad religiosa, del que venimos hablando? Es indudable
que ello plantea una dificultad, tanto para la filosofía
como para la teología. La Iglesia, consciente de esta
dificultad –especialmente en el contexto de las así
llamadas “sociedades libres” contemporáneas–,
reconoció la urgencia de proponer una solución
que, partiendo de un análisis cuidadoso de los “signos
de los tiempos”, estuviera en conformidad con la tradición
cristiana. Es así como el Concilio Vaticano II se concibe
como un llamado de la Iglesia a pensar seriamente sobre sí
misma y su misión en el mundo.
“Después de haber investigado más profundamente el misterio
de la Iglesia, [el Concilio se dirige] a la humanidad entera,
deseoso de exponer a todos la manera que tiene la Iglesia de
concebir su propia presencia y actividad en el mundo de hoy”12.
¿Cómo concibe la Iglesia su presencia y su misión en las
sociedades pluralistas contemporáneas? La Constitución
Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual (Gaudium et
Spes) nos da la respuesta:
“Es de gran importancia, sobre todo donde está en vigor la sociedad
pluralística, tener un concepto exacto de la relación
entre la comunidad política y la Iglesia. (...) La comunidad
política y la Iglesia son, en sus propios campos, independientes
y autónomas la una respecto de la otra. Pero las dos,
aún con diverso título, están al servicio
de la vocación personal y social de los mismos hombres.
Este servicio lo prestarán con tanta mayor eficacia en
cuanto ambas sociedades mantengan entre sí una sana colaboración…”13.
Así, frente a las distintas formas de monismo de poder que se han dado
a lo largo de la historia de la humanidad (y que proponen otras
religiones, como, p. ej., el Islam), la Iglesia Católica
propone un “dualismo”, apoyada en las palabras de
Cristo: “Dad al César lo que es del César
y a Dios lo que es de Dios”14. El genuino dualismo
cristiano reconoce así los principios de autonomía
y de mutua colaboración entre Iglesia y Estado. No han
faltado a lo largo de la historia hombres que –como Tomás
Moro– han sabido dar testimonio elocuente en defensa de
los derechos de la conciencia, defendiendo simultáneamente
las instituciones legales. Tomás Moro fue el primer gran
defensor del “Estado secular”, un Estado compuesto
de ciudadanos libres, pero también de cristianos15.
Defendió con el martirio el primado de la conciencia,
tanto en materia religiosa como política, sentando las
bases para un verdadero dualismo cristiano. Para llegar
a esta formulación, la Iglesia ha debido tomar conciencia
clara de lo que es su misión específica en el
mundo:
“sin ninguna ambición terrena, una sola cosa pretende la Iglesia:
continuar, bajo la guía del Espíritu Paráclito,
la obra del mismo Cristo, que vino al mundo para dar testimonio
de la verdad, para salvar y no para juzgar, para servir,
no para ser servido16.
Esta reflexión de la Iglesia sobre sí misma y su misión
en el mundo actual no hubiera podido llevarse a cabo en plenitud
sin un trabajo previo de profundización en la concepción
cristiana del hombre y sus derechos fundamentales y, concretamente,
el derecho a la libertad religiosa. Gracias a este trabajo tenemos
en la actualidad mayor claridad acerca del “deber cristiano”
de respetar la libertad de conciencia de cada persona17.
y este deber tiene un doble fundamento: uno filosófico-teológico
(basado en el respeto por la persona y su dignidad) y otro fundamento
bíblico, basado en la actitud que tuvo Cristo en su interacción
con los hombres: Cristo nunca impuso nada a nadie, sino invitó
a los hombres a seguirle con libertad y manifestó los
secretos de la vida íntima de Dios (su Ser Trinitario)
y un modo de vivir si queremos permanecer en amistad con la
Trinidad.
Es por este doble fundamento que el respeto por la libertad de conciencia ha
sido propuesto por la Iglesia como el “fundamento de todo
otro derecho” de la persona humana, destacando que “la
verdad no se impone de otra manera que por la fuerza de la verdad
misma, que penetra suave y fuertemente en las almas”18.
En otras palabras, la Iglesia recalca que no se pueden aplicar
métodos coercitivos para atraer a los hombres a la verdad,
sino que esta “debe buscarse de modo apropiado a la dignidad
de la persona y a su naturaleza social”19,
esto es, a través del estudio personal y el diálogo.
De modo certero sintetiza esta idea Juan Pablo II en su encíclica
Redemptoris Missio: “La Iglesia no impone nada.
La Iglesia solo propone”20.
III. Tolerancia, pluralismo y fe en el trabajo académico
En el discurso que Benedicto XVI había preparado para la inauguración
del año académico en la Universidad La Sapienza,
en Roma, en el 200821, el Papa se preguntaba: “¿Qué
es, pues, la universidad? ¿Cuál es su función?
Se trata de una pregunta gigantesca […] Creo que puede
decirse que el origen auténtico e íntimo de la
universidad estriba en el anhelo de conocimiento propio del
hombre. Éste quiere saber qué es todo aquello
que lo rodea. Quiere verdad”22. Ampliando esta
idea, Benedicto XVI afirma que “siempre ha formado parte
de la naturaleza universitaria, que ha de vincularse exclusivamente
a la autoridad de la verdad. En su libertad frente a autoridades
políticas y eclesiásticas, la universidad halla
su particular función, precisamente también al
servicio de la sociedad moderna, que necesita una institución
de semejantes características”23.
La dificultad teórica que podría suponer enfatizar “excesivamente”
la libertad de conciencia en el trabajo académico se
supera cuando se reconoce que existe un vínculo necesario
entre la conciencia y la verdad. De hecho, al hablar de los
“derechos de la conciencia humana” se hace una referencia
implícita a un contenido: ¿a qué tiene
derecho la conciencia? La respuesta no puede ser otra que: “a
la verdad”. Cualquier otra respuesta negaría la
dignidad de la persona humana. Así, cuando Juan Pablo
II defiende los derechos de la conciencia humana, habla de “reconocer
íntegramente los derechos de la conciencia humana,
vinculada solamente a la verdad natural y revelada”24.
Es, por tanto, de capital importancia destacar la relación
existente entre conciencia y verdad, expuesta con particular
claridad en las encíclicas Libertas praestantissimum25
y Veritatis Splendor26.
Desde esta perspectiva, aparece como un error plantear que el reconocimiento
de los derechos de la conciencia –que nos viene exigido
por la Modernidad– pueda conducirnos a algo así
como el drama existencial de tener que elegir entre lo que dicta
la propia conciencia y la verdad. “Es imposible tanto
elegir la verdad contra la conciencia, como elegir la conciencia
contra la verdad”27. La conciencia, en cuanto
norma subjetiva última del obrar moral, obliga
al hombre. Sin embargo, el juicio de conciencia no puede entenderse
como subjetividad absoluta, desvinculada de toda norma universal
y permanente. La conciencia, en cuanto juicio práctico
acerca de la adecuación de un acto humano a una verdad
más general (norma universal) previamente conocida por
él, está esencialmente ligada a la verdad; presupone
el conocimiento de esta.
Llegamos, así, a una síntesis una entre la filosofía de
la conciencia y la filosofía clásica del ser.
Manteniendo el punto de partida de la Modernidad (la subjetividad),
incorporamos aquellos elementos de la filosofía clásica
que vienen exigidos por el análisis filosófico
riguroso de la experiencia humana. El análisis de la
experiencia humana nos muestra que “la verdad es un hecho
objetivo, pero al mismo tiempo también una experiencia
subjetiva, un auténtico devenir del hombre mediante su
libre adhesión a la verdad objetiva”28.
La dinámica propia del proceso de conocimiento de la
verdad, con su necesaria referencia al momento reflexivo de
la conciencia, nos conduce hacia el reconocimiento de la existencia
de verdades objetivas, que el hombre no puede negar si no quiere
negar su propia identidad y dignidad como hombre. Es el mismo
hombre –su conciencia– el “testigo”
del proceso interno que se desarrolla en él cuando conoce
la verdad, cualquier verdad. En Veritatis Splendor Juan
Pablo II describe este fenómeno:
“La conciencia, en cierto modo, pone al hombre ante la ley, siendo ella
misma ‘testigo’ para el hombre: testigo de
su fidelidad o infidelidad a la ley, o sea, de su esencial rectitud
o maldad moral. La conciencia es el único testigo. Lo
que sucede en la intimidad de la persona está oculto
a la vista de los demás desde fuera. La conciencia dirige
su testimonio solamente hacia la persona misma. y, a su vez,
solo la persona conoce la propia respuesta a la voz de la conciencia”29.
En la base de la proclamación de la “libertad académica”
al interior de una universidad confesionalmente católica
se encuentra, por lo tanto, la confianza en la capacidad del
hombre de conocer la verdad objetiva acerca de las cosas, de
sí mismo y de Dios, y el respeto por la libertad humana.
Pero este reconocimiento de la capacidad de conocer la verdad
y de someterse libremente a ella va necesariamente aparejado
con el reconocimiento del deber de asumir la correspondiente
responsabilidad. No hay libertad sin responsabilidad. Por tanto,
cuando en relación al trabajo académico se recalca
la importancia de la ausencia de coerciones externas, se hace
con el fin de asegurar las condiciones necesarias para la búsqueda
interna y personal de la verdad. Es precisamente esta capacidad
de conocer la verdad y de plegarse libremente a ella lo que
fundamenta la dignidad inefable de la persona humana. En palabras
de Cristo: “La verdad os hará libres”.
En este sentido, cabe recodar aquí las palabras de Benedicto XVI: “¿Qué
tiene que hacer o que decir el Papa en la Universidad? Seguramente
no se debe tratar de imponer a otros de forma autoritaria la
fe, que solo puede ofrecerse en libertad. Más allá
de su ministerio de pastor en la Iglesia y sobre la base de
la naturaleza intrínseca de dicho ministerio pastoral,
es su misión mantener despierta la sensibilidad a la
verdad e invitar una y otra vez a la razón a salir en
busca de la verdad, del bien, de Dios…”30.
Por tanto, al analizar el modo concreto en el que el trabajo académico
al interior de una universidad confesionalmente católica
puede armonizar la fe, con la tolerancia y el pluralismo, es
interesante recordar el itinerario que nos trazó Juan
Pablo II en el discurso que pronunció durante la visita
que realizó a nuestra Casa de Estudios en 1988:
“Partiendo de la propia vocación y de su identidad cristiana y católica,
la Universidad y todos los miembros que la componen, deben convertirse
en testimonio de verdad y justicia, y dar testimonio [...] de
los valores morales ante la nación. [...] Queda fuera
de toda duda que en su servicio a la cultura han de mantenerse
claramente algunos principios: la identidad de la fe sin adulteraciones,
la apertura generosa a cuantas fuentes exteriores de conocimiento
puedan enriquecerla y el discernimiento crítico de esas
fuentes conforme a aquella identidad”.
Así, las tres claves que posibilitan la síntesis entre fe, tolerancia
y pluralismo –en general, pero especialmente en el contexto
del trabajo académico– serían:
- fidelidad a la propia identidad;
- apertura a toda fuente de conocimiento válido;
- discernimiento crítico de esas fuentes desde la propia identidad.
Los tres pasos del itinerario propuesto por Juan Pablo II se asemejan a los sabios
consejos dados por un profesor a una de sus alumnas al comenzar
los estudios de filosofía: “Cuando leas a un autor,
debes primero intentar “hacerte amiga” de ese autor.
Es decir, debes esforzarte por entender muy bien no solo lo
que dice, sino también por qué lo dice.
Para ello debes comprender desde qué perspectiva está
mirando la realidad y cuál es la parte de la verdad que
alcanza a percibir desde esa posición; debes indagar
cuáles fueron las experiencias que le llevaron a mirar
la realidad del modo en que lo hace. Solo después de
que hayas logrado hacerte verdaderamente amiga del autor, estarás
autorizada para tomar una cierta distancia y preguntarte si
puedes estar de acuerdo con su planteamiento, y si su forma
de ver la realidad coincide con tu propia experiencia e identidad”31.
No cabe duda que este consejo se aplica no solo al trabajo académico,
sino también a la vida en general, invitando a adoptar
una actitud de apertura para con todos y todo lo
que pueda aportar al conocimiento y al amor de la verdad.
Por tanto, “mantener despierta la sensibilidad a la de la verdad”
en un ambiente de apertura y respeto por la legítima
diversidad es una tarea propia de una universidad católica,
si ella quiere mantenerse fiel a su identidad cristiana. ¿Cómo
podrían enseñarse estas actitudes de apertura
y respeto a los alumnos? y –más concretamente–
en el caso de una Facultad de Medicina, ¿cómo
podría enseñarse la ética médica
desde la fidelidad a la propia identidad católica y fomentando
las actitudes de apertura y respeto por la diversidad?
31 Consejo personal recibido de parte del abogado y filósofo
italiano. Prof. Rocco Buttiglione.
Laideade laUniversidad comoinstitucióneducativa destinadanosoloaelaborar
y transmitir conocimientos académicos, sino sobre todo
a formar personas, estuvo en el origen mismo de las universidades
en la Edad Media. Su meta fundacional era formar hombres sabios
y buenos. Sin embargo, la evolución histórica
y la diversificación de las universidades diluyó
este objetivo fundacional. Se llegó, así, a enfatizar
solo algunas de sus tareas específicas, como p.ej. la
producción científica o la formación de
profesionales. Ello condujo a un vaciamiento ético
de la educación superior, que, como ha puesto en
evidencia Josefina Aragoneses32, obedece tanto a
causas externas como internas. Como factores externos a las
universidades, esta educadora señala el contexto general
de la educación contemporánea, marcada por el
“relativismo moral, que vacía la educación
de los valores, el neutralismo y cientificismo que impregna
nuestra cultura y cuestiona todas las metas que no sean medibles,
visibles y cuantificables”33. También
el desconocimiento del valor de la voluntad en la vida moral
de la persona influye decisivamente en este sentido. Pero existen,
además, algunos motivos internos por los que la institución
universitaria se ha alejado de lo que fuera su misión
original. Entre ellos está, según Aragoneses,
la falta de unidad de criterios para afirmar que la Universidad
–en cuanto tal– tenga como meta la formación
integral de las personas, es decir, no solo la formación
intelectual, sino también la formación afectiva,
moral y social. A ello se suma que, en algunas de las universidades
en las que la formación moral aparece como uno de sus
objetivos primordiales, puede apreciarse una falta de coherencia
entre su declaración de principios y lo que constituyen
las políticas de docencia, los currículos y los
programas de cursos, en los que estos objetivos de formación
no se concretan o explicitan adecuadamente.
Dificultades adicionales vienen dadas por el hecho de que en el éxito
de la transmisión de los valores influyen decisivamente
los modelos vivos de relaciones interpersonales que se establezcan
al interior de una institución educacional, tanto entre
los académicos como entre profesores y alumnos y entre
los mismos alumnos, como ha mostrado Reiser34. A
esta enseñanza de la ética que ocurre principalmente
a través del modelaje, algunos autores la han denominado
“currículo oculto” en la estructura de la
educación35. Surge, así, la pregunta
por el sentido y la factibilidad de la enseñanza formal
de la ética profesional. Esta interrogante es, en realidad,
tan antigua como la historia de la ética misma. ya Aristóteles
puso en duda la concepción intelectualista de la ética
socrática, según la cual bastaría conocer
el bien para realizarlo. La experiencia personal de cada uno
comprueba la falacia de este razonamiento. ¿Qué
objeto podría tener, entonces, la enseñanza de
la ética al interior de una Escuela de Medicina?
En las últimas décadas educadores médicos han enfatizado
la necesidad de incluir cursos de ética en el currículo
de Medicina. Se afirma que la enseñanza de la ética
médica podría contribuir efectivamente a la formación
de valores y de habilidades de relaciones interpersonales de
los médicos. En la literatura36 se señalan
cinco objetivos principales de la enseñanza de la ética
médica:
- Permitir la identificación y el examen crítico de las propias convicciones
morales.
- Enseñar a reconocer los aspectos humanos y éticos de la práctica
médica.
- Entregar un conocimiento de los fundamentos filosóficos, sociales y legales
de la profesión.
- Fomentar el empleo de estos conocimientos en el razonamiento clínico.
- Desarrollar las habilidades de interacción personal necesarias para una
práctica clínica humanitaria.
Queremos destacar aquí la importancia del primero de estos objetivos,
puesto que nuestra experiencia docente nos ha confirmado su
eficacia pedagógica y su contribución al logro
de los otros cuatro objetivos enunciados. Aplicando a nuestros
alumnos una encuesta desarrollada por Self37 con
el fin de verificar la congruencia entre los valores que subyacen
a las soluciones propuestas para distintos problemas ético-clínicos
(dupla objetivismo-subjetivismo), hemos comprobado el estímulo
que supone para ellos darse cuenta de sus propias inconsistencias
y confrontar sus respuestas con las de otras personas que les
exijan fundamentar su postura38. Al igual que Self39,
hemos podido comprobar el papel fundamental que juega en el
proceso educativo el poner en evidencia las “disonancias
cognitivas”. Una de las formas en que la discusión
de problemas éticos en pequeño grupo parece estimular
la maduración ética de los alumnos es por vía
de la confrontación de ideas y de la exposición
a la forma de argumentación propuesta por personas que
se encuentran en distintos niveles de maduración moral.
De este modo, Self propone que su estudio es capaz de demostrar
que las habilidades de razonamiento moral no solo son enseñables,
sino también medibles. Según este autor, el “umbral”
de exposición a discusiones en pequeño grupo que
sería necesario alcanzar para mejorar efectivamente las
destrezas en el razonamiento moral está dado por un mínimo
de 20 horas curriculares. De acuerdo con estos hallazgos, enseñar
ética médica determinaría una diferencia
real en las habilidades de razonamiento moral de los alumnos,
siempre que se superara el umbral indicado.
Pero es evidente que no basta con que los alumnos aprendan a razonar. La enseñanza
de la ética busca, además, fomentar ciertas actitudes
y comportamientos. Es así como el mismo autor realizó
un estudio destinado a comparar las habilidades de razonamiento
moral con la actitud empática40. Los hallazgos
de este estudio apuntan hacia la existencia de una diferencia
relacionada al sexo. Así, los hombres tendrían
una mayor facilidad para el razonamiento lógico, enfatizando
el principio de justicia, mientras que las mujeres poseerían
una predisposición mayor hacia actitudes empáticas.
Esta diferencia ligada al sexo no ha sido confirmada por otros
autores, como Price, quien realizó un estudio con una
casuística significativamente mayor41.
Sin embargo, independientemente de los factores que pudieran intervenir en este
sentido, no cabe duda que demostrar el real impacto de la enseñanza
formal de la ética médica en el desarrollo de
actitudes y comportamientos es un asunto muy complejo. Un avance
en este sentido está dado por los esfuerzos realizados
en la actualidad para desarrollar pautas destinadas a evaluar
las cualidades humanitarias en la práctica médica.
Se procura, así, elaborar pautas de evaluación
que logren una cierta concordancia intersubjetiva entre los
diferentes evaluadores42. Este es un interesante
campo de estudio, que abre perspectivas futuras a la investigación
sobre el tema que aquí nos ocupa: la interrogante acerca
de la relación entre las habilidades cognitivas y el
comportamiento moral concreto. En este sentido, parece relevante
precisar el significado de los conceptos de enseñar,
educar y formar. Enseñar es la tarea de conducir al entendimiento
a nuevos contenidos. Educar, en cambio, implica orientar la
voluntad hacia un objetivo dado. Se trata, entonces, de un trabajo
planificado que entrena día a día la voluntad
para hacer posible la consecución del objetivo. Más
profundo es el significado del concepto de formar: mientras
las otras dos actividades se dirigen a las capacidades del hombre,
la tarea de formar se dirige a la sustancia misma de la persona,
para configurarla con un ideal de vida. El objetivo de la formación
es un tipo de personas en consonancia con ese ideal.
IV. Reflexiones finales
Toda reflexión acerca de la “tolerancia” en las así
llamadas “sociedades pluralistas” debe enmarcarse
dentro del contexto más general de los derechos de la
persona humana. Todos estos derechos proceden de la dignidad
esencial de persona43. Existe, sin embargo, una cierta
jerarquía de modo que algunos derechos no pueden ser
violados sin lesionar la dignidad de la persona misma. Precisamos
que a estos últimos pertenece la libertad de conciencia.
Es por esto que Juan Pablo II llegó a afirmar que “la
negación de Dios priva de su fundamento a la persona
y, consiguientemente, la induce a organizar el orden social
prescindiendo de la dignidad y responsabilidad de la persona”44.
Por tanto, no es el relativismo lo que conduce a una actitud “abierta y
tolerante”, como muchos afirman hoy. Lo que asegura una
actitud tolerante es el respeto incondicionado a la persona
y su dignidad. y la fe en la Persona de Cristo y en su Palabra,
nos revelan de un modo singular la dignidad inefable de toda
persona humana. En otras palabras, es la misma fe en Cristo
y en la verdad de su Evangelio –cuya defensa le llevaría
incluso al martirio si fuera preciso– lo que fundamenta
el profundo respeto que un cristiano debe tener hacia cada persona,
incluyendo a aquellas que no comparten esa fe. El respeto que
Cristo mostró hacia la libertad del hombre le señala
al cristiano (discípulos de Cristo) la actitud que ha
de cultivar. Por tanto, podemos afirmar que el respeto a la
libertad de conciencia es parte integrante de la fe cristiana.
Así, lejos de cualquier interpretación relativista,
es precisamente la convicción inquebrantable en el “dogma”
de la dignidad humana y de la libertad de conciencia lo que
lleva al cristiano a una actitud de delicada tolerancia para
con los que no comparten su fe.
Existe una intuición moral fundamental que nos dice que toda persona ha
de ser respetada por sí misma y por su dignidad. Sin
embargo, la experiencia nos muestra que la respuesta a este
imperativo moral es muy frágil, especialmente cuando
nos enfrentamos con la limitación y vulnerabilidad propias
de la condición humana. Por tanto, en la bioética
y en la práctica médica contemporáneas
resulta particularmente importante tener presente la “norma
personalista de la acción”, que nos recuerda que
toda persona humana ha de ser respetada por sí misma
y por su dignidad, en todas las etapas y condiciones de su vida.
Este es el núcleo del razonamiento moral según
la Bioética Personalista45, que proponemos
a nuestros alumnos de Medicina.
Citas
1 Este texto es una versión modificada de las palabras de bienvenida
dirigidas por la Directora del Centro de Bioética a los
participantes en la Jornada de Bioética organizada en
el contexto del XIII Congreso de la Asociación Internacional
de Escuelas de Medicina de Universidades Católicas, realizado
en Santiago de Chile el año 2007.
2 CF. Juan Pablo II. Discurso al mundo de la cultura y los constructores
de la sociedad, Nº 1 (3 de abril de 1987, Universidad Católica,
Santiago de Chile). En: Juan Pablo II. El amor es más
fuerte, pág. 95-96.
3 CF. Juan Pablo II. Discurso al mundo de la cultura y los constructores
de la sociedad, Nº 8 (3 de abril de 1987, Universidad Católica,
Santiago de Chile). En: Juan Pablo II. El amor es más
fuerte, pág. 101.
4 Cf. Real Academia Española. Diccionario de la Lengua Española
(Vigésima segunda edición).
5 El Diccionario de la Lengua Española define “pluralidad”
como “1. multitud, número grande de algunas cosas…
2. cualidad de ser más de uno”. Cf. Real Academia
Española: Diccionario de la Lengua Española (Vigésima
segunda edición).
6 Cf. Real Academia Española. Diccionario de la Lengua Española
(Vigésima segunda edición).
7 CF. Laun A. Aktuelle Probleme der Moraltheologie. Viena: Ed. Herder,
1992, pág. 58. (Traducción propia).
8 Cf. Juan Pablo II. Centessimus Annus, Nº 29 (en: www.vatican.va)
9 Tertuliano. Ad Scapulam. c. 2. (destacado es propio).
10 Cf. Buttiglione R. El pensamiento de Karol Wojtyla. Madrid, Ed.
Encuentro, 1992, pág. 210. 11 Cf. Dignitatis
Humanae, Nº 1 (en: www.vatican.va). 12 Cf. Gaudium
et Spes, Nº 2 (en: www.vatican.va).
13 Cf. Gaudium et Spes, Nº 76.
14 Mt 22, 21.
15 Cf. Discurso pronunciado por el ex Presidente de Italia Francesco
Cossiga al recibir un Doctorado Honoris Causa por parte de la
Academia Internacional de Filosofía en el Principado
de Liechtenstein (IAP).
16 Cf. Gaudium et Spes Nº 3 (Destacado es propio).
17 Cf. Ratzinger J. Fe, verdad y tolerancia. El Cristianismo y las
religiones del mundo (2ª ed.). Ediciones Sígueme,
Salamanca, 2005.
18 Cf. Documentos del Concilio Vaticano II. Dignitatis Humanae, Nº
1 (en: www. vatican.va).
19 Cf. Dignitatis Humanae, Nº 3 (en: www.vatican.va).
20 Cf. Juan Pablo II. Redemptoris Missio Nº 39 (en: www.vatican.va).
21 Este discurso finalmente no se dictó, pues la invitación
a inaugurar el año académico fue cancelada a última
hora.
22 Cf. Benedicto XVI. Mantener despierta de sensibilidad a la verdad.
Discurso preparado para la inauguración del año
académico en la Universidad La Sapienza, Roma, 16 de
enero 2008. Traducción de la Revista Ecclesia. (Nota:
no se trata de una traducción oficial de la Santa Sede).
23 Cf. Benedicto XVI. Mantener despierta de sensibilidad a la verdad.
o.c.
24 Cf. Juan Pablo II. Centessimus Annus, Nº 29 (en: www.vatican.va).
25 La encíclica Libertas praestantissimum de León XIII
es uno de los primeros documentos eclesiásticos que destacan
la necesaria conexión entre verdad y libertad.
26 Cf. Juan Pablo II. Veritatis Splendor (en: www.vatican.va).
27 Cf. Buttiglione R. O.c. pág. 212.
28 Cf. Buttiglione R. O.c. pág. 224.
29 Cf. Veritatis Splendor, Nº 57.
30 Cf. Benedicto XVI. Mantener despierta de sensibilidad
a la verdad, o.c.
32 Cf. Aragoneses J. Los valores en la formación universitaria.
Pensamiento Educativo 1996; 18: 211-232.
33 Cf. Aragoneses, o.c. pág. 214-217.
34 Cf. Reiser S. The Ethics of Learning and Teaching Medicine. Academic
Medicine 1994; 69, 11: 872-876.
35 Cf. Hafferty F., Franks R. The Hidden Curriculum, Ethics Teaching,
and the Structure of Medical Education. Academic Medicine 1994;
69,11: 861-871.
36 Cf. Tysinger J., Klonis L., Sadler J., Wagner J. Teaching Ethics
using Small-group, Problem-based Learning. Journal of Medical
Ethics 1997; 23, 5: 315- 318.
37 Cf. Self D., Skeel J. A Study of the Foundations of Ethical Decision-Making
of Clinical medical Ethicists. Theoretical Medicine 1991; 12:
117-127.
38 Cf. Self D., Skeel J., Jecker N. A Comparison of the Moral Reasoning
of Physicians and Clinical Medical Ethicists. Academic Medicine
1993, 68:11; 852-855.
39 Cf. Self D., Olivarez M., Baldwin D. The Amount of Small-group
Case-study Discussion Needed to Improve Moral Reasoning Skills
of Medical Students. Academic Medicine 1998; 73, 5: 521-523.
40 Self D., Gopalakrishnan G., Kiser W., Olivarez M. The Relationship
of Empathy to Moral Reasoning in First-year Medical Students.
Cambridge Quarterly of Healthcare Ethics 1995; 4, 4: 448-453.
41 Price J., Price D., Williams G., Hoffenberg R. Changes in Medical
Student Attitudes as they Progress Through a Medical Course.
Journal of Medical Ethics 1998; 24, 2: 110-117.
42 Woolliscroft J., Howell J., Patel B., Swanson D. Resident-Patient
Interactions: The Humanistic Qualities of Internal Medicine
Residents Assessed by Patients, Attending Physicians, Program
Supervisors, and Nurses. Academic Medicine; 69, 3: 216- 224.
43 Centessimus Annus, Nº 11.
44 Centessimus Annus, Nº 13.
45 Cf. Sgreccia E. Manual de Bioética. Trad. Fernández
M. México, Diana, 1996.
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