Se celebró hace poco en el Hospital "Dr. Grant Benavente" de Concepción un Seminario sobre atención espiritual o pastoral de los enfermos. Entre los invitados extranjeros estaban un clergyman anglicano, capellán de hospital en Inglaterra, y un pastor luterano norteamericano, también especializado en este campo de la acción pastoral. Sus intervenciones me impresionaron profundamente.

No puede, decían en síntesis, un capellán acercarse a un enfermo que está próximo a morir y teme morir, hablarle de la muerte y animarlo a afrontarla con entereza, si él mismo, el capellán, no se ha planteado el problema de su propia muerte, si él no está preparado para morir él mismo, en ese instante. No se puede decir a un moribundo palabras de rutina; las palabras convincentes solo salen de un corazón convencido; tienen que expresar una honda fe en lo que uno dice, una experiencia personal de vida, un testimonio de la propia actitud ante la muerte, que al capellán también lo espera.

El problema del capellán no es el mismo que el del médico. El capellán ha acudido a atender un enfermo de su propia religión, que comparte su fe y su actitud ante la vida y ante la muerte. Y está allí para eso, para ayudarlo a morir bien: con coraje, con dignidad, con confianza, con paz, dentro de esa fe compartida.

El médico en cambio puede compartir o no la fe religiosa o la falta de fe o la filosofía de la vida de su enfermo. En algún caso un médico creyente, o simplemente humanitario, querrá ayudar a su hermano enfermo, desde una fe común o desde una actitud común ante la muerte. El médico se hará consejero espiritual de un enfermo pero esto será desde otro punto de vista que el propio del médico.

No se trata aquí tampoco de la actitud del médico ante su propia muerte. Se trata de la actitud del médico ante la muerte de su enfermo o, si se quiere, ante la actitud de su enfermo ante su propia muerte, sea esta compartida o no por el médico.

Un célebre historiador de la Medicina, el profesor Guthrie, de Escocia, dedica en su tratado sobre la materia un capítulo a la Medicina en la Edad Media. Yo fui un tiempo profesor de Historia de la Medicina, había leído o consultado varios textos sobre la materia y por lo general me había encontrado con una actitud más bien despectiva de los autores al tratar esa época: poco o nulo progreso científico experimental, oscurantismo medieval... Pero Guthrie decía que la Edad Media había sido como una edad de oro de la Medicina. ¿Cómo así? Porque la cristiandad medieval había enseñado a los médicos que el enfermo no es un simple animal que sufre, que es un hijo de Dios, creado a su imagen y semejanza y dotado de un destino eterno. La Medicina, explicaba, se separó allí definitivamente de la veterinaria y alcanzó su dignidad propia.

El enfermo que se muere no es tan solo un organismo en crisis, próximo al desenlace. O, por lo general, no cree serlo. Él piensa, sabe o cree que es más que eso. Próximo a la muerte oye la voz de su conciencia, voz que tal vez lo intranquiliza; renace en él la voz acallada pero persistente de la fe que tuvo de niño y que tal vez se fue apagando a lo largo de la vida; se aferra a una esperanza tal vez dormida, que lo ayude a desprenderse de todo aquello que, lo quiera o no lo quiera, está a punto de dejar para siempre. Y puede ser también un hombre de fe inalterada que quiere morir tal como ha vivido, fiel a sus creencias.

Puede ser también un hombre arreligioso pero con principios humanísticos claros. Recuerdo como uno de los primeros filmes que vi de niño, uno en blanco y negro que relataba la vida del fundador de la familia Rothschild, el célebre banquero israelita. En su lecho de muerte, rodeado por su familia, el moribundo daba a sus hijos sus últimas recomendaciones: "vivan con dignidad", les decía: "sufran con dignidad; mueran con dignidad". ¿Cómo habría podido su médico, oyendo tales palabras, prescindir de ellas y negarle a su enfermo la posibilidad de morir, según su deseo, con dignidad.

El médico debe tomar en cuenta esa dimensión humana, ética y espiritual de su enfermo, su fe, su esperanza, su conciencia, o su sentido de la vida y ayudar al enfermo a morir como él desea morir, y si el enfermo ya ha perdido la conciencia, como él deseaba morir.

Recuerdo haber sido llamado por su hija a asistir a un hombre ilustre a quien yo no conocía. Solo sabía que toda su vida pública era la de un político, había sido totalmente ajena y aun contraria a la tradición católica mayoritaria en nuestro país. Entré solo a la pieza del moribundo. Estaba pálido como un papel, rodeado de almohadas, respirando difícilmente, claramente angustiado. "Señor", me dijo, "déjeme morir en paz. Quiero morir como he vivido. Respete mi conciencia". Lo miré con admiración. Por mucho que, como cristiano, hubiera querido verlo morir en lo que es para mí la verdadera fe, sentí la grandeza de un hombre que, a la hora de la verdad, da testimonio de su sinceridad y de su consecuencia. Eso es lo que el médico debe respetar.

1. La muerte en la tradición judeo-cristiana

En Chile, cuatro siglos de evangelización han creado una cultura católica a la cual pocos escapan totalmente. La gran mayoría de los chilenos se declaran creyentes, de alguna manera y en algún grado pero creyentes al fin. Y a la hora de la muerte, la fe a menudo revive, se reanima. Aun el que ha vivido mal, quiere morir bien, en su fe.

Lo mismo ocurre por cierto a los judíos, a los protestantes, a los evangélicos y a los católicos: todos pertenecemos a la gran tradición judeo-cristiana que se inicia hacia el comienzo del segundo milenio antes de Cristo, cuando un viejo nómade del desierto sirio escuchó una voz que le intimaba una orden y le hacía una promesa. Abraham reconoció la voz de Dios, creyó y obedeció.

Voy a exponer brevemente cuál es la actitud del judío y del cristiano ante el hecho de la muerte, cuál es el sentido que le da y cómo procura librarse de ella, vencer la muerte. Con el fin de ayudar al médico, partícipe o no de esta tradición, a adecuar su conducta ante el enfermo creyente, permitiéndole morir como él desea morir.

La muerte, para el hombre, se presenta antes que nada como un hecho, un hecho ineludible. Pero el hombre quiere entender la muerte, su muerte, le busca un sentido. Y finalmente aspira a liberarse de la muerte, a superar la muerte, a sobrevivir, o por lo menos a encararla con dignidad y con coraje. Vamos a ver estos tres aspectos, primero en el Antiguo Testamento y luego en el Nuevo.

A. En el Antiguo Testamento

El israelita ve morir a sus seres queridos y eso le duele, y sabe que él también va a morir y eso lo angustia. Job, en su dolor, deseaba la muerte como una liberación: es la excepción. Ezequías no quería morir, quería seguir viviendo: es la actitud común.

El judío no tiene clara la distinción abstracta que hace el griego entre el alma y el cuerpo. Es más concreto. Él distingue el hombre vivo y el hombre muerto, el cadáver. Cree, sin embargo, como casi todos los hombres y los pueblos, que fuera del cadáver hay algo en el hombre que sobrevive y se lo imagina como una sombra, una sombra polvorienta, silenciosa, triste, miserable, olvidada, incapaz incluso de alabar a Dios, privada de esperanza. Y esta sombra vive de alguna manera en el sheol, el "lugar de los muertos", el "infierno" o los "infiernos" -en las traducciones latinas del Antiguo Testamento- y que no es el infierno de la teología católica lugar de castigo de los pecadores no arrepentidos, sino algo vago e indefinido.

El judío condena la necromancia, la evocación de los difuntos. Se preocupa en cambio de dar sepultura a los cadáveres; tiene sus ritos fúnebres. En eso sigue lo que es habitual en todas las religiones: el culto dado a los difuntos, el sentimiento de que algo del muerto sobrevive y acompaña a los vivos. Con todo, la muerte aparece para el judío como un enemigo, un poder de la tierra, de aquí abajo, amenaza que se hace angustiosa en la enfermedad y en el peligro.

2. El sentido de la muerte

Para el israelita, como para muchas religiones primitivas, la muerte no viene de Dios sino del hombre mismo. Es castigo del pecado. Dios no quiere la muerte. Quiere que el hombre viva. El demonio es el que quiere la muerte del hombre y tienta al hombre para que peque y muera.

El pecado, el delito, la maldad, llevan a la muerte. La autoridad pública castiga al delincuente con la muerte. Pecado y muerte son interdependientes.

Pero ¿cómo justificar la muerte del inocente? El judío no tiene respuesta a esta pregunta. Espera una revelación más plena que empieza a vislumbrarse en los últimos libros del Antiguo Testamento, en los libros de los Macabeos o en el de la Sabiduría, y se manifestará plenamente en el Nuevo Testamento.

3. La victoria sobre la muerte

Aceptando el hecho de la muerte y aun encontrándole un sentido, el hombre quiere liberarse de ella, vencer la muerte; aspira a la vida, a una vida plena, a una vida sin fin. Pero él sabe que esto no depende de él; tampoco depende de los médicos, lo sabemos mejor que nadie: todos los enfermos, todos, al final, se nos mueren. Pero Dios que es "el viviente", que es "la vida", puede liberarnos de la muerte. Dios quiere que el hombre "se convierta y viva". La enfermedad es un correctivo que invita al hombre a prepararse para esa vida sin fin a la cual aspira. El padre que castiga a su hijo apunta a lo mismo: a liberarlo del pecado y de la muerte para que pueda vivir la vida plena.

Pero la Biblia va más lejos. Entrevé un mesías, el "servidor de Yahvé", que librará a los hombres de la muerte, aun aquellos que ya murieron y que arrastran en el sheol una existencia miserable. El sheol adquiere carácter de un purgatorio, más que de un infierno: un lugar de espera, de purificación, la antesala de un destino diferente, de un destino mejor.

Judas Macabeo pide que se ofrezcan sacrificios por los que han muerto en el combate. Los mártires de la persecución de Antíoco mueren con confianza de que gozarán en otra vida por premio de su fidelidad a Dios. Se puede, por lo tanto, salir del sheol, y más allá del sheol hay algo que más tarde los cristianos llamarán el cielo.

B. El Nuevo Testamento

En el Nuevo Testamento -Evangelios, Cartas de San Pablo, Apocalipsis, Hechos y Cartas de los Apóstoles- todo se aclara y se constituye lo que será la fe definitiva del pueblo cristiano.

El hombre vive sujeto a la ley del pecado y de la muerte y no puede por sus propios esfuerzos librarse de ellos. Entonces Dios baja del cielo a la tierra; se hace hombre, comparte el destino humano; asume el pecado, sin haberlo cometido; se somete al sufrimiento y a la muerte, a una muerte real, semejante a la nuestra, con dolor, angustia, agonía, con desesperanza. Una vez muerto, su cadáver es puesto en el sepulcro. Pero Él "desciende a los infiernos" -como lo dirá más tarde el Credo-, al lugar de los muertos, al sheol, y libera a estos abriéndoles paso a lo que más tarde se llamará el cielo.

Su cadáver resucita, se transforma en un cuerpo glorioso, transfigurado, y después de aparecerse a sus discípulos, asciende al cielo. Y deja abierto el camino para que nosotros también al morir subamos al cielo, y si hemos de pasar por el sheol, que sea con la esperanza cierta de seguir al cielo; y nuestro cadáver también se reanimará, y al final de los tiempos subirá al cielo como Cristo y, unido con el alma, estará con Dios por la eternidad.

Como dijo San Agustín: "Dios bajó del cielo a la tierra para que el hombre subiera de la tierra al cielo. Dios se hizo hombre para que el hombre llegara a ser Dios". Así culmina el mensaje del Nuevo Testamento acerca de la muerte.

¿Qué desea, al acercarse la hora de la muerte, un cristiano de religión católica que tenga un mínimun de formación y de vida cristiana? O ¿qué desea para él o debe desear para él, su familia?

Antes que nada, un poco de paz, para que pueda atender a sus deseos profundos: disponer de sus bienes, despedirse de los suyos y prepararse para el encuentro con Dios.

Para sus fieles en peligro de muerte, la Iglesia Católica tiene tres sacramentos que han de ser celebrados por el presbítero los dos primeros, y por el presbítero, el diácono o un laico ministro de la Eucaristía, el tercero. La Reconciliación, por la que se perdonan los pecados; la Unción de los Enfermos, que fortalece el alma para encarar la muerte y aplica al enfermo los méritos de Cristo; y la Comunión Eucarística, en forma de viático. Así como se celebra de una manera especial la Primera Comunión, así también la Iglesia le da una solemnidad especial a la Última Comunión.

Fuera de estos sacramentos, el creyente que se muere desea y necesita ser acompañado por la oración de quienes lo rodean, escuchar y hasta donde él pueda, participar en esa oración, sentirse invitado a la confianza en Dios, que es un Padre que lo comprende, lo perdona y lo quiere, esperando el momento en que el Señor vendrá para llevarlo con Él allí donde Él está y comparta su gloria.

El médico hará lo posible para que se den las condiciones adecuadas para lograr este fin deseado: dosificará los calmantes para aliviar el dolor sin embotar la conciencia; retirará las sondas o mascarillas que no sean absolutamente necesarias, aislará al enfermo de sus compañeros de sala en la medida en que esto sea posible y facilitará el acceso de la familia y del ministro de su religión.

Para el que no tiene fe, el mundo es un autódromo y el hombre es el piloto de un auto de carrera que algún día se detendrá para siempre sin que jamás sus cuatro ruedas se aparten de la pista.

Para el que tiene fe, el mundo es un aeropuerto y el hombre es el piloto de un avión que corre por la pista, casi al igual que el auto de carrera, pero sabiendo que va a despegar. Y que aun cuando puede correr por la pista como un auto, su avión, está hecho para volar. Sirve para la tierra, pero está hecho para el cielo.

La compartamos o no, debemos respetar esa esperanza. Nosotros los médicos acompañamos a nuestros enfermos, sean o se crean pilotos de auto o pilotos de avión, hasta el final de la pista. Y a los que tienen confianza en el despegue y sienten el llamado de los espacios infinitos, dejémoslos prepararse para el vuelo sin retorno.