1. Introducción
Durante la V asamblea general de la Pontificia Academia
por la Vida, celebrada en el Vaticano en el pasado mes de febrero, Mons.
Sgreccia afirmó que: "alrededor de un moribundo se juzga una
civilización, se juzga el valor de la familia, se enriquece el
contenido humano de las relaciones entre los vivientes".
En realidad, nuestra civilización se está
dando a conocer y quitar la máscara de su hipócrita y prepotente
autosuficiencia en la deshumanización con la que acompaña
este supremo y dramático momento humano. Nuestra civilización,
esencialmente dominada por la técnica, lo único que puede
ofrecer frente a la muerte es, a menudo, una invasión tecnológica
que humilla la dignidad del moribundo o, a lo máximo, una "ética
utilitarista" que regula nuestras sociedades sobre la base del criterio
de producción, eficiencia y bienestar. Esta cultura dominante advierte
la muerte como un sin sentido y lo enfrenta o borrando la dramaticidad
de la pregunta o provocando su anticipación sin dolor.
El juicio que, de manera común, se expresa sobre
el morir hoy, revela la descomposición que previamente ha afectado
a la familia y al contenido de las relaciones entre los vivientes. La
deshumanización del morir es la punta del iceberg de la "abolición
de lo humano", verdadero corazón del drama de la modernidad.
Sin embargo, por debajo de cualquier transformación
ligada al proceso de civilización, las dificultades fundamentales
que se contraponen a una muerte con calidad humana se reducen a dos polos:
"la miseria de morir en soledad y la miseria de no tener espacio de
soledad necesario para morir" (1). Entendiendo con
la primera afirmación el hecho de que el enfermo muere en el hospital
de un modo impersonal, habiendo dejado a la puerta de la institución
sus roles sociales anteriores para ser parte de ese 80% de personas que
fallecen en medio de tubos y aparatos técnicos, y la segunda como
necesidad de un espacio para elaborar la síntesis conclusiva de
la propia vida, despedirse y arrancar una por una las miles de raíces
que lo atan a la existencia terrena.
Esta paradoja solo aparente, se ha vuelto aun más
aguda con respecto a los portadores del virus de la inmunodeficiencia
adquirida (VIH) o a los enfermos terminales de sida, puesto que, como
ninguna otra enfermedad, esta parece reunir tantas y diversas implicaciones
de naturaleza médica, ética y cultural, que termina con
agudizar la soledad del morir y la ausencia de un espacio de soledad para
morir.
El carácter social de esta dolorosa pandemia comienza
a tomar día tras día mayores dimensiones imposibles de subestimar.
Estas abarcan consecuencias demográficas, afectan la concepción
del hombre, la sexualidad, la procreación, la vida familiar y las
libertades individuales. Hoy día el sida es el primer responsable
de muerte en África y se ubica en el cuarto lugar de las causas
de deceso en el mundo, según la Organización Mundial de
la Salud.
Todo esto hace que el morir de sida constituya un sillón
de prueba donde, según mi parecer, se debe con mayor fuerza denunciar
la hipocresía de nuestra cultura que u oculta la muerte o la medicaliza
de manera totalizante y recoger el desafío urgente hacia una nueva
cultura del morir que reintegre al enfermo consigo mismo, con la familia
y con la comunidad humana. Afirmo esto porque el sida, aunque posea algunos
elementos de cercanía a las enfermedades llamadas incurables, como
el cáncer, muestra características completamente particulares:
el carácter de enfermedad nueva y contagiosa, percibida como evento
amenazador, la correlación con la dimensión sexual y la
infiltración en el mundo de los "distintos" (homosexuales y toxicodependientes),
mundo ya circundado por prejuicios sociales y, no última, la misma
edad, puesto que la mayor parte de los enfermos de sida está comprendida
entre los veinticinco y los cuarenta y cinco años. El sida nos
interpela para que de la muerte surja la vida, si seremos capaces de descifrar
el desgarrador llamado que esta crisis de final de milenio impone a la
humanidad ante la necesidad de tener que reunir tantos y complejos factores
humanos. El sida nos impone una mirada más generosa e integral
del vivir y del morir, como conditio sine qua non para enfrentar
el drama de la existencia.
Lo que hoy día es más urgente no es la
búsqueda de los culpables del proceso de deshumanización,
puesto que estos, sean la familia, los agentes sanitarios o la sociedad,
son también ellos víctimas de una manera de ver al hombre,
heredada de la época moderna. Lo que más importa es, como
en los tiempos de san Francisco de Asís o de san Juan de Dios o
de san Camilo de Lellis, la propuesta de modelos alternativos de asistencia
tanto a los portadores sanos de VIH como a los enfermos terminales de
sida, que incluso pueda ser extendida a otras categorías de personas.
Se trata, en definitiva, de originar el sujeto nuevo que, en el abrazo
de Cristo, recupere los rasgos de una misericordia creativa y sanadora,
según el ícono evangélico del buen samaritano; compadecido
ante el asalto al que la humanidad ha sido sometida y dispuesto, una vez
más, a derramar sobre ella el vino del consuelo y el aceite de
la esperanza.
La Iglesia en Chile, por medio de Caritas Chile y de
su infatigable impulsor, el P. Baldo Santi, se encuentra en esta camino
desde hace más de doce años de ininterrumpida cercanía
a los enfermos de sida, verificando el milagro que el acontecimiento cristiano
siempre introduce en medio de nuestras estancadas aguas de resignada o
culpable deshumanización.
A continuación quisiera describir el itinerario
que ha inspirado esta compañía con el enfermo de sida desde
el enfrentamiento con su seropositividad como "muerte anunciada" hasta
su ingreso en la Clínica Familia para enfermos terminales.
2. En compañía del hombre
En la propuesta de una nueva cultura del vivir la muerte,
nos sustenta evidentemente la riquísima antropología cristiana
sintética y espléndidamente resumida en la afirmación
del Concilio Vaticano II, en la Constitución Gaudium et Spes
al n. 22: "Cristo manifiesta el hombre al propio hombre y le descubre
la sublimidad de su vocación... el Hijo de Dios con su encarnación
se ha unido, en cierto modo, con todo hombre". Se entiende así
el porqué de la insistencia del Papa Juan Pablo II acerca del hecho
que "el hombre es el primer camino de la Iglesia" (2).
En virtud de esta misión de caminar con el hombre,
la Iglesia debe ser consciente de las amenazas con las que este se enfrenta
y de todo lo que parece ser contrario a la manifestación y al descubrimiento
de su dignidad y vocación en Cristo.
Entre estas amenazas es necesario reconocer hoy día
al sida como una de las más poderosas y globales, puesto que es
un cruce por donde pasa el camino de la vida o de la muerte, del temor
o de la esperanza. Queda así en claro por qué este camino
al lado de los seropositivos y enfermos terminales de sida no es un mero
conjunto de procedimientos de ayuda espiritual, forzados por las circunstancias
del momento, sino la consecuencia de una manera propia y ponderada de
comprender al ser humano enfermo. El acompañamiento tiene tras
de él un modelo antropológico y, vinculado a él,
un modelo asistencial. Es necesario evitar, por lo tanto, cualquier discurso
oportunista y moralista que, bajo el encubrimiento de la piedad, pueda
esconder la cínica complacencia por la revancha que la enfermedad
significa sobre conductas consideradas equívocas. Lo que se impone
es más que un discurso, sino un camino, un estar al lado de...,
que requiere pasos de delicada y paciente compañía, hasta
que los ojos se abran para reconocer el esplendor de la verdad.
¿Cuáles podrían ser estos pasos que
solo la sabiduría de un amor auténtico y respetuoso sabe
realizar? ¿Cómo trazar un concreto itinerario de acompañamiento
para las personas afectadas por el VIH o enfermas de sida que sea un verdadero
camino de humanización y de reconciliación con su difícil
condición y con su morir?
Nos socorre la imagen pascual de Jesús resucitado
que, en la tarde de aquel mismo día, el de la resurrección,
realizó un acompañamiento con dos discípulos que
vivían la frustración de un sueño trágicamente
interrumpido, mientras tristes regresaban hacia el espacio de un doloroso
repliegue. La compañía de Jesús a su lado enciende
nuevamente lo humano y hace brotar la esperanza (3).
3. El camino de Jerusalén a Emaús
3.1 "Con aire entristecido" (Lc 24,17)
La intensidad y la calidad de las reacciones psicológicas
ante la noticia de una seropositividad, están en estrecha relación
con las características estables y con las condiciones temporarias
de la personalidad del paciente. Ante el descubrimiento de ser seropositivo
y el desarrollo mismo de la enfermedad se observan en estas personas las
conocidas fases descritas por la doctora Kübler-Ross (4):
1. La fase de la negación, que supone una defensa provisional
del enfermo, que será sustituida después por la aceptación
parcial. Esta fase es común a todos los pacientes, incluso a los
que no han recibido una información directa sobre el propio estado,
sino que lo han descubierto por sí mismos. 2. La fase de irritación-rebelión.
Se desencadena la agresividad y la rabia. El paciente no puede continuar
negando la evidencia, y entonces se rebela. Dirige la agresividad contra
sí mismo, contra la familia, el personal sanitario, Dios... 3.
La fase de negociación o pacto. El paciente hace diversos
pactos consigo mismo y con Dios para intentar posponer lo inevitable.
Psicológicamente es un comportamiento propio de la infancia (regresión).
Normalmente son pactos en secreto y tienen que ver con sentimientos de
culpa escondidos y con un deseo de reparar la culpa. 4. La fase de la
depresión. El enfermo se siente más débil, ve
reducidas sus capacidades físicas, económicas, de relación...,
y entonces cae en el sentimiento de depresión. Esta tiene una doble
vertiente: el enfermo se siente deprimido por todo lo que perderá
próximamente. 5. La fase de la aceptación. Según
Kübler-Ross, si un paciente ha tenido suficiente tiempo y ha sido
ayudado a pasar las demás fases, llega un momento en el que ve
próxima su muerte y la acepta con relativa tranquilidad. No se
trata de una fase feliz, sino de reposo final. Según la autora,
la mayor parte de los pacientes alcanza esta fase si no son impedidos
por los familiares y por el personal sanitario.
3.2. El mismo Jesús se acercó y siguió
con ellos (Lc 24,15)
La pedagogía de Jesús frente a la situación
de fracaso y pérdida de la esperanza de los dos peregrinos es la
de una real solidaridad con su situación. Los alcanza y camina
con ellos; les pregunta acerca de su estado de ánimo, provocando
la verbalización de su mundo; los escucha con atención y
respeto.
Es evidente que todo acompañamiento que quiera
ser verdaderamente encarnado y eficaz ha de comenzar analizando cuidadosamente
la situación y necesidad de los destinatarios. La cercanía,
observación y escucha deben ser su principio metodológico
fundamental. La promoción del crecimiento del seropositivo hasta
la fase terminal debe permitir la verbalización de su mundo para
conseguir más claridad interior, aprender a aceptarse y tomar responsabilidad
por sí mismo. Mirando el trabajo pastoral realizado en estos años
en Caritas y con la ayuda de un gran número de voluntarios, se
confirma que toda relación de ayuda debe empezar por tres características
o prácticas de actitudes fundamentales (5):
- la empatía,
- el respeto positivo incondicional,
- la autenticidad.
3.2.1. La empatía o comprensión
Uno de los requisitos más importantes para acompañar
a un enfermo de VIH-sida es la capacidad para ponerse en lugar del
otro. Solo esto nos permite comprender a la otra persona y ver las
cosas y los problemas desde su punto de vista.
Ser empático es algo verdaderamente difícil, sea porque
no estamos fácilmente dispuestos a salirnos de nuestra perspectiva
y mucho menos cuando enfrentamos comportamientos que chocan violentamente
con nuestra visión de vida y valores sobre los cuales tenemos
un juicio consolidado. Sin embargo, la empatía es indispensable,
porque solo así podremos entender por qué la otra persona
actúa o se comporta en la forma en que lo hace y prestarle
la ayuda eficaz. Es importante afirmar que la empatía o comprensión
no significa ponerse en el lugar del interlocutor hasta el punto de
identificarse con él y perder la propia capacidad de análisis.
Empatía significa ponerse en el lugar de otro como si yo fuese
el otro y no como si me transformara en el otro. Comprender tampoco
quiere decir aprobar o justificar el comportamiento de la otra persona,
sino simplemente tratar de ver las cosas tal como el otro las ve en
un determinado momento. La capacidad de "ponerse en los zapatos" de
nuestro interlocutor lleva a que la otra persona perciba en nosotros
una disposición positiva para ayudarlo.
3.2.2. El respeto positivo incondicional
Habitualmente cuando nos vemos frente a un comportamiento o reacción
que nos resulta molesto o chocante, procedemos a censurarlo o condenarlo.
Así, estamos actuando permanentemente como jueces de los demás.
Pueden ser muchas las razones de esta actitud. Sin embargo, quien
desea acompañar a otra persona no puede constituirse en juez
de los demás. Compartiendo o no las acciones de los demás,
necesitamos de una gran dosis de respeto hacia ellos como personas.
No olvidemos que los acompañamos no porque son seropositivos
o enfermos de sida, sino porque son personas.
3.3.3. Autenticidad
La autenticidad implica ver al seropositivo como persona cuyo valor
trasciende su imagen social, su nivel educacional o su forma de ser.
Una relación auténtica creará confianza en el
otro hasta poder ver con mayor claridad los aspectos en que podemos
ayudarle. El acompañante deberá ser tan solidario con
el enfermo como para poder soportar los altibajos de su rebelión
y del fatalismo que aquel manifiesta con respecto al progreso de su
enfermedad. En la persona del acompañante, Dios sigue en silencio
y, a veces, en secreto. El enfermo de sida espera encontrar un amigo
para la vida, hasta la muerte. El acompañante tiende su mano
para recorrer con él una parte del camino de su vida. No se
trata solo de la asistencia en la muerte. La premura por el hombre
en su totalidad debe permanecer en el primer plano de las preocupaciones.
Por lo demás, lo que importa no es la cantidad sino la calidad
de la vida. Los enfermos de sida ven, sin duda, una oportunidad en
el hecho que se puede modificar no la duración de la vida sino
su calidad. Un paciente antes de fallecer dijo: "La vida es importante,
también es importante que te tiendan una mano, pero más
importante es descubrir que sí existe gente que te quiere y
me tiende una mano como soy, sin preguntas, sin conocerme siquiera,
como el Padre Santi y sus colaboradores" (6).
3.3. "Les explicó lo que había sobre
él en todas las escrituras" (Lc 24,27)
La pedagogía del acompañamiento de Jesús,
sin embargo, no se queda en esta imprescindible y positiva práctica
de actitudes. Su compañía se propone en primer lugar como
oferta de sentido a través de la explicación que hace de
toda la realidad a la luz de su Misterio Pascual. El latido del corazón
que suscita en sus acompañantes es el signo del reencuentro con
lo humano, ya que estos intuyen, presienten la verdad de sus palabras
y gestos. Será esa sensación que les hará decir:
"Quédate cono nosotros" (Lc 24,29).
El mensaje cristiano, del que brota y en el que se funda
la pastoral como acompañamiento de fe y de servicio a los enfermos
de sida, es también, y sobre todo, una oferta de sentido para ayudarles
a leer su situación en un marco más amplio y positivo: el
de la pertenencia al Misterio Pascual de Cristo. Solo eso les ayudará
a orientar sus capacidades sanatorias hacia la consecución de la
salud definitiva: la salvación de toda su persona. Con palabras
traídas de la última Encíclica de Juan Pablo II,
Fides et Ratio, podemos decir que "el verdadero punto central,
que desafía toda filosofía, es la muerte de Jesucristo en
la Cruz. En este punto todo intento de reducir el plan salvador del Padre
a pura lógica humana está destinado al fracaso" (7).
Con respeto, y sobre todo con la oferta de un espacio constituido por
persona que ya viven su pertenencia al Misterio de Cristo como liberación
del miedo y de la muerte, habrá que conducir el enfermo más
allá de la reflexión etiológica sobre el sida a nivel
médico a la oportunidad de encontrar una Presencia que, como a
los discípulos de Emaús, les vuelva a encender el gusto
por la vida, más allá de la muerte.
En actitud de solidaridad y en clima de oración
todo esto deberá ser extendido también a los familiares
de los enfermos. No hay que olvidar que a menudo los familiares se enteran
de prácticas homosexuales o de drogadicción de uno de sus
miembros, conjuntamente con el diagnóstico de la enfermedad. La
reacción puede suscitar muchos conflictos y antiguos temores cuyas
consecuencias son negativas, tanto para el enfermo como para los familiares.
Un verdadero acompañamiento deberá tener presente estas
situaciones y, de alguna manera, socorrerlas.
3.4. "Se les abrieron los ojos y lo reconocieron"
(Lc 24,29)
Sucesivamente, Jesús pasa al gesto concreto y
más elocuente de sentarse a la misma mesa y dejar que el signo
pleno del amor, el que lo identifica como "el que es capaz de dar la vida
por el otro", complete su acompañamiento. Recordemos que es ese
el gesto que desata la visión, despierta el asombro y la esperanza
hasta la dinámica de un gesto misionero.
Todo el acompañamiento de Jesús tiende
hacia el gesto de darse a sí mismo. No podríamos ser creíbles
si el acompañamiento no se transforma en una diaconía que
compromete las personas y las estructuras de nuestras comunidades. Personas
y estructuras identifican tanto la creación y sólida formación
de grupos de voluntariado dispuestos al servicio concreto, tanto en la
atención hospitalaria como en la extra- hospitalaria y aquellos
espacios de acogida hasta la fase terminal de la enfermedad.
4. "Ellos, por su parte, contaron lo que había
pasado en el camino" (Lc 24,35)
Decíamos con anterioridad que no basta ir en búsqueda
de los culpables del proceso de deshumanización, sino proponer
modelos alternativos de asistencia a los enfermos terminales de sida.
La Clínica Familia, nacida de la voluntad firme y profética
del P. Baldo Santi, es hoy ese espacio adecuado para una nueva cultura
del morir.
Los repetidos casos de enfermos terminales que ya estaban
fuera del alcance físico terapéutico pero que no podían
ser alejados de los hospitales, reveló qué profunda era
la crisis de nuestra civilización con respecto a los moribundos.
Con ellos la Medicina ya había renunciado a insistir en uno de
sus milagros técnicos y solo se trataba, y siempre con dificultad,
de colocar estos pacientes en hospitales que benignamente hubieran querido
aceptarlos. A este punto el enfermo quedaba literalmente estacionado en
una disimulada antesala de la muerte. También aquí, en conformidad
con el imperativo cultural dominante, la muerte nunca era mencionada,
como si fuera suficiente no nombrarla para eliminar su estorbante realidad.
El modelo de análisis sociológico de la muerte oculta, muerte
en hospital, rol del moribundo... se correspondían de manera más
aguda en el caso de los enfermos de sida que se veían obligados
a transcurrir sus últimos meses en el hospital. Allí los
esperaba una prolongada agonía, en muchos casos separados de los
familiares o abandonados por los mismos.
En la propuesta de una nueva cultura del morir, el P.
Baldo Santi con su equipo de la Fundación "Pro dignitate hominis"
abrió el camino a la creación de un verdadero "santuario
del dolor". La Clínica Familia ha nacido como un espacio donde,
juntamente con los necesarios cuidados médicos, se garanticen,
sin ahogarlas, las necesidades emocionales del enfermo, la participación
activa de sus familiares en la gestión de la última parte
de su vida, la presencia enriquecedora de las relaciones sociales del
voluntariado y la permanente ayuda espiritual y sacramental garantizada
por la comunidad religiosa de Santa Ana y los sacerdotes de la Orden de
la Madre de Dios.
La Clínica Familia, única en su género
en América Latina, privilegia una participación amplia y
capaz de verificar que el proyecto de "humanización de la Medicina"
no abarca solo la relación médico-paciente, sino la de paciente-médico-familia-Iglesia-sociedad.
Cuando todos estamos conscientes que frente al hombre que sufre nadie
escapa al deber de una específica e insustituible presencia, ese
es el momento extraordinario en el cual todos los que rodean al enfermo
se vuelven expresión de una pastoral de la salud.
En sus casi dos años de existencia, en la Clínica
Familia han sido acogidos gratuitamente 206 enfermos terminales, de los
cuales ya han fallecido 171, con promedio de estadía de 46 días.
Actualmente se atienden 27 pacientes, con el cuidado de un personal que
en su 88% es voluntario.
La presencia de cuatro médicos, la abnegación
activa de las enfermeras auxiliares, de las religiosas y los sacerdotes,
el voluntariado, las familias y un grupo de jóvenes denominados
"caminantes" hacen de esta Clínica Familia una ventana abierta
para que el enfermo no sea nunca una carga en medio de una sociedad eficientista,
sino el Gólgota doloroso y profético para vencer los otros
males que nos afectan como cuerpo social: indiferencia, falta de gratuidad,
aprovechamiento y discriminación, entre otros.
Los amigos de la Clínica Familia están
conscientes de rol evangelizador y terapéutico hacia el enfermo
y del enfermo hacia el cuerpo social, en un dar y recibir que no se interrumpe
nunca. En estos últimos dos años casi 3.000 personas han
participado en actividades formales de la Clínica dentro y fuera
de ella. Otros 6.000 lo fueron con anterioridad a su fundación.
Los testimonio que reflejan la experiencia vivida de
lo que significa la Clínica Familia, desmienten la representación
macabra que uno se podría haber hecho en abstracto, imaginándola
como un ghetto de marginados. Cuando se habla con franqueza y esperanza
de la muerte, en un ambiente donde -al mismo tiempo- se hace todo lo posible
para eliminar o tener bajo control el dolor, no se crea una atmósfera
morbosa. Por el contrario, en un ambiente así es posible soltar
el nudo profundo de las emociones, haciendo posible al moribundo y a sus
familiares de pasar por todas las fases de la elaboración del dolor
y del luto. Al final del recorrido no existe la desesperación,
sino la pacífica aceptación de la muerte como dimensión
ineliminable de la vida.
La Clínica Familia ha logrado un resultado que
también desde el punto de vista de la "ética médica"
es relevante: ha logrado que los enfermos terminales de sida salieran
de la clandestinidad y recuperaran su pleno derecho de ciudadanía
dentro de una estructura terapéutica. Para quien supo de las peregrinaciones
que significaban para estos enfermos la posibilidad de encontrar una cama
en un hospital, no dejará de afirmar que estamos ante un gran salto
de civilización y de humanidad.
La Clínica Familia, con todo su extraordinario
personal y el río de gratuidad y solidaridad que le da continuidad,
ha salvado el honor de la Medicina y logrado un espacio que ahora ya es
sinónimo de esperanza. Allí los que han acudido han visto
y oído que también a la cabecera de un moribundo hay vida,
no un desecho de vida, sino vida auténticamente humana.
1 Cf. La introducción de Sandro Spinsanti a la traducción
italiana del libro de Jomain Christiane, Vivere l'ultimo istante, Edizioni
Paoline, 1986, pág. 5.
2 Juan Pablo II, Encíclica Redemptor
Hominis, 1979, Nº 14:
3 Cf. Lc 24,13-35.
4 Kübler-Ross E., Sobre la muerte
y los moribundos, Grijalbo, Barcelona, 1975.
5 Cf. Bermejo José Carlos, Comprender
y ayudar al enfermo de Sida, publicado por Caritas Chile, Santiago,
1995.
6 "Una Historia de Amor", memoria de la Clínica
Familia 1999, pág. 21.
7 Juan Pablo II, Encíclica Fides
et Ratio, 1998, Nº 23.
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