1. Introducción
Sufrimiento dolor y enfermedad
Si hay algo que no tiene necesidad de ser probado, es el sufrimiento,
ni siquiera hay que ir a buscarlo, es él quien puntualmente
en uno u otro ángulo de la vida viene a nuestro encuentro,
y frecuentemente, antes de que podamos tomar conciencia de él,
se instala en nuestra casa sin que podamos hacer nada para echarlo
fuera o quitárnoslo de encima. Este dolor puede ser acogido
o rechazado, los frutos serán ciertamente muy distintos,
pero de cualquier manera condiciona la vida humana y a veces la
imposibilita. Es por esto que el hombre de todo tiempo y lugar lo
ha convertido en una meta principal y a veces en una conquista desesperada,
en una carrera contra reloj con la pretensión de que ni él
ni los seres que ama sufran, y sobre todo, que no se le mueran nunca.
El sufrimiento es una de las realidades más conflictivas
de la experiencia humana, ya que desafía nuestro sentido
de búsqueda de paz y felicidad. Su impacto es tan grande
que solo cobra significado en lo más profundo del ser humano,
el espíritu, el cual queda desvelado y al descubierto al
encontrarse la persona en situación límite.
Al hablar de sufrimiento hay que distinguirlo del
dolor, el sufrimiento contiene una dimensión psicológica
y espiritual que se añade al dolor físico. El dolor
ha sido definido por la Asociación Internacional para el
Estudio del Dolor (IASP) como "una sensación desagradable
y una experiencia emocional asociadas con una lesión tisular,
actual o potencial o descrita en términos de dicha lesión"
(1). Si bien el dolor tiene origen físico,
el sufrimiento atraviesa toda la estructura antropológica
del ser humano, con causa en la interrelación psicofísica
y psicoespiritual existente en la dimensión integral del
ser humano (2).
Después de la última guerra mundial, escenario del
dolor por antonomasia, el hombre ha empleado todas sus energías,
tanto en el ámbito de la ciencia de la salud como de la técnica,
para eliminar la mayor cantidad de dolor posible, alcanzando vetas
muy altas. Estas mismas conquistas han puesto un exceso de luz en
las pupilas humanas, lo cual más bien ha cegado que iluminado
al hombre, y ha creado, en el proceso de sus mismas conquistas,
desórdenes que son nuevos y peligrosas fuentes de dolor.
La ciencia ha ganado importantísimas batallas contra el dolor
y el sufrimiento en general, pero de ahí a su eliminación
total no solo queda mucho camino por delante, sino que parece haber
un trecho imposible de recorrer; y aunque esto un día fuera
posible, nos quedaría siempre la muerte, que es la principal
fuente de sufrimiento, porque ante ella el hombre se encuentra completamente
impotente.
Por otro lado, el dolor humano se presenta con una infinidad de
formas de martirio, existe un dolor físico, el dolor de nuestra
carne, que posiblemente un día, no muy lejano, podamos eliminar,
o por lo menos controlar; pero existe también el dolor moral,
un dolor que ya no depende tanto de nuestra carne, aunque esta pudiera
estar implicada, cuanto de nuestra libertad, de una libertad no
formada por el amor y en el amor. Es ese dolor intencional el que
todos los días unos seres humanos infligimos a otros, ignorando,
la mayoría de las veces, por qué lo hacemos. ¿Cómo
eliminar este dolor de este mundo, si para poder hacerlo tenemos
solo dos opciones?: una, que se nos quite la libertad, con lo cual
ya no seríamos personas; y la otra, que ejercitemos una misericordia
sin medida unos con otros, hasta el punto de que enjuguemos todas
las lágrimas provocadas en el ojo de nuestro prójimo.
De cualquier manera se advierte la necesidad de vivir en un estado
de tal naturaleza, que nos permita no ya enjugar la lágrima
del ojo de mi prójimo, sino de no hacérsela verter.
Aquí la pregunta no se hace esperar: ¿Cuántos
seres humanos están dispuestos a vivir de tal forma que el
dolor intencional, culpable o no, infligido al prójimo sea
mínimo? ¿Y el dolor que infligen los demás, que
serían la mayoría, que no tienen ningún interés
en modificar sus malas conductas, cómo lo quitamos del mundo?
¿Cómo lo puede quitar Dios del mundo sin provocarnos
un daño peor aún: quitándonos la libertad?
Pero todavía hay dolores de naturaleza muy
distinta, como por ejemplo el dolor metafísico, el dolor
de la ausencia de Dios, el dolor del amor y hasta el dolor del propio
dolor. Al ser humano le duele todo, le duele su cuerpo, le duele
su alma y le duele su espíritu, le duele su pueblo y le duele
su prójimo, le duele la vida y le duele la muerte, le duele
el amor y hasta le duele Dios. El dolor impregna de tal manera el
tejido de la vida humana, que nos hace pensar que pertenece a la
vida humana. Este dolor parece como si hubiera configurado en uno
u otro modo el devenir de los pueblos (3).
De una u otra forma, el sufrimiento parece ser, y lo es, casi inseparable
de la existencia terrena del hombre. La vida humana aparece impensable
sin el sufrimiento. "El sufrimiento parece pertenecer a la trascendencia
del hombre; es uno de esos puntos en los que el hombre está
en cierto sentido "destinado" a superarse a sí mismo, y de
manera misteriosa es llamado a hacerlo" (4).
Cabe preguntarse, entonces, si, en la hipótesis de que quitáramos
el dolor físico del mundo esta misma noche, seríamos
mejores mañana, o por el contrario, la soberbia humana subiría
de grado y magnitud en tal modo que terminaríamos devorándonos
unos a otros. Si este dolor y el sufrimiento que lo acompaña,
que tanto nos humilla, no nos cambia, ¿qué sería
de nuestra convivencia si no estuviera presente? Es probable que
de no existir el que ahora tenemos, tendríamos otro mucho
mayor, aunque fuera solo en el ámbito de la malicia intencional.
Esta ansia moderna y narcotizante de una vida sin dolor, que es
lo que a la mayoría de los seres humanos les preocupa, no
solo hace al hombre sordo y ciego ante todo aquello que no sea autoplacer,
sino que además le cierra la vía que tendría
que llevarle a una más plena y completa realización.
Este hecho, si en otros momentos de la historia ha tenido su gravedad,
en el nuestro, en esta lucha casi desesperada por obtener una vida
sin dolor, está produciendo sociedades formadas por hombres
cuya característica es el individualismo, cada vez más
egoístas y menos solidarios. Este tipo de hombre, al convertir
la vida en el axioma de su existencia, esta se le convierte en tautológica:
la vida en cuanto vida. Para este tipo de hombre de la posmodernidad,
el dolor y la muerte se le convierten en un dolor por el dolor y
una muerte por la muerte, esto es, en una tragedia, que por no poderse
desconectar en ningún momento de la vida, termina en drama.
El hombre sufre de modos diversos, no siempre considerados
por la Medicina, ni siquiera en sus más avanzadas ramificaciones.
El sufrimiento es mucho más amplio que la enfermedad,
más complejo y a la vez aún más profundamente
enraizado en la humanidad misma. La Sagrada Escritura es un gran
libro sobre el sufrimiento (5). Al hombre se le presenta
el sufrimiento y la muerte como un misterio que la mayoría
no quiere tocar, ni siquiera con el intelecto: mientras sigue
siendo misterio, no ahoga mi esperanza. El problema que se le
pone al hombre al entrar en este enmarañado misterio de su
dolor y su muerte, es que al entrar frecuentemente solo, no sepa
salir, añadiendo un nuevo sufrimiento: el del sentimiento
de la ausencia o el silencio de Dios frente a su misterio.
El concepto de dolor como distinto del sufrimiento,
si bien pueden usarse como sinónimos y muchas veces van juntos,
el sufrimiento físico se da cuando de alguna manera duele
el cuerpo, mientras que el sufrimiento moral es dolor del
alma. Se trata en efecto del dolor de tipo espiritual, y no solo
de la dimensión psíquica del dolor que acompaña
tanto el dolor moral como el físico (6).
Juan Pablo II, hablando de la relación del
paciente con el médico, dice: "Ella es un encuentro entre
una confianza y una conciencia" (7).
La confianza de un hombre marcado por el sufrimiento y la enfermedad,
y por tanto necesitado, el cual se confía a la conciencia
de otro hombre que puede hacerse cargo de su necesidad y que lo
va a encontrar para asistirlo, cuidarlo y sanarlo: "Tratáis
con la misteriosa y grande realidad de la vida de un ser humano
con su sufrimiento y su esperanza" (8).
La pregunta del ¿por qué? y del ¿para
qué? del sufrimiento y del dolor es tan difícil de
responder como la pregunta del ¿por qué del mal en el
mundo? Es difícil de responder cuando el hombre se la hace
al hombre, pero lo es también cuando es el hombre quien se
la hace a Dios. "Es bien sabido que en la línea de esta pregunta
se llega no solo a múltiples frustraciones y conflictos en
la relación del hombre con Dios, sino que sucede incluso
que se llega a la negación misma de Dios. En efecto, si la
existencia del mundo abre casi la mirada del alma humana a la existencia
de Dios, a su sabiduría, poder y magnificencia, el mal y
el sufrimiento parecen ofuscar esta imagen, a veces de modo radical,
tanto más en el drama diario de tantos sufrimientos sin culpa
y de tantas culpas sin una adecuada pena" (9):
hay un grito del hombre y un silencio de Dios y un grito de Dios
y un silencio del hombre.
2. Dolor y sufrimiento en el Antiguo Testamento
La concepción hebrea del hombre no es dicotómica,
cuerpo y alma, sino como un conjunto psicofísico,
une frecuentemente los dolores físicos a los dolores
morales. Efectivamente, es innegable, y hoy nos resulta cada vez
más clara la interrelación que existe entre algunos
dolores morales y su incidencia en la biología humana, y
viceversa. De todas formas estos dos tipos de dolores pueden tener
explicaciones separadas y no por fuerza explicarse uno como causa
del otro.
Efectivamente, la enfermedad y el sufrimiento nos
aparecen como los dos brazos de una misma cruz, donde uno puede
ser la continuación del otro. Hay enfermedades biológicas
que generan enfermedades de carácter psicológico y
viceversa, hay pues una interrelación psicofísica
entre el dolor biológico y el dolor psicológico. Un
análisis bien hecho nos dice que: "enfermedad y sufrimiento
son fenómenos que escrutados a fondo, plantean siempre interrogantes
que van más allá de la misma Medicina para tocar la
esencia de la condición humana en este mundo" (10).
El vocabulario del A.T. no poseía un término para
definir el sufrimiento, por ello, definía como mal
todo aquello que era sufrimiento. La relación entre sufrimiento
y mal se pone en evidencia como identidad, por ello definía
como mal todo aquello que era sufrimiento. El mal era inseparable
del tema del sufrimiento. El dolor y la muerte entran en el mundo
como consecuencia de una desobediencia consistente en que nuestros
primeros progenitores comieron del árbol de la ciencia
del bien y del mal.
En el pueblo hebreo no hay creencia en la resurrección
de los muertos. Se habla de este tema por primera vez en el libro
de la Sabiduría y en el libro de los Macabeos. Esto
es, después del exilio en Babilonia, entre 180 y 150 años
antes de la venida de Jesucristo. Todo, absolutamente todo, tenía
que quedar explicado en esta vida, y Dios no podía haber
creado el mal ni querer el mal. "Y Dios vio que cuanto había
creado era bueno" (11). Es decir, los seres humanos
sufrían por causa de sus pecados (el caso del paralítico
en el Evangelio) o de los pecados de sus padres (el caso
del ciego de nacimiento, a quien Cristo da la vista), o
simplemente porque eran malos (el caso de la Torre de Siloé,
que cayó sobre aquellos catorce y los mató).
Con mucha precisión se encuentra explicado
este hecho en el libro de Job. El sufrimiento para los tres amigos
de Job puede tener sentido exclusivamente como pena por el pecado
y, por tanto, solo en el campo de la justicia de Dios, que paga
bien con bien y mal con mal. Otros libros del Antiguo Testamento
nos muestran también el sufrimiento como una pena infligida
por el Legislador y Juez, en una medida tal que ninguna autoridad
temporal puede hacerlo. Al mal moral del pecado corresponde el castigo,
que garantiza el orden moral en el mismo sentido trascendente
(12). Esta opinión de los amigos de Job está todavía
muy arraigada en la mentalidad de muchas gentes: en lo que se refiere
a ley del talión, baste mirar a la justicia, en la sociedad
norteamericana, respecto a la pena de muerte, así como en
las sociedades islámicas y todavía mucho más
extendida es la creencia de que las cosas nos suceden porque algo
lo estamos haciendo mal. Hay algunos casos en los que hay una relación
directa entre lo que hacemos y el mal que más tarde padecemos,
pero la misericordia de Dios, la que Cristo como Dios tuvo pasando
por el sufrimiento y dolor humano nos hacen entender que para el
cristiano esto tiene otra explicación.
Esta concepción del sufrimiento como un mal, así
como la pena del talión, expresada en "el ojo por ojo", nos
hacen pensar que la religión hebrea se mueve en el ámbito
natural, el ámbito de la razón. Desde luego, si
hay algo que no merece la pena tratar desde el punto de vista de
la razón, es el tema del dolor humano, tratando de justificar
al mismo tiempo la misericordia divina: Dios sale siempre malparado.
Job, sin embargo, contesta esta concepción de sus amigos,
en la que identificaban el sufrimiento con el castigo por el pecado.
Dicho de otra manera, a Job le acaecían todos estos males,
según sus amigos, porque él era una pecador. Job era consciente
de no haber hecho nada malo en su vida y por tanto de no merecer
ningún castigo, más aún, expone todo el bien
que ha hecho a lo largo de toda su vida. Al final es Dios quien
defiende a Job y reprocha a sus amigos las acusaciones que le hacían.
Como veremos más adelante, el libro de Job no es la última
palabra de la Revelación sobre este tema, pero es, en cierto
modo, un anuncio de la Pasión de Cristo.
Entonces en el mundo hebreo: ¿Quién o cuál
es la causa del mal en el mundo y en la vida del hombre? ¿Es
posible eliminarlo completamente? ¿Tiene en sí una finalidad
positiva que justifique su existencia? ¿Por qué no eliminas
el mal del mundo o, por lo menos, de tus fieles servidores? Si no
eres capaz de librar ni siquiera a los tuyos del sufrimiento para
qué sirve la religión, si ni siquiera puedo esperar
en una vida eterna? ¿Si es cierto que nos amas, por qué
nos abandonas en manos del dolor? ¿Vale la pena ser tu amigo,
si no extraigo ningún provecho de esta amistad contigo? Estas
y otros muchas son las preguntas que la razón le ha puesto
a Dios en todo tiempo.
El problema del pueblo hebreo era cómo hacer compatible
la existencia de un Dios omnipotente, misericordioso y activo en
el mundo, con la presencia del mal y del sufrimiento en la vida
de los hombres. En el libro de Job se observa cómo el creyente
bíblico tenía la impresión de que a Dios no
le interesan los sufrimientos del hombre y de que no venía
en su ayuda a darle ninguna solución. No obstante, el israelita
no duda de la misericordia y de la bondad de Dios, y esto es lo
que hace que no se plantee ni siquiera el problema de cómo
soportar el dolor, o cómo pueda sacar algún provecho
de él; lo único que le interesa es justificar a Dios
y hacer ver cómo el sufrimiento no procede de Él ni
es algo creado por Él. El responsable de su dolor es siempre
el hombre mismo. El mal, el sufrimiento, no forman parte de lo creado
por Dios, el mal entra en el mundo por causa del pecado del hombre.
La causa por la cual el hombre es pobre, leproso, ciego, paralítico,
etc., es debido al pecado original, origen de todo pecado, pero
nunca de Dios. Este dolor se encuentra tan arraigado en el hombre,
es tan universal, que el pueblo hebreo pensó que debía
ser tan antiguo como la creación misma. Es tan sólida
la fe que manifiesta este pueblo, que no le permite dudar ante ningún
acontecimiento, por muy grave que sea, como por ejemplo los terremotos,
los diluvios, los cataclismos, las guerras, los exilios, etc. Estos
podían producirle incertidumbres y oscuridades en la comprensión
del mundo, pero todo tenía que explicarse, salvando la bondad,
misericordia y omnipotencia de Dios, esto es, a la luz de la fe
en Él. Dios, cuanto ha creado, es bueno, y el hombre no tiene
ningún motivo para lamentarse de él.
3. ¿Dolor y pecado?
Según el Génesis, la obra de Dios era impecable.
Dios puso al hombre en el Paraíso y le dio una compañera
para que viviera feliz. Cada tarde bajaba a dialogar con ellos,
era un verdadero estado de amistad. Esta amistad era para ellos
la garantía de su seguridad, al lado de Él no tenían
nada que temer. Él era la fuente de todos sus bienes y la
garantía de que, si seguían junto a él, no
habrían perdido ninguno. El mal entonces no viene de Dios,
sino de fuera de Él, del diablo.
Aquí aparece ya la raíz del mal, el diablo proyectó
sobre ellos el mismo pecado que él había cometido,
puso una ilusión, un espejismo en sus mentes: ser como
Dios. En este punto son muchos los teólogos que no dudarían
en identificar este acto de rebelión o de soberbia con lo
que la Biblia llama pecado original. Todos los indicios lo
hacen pensar, pues a ninguno falta su soberbia original, ¿pero
habría sido suficiente un pecado moral para que Dios condenara
a la humanidad entera a padecer tan atrozmente el sufrimiento y
la muerte, dado que esta entra en el mundo por causa del pecado
original? Si nos atenemos a lo que dice el Génesis: "Hagamos
al hombre a nuestra imagen y semejanza", y a lo que dice
el Salmo 82, 6: "Yo he dicho: vosotros sois dioses, sois
todos hijos del Altísimo". Cita recogida por Cristo y
referida en el Evangelio de San Juan en el capítulo 10, 34,
pudo ser un enfrentamiento entre esta deidad que es el hombre, y
la divinidad de Dios. Porque, habría que preguntarse,
si era suficiente un pecado psicológico o moral, por muy
grave que fuera, para que Dios interrumpiera el diálogo con
el hombre y esto le produjera la muerte. Cristo perdonó
todo a su paso por este mundo, incluso las blasfemias; puntualiza,
no obstante, que solo la blasfemia o el pecado contra el Espíritu
Santo no será perdonado (Cfr. Mt 12, 31-32) y (Cfr. Mc 3,
28-29). Un pecado que por su magnitud y por ser un atentado al autor
mismo de la gracia, sale fuera del ámbito del perdón
que otorga a todo ser humano la Redención de Cristo, incluido
el mismo pecado original que fue redimido por Cristo. La gravedad,
pues, del pecado original, habría que verla en la deidad
humana, de la que Cristo nos habla y que por ser presencia constitutiva
de Acto de Dios en el hombre, lo que nos constituye como personas,
estaría, más que en el hecho antropológico
de una voluntad de desobedecer, en el enfrentamiento entre esta
deidad humana y la Divinidad de Dios.
4. Dimensión fenomenológica y
ontológica del pecado
Fernando Rielo en un estudio suyo, todavía
inédito, Formas Vitales (13),
hace un estudio sobre esta doble dimensión del pecado humano
y cuya síntesis exponemos a continuación. No podremos
en este estudio perder de vista lo que ya nos ha dicho en anteriores
trabajos sobre la estructura antropológica del ser humano,
esto es, un tejido en el cual encontramos tres estratos: uno biológico,
uno psicológico y otro espiritual. El hombre es, pues, sujeto
de dos tipos de actos, espiritual y psíquico porque
es un complejo con dos realidades: espíritu y alma. La
duplicidad de estos actos posee la unidad propia de un único
sujeto: la persona.
El pecado fenomenológico no es de naturaleza espiritual,
sino psicológica: el patrimonio espiritual lo es de las virtudes,
el pecado, de las pasiones, y cuyo instrumento es el alma. El carácter
de este pecado, no obstante ser fenomenológico, hay que atribuirlo
a la persona. Es esta la que utiliza el alma, en virtud de su unidad
ándrica, para cometerlo. El pecado fenomenológico
es: en ontología contra la gracia actual, en moral contra
un precepto. El valor relativo de este pecado común es debido
al hecho de que aparece instrumentalizado por las coacciones apetitivas
del alma. El pecado fenomenológico es, pues, un vulgar,
que Cristo perdona por medio de su nombre: "A quien hablara contra
el Hijo del Hombre le será perdonado" (Mt 2, 32).
Según lo que Cristo mismo nos revela, existe un pecado con
valor absoluto. El pecado que, ontológico, hace de Dios
su objeto absoluto. Este pecado no tiene causa en la instrumentalización
coactiva del alma: "Pero el que blasfeme contra el Espíritu
Santo, no tendrá perdón nunca, antes bien, será
reo de pecado eterno" (Mc 3, 29). Este pecado consiste en la
absoluta oposición irreversible del pecador al autor de la
gracia.
En los dos tipos de pecado hay una adversio,
solo que mientras en el pecado fenomenológico esta es negativa
porque hace referencia al proceso penitencial que Dios exige para
recibir la gracia perdida, siendo redimible, en el pecado ontológico
esta adversión a Dios es positiva y no es redimible, porque
siendo un atentado al autor de la gracia ya no se puede recibir
ninguna gracia. Esto nos lleva a hacer la distinción entre
pecador e inicuo; son distintos, el pecador no es su pecado, el
inicuo es su inicuidad. La diferencia reside en el hecho de que
el pecador es estado fenomenológico, el inicuo es estado
ontológico. Si el pecador y su pecado no son rechazados por
Dios, el inicuo es, contrariamente, rechazado por su inicuidad.
Efectivamente, Cristo muere por el pecador y su pecado, revelando
al mismo tiempo que el hombre no ve con claridad el pecado en aquello
que hace: "Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen"
(Lc 23, 34).
5. Cristo, el dolor y la muerte
a) Cristo: dolor y sufrimiento asumidos por
el amor
Dentro del sufrimiento, la enfermedad juega un papel importante,
sobre todo en aquellos casos en que esta lleva al ser humano irremediablemente
a la muerte. La enfermedad, como la define Bermejo, J.C., en su
obra "El Cristiano y la enfermedad", es un huésped
incómodo que provoca toda una serie de reacciones en la persona
enferma y frecuentemente, también, en aquellos familiares
más cercanos: La rebeldía en la enfermedad: "A
Dios no le interesa la enfermedad de mi hija, la ha
introducido en este mundo y después la ha abandonado". La
tristeza: "Me has alejado de mí a mis conocidos,
me has hecho para ellos un horror, cerrado estoy y sin salida, mi
ojo se consume por la pena" (Salmo 88, 8a). El rechazo de Dios:
"Me resulta imposible creer en un Dios infinitamente misericordioso
que no escucha mi grito de dolor y el de tantísimos seres
humanos, sobre todo el de tantos niños inocentes". El
fatalismo: "Te lo dije, que antes o después te pasaría".
"Todos los males me tocan a mí". "¿Qué he hecho
para que todo me toque a mí?". El comercio con Dios:
"Si me concedes la salud y salgo bien de esta, te prometo no
fumar más en toda mi vida e iré a misa todos los domingos".
Otros, por el contrario, ven una gracia en la desgracia: "Desde
que tengo todo este dolor, mi vida cambió positivamente,
para mí y para los míos; esta enfermedad ha sido una
bendición de Dios, a todos nos ha hecho madurar, en casa
reina la paz". Ni qué decir hay que la vida da a todos
una infinidad de formas de martirio, y frecuentemente la gran protagonista
es la enfermedad, en su pluralidad de formas y facetas.
"La enfermedad -y la muerte que esta anuncia- es un huésped
incómodo, que nos revela, como un signo inequívoco,
la radical pobreza: somos vulnerables... la enfermedad viene a recordarnos
que estamos hechos de barro, que necesitamos de los demás,
que somos limitados y finitos" (14).
En un intento de explicar todo este dolor y sufrimiento, hemos
visto cómo en el Antiguo Testamento aparece una fórmula:
"El hombre sufre porque es pecador, tiene que pagar por
sus pecados". Es decir, en la intención de Dios nunca
estuvo el crear un hombre sufriente, pero los primeros padres pecaron
y este pecado originante del dolor y de la muerte se ha trasmitido
a todos los seres humanos; esto es, los hijos pagan por lo que cometieron
los padres, cosa que Cristo desmiente: "Ni él ni sus padres
pecaron, esto es así para que se manifiesten en él
las obras de Dios" (Jn 9, 2).
Que el hombre sea culpable de algunos dolores que padece debido
a sus malos hábitos y costumbres, es comprobable. También
es comprobable que sufre dolor moral por la gran cantidad de pensamientos
inútiles que deja entrar en su mente cada día, y que
por ser inútiles producen un sufrimiento también inútil.
Cristo da al hombre una metodología, para librarse de lo
inútil, consistente en un estado orante -diálogo de
amor- que por la naturaleza misma del amor impone una conducta,
un modo de estar, en las facultades: en la mente y en la imaginación
el recogimiento y en la voluntad la paz. Este estado orante requiere
fidelidad y constancia, así como una buena dosis de silencio.
Este silencio no es un "silencio por el silencio", tendencia de
las religiones orientales, sino más bien un silencio a todo
pensamiento inútil, obsesivo, inoportuno, perverso y, en
general, un silencio interior que nos permita oír con mayor
nitidez la voz de Dios y con ella ir poniendo orden al desorden
mental y afectivo que padece nuestra alma.
Pero hay mucho dolor que nace de enfermedades que nada tienen que
ver con sus malos hábitos; hay mucho dolor que nace sencillamente
de sus limitaciones, a veces por el solo hecho de que yo sea blanco
y el otro negro; hay mucho dolor que nace de la mala intención
de unos para con otros, por causa del desorden mencionado que padecen
nuestras facultades con origen en nuestras pasiones. Estas pasiones
desvirtúan la libertad del ser humano. Por causa de estas
pasiones y defectos que le dominan, actúa frente al prójimo
con una libertad deformada o mal formada, produciéndole sufrimiento.
Y la pregunta que nos surge es: ¿Puede el
ser humano ser culpable ante de Dios de todo este mal, a veces intencional,
otras producto de las propias limitaciones, si una buena parte de
este patrimonio ha sido heredado, otra, adquirido, otra, impuesto
por la familia, la sociedad y a veces hasta la propia religión?
¿Hasta qué punto fue libre el ser humano de escoger
el espermatozoo o el óvulo del que nacer, la familia en la
que nacer y vivir, la sociedad en que crecer, la religión
que abrazar? ¿Y no es verdad que todas ellas han forjado de
un modo u otro mi psicología, en cuanto formante un complejo
de funciones, todas variables, donde muchas de ellas limitan el
ejercicio a mi persona y por tanto de mi libertad?
b) Valor del dolor humano redimido por Cristo
¿Qué es lo que hizo Cristo con los enfermos? El mismo
se declara médico: "He venido por los enfermos, no por
los sanos" (Mt 9, 13), y a sus discípulos les recomienda,
entre otras cosas: "sanad a los enfermos, gratis habéis
recibido, gratis dad". Pero nunca descuida la recomendación
final: "tu fe te ha salvado y también, tú crees
que yo puedo hacer lo que me pides". Cristo busca la
curación integral del ser humano. Al paralítico que
llevaba 38 años esperando en la piscina le dice: "Hijo,
tus pecados te son perdonados... pues para que veáis que
el Hijo del Hombre tiene poder para perdonar los pecados: ¡álzate,
coge tu camilla y vete a tu casa!".
La afirmación que Cristo hace de su divinidad, desde el
punto de vista teórico, podría considerarse todavía
la de un Dios infinitamente misericordioso, pero desde el punto
de vista vital, en la vida concreta, esta afirmación se llena
de todo el dolor humano. De aquí que Cristo recogiera todo
el dolor humano, y de un modo muy vital y concreto pasara por él.
Cristo sabía que no era posible quitar el dolor de este mundo,
hay una imposibilidad real para ello, pero hizo algo mucho más
grande: darle valor de redención, elevarlo al orden sobrenatural.
No pudo hacerse con nuestro amor, pero se hizo con nuestro dolor.
Esta redención es universal, pues, desde el punto de vista
del dolor, todos los seres humanos son cristianos.
¿Qué valor posee entonces el dolor
del ser humano? Cristo da al sufrimiento y dolor humanos valor universal
elevándolos al orden sobrenatural. F. Rielo, en una de sus
obras inéditas (15), lo expresa
así: El dolor humano puede tener dos valores: 1) Ex opere
operato: el dolor que por el hecho de ser tal tiene ya valor
sobrenatural porque es Dios mismo el que le da este valor. Aquí
no tiene importancia la disposición o indisposición
de los hombres en tanto que todos son iguales frente al dolor, por
el hecho mismo de que todos han sido redimidos por Cristo. Es esta
dimensión del dolor la que hace que en ella todos los seres
humanos sean cristianos, porque todos, sin exclusión alguna,
participan de la redención de Cristo. Es, pues, un valor
que Cristo concede independientemente de la persona y sus méritos.
2) Ex opere operantis: es el valor que el hombre da al dolor
con su propia respuesta. Aquella abnegación
con la cual el hombre se pone frente a su dolor, es la ofrenda que
el hombre hace de su dolor a Cristo, movido por el amor a Él
y a su obra redentora. Movido por este amor y por ninguna otra razón
que nos llevara lejos de este acto corredentor, con el cual el amante
quiere completar en su carne aquello que falta a la redención
del Amado, como nos refiere San Pablo: "Ahora me alegro de
mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta
a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia"
(16). Este amor amante puede llevarnos
a decirle a Cristo: "Señor, que tu muerte no sea la última,
también yo tengo derecho a morir por Ti, como Tú lo
has hecho por mí, déjame también a mí
morir por amor a nuestro Padre, pues Tú me enseñas,
con tu pasión y tu muerte, que el amor vale más
que la vida". Algunos han desarrollado más que otros
este valor, son los santos, aquellos que se llevaron consigo el
gran mérito del dolor que habían sufrido.
Todo el dolor que se ha producido desde el inicio del mundo hasta
hoy ha sido elevado por Cristo al orden sobrenatural. La única
objeción que se le puede hacer a Cristo, en cuanto Dios,
es que en vez de librarnos del dolor para demostrarnos su misericordia
y su omnipotencia, nos revela la forma sobrenatural de su misericordia
elevando el dolor a un orden sobrenatural completamente nuevo. Es
como si Cristo nos estuviera diciendo: no puedo quitaros el dolor,
porque, en último análisis, es la única cosa
que es vuestra, es la única que podéis ofrecerme,
y es muy importante para vuestra eternidad. ¡Qué triste
sería si el hombre no sintiera dolor por las ofensas que
hace a los demás y a Dios mismo! Ese dolor es acto legítimo
que, como lágrima surcando el alma, va lavando al hombre
de su misma impiedad y lo va predisponiendo para que cada vez haga
verter menos lágrimas a su prójimo.
Esto puede aparecer piadoso a la razón humana, pero nos
diría Cristo, "Si yo elevo vuestro dolor al ámbito
sobrenatural, este entra a formar parte de vuestra vida eterna".
¿No es esta misericordia? Si Cristo se hubiera librado del
dolor, su mensaje habría sido ambiguo, sin embargo Él
ha querido sumergirse plenamente en el dolor del hombre, hasta
el punto de rechazar cualquier tipo de anestesia en el momento de
su muerte en la Cruz.
El dolor y el sufrimiento nos van educando a morir. Aquellos que
pasaron con dignidad por el dolor, no obstante terminen con el alma
hecha jirones, han adquirido esa madurez que les permite ir muriendo
a la muerte, porque han tenido la gran oportunidad de ir muriendo
progresivamente a sí mismos, y no hay resurrección
allí donde antes no se ha producido la muerte moral en todo
aquello que nos aleja del amor divino. Cristo nos dice que no hay
amor mayor del de aquel que da la vida. En nuestro caso se está
refiriendo a la cantidad de vida que somos capaces de ir dejando
en el camino por amor a los demás y sobre todo por amor a
Él. Muy significativas son estas palabras de Cristo en la
resurrección de Lázaro: "Yo soy la resurrección
y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá,
y todo el que vive y cree en mí no morirá jamas".
(Jn 11, 25-26).
En el Cantar de los Cantares encontramos este verso: "Fuerte
como la muerte es el amor". F. Rielo, en su obra Transfiguraciones,
nos dice: "el amor no cura las heridas, pero vence a la muerte",
y también: "solo el amor sobrepasa las fronteras del llanto".
En el Evangelio encontramos estas frases de Cristo: "Jesús
andaba por todas las ciudades y poblados, enseñando en sinagogas,
predicando el Evangelio del Reino y curando todo dolor y enfermedad"
(Mt 9, 35), y también: "Curad a los enfermos, resucitad
a los muertos, sanad a los leprosos, expulsad a los demonios. Gratuitamente
habéis recibido, gratuitamente dad" (Mt 10, 7). Cristo
cura, y muchas veces en sábado, con el éscandalo de
los doctores de la Ley. Este comportamiento nos hace entender que
la ley no pone freno al amor, sino que lo empuja a actuar. Llama
la atención el modo especial que Cristo tiene de curar a
los leprosos. Él los toca para romper su marginación
social, liberándolos de la sospecha muy generalizada de que
estuvieran, así, castigados por Dios, por causa de sus pecados;
y así, también, empezará diciéndole
al paralítico: "Tus pecados te son perdonados", y
después le curará. No todos los enfermos, ni siquiera
aquellos que confían ciegamente en Él, obtendrán
la curación; pero todos aquellos que se donan a Dios en la
fe, tienen una participación en la victoria de Cristo sobre
el reino del mal.
La tendencia del cristiano, entonces, tiene que ser la misma de
Cristo: hacer con cada ser humano, enfermo o sufriente, lo mismo
que Cristo hubiera hecho con él: "Cuanto habéis
hecho a uno de estos mis hermanos más pequeños, a
mí lo habéis hecho".
1 Reich, W.T. Encyclopedia of Bioethics. Ed. Simon
& Schuster, MacMillan, New York 1995, págs. 1897 y ss.
2 Cfr. Rodríguez Yunta, E. Espiritualidad
del sufrimiento del enfermo de cáncer, pág. 1. Pontificia
Universidad Católica de Chile.
3 Rielo, F. Definición mística del
hombre y el dolor humano. Roma, 1997.
4 Juan Pablo II, Salvifici Doloris, Introd. 2, pág.
2.
5 Juan Pablo II, Salvifici Doloris, art. II, 5. pág.
3.
6 Cfr. Ibíd.
7 Juan Pablo II, Carta del Pontificio Consejo de
la Pastoral para los agentes sanitarios.
8 Juan Pablo II, A los participantes de un congreso
de cirugía, 19 de febrero 1987.
9 Juan Pablo II, Salvifici Doloris, art. 3, 9.
10 Juan Pablo II, Motu Proprio, en Dolentium hominum,
11 de febrero 1985.
11 Cfr. Gén, 1, 3.
12 Cfr. Salvifici Doloris art. 3, 10.
13 Rielo, F. Formas Vitales, Madrid, 1986
14 Cfr. Bermejo, J.C. El cristiano y la enfermedad,
pág. 7.
15 Cfr. Rielo, F. "El humanismo de Cristo, Madrid
1974.
16 Col 1, 24.
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