Para muchos seres humanos gravemente enfermos la muerte no es lo peor.
Hay estados de vida mucho peores que la muerte misma, en los cuales
esta viene a presentarse como una solución, un alivio a un
sufrimiento insoportable, un fin anhelado.
Mi experiencia clínica como tanatóloga, acompañando
y compartiendo el proceso de morir de ciertos pacientes, me permite
hoy día validar el peso que tiene el sufrimiento desatendido
no solo en la calidad de la vida, sino en la muerte del ser humano.
Tradicionalmente, se creía que la muerte
debía sobrevenir precedida de dolores, consecuencia de una
enfermedad fatal. En los últimos años, un afortunado
interés en torno al control del dolor físico ha modificada
esta noción y el uso de opioides para el manejo eficiente
de los rebeldes dolores de una enfermedad en fase terminal, lentamente
va abriéndose dentro de una sociedad y una medicina absurdamente
preocupada por la narcodependencia en las últimas horas de
vida. Pero el concepto de dolor total, acuñado por
la Dra. Cicely Saunders, fundadora de la rama de la Medicina que
bajo el nombre de cuidados paliativos busca responder integralmente
a las necesidades de quien está próximo a morir, amplió
la preocupación por el control exigente del dolor físico
para incluir el dolor emocional y el dolor espiritual como igualmente
causantes de una muerte de mala calidad.
Dolor y sufrimiento: experiencias diferentes
Obviamente, me estoy refiriendo al papel del sufrimiento.
Es el cuerpo el que experimenta el dolor, pero es el ser humano
el que lo sufre. Eric Cassell, quien ha escrito extensamente acerca
de la naturaleza del sufrimiento, lo describe como el "malestar
severo asociado a eventos que amenazan la integridad personal y
la preservación del self". El sufrimiento, para Cassell,
solo se da cuando se es consciente de la propia condición
del tiempo y del futuro. "El sufrimiento comienza no solo cuando
la persona no es capaz de hacer algo, sino cuando se es consciente
de lo que él depara en el futuro".
Aquellos pacientes con dolor físico reportan sufrimiento
siempre que perciben el dolor como una amenaza a su existencia,
no solo a su vida, sino a su integridad como persona: cuando el
dolor está fuera de control, cuando el dolor es agobiante,
cuando se desconoce su causa, cuando no tiene significado o cuando
es crónico. Cabe resaltar acá como fuente de sufrimiento
también la no validación del dolor por parte del médico
o el equipararlo a "psicológico" como irreal.
El sufrimiento es subjetivo, personal, tiene relación con
el pasado de la persona, con su cultura, con sus vínculos
afectivos, sus roles, sus necesidades, su cuerpo, sus emociones,
su vida secreta y su futuro. Todas estas áreas son susceptibles
de ser lesionadas, de sufrir pérdidas y de ocasionar sufrimiento.
Las heridas a la integridad personal se expresan a través
de los afectos: tristeza, rabia, soledad, depresión, aflicción,
infelicidad, aislamiento, pero estos afectos no son la herida en
sí, sino su manifestación. La única forma de
conocer qué causa el sufrimiento, es preguntárselo
a quien lo sufre y solo entonces se puede establecer una relación
médico-paciente más completa, integral y personalizada.
Así, pues, los médicos y en general los profesionales
de la salud tenemos la obligación moral y profesional de
ampliar nuestra óptica del paciente y, descubriendo el sufrimiento,
de ubicar en lo posible su fuente y emplear todos lo medios proporcionados
disponibles para permitirle al paciente el alivio que él
desee. En el caso del paciente terminal, para que pueda morir dignamente:
asistido, aliviado, acompañado, informado y no agobiado por
su agonía desatendida.
Algún sufrimiento a la hora de morir es
inevitable y hay que vivirlo, ya que no podemos concebir la muerte
en forma romántica e idealizada, pero su alivio en lo posible
es un acto moral de respeto por la dignidad humana.
El médico y el sufrimiento
La atención médica debe volver a ser personal, íntima,
informada e individualizada, como primera medida antisufrimiento
de los pacientes terminales. La labor del clínico debería
incluir detectar el sufrimiento, ponerle un nombre y validar la
necesidad de actuar para mitigarlo siempre que sea posible, mucho
más si nuestra práctica profesional nos pone en contacto
con la muerte de nuestros pacientes. Sin embargo, día tras
día vemos que los estudiantes de Medicina desarrollan rápidamente
destrezas tecnológicas para enfrentar virtualmente cualquier
crisis que el paciente pueda presentar; pero para su propia supervivencia
emocional, aprenden a ignorar o a minimizar las señales de
sufrimiento personal de sus pacientes.
¿Por qué? Porque enfrentar el dolor emocional
de un paciente, las implicaciones que su próxima muerte tiene
dentro de su ámbito familiar, explorar el significado o la
carencia del mismo, que para ese paciente en particular tiene la
vida que está llevando y el futuro que le espera, nos expone
a tener que admitir nuestros propios temores, vulnerabilidad y limitaciones,
a veces no reconocidos por nosotros mismos. Sentimos muchas veces
que para defender nuestro rol omnipotente, debemos ocultar cualquier
manifestación de compasión, de sensibilidad, de tristeza
por la situación de ese ser humano, nuestro paciente. La
bata blanca puede representar un símbolo de distancia y a
la vez una armadura emocional que delimita nuestro contacto con
el paciente a la mera atención sintomática.
Pero nuestra labor en pro de una muerte digna, de procurarle a
nuestros pacientes una buena calidad de muerte, se ve entorpecida
por tales actitudes que expresan una distancia y una anestesia emocional
hacia el sufrimiento que la mayoría de las veces no es real.
Es tan solo un mecanismo de defensa.
Para reconocer el sufrimiento del otro no se requieren grandes
habilidades ni esfuerzos intelectuales. Se requiere que la empatía,
o sea la capacidad de ponerse en el lugar del otro, no esté
empañada por nuestros temores. Porque afrontar con el otro
su sufrimiento, exige de parte nuestra, como lo mencioné
antes, entender nuestra propia condición de humanos susceptibles
de sufrir. Así, es posible que mi intolerancia ante el llanto,
la tristeza o el desasosiego de mi paciente o de sus familiares
provenga de mi propia intolerancia e inaceptación de mis
partes tristes. Esa intolerancia me lleva a medicar al paciente
con antidepresivos o sedantes en lugar de generar una respuesta
emocional de cercanía e interés por conocer y compartir
su mal momento.
Resulta preocupante para muchos que al haber más
vidas prolongadas, haya más sufrimiento que nunca antes en
un contexto de atención médica deshumanizada, en el
cual ni médicos ni enfermeras disponen de tiempo para escuchar,
que tampoco poseen espacios de soporte emocional para validar las
reacciones que como humanos nos suscita la muerte de nuestro pacientes.
Calidad de vida
El término calidad de vida puede tener muchas y muy
diferentes acepciones de acuerdo a la profesión o estilo
de vida de quien lo emplee, así como a sus valores y prioridades
en la vida. Pero en términos generales al usarlo nos queremos
referir a bienestar, a una completa amalgama de funcionamientos
satisfactorios en cuatro dimensiones del vivir: física, psicológica,
ocupacional y social, todas de igual importancia.
Así, en la práctica diaria encontramos
pacientes que no obstante tener algún grado de dolor o de
síntomas incontrolables manifiestan una admirable capacidad
de disfrutar el día a día, compartir con los demás
y que podrían calificar su etapa final como de muy buena
calidad. Por otro lado, vemos pacientes que exentos de dolor o síntomas
molestos califican de "infernal", "sin sentido" o "muy pobre" la
calidad de su vida. El sufrimiento es, entonces, lo repetimos, subjetivo
y personal, como lo es la capacidad individual de tolerar y afrontar
situaciones difíciles.
Calidad de muerte
Así como el compromiso del médico debe abarcar la
optimización posible de la calidad de vida de su paciente
y, en consecuencia, el no abandono del caso hasta que sobrevenga
la muerte, a mi juicio el médico y el equipo de salud deben
también asumir como responsabilidad el ofrecer buena calidad
de muerte.
Muchas agonías que habrían conducido a la muerte
natural en pocas horas han sido dilatadas por semanas y meses debido
a los temores del médico a enfrentar la reacción del
paciente y su familia ante la honesta información, o a su
ignorancia o desconocimiento de que existen nuevas alternativas
científicas y humanas para enfrentar la muerte de un paciente
como son los cuidados paliativos.
Autores contemporáneos como Shewin Nulland, Timothy Quill
y otros, al analizar retrospectativamente su propia práctica
médica, han lamentado haber confundido la buena atención
a un paciente con excederse en procedimientos y conductas médicas
inútiles y causantes de sufrimiento adicional al paciente
y a su familia, las más de las veces por temor a admitir
la muerte próxima no como un fracaso, sino como un hecho
final y natural.
Una buena muerte es una meta, un desafío, y comprende tareas
tales como luchar porque la dignidad del ser humano no se pierda
en ningún momento y respetarle siempre al paciente su derecho
a conocer las opciones disponibles y a participar activamente en
las decisiones que se tomen acerca de su final, reteniendo así
una valiosa porción de control sobre su vida.
Incluye, además, el encontrarle conjuntamente con el paciente
un sentido a lo que está viviendo y el velar porque tanto
su familia como él dispongan de información suficiente
para no sentirse aislados.
La información acerca de los posibles eventos difíciles
que probablemente rodearán la muerte de este paciente en
particular y el procurarle a la familia recursos, herramientas y
elementos que controlen una situación probable de pánico,
es uno de los aspectos que en la práctica diaria con pacientes
terminales en la Fundación Omega hemos encontrado más
valiosa y tranquilizante a lo largo de quince años de experiencia.
El sufrimiento de un paciente puede ser expresado verbalmente en
forma clara cuando se dispone de un ambiente afectivo o puede expresarse
de forma velada a través de conductas hostiles, distancia
y aislamiento, hipersensibilidad al dolor y a los medicamentos,
ansiedad, depresión y accesos de pánico.
Es parte de la labor de un buen equipo de atención a pacientes
terminales, des-cubrir, tras los comportamientos o síntomas
que lo enmascaran, el sufrimiento: abordarlo, explorarlo, ponerle
un nombre y trabajar en conjunto para buscarle soluciones.
Ahora bien, conviene dejar en claro una vez más
que una parte del sufrimiento que experimenta el paciente que está
enfrentado a su propia muerte en un plazo más o menos breve,
no es eliminable y corresponde a su propia sensación de duelo
interior por la inminente pérdida de la vida, con sus proyectos,
sus afectos y cada uno de los seres a quienes ama. Dejar de ser,
dejar de existir es su realidad incambiable y genera ansiedades,
dolor y muchas veces rabia. Sin embargo, aun este sufrimiento inevitable,
al ser compartido con un ser humano capaz de contenerlo, de tolerarlo
y de ofrecer su compañía, es susceptible de aliviarse,
permitiendo así una mejor aceptación o resignación
ante la muerte. Es este el argumento que justifica el aporte de
un psicólogo debidamente entrenado en el equipo de salud
que asiste a un paciente que se enfrenta a su propia muerte. Además,
son muchos los casos en que es palpable el crecimiento personal
de un ser humano en su etapa premuerte, ligado a un sufrimiento
inevitable pero sana y enriquecedoramente vivido.
Factores que generan sufrimiento
Causan sufrimiento a un paciente, entre otros, la desinformación
y el sentir su autonomía y valor personal refundidos entre
múltiples decisiones inconsultas de médicos que desconocen
su historia, sus necesidades, sus valores y sus deseos.
Informar a un paciente acerca de su realidad no es solo verbalizar
un diagnóstico, omitiendo un pronóstico real o disfrazándolo
con falsas esperanzas, como lo analizaremos más adelante.
Comunicarse con un paciente implica mucho más que eso: es
compartir, es sentir con, es acercarse a él, como ser humano
que sufre. La incertidumbre ante el pronóstico es igualmente
angustiante para la mayoría de los enfermos. El abandono
médico, muy frecuente, cuando se acerca el final y sentimos
erróneamente que "no podemos ofrecer nada", es quizás
una de las situaciones que más temores suscitan en el paciente.
Causa sufrimiento la actitud contraria a la cual ya hemos hecho
suficiente referencia: el sobreactuar del médico, el abuso
indiscriminado de la tecnología disponible, el ofrecer opciones
tratamientos que de antemano sabemos inútiles, crueles o
imposibles, el "no dejar morir".
Obviamente, enfrentar a diario las micropérdidas que preceden
a la muerte final, esto es, ir haciendo un duelo anticipado por
la vida que se va, plantea muchas incógnitas sobre el futuro,
así como sensaciones de tristeza al verse forzado a admitir
su dependencia, su fragilidad y su deterioro. Y el miedo a las condiciones
en que se dará su muerte...., el miedo a una muerte que sobreviene
estando solo, o con dolores insoportables, o en condiciones indignas
o poco decorosas es para muchos una preocupación recurrente,
que en la mayoría de los casos no sale a la luz por no encontrar
un interlocutor abierto y receptivo.
La concepción de un Dios castigador, otros temores religiosos
y el morir sin asistencia espiritual cuando esta se desea, generan
también angustia en el paciente terminal.
Asistir a un paciente que enfrenta la muerte nos compromete éticamente
a conocer y a responder a su complejo universo de necesidades, no
solo al dolor físico, y exige de nosotros la conciencia de
la responsabilidad que contraemos, así como preparación
y capacitación profesional, para poder conseguir la optimización
de los recursos que conducen a una muerte digna.
No quiero omitir una breve referencia a los cuidados paliativos,
una especialización reciente, exigente y efectiva, que busca
abordar en equipo interdisciplinario a los pacientes en la etapa
final de sus vidas con una atención integral, que incluye
como centro al paciente y su familia y que busca ofrecer
la mejor calidad posible en el proceso de morir de un ser humano.
Me permito citar uno de los testimonios más claros y conmovedores
del papel que el sufrimiento desempeña al final de la vida,
tal como aporta Tolstoi en "La muerte de Iván Illich":
"El suplicio de Iván Illich era la mentira,
por todos admitida, de que estaba simplemente enfermo, pero no se
moría y de que lo único que necesitaba era permanecer
tranquilo y tomar los medicamentos y así todo iría
bien. El sabía, sin embargo, que hicieran lo que hiciesen
no resultaría nada más que unos sufrimientos aún
más dolorosos y la muerte".
"Le atormentaba esta mentira, le atormentaba el hecho de que
no quisieran reconocer lo que todos sabían y sabía
él mismo, sino que quisieran mentirle acerca de su espantosa
situación, obligándole a tomar él mismo parte
en la mentira. La mentira, mentira de que era objeto en vísperas
de su muerte, una mentira que debía reducir el acto solemne
y terrible de su muerte al nivel de las visitas, las cortinas,
el esturión de la comida... era algo atroz para Iván
Illich. Y, cosa rara, en muchas ocasiones cuando realizaban con
él sus maniobras, estaba a punto de decirles: 'No mintáis;
sabéis y yo sé, que me estoy muriendo: dejad de
mentir al menos', pero nunca tuvo el valor de hacerlo".
"......Además de esta mentira o a consecuencia
de ella lo más doloroso para Iván Illich era que
nadie tuviese compasión de él, tal como habría
querido: en algunas ocasiones después de largos suplicios,
lo que más deseaba por mucho que le avergonzase reconocerlo
era que alguien lo tratase con cariño, como si fuese un
niño enfermo. Quería que le hiciesen caricias, le
besasen y llorasen con él como se acaricia y consuela a
los
Los derechos del paciente terminal
Habitualmente se conocen y difunden los derechos humanos en general
y los derechos del niño y del anciano, del enfermo, del minusválido
físico y mental, en particular, pero no se han incluido,
como objeto de consideración, los derechos que le asisten
a un ser humano enfrentado a la realidad inminente de su muerte
cerca, esto es, a un paciente para quien el tratamiento y la remisión
sobrepasan las capacidades de la medicina curativa.
Las fundaciones "Omega" y "Pro Derecho a Morir Dignamente", en
Colombia, elaboraron los siguientes derechos para presentarlos en
Bogotá, en el Simposio sobre los Derechos del Enfermo, en
1989.
- El enfermo terminal tiene derecho a mantener hasta el final
la misma dignidad y autovalor a que ha tenido derecho en la vida.
- El enfermo terminal tiene derecho a obtener información
veraz, franca y completa acerca de su diagnóstico, opciones
de tratamiento y pronóstico, suministrada en forma considerada,
en términos comprensibles y con tiempo suficientes para
asimilarla.
- El enfermo terminal tiene derecho a participar en las decisiones
referentes a su cuidado y a aceptar o rehusar drogas tratamientos
o procedimientos.
- El enfermo terminal tiene derecho a expresar su voluntad en
lo referente a las circunstancias que rodeen su muerte y a que
esta sea respetada por familiares y médicos.
- El enfermo terminal tiene derecho a conservar un sentimiento
de esperanza, lo cual no equivale a que se le creen falsas expectativas.
- El enfermo terminal tiene derecho a que ni se acelere ni se
le posponga la muerte, lo cual incluye el derecho a no ser resucitado.
- El enfermo terminal tiene derecho a beneficiarse de alternativas
más humanitarias para su cuidado, que la frialdad que con
frecuencia acompaña la creciente tecnología en lugares
diseñados para casos agudos o críticos, o que el
hacinamiento que otras veces acompaña a los albergues para
ancianos o enfermos crónicos.
- El enfermo terminal tiene derecho a obtener alivio efectivo
de su dolor y de sus síntomas, aun si los medicamentos
o medidas requeridos para ello abreviaren el tiempo de vida restante.
- El enfermo terminal tiene derecho que le sean satisfechas sus
necesidades integralmente, sin olvidar nunca que detrás
de ese ser muriente, hasta el último instante, hay un ser
humano.
- El enfermo terminal tiene derecho a recibir soporte psicológico
para facilitar su adaptación a la fase terminal de su vida
y a la inminencia de su muerte, bien este provenga de sus familiares,
de las enfermeras, del médico o de un profesional de la
salud mental, cuando ello sea necesario o factible.
- El enfermo terminal tiene derecho a que su familia, como parte
directamente afectada por su muerte, sea atendida, respetada y
cuidada.
- El enfermo terminal tiene derecho a conservar su individualidad,
privacidad y pudor.
- El enfermo terminal tiene derecho a no morir solo.
- El enfermo terminal tiene derecho a recibir asistencia espiritual,
siempre que la necesite, y a que le sean respetadas sus creencias
religiosas, cualesquiera que estas sean.
- El enfermo terminal tiene derecho a ser cuidado por personas
sensibles, preparadas y conscientes del difícil momento
que atraviesa y de su obligación de ayudarle en lo posible.
- El enfermo terminal tiene derecho a disfrutar de una vida con
buena calidad hasta el final, criterio que debe prevalecer sobre
la cantidad de vida.
- El enfermo terminal tiene derecho a morir con dignidad.
El proceso de morir
Un paciente percibe de muchas fuentes que su fin esta cercano,
no solo de una información veraz y honesta dada por su médico.
La experiencia con pacientes terminales nos ha mostrado con mucha
frecuencia que la información acerca del estado de salud
y el pronóstico es manejada a diferentes niveles por cada
paciente de acuerdo a la calidad de la relación existente
con el interlocutor y a las necesidades y defensas de que el paciente
dispone en un momento dado. En otras palabras, cada persona sabe
con quién puede compartir la realidad, por dura que sea,
y con quién debe guardar una apariencia de ignorancia o de
fortaleza y entusiasmo hasta el final. El paciente sabe quién
puede recibir su tristeza o su angustia e incertidumbre y quién
no; de ahí que al asistir a la familia de un enfermo terminal
haya entre sus miembros muy diferentes versiones de qué tanto
el paciente conoce de su realidad.
Aunque verbalmente nadie haya sido explícito con un paciente
acerca de su gravedad, generalmente si el interlocutor muestra disponibilidad
para recibir y compartir cualquier información, el paciente
dejará ver qué tanto conoce su situación y
que con frecuencia se encuentra rodeado y preso por un muro de incomunicación,
aislamiento y silencio con respecto al mundo que lo rodea. Su propio
deterioro, los cambios perceptibles en la conducta y actitudes de
sus seres queridos, las modificaciones en los planes de tratamiento
preestablecidos por los médicos, los comentarios y actitudes
evasivas del personal de salud y de los familiares y los conocimientos
y averiguaciones del paciente con respecto a su enfermedad lo llevan
a concluir con certeza que se enfrenta a la muerte cercana.
Las diferentes reacciones ante la crisis por
la inminencia de la muerte
La reacción frente a la muerte inminente varía notablemente
de una a otra persona; no se puede generalizar y depende de una
serie de factores altamente individuales que la determinan, como
son: a) Las características de personalidad del enfermo,
b) La calidad de las relaciones interpersonales de que dispone como
fuentes de soporte, c) Los factores socioeconómicos y ambientales,
y d) Las características específicas de la enfermedad.
Ello nos lleva a comprender que una persona fuerte, con recursos
internos de buena calidad, económicamente solvente, que padece
de leucemia, reaccionará ante la crisis de forma muy diferente
a una persona de pobres recursos internos, aislada e introvertida,
quien padece de sida (una enfermedad estigmatizante), con obvias
dificultades para ventilar con los demás las emociones negativas
(rabia, injusticia, etc.) que suscitan su muerte inevitable y la
fuente de su contagio.
Cada caso deberá ser analizado individualmente y comprendido
de acuerdo a sus características particulares, sin que el
paciente se sienta forzado a reaccionar de una forma específica
para poder contar con la aprobación del personal de salud.
Respetar las defensas o mecanismos adaptativos que un paciente emplea
es una norma de oro para el equipo tratante.
Es importante consignar aquí el hecho de que para muchos
pacientes el enfrentar su muerte se constituye en una oportunidad
para la reflexión, en un reto para hallarle un sentido a
ese duro momento y en una fuente de crecimiento espiritual.
La naturaleza de la esperanza
A dos populares falacias quiero referirme aquí. Una, la
de rotular a un ser humano enfermo en su fase terminal como "sin
esperanza", cuando una percepción más detenida del
proceso de morir, pone de presente que no existen seres sin esperanza.
La deformación científica nos lleva a emplear este
concepto para describir un caso incurable, sin reparar en que muchas
veces se hiere su dignidad al usarlo.
Y la otra hace referencia al mito de que procurarle información
realista a un paciente acerca de su diagnóstico es derrumbar
de un tajo su esperanza.
El manejo de la información con el paciente
terminal
De acuerdo a Buckman, en los años 50 y 60 los estudios revelaban
que el 90% de los médicos se abstenían de informar
al paciente cuando el diagnóstico era cáncer. El mismo
estudio repetido en 1971 muestra que como política general
en EE.UU. y Canadá el 90% informa a los pacientes y tan solo
un 10% oculta la verdad.
Aunque no creo que en América Latina hayamos avanzado tanto,
sí es cierto que el foco del debate ha cambiado de si decirle
o no al paciente, a cómo decírselo, pues hoy día
es un hecho generalmente aceptado que todo paciente mentalmente
competente tiene absoluto derecho (ético, moral y legal)
a conocer la información médica que necesita o que
solicita.
Plantea este "deber" una situación compleja al médico
tratante y al equipo que cuida un paciente terminal, pues dentro
del entrenamiento los profesionales de la salud no reciben capacitación
orientada al sano manejo de la información difícil
con el paciente.
Múltiples temores de parte del profesional de la salud actúan
como presiones en favor de ocultar la verdad. El temor a causar
dolor y sufrimiento, el temor a ser culpados del "fracaso", el temor
a generar una reacción emocional que no sabemos manejar,
el temor a responder "no lo sé" ante las preguntas que surgen,
y el temor a expresar, a dejar traslucir nuestras emociones como
respuesta, son tan solo algunos de ellos.
Si bien se escapa a los propósitos de este artículo
el adentrarnos en el complejo mundo de la comunicación médico-paciente-familia,
vale la pena poner de presente algunas consideraciones: Ante todo
la comunicación es un diálogo de dos clases: verbal
y no verbal. Esta última incluye las actitudes, los gestos
y la conducta que acompañan el hecho mismo de dar la información.
Las mismas palabras dichas con claridad, en un ambiente relajado,
con tiempo suficiente, con contacto visual, estando sentados y dispuestos
no solo a hablar sino a escuchar, tienen un impacto diferente a
la verdad escueta, dicha toda en una sola sesión, de afán,
en el corredor del hospital.
Como sugerencias básicas para informar un diagnóstico
podríamos citar:
- Buscar un lugar apropiado, con privacidad, que facilite un clima
de confidencialidad y respeto.
- Explorar cuánto sabe el paciente de su realidad.
- Descubrir qué tanto desea o necesita saber el paciente
en ese momento.
- Escuchar sus preocupaciones expresadas directa, indirecta o
simbólicamente.
- Compartir la información en pequeñas "dosis" y
cerciorarse de que el paciente la ha comprendido.
- Emplear un lenguaje claro, directo y honesto.
- Permitir la expresión de sentimientos y discutir con
el paciente sus preocupaciones en los órdenes psicológicos,
familiar, social y espiritual, así como sus necesidades
y deseos.
- Desarrollar un programa permanente de apoyo y generar un compromiso
longitudinal con el paciente, que solo terminará con su
muerte.
Finalmente, cabe resaltar que en algunos casos excepcionales un
paciente manifiesta abierta o sutilmente su deseo de no conocer
la verdad por parte del profesional de la salud, y tal solicitud
debe ser respetada, aun si contraría las creencias del equipo
de salud.
La muerte de uno de sus miembros para la familia
Varias muertes: varios duelos
El ser testigo del debilitamiento progresivo del ser querido y
de la creciente impotencia personal para detenerlo, genera en la
familia angustia, mucho dolor y una honda sensación de pérdida.
Es importante y útil comprender que no existe una única
muerte del ser querido, sino que día a día se van
muriendo partes muy queridas, rasgos muy valorados (como el control
y la independencia), actitudes muy necesitadas para los demás
(como las de acompañar, decidir y dar fortaleza), y la familia
debe ir haciendo poco a poco varios duelos, esto es, ir aceptando
y adaptándose a esas micromuertes, que culminan al final
en la muerte biológica y total. La manera como cada uno de
los miembros de la familia pueda ir realizando esa penosa tarea
de irse desprendiendo paulatinamente de aspectos del ser querido,
dependerá de varios factores, entre ellos, del rol que tenga
el enfermo en la familia, del momento histórico dentro de
la vida familiar en que ocurra la pérdida, de la modalidad
de relación que se haya tenido con el enfermo, la cual determina
la magnitud de lo perdido, y desde luego, de las características
de la personalidad de quien ha de asumir la pérdida, sus
recursos y riqueza interna y el grado de apoyo que pueda derivar
en esos momentos tan duros de su red familiar y social. El tipo
de enfermedad incide en la aceptación de la situación
además de todo lo anterior. El caso de un enfermo con sida,
por ejemplo, coloca en la familia la sobrecarga de una enfermedad
estigmatizada y la posible necesidad de ocultar la fuente de su
contagio.
Morir es la situación más solitaria, más temida
y más negada por todos nosotros. Cuando un ser querido se
enfrenta a esa realidad, no solamente surgen las necesidades de
ser cuidado físicamente, es decir, de conseguir el mejor
control del dolor y de los síntomas, sino también
se crean para el paciente mismo mil situaciones que implican ansiedad,
incertidumbre y sufrimiento psicológico.
Luego de realizar un penoso recorrido de shock y sorpresa,
rabia, depresión y aceptación, que por igual deben
hacer los miembros de una familia, y bien sea que se haya respetado
su derecho de ser informado explícitamente o no como ya lo
hemos dicho antes, los pacientes presienten qué tan enfermos
están. El enfermo necesita hasta el final ser rodeado por
sus seres queridos, sentirse tomado en cuenta como ser humano digno
hasta el último instante y poder compartir con ellos su situación
emocional, los asuntos que quedan pendientes por resolver y el dolor
de tener que abandonarlos.
Para la familia todo este proceso implica una crisis que pone a
prueba la madurez y el alcance de sus recursos. A veces, la carga
es demasiado pesada, o la estructura familiar demasiado golpeada
y endeble para sostenerla por sí sola; en estos casos es
conveniente considerar la posibilidad de contar con una ayuda psicológica
externa que prevenga disfunciones o rupturas que lesionan a la familia
sobreviviente, muchas veces en forma permanente.
Dilemas familiares
Quisiera insistir en un aspecto de difícil manejo que he
encontrado en las familias y son aquellos dilemas que plantean situaciones
o tareas antagónicas y, por ende, obligan a asumir roles
casi opuestos, lo cual produce enormes cantidades de angustia, indecisión
y culpa. Algunos de estos dilemas son:
- Invertir más y más energía y dedicación
a un paciente que de todas formas va a morir vs. ir separándose
poco a poco, a costa quizás de que el paciente pueda sentirse
abandonado.
- Balancear el apoyo al paciente en su creciente dependencia vs.
el respeto a su necesaria autonomía y necesidad de control.
- Atender a las necesidades del paciente vs. atender las
necesidades propias, o sea, encontrar el punto medio entre la
participación en el cuidado del paciente y el poder seguir
viviendo la propia vida.
- Exagerar los cuidados y detalles amorosos en los últimos
días vs. actuar con naturalidad hasta el final,
simplemente estando presente en forma más pasiva frente
al paciente.
- Ir planeando la vida sin él en un futuro vs. traicionarlo
al estar desde ya asumiendo la vida en su ausencia.
- Redistribuir activamente entre la familia los roles y tareas
que el paciente asumía antes vs. esperar para no
hacer nada que le procure mayor sensación de pérdida
a él.
Tales dificultades deben ser compartidas por el equipo en particular
y por el psicólogo que le asiste y se debe proveer a la familia
la posibilidad de ir enfrentando y resolviendo cada uno de estos
dilemas en la mejor forma y en el momento más oportuno.
Las respuestas emocionales que estas situaciones
suscitan, de angustia, culpa, confusión e incertidumbre,
representan una carga agobiante para los miembros de una familia.
Compartirla, especialmente legitimarla, alivia la tensión
y promueve la búsqueda de soluciones adaptativas.
Conclusión
Al explorar con detenimiento los factores que producen sufrimiento
a un paciente, como lo hemos hecho, queda flotando en el ambiente
la idea de la responsabilidad del médico de sensibilizarse
en su ejercicio profesional y de humanizar su contacto con el enfermo,
hasta incluir su muerte.
Ello representa una obligación ética no fácil
de asumir para el médico, por cuanto cuestiona y toca
aspectos muy personales de los recursos y de la vida misma del médico,
así como deficiencias en su formación profesional.
De ahí la importancia de abordar el tema sin temor,
de profundizar en los insondables misterios del morir humano y de
disponer de claros criterios que orienten el proceder médico,
siempre en beneficio del paciente y no suyo, guiados por el consentimiento
informado del paciente en uso legítimo de su autonomía
y no, como en otras épocas, por el ejercicio de una
medicina paternalista que asignaba un papel pasivo al enfermo y
un rol activo y casi omnipotente al galeno.
Revisar nuestras actitudes hacia los pacientes
en forma crítica, seguramente pondrá de presente aspectos
susceptibles de mejorar para bien de todos. Esa debe ser nuestra
tarea: optimizar la relación médico-paciente.
Datos biográficos de la autora
Isa de Fonnegra de Jaramillo, es psicóloga clínica
y tanatóloga desde 1970. Profesora universitaria en Colombia
sobre los temas de la muerte y el duelo, ha sido invitada como conferencista
a múltiples escenarios académicos tanto dentro de
su país como a nivel internacional.
Ha publicado extensamente sobre el tema de la muerte, siendo su
último éxito editorial, De cara a la muerte,
de Intermedico Eds. (1999), libro que en su primer año completó
ocho ediciones.
Miembro activo del International Work Group on Death, Dying and
Bereavement, del Instituto Colombiano de Estudios Bioéticos
y de la Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente. Fundó
en 1987 y es Presidente de la Fundación Omega, institución
pionera en medicina paliativa y duelos en América Latina.
Bibliografía
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Annas, G.J. "Informed Consent Cancer And Truth in Prognosis",
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Aries, P. Western Attitudes toward Death, Johns Hopkins University
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Bejarano, P. e I. Jaramillo. Morir con dignidad: fundamentos
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