El dolor en una dimensión personal y médica
No es tarea fácil tratar de "textualizar" una definición
personal acerca del dolor, pues este es, necesariamente, un concepto
ligado al contexto y al momento de la vida en el cual se trata de
definir. Guardando proporciones, es tan difícil como resumir
todas las vivencias personales en una sola definición, y
es que cada una de ellas ha estado en su momento asociada a
un contexto específico en el que las propias experiencias
pasadas, así como las expectativas futuras, que han modulado
o modificado la forma como han sido percibidas dichas vivencias;
siendo de esta forma, no existe una circunstancia que pueda ser
aplicada absolutamente a todas las demás.
Por si fuera poco, en lo que respecta a una definición personal
del dolor, es casi imposible desligar el conocimiento racional (científico)
de la forma como se percibe emocionalmente (percepción consciente)
el dolor, pues de alguna forma ambos son interdependientes y se
influyen recíprocamente en relación con un contexto.
Dada la complejidad de la tarea emprendida, es
decir, definir una experiencia tan integral como el dolor, parece
necesario o, al menos, aconsejable puntualizar la visión
personal de los elementos más importantes que la construyen.
Nocicepción, dolor, adaptación
y sufrimiento
Parecería evidente que cuantas más experiencias físicas
de dolor (nocicepción) hayamos tenido,
más nos podríamos acercar a un significado "real"
del mismo, pero en realidad no parece existir una correlación
tal, pues como nuestra práctica cotidiana permite observar,
puede haber pacientes con un tratamiento médico adecuado
que han desarrollado dolor crónico, y a través del
tiempo han podido aprender, quizá, a adaptarse a él,
como también puede haber otros cuya adaptación al
dolor ha sido o es imposible por la influencia de factores biológicos
y psicosociales diversos.
Con el término adaptación al dolor, hago aquí
referencia a diferentes procesos: a "manejarlo", refiriéndome
en este caso a percibirlo sin presentar mayores manifestaciones
conductuales de su presencia, a "no sentirlo", pues a pesar de que
el paciente identifica la naturaleza nociceptiva del estímulo
que actúa sobre él, el cuerpo no reproduce ninguna
manifestación fisiológica de alerta asociada al dolor,
y finalmente a "no manifestarlo" con sufrimiento, es decir,
a no expresar o sentir de forma acusada emociones negativas a consecuencia
del dolor (angustia, tristeza, miedo, indefensión, impotencia,
etc.)
Las experiencias nociceptivas de quien escribe, derivadas en su
mayor proporción de procesos agudos (traumáticos,
inflamatorios y neuropáticos), han ido enriqueciendo mi conceptualización
del dolor como una experiencia somática con componentes emocionales
que condicionan un grado de sufrimiento altamente modificable por
las expectativas. Y es que el solo hecho de observar dentro de uno
mismo los procesos de sensibilización neurogénica
e inflamatoria periférica y notar cómo estos son modificados
por los fármacos ingeridos, incrementa la tolerancia al estímulo
doloroso, pues al tener la sensación de control durante una
experiencia dolorosa, esta última se convierte en un proceso
más manejable.
Si bien es cierto que lo anterior hace referencia solamente al
papel de las expectativas ante sensaciones "menores" de dolor agudo
somático, es una experiencia frecuente el observar que el
impacto del dolor en un paciente está, en gran medida, relacionado
con la exposición previa que dicho paciente haya tenido a
eventos semejantes. Así podemos observar que las personas
sometidas a grandes trabajos físicos son generalmente más
tolerantes al dolor, siendo menores sus manifestaciones dolorosas
que aquellas personas frecuentemente sedentarias, de poca actividad
física o de baja exposición a estímulos físicos
de esfuerzo, que no han tenido una historia de aprendizaje en relación
a estímulos molestos en su organismo, o dicho en términos
conductuales, no han experimentado un proceso de inoculación
al dolor.
Aparte de lo anterior, existe, sin embargo, un determinante mayor
del impacto del dolor en cada individuo, este es la interpretación
consciente del dolor experimentado. De ella dependen las consecuencias
afectivas de una experiencia dolorosa (a las cuales llamamos "sufrimiento")
y esta experiencia por ser subjetiva, es tan personal y única,
como individualidades tiene la especie humana, de allí su
definición médica:
"El dolor es una experiencia subjetiva producida por un daño
tisular, actual o potencial, o descrito en términos de
este." (IASP comité de taxonomía 1994.)
Así se ha descrito médicamente una
experiencia cuya dimensión solo es definible claramente por
quien lo sufre. Considerado el dolor como una experiencia ajena
a quien no lo siente, la sensación dolorosa no es posible
describirla más que en los términos en que la percepción
del paciente lo refleja. Bien por eso dicen que "el único
dolor soportable es el dolor ajeno", corroborando así
que el componente personal de sufrimiento no puede ser percibido
de otra manera que aquella de la solidaridad socioemocional: si
alguno de nosotros sintiera en su cuerpo un mínimo del dolor
que encara en sus pacientes, difícilmente podría pensar
en una forma tan racional y profesional para su solución.
Sufrimiento, solidaridad humana y la profesión
médica
Contraria a esta inhabilidad de sentir la nocicepción ajena,
es nuestra capacidad de empatizar y en cierta forma experimentar
un sufrimiento ajeno, al cual (por designios divinos o por especie)
somos todos vulnerables, de alguna manera, siendo posible el percibirlo
casi tan vivamente como en el otro. Cuando el dolor ajeno está
asociado al sufrimiento, este suele invadirnos hasta llegar a producir
dentro de nosotros un sentimiento similar que se hará más
grande cuanto más cercana afectivamente a nosotros sea esa
persona que sufre.
En esta solidaridad humana se origina probablemente "la razón
de ser" de la Medicina como arte de aliviar el sufrimiento ajeno.
Aquel que nos invade, fue probablemente el motor más importante
para el desarrollo del conocimiento médico. Desafortunadamente,
y a través del tiempo, el encuentro cada vez mayor de la
"evidencia científica" en cuanto a los agentes, causas y
potenciales tratamientos para la enfermedad, hizo que esa motivación
de la Medicina, se olvidara del componente subjetivo, perceptual
e individual, que ha valido la acusación de que "los médicos
se tornan insensibles".
Pero ¿puede un médico ser "insensible"
al sufrimiento de su paciente?
Desde un punto de vista técnico, el médico que se
centra solamente en los fenómenos orgánicos de su
paciente y se distancia de la dimensión personal de quien
sufre, pierde la posibilidad enorme de influir en el aspecto único
de cada individuo ante el dolor. Cualquiera que sea la razón,
bien por ignorancia o, lo que es peor, por esconder su propia debilidad
ante el sufrimiento potencial como reflejo de la experiencia ajena,
el médico tendrá que entender que el péndulo
de la calidad en Medicina se ha equilibrado moviéndose nuevamente
hacia la conceptualización de elementos como la psicobiología,
calidad de vida, la ética y el alivio del sufrimiento como
paradigmas de la calidad en la atención de hoy. La calidad
ya no se mide en forma precaria por la "supervivencia" del paciente,
sino por el progreso de su dimensión física funcional
tanto como la mental.
Saliendo de los aspectos orgánicos del dolor, suelo insistir
a los alumnos de la especialización en Medicina del
Dolor (Algesiología), en que el secreto de la actitud profesional
de esta especialidad está en la capacidad de solidarizarze
con el dolor ajeno: "quien no es capaz de sentir un poco
el dolor (sufrimiento) de su paciente, no debería tratarlo".
Puesto que se trata de una experiencia subjetiva en cada enfermo,
la universalidad de esa sensación dolorosa está solamente
en el mismo paciente (en términos estadísticos, a
pesar de un n = 1 la validez de la evidencia es máxima),
y por ende, solo acercándonos a él podremos aprender
el arte del alivio del dolor. La experiencia profesional del médico
no se mide solo por el éxito estadístico de sus tratamientos
(muchos de los cuales a través de los años probablemente
se demostrarán como insulsos y anticuados), sino por su capacidad
de acercarse cada vez mejor al dolor y a esa dimensión humana
del paciente.
Además de tratarlo en forma orgánicamente
racional, el médico consciente de esta dimensión podrá
acompañar y aliviar a su paciente, teniendo a su vez la oportunidad
de aprender de él. Cómo prepararse para vivir eventos
futuros (pues todos habremos de tener algún dolor o sufrimiento),
solo se aprende a través de la actualidad de las experiencias
ajenas. El momento de dolor, especialmente el terminal, es siempre
un momento en el cual, probablemente, todas las escalas de valores
humanos personales cobran su verdadero orden natural.
El dolor en la visión personal del paciente
Cualquier visión personal del dolor es en cierta forma un
efecto de la construcción cultural y social que ha tenido
significados diferentes a través de todas las épocas.
Por consiguiente, a la subjetividad de la experiencia se añade
ahora el contexto cultural y social que determina las manifestaciones
que se producen ante un estímulo orgánico nociceptivo.
Difícilmente se podría analizar una manifestación
dolorosa fuera del contexto cultural: no por la calificación
que le dé una sociedad o cultura al fenómeno del dolor,
sino por que los diferentes significados atribuidos al dolor como
mal temporal, prueba necesaria, método de purificación,
etc., han modificado la percepción del sujeto a través
de los tiempos, y como definimos anteriormente, ellos pueden elevar
o disminuir su capacidad de tolerancia, y por qué no decirlo,
modificar acaso sus posibilidades fisiológicas de resistencia.
De esta forma, y aún sin entenderla como el propio paciente,
esa visión personal debe calificarse a través de sus
dimensiones subjetiva verbal (el reporte verbal), de los hallazgos
al examen (la respuesta al estímulo), así como los
aspectos conductuales (la conducta motora manifiesta) y los cognitivos
y emocionales que rigen sus respuestas al dolor. Así, la
sola descripción verbal del paciente no basta, ya que intimidado
por muchas circunstancias, su encuentro con el médico suele
estar lleno de variables situacionales que pueden hacer modificar
su reporte y, tal vez, hacerle creer al médico que está
mejor o peor según la circunstancia y expectativas.
Todos los elementos anteriores suelen identificarse como el dolor
mismo para guiar los efectos de un tratamiento específico,
pero más allá de estas descripciones "orgánicas",
el significado del dolor, sobre todo en sus formas crónicas
y, más importante aun, en las fases terminales, tiene un
contexto totalmente diferente para el paciente, pues la afección
somática que produce la nocicepción es solo una dimensión
del dolor y sufrimiento que experimenta el ser humano en esas situaciones.
Y así debe igualmente ser para el médico: la medicina
paliativa también nos ha enseñado que el alivio farmacológico
del dolor solo representa una parte, y acaso en ocasiones la menos
relevante en el sufrimiento del paciente que muere. El profesional
bien estructurado en el arte de la Medicina debe aprender a discriminar
bien en esta situación que los componentes orgánicos
del sufrimiento son determinantes parciales del bienestar global
del paciente, y que los componentes psicoafectivos y espirituales
determinan de igual forma su calidad de vida. La falta de entrenamiento
en estas áreas no es óbice para que el médico,
como centro de la atención especializada en dolor, no esté
obligado a detectar estos fenómenos y dirigir al paciente
hacia un tratamiento adecuado.
Pero ¿cómo ve el paciente su propio
dolor?, y más importante aun, ¿qué espera del
médico? Como mencionamos arriba, la percepción del
dolor está fuertemente influenciada por las experiencias
subjetivas del paciente y por su contexto cultural, pero a la urgencia
orgánica de su necesidad de alivio (que podría llegar
a ser la misma para todo aquel quien lo sufre), sigue la significación
personal de dicho dolor, la cual genera otras necesidades que el
paciente también desea que sean aliviadas por el médico:
la ansiedad motivada por el desconocimiento y el miedo a la enfermedad,
así como el miedo al dolor mismo. Aquí radica probablemente
uno de los problemas mayores de la "masificación" de la medicina
y de la deshumanización (entendida aquí como la tecnificación
exagerada) de su enseñanza, que reduce tanto el tiempo de
interacción médico-paciente, como la capacidad médica
de reconocer y manejar la dimensión biopsicosocial de las
enfermedades, pero en particular la del dolor.
El dolor ajeno como experiencia personal del
médico
Vida laboral cotidiana y dimensión humana
del pensamiento médico
Para cualquier persona en edad laboral, la frivolidad de la vida
cotidiana de nuestro siglo, especialmente en la etapa más
productiva de la vida, ofrece una problemática que ocupa
todos los espacios del día dejando lo poco que resta a la
jornada casi exclusivamente al descanso. Es así como la utilización
del tiempo libre suele estructurarse para labores de mantenimiento
físico (acaso algo de ejercicio), labores de casa por demás
necesarias, y desafortunadamente cada vez con más duración
al "entretenimiento" pasivo de las pantallas (películas,
noticias y hasta Internet como pasatiempo), teniendo como resultado
un alejamiento progresivo de los procesos de introspección
y análisis de su "vida interior" (la dimensión humana
del pensamiento).
Para el médico, sin embargo, la oportunidad cotidiana de
estar cerca de experiencias vitales asociadas al sufrimiento físico
y afectivo de los pacientes ofrece la oportunidad única de
mantener el contacto con una dimensión humanística
(o por lo menos socializada) y en cierto sentido también
espiritual (pues sus propios conceptos y experiencias humanas son
la base del soporte que en ese sentido pueda darle a sus pacientes).
Como resultado, esta situación amplía potencialmente
su horizonte cultural, social y filosófico, lo que había
sido tradicionalmente una característica del nivel sociocultural
con que se ha identificado a través de muchas épocas
nuestra profesión.
Contrario a lo que se pudiera esperar, los procesos
de "tecnocratización" y los vicios epidemiológicos
de la "socialización" de la Medicina, han forzado al médico
a perder su Ars Medicinalis al limitar la interacción
médico-paciente a un tiempo reducido en favor de un mayor
número de pacientes tratados, y convertir la profesión
y el análisis clínico en puro control de enfermedades
y en práctica defensiva en contra de potenciales demandas
legales. Todo ello ha ido reduciendo el horizonte humanístico
del pensamiento médico, y es aquí donde el acercamiento
al dolor ajeno, pero especialmente al sufrimiento del paciente,
es uno de los pocos contactos que puede enriquecer progresivamente
la vida del médico, lo cual a su vez revertirá en
una mejor calidad humana disponible para el apoyo del enfermo.
La relatividad de las escalas de valores y
los valores de las escalas ante el dolor
A través de la vida de todo individuo, y dependiendo de
su contexto sociocultural y educativo, se van generando diferentes
escalas de valores con las que la persona orienta su interacción
con la sociedad y consigo mismo. Estos valores, que a través
de la educación ética y moral de la antigüedad
se nos han presentado como un estándar de aquellas épocas,
probablemente entonces igual que hoy, solo reflejan el pensamiento
y filosofía de las elites de aquellas sociedades, sobre las
cuales la historia ha revelado cómo, frecuentemente, vivían
en una práctica opuesta o, cuando menos, relativa a aquello
que predicaban a sus iletrados pueblos.
Cualesquiera que sean las épocas o las sociedades, todos
los valores de nuestra cultura en la universalidad de cada individuo
se hacen relativos frente al dolor y al sufrimiento: es solo en
este momento, pero especialmente cuando el paciente se siente cerca
a la muerte, que los pacientes que han seguido un proceso adecuado
de control de síntomas y del duelo, se acercan a la verdadera
escala de valores que ha gobernado su vida en forma independiente
de las necesidades primarias de su circunstancias. Es asombroso
el ver cómo cada paciente en su nivel de desarrollo expresa
y comparte, a través de una mirada retrospectiva a su propia
vida, la sabiduría que muchos quisiéramos aprender
para el curso de nuestra vida personal y profesional.
Tal vez lo más gratificante que un médico enamorado
del arte de la Medicina puede encontrar en su práctica está
allí, cuando al lado de un paciente podemos entender que
esa situación existencial en la que unos más cerca
que otros estaremos en el futuro, todos los valores vividos, por
buenos o malos que hayan sido, se resumen en un solo orden
en el que todos somos iguales. Probablemente si tuviéramos
la oportunidad de una segunda vida, aquello que practicamos y aquello
que enseñamos, seguramente, estaría tan cerca
del espíritu del paciente como hoy lo está de los
trastornos de su cuerpo, y tan cercano a su dolor como al propio
nuestro.
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