El sufrimiento es una de las realidades más conflictivas de la experiencia humana, ya que desafía nuestro sentido de búsqueda de paz y felicidad. El dolor como el sufrimiento es inevitable. Su existencia es un hecho que no necesita ser demostrado, ya que todos tenemos experiencia de él. Se ha de distinguir entre dolor y sufrimiento (1).  El dolor es una sensación molesta y aflictiva que se da a través del sistema nervioso en una parte del cuerpo, por causa interna o externa, basado en información sensorial. El sufrimiento, en cambio, depende de la dimensión espiritual de nuestra existencia y es causado por un estado grave de desamparo inducido por la pérdida de integridad personal o por un peligro que la persona cree que resultará en la pérdida de su integridad. El sufrimiento puede identificarse con el dolor cuando su causa es física, y se distingue cuando su causa es psíquica o espiritual. Puede ser iniciado por profundos cambios en el estado físico de la persona, por cambios sociales o por la necesidad de conversión en el campo espiritual. Se sufre como persona, con las características físicas, psicológicas y espirituales que uno posee. En el sufrimiento se halla incorporada una idea del futuro a la que uno tiene que enfrentarse, pero no se encuentra preparado. El sufrimiento se origina también por un cambio de propósito o sentido en la vida. Para Cassell (2),  la esencia del sufrimiento consiste en la desintegración del ser, incluyendo el pasado, el futuro, el propósito de la vida, las ideas y creencias acerca del mundo y la comunidad.

En la sociedad actual no solamente no se le encuentra sentido al sufrimiento, sino que se le rechaza, de ahí el movimiento a legalizar la eutanasia y el suicidio asistido. En la sociedad postmoderna el sufrimiento no tiene valor, se considera que no debería ser parte de la vida, ya que parece poner en cuestionamiento los aspectos de la persona que se tienen en alta estima, como la autonomía, la autosuficiencia, la productividad y la búsqueda del placer. La sociedad consumista de hoy busca la redención sin dolor. Pero esta actitud no prepara para la vida. Se busca alivio de todo esfuerzo y de todo sufrimiento. Todo esto es claramente positivo, pero encierra sus riesgos. Corremos el peligro de que lleguemos a creer que se puede erradicar el sufrimiento, cuando resulta que es consustancial al ser humano. Se dan muchas teorías para explicar el porqué del sufrimiento, pero ninguna llega a satisfacer del todo, especialmente cuando nos encontramos con el sufrimiento que aparece como injusto, como es el de los niños. La experiencia del dolor y del sufrimiento resulta difícil de conciliar con la idea de un Dios Padre que nos ama. No podemos entender que Dios nos permita sufrir y por eso el sufrimiento aparece como un absurdo o como un gran escándalo.

Aminorar el sufrimiento es uno de los desafíos de la Medicina actual. En el ejercicio de su profesión el médico se encuentra cara a cara con el sufrimiento, debe servir a los que sufren, algunos de los cuales son enfermos incurables. El médico se enfrenta, por tanto, a la misma pregunta que el paciente se hace: si ante este sufrimiento que parece ser destino inevitable, ya que no se puede modificar, ha perdido la vida todo su sentido. Muchos enfermos encuentran respuesta a esta pregunta y, por tanto, deberíamos dejar que hablasen y en especial aquellos que se enfrentan a la muerte. Su experiencia puede llenar de sentido lo que con el intelecto no somos capaces de explicar. El enfermo se encuentra rechazado por el mundo, pareciera que a su vida se le hubiese robado el sentido. Qué mejor que escuchar la voz del que sufre para encontrar sentido al sufrimiento. Un ejemplo lo constituyen los testimonios de los pacientes de cáncer que en este trabajo examino. El despreciado por la sociedad de consumo es el más adecuado para señalar el sentido del sufrimiento a esa misma sociedad que no entiende sino el lenguaje de la utilidad y eficacia. La persona que sufre representa un desafío para aquellos que definen la persona disminuyéndola a una o varias de sus características como a la capacidad de autonomía o de autosuficiencia; el que sufre clama que la persona es más que todo eso y que no podemos reducirla.

Experiencia de sufrimiento del enfermo de cáncer

La experiencia de sufrimiento del enfermo tiene sus particularidades. En el caso del enfermo de cáncer, este se encuentra con el desafío de pérdidas en su capacidad física, autonomía y capacidad de relacionarse con los demás (3). La enfermedad se presenta al paciente como una mortificación o mutilación que le trunca en su trayectoria vital, lo que origina una auténtica convulsión interior que provoca un desvelamiento de su modo de ser, que aflora ahora cuestionado. El enfermo, al fijarse en las pérdidas, pierde su sentido de integridad como persona y eso le hace sufrir; reacciona manifestando temores diversos, como el miedo a la separación, a que el cáncer vuelva a surgir, al dolor, a la inutilidad, al rechazo o abandono, a la muerte; se pregunta por la pérdida de su libertad en el cuerpo, por el posible truncamiento de muchas de las aspiraciones que venía acuñando y por el valor de su vida en el presente y en el futuro próximo. El enfermo experimenta que es incapaz de hacer lo que necesita para asegurar su estima personal y ser bien considerado por los demás. Se da entonces un conflicto entre lo que quiere interiormente con lo que experimenta como realidad en el mundo externo, y esta experiencia le hace sufrir. El enfermo pasa por períodos de angustia, de ansiedad y de depresión en que puede sentirse abandonado por Dios y por los demás, incapaz de orar y de recibir consuelo. El depender de otros puede ser percibido como una carga dificultando la relación con las personas que uno más quiere. Las demandas del cuerpo a veces entran en conflicto con las necesidades de la persona. El dolor u otros síntomas que descapacitan a la persona hacen que el enfermo ponga una atención al cuerpo que él considera desmedida y que le impide desarrollar otros aspectos que eran considerados vitales, porque le daban un sentido de propósito a su vida. Normalmente, cuando gozamos de salud, no apreciamos la importancia que tiene el cuerpo para lograr lo que nos proponemos. Al caer enfermos, nos damos cuenta de lo limitados que somos. Al cuerpo se le experimenta más que como un aliado que sirve a nuestros propósitos, como un enemigo que traiciona la confianza que habíamos depositado en él y que señala nuestra contingencia. Al resistirse y luchar contra el dolor se genera también sufrimiento, especialmente porque la experiencia de sufrimiento es incomunicable y muy difícil de compartir. El dolor y el sufrimiento no se pueden medir ni pueden ser experimentados por otra persona que no sea el enfermo, por ello es incomunicable. La pérdida de sentido es parte esencial en el sufrimiento. El sufrimiento siempre envuelve un conflicto personal. El peligro de pérdida de integridad reside en el significado que tiene el dolor para la persona que lo sufre o en la creencia acerca de las consecuencias que tendrá. Por ejemplo, muchos pacientes sufren porque no encuentran explicación en lo que les sucede y muchas veces se preguntan por el porqué les sucede a ellos. Al no encontrar una respuesta, sufren por un sentimiento de pérdida de su integridad como personas. No todas las personas tienen la misma experiencia de sufrimiento, cada persona responde de diferente forma ante las amenazas y el deterioro que causa la enfermedad. El sufrimiento es necesariamente una condición que se vive en soledad al sentirse el enfermo separado del mundo social por su condición. El sufrimiento aísla y margina. El enfermo se encuentra aislado y marginado en parte por factores biológicos como debilidad, cansancio, dificultad en moverse y valerse por uno mismo, la dependencia de los demás; pero también es marginado y aislado de su forma de vida cotidiana al separarse de la esfera del trabajo y de la comunidad en que vive para ser relegado a la esfera de lo privado en la casa o en un hospital. La soledad del que sufre no consiste únicamente en sentirse solo sino en no sentirse parte del mundo que le rodea.

Sin embargo, el enfermo, a pesar del sufrimiento, nunca se encuentra totalmente desamparado y busca encontrar un sentido a su vida.

Sentido del sufrimiento

Aunque se reconoce que el sufrimiento por sí mismo es negativo, puede llegar a transformarse en positivo por el significado que se le dé para nuestra existencia. La voluntad de dar sentido a los hechos de la vida mantiene la vida y hace que el ser humano se sienta digno. Teniendo en cuenta que se han dado muchos sentidos o explicaciones al porqué del sufrimiento (4)  y también al posible valor que pueda tener, comenzamos con una revisión de los mismos para luego pasar a la experiencia de los enfermos de cáncer:

1. El sufrimiento como resultado del pecado

El ser humano no sufriría si no cometiera pecado. El sufrimiento aparece como castigo por los pecados cometidos, fruto de la justicia divina (5)  o como expiación de los mismos. El cristianismo afirma que por el pecado original entró el sufrimiento en el mundo y que Cristo murió en la cruz por expiación de los pecados de la humanidad. Por otra parte, el sufrimiento puede llevar a la persona a buscar la reconciliación, puede tener un carácter correctivo que conduzca a la conversión (6).

2. El sufrimiento como educacional

El sufrimiento tiene carácter correctivo y medicinal (Heb 12, 7-8; 1 Cor 11, 32; Ap 3, 19). Por el sufrimiento, la persona entiende con más profundidad el significado de quién es, se vuelve más compasivo hacia los sufrimientos de los demás y se aleja de la superficialidad con que se vive la vida en general. El sufrimiento lleva, por tanto, a madurar a la persona.

3. El sufrimiento como sacrificio, fruto del amor que conduce a un mayor bien

El sufrimiento puede hacer que una persona busque desinteresadamente el bien del otro. Aunque el origen que causó el sufrimiento continúe, la persona se siente liberada porque restaura su integridad al ofrecerse a los demás y dar sentido a su sufrimiento. La muerte de Cristo en la cruz es una demostración del poder del amor sobre el sufrimiento; por su sacrificio se derramaron innumerables gracias sobre los seres humanos. Su sacrificio hizo posible la resurrección, que nos libra del pecado y de la muerte (7).  Ahora bien, el que sufre no es solamente beneficiario pasivo de la redención de Cristo, sino que coopera con Cristo en su pasión de forma que participa de su resurrección (8). Cristo, con su Pasión y su cruz, asumió el dolor, aunque no lo buscó; pero ha iluminado un aspecto importantísimo de la vida del hombre: el del sufrimiento, que ha quedado convertido de obstáculo, en instrumento de plena realización, para ser instrumento de la transformación del mundo. Dios no ha venido a suprimir el sufrimiento. Ni siquiera ha venido a explicarlo. Ha venido a llenarlo con su presencia. Cristo se ha comprometido por entero en la lucha contra el sufrimiento y la muerte. Cristo nos invita, aportando nuestra impotencia, sufrimientos y testimonio, a colaborar en la redención. Para Fernando Rielo (9),  la Pasión doliente de Cristo ha sido transformada por Él mismo en celeste gloria para los seres humanos; en este sentido, el dolor humano unido al dolor de Cristo, es fuente de gloria celeste. Cristo da sentido al sin sentido de un dolor humano que hace consustancial con el suyo, recapitulando en sí mismo todo el dolor físico, psíquico y moral de la naturaleza humana para abrirla a la más alta consideración del amor: "No hay mayor testimonio de amor que dar la vida por los amigos" (Jn 15, 13). El sufrimiento recibe su significado del amor que se ponga y de esta forma se convierte en fuente de gracias. Teniendo en cuenta que el amor es central en el hecho de ser persona, el sufrimiento deja de ser algo extraño al ser humano.

4. El sufrimiento como misterio

El sufrimiento no tiene una explicación fácil, no podemos entrar dentro de la esfera de lo transcendente para explicarlo, porque somos seres finitos. El significado del sufrimiento no se puede obtener como resultado de lógica discursiva, requiere más bien unirse con Dios en la aceptación del misterio, abandonarse en Él. El sufrimiento, por tanto, puede acercar al ser humano a Dios. El hecho de dar explicaciones impide la aceptación del misterio. Aceptar el sufrimiento como viene sin racionalizarlo es sanante y liberalizador. Las religiones orientales (budismo, hinduismo) consideran el sufrimiento como parte de la existencia actual debido a los deseos tenidos en la existencia previa que nos es desconocida; la liberación del sufrimiento puede ocurrir solo con la renuncia al deseo. Para los budistas, la solución frente al sufrimiento es ignorarlo, no hay ningún poder que pueda redimirlo, pero sí podemos vaciarnos de lo que nos hace sufrir.

5. El sufrimiento como capacidad del ser humano

Viktor Frankl (10) considera que el sufrimiento es consistente con la capacidad que tiene el ser humano de realizar valores de actitud. Existen tres categorías de valores en el ser humano: valores creativos, valores vivenciales y valores de actitud. Por los valores creativos el ser humano desarrolla su capacidad de trabajo, por los vivenciales desarrolla su capacidad de bienestar y de afecto, y por los de actitud es capaz de enfrentarse al sufrimiento y de dar dirección a su vida. Los valores de actitud son los más elevados. El ser humano no debe buscar el sentido sino encontrarlo, solo puede realizarse en la medida en que logra la plenitud de un sentido que esté por encima de sí mismo. Bajo la perspectiva del enfermo, el problema central gira en torno a la actitud con que se enfrenta a la enfermedad; si la actitud es de aceptación, el sufrimiento se transforma en logro. Muchas personas solo ante una catástrofe toman impulso para elevarse al máximo en este sentido. La persona que desarrolla los valores creativos se mueve en los parámetros de éxito o fracaso, la que desarrolla los valores vivenciales se mueve en los parámetros de cumplimiento o desesperación, pero la que desarrolla los valores de actitud se mueve en los parámetros de humildad u orgullo. El enfermo que se enfrenta a un cáncer curable debe recurrir al valor de someterse a la operación, mientras que el que se enfrenta rabiosamente a un cáncer inoperable debería recurrir a la humildad.

Cómo encuentran sentido al sufrimiento los enfermos de cáncer

En mi experiencia de asistencia espiritual a los enfermos de cáncer en el hospital y el Centro del Cáncer de la Pontificia Universidad Católica de Santiago de Chile, he podido comprobar cómo los enfermos pasan por un proceso de aceptación de la enfermedad y encuentran sentido a su existencia, aprendiendo a convivir con el cáncer y a aceptar la muerte cuando sienten que se acerca. Hay que entender que la mayor parte de los pacientes son católicos y que se trata de un ambiente católico. Muchos enfermos han podido recuperar la serenidad y alegría al poder dar sentido a su sufrimiento. He aquí algunos ejemplos:

1. Recurriendo a la oración

"Tengo tanta necesidad de orar que a menudo me levanto en medio de la noche y oro de rodillas frente a un Cristo que tengo en mi habitación".

"Nunca había orado en mi vida; sin embargo, ahora, con la enfermedad, converso a menudo con Dios".

"He orado mucho, la oración es lo único que me hace bien. He comprendido que Dios es grande y me infunde respeto. Dicen que los hombres son fuertes, pero yo he llorado mucho en la oración".

"Por la enfermedad me he acercado más a Dios. He descubierto el valor de la oración. Ahora oro en cualquier sitio, cuando lo siento. Cuando estaba sano no le daba ni un minuto de tiempo a Dios. Ahora miro a la cruz y comprendo lo que sufrió Cristo y el amor que nos mostró. Nosotros le clavamos más los clavos con nuestros pecados en vez de sacárselos".

"Tengo mucha fe en la oración. Yo nunca me rebelé ni me angustié por la enfermedad, a pesar de que me dijeron que me podría enfrentar a la muerte. Llamé a unas amigas mías que creen en el poder de la oración y yo me siento como sostenida por sus oraciones y apoyo".

"Creemos mucho en la oración. Mi marido se preocupó tanto por mí que salió a la calle y le pidió a un pobre que pidiese por mí, porque dicen que ellos se encuentran muy cerca de Dios."

"No puedo rezar, hay algo que me lo impide; sin embargo, converso con Dios a menudo".

Por la oración, el enfermo se siente reconfortado, se vacía de angustias internas y se ofrece a Dios. Orar es descubrir dentro de nosotros mismos al Dios que nos ama con su fuerza salvadora. Muchos enfermos experimentan una sequedad en la oración vocal de manera que les cuesta mantenerla. Sin embargo, se incrementa el diálogo que nace del corazón. Yo diría que experimentan un avance en la intimidad con Dios y que en el proceso encuentran una resistencia. Para orar no hacen falta muchas palabras, se trata más bien de un ofrecimiento que ocurre a nivel del espíritu. Al ofrecerse, el enfermo sale de sí mismo, deja de enfocar su enfermedad, y los problemas que genera para enfocar algo que dé sentido a su existencia, se pacifican los miedos y las angustias internas.

2. Abriéndose a los demás

"La paz y firmeza de mi esposo, que está con cáncer, nos reconforta a toda la familia. Siempre había sido muy silencioso. Por primera vez, desde la enfermedad, le he conocido como hombre orante, yo diría que hasta místico, y como hombre que ama. Por primera vez ha demostrado a sus hijos el cariño que les tiene".

"Yo llevó 52 años de casado y nunca habíamos estado tan unidos en el matrimonio como cuando llegó la enfermedad. He aprendido a aceptar a mi esposa y ella a depender de mí".

"La enfermedad acercó a la familia, nos hizo darnos cuenta de cuánto dependíamos los unos de los otros. Yo por mi enfermedad, ellos al encontrar un vacío que había que llenar. Mi padre dejó de ser simplemente el proveedor, para pasar a ser alguien con quien compartir".

"La enfermedad ha servido para unir a la familia. Por primera vez vamos a pasar la Navidad juntos, solo porque yo lo he pedido. Ha servido para sanar viejas heridas. Mi madre, después de hablar conmigo, se ha ablandado y ha sido capaz de reconciliarse con mi cuñada, con la que no se hablaba desde hacía muchos años; ni siquiera podía pisar la casa. Mi padre fue capaz de reconciliarse con mi hermana".

"Me siento con fuerzas para animar a los demás pacientes a librarles de sus miedos y dificultades".

"Me ayuda el olvidarme de mis problemas y centrarme en el otro. Me doy cuenta de que hay personas que sufren más que yo con esta enfermedad y trato de motivarlas".

"Llevo cuatro años con el cáncer, primero fue el pecho, luego el útero, ahora tengo metástasis en la linfa y en el pulmón, pero Dios me mantiene viva. Sé que tiene un propósito para mí. Si no, yo estaría mejor en la vida eterna. Desde que estoy enferma no he parado de servirle. Atiendo a matrimonios que se encuentran en crisis, siento el Espíritu que me comunica lo que debo decirles. He formado grupos de oración en la universidad con jóvenes que se encontraban separados de la religión, porque nadie se les había acercado".

"Quiero hacer algo por los que sufren, contarles mi experiencia. Si en algo les puedo servir de consuelo, quiero ofrecérselo".

La enfermedad produce un choque que abre a la persona a ver realidades de las que antes no era consciente o no prestaba atención. Cuando pasamos temporadas de éxito ajenos al dolor, podemos correr el riesgo de llenarnos de soberbia, egoísmo e insolidaridad, no llegando a comprender al que sufre. Sin embargo, el sufrimiento nos recuerda quiénes somos, con nuestras limitaciones y vulnerabilidad, y nos acerca a los demás. Quedarse encerrado en el dolor y el sufrimiento produce una mayor angustia. El enfermo que se encierra en su problema tiende a deprimirse más; en cambio, el abrirse a los demás, ayuda a superarlo. El enfermo puede convertirse en catalizador de la unión familiar. El enfermo siente la necesidad de compartir su experiencia a los demás y se convierte en un apóstol. Esta necesidad le hace sentirse útil y le da sentido a los sufrimientos por los que pasa. El sufrimiento llama al amor, es decir, genera solidaridad, entrega, generosidad en los que sufren y en los que se sienten llamados a acompañarlos y ayudarlos en sus penas.

3. Experimentando una conversión

"La enfermedad ha sido un don del cielo, mi padre ha vuelto a la religión y se han dado numerosas conversiones en la familia".

"En mi padre se ejerció un cambio con la enfermedad. Él era agnóstico. Un ejemplo de cómo pensaba él de la religión es que yo cuando niña le dije que quería ser monja; el inmediatamente me dijo que ni hablar, que eso de la religión eran cuentos y me sacó del colegio de monjas donde estaba por influjo de mi madre, y me pasó a un colegio civil. Sin embargo, cuando tuvo el cáncer, se empezó a interesar por lo transcendente. Dejaron de atraerle las cosas cotidianas de la vida y a menudo conversaba conmigo interesándose por cómo era posible comunicarse con Dios. Acabó confesándose y pidiendo la unción de los enfermos. Murió transmitiendo una paz extraordinaria".

"Mi marido rechazaba la religión por haber sido obligado a la práctica cuando niño en un colegio religioso. Sin embargo, cuando tuvo cáncer pasó por un proceso de conversión. Dejó de interesarle la lectura de revistas que antes se desvivía por leer, pues él era periodista. Quiso hablar con un sacerdote y este le acompañó durante todo el proceso de la enfermedad y le ayudó a entender cómo vivir la espiritualidad. La oración le atraía, no para pedir ser sanado, sino para acercarse más a Dios. Murió en una gran paz".

Una conversión requiere una experiencia fuerte. La enfermedad tiene esa propiedad, porque produce una sacudida en el estado de ser y genera disconformidad cuando hay conflictos internos por resolver. La conversión es respuesta a un estado de falta de satisfacción con las respuestas que se venían dando sobre aspectos esenciales de la existencia, donde Dios juega un papel central.

4. Acercándose a Dios

Paciente después de haberse reconciliado: "Me siento tan feliz y en paz, que es como si hubiera vuelto a la infancia".

"Me sentí muy mal, estuve a punto de morir. Pero en el medio de tantos dolores, me sentí en paz; sentí como que Cristo me llevaba de la mano y que todavía no había llegado mi hora, a pesar de que ya estaba entregada".

"Me he sentido tan sola toda mi vida. Sin embargo, ahora lloro al recibir la Eucaristía, porque me siento feliz. Siento que Dios está muy cerca de mí".

"La Eucaristía me deja con una paz inmensa. Siento a Dios tan cerca de mí. Me da fuerzas para soportar la enfermedad".

"Desde que tengo la enfermedad, tanto yo como mi familia nos hemos acercado más a Dios. Yo les veo participar de la Eucaristía y orar asiduamente cuando hacía muchos años que no lo hacían . Y la oración hace milagros, pues a mi sobrino que tenía un tumor en el cerebro y lo habían dado por perdido, sin embargo, salió adelante. Yo me siento comprometido, con deseos de servir al Señor, a ser persona, a ser más humano con los demás, a dejar de preocuparme por lo material y centrarme en lo que verdaderamente importa".

"Me siento más cerca de Dios, siento como si Él me llevase en brazos. Él me ha dado signos de que ha escuchado las oraciones. Ya no me levanto con tanta angustia".

"Me emociono cada vez que recibo la Eucaristía. Aunque la recibía antes con frecuencia, ahora para mí tiene otro significado mucho más íntimo".

No cabe duda de que la enfermedad puede acercar a Dios. Muchos enfermos antes de la enfermedad no dialogaban ni tenían una íntima relación con Dios, y la enfermedad les abrió a una experiencia espiritual más intensa. Este cambio no se produce sin una cierta resistencia que a veces ofusca su posibilidad. El hombre contemporáneo, mientras goza de excelente salud, se despreocupa de su dimensión espiritual. Las comodidades y el bienestar lo distraen y llega a hacerse la ilusión de que es eterno. La enfermedad y la vejez le hacen volver a la realidad, demostrándole que es limitado. Su soledad le hace reaccionar como el hijo pródigo y sentir la necesidad de ir al Padre. La enfermedad de larga duración, como el cáncer, produce un choque en la persona; muchos de los proyectos que tenía en el campo de lo material, quedan truncados. Parece como si el enfermo se viese rechazado por el mundo que él se había creado. Esto le lanza a un encuentro con lo transcendente. Al dejar de tener sentido las cosas del mundo, el enfermo lo busca en algo más, y el camino que lo sacia es la transcendencia. El enfermo comienza a caminar por este nuevo sendero que se abre ante sí y descubre su profundidad, de forma que se encuentra mucho más lleno de lo que había estado nunca. Descubre que la salud no lo es todo. El enfermo que frecuentaba la Eucaristía, la experimenta de una forma mucho más cercana, como un verdadero encuentro. El enfermo busca reconciliarse, encontrar la paz consigo mismo, con Dios, con los demás, no por miedo a un castigo en la otra vida, sino por un deseo real de experimentar lo espiritual, ya que ya no le atraen las cosas del mundo, y le llegan a atraer más las de Dios. Por otra parte, si uno no se encuentra en paz, difícilmente tiene fuerzas para soportar las continuas invasiones que produce la enfermedad. La fe y la fuerza del amor hacen al enfermo capaz de afrontar con serenidad el dolor y de superarlo sin dejar que le aplaste y destruya psicológicamente. El sufrimiento no puede ser transformado y cambiado con una gracia exterior, sino interior. El sufrimiento se transforma al experimentar el enfermo la cercanía y la solidaridad de Dios mismo. Con esta certeza se adquiere la paz interior y alegría espiritual. El enfermo es testigo ante el mundo de que hay Alguien que le llena el corazón y por ello irradia paz.

5. Madurando

"La enfermedad ha sido para mí un don del cielo. He comprendido que he sido toda mi vida egoísta, siempre buscando la atención de los demás y pensando en mí misma. Quizás el haber sido la menor de la familia influyó, porque me acostumbré a ser querida. Ahora pienso más en los demás".

"Soy mucho más feliz que era antes. Es que la enfermedad te sacude. Se me han abierto los ojos a las necesidades de los demás, a cosas que antes yo pasaba por alto. Antes solo me preocupaba por mi éxito personal, el ser bien vista por los demás. Ahora veo que la gente sufre y que he de acercarme al que más lo necesite. Me he reconciliado con mi familia, estamos más unidos que nunca. He recibido muestras de afecto que antes no tenía. Me encuentro mucho más unida a Cristo, me he entregado en sus manos y Él me está dando luz para desligarme de lo material. Ahora hasta me da asco algunas cosas que me mandaban hacer en el trabajo que tenía antes. He decidido cambiar de trabajo".

"Se sufre mucho, pero también se aprende mucho, uno madura como persona. Aprende a valorar a los demás, a tener compasión; siento que todos son mis hermanos".

"Yo sufrí un derrame cerebral. Lo pase muy mal, estuve a las puertas de la muerte. Los médicos me dijeron que no sobreviviría y decidieron no operarme. Yo me ofrecí a Cristo, "que sea tu voluntad, pero si me sanas que no quede con secuelas para poder bendecir tu nombre a los demás." Y aquí estoy, el sufrimiento me ha enseñado a ser más espiritual. Me di cuenta de que criticaba a los demás, pero lo que en realidad hacía era proyectar mis propias debilidades a los demás. Aprendí a ver mis defectos y a no dejarme llevar por ellos".

La enfermedad produce una convulsión que remueve las creencias, el estilo de vida que la persona había adquirido, y el enfermo comienza a cuestionarse su forma de vivir y a encontrar valor a aspectos más profundos del ser a los que antes no prestaba atención y esto le hace madurar. El sufrimiento forja, y madura al enfermo al tener que vencer dificultades; sensibiliza para captar mejor el dolor ajeno y buscar ser de ayuda; da una idea más objetiva de la dura realidad de la vida, descubriendo apariencias y librando de desengaños; recuerda la transitoriedad de todo y la limitación humana; recuerda que necesitamos de Dios; enseña que la felicidad plena no se da en esta vida y que todo lo creado es relativo, purificando nuestro corazón de afectos desordenados; enriquece y hace crecer espiritualmente. El sufrimiento, al despojar a los bienes terrenos de sus apariencias seductoras y al dejarlos al descubierto, pasajeros y caducos, ayuda a la persona a liberarse de toda afición desordenada, y contribuye a que estos sean utilizados con desprendimiento.

6. Aceptándolo

"Comprendí que luchar por mí mismo, como si yo tuviera fuerzas, era una arrogancia. Por ello me volví hacia Cristo para que fuera Él quien me sanara".

"Yo me rebelé contra la enfermedad, no podía quitarme de la cabeza el porqué yo, hasta que un día alguien me dijo "y porque no yo", y entonces me di cuenta de que quién era yo para no pasar por el dolor cuando tantos seres humanos pasan por él".

"Yo encuentro que el preguntarse el porqué de mi enfermedad es un acto de orgullo. Al ver a mis amigas y a mi familia tan bien, me alegra enormemente de que halla sido yo y no ellas las enfermas".

"Yo estoy toda entregada. Mi marido quiere retenerme aquí en la tierra, pero yo le digo: 'Yo amo tanto la vida como la muerte. Si Dios hizo la vida bella, también habrá hecho bella la muerte".

"Me cansé de luchar contra la enfermedad. Descubrí que ofreciéndome y aceptando la voluntad del Padre recobré la paz que había perdido".

"Me he encontrado con el Señor en el dolor. Me sentía desamparado, no entendía lo que me estaba pasando y me ofrecí a Él, que hiciera su voluntad, que hiciera lo que quisiese conmigo. Esto me sanó. Yo era demasiado cerrado, demasiado metido en mí mismo. Ahora he sido capaz de abrirme, sé como relacionarme con los demás, he entrado en contacto con mis sentimientos. Me siento en paz".

"Hace 10 años tuve cáncer en la tráquea. Me lo extrajeron y me dieron quimioterapia, pero después de dos años volvió a surgirme el cáncer, esta vez en los pulmones. Me dieron un año de vida y ninguna esperanza de curación. Yo me angustié y me rebelé, pero después de un tiempo, leyendo un salmo: "El que está con Dios nada tiene que temer", comprendí que tenía que entregarme y dejar a un lado los temores. Me entregué a la voluntad del Padre, entregué hasta a mis hijos para que los cuidara el Señor y no yo. El Señor me sanó, sigo teniendo el cáncer, pero se estacionó y nadie puede quitarme la felicidad que siento. El Señor quiso que siguiera viviendo y ahora me ha mostrado por qué: he de cuidar a mi marido que también ha sido diagnosticado con cáncer".

No cabe duda de que la aceptación requiere humildad. El sufrimiento es como una prueba que madura a quienes lo aceptan. Mientras unos salen mejorados de la prueba, y maduran, otros quedan deteriorados por su gran peso, que no pueden soportar. La enfermedad hay que combatirla, pero también ayuda el aceptar la situación en que uno se encuentra y adaptarse a ella, y cuando no hay posibilidad de sanación nos encontramos con la aceptación de la muerte. Lo razonable es no agrandar el mal que nos ha venido. Se agigantan los problemas al perder la calma, y se agrava la carga si no la aceptamos. Al aceptar, el enfermo se siente libre. No se trata de una resignación, como si se aceptase como la única puerta cuando no hay salida. El enfermo experimenta una transformación interior. La aceptación requiere un darse, un ofrecerse, un dejar a un lado las preocupaciones, y así el enfermo aprende a convivir con ellas. Al aceptar el sufrimiento, se antepone la voluntad de Dios y el servicio a los demás a la propia satisfacción y comodidad. La rebeldía, el comercio con Dios, son mecanismos de defensa que pueden servir de desahogo transitorio, pero es con la aceptación que la persona se centra, y puede convivir con la enfermedad y aceptar la muerte si siente que esta va a llegar. El enfermo descubre un nuevo sentido para su vida y puede actuar conforme a él. El enfermo ha resuelto el dilema en que se encontraba, la oscuridad en que había caído, que le hizo vivir una depresión y al salir ve una nueva luz, una nueva forma de entender la vida. Hay que ayudar al enfermo a aceptar con paciencia, respetando el proceso lento que vive, con el que va asimilando lo que significa la enfermedad. Las fases que conducen a la aceptación (11): negación, rebeldía, comercio con Dios, depresión, aceptación, representan la resistencia normal que la persona experimenta cuando el estado existencial ha de cambiar irreversiblemente. El proceso de aceptación se hace mucho más lento y dificultoso cuanto más resistencia se ofrezca, con lo que aumenta el sufrimiento.

7. Enfrentándose al sufrimiento

"Yo era muy soberbia. Creía que todo lo podía hacer por mí misma y mantenía una posición agnóstica. Cuando tuve cáncer de útero me rebelé contra Dios, le insultaba incluso delante de los demás, le retaba: 'Si realmente existes ¿por qué me pones en esta situación?'. Pero Dios me hizo caer del caballo como San Pablo, me dejó exhausta y desahuciada, no podía luchar más. Estuve a las puertas de la muerte. No pude hacer otra cosa, sino entregarme a la voluntad de Dios, y una luz me penetró y me sanó espiritualmente y de ahí pude salir de mi estado de enfermedad. Me hice cristiana y ahora ayudo a alcohólicos y drogadictos a salir de su adicción por medios espirituales. Sin embargo, Dios me ha seguido dando palos; he estado varias veces a las puertas de la muerte, he estado a punto de quedarme paralítica, pero siempre he salido adelante. Siento como una fuerza interior, como una luz que me mueve a continuar viviendo y a seguir siendo instrumento de servicio para Cristo. El mayor palo ha sido el último. Me he enterado de que mi propio hijo es alcohólico y drogadicto, él me lo había ocultado por 4 años y yo no me había dado cuenta. Él se me acercó para pedir ayuda profesional, no espiritual. No sé lo que Dios me quiere decir con esto, pero yo me mantengo firme por la fe que Él me infundió".

"Cuando más débil estaba, que no podía levantarme, sentí como unas manos dentro de mí, que me empujaban y me daban fuerzas de flaqueza. Es una experiencia difícil de explicar, pero me ayudó a seguir adelante".

"La fe me ha fortalecido mucho. Yo tengo más que agradecer que quejarme. Nunca tomé mi enfermedad como algo catastrófico, y cuando murió mi marido me agarré mucho a la gracia para fortalecer a mis hijos, a los que veía más débiles".

"El enfermo tiene más fortaleza que los que lo acompañamos. A nosotros se nos cae el alma al verlo, pero él parece sobrellevarlo con gran aceptación".

El enfermo aprende a no dejarse vencer por las dificultades, a sacar fuerzas de flaqueza, a llenarse de esperanza, a tener la confianza de que posee las herramientas para salir adelante. Lo contrario es declararse vencido, claudicar. El que lucha encuentra sentido en el luchar. El enfermo, si no quiere dejarse vencer, ha de mostrarse fuerte, libre y superior al sufrimiento cuando llega. El enfermo es capaz de comunicar fortaleza y esperanza, porque en su debilidad se hace fuerte al echar mano de la energía de su espíritu.

8. Participando en la Redención, ofreciendo la enfermedad por los demás

"Yo nunca me he preguntado por el porqué de esta enfermedad, trato más bien de ofrecerla por el bien. Ya ha producido el primer fruto en mi familia. Les he acercado a la Eucaristía, de la que estaban muy alejados desde hacía mucho tiempo".

"Cuando me diagnosticaron el cáncer, yo no tuve ningún miedo ni me rebelé. Creo que fue porque ofrecí mi enfermedad por mi familia, por mis hijos, por los que me rodean".

"Cuando mi marido murió de cáncer, me avisaron a mi casa, porque yo no estaba con él en ese momento. Me acerqué al lecho de muerte y sentí como una voz del cielo que decía: "El Señor es mi pastor, nada me falta". Este fue mi punto de conversión. Yo no era religiosa ni conocía este salmo, ni me interesaba la Biblia. Sin embargo, mi marido sí era católico y había querido siempre que fuese bautizada. A los dos días de la muerte de mi marido, una amiga me invitó a la Iglesia y me comencé a preparar y fui bautizada. Ahora nadie me puede quitar la fe que tengo".

Niño de 13 años, 3 días antes de morir dijo a sus familiares: "¿Por qué lloráis? Voy a un sitio mejor que este, desde allí oraremos por la curación de todos los niños con cáncer".

"Mi marido tenía mucha fe. Nunca se rebeló contra Dios en el proceso de la enfermedad. Yo sí. Tampoco acepté su posible muerte a pesar de que sabíamos que era irreversible. Él me dijo: "yo te bendeciré y te protegeré desde el cielo".

"Yo he ofrecido todos mis dolores, mi enfermedad, por las vocaciones tanto de sacerdotes como de religiosas. Recientemente me han comunicado que una ex alumna mía va a ingresar a las Carmelitas. Es la primera vez que ocurre algo así en este Colegio. Espero que surjan muchas más".

La fe cristiana permite al hombre acercarse al secreto del sufrimiento y de la muerte y liberarlo de la desesperación, entendiendo que se puede utilizar el dolor para la propia salvación y para la salvación del mundo. El ofrecer la enfermedad por la conversión de las almas, pone a la persona en relación íntima con Dios, lo que restablece la paz interior. Cristo por amor ofreció la cruz por la santificación de las almas. El enfermo se une al sacrificio de Cristo ofreciendo su dolor, su adversidad, también por amor. Detrás de cada dolor ofrecido se esconde el dar gloria a Dios y el unirnos al sufrimiento redentor de Cristo, que hizo suyo el dolor humano para elevarlo a una forma de oración y de demostrar el amor por los demás dando la vida.

9. Expiación

"Le pedí al Señor que quería ir directamente al cielo sin pasar por el Purgatorio. Y él me ha enviado la respuesta, me ha dado esta enfermedad para que viva el Purgatorio aquí en la tierra".

"Soñé que llevaba un caballo cargado en un túnel oscuro y que iba a morir a menos de que viniese un tren. Vino un tren y el que lo conducía era el cirujano que me había hecho la operación de cáncer y me dijo que subiera; al lado llegó otro tren en el que iba mi padre y me saludaba. Mi padre murió hace dos meses cuando yo tuve el cáncer, yo no tuve la oportunidad de acompañarlo en el momento de su muerte y necesitaba reconciliarme con él. Los dos trenes salieron del túnel y vi que fuera había una gran luz y los trenes eran blancos y brillantes. Entonces entendí que Dios me había sanado y que mi padre me aceptaba".

El enfermo tiene conciencia de la necesidad de expiar pecados y de que a través del sufrimiento, al ofrecerlo, se experimenta sanación espiritual al sentirse purificado. Es el amor que se pone en el sufrimiento el que purifica.

Conclusión

Los enfermos nos demuestran que no es cierto que no se pueda encontrar sentido al sufrimiento en la sociedad actual. Es claro que el enfermo de cáncer se encuentra con la necesidad de dar sentido al sufrimiento que desafía su propia existencia. Aunque no todos son capaces de encontrar este sentido, muchos lo hacen y su experiencia se constituye en enormemente valiosa para los demás que se encuentran en el camino. Pero ¿cómo unir estas experiencias relatadas y cómo compaginarlo con las teorías que se han dado sobre el sentido del sufrimiento?

Por el testimonio de los enfermos, es claro que la aceptación de la enfermedad y de la muerte, sea por abrazarse al misterio o por donación generosa al querer encontrarse con Dios y ofrecerse a los demás, requiere humildad y, por tanto, se ha de purificar el orgullo. De hecho, la pregunta sobre la soberbia y la falta de humildad es algo latente en la mayoría de los enfermos. Se trata de una purificación de la actitud como nos dice Viktor Frankl. El orgullo no es la actitud correcta que haga crecer al ser humano como persona, sino que lo es la humildad. El sufrimiento actúa como catalizador que desvela esta realidad, y al ponerse el ser humano en la actitud correcta experimenta que comienza a madurar. Normalmente uno se llena la vida viviendo los valores creativos o los vivenciales y la persona no se cuestiona los valores de actitud. Ante una enfermedad como el cáncer, la parte creativa se trunca por las limitaciones físicas a las que el enfermo es expuesto, y la parte vivencial o afectiva también queda limitada al enfrentarse el enfermo con la posibilidad de la muerte. Al quedar limitado el enfermo en los valores creativos y vivenciales, este queda enfrentado más directamente a su actitud en la vida y se le abre la mente a la necesidad de cambio. Podríamos entender entonces que el sufrimiento es un mal, pero Dios lo permite porque tiene una función esencial en la vida del ser humano.

Pero ¿qué conexión tiene esto con el pecado y con la redención? En el relato del Génesis se nos dice que el pecado de nuestros primeros padres fue un pecado de orgullo, de soberbia (Gén 3, 1-6), y sabemos por experiencia que el orgullo es el origen último de todo pecado, ya que crea la pretensión de poderlo todo y la persona se centra en sí misma. Si se purifica el orgullo, se expían los pecados. No se trata de que tenga que haber un castigo por el pecado y que este castigo sea el sufrimiento, pero sí que el sufrimiento purifica el pecado. En este sentido, Cristo nos mostró el camino enseñándonos el camino de la cruz. Por otra parte, el orgullo nos sujeta a lo material, y al desligarnos de lo material por la humildad, nos acercamos a Dios o nos encontramos con Él (conversión), si nunca lo habíamos vivido.

En cuanto a la participación en la redención, se necesita un paso más de fe y de generosidad, porque ahora se ofrece el sufrimiento por los demás por amor y esto solo puede ser entendido en la realidad de la comunión de los Santos, en que hay una comunicación de espíritu a espíritu entre las personas y un efecto de salvación, y en que Cristo ha transformado el sufrimiento en ocasión de gloria para el ser humano. Aquí, Cristo da un mayor sentido al sufrimiento al asociarlo a la gloria y la redención.


1 Para una explicación de la diferencia entre dolor y sufrimiento ver Encyclopedia of Bioethics, W. T. Reich (ed.), Simon & Schuster MacMillan, New York (1995), pp. 1897-1905.

2 Cassell, E., "Recognizing Suffering", Hasings Center Report 21 (1991): 24-31, p. 25.

3 Para una descripción de la experiencia de sufrimiento en la enfermedad, ver Kleinman, A., "The Illness Narratives: Suffering, Healing and the Human Condition, Basic Books, Inc., New York (1988); Bottomley, A.J., "Psychosocial Problems in Cancer Care: A brief Review of Common Problems", Pschiatric Mental Health Nursing 4 (1997): 323-331; y Scarry, E., The Body in Pain: The Making and Unmaking of the World, Oxford University Press, New York (1985).

4 Para una discusión sobre el sentido del sufrimiento, ver Van Hooft, S., "The Meanings of Suffering", Hastings Center Report 5 (1998): 13-19. Y Encyclopedia of Bioethics, W. T. Reich (ed.), Simon & Schuster MacMillan, New York (1995), pp. 1897-1905.

5 Juan Pablo II rechaza la idea de que el sufrimiento sea resultado del castigo infligido por Dios por un pecado personal nuestro cometido (Salvifici Doloris 10, 11, 12). En El Nuevo Testamento, Cristo indica que es equivocado juzgar el sufrimiento de un ser humano como consecuencia de sus pecados (Lucas 13, 1; Juan 9).

6 Juan Pablo II considera que el sufrimiento genera el bien en la persona que sufre al llevarlo a la conversión (Salvifici Doloris, 12).

7 Juan Pablo II, en su enseñanza sobre el sufrimiento a través de la Encíclica Salvifici Doloris, nos dice que el cristiano al unir sus sufrimientos a los de Cristo comparte su resurrección. Pero no es el sufrimiento como tal el que lo logra, sino el amor que estamos llamados a vivir cuando sufrimos.

8 Para Juan Pablo II la frase de San Pablo en Colosenses 1, 24: "En mi carne yo completo lo que falta a los sufrimientos de Cristo", implica que el que sufre se pone en la situación de ser prácticamente corredentor con Cristo, sin que esto signifique que los sufrimientos de Cristo no fueran suficientes (Salvifici Doloris 24).

9 Ver Rielo, F., Definición Mística del Hombre y el Sentido del Dolor Humano, FFR, Roma (1996).

10 Ver Frankl, V. E., El Sentido del Sufrimiento, Herder (1997), pp. 93-99.

11 Ver Kübler Ross, E., On Death and Dying, Nueva York, Macmillan (1969).