Este trabajo pretende decir algunas cuantas cosas sobre el hecho del
dolor humano y la posibilidad de pensarlo, comprenderlo y sobre todo
de hacer algo frente a él. Es propio del arte médica
tratar con la vida, la muerte, el sufrimiento y el dolor humano. ¿Qué
aporta la fe cristiana a esta comprensión y a la actitud interior
y exterior que tenemos frente al dolor y al sufrimiento? Afirma la
Sagrada Escritura que el Señor Jesús pasó curando
las dolencias de muchos (Mt 4, 23; 9, 35; 10, 1; Lc 4, 40), experimentó
el dolor personalmente, fue llamado "Varón de dolores", "acostumbrado
al sufrimiento". Al llevar a cumplimiento las profecías del
siervo sufriente (de Isaías 42-52), nos regala la salvación
por el camino del sufrimiento (Mc 3, 5; Lc 19, 41; Jn 11, 35; 13,
21) y particularmente en su Pasión no como algo accidental
o marginal sino como esencial a su obra salvadora. En el corpus paulino
hay una mística del dolor que informa la vida de los discípulos
(cf. 1 Cor 4, 9-13; Col 1, 24). ¿Qué valor tiene
esa comprensión hoy?, ¿esas actitudes, tienen valor universal?
De esta manera se aborda en este ensayo primeramente el hecho del
dolor humano (1), luego un intento por comprender el dolor
humano a la luz de la fe cristiana (2), y finalmente se entregan
algunas pistas para encarar el dolor humano (3). Reconocemos
que en un tema así, de alguna manera, reflexionamos sobre nuestro
dolor, nuestra comprensión y tratamos de nuestras propias actitudes
frente a él. Por eso planteamos preguntas pistas más
que respuestas acabadas.
"Estoy cursando una depresión grave, me he metido mucho
en el dolor de los pacientes, no he podido aliviarlos a todos, el
duelo me está matando... Cuídate, que no te pase lo
mismo", afirmaba un doctor argentino en un reciente congreso médico
en Santiago1. El testimonio entregado nos evoca la angustia
y el dolor de los duelos vividos en compañía de antiguos
pacientes terminales o con dolor en el transcurso de los últimos
años, y la siempre presente duda respecto a cuánto
involucrarnos afectivamente con ellos y el precio a pagar por esta
acción. ¿Cuál es la postura de un médico
cristiano frente al dolor y el sufrimiento?, ¿puede ser la
fe una ayuda eficaz para tratar el dolor y además ayudar
a quien acompaña al que sufre? Cabe destacar que en el universo
de personas que sufren o consultan por dolor, nos encontramos con
una gran mayoría que arrastra dolores físicos o sufrimientos
espirituales que si bien no son de una gran intensidad, terminan
por vencer las resistencias o la capacidad para sobrellevarlo. Esto
adquiere mayor significado cuando el dolor que se experimenta carece
de sentido o es percibido como un fenómeno de connotación
radicalmente negativa. Existen, además, dolores que por su
intensidad o naturaleza son capaces de barrer con toda capacidad
humana de defensa, sublimación o aceptación. Estos
dolores incluso atentan contra la dignidad humana de quien los padece
y representan una urgencia desde el punto de vista terapéutico.
Frente a esa población doliente se encuentra el personal
de la salud, la mayoría de las veces capacitados para manejar
el dolor como un elemento útil en el diagnóstico y
evaluación de una terapia que apunta al cuadro causal, y
no al manejo del dolor como un fenómeno complejo, que muchas
veces sobrepasa al simple cuadro que lo desencadena.
1. El hecho del dolor humano
Tal vez lo primero que habrá que aclarar es la naturaleza
o definición del dolor. En términos teológicos
generales se puede decir que el dolor es el efecto del mal en
la persona humana2. Su experiencia es universal y su realidad
multifacética. Nadie se puede sustraer a esa experiencia
y su realidad. Es también un escándalo, porque aparece
como un obstáculo y frustración a los deseos y anhelos
más profundo que habitan en el corazón humano; por
lo tanto, en toda la historia el ser humano ha realizado esfuerzos
por comprenderlo intelectualmente y por combatirlo con eficacia.
Ya lo afirmaba Juan Pablo II en su carta apostólica Salvifici
Doloris dedicada al tema del sufrimiento humano: "El sufrimiento
humano despierta compasión, suscita también respeto,
y en cierto modo también intimida. Efectivamente, en él
se encierra la magnitud de un auténtico misterio". El dolor
causado por la enfermedad física nos permite descubrir
la realidad personal, con sus grandezas y limitaciones.
Tal vez el dolor más inmediato es el dolor físico,
que afecta nuestra comprensión de lo que somos, de nuestra
estructura interior. El dolor corporal me recuerda que no solo
tengo cuerpo sino que soy cuerpo. Desde la reflexión racional
se puede hacer un acercamiento a lo humano en tres niveles: a
su dimensión corporal y la relación del hombre
con el mundo; a su dimensión psíquica y la
relación del hombre con los demás, y a la dimensión
espiritual, a la relación del hombre con lo trascendente.
Dimensiones que están profundamente interconectadas.
El ser humano se experimenta en primer lugar como un organismo
unitario, como un ser vivo que nace, que se reproduce, y que no
se explica como artefacto o máquina, sino que tiene un
"principio vital". Es necesario que cada dimensión nos
pueda explicar al hombre entero y no fragmentariamente3.
La corporalidad humana es en sí objeto de diversas
ciencias (Biología, Medicina, Anatomía). Pero además
de un objeto (tengo cuerpo), se puede estudiar cómo aparece
al sujeto humano, cómo aparece en mí conciencia.
Mi cuerpo es observable, lo puedo colocar ante mí. Y mi
cuerpo es parte de mi sujeto, constituye mi ser, no está
frente a mí, 'es yo mismo' (soy cuerpo). El cuerpo es ante
todo un "organismo", es decir, materia organizada que forma parte
de la naturaleza: Lentamente nos vamos dando cuenta que por mi
cuerpo soy parte del mundo sensible. Hay diversas formas de explicar
el cuerpo como un organismo. El cuerpo se manifiesta así
como una totalidad organizada (unidad de varios elementos
que convergen al bien de la totalidad), una totalidad estructurada
(los diversos grados de ser y las funciones en el cuerpo son animadas
e interrelacionadas de tal manera, que cuando son vivas, constituyen
mi cuerpo, al que en su totalidad poseo, animo y dirijo), una
totalidad centrada (mi cuerpo no actúa desde afuera,
sino desde dentro).
Pero hay otra dimensión de la corporalidad, la subjetividad
de mi cuerpo. Aspecto inseparable de lo anterior. Nos aclara
la relación del yo con mi cuerpo, que es más que una
"cosa", un objeto. De la experiencia desprendo que tengo cuerpo,
y más aún, soy cuerpo. Mis miembros son míos,
pero no son idénticos a mi yo. Yo no soy totalmente mi cuerpo,
y muchas veces no puedo manejar mis miembros a mi antojo, ponen
resistencia (es el caso de la enfermedad). El cuerpo me hace presente
en el mundo, una presencia física (estoy en el mundo) e intencional
(soy en el mundo). A esto lo llamamos mundaneidad. Es algo
más que estar en el mundo, es hacer el mundo "humano". Estamos
abiertos al mundo, el mundo es tarea nuestra y lo que media entre
mí yo y el mundo es mi cuerpo. "El cuerpo es el medio donde
toman forma concreta las posibilidades humanas, porque el hombre
solo se realiza en su comunión con las cosas y con los hombres.
Actuando sobre la naturaleza y tratando con sus semejantes es como
el existente humano se cumple en su calidad de persona y alcanza
su plenitud de ser. Esta función es ejercida mediante el
cuerpo, o en instalación corpórea, único medio
para conectar con el mundo y hacerse presente en él"
(4). La manera natural de ser es en el espacio y en
el tiempo.
La enfermedad nos enfrenta con lo corporal, con su dinámica
y con la estructura íntima de mi ser. Pues descubrimos una
dificultad en la armonía básica de nuestra estructura
interior. El dolor nos lleva a percibir el cuerpo no como aliado,
sino como un otro, independiente, rebelde, opresor. Se vuelve un
objeto. También nos desarticula la relación con los
demás, pues el enfermo o doliente, forzado a la inactividad,
apartado de sus compromisos habituales, entregado al cuidado de
otros, encerrado a menudo en un ambiente reducido, experimenta la
soledad y también la dependencia a otros. La enfermedad y
el dolor nos permiten experimentar fuertemente la finitud. Nuestras
heridas nos permiten entrar en lo más interior que hay en
nosotros, en nuestros miedos y esperanzas. El dolor pone en evidencia
nuestra fragilidad y la precariedad de nuestra creaturalidad. Nos
permite comprendernos como finitos y limitados. De alguna manera
esto nos hace plantearnos preguntas por lo trascendente. El dolor
evoca siempre a la muerte, donde el enigma de la persona humana
llega a su cumbre. Apartado de las ocupaciones y vínculos
habituales, el paciente experimenta la contingencia de la vida,
el mundo marcha (tal vez bien) sin él, y no se detiene, no
lo espera. En definitiva, el dolor es un desafío a la libertad
humana, invita a la reunificación de las dimensiones del
sujeto, a la restitución de la comunicación con los
demás y a la integración de la finitud y la muerte.
De este modo, el sufrimiento puede ser definido como el estado de
malestar severo asociado con eventos que amenazan la integridad
de la persona (5).
En suma, el dolor invita a una reflexión "metafísica",
pues va más allá de la alteración de las
funciones somáticas, es una situación "existencial",
abarca todas las dimensiones de nuestra existencia. Influye más
allá de lo corporal, al núcleo de la existencia,
a nuestra libertad. No es tanto una desgracia o un desorden, es
parte de nuestra existencia y hay que saber vivir con él,
luchas contra él, pues amenaza la existencia y tenemos
que saber integrarlo.
2. El dolor humano a la luz de la fe cristiana
La Sagrada Escritura, fuente básica para la revelación
y dato de la fe cristiana, no oculta los aspectos sombríos
de la existencia humana. Al contrario, los plantea con un crudo
realismo. Aunque su visión del dolor y de la enfermedad depende
radicalmente de su entorno cultural (en diversos aspectos ya superado),
y nunca se aborda por sí mismo (no tiene una curiosidad científica),
sino que intenta ubicar su lugar en la historia de la salvación
y cómo enfrentarlo a la luz de la fe, nos entrega datos valiosos.
Israel cree en Dios bueno, que ha creado todo bueno y que no es
responsable por el mal en el mundo; también experimenta el
dolor, el sufrimiento y el mal. Es parte de la ambigüedad de
la vida. La experiencia de Dios no resuelve esa oscuridad o contradicción,
sino que a veces la hace más escandalosa todavía
(6).
Ahora, la fe de Israel experimenta que el dolor, el sufrimiento,
la fatiga, la muerte, no forman parte del plan original de Dios,
sino que han sido introducidos en la historia por el pecado. Dios
es el Dios de la vida, la enfermedad y el dolor son un signo visible
de un quiebre en ese designio de Dios por el pecado humano. Aunque
hay un gran avance en el desarrollo de estas convicciones antiguas,
el enigma sigue abierto. Un paradigma de esa búsqueda de
soluciones al tema es todo el libro de Job, que pone en crisis
la doctrina tradicional de la retribución. El sufrimiento
y el dolor no desmienten el amor de Dios. Invitan a enfrentarlo
con fe y esperanza, pues Dios libera del dolor y de la muerte
y lo consumará definitivamente.
El Nuevo Testamento no se aleja mucho del Antiguo en su comprensión
de la enfermedad. Los evangelios ven en el dolor una consecuencia
del pecado y un signo del poder del demonio sobre el ser humano
(cf. Lc 13, 16), sin embargo rechaza una concepción de la
enfermedad como castigo por el pecado (Jn 9, 3; 11, 4). Jesús,
adaptándose a su ambiente, es invitado a visitar a los enfermos
o lo hacía por propia iniciativa y realizaba para ellos poderosos
milagros, pues es una prueba de la misericordia divina y de la cercanía
del Reino (7). Su actividad taumatúrgica
es un anticipo de la salvación definitiva, de todos, de todas
las dimensiones de la persona humana. Jesús sana por la palabra
(Mc 2, 11; 10, 52) y por los gestos (Mc 6, 5; 7, 33-34; 8, 23-25).
Incluso a alguno le bastaba tocar su manto para ser sanado (Mc 5,
25). Jesús no se contenta con hacer algunos signos de su
obra salvífica con los enfermos, sino que ordena a los discípulos
hacerlo en su nombre (cf. Mc 6, 13). No consuela con un más
allá mejor de manera espiritualista, sino que su salvación
incorpora todo lo humano, ofrece ahora algunos signos de esa salvación
futura, signos siempre provisionales, pues a nadie eximió
de la mortalidad. Jesús llegó a señalar que
entre los signos que deciden nuestro destino final está nuestra
actitud con los enfermos y se llegó a identificar con el
más pequeño de ellos (Mt 25, 31-46).
A la luz de la praxis de Jesús y especialmente de lo que
Él mandó a sus discípulos, la Iglesia primitiva
se preocupó de los enfermos (Sant, 5, 13-16) (8).
Los discípulos realizaron muchas curaciones en nombre de
Jesús (pues Él es quien las realiza con la fuerza
del Espíritu en medio de su Iglesia). La Iglesia reconoce
en las sanaciones uno de los signos del tiempo mesiánico,
ella realizó una pastoral de los enfermos y se acerca al
dolor humano a la luz de la Pasión de Cristo (Col 1, 24;
2 Cor 12, 7-10).
3. Encarando el dolor humano
El episodio del médico argentino, narrado al comienzo,
nos invita a reflexionar sobre la forma en que el dolor de un
tercero puede ser asumido por aquellas personas que por diversos
motivos o circunstancias se ven jugando un papel activo en el
cuidado de un paciente doliente.
El cuadro de depresión debida a la acumulación de
procesos de duelos irresolutos o mal manejados en la persona del
tratante (médico, paramédico o cuidador responsable)
es conocido como Burn-out syndrome (9).
Corresponde a la tipificación nosológica de un cuadro
al que están expuestos todos los profesionales y cuidadores
de pacientes que sufren dolor crónico, cursan enfermedades
terminales o se encuentran en estados vegetativos. El temor consciente
o inconsciente a verse expuesto a este cuadro, o lo que simplemente
podemos llamar miedo al sufrimiento, determinan la adopción
de una serie de conductas defensivas tendientes a minimizar el "excesivo"
contacto con el dolor. Estas van desde su negación hasta
el abandono del paciente.
Jesús, al aceptar y vivir su Pasión como evento
doloroso (culminación de su existencia terrena, por tanto
también su experiencia del dolor), hace del dolor humano
un instrumento fundamental para su acción salvadora. Cambia
la connotación negativa radical que tiene el dolor desde
el origen (pues para Él el dolor no puede ser fruto del
pecado sino consecuencia del pecado humano y de asumir una existencia
terrena, limitada y finita). Por otra parte, no transforma el
dolor en un bien deseable, pues lucha contra él. Cristo
acepta, obedece, pero no busca el sufrimiento.
No cabe discutir si en el papel del médico o del cuidador
del enfermo se está autorizado para permitir cierta cuota
de dolor o más bien omitir su alivio, amparado en el carácter
salvífico del sufrimiento humano. Parece que el camino
se orienta por un tratamiento integral del dolor y el sufrimiento
de los pacientes. Por otra parte, ¿cómo tratar
un problema que no puede ser medido o comprendido en todas sus
facetas? ¿Cómo evitar que la acumulación de
dolores terminen por anular nuestra capacidad de actuar objetivamente
o de sumirnos en el pozo de la depresión?
Jesús no rehúye sino que se involucra con el dolor
del hombre y así lo manda a sus discípulos. La necesidad
de involucrarnos con el dolor ajeno parece inexcusable, como instrumento
necesario para visualizar los parámetros subjetivos, comunitarios
y trascendentes que constituyen el dolor humano, y posibilitar
su real dimensión y adecuado manejo. Además, parece
necesario impulsar el accionar por la compasión y la misericordia.
Estos parecen elementos fundamentales que evitan que la labor
curativa se transforme en una mera aplicación de técnicas
analgésicas, desprovista de lo que llamamos "humanidad"
y carente de lo necesario para ajustarse a los requerimientos
personales más íntimos de todo paciente.
La decisión de exponernos "de cara" al dolor, nos somete
al riesgo de la autodestrucción gradual, lenta y segura.
La prevención del sobrecalentamiento motiva variadas conductas
entre los integrantes de unidades de dolor y cuidados paliativos,
que van desde las terapias grupales y ejercicios de duelo hasta
la incorporación en talleres de pintura y cerámica.
Evidentemente, el sufrimiento humano intimida y proyectado sobre
nuestras vivencias genera angustia. Es difícil encontrar
en él la necesaria gratificación que en forma inconsciente
perseguimos, máxime si nos "hacemos cargo" de él
y no logramos aliviarlo plenamente. En este punto, la motivación
puede jugar un papel fundamental. Cifrar exclusivamente nuestras
expectativas en el solo acto terapéutico de aliviar el
dolor y el sufrimiento reviste un alto riesgo de frustración
e insatisfacción. Pues muchas veces el alivio es parcial,
o solo se logra cambiar el dolor por otros síntomas indeseables.
La propuesta que sugiere este ensayo se orienta a lograr que
nuestro accionar esté motivado por una auténtica
compasión y misericordia, lo que implica, como lo afirman
dichos conceptos, disponer el corazón de nuestro ser sensible
en sintonía con el que sufre. En Jesucristo tenemos un
modelo, que lo enseña a los suyos. Las expectativas no
pueden estar exclusivamente en el acto terapéutico, sino
en el deseo misericordioso de aliviar la carga de un hermano doliente,
del mismo Cristo doliente, sustentado en un impulso amoroso. Si
no se logra el alivio de todo el dolor físico o espiritual,
el esfuerzo se justifica por la entrega de amor y compasión
en sí, donde es posible encontrar la auténtica gratificación
interior que nutre nuestro espíritu y nos ayuda a combatir
el temido Burn-out syndrome. Evitando basar todas nuestras
expectativas en un éxito terapéutico exclusivo,
el que no siempre nos estará dado alcanzar.
De esta manera, el adecuado enfrentamiento del dolor requiere
algo más que la adquisición de destrezas farmacológicas
e intervencionistas, sintonía con la complejidad y con
el misterio que el dolor y la persona humana encierra. Parece
indispensable que a las futuras generaciones de profesionales
de la salud se les prepare en aquellos elementos que les permitan
aproximarse y enfrentar sanamente el dolor de los pacientes a
los que estarán llamados a aliviar. Es necesario restablecer
principios muchas veces olvidados de la paliación y la
ortotanasia; capacitar a los médicos del futuro para asistir
pastoralmente a los pacientes en etapa terminal, cuando sea necesario
y en la medida de lo posible. Así, el enfrentamiento con
el dolor generará menos repulsión, angustia o frustración
en quienes están llamados a tratarlo.
Aliviar y acompañar compasivamente el dolor humano, de manera
activa -a veces en silencio- cuando se han visto superados todos
los esfuerzos humanos y no se ha logrado el objetivo de superar
el dolor, permitir que el paciente encuentre un sentido a su dolor,
parece que apunta directamente a la esencia de lo que significa
ser "médico". Y parece que eso no se hace sin apoyo de la
fe, oración y de la comunidad de creyentes (10).
1 Congreso de CLASA, Santiago 1997.
2 "El dolor es la experiencia humana del mal" (A. Bonora
en Mal/Dolor, en P. Rossano, G. Ravasi, A Girlanda, Nuevo
Diccionario de teología Bíblica, Ediciones Paulinas,
Madrid 1990, 1090). También se pueden ver el artículo
de J. Scharbert, Dolor, en H. Fries, Conceptos Fundamentales
de Teología, Edición Cristiandad; Madrid 19792,
vol. 1, 377-384; los libros de C. S. Lewis, El problema del dolor,
Editorial Universitaria, Santiago 19944; Una pena observada,
Editorial Andrés Bello, Santiago 1994; y de M. Serentha,
El sufrimiento humano a la luz de la fe, Ediciones Mensajero,
Bilbao 1995. Allí afirma: "Nos encontramos frente a un hecho
que supera la posibilidad de comprensión adecuada: por la
multiplicidad de aspectos que tiene, por la radicalidad de los problemas
que plantea, por el grado de compromiso personal (antropológico)
que implica" (ibídem, 7).
3 Cf. J. Vélez Correa, El hombre, un enigma.
Antropología Filosófica. CELAM, Santa Fe de Bogotá
1995.
4 Juan de Sahagún Lucas, Las dimensiones del
hombre. Antropología Filosófica, 154s.
5 El sufrimiento se extiende más allá
de lo físico, se presenta con o sin dolor, se origina en
este contexto cuando se percibe una inminente destrucción
de la persona, y persiste hasta que la integridad de la persona
es restaurada de una u otra forma. "The Nature of Suffering and
the Goals of Medicine". Cassel, E. N.E.J.M. V: 306, Nº 11.
1992.
6 Una completa consideración del dolor a la luz
de la fe judeocristiana debería hacer un amplio recorrido
por las etapas diversas de la historia de la salvación, analizando
el dolor a luz de la creación, del pecado, de la salvación
y de la esperanza.
7 La actitud de Jesús con los enfermos es notable.
El viene a sanarlos, pues la enfermedad hay que vencerla. Pero no
los sana a todos (solo a los que se lo piden, no se niega a nadie),
la enfermedad siempre presente será un signo de que la llegada
del reino definitivo está pronta. El dolor tiene así
un significado salvífico-redentor. La enfermedad hay que
vencerla, pero hay que aprovecharla, pues tiene un mensaje, que
se desvela plenamente en la Pasión y Muerte de Jesucristo.
8 Acerca de la unción de los enfermos, como sacramento,
ver de A. Arteaga, "¡Toma tu camilla y levántate!
Reflexiones sobre la Unción de los Enfermos", en La Revista
Católica 1.124 (1999), 291-296.
9 Burn-out syndrome. Cuadro gatillado por situaciones
de estrés prolongado. La persona afectada sufre insomnio,
depresión, cefaleas, impedimentos para enfrentar las situaciones
que generan el estrés (fobia laboral) y en casos extremos
crisis de pánico.
10 Hay una acción evangelizadora irrenunciable
de la comunidad cristiana en el campo del dolor y de la salud. Promoviendo
una vida más sana, descubriendo la fuerza sanante de la fe,
aprendiendo un estilo de vida evangélico y sano, promoviendo
una salud integral, cultivando una actitud sana ante el dolor y
sufrimiento (sin buscarlo arbitrariamente, eliminando el sufrimiento
innecesario, quitando en lo posible el sufrimiento de los demás,
sufriendo por querer eliminar el sufrimiento, asumiendo en comunión
con el crucificado el sufrimiento inevitable) y evangelizando los
procesos de curación.
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