1. Introducción

La Naturaleza ha dotado al ser humano de dolor. Henos aquí frente a una innegable afirmación positivista. Por otra parte, desde una perspectiva teológica, el dolor humano guarda relación con el pecado original, pero también es sublimado y trascendentalizado en la encarnación de Jesús. Estas dos premisas resumen las dos grandes cosmovisiones que han marcado la historia de Occidente. La primera se remonta a la epistemología naturalista griega, desde los filósofos presocráticos en adelante, siguiendo un curso amplio de desarrollo histórico continuo, hasta la plasmación de su heredera, la epistemología científica moderna. La segunda se remonta hasta los oscuros orígenes mesopotámicos y asiáticos de la creencia mítico-religiosa en un conflicto divino primordial, en el que se enfrentan dos bandos de dioses; los vencedores conservan su condición divina exaltada, pero los vencidos llegan a convertirse meramente en demonios o divinidades malignas, que intentan frecuentemente alterar el orden establecido por los dioses vencedores (1). Esta concepción teológica se consolida históricamente en el centro religioso y difusor del judeocristianismo, permeando y condicionando ininterrumpidamente la ontología en la fe del Occidente antiguo y moderno.

2. El dolor en una epistemología científica

¿Cuál es la función del dolor?........ Para responder esta pregunta desde una perspectiva científica, tendremos primero que definir la clase de dolor de la que estamos tratando, ya que es posible distinguir al menos dos clases de dolor: físico y síquico (2).

Si hablamos del dolor físico, que podemos asociar a algún lugar determinado de nuestro cuerpo biológico, reconocemos en él una función admonitora: el dolor nos advierte de distintos problemas que aquejan tanto a nuestro organismo como a nuestra sique; si me estoy quemando una mano, me advierte que el calor excesivo daña mi mano; si me duele el estómago, me advierte que existe alguna irregularidad en mi estómago, o en alguna parte de mi organismo relacionada con él, o, incluso, de algún estrés síquico somatizado; si siento demasiado frío, una molestia -que podríamos llamar dolorosa- me advierte que esa temperatura daña mi organismo; si tengo una herida, me advierte que se ha alterado negativamente la condición de ciertos tejidos y que, por lo tanto, la herida debe ser curada (restablecida una condición suficiente de los tejidos). Así, pues, el dolor físico cumple una función homeostática, que promueve la conservación de la condición sana natural del organismo. Sin embargo, tampoco puede decirse que el dolor físico sea meramente físico, ya que todo dolor implica un proceso de conciencia o síquico. Por ahora diferenciaremos el dolor físico del síquico, solamente por la localización de la fuente dolorosa desde la perspectiva del sentido común.

Por otra parte, el dolor síquico cumple una función, en cierto sentido, semejante a la del dolor físico, si bien agrega un componente marcadamente subjetivo, que hace de él, en último término, un fenómeno complejo y ambiguo. En su función análoga al dolor físico (admonitoria), el dolor síquico también nos advierte, en tanto mero dolor síquico, ya sea de un daño ocasionado a nuestro cuerpo, ya a nuestra propia sique. Es decir, sentimos el dolor síquico, de acuerdo a la postura terminológica en que nos situemos, en nuestra "mente", en nuestro "ánimo", en nuestro "espíritu" o en nuestra "alma", si bien estos dos últimos conceptos quedan excluidos, por su carácter metafísico, de una concepción científica (o cientificista) de la sique (3). Sin embargo, estimamos que, por el contrario, la sique tampoco puede ser reducida a fenómenos puramente biológicos, ya que su existencia como fenómeno puramente biológico no es demostrable en el laboratorio; además, su fenomenología no es asimilable a una fenomenología estrictamente biológica (4). Por ello, con todo lo desacreditada que se encuentra hoy la metafísica en el ámbito científico, la sique, como fenómeno de hecho, continúa siendo un fenómeno recalcitrantemente metafísico.

Hemos dicho, pues, que hay un dolor que se siente en la sique, como el dolor, por ejemplo, que siente una persona que ha sido despedida injustamente de su trabajo. La admonición de este dolor consistiría en advertirnos que quedar cesantes es un perjuicio no solo para nuestro organismo, sino especialmente para nuestra persona (en múltiples aspectos, como por ejemplo la carga síquica adicional de haber sido despedidos injustamente), e incluso para aquellos que dependen de nosotros.

Sin embargo, el dolor síquico no se reduce a la recepción de un estímulo doloroso definido y regular, como ocurre, por el contrario, cuando todo ser humano (en condiciones que denominamos "normales"), por ejemplo, se clava un fierro en una pierna, situación que para todos será probablemente altamente dolorosa, con una sensación dolorosa probablemente muy similar, y frente a la cual nuestro "organismo" reaccionará de forma también similar: a través del deseo de retirar el elemento punzante de nuestra pierna, y de sanar la herida (por ejemplo a través de la coagulación y cicatrización) para reponer la homeostasis corporal. No podemos evitar ya, sin embargo, comenzar a introducir en nuestro análisis el componente síquico que se hace presente en toda experiencia física, o semifísica -diríamos quizá en este momento-, del dolor (5).

El dolor que se realiza como tal en nuestra sique no es ni definido ni regular. Es más, creemos que puede ser llamado dolor casi como una mera metáfora, porque de hecho es la sensación particular que referimos a una parte de nuestro cuerpo, a la que todos llamamos en estricto rigor dolor. Quizás el nombre más apropiado para el dolor actualizado en nuestra sique debiera ser sufrimiento. El sufrimiento, por su parte, adquiere las formas, variaciones, intensidades, evoluciones, asociaciones, motivaciones, más variadas que puedan imaginarse. El sufrimiento, como la mayoría de los fenómenos síquicos, representa un universo fenomenológico altamente complejo y dinámico, cuyo conocimiento actual pensamos que se encuentra limitado por concepciones y metodologías que se condicionan a partir de supuestos a priori (incluso las consideradas más científicas), o simplemente por la condición inobservable del fenómeno síquico, lo que se traduce tanto en una incompletud de la información del "objeto síquico" (6), como en una indemostrabilidad de la misma información.

De otra parte, el dolor físico se manifiesta como una modalidad sensitiva específica, pero común a todo nuestro organismo, y que es reconocible como tal de acuerdo con variaciones de intensidad de ciertos estímulos nerviosos, los cuales rangos, aunque varían de acuerdo con cada individuo, pueden, no obstante, ser reconocidos cualitativamente como iguales en la generalidad de las personas. En condiciones normales, por ejemplo, el efecto sensitivo (dolor) que sentimos si una llama quema nuestra mano, será semejante en la mayoría de los seres humanos. Sin embargo, las percepciones sensitivas que podemos asociar al sufrimiento son innumerables y, muchas veces, difíciles de definir cualitativa y cuantitativamente. ¿Llamaremos sufrimiento a la tristeza, a la nostalgia, a la rabia, a los celos, a la angustia, a la ambición, al orgullo, a la inseguridad, al temor, etc.? O bien, ¿desde qué grado de intensidad llamaremos a las mismas sensaciones sufrimiento? ¿Acaso sensaciones como la alegría, el placer, la paz, es decir, todas aquellas sensaciones que asociamos a la sensación contraria al sufrimiento (esto es, el bien), bajo ciertas condiciones existenciales y de grado, ¿no son calificadas de sufrimientos, y, por tanto, de males?

Hablar, entonces, de una función definida del dolor síquico, o sufrimiento, no se ajusta a una fenomenología compleja del sufrimiento, de manera que sería preciso asignar al mismo una funcionalidad múltiple, e incluso dinámica y casuística. En otras palabras, definir para qué es el sufrimiento o para qué se sufre, no es una cuestión ni trivial ni, sobre todo, objetiva. ¿Quién podría definir para qué sufrimos, por ejemplo, cuando perdemos a un ser querido? Es verdad que en todo sufrimiento también hay una descompensación de la homeostasis síquica, por lo cual podríamos, en nuestro ejemplo, suponer que sufrimos para recuperar la pérdida de nuestro ser querido. Sin embargo, se puede sufrir su muerte por innumerables motivos y finalidades (7), sin que el sufrimiento por la pérdida y deseo de recuperación sea relevante.

Lamentablemente, la postura científica contemporánea sostiene tácitamente que sufrimos para sufrir, es decir, solamente en vista de la recuperación de nuestro bienestar síquico, como si el sufrimiento indicase o advirtiese, al igual que el dolor físico, que hay un estado síquico alterado que debe ser reequilibrado (como homeostasis síquica) y nada más. Esta concepción del sufrimiento como mero dolor físico se hace evidente a la hora de tratar el sufrimiento: se trata, en general, como si fuese el problema en sí mismo; vale decir, lo importante para cierta medicina de la mente es eliminar el sufrimiento como fenómeno, pero no como síntoma; o dicho de otra manera, eliminar el sufrimiento, pero no la causa. Tomando nuestro ejemplo de la muerte de un ser querido, equivale a eliminar todo sufrimiento, a pesar de que sigamos pensando que su muerte es algo terrible. Así entendido el sufrimiento, implicaría que, aunque la causa del sufrimiento sea externa al mismo (un hecho que daña nuestra sique), la finalidad del sufrimiento sería irrelevante como contenido existencial, de manera que su única o principal importancia sería la de señalar un mero contenido síquico dañado (el sufrimiento mismo), el cual, una vez eliminado, devolvería la homeostasis síquica, independientemente del sentido de la muerte, que nos seguirá acompañando existencialmente. Un siquiatra, por ejemplo, puede eliminar nuestro sufrimiento por la muerte de un ser querido, pero no puede devolvernos a nuestro ser querido, es decir, no puede restaurar la condición síquica original desde el punto de vista de su contenido significativo. Pero ¿es tan evidente que nuestro sufrimiento debe ser eliminado, aunque no recuperamos a ese ser querido? O bien, ¿es necesario, o sano, eliminar el sufrimiento, aunque las preocupaciones que lo motivaron queden sin resolver?

Si establecemos un paralelo con el dolor físico, podemos comparar el sufrimiento ocasionado por nuestra pérdida síquica, con el dolor, por ejemplo, ocasionado por la amputación de una pierna. El dolor que se siente en la pierna no pretende sino que el daño en nuestros tejidos sea resuelto homeostáticamente, pero no, por ejemplo, que la pierna sea reimplantada en su lugar original. Es evidente que, siendo diferente estructural y funcionalmente el sufrimiento, es tratado por lo general como un mero dolor físico: esto es, que el dolor es independiente del daño sufrido, y que, por lo tanto, se puede eliminar el dolor sin que ello repercuta en cualquier aspecto del fenómeno que lo provocó. Más aún, que siempre es bueno eliminar el dolor, una vez que se ha determinado la causa del dolor admonitor.

Sin embargo, con ello no queremos insinuar que el dolor síquico, o sea el sufrimiento, no sea desde todo punto de vista un mal, ni menos que sea un bien. En realidad, creemos que el sufrimiento también es un mal, pero un mal, en todo sentido, distinto que el mal del dolor. Así, pues, creemos que el sufrimiento, a diferencia del dolor, sí guarda una estrecha relación con el daño sufrido, de manera que no es una cuestión accidental ni irrelevante para la persona que sufre, el eliminar su sufrimiento. Primero, el sufrimiento oculta sus raíces en las profundidades del inconsciente, hasta donde eventualmente no puede ser alcanzado por ninguna conciencia. Segundo, el sufrimiento no se localiza en un lugar preciso de la sique, sino que parece difundirse a través de ella. Tercero, el sufrimiento es un contenido significativo, y probablemente funcional, que se asocia a la experiencia personal del yo. Cuarto, el sentido del sufrimiento es variable, complejo y dinámico.

Ahora bien, si consideramos que el sufrimiento es un mal (8), pero también un fenómeno síquico que desencadena en la sique un proceso reactivo complejo y difícil de evaluar, entonces ya no será tan evidente la necesidad o naturalidad de eliminar directamente el sufrimiento. Con ello queremos decir que el sufrimiento en sí mismo es una señal que se ha vuelto significativa y estructural a nuestra propia sique, y que requiere de un estudio sicológico especial para determinar su causa, sentido y valor. Esta paradójica condición del sufrimiento, que, por una parte, se vuelve funcional para nuestra propia sique, pero que, por otra, sigue siendo un elemento extraño a la misma y que debe ser eliminado de nuestra sique, hace -o debiera hacer- sumamente delicada y difícil la tarea de determinar cuáles sean las condiciones compensatorias de las funciones del sufrimiento, una vez eliminado directamente el sufrimiento (9).

Veamos a continuación un ejemplo que pueda hacer más evidente ambos puntos de vista:

1º Tratamiento del sufrimiento como mero dolor:

A una mujer de treinta años se le ha muerto su primer hijo a los pocos días de nacer. La mujer cae en una profunda depresión; es tratada inmediatamente con medicamentos antidepresivos. Desaparecen los síntomas de sufrimiento depresivo, pero la mujer continúa sufriendo la pérdida: ¿podría haber algún medicamento que hiciese desaparecer este sufrimiento? La mujer es sometida entonces a una terapia de sueño. Finalmente, después de tres meses de tratamiento, la mujer se siente normal, ya no sufre al recordar a su hijo (10).

2º Tratamiento dinámico del sufrimiento:

La misma mujer que perdió a su hijo de días, se encuentra sumida en una profunda depresión. La mujer siente deseos de morir. Su sistema síquico se encuentra muy alterado y en evidente proceso desintegrativo. Es tratada con medicamentos antidepresivos que le permiten estabilizarse anímicamente. Sin embargo, supuesta la multiformidad del sufrimiento, el médico realiza una evaluación profunda e integral de los contenidos síquicos asociados al sufrimiento en la mujer. Descubre, por ejemplo, que la mujer teme no poder volver a tener hijos, y que, de tener uno, volvería a morir. Descubre que la mujer, durante su embarazo, había creado un intenso nexo afectivo con el hijo nonato. Descubre que la mujer se niega a aceptar la muerte de su hijo, y que, como creyente, no acepta que Dios pueda haberle quitado a su hijo para hacerla sufrir. Descubre que para esta mujer la maternidad es el mayor sentido de su vida. Descubre que la mujer reacciona ante el fenómeno de la muerte con un sentido de pérdida personal irreparable, de manera que este valor repercute en el conjunto de su estructura síquica. Descubre que, en cierto sentido, a partir del sufrimiento esta mujer ya no puede volver a ser síquicamente la misma.

En el primer tratamiento -proponemos- la mujer ha sido anestesiada síquicamente, sin que por ello la alteración síquica homeostática haya sido superada. Es más, al ser suspendida la funcionalidad natural del sufrimiento, sus procesos síquicos evolutivos y sistémicos, que requieren necesariamente de la función sufrimiento en vista de su adecuada relación, se desorganizan desde un punto de vista homeostático ideal, rebajando necesariamente el status síquico de la persona, la cual, aunque pueda parecer normal, o la misma, ha disminuido en su potencial y en su activo síquicos.

Con el segundo tratamiento, en cambio, el médico determina la funcionalidad del sufrimiento en la sique de la paciente, a fin de ir facilitando la integración y superación del mismo por medio de una terapia de acondicionamiento de todas sus categorías síquicas, formales y existenciales (11). Es decir, el sufrimiento no puede ser eliminado sin más, como un mero elemento extraño en la sique. En cierto sentido el sufrimiento es síquicamente necesario, de manera que su contenido funcional en la sique particular debe ser primero determinado, para posteriormente reemplazar el contenido doloroso-negativo a través de un proceso de adecuación (acondicionamiento) síquica integral (formal y existencial) al fenómeno que originó la alteración síquica dolorosa.

Si concluimos, entonces, que incluso el sufrimiento, o en su sentido más general el mal (como mero fenómeno físico y síquico), desempeña de manera natural una función dinámica y progresiva en la sique humana, debemos igualmente suponer que nuestra sique posee una suerte de programa de sufrimiento integrado, capaz de afrontar eficiente y evolutivamente tanto los fenómenos que originan el sufrimiento, como las consecuencias síquicas que estos mismos fenómenos ocasionan. Por lo tanto, solo si somos capaces de decodificar este programa del dolor, podremos llegar a transformar ese mismo programa en un sistema dinámico y evolutivo, pero exento del componente negativo o doloroso (componente meramente admonitorio). En fin, es también necesario reconocer que este programa posee un fundamento metafísico, es decir que, incluso el dolor físico, pero mucho más el síquico, es originado a partir de valores, sentidos y funciones mentales (12), tal como parece deducirse de la naturaleza productiva mental del sufrimiento. Es decir, la mayoría de las veces el sufrimiento surge de una experiencia significativa (existencial), la cual desencadena, desde la experiencia mental (plano significativo), toda una fenomenología sistémica síquica y orgánica.

Es precisamente en este punto fundacional del sufrimiento, del dolor, e incluso del mal, que los paradigmas científicos contemporáneos se ven inevitablemente sobrepasados por la dimensión metafísica (13) de estos fenómenos, de manera que se detienen aquí, y ya no pueden agregar nada más. Pero es precisamente en esta dimensión donde parece sustentarse y consolidarse la condición más propiamente humana, como individuación consciente y libre (14), y en la cual se podría descubrir, entonces, una razón personalizada de los fenómenos síquicos y físicos, los cuales, sin embargo, también participan (formando un compuesto) de lo que podríamos llamar una razón biológica.

3. El dolor en una ontología en la fe

Hoy por hoy no es concebible hablar acerca del alma y del espíritu ante una mayoría que entiende erróneamente la ciencia como mera experimentación (15). La vieja metafísica que ponía en el centro mismo de su discusión la existencia de Dios y del alma ha sido culturalmente postergada a los círculos académicos y religiosos. Una brecha profunda, pues, se ha creado, sin metafísica, entre la ciencia de la sique y la fe del alma. Sin embargo, siguen existiendo en nuestra propia experiencia aquellos fenómenos síquicos que dieron pie a las grandes concepciones metafísicas del alma; e incluso siguen existiendo sin ser explicados satisfactoriamente desde una concepción materialista.

El problema del dolor y del sufrimiento, tal como lo hemos venido desarrollando, nos ha traído a los límites del paradigma científico contemporáneo. El sufrimiento, particularmente, hace manifiesta una dimensión de la sique que no puede ser explicada de manera satisfactoria -o ni siquiera puede ser explicada- en el rango de lo meramente síquico, y nos pone en la disyuntiva de aceptar que el ser humano es solo un conjunto de células especializadas y organizadas, o bien que lo humano por excelencia trasciende este conjunto de células del que estamos igualmente formados. En el apartado anterior hemos visto dos planteamientos contrarios, pero igualmente inmanentistas. En todo caso, el segundo deja abierta la posibilidad de buscar una razón en la dimensión metafísica del ser humano, e incluso de alzar un vuelo hipotético hasta una eventual dimensión trascendente de la sique.

Es en esta dimensión trascendente de la sique donde históricamente la fe ha pronunciado su verbo. Un verbo que tiene su origen autoproclamado en el Verbo de Dios. Es decir, la fe afirma que la razón del alma (su raíz) es Dios. ¿De dónde -es natural preguntarse- la fe obtiene esta certidumbre, aquella que, por su parte, la ciencia obtiene de la comprobación de los sentidos y de la coherencia de la razón? La fe responde que de una zona profunda del alma, donde se experimenta precisamente el fenómeno singular de la fe. Pero no todos los seres humanos experimentan la fe, y sí la mayoría posee todos los sentidos y la razón. Si a ello agregamos que la fe no es fe de cualquier cosa, en cambio los sentidos y la razón dan cuentas detalladas de nuestro entorno, comprenderemos fácilmente que la fe haya sido postergada epistemológica y ontológicamente, en beneficio de la ciencia.

Sin embargo, la fe no puede ser desmentida en la actualidad por la ciencia, aunque esta la castigue con el aislamiento. La fe continúa explicando el sufrimiento a partir de una dimensión metafísica, cuya condición ontológica solo parcialmente es lógica, y, en cambio, sobremanera espiritual (como condición supralógica). ¿Cómo podría no ser así, si las profundidades existenciales y esenciales del alma humana se inmergen en la sustancia misma de Dios? (16).

Solo Dios conoce nuestra alma en aquella hondura que nosotros mismos desconocemos. El sentido verdadero de nuestro propio ser, lo que llamamos su razón, se mantiene, si no en la más completa oscuridad para nosotros, al menos en una lastimosa penumbra que desorienta nuestra conciencia. En buena medida, estamos entregados a la gracia reveladora de Dios, quien, desde su perfecta providencia, nos envía de tanto en tanto un rayo de conocimiento revelado. Las Sagradas Escrituras son palabra revelada de Dios. En ellas se nos descubre un sentido del sufrimiento y del dolor que, de otra manera, hasta antes de la venida de Jesucristo hubiese permanecido ignorado por nosotros. De hecho, Jesucristo mismo encarna la segunda gran revelación del sufrimiento humano y de la misericordia divina (si es que no consideramos otras grandes revelaciones movidas por el mismo espíritu, como por ejemplo la enseñanza de Buda).

Según el Génesis el sufrimiento humano se substancializa en el hombre como consecuencia de una culpa original (la desobediencia a Dios). Es Dios mismo quien otorga un sentido al sufrimiento humano (17). Es decir, gracias a Dios, el sufrimiento (lo mismo que el mal) se integra coherentemente a la condición humana, aunque en su origen sea un elemento extraño a su naturaleza. Así, pues, el sufrimiento queda integrado al ser humano con una doble relación: por una parte, marca y hace crítico el distanciamiento de la naturaleza humana respecto de su vinculación divina original. Es decir, cumple parecida función a la que la ciencia moderna le reconoce al dolor: admonición. Esto es, nos impele a recobrar nuestra homeostasis esencial, porque nuestro sufrimiento de ser nos advierte esa profunda herida que clama por su salud (salvación). Sin embargo, es preciso destacar que desde esta concepción religiosa es inconcebible una sanación y aniquilación del sufrimiento realizadas y completadas exclusivamente por el hombre, ya que la naturaleza, el origen y sentido del sufrimiento están implantados y mantenidos desde un afuera del hombre. Es decir, el hombre no puede llegar a controlar su sufrimiento de ser. Más aún, el sufrimiento de ser se difunde por todas sus manifestaciones de humanidad, determinando una conservación esencial insuperable del sufrimiento desde la inmediatez, por más que el sufrimiento como sentimiento efectivo e inmediato pueda ser eliminado por métodos estrictamente humanos. Lo que desde una epistemología científica podría parecer una suerte de fantasma espiritual del dolor físico y natural (el sufrimiento del ser), desde una ontología en la fe se invierte el sentido de realidad, transformándose el sufrimiento del ser en el dolor verdadero, y el dolor síquico y físico, en un mero fantasma del primero. Es decir, el dolor físico y síquico carecen de sentido por sí mismos, y solo lo adquieren desde la providencia de Dios. No es que Dios cause el sufrimiento humano, porque el sufrimiento, como una forma más del Mal en el hombre, es precisamente uno de los efectos de nuestra separación de Dios, de su ausencia forzada por nuestra libertad. El sufrimiento es como una sombra que en un comienzo proyectó libremente nuestra libertad (18), y que ya desde sus inicios se volvió hereditaria y extensiva a todo ser humano. Sin embargo, Dios asumió también desde el principio responsabilidad en nuestro sufrimiento, asociándose gratuita y estrechamente a él, llenándolo providentemente de sentido trascendental, divino, y, en último término, redentor.

Es más, la acción redentora de Dios respecto del mal atraído a la naturaleza humana ya ha progresado de hecho en dos grandes instancias históricas de salvación: la primera, por la acción redentora de Jesucristo, Hijo de Dios, quien ya nos ha liberado ontológicamente del pecado (19), tal como afirma San Pablo (Ro 8: 1-3):

"Por consiguiente, ninguna condenación pesa ya sobre los que están en Cristo Jesús. Porque la ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te liberó de la ley del pecado y de la muerte. Pues lo que era imposible a la ley, reducida a la impotencia por la carne, Dios, habiendo enviado a su propio Hijo en una carne semejante a la del pecado, y en orden al pecado, condenó el pecado en la carne [........]"

La segunda, por la acción redentora del Espíritu de Dios, el cual nos fue transmitido por la intercesión de Jesús (íd., Ro 8: 14-17):

"En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá, Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con él, para ser también con él glorificados."

A partir de estas dos grandes revelaciones, y solo por medio de la fe, puesto que el ser humano es incapaz de aprehender por sí mismo el contenido de esas revelaciones, debemos aceptar que ha cambiado la esencia misma del hombre, y, en lo particular, también su relación con el mal y el sufrimiento. Hay, por decirlo de alguna manera, una dimensión profunda y esencial del espíritu humano en donde el sufrimiento ha sido aniquilado a través de una acción terapéutica perfecta: la Voluntad del Padre, la encarnación redentora de su Hijo, y la donación definitiva del Espíritu de Dios. Esta dimensión profunda y casi secreta del espíritu humano es mediada hasta nuestra consciencia a través de una "zona mística" del alma, que provee el puente entre nuestra experiencia esencial y continua de Dios, pero normalmente inconsciente, hasta nuestros niveles síquicos más inmediatos a la consciencia.

Desde una ontología en la fe, pues, esta acción terapéutica debiera ser considerada el paradigma terapéutico por excelencia en toda relación humana posible con el mal, el sufrimiento y el dolor. Es más, toda epistemología científica del sufrimiento y del dolor debiera quedar lógica y funcionalmente subordinada a una ontología en la fe. Es desde este supuesto que hemos venido reconociendo que el sufrimiento humano adquiere su verdadero sentido en la providencia de Dios, de manera que cualquier asignación de sentido o sinsentido al sufrimiento que desconozca esta raíz y esta jerarquía, distorsiona gravemente el sentido verdadero del mismo.

4. ¿Es posible conciliar una epistemología científica con una ontología en la fe?

Al intentar establecer una primera aproximación entre las dos grandes concepciones que han sido presentadas en este trabajo, debemos reconocer de inmediato la inmensa distancia que separa ambas concepciones, por más que ambas puedan coexistir sin desautorizarse recíprocamente en sus ámbitos específicos de realidad. Sin embargo, conservar esta diplomática distancia, como se ha venido haciendo los últimos dos siglos, no es una mera cuestión de sana convivencia sociocultural entre la ciencia y la fe. Creemos que la única manera de llegar a la verdad en lo que concierne al sufrimiento y al alma, no es enfrentando una postura contra la otra, en el sentido de que solo la fe, o solo la ciencia, es la poseedora exclusiva de la verdad, sino, partiendo de la hipótesis probable de que ambas son portadoras significativas de verdad, particularmente en aquello que hasta ahora ha sido su ámbito específico de conocimiento y experiencia, es preciso buscar el punto eficaz de relación entre ellas. La cuestión verdaderamente problemática creemos que sigue siendo la incapacidad del hombre de descubrir y habilitar en su propia alma, la zona mística o de tránsito, para el acceso de la conciencia hasta allí.

Suponer que esta zona mística representa algo así como el eslabón perdido entre Dios y la consciencia humana, ciertamente supone una disposición especulativa -que nosotros creemos razonable- sustentada en lo no evidente. Sin embargo, existen actualmente algunos indicios importantes que parecen hacer promisoria la búsqueda a partir de estos supuestos:

1º La misma doctrina cristiana afirma la relación ontológica, epistemológica y sicológica entre Dios, su Espíritu y el alma humana, en una dimensión profunda y esencial de la misma alma.

2º Importantes religiones y filosofías orientales, tales como el brahmanismo (20), budismo (21), hinduismo (22), taoísmo, reconocen una dimensión profunda del alma humana, en la cual la inmanencia de la consciencia puede lograr la trascendencia (ya como experiencia de autotrascendencia, ya como trascendencia absoluta).

3º La sicología analítica de C. G. Jung introduce en la sicología contemporánea conceptos que provienen de las religiones tradicionales y de experiencias esotéricas y marginales a la mentalidad racionalista del hombre moderno, que se orientan en la misma línea interpretativa de una zona mística en el alma humana (23).

Con todo, creemos que mientras no haya un progreso significativo en el ámbito de las ciencias exactas y de la tecnología, la mentalidad racionalista y positivista del hombre contemporáneo se negará no solo a aceptar un nivel tal de realidad en el alma humana y en la realidad, sino también estará epistemológica y técnicamente incapacitada de investigar en ella.

Hoy por hoy, sin embargo, asistimos a los largos, dificultosos e irreconciliables pero necesarios discursos y planteamientos acerca de la naturaleza del dolor, del sufrimiento, del mal, a través de los argumentos insuficientemente probatorios a los ojos de sus oponentes cientificistas, de todas aquellas disciplinas del conocimiento que se alinean desde una ontología en la fe; y, como contrapartida, a los argumentos y "demostraciones" igualmente no probatorios y especialmente insatisfactorios (24) de las disciplinas sustentadas en una epistemología científica.

Creemos, pues, que será preciso esperar todavía algún tiempo antes de encontrar una respuesta integral y universalmente satisfactoria en relación con el problema del dolor, del sufrimiento, de la dimensión profunda de la mente (o alma) y de su relación con el Espíritu de Dios, ya que todavía la verdad de la fe debe enriquecerse con originales aportaciones y descubrimientos de la ciencia, tanto como el conocimiento de la ciencia actual deberá enriquecerse y adecuarse a la experiencia y conocimiento del universo trascendental del espíritu y de la fe. En todo caso, la distancia que por momentos ha parecido insalvable, parece irse acortando gradualmente en la medida que el hombre piensa e investiga más y más en el misterio de sí mismo y en el misterio del universo, tanto como seguramente Dios se aproxima sabiamente a nosotros, mientras nosotros nos acercamos torpemente a Él.


1 Cf. André Caquot, Jacques Duchesne-Guillemin, Jean Varenne y Francis Vian, Las Religiones Antiguas. II, Siglo XXI, España, 1977, p. 417: "En primer lugar es preciso circunscribir el área de los dualismos históricos, comenzando por el Irán no mazdeo (al menos en cuanto al origen). Aquí se encuentran los mitos de la conquista de la luz y de la conquista del agua, el contrato o pacto entre la divinidad y el maligno, el culto apotropaico, dedicado a este último y, finalmente, la exposición de los cadáveres."

2 El dolor espiritual, en esta perspectiva antropológica, es absorbido por el ámbito de lo síquico.

3 Recordemos que la sique y sus contenidos son considerados actualmente meros epifenómenos del cerebro y del sistema nervioso.

4 Por ejemplo, la estructura y la legalidad de muchos fenómenos síquicos (como la consciencia, la personalidad, la identidad, la razón, el pensamiento, el sentimiento, etc.) no pueden ser explicadas completamente desde una fenomenología biológica. Es decir, una cosa es que células nerviosas especializadas actualicen los fenómenos síquicos, y otra muy distinta, que los creen. Lo primero es científicamente demostrable; lo segundo, no.

5 En el caso del fierro, por ejemplo, las características síquicas personales pueden ser determinantes para causar distintas percepciones del dolor, e incluso la anulación completa del dolor. No cabe duda tampoco de que la sique provoca distintas reacciones somáticas en relación con los procesos fisiológicos que acompañan y siguen a un accidente de este tipo. Con esto queremos avanzar que el dolor es un fenómeno manifiestamente neural, si bien necesariamente condicionado por la sique.

6 Ya es una contradicción insalvable, desde una metodología objetivista tradicional, el que la subjetividad síquica se transforme en objeto síquico de estudio, e incluso de autoestudio. Es decir, ¿cómo puede objetivarse la subjetividad, sin dejar de ser mera subjetividad?

7 Por ejemplo, si pienso que el difunto ya no existe en absoluto; o que está sufriendo por sus pecados; o que ya no lo volveré a ver jamás; o que mi vida ya no va a ser compartida con él; o que su muerte fue injusta, etc.

8 Es decir, una condición anómala que debe ser eliminada por sí misma, en tanto es extraña a la entidad en que se encuentra.

9 Como si fuese lo mismo, por ejemplo, que extirpar un mero tumor.

10 Estamos considerando un caso extremo de lo que llamaríamos "anestesia del sufrimiento", ya que tales tratamientos producen efectos y resultados muy variables en distintos pacientes.

11 Entendemos por: a) categoría formal, las estructuras síquicas funcionales particulares de cada individuo (pensamiento, afectividad, memoria, etc.); b) categoría existencial, los contenidos experienciales y su relación con el yo vivo (es decir, el carácter síquico específico con que cada uno se relaciona con la existencia real y eventual).

12 Entendemos que la mente, más el cerebro, más el sistema nervioso, conforman un circuito de hecho, pero que el conocimiento de su relación causal se mantiene actualmente en estado de mera hipótesis. En todo caso, nuestra hipótesis supone para el mismo circuito un dualismo causal.

13 Esto es, el universo de lo síquico-mental y de lo espiritual (en todas sus acepciones).

14 Por ejemplo, en la autodeterminación de los contenidos de la conciencia.

15 Y no -como debiera- de una ciencia universal de la experiencia.

16 Con todo, es mucho más difícil sostener la veracidad de una epistemología en la fe, que la de una ontología en la fe. La fe parece estar más asociada al ser que al saber.

17 Cf. Gn 3: 1-24; Ro 5: 12-14.

18 La libertad se compone necesariamente de necesidad (en Dios) y de accidente (no-Dios). Por ello, el sufrimiento es un accidente innecesario de nuestra libertad, pero nuestra perfección (en Dios), una necesidad de nuestra libertad.

19 La comprensión cabal del sentido ontológico de la redención ejercida por Jesucristo en nuestra naturaleza humana es ciertamente un misterio que escapa a nuestra posibilidad actual de comprensión y experiencia, puesto que su razón se encuentra en el espíritu mismo de Dios, aún no realizado por el hombre.

20 Cf. Albert Schweitzer, El pensamiento de la India, Fondo de Cultura Económica, México, 1958, p. 46: "Lo importante en el misticismo brahmánico no es tanto la redención respecto de la miseria de la existencia y la liberación del mundo, como la experiencia de ser exaltado por encima del mundo en la unión con el brahma."

21 Cf. Chang Wing Tsit y otros, Filosofía del Oriente, Fondo de Cultura Económica, México, 1965, p. 46: "En sistemas como el budismo, el hinduismo y el taoísmo, en que el misticismo ocupa un lugar importante, no se trata del misticismo de comunión, sino más bien del de identidad, o sea, el de pura unidad con Brahman o Tao."

22 Cf. Swami Brahmananda, "The Eternal Companion", p. 175, en Swami Akhilananda, Psicología Hindú, Editorial Paidós, Argentina, 1959, p. 199: "Tratad de fijarla [la mente] una y otra vez, centrándola sobre el Ideal Elegido y terminaréis absorbiéndoos en Él. Si prolongáis vuestra práctica durante dos o tres años, comenzaréis a experimentar una dicha inefable y vuestra mente se tornará firme y constante. Al principio, la práctica del japam y de la meditación parece árida. Es como tomar un remedio amargo: hay que verter por la fuerza la idea de Dios dentro de la mente. La perseverancia hará desbordar un torrente de dicha."

23 Significativos en este sentido son los conceptos junguianos de: inconsciente, inconsciente colectivo, arquetipo, supraconsciencia, tipo y función de los sueños, etc.

24 Una de las mayores frustraciones que despierta al sentido común la ciencia contemporánea, consiste en su mezquina concepción de la maravillosa grandeza de lo específicamente humano.