1. Introducción
La Naturaleza ha dotado al ser humano de dolor.
Henos aquí frente a una innegable afirmación positivista.
Por otra parte, desde una perspectiva teológica, el dolor
humano guarda relación con el pecado original, pero también
es sublimado y trascendentalizado en la encarnación
de Jesús. Estas dos premisas resumen las dos grandes
cosmovisiones que han marcado la historia de Occidente. La primera
se remonta a la epistemología naturalista griega, desde los
filósofos presocráticos en adelante, siguiendo un
curso amplio de desarrollo histórico continuo, hasta la plasmación
de su heredera, la epistemología científica
moderna. La segunda se remonta hasta los oscuros orígenes
mesopotámicos y asiáticos de la creencia mítico-religiosa
en un conflicto divino primordial, en el que se enfrentan dos bandos
de dioses; los vencedores conservan su condición divina exaltada,
pero los vencidos llegan a convertirse meramente en demonios o divinidades
malignas, que intentan frecuentemente alterar el orden establecido
por los dioses vencedores (1). Esta concepción teológica
se consolida históricamente en el centro religioso y difusor
del judeocristianismo, permeando y condicionando ininterrumpidamente
la ontología en la fe del Occidente antiguo y moderno.
2. El dolor en una epistemología científica
¿Cuál es la función del dolor?........
Para responder esta pregunta desde una perspectiva científica,
tendremos primero que definir la clase de dolor de la que estamos
tratando, ya que es posible distinguir al menos dos clases de dolor:
físico y síquico (2).
Si hablamos del dolor físico, que podemos
asociar a algún lugar determinado de nuestro cuerpo biológico,
reconocemos en él una función admonitora: el
dolor nos advierte de distintos problemas que aquejan tanto a nuestro
organismo como a nuestra sique; si me estoy quemando una mano, me
advierte que el calor excesivo daña mi mano; si me duele
el estómago, me advierte que existe alguna irregularidad
en mi estómago, o en alguna parte de mi organismo relacionada
con él, o, incluso, de algún estrés síquico
somatizado; si siento demasiado frío, una molestia -que podríamos
llamar dolorosa- me advierte que esa temperatura daña mi
organismo; si tengo una herida, me advierte que se ha alterado negativamente
la condición de ciertos tejidos y que, por lo tanto, la herida
debe ser curada (restablecida una condición suficiente de
los tejidos). Así, pues, el dolor físico cumple una
función homeostática, que promueve la conservación
de la condición sana natural del organismo. Sin embargo,
tampoco puede decirse que el dolor físico sea meramente físico,
ya que todo dolor implica un proceso de conciencia o síquico.
Por ahora diferenciaremos el dolor físico del síquico,
solamente por la localización de la fuente dolorosa desde
la perspectiva del sentido común.
Por otra parte, el dolor síquico cumple
una función, en cierto sentido, semejante a la del dolor
físico, si bien agrega un componente marcadamente subjetivo,
que hace de él, en último término, un fenómeno
complejo y ambiguo. En su función análoga al dolor
físico (admonitoria), el dolor síquico también
nos advierte, en tanto mero dolor síquico, ya sea de un daño
ocasionado a nuestro cuerpo, ya a nuestra propia sique. Es decir,
sentimos el dolor síquico, de acuerdo a la postura terminológica
en que nos situemos, en nuestra "mente", en nuestro "ánimo",
en nuestro "espíritu" o en nuestra "alma", si bien estos
dos últimos conceptos quedan excluidos, por su carácter
metafísico, de una concepción científica (o
cientificista) de la sique (3). Sin embargo, estimamos que,
por el contrario, la sique tampoco puede ser reducida a fenómenos
puramente biológicos, ya que su existencia como fenómeno
puramente biológico no es demostrable en el laboratorio;
además, su fenomenología no es asimilable a una fenomenología
estrictamente biológica (4). Por ello, con todo lo
desacreditada que se encuentra hoy la metafísica en el ámbito
científico, la sique, como fenómeno de hecho, continúa
siendo un fenómeno recalcitrantemente metafísico.
Hemos dicho, pues, que hay un dolor que se siente
en la sique, como el dolor, por ejemplo, que siente una persona
que ha sido despedida injustamente de su trabajo. La admonición
de este dolor consistiría en advertirnos que quedar cesantes
es un perjuicio no solo para nuestro organismo, sino especialmente
para nuestra persona (en múltiples aspectos, como por ejemplo
la carga síquica adicional de haber sido despedidos injustamente),
e incluso para aquellos que dependen de nosotros.
Sin embargo, el dolor síquico no se reduce
a la recepción de un estímulo doloroso definido y
regular, como ocurre, por el contrario, cuando todo ser humano (en
condiciones que denominamos "normales"), por ejemplo, se clava un
fierro en una pierna, situación que para todos será
probablemente altamente dolorosa, con una sensación dolorosa
probablemente muy similar, y frente a la cual nuestro "organismo"
reaccionará de forma también similar: a través
del deseo de retirar el elemento punzante de nuestra pierna, y de
sanar la herida (por ejemplo a través de la coagulación
y cicatrización) para reponer la homeostasis corporal. No
podemos evitar ya, sin embargo, comenzar a introducir en nuestro
análisis el componente síquico que se hace presente
en toda experiencia física, o semifísica -diríamos
quizá en este momento-, del dolor (5).
El dolor que se realiza como tal en nuestra sique
no es ni definido ni regular. Es más, creemos que puede ser
llamado dolor casi como una mera metáfora, porque
de hecho es la sensación particular que referimos a una parte
de nuestro cuerpo, a la que todos llamamos en estricto rigor dolor.
Quizás el nombre más apropiado para el dolor actualizado
en nuestra sique debiera ser sufrimiento. El sufrimiento,
por su parte, adquiere las formas, variaciones, intensidades, evoluciones,
asociaciones, motivaciones, más variadas que puedan imaginarse.
El sufrimiento, como la mayoría de los fenómenos síquicos,
representa un universo fenomenológico altamente complejo
y dinámico, cuyo conocimiento actual pensamos que se encuentra
limitado por concepciones y metodologías que se condicionan
a partir de supuestos a priori (incluso las consideradas
más científicas), o simplemente por la condición
inobservable del fenómeno síquico, lo que se traduce
tanto en una incompletud de la información del "objeto síquico"
(6), como en una indemostrabilidad de la misma información.
De otra parte, el dolor físico se manifiesta
como una modalidad sensitiva específica, pero común
a todo nuestro organismo, y que es reconocible como tal de acuerdo
con variaciones de intensidad de ciertos estímulos nerviosos,
los cuales rangos, aunque varían de acuerdo con cada individuo,
pueden, no obstante, ser reconocidos cualitativamente como iguales
en la generalidad de las personas. En condiciones normales, por
ejemplo, el efecto sensitivo (dolor) que sentimos si una llama
quema nuestra mano, será semejante en la mayoría de
los seres humanos. Sin embargo, las percepciones sensitivas
que podemos asociar al sufrimiento son innumerables y, muchas
veces, difíciles de definir cualitativa y cuantitativamente.
¿Llamaremos sufrimiento a la tristeza, a la nostalgia,
a la rabia, a los celos, a la angustia, a la ambición, al
orgullo, a la inseguridad, al temor, etc.? O bien, ¿desde qué
grado de intensidad llamaremos a las mismas sensaciones sufrimiento?
¿Acaso sensaciones como la alegría, el placer, la paz,
es decir, todas aquellas sensaciones que asociamos a la sensación
contraria al sufrimiento (esto es, el bien), bajo ciertas condiciones
existenciales y de grado, ¿no son calificadas de sufrimientos,
y, por tanto, de males?
Hablar, entonces, de una función
definida del dolor síquico, o sufrimiento, no se ajusta a
una fenomenología compleja del sufrimiento, de manera que
sería preciso asignar al mismo una funcionalidad múltiple,
e incluso dinámica y casuística. En otras palabras,
definir para qué es el sufrimiento o para qué
se sufre, no es una cuestión ni trivial ni, sobre todo, objetiva.
¿Quién podría definir para qué sufrimos,
por ejemplo, cuando perdemos a un ser querido? Es verdad que en
todo sufrimiento también hay una descompensación de
la homeostasis síquica, por lo cual podríamos, en
nuestro ejemplo, suponer que sufrimos para recuperar la pérdida
de nuestro ser querido. Sin embargo, se puede sufrir su muerte por
innumerables motivos y finalidades (7), sin que el sufrimiento
por la pérdida y deseo de recuperación sea relevante.
Lamentablemente, la postura científica contemporánea
sostiene tácitamente que sufrimos para sufrir, es decir,
solamente en vista de la recuperación de nuestro bienestar
síquico, como si el sufrimiento indicase o advirtiese, al
igual que el dolor físico, que hay un estado síquico
alterado que debe ser reequilibrado (como homeostasis síquica)
y nada más. Esta concepción del sufrimiento como mero
dolor físico se hace evidente a la hora de tratar el sufrimiento:
se trata, en general, como si fuese el problema en sí mismo;
vale decir, lo importante para cierta medicina de la mente es eliminar
el sufrimiento como fenómeno, pero no como síntoma;
o dicho de otra manera, eliminar el sufrimiento, pero no la causa.
Tomando nuestro ejemplo de la muerte de un ser querido, equivale
a eliminar todo sufrimiento, a pesar de que sigamos pensando que
su muerte es algo terrible. Así entendido el sufrimiento,
implicaría que, aunque la causa del sufrimiento sea externa
al mismo (un hecho que daña nuestra sique), la finalidad
del sufrimiento sería irrelevante como contenido existencial,
de manera que su única o principal importancia sería
la de señalar un mero contenido síquico dañado
(el sufrimiento mismo), el cual, una vez eliminado, devolvería
la homeostasis síquica, independientemente del sentido de
la muerte, que nos seguirá acompañando existencialmente.
Un siquiatra, por ejemplo, puede eliminar nuestro sufrimiento por
la muerte de un ser querido, pero no puede devolvernos a nuestro
ser querido, es decir, no puede restaurar la condición síquica
original desde el punto de vista de su contenido significativo.
Pero ¿es tan evidente que nuestro sufrimiento debe ser eliminado,
aunque no recuperamos a ese ser querido? O bien, ¿es necesario,
o sano, eliminar el sufrimiento, aunque las preocupaciones que lo
motivaron queden sin resolver?
Si establecemos un paralelo con el dolor físico,
podemos comparar el sufrimiento ocasionado por nuestra pérdida
síquica, con el dolor, por ejemplo, ocasionado por la amputación
de una pierna. El dolor que se siente en la pierna no pretende sino
que el daño en nuestros tejidos sea resuelto homeostáticamente,
pero no, por ejemplo, que la pierna sea reimplantada en su lugar
original. Es evidente que, siendo diferente estructural y funcionalmente
el sufrimiento, es tratado por lo general como un mero dolor físico:
esto es, que el dolor es independiente del daño sufrido,
y que, por lo tanto, se puede eliminar el dolor sin que ello repercuta
en cualquier aspecto del fenómeno que lo provocó.
Más aún, que siempre es bueno eliminar el dolor, una
vez que se ha determinado la causa del dolor admonitor.
Sin embargo, con ello no queremos insinuar que
el dolor síquico, o sea el sufrimiento, no sea desde todo
punto de vista un mal, ni menos que sea un bien. En realidad,
creemos que el sufrimiento también es un mal, pero un mal,
en todo sentido, distinto que el mal del dolor. Así, pues,
creemos que el sufrimiento, a diferencia del dolor, sí guarda
una estrecha relación con el daño sufrido, de manera
que no es una cuestión accidental ni irrelevante para la
persona que sufre, el eliminar su sufrimiento. Primero, el
sufrimiento oculta sus raíces en las profundidades del inconsciente,
hasta donde eventualmente no puede ser alcanzado por ninguna
conciencia. Segundo, el sufrimiento no se localiza en un
lugar preciso de la sique, sino que parece difundirse a través
de ella. Tercero, el sufrimiento es un contenido significativo,
y probablemente funcional, que se asocia a la experiencia personal
del yo. Cuarto, el sentido del sufrimiento es variable, complejo
y dinámico.
Ahora bien, si consideramos que el sufrimiento
es un mal (8), pero también un fenómeno síquico
que desencadena en la sique un proceso reactivo complejo y difícil
de evaluar, entonces ya no será tan evidente la necesidad
o naturalidad de eliminar directamente el sufrimiento. Con ello
queremos decir que el sufrimiento en sí mismo es una señal
que se ha vuelto significativa y estructural a nuestra propia sique,
y que requiere de un estudio sicológico especial para determinar
su causa, sentido y valor. Esta paradójica condición
del sufrimiento, que, por una parte, se vuelve funcional para nuestra
propia sique, pero que, por otra, sigue siendo un elemento extraño
a la misma y que debe ser eliminado de nuestra sique, hace -o debiera
hacer- sumamente delicada y difícil la tarea de determinar
cuáles sean las condiciones compensatorias de las funciones
del sufrimiento, una vez eliminado directamente el sufrimiento (9).
Veamos a continuación un ejemplo que pueda
hacer más evidente ambos puntos de vista:
1º Tratamiento del sufrimiento como mero
dolor:
A una mujer de treinta años se le ha muerto
su primer hijo a los pocos días de nacer. La mujer cae
en una profunda depresión; es tratada inmediatamente con
medicamentos antidepresivos. Desaparecen los síntomas de
sufrimiento depresivo, pero la mujer continúa sufriendo
la pérdida: ¿podría haber algún medicamento
que hiciese desaparecer este sufrimiento? La mujer es sometida
entonces a una terapia de sueño. Finalmente, después
de tres meses de tratamiento, la mujer se siente normal, ya no
sufre al recordar a su hijo (10).
2º Tratamiento dinámico del sufrimiento:
La misma mujer que perdió a su hijo de
días, se encuentra sumida en una profunda depresión.
La mujer siente deseos de morir. Su sistema síquico se
encuentra muy alterado y en evidente proceso desintegrativo. Es
tratada con medicamentos antidepresivos que le permiten estabilizarse
anímicamente. Sin embargo, supuesta la multiformidad del
sufrimiento, el médico realiza una evaluación profunda
e integral de los contenidos síquicos asociados al sufrimiento
en la mujer. Descubre, por ejemplo, que la mujer teme no poder
volver a tener hijos, y que, de tener uno, volvería a morir.
Descubre que la mujer, durante su embarazo, había creado
un intenso nexo afectivo con el hijo nonato. Descubre que la mujer
se niega a aceptar la muerte de su hijo, y que, como creyente,
no acepta que Dios pueda haberle quitado a su hijo para hacerla
sufrir. Descubre que para esta mujer la maternidad es el mayor
sentido de su vida. Descubre que la mujer reacciona ante el fenómeno
de la muerte con un sentido de pérdida personal irreparable,
de manera que este valor repercute en el conjunto de su estructura
síquica. Descubre que, en cierto sentido, a partir del
sufrimiento esta mujer ya no puede volver a ser síquicamente
la misma.
En el primer tratamiento -proponemos- la mujer
ha sido anestesiada síquicamente, sin que por ello la alteración
síquica homeostática haya sido superada. Es más,
al ser suspendida la funcionalidad natural del sufrimiento, sus
procesos síquicos evolutivos y sistémicos, que requieren
necesariamente de la función sufrimiento en vista
de su adecuada relación, se desorganizan desde un punto de
vista homeostático ideal, rebajando necesariamente el status
síquico de la persona, la cual, aunque pueda parecer normal,
o la misma, ha disminuido en su potencial y en su activo síquicos.
Con el segundo tratamiento, en cambio, el médico
determina la funcionalidad del sufrimiento en la sique de la paciente,
a fin de ir facilitando la integración y superación
del mismo por medio de una terapia de acondicionamiento
de todas sus categorías síquicas, formales y existenciales
(11). Es decir, el sufrimiento no puede ser eliminado sin
más, como un mero elemento extraño en la sique. En
cierto sentido el sufrimiento es síquicamente necesario,
de manera que su contenido funcional en la sique particular debe
ser primero determinado, para posteriormente reemplazar el contenido
doloroso-negativo a través de un proceso de adecuación
(acondicionamiento) síquica integral (formal y existencial)
al fenómeno que originó la alteración síquica
dolorosa.
Si concluimos, entonces, que incluso el sufrimiento,
o en su sentido más general el mal (como mero fenómeno
físico y síquico), desempeña de manera natural
una función dinámica y progresiva en la sique humana,
debemos igualmente suponer que nuestra sique posee una suerte de
programa de sufrimiento integrado, capaz de afrontar eficiente y
evolutivamente tanto los fenómenos que originan el sufrimiento,
como las consecuencias síquicas que estos mismos fenómenos
ocasionan. Por lo tanto, solo si somos capaces de decodificar
este programa del dolor, podremos llegar a transformar ese mismo
programa en un sistema dinámico y evolutivo, pero exento
del componente negativo o doloroso (componente meramente admonitorio).
En fin, es también necesario reconocer que este programa
posee un fundamento metafísico, es decir que, incluso el
dolor físico, pero mucho más el síquico, es
originado a partir de valores, sentidos y funciones mentales (12),
tal como parece deducirse de la naturaleza productiva mental del
sufrimiento. Es decir, la mayoría de las veces el sufrimiento
surge de una experiencia significativa (existencial), la cual desencadena,
desde la experiencia mental (plano significativo), toda una fenomenología
sistémica síquica y orgánica.
Es precisamente en este punto fundacional del sufrimiento,
del dolor, e incluso del mal, que los paradigmas científicos
contemporáneos se ven inevitablemente sobrepasados por la
dimensión metafísica (13) de estos fenómenos,
de manera que se detienen aquí, y ya no pueden agregar nada
más. Pero es precisamente en esta dimensión donde
parece sustentarse y consolidarse la condición más
propiamente humana, como individuación consciente y libre
(14), y en la cual se podría descubrir, entonces,
una razón personalizada de los fenómenos
síquicos y físicos, los cuales, sin embargo, también
participan (formando un compuesto) de lo que podríamos llamar
una razón biológica.
3. El dolor en una ontología en la fe
Hoy por hoy no es concebible hablar acerca del
alma y del espíritu ante una mayoría que entiende
erróneamente la ciencia como mera experimentación
(15). La vieja metafísica que ponía en el centro
mismo de su discusión la existencia de Dios y del alma
ha sido culturalmente postergada a los círculos académicos
y religiosos. Una brecha profunda, pues, se ha creado, sin metafísica,
entre la ciencia de la sique y la fe del alma. Sin embargo, siguen
existiendo en nuestra propia experiencia aquellos fenómenos
síquicos que dieron pie a las grandes concepciones metafísicas
del alma; e incluso siguen existiendo sin ser explicados satisfactoriamente
desde una concepción materialista.
El problema del dolor y del sufrimiento, tal como
lo hemos venido desarrollando, nos ha traído a los límites
del paradigma científico contemporáneo. El sufrimiento,
particularmente, hace manifiesta una dimensión de la sique
que no puede ser explicada de manera satisfactoria -o ni siquiera
puede ser explicada- en el rango de lo meramente síquico,
y nos pone en la disyuntiva de aceptar que el ser humano es solo
un conjunto de células especializadas y organizadas, o bien
que lo humano por excelencia trasciende este conjunto de
células del que estamos igualmente formados. En el apartado
anterior hemos visto dos planteamientos contrarios, pero igualmente
inmanentistas. En todo caso, el segundo deja abierta la posibilidad
de buscar una razón en la dimensión metafísica
del ser humano, e incluso de alzar un vuelo hipotético hasta
una eventual dimensión trascendente de la sique.
Es en esta dimensión trascendente de la
sique donde históricamente la fe ha pronunciado su verbo.
Un verbo que tiene su origen autoproclamado en el Verbo de Dios.
Es decir, la fe afirma que la razón del alma (su raíz)
es Dios. ¿De dónde -es natural preguntarse- la fe obtiene
esta certidumbre, aquella que, por su parte, la ciencia obtiene
de la comprobación de los sentidos y de la coherencia de
la razón? La fe responde que de una zona profunda del alma,
donde se experimenta precisamente el fenómeno singular de
la fe. Pero no todos los seres humanos experimentan la fe, y sí
la mayoría posee todos los sentidos y la razón. Si
a ello agregamos que la fe no es fe de cualquier cosa, en cambio
los sentidos y la razón dan cuentas detalladas de nuestro
entorno, comprenderemos fácilmente que la fe haya sido postergada
epistemológica y ontológicamente, en beneficio de
la ciencia.
Sin embargo, la fe no puede ser desmentida en la
actualidad por la ciencia, aunque esta la castigue con el aislamiento.
La fe continúa explicando el sufrimiento a partir de una
dimensión metafísica, cuya condición ontológica
solo parcialmente es lógica, y, en cambio, sobremanera espiritual
(como condición supralógica). ¿Cómo podría
no ser así, si las profundidades existenciales y esenciales
del alma humana se inmergen en la sustancia misma de Dios? (16).
Solo Dios conoce nuestra alma en aquella hondura
que nosotros mismos desconocemos. El sentido verdadero de nuestro
propio ser, lo que llamamos su razón, se mantiene,
si no en la más completa oscuridad para nosotros, al menos
en una lastimosa penumbra que desorienta nuestra conciencia. En
buena medida, estamos entregados a la gracia reveladora de Dios,
quien, desde su perfecta providencia, nos envía de tanto
en tanto un rayo de conocimiento revelado. Las Sagradas Escrituras
son palabra revelada de Dios. En ellas se nos descubre un sentido
del sufrimiento y del dolor que, de otra manera, hasta antes de
la venida de Jesucristo hubiese permanecido ignorado por nosotros.
De hecho, Jesucristo mismo encarna la segunda gran revelación
del sufrimiento humano y de la misericordia divina (si es que no
consideramos otras grandes revelaciones movidas por el mismo espíritu,
como por ejemplo la enseñanza de Buda).
Según el Génesis el sufrimiento humano
se substancializa en el hombre como consecuencia de una culpa original
(la desobediencia a Dios). Es Dios mismo quien otorga un sentido
al sufrimiento humano (17). Es decir, gracias a Dios, el
sufrimiento (lo mismo que el mal) se integra coherentemente a la
condición humana, aunque en su origen sea un elemento extraño
a su naturaleza. Así, pues, el sufrimiento queda integrado
al ser humano con una doble relación: por una parte, marca
y hace crítico el distanciamiento de la naturaleza humana
respecto de su vinculación divina original. Es decir, cumple
parecida función a la que la ciencia moderna le reconoce
al dolor: admonición. Esto es, nos impele a recobrar
nuestra homeostasis esencial, porque nuestro sufrimiento de ser
nos advierte esa profunda herida que clama por su salud (salvación).
Sin embargo, es preciso destacar que desde esta concepción
religiosa es inconcebible una sanación y aniquilación
del sufrimiento realizadas y completadas exclusivamente por el hombre,
ya que la naturaleza, el origen y sentido del sufrimiento están
implantados y mantenidos desde un afuera del hombre. Es decir, el
hombre no puede llegar a controlar su sufrimiento de ser. Más
aún, el sufrimiento de ser se difunde por todas sus manifestaciones
de humanidad, determinando una conservación esencial
insuperable del sufrimiento desde la inmediatez, por más
que el sufrimiento como sentimiento efectivo e inmediato pueda ser
eliminado por métodos estrictamente humanos. Lo que desde
una epistemología científica podría parecer
una suerte de fantasma espiritual del dolor físico y natural
(el sufrimiento del ser), desde una ontología en la fe se
invierte el sentido de realidad, transformándose el
sufrimiento del ser en el dolor verdadero, y el dolor síquico
y físico, en un mero fantasma del primero. Es decir, el dolor
físico y síquico carecen de sentido por sí
mismos, y solo lo adquieren desde la providencia de Dios. No es
que Dios cause el sufrimiento humano, porque el sufrimiento, como
una forma más del Mal en el hombre, es precisamente uno de los
efectos de nuestra separación de Dios, de su ausencia forzada
por nuestra libertad. El sufrimiento es como una sombra que en un
comienzo proyectó libremente nuestra libertad (18),
y que ya desde sus inicios se volvió hereditaria y extensiva
a todo ser humano. Sin embargo, Dios asumió también
desde el principio responsabilidad en nuestro sufrimiento, asociándose
gratuita y estrechamente a él, llenándolo providentemente
de sentido trascendental, divino, y, en último término,
redentor.
Es más, la acción redentora de Dios
respecto del mal atraído a la naturaleza humana ya ha progresado
de hecho en dos grandes instancias históricas de salvación:
la primera, por la acción redentora de Jesucristo, Hijo de
Dios, quien ya nos ha liberado ontológicamente del pecado
(19), tal como afirma San Pablo (Ro 8: 1-3):
"Por consiguiente, ninguna condenación pesa
ya sobre los que están en Cristo Jesús. Porque la
ley del espíritu que da la vida en Cristo Jesús te
liberó de la ley del pecado y de la muerte. Pues lo
que era imposible a la ley, reducida a la impotencia por la carne,
Dios, habiendo enviado a su propio Hijo en una carne semejante a
la del pecado, y en orden al pecado, condenó el pecado en
la carne [........]"
La segunda, por la acción redentora del
Espíritu de Dios, el cual nos fue transmitido por la intercesión
de Jesús (íd., Ro 8: 14-17):
"En efecto, todos los que son guiados por el Espíritu
de Dios son hijos de Dios. Pues no recibisteis un espíritu
de esclavos para recaer en el temor; antes bien, recibisteis un
espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abbá,
Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu
para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y, si hijos,
también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo,
ya que sufrimos con él, para ser también con
él glorificados."
A partir de estas dos grandes revelaciones, y solo
por medio de la fe, puesto que el ser humano es incapaz de aprehender
por sí mismo el contenido de esas revelaciones, debemos aceptar
que ha cambiado la esencia misma del hombre, y, en lo particular,
también su relación con el mal y el sufrimiento. Hay,
por decirlo de alguna manera, una dimensión profunda y esencial
del espíritu humano en donde el sufrimiento ha sido aniquilado
a través de una acción terapéutica perfecta:
la Voluntad del Padre, la encarnación redentora de su Hijo,
y la donación definitiva del Espíritu de Dios. Esta
dimensión profunda y casi secreta del espíritu humano
es mediada hasta nuestra consciencia a través de una "zona
mística" del alma, que provee el puente entre nuestra experiencia
esencial y continua de Dios, pero normalmente inconsciente, hasta
nuestros niveles síquicos más inmediatos a la consciencia.
Desde una ontología en la fe, pues, esta
acción terapéutica debiera ser considerada el paradigma
terapéutico por excelencia en toda relación humana
posible con el mal, el sufrimiento y el dolor. Es más, toda
epistemología científica del sufrimiento y del dolor
debiera quedar lógica y funcionalmente subordinada a una
ontología en la fe. Es desde este supuesto que hemos venido
reconociendo que el sufrimiento humano adquiere su verdadero sentido
en la providencia de Dios, de manera que cualquier asignación
de sentido o sinsentido al sufrimiento que desconozca esta raíz
y esta jerarquía, distorsiona gravemente el sentido verdadero
del mismo.
4. ¿Es posible conciliar una epistemología
científica con una ontología en la fe?
Al intentar establecer una primera aproximación
entre las dos grandes concepciones que han sido presentadas en este
trabajo, debemos reconocer de inmediato la inmensa distancia que
separa ambas concepciones, por más que ambas puedan coexistir
sin desautorizarse recíprocamente en sus ámbitos específicos
de realidad. Sin embargo, conservar esta diplomática distancia,
como se ha venido haciendo los últimos dos siglos, no
es una mera cuestión de sana convivencia sociocultural entre
la ciencia y la fe. Creemos que la única manera de llegar
a la verdad en lo que concierne al sufrimiento y al alma, no es
enfrentando una postura contra la otra, en el sentido de que solo
la fe, o solo la ciencia, es la poseedora exclusiva de la verdad,
sino, partiendo de la hipótesis probable de que ambas son
portadoras significativas de verdad, particularmente en aquello
que hasta ahora ha sido su ámbito específico de conocimiento
y experiencia, es preciso buscar el punto eficaz de relación
entre ellas. La cuestión verdaderamente problemática
creemos que sigue siendo la incapacidad del hombre de descubrir
y habilitar en su propia alma, la zona mística o de
tránsito, para el acceso de la conciencia hasta allí.
Suponer que esta zona mística representa
algo así como el eslabón perdido entre Dios y la consciencia
humana, ciertamente supone una disposición especulativa -que
nosotros creemos razonable- sustentada en lo no evidente. Sin embargo,
existen actualmente algunos indicios importantes que parecen hacer
promisoria la búsqueda a partir de estos supuestos:
1º La misma doctrina cristiana afirma la
relación ontológica, epistemológica y sicológica
entre Dios, su Espíritu y el alma humana, en una dimensión
profunda y esencial de la misma alma.
2º Importantes religiones y filosofías
orientales, tales como el brahmanismo (20), budismo
(21), hinduismo (22), taoísmo, reconocen una
dimensión profunda del alma humana, en la cual la inmanencia
de la consciencia puede lograr la trascendencia (ya como experiencia
de autotrascendencia, ya como trascendencia absoluta).
3º La sicología analítica
de C. G. Jung introduce en la sicología contemporánea
conceptos que provienen de las religiones tradicionales y de experiencias
esotéricas y marginales a la mentalidad racionalista del
hombre moderno, que se orientan en la misma línea interpretativa
de una zona mística en el alma humana (23).
Con todo, creemos que mientras no haya un progreso
significativo en el ámbito de las ciencias exactas y de la
tecnología, la mentalidad racionalista y positivista del
hombre contemporáneo se negará no solo a aceptar un
nivel tal de realidad en el alma humana y en la realidad, sino también
estará epistemológica y técnicamente incapacitada
de investigar en ella.
Hoy por hoy, sin embargo, asistimos a los largos,
dificultosos e irreconciliables pero necesarios discursos y planteamientos
acerca de la naturaleza del dolor, del sufrimiento, del mal, a través
de los argumentos insuficientemente probatorios a los ojos de sus
oponentes cientificistas, de todas aquellas disciplinas del conocimiento
que se alinean desde una ontología en la fe; y, como contrapartida,
a los argumentos y "demostraciones" igualmente no probatorios y
especialmente insatisfactorios (24) de las disciplinas sustentadas
en una epistemología científica.
Creemos, pues, que será preciso esperar
todavía algún tiempo antes de encontrar una respuesta
integral y universalmente satisfactoria en relación con el
problema del dolor, del sufrimiento, de la dimensión profunda
de la mente (o alma) y de su relación con el Espíritu
de Dios, ya que todavía la verdad de la fe debe enriquecerse
con originales aportaciones y descubrimientos de la ciencia, tanto
como el conocimiento de la ciencia actual deberá enriquecerse
y adecuarse a la experiencia y conocimiento del universo trascendental
del espíritu y de la fe. En todo caso, la distancia que por
momentos ha parecido insalvable, parece irse acortando gradualmente
en la medida que el hombre piensa e investiga más y más
en el misterio de sí mismo y en el misterio del universo,
tanto como seguramente Dios se aproxima sabiamente a nosotros, mientras
nosotros nos acercamos torpemente a Él.
1 Cf. André Caquot, Jacques Duchesne-Guillemin, Jean Varenne
y Francis Vian, Las Religiones Antiguas. II, Siglo XXI, España,
1977, p. 417: "En primer lugar es preciso circunscribir el área
de los dualismos históricos, comenzando por el Irán
no mazdeo (al menos en cuanto al origen). Aquí se encuentran
los mitos de la conquista de la luz y de la conquista del agua, el
contrato o pacto entre la divinidad y el maligno, el culto apotropaico,
dedicado a este último y, finalmente, la exposición
de los cadáveres."
2 El dolor espiritual, en esta perspectiva antropológica,
es absorbido por el ámbito de lo síquico.
3 Recordemos que la sique y sus contenidos son
considerados actualmente meros epifenómenos del cerebro y
del sistema nervioso.
4 Por ejemplo, la estructura y la legalidad de
muchos fenómenos síquicos (como la consciencia, la
personalidad, la identidad, la razón, el pensamiento, el
sentimiento, etc.) no pueden ser explicadas completamente desde
una fenomenología biológica. Es decir, una cosa es
que células nerviosas especializadas actualicen los
fenómenos síquicos, y otra muy distinta, que los creen.
Lo primero es científicamente demostrable; lo segundo, no.
5 En el caso del fierro, por ejemplo, las características
síquicas personales pueden ser determinantes para causar
distintas percepciones del dolor, e incluso la anulación
completa del dolor. No cabe duda tampoco de que la sique provoca
distintas reacciones somáticas en relación con los
procesos fisiológicos que acompañan y siguen a un
accidente de este tipo. Con esto queremos avanzar que el dolor es
un fenómeno manifiestamente neural, si bien necesariamente
condicionado por la sique.
6 Ya es una contradicción insalvable, desde
una metodología objetivista tradicional, el que la subjetividad
síquica se transforme en objeto síquico
de estudio, e incluso de autoestudio. Es decir, ¿cómo
puede objetivarse la subjetividad, sin dejar de ser mera subjetividad?
7 Por ejemplo, si pienso que el difunto ya no existe
en absoluto; o que está sufriendo por sus pecados; o que
ya no lo volveré a ver jamás; o que mi vida ya no
va a ser compartida con él; o que su muerte fue injusta,
etc.
8 Es decir, una condición anómala
que debe ser eliminada por sí misma, en tanto es extraña
a la entidad en que se encuentra.
9 Como si fuese lo mismo, por ejemplo, que extirpar
un mero tumor.
10 Estamos considerando un caso extremo de lo que
llamaríamos "anestesia del sufrimiento", ya que tales tratamientos
producen efectos y resultados muy variables en distintos pacientes.
11 Entendemos por: a) categoría formal,
las estructuras síquicas funcionales particulares de cada
individuo (pensamiento, afectividad, memoria, etc.); b) categoría
existencial, los contenidos experienciales y su relación
con el yo vivo (es decir, el carácter síquico específico
con que cada uno se relaciona con la existencia real y eventual).
12 Entendemos que la mente, más el cerebro,
más el sistema nervioso, conforman un circuito de hecho,
pero que el conocimiento de su relación causal se mantiene
actualmente en estado de mera hipótesis. En todo caso, nuestra
hipótesis supone para el mismo circuito un dualismo causal.
13 Esto es, el universo de lo síquico-mental
y de lo espiritual (en todas sus acepciones).
14 Por ejemplo, en la autodeterminación
de los contenidos de la conciencia.
15 Y no -como debiera- de una ciencia universal
de la experiencia.
16 Con todo, es mucho más difícil
sostener la veracidad de una epistemología en la fe, que
la de una ontología en la fe. La fe parece estar más
asociada al ser que al saber.
17 Cf. Gn 3: 1-24; Ro 5: 12-14.
18 La libertad se compone necesariamente de necesidad
(en Dios) y de accidente (no-Dios). Por ello, el sufrimiento es
un accidente innecesario de nuestra libertad, pero nuestra perfección
(en Dios), una necesidad de nuestra libertad.
19 La comprensión cabal del sentido ontológico
de la redención ejercida por Jesucristo en nuestra naturaleza
humana es ciertamente un misterio que escapa a nuestra posibilidad
actual de comprensión y experiencia, puesto que su razón
se encuentra en el espíritu mismo de Dios, aún no
realizado por el hombre.
20 Cf. Albert Schweitzer, El pensamiento de
la India, Fondo de Cultura Económica, México,
1958, p. 46: "Lo importante en el misticismo brahmánico no
es tanto la redención respecto de la miseria de la existencia
y la liberación del mundo, como la experiencia de ser exaltado
por encima del mundo en la unión con el brahma."
21 Cf. Chang Wing Tsit y otros, Filosofía
del Oriente, Fondo de Cultura Económica, México,
1965, p. 46: "En sistemas como el budismo, el hinduismo y el taoísmo,
en que el misticismo ocupa un lugar importante, no se trata del
misticismo de comunión, sino más bien del de identidad,
o sea, el de pura unidad con Brahman o Tao."
22 Cf. Swami Brahmananda, "The Eternal Companion",
p. 175, en Swami Akhilananda, Psicología Hindú,
Editorial Paidós, Argentina, 1959, p. 199: "Tratad de fijarla [la
mente] una y otra vez, centrándola sobre el Ideal Elegido
y terminaréis absorbiéndoos en Él. Si prolongáis
vuestra práctica durante dos o tres años, comenzaréis
a experimentar una dicha inefable y vuestra mente se tornará
firme y constante. Al principio, la práctica del japam
y de la meditación parece árida. Es como tomar un
remedio amargo: hay que verter por la fuerza la idea de Dios dentro
de la mente. La perseverancia hará desbordar un torrente
de dicha."
23 Significativos en este sentido son los conceptos
junguianos de: inconsciente, inconsciente colectivo, arquetipo,
supraconsciencia, tipo y función de los sueños, etc.
24 Una de las mayores frustraciones que despierta
al sentido común la ciencia contemporánea, consiste
en su mezquina concepción de la maravillosa grandeza de lo
específicamente humano.
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