Introducción

El propósito de esta revisión es recopilar y dar a conocer algunos antecedentes sobre las costumbres de los antiguos araucanos con especial atención a las que se refieren al cuidado del niño, aspecto este último poco difundido.

Antecedentes históricos del pueblo araucano

Al llegar los conquistadores españoles a esta América, en el siglo XV, encontraron una serie de pueblos nativos con distintos grados de desarrollo cultural.

El pueblo araucano vivía en el sur de América del Sur, en una zona de clima muy lluvioso y cubierta de frondosos bosques. Sus orígenes han sido causa de controversia. Latcham (1), sostenía que eran producto del mestizaje surgido, probablemente en el siglo XIII, luego de la irrupción de un grupo étnico moluche, guerrero y cazador, que habitaba las extensas pampas argentinas. Este pueblo cruzando la cordillera habría conquistado los territorios ubicados entre los ríos Bio-bío y Toltén. Al mezclarse con la población autóctona de costumbres sedentarias y agrícolas, habría quebrado la homogeneidad existente (entre el río Choapa y Chiloé) plasmando la división entre picunches, habitantes del norte del Biobío, araucanos, población mestiza entre el Biobío y el Toltén, y huilliches, establecidos al sur del Toltén, hasta la isla grande de Chiloé.

La palabra araucano fue empleada por vez primera por Alonso de Ercilla y Zúñiga en su poema épico La Araucana (2) -una de las obras maestras del renacimiento literario español y publicado en dos partes, en 1569 y 1589- para denominar a los indígenas de la zona de Arauco. Arauco era un fuerte español ubicado al sur de la desembocadura del Biobío.

El término arauco deriva de raq (ragh) = greda y co = agua. Significa, por tanto, agua gredosa. El nombre primitivo correcto sería rauco. Pedro de Valdivia lo habría cambiado por Arauco, que tiene mejor sonido en la lengua castellana.

Sin embargo, todas las tribus que ocupaban el territorio de Chile central se designaban a sí mismas mapuches (mapu = tierra y che = gente).

Los términos auca (con los sinónimos cuca, aucaman) = rebelde, enemigo, y promauca (promaca, poromaca) compuesto de auca y prun o purun = tierra inculta y salvaje, son quechuas y fueron dados por los incas a los indígenas rebeldes que habitaban entre los ríos Maipo y Biobío y que no se sometieron a su dominación.

Los araucanos primitivos carecían de un lenguaje escrito. La mayor parte de lo que conocemos de ellos, sus costumbres en general, su medicina y sus creencias, es producto de crónicas escritas durante la dominación española por historiadores que en su mayoría fueron eclesiásticos o militares. Ya fueran peninsulares o criollos, su ambiente y educación, basados en la tradición católica y humanista clásica, hicieron que estos historiadores conservasen en los tres siglos coloniales algunas características mentales comunes. La escala de valores (religiosos, éticos, culturales) que los regía, era absoluta. Profesaban la verdadera religión revelada por Dios, y creían que los falsos cultos o supersticiones eran obra del demonio. Así, medían con normas cristianas el modo de vida indígena. Muchas de las costumbres de los aborígenes fueron calificadas de bárbaras (3).

Fisonomía del araucano

Eran de baja estatura (promedio 1,61 m el varón y 1,43 m la mujer), con un tronco bien desarrollado, alto y redondo. El cuello era corto y grueso en ambos sexos. La postura de la columna era en extremo vertical. La cabeza, más pequeña que la de los europeos, con ojos pequeños y oscuros. La piel, morena, pero no bronceada como los indígenas de América del Norte. El cabello brillaba por lo oscuro, era fuerte y completamente liso.

Según Encina (4), el aspecto general del araucano está determinado por la robustez y la fuerza de carácter, cualidades que amalgaman la sicología más viril y de mayor energía vital entre las razas del continente americano.

Higiene

Solían bañarse todos los días, en arroyos o ríos, a pesar del clima riguroso que soportaban. Usaban como jabón la corteza del árbol quillay (quillay saponaria) con la cual se frotaban, incluso el pelo. A la llegada de los españoles usaban el pelo corto y cuando iban a combatir se afeitaban la cabeza. No usaban barba. Para afeitarse empleaban dos conchas marinas y ceniza seca y caliente como jabón.

Las mujeres usaban el pelo largo. Con unas cintas decoradas con caracoles de mar, muy blancos y pequeños, trenzaban su cabello y lo lucían sobre la espalda.

Vestimenta

Las vestimentas eran de lana. Los varones usaban unas camisetas sin mangas y una especie de manta que se ponía entre las piernas y cuyos cabos se ceñían a la cintura (chiripá). Otra prenda típica era el poncho, una especie de camiseta cuadrada, abierta por el medio. A través de ese orificio se introducía la cabeza. Las indias también usaban poncho, pero en vez de chiripá usaban una manta ceñida a la cintura, a modo de una falda (küpam.) Los brazos y las piernas, debajo de las rodillas, iban al descubierto.

Las mujeres empleaban en su pecho, como adorno, unas pequeñas piedras verdes agujereadas en su centro y ensartadas, a las que denominaban llancas. Los adornos y joyas de plata (el trarilongko, adorno frontal, el tupu, como un gran alfiler para sujetar el rebozo con el vestido sobre el pecho, y la trapelakucha, adorno pectoral) fueron usados después que aprendieron de los españoles a trabajar los metales.

Organización

Los araucanos no formaban poblaciones al estilo de aldeas o pueblos. Vivían en agrupaciones de familias (ocho o más) emparentadas entre sí o formando clanes en torno a un antepasado común o un tótem. Poseían el suelo en comunidad, al igual que el agua o el aire. Cada familia tenía el derecho a cultivar la extensión de terreno que quisiera. Esta agrupación básica recibía el nombre de lof (lov = familia paterna). Es lo que hoy constituye una reducción. Su jefe era el lonko (denominado cacique por los españoles). La agrupación mayor que seguía a continuación recibía la denominación de levo (levo = lepün = barrer la cancha, escoba) o rehue (lugar del árbol sagrado). En tiempos de paz, al frente de esta agrupación estaba el ulmen (rico, noble), y en tiempos de guerra el toqui (thoquin = distribuir, el que distribuye o manda), que como símbolo de poder llevaba un hacha de piedra. La máxima estructura político-social era el aillerehue (nueve rehues o nueve levos).

Antes de la llegada de los españoles, los levos se asentaban en fértiles valles de ríos o vegas. Luego se vieron forzados a retirarse a regiones menos hospitalarias.

Estructura familiar

La sociedad mapuche era patriarcal y su núcleo básico lo constituía la familia, formada por el hombre, jefe del hogar, una o varias mujeres y los hijos. Al llegar los españoles, practicaban la poligamia. El hombre sencillo tenía dos mujeres. Otros, socialmente mejor situados, como caciques, hijos de caciques y machis, tenían cuatro o más mujeres. Habitualmente el mapuche se casaba con la hermana de su primera mujer y así sucesivamente (poligamia sororal) (3). Esto aseguraba un mejor entendimiento entre las esposas para realizar los trabajos domésticos. Según Encina (4), la poligamia del araucano obedecía más a intereses vitales que a la atracción sexual.

Para contraer matrimonio, la novia era comprada formalmente a sus padres o en ocasiones raptada (con el acuerdo de ella), y posteriormente se negociaba el precio con sus padres. Como era preciso pagar por las novias, el número de esposas dependía de la situación económica del hombre.

Habitación

La ruka o casa en la que habitaba el araucano tenía una sola estancia, sin ventanas. Poseía una o varias puertas y su configuración podía ser oval, rectangular o poligonal. El techo era de forma cónica. Troncos de árboles toscamente labrados formaban las paredes, y vigas transversales aseguraban la estabilidad. El tejado era de una especie de bambú (coligüe) y a estas cañas amarraban atados de pasto o de paja como en un techo de tejuelas. En la parte central de la ruka estaba el hogar. El fuego se mantenía siempre y el humo salía por una apertura en el frontis. Este humo que subía continuamente se unía con lo que rezumaba del techo, formando una masa parecida a la pez, la que funcionaba como un excelente impermeabilizante en la lluviosa región en la que vivían los araucanos.

Durante los fríos inviernos toda la vida de la familia se desarrollaba en la ruka.

Agricultura

Eran esencialmente un pueblo agrícola y relativamente sedentario. El maíz (üva, wá, wwa), la papa blanca (poñü), los porotos (dengul, külwei), el ají (trapi) constituían sus principales cultivos. El mango (bromus mango), planta cuyo fruto se asemeja al centeno, era utilizado para hacer pan. El aceite era obtenido de los granos de una planta denominada malli.

La fruta que más apetecían era el piñón de la araucaria, alimentándose también de otras frutas silvestres como el maqui, la murta, la frutilla, el boldo y el cóguil.

Las bebidas alcohólicas eran obtenidas por fermentación. Bebían chicha de maíz (pulcu mudai) o chicha de manzanas (chisco).

Su alimentación era principalmente en base a vegetales. Ocasionalmente había carne en su dieta, de llama o cordero (luego de la llegada de los españoles).

Aparentemente, la caza no jugó un rol importante en la alimentación. El pescado era el principal alimento para los habitantes de la costa y las tribus ribereñas de los numerosos lagos.

Animales domésticos

Conocían el perro (trewa), el huemul (wemul), el guanaco (luán, lluán o loan) y la llama denominada también weque o chiliweque, procedente probablemente del imperio incaico. La posesión de llamas era símbolo de alcurnia y riqueza. La lana de estos camélidos era muy apreciada, por constituir la única fibra que existía para la elaboración de textiles.

Los españoles introdujeron el caballo, la mula, la oveja y la gallina. Los indígenas se familiarizaron rápidamente con la crianza de estos animales.

Trabajo

En el campo o la huerta, el trabajo estaba en manos de las mujeres. Eran ellas las encargadas de escardar y sembrar. El hombre realizaba el trabajo más pesado: el roce y el barbecho. Sus instrumentos eran de madera. Las siembras y las cosechas eran realizadas en forma comunitaria. La llegada de los españoles significó un cambio en los hábitos de trabajo de los hombres, que hicieron de la guerra un sistema de vida, para la que demostraron excepcionales aptitudes.

Las mujeres hilaban y tejían la lana en telares "que armaban de pocos palos y artificio" (3). El tinte lo conseguían utilizando raíces.

Creencias religiosas

La vida religiosa de los araucanos se centraba en creencias animistas, es decir, creían en la existencia de espíritus que animaban a todas las cosas. Los misioneros del siglo XVII mencionan al Pillán y al Weküfe. El primero se hallaba en el cielo y el segundo en la tierra o el mar. El Pillán truena en el cielo y, por su mandato, nacen o no los sembrados. Recibía también el nombre de Güenupillán o Wenupillán, era el bien y mandaba a los Weküfes, espíritus malévolos situados en el plano terrestre o marino, que eran responsables de plagas, sequías, enfermedades, es decir, todo lo infausto.

A Güenupillán se le ofrendaban sacrificios, y rogativas por las cosechas (ngüillatun.)

Medicina mapuche

La medicina mapuche, al igual que otras medicinas primitivas, estaba basada en el concepto mágico de enfermedad. Las enfermedades o la muerte no tenían causas naturales, sino que eran consecuencia de la acción de fuerzas maléficas sobre las personas. Otros elementos de la medicina eran el empirismo (conocimiento de hierbas o herbolaria) y práctica de algunas cirugías elementales. El agente de salud, el o la machi, mezcla de médico, sacerdote y hechicero, era seleccionado entre sus semejantes por alguna característica particular (algún defecto o haber sobrevivido a un accidente o enfermedad grave).

La machi recibía una intensa preparación antes de ejercer su rol en la comunidad, debiendo conocer sobre las múltiples propiedades de las hierbas y su empleo. Además, aprendía los usos y propiedades de las aguas termales y fundamentalmente técnicas de sugestión colectiva, que eran empleadas a modo de exorcismos. La ceremonia en la cual practicaba este tipo de exorcismo, para extraer el mal introducido por un espíritu maligno en el enfermo, recibía el nombre de machitún. Esta era una de las prácticas más interesantes en su sistema médico-religioso.

El niño entre los araucanos

"Aman en demasía los hijos y mujeres y las casas, las cuales tienen muy bien hechas..". (Pedro de Valdivia. Carta IX, al emperador Carlos V) (5).

El parto

Como todos los pueblos primitivos, los araucanos no se evadieron del temor supersticioso por el parto. La mujer era considerada impura durante ese período, y cuanto entraba en contacto con ella adquiría esa característica. Al comenzar los primeros dolores, la india se alejaba de la ruka, para no tocar objeto alguno. Si lo hacía casual o deliberadamente, se procedía a quemarlo.

Con la debida anticipación se construía, suficientemente alejado del hogar, un pequeño rancho de ramas, con techo de paja, denominado pütracüma (casita del vientre), donde debía ocurrir el nacimiento. Este rancho se ubicaba siempre al lado de un arroyo o río, y allí la india se dirigía acompañada de alguna amiga o pariente con experiencia en partos, llamada cutranduandomo, palabra que significa "mujer que tiene compasión de la amiga" (6).

En el momento del parto, la parturienta se ponía en cuclillas, asida firmemente del poste central que sostenía el techo. Su acompañante le pasaba por el bajo vientre una faja de la cual tiraba firmemente con objeto de impulsar al feto hacia abajo y afuera.

El recién nacido era recibido en un cuero de animal tendido en el suelo. El cordón umbilical se ligaba con un hilo de lana blanca y se cortaba con un cuchillo de pedernal o con una hoja de la planta gramínea Gynerium argentum, cuyos bordes son cortantes. Esta planta recibe actualmente el nombre popular de "cortadera o pasto de mujer", en nuestros campos.

Una vez nacido el niño, la madre se introducía con él en el agua del arroyo y se lavaba, bañando también al neonato. Entretanto, la compañera, a modo de ritual, mataba un cordero nuevo o más ordinariamente una gallina, con cuya sangre rociaba el poste y el rancho. Con la carne preparaba un caldo que servía a la nueva madre. Los parientes dejaban alimentos en la vecindad del rancho, pero no tenían ninguna comunicación con la madre o su compañera.

Si la familia era pobre, la india volvía al tercer día a sus quehaceres domésticos. Cuando la familia era acomodada, permanecía en el rancho por ocho días. Después de ese tiempo volvía a la ruka, donde sus familiares la esperaban con una gran fiesta para celebrar el nacimiento (6).

Según el padre Rosales (7), cuando la madre entraba a la ruka con el niño, le nombraban con el nombre que le habían puesto, diciéndole "seas bienvenido fulanito" y brindando con chicha. Este regreso daba lugar a una de las fiestas de mayor resonancia entre los araucanos, en la cual la alegría no decaía un solo instante gracias a la chicha de maíz o manzana circulante.

Con relación a las enfermedades del parto, este mismo autor (7) sostiene que los partos o alumbramientos retardados eran acelerados con mutún, "porque sus raíces cocidas y dadas a beber apresuran el parto...". El mutún o mutrún es la planta conocida con el nombre de "dondiego de la noche" de la familia de las Enoteráceas (Oenotherea berteriana Sp.). Con respecto a los abortos, estos eran muy escasos, pues "son las mujeres tan fuertes y tan sin melindres ni antojos que nunca malparen por antojadizas, si no por trabajadoras y por cargar cosas pesadas".

El recién nacido

Felipe Gómez de Vidaurre (9) refiere: "crían todos sus niños a sus pechos y sin fajarlos; todos los días, desde el primero que los parieron los bañan con agua fría el tiempo que hiciere y sea la estación que fuere...". Los recién nacidos no se fajaban, se envolvían en mantas "...y sin estrechar sus delicados miembros. A este modo de criarlos se debe atribuir el que no se vea entre ellos hombres contrahechos". Se colocaban sobre pieles en una cuna llamada chigua, que tenía forma de cajón o de cesto y que se colgaba de las vigas del techo de la ruka con un cordel o correas. Pendía de la cuna una cuerda, y la madre de vez en cuando la mecía sin dar tregua a sus habituales trabajos.

Utilizaban como cuna portátil otro aparato, el cupülhue. En este, el pequeño se mantenía en postura vertical, convenientemente envuelto en mantas, con los brazos libres. Esta cuna se usaba cuando las mujeres salían de la casa llevándose consigo las criaturas. Para tener los brazos libres, la madre llevaba el cupülhue en su espalda, suspendido de la frente por una correa. Para descansar, lo sacaba y lo dejaba parado, ligeramente inclinado hacia atrás y apoyado contra un árbol. Este aparato se usaba hasta que los niños aprendían a andar (9).

La madre alimentaba a su hijo al pecho durante el primer año, y a veces hasta los dos. Asimismo, tan pronto como podía, lo acostumbraba a la alimentación de los adultos.

Crianza y educación de los niños

"En lo que usan los niños, en teniendo
Habilidad y fuerza provechosa,
Es que un trecho seguido han de ir corriendo
Por una áspera cuesta pedregosa;
Y al puesto y fin del curso revolviendo
Le dan al vencedor alguna cosa;
Vienen a ser tan sueltos y alentados,
Que alcanzan por aliento a los venados".

Alonso de Ercilla y Zúñiga

Juan Ignacio Molina, refiriéndose a la infancia, decía (10): "Cuando estas criaturas principian a caminar, lo que hacen muy presto, no les ponen ni corpiños ni otras ataduras, los tienen ligeramente vestidos y los dejan andar por todas partes y comer de todas las cosas. Formándose así por ellos mismos, resultan bien hechos y menos expuestos a las enfermedades que trae consigo la delicadeza de la educación". Latcham (11) refiere que en la realidad esto no era tan efectivo, "ya que la mortalidad de párvulos era alta entre los araucanos. Una causa importante de esta alta mortalidad, era el descuido de las madres, al embriagarse por varios días seguidos junto con sus maridos, en las numerosas fiestas que tenían, dejando a los niños expuestos al hambre, las infecciones y los accidentes".

A los niños se les enseñaba desde pequeños una conducta social. Aprendían a ayudar a sus padres y a sus hermanitos, a saludar dando la mano y a callar cuando hablaban los grandes. El padre Rosales escribía: "Lo que más enseñan a sus hijos e hijas es ser hechiceros y médicos, que curan por arte del diablo, y a hablar en público y a aprender el arte de la retórica para hacer parlamento y exhortaciones en la guerra y paz. Y para esto tienen sus maestros y su modo de colegios donde los hechiceros los tienen recogidos y sin ver el sol en sus cuevas y lugares donde hablan con el diablo y les enseñan a hacer cosas aparentes que admiran los que las ven, porque en el arte mágico ponen todo su cuidado, y su grandeza y estimación está en hacer cosas que admiran los demás" (7).

Por su parte, Pedro Ruiz Aldea (12) comenta: "A la edad de ocho años, el niño es dueño del espacio y del tiempo: unas veces, cabalgando en su corcel recorre los campos en persecución de los animales; otras, armado de su chueca, impulsa la bola hasta sentirse desfallecido, en el juego del palitún; y otras, aprende el manejo de los laques (boleadoras) y el ejercicio de la lanza. Su enseñanza moral está circunscrita a reconocer la existencia del Ser Supremo, a tributarle gracias por los beneficios que recibe, a hacerle algunas ofrendas cuando mate un animal o beba el primer vaso de chicha, a implorar su asistencia en sus enfermedades o conflictos, a amar y respetar a sus padres, a hablar bien su idioma y a defender la libertad y costumbres de su patria".

El padre Rosales refiere: "Con todo esto, los chicos se aficionaban al manejo de las armas; y no se negaban, si les eran impuestos por obligación o necesidad, a soportar largos ayunos o a contentarse con alimentos desabridos o parcos. Por lo demás, la comida era muy frugal, porque sus padres no les daban a comer carne ni cosa guisada, sino harina de cebada o de maíz y cosas ligeras. Los mapuches prohibían a sus hijos tomar sal en las comidas, ya que la sal es tierra y pesada y hace a los hombres pesados" (7).

Las niñas eran sometidas a un largo aprendizaje en las labores femeninas: la cocina, el tejido, la alfarería, la fabricación de bebidas fermentadas y los elementos de la agricultura.

Al llegar la pubertad y luego de una iniciación ritual, se les admitía como miembros de la agrupación, permitiéndoseles el uso del apellido totémico. Sobre los ritos con que se celebraban estas iniciaciones no se ha encontrado referencias.

Tampoco se ha ubicado descripciones sobre enfermedades en esta etapa de la vida. Hilger (13) menciona que el machitún rara vez era realizado para los niños.

Palabras finales

Parte importante de estas costumbres del pueblo araucano se fueron perdiendo o transformando con la colonización española. Durante la guerra de Arauco, los mapuches se vieron forzados a preocuparse casi exclusivamente de su defensa contra el invasor. Florecieron de manera asombrosa los instintos guerreros en niños y jóvenes, que aprendieron a usar sus dotes bélicas. Un buen ejemplo es Lautaro, quien aprendió entre los españoles la táctica que debía emplear para vencerlos.

Más tarde, la pacificación de la Araucanía, a mediados del siglo XIX, significó la incorporación "de facto" del pueblo mapuche al Estado chileno, con lo que se suscitaron problemas de ajuste entre dos sociedades, que aún hoy no están resueltos. Estos y otros factores acarrearon cambios radicales en la condición material y moral de los araucanos; esto provocó que su historia y tradiciones sean escasamente recordadas.

Referencias bibliográficas

  1. Latcham, E. Ricardo. La organización social y creencias religiosas de los antiguos araucanos. Publicaciones del Museo de Etnología y Antropología de Chile. Tomo III. Imprenta Cervantes, Santiago, 1924.
  2. Ercilla y Zúñiga, Alonso de. La Araucana. 11ª ed. Editorial Universitaria. Santiago 1997.
  3. Zapater, Horacio. Aborígenes chilenos a través de cronistas y viajeros. 2ª ed. Editorial Andrés Bello. Santiago, 1978.
  4. Encina, Francisco A. Resumen de la Historia de Chile. Redacción, iconografía y apéndices de Leopoldo Castedo. Santiago, 1954.
  5. Valdivia, Pedro de. Cartas. Editorial del Pacífico S.A. Santiago, 1955.
  6. Laval, Enrique. "Algunos aspectos del desarrollo histórico de la obstetricia en Chile". Anales Chilenos de Historia de la Medicina. Vol. I, págs. 31-37, 1960.
  7. Rosales, Diego de. Historia General del Reino de Chile, Flandes indiano. 2ª ed. Editorial Andrés Bello. Santiago, 1989.
  8. Felipe Gómez de Vidaurre. Historia geográfica, natural y civil del Reino de Chile. Colección de historiadores de Chile. Santiago, 1889. (Citado por Gusinde).
  9. Gusinde, Martín. "Medicina e higiene de los antiguos araucanos". Revista Chilena de Historia y Geografía Nº 27. Págs. 87-120 y 177-293, 1917.
  10. Molina, J. Ignacio. Compendio de la Historia Civil del Reyno de Chile. Imprenta De Sancha, 1795.
  11. Latcham, E. Ricardo. "Los niños entre los araucanos". Vol. II, Nº 13, págs. 9-16, 1930.
  12. Ruiz Aldea, Pedro. Los araucanos y sus costumbres. 3ª ed. Ediciones La Ciudad. Municipalidad de Concepción. Concepción, 1999.
  13. Hilger, M. Inez Benedictine Sister. "Araucanian Child life and its cultural background". Smithsonian Miscellaneous Collections. Vol. 133, Washington, 1957.
  14. Bengoa, José. Historia del pueblo mapuche. 5ª ed. Ediciones Sur. Colección Estudios Históricos. Santiago, 1996.
  15. Coña, Pascual. Testimonio de un cacique mapuche. 6ª ed. Pehuén Editores. Santiago, 2000.
  16. Hernández A., Ramos N. Diccionario Ilustrado Mapudungun Español-Inglés. Pehuén Editores. Santiago, 1997.
  17. Noggler, Albert. Cuatrocientos años de misión entre los araucanos. Imprenta y Editorial San Francisco. Temuco, 1982.
  18. Ferrer P. Lautaro. Historia general de la medicina en Chile. Imp. Talca, Talca, 1904.