Introducción
La ética contemporánea se encuentra
en una encrucijada por no hallar una salida válida universal
a los problemas éticos, ya sea en el campo teórico
o en la ética aplicada. Parte del problema es heredado del
tiempo de la modernidad, en que se originaron fracturas en el pensamiento
filosófico. Allí se inició, y no se ha resuelto
todavía, la controversia de si los principios morales son
reales o no.
Además, en el razonamiento ético
contemporáneo, cuando se trata de fundamentar una determinada
posición ética, uno choca con una gran diversidad
de teorías éticas, que aparecen de forma dicotómica
irreconciliables: deontologismo, consecuencialismo, principalismo,
situacionismo, universalismo, contextualismo, con lo que al ser
obligado a elegir entre una u otra posición se cometen numerosas
falacias descalificantes. Existe una gran división en los
procedimientos de decisión ética. Las personas no
se entienden porque no tienen la misma concepción del mundo
y de la vida y, por tanto, la misma jerarquía de valores.
Se tienen diferentes sensibilidades y formas de concebir temas como
la libertad, la responsabilidad o el comportamiento no solo entre
diferentes culturas sino también dentro de la misma cultura
de acuerdo al momento histórico e incluso dentro del mismo
ser humano de acuerdo a la etapa del desarrollo en que se encuentra.
Los debates sobre el aborto, la reproducción asistida, el
status del embrión humano, el derecho a procrear,
los métodos de acortar o alargar la vida, la eutanasia, o
las posibilidades de manipular los caracteres hereditarios ejemplifican
la dificultad de encontrar un fundamento común y, con ello,
de una única línea de argumentación capaz de
hacer compartir las mismas convicciones a todos los miembros de
una sociedad. Pero el imponer como absoluto por la coacción
una determinada forma de pensar ética tampoco es una vía
de solución. Tanto el absolutismo como el relativismo conducen
inevitablemente a la misma consecuencia: la destrucción de
la vida moral.
Se añade el problema de que, para la mentalidad
contemporánea, la filosofía se halla desacreditada
en su capacidad de orientar en la acción y de resolver las
controversias. Más bien se prescinde de la filosofía
como guía para la fundamentación ética. En
la época posmoderna que vivimos, la razón filosófica
ha sido sustituida por la tecnológica, relegando como excedente
inútil los problemas no susceptibles de experimentación
científica.
Parte del problema se debe a una carencia de entendimiento
de lo que constituye la constitución antropológica
del ser humano en la que pueda basarse la ética. Se necesita,
además, de una fundamentación ontológica-metafísica
que parta de la persona, lo cual argumentamos en el presente trabajo
a través de la metafísica genética (1).
de Fernando Rielo.
La herencia de la modernidad en la ética
contemporánea
El proceso más característico del
pensamiento moderno fue la introspección, iniciada por el
pensamiento cartesiano, que encontró en la racionalidad una
forma de librarse de una dependencia ontológica externa al
hombre, buscando la solución a la ética dentro de
la subjetividad.
La característica del hombre moderno fue
buscar en su propio interior la respuesta a la posibilidad de conocer
el universo. Una vía de la modernidad la abrió Hume,
quien contribuyó a la idea de que el principio de la moral
es un sentimiento y, por tanto, los contenidos de la moral se pueden
indagar por medio de la experiencia. Según Hume, el principio
universal de la moral es la búsqueda del placer y la evitabilidad
del dolor, ya que se trata de un sentimiento al que se somete todo
razonamiento en el plano de la acción (2). Esta fue
la base del utilitarismo de J. Bentham y J. S. Mill que fue reforzado
por el positivismo y la ideología de la economía liberal
clásica. En esta línea de pensamiento, la razón
juega un papel auxiliar en la ética, simplemente para organizar
los medios con el fin de hacer óptimo el éxito de
la acción, cuyo fin depende de un sentimiento que no tiene
un fundamento racional. Sobre esta base, resulta lógico que
la moderna teleología haya centrado el criterio objetivo
ético racional en el cálculo de las consecuencias,
desproveyéndolo del ejercicio de los juicios de valor, que
son considerados de carácter subjetivo. El utilitarista juzga
la bondad o maldad de los actos tras analizar el "haber "
y el "debe" de cada opción. No hay ninguna acción
intrínsecamente buena o mala, todo vale si es útil.
El núcleo de la moral está en maximizar la felicidad
y minimizar la miseria y el sufrimiento. Una acción es buena
si el resultado final tiende a este fin, y mala, si se aleja de
él.
La otra vía de la modernidad la abrió
Kant, para quien la moral no radica ni en el sentimiento ni en los
fines dados por la naturaleza, que se pueden seguir sin mérito
alguno siguiendo las inclinaciones naturales. El principio de la
moral ha de encontrase en una voluntad pura, libre de intereses
y pasiones, que siga su propia ley racional a priori: el
deber (3). Bajo esta premisa, la moral aparece bajo el dominio
exclusivo de una razón desvinculada, por principio, de las
condiciones de su ejercicio, convirtiendo toda cuestión ética
en una cuestión del deber.
La ética en el mundo contemporáneo de la posmodernidad
Nos encontramos en una época histórica
que se ha venido a denominar de la "posmodernidad", la
cual se caracteriza por ser una etapa de transición cargada
de un nihilismo de carácter tecnológico, y por la
vivencia de una decadencia moral en la que no se vislumbra proyecto
alguno capaz de ser fundamento del vivir humano; más bien
existe una gran diversidad y tolerancia de las variadas formas de
interpretar la realidad y de valorar éticamente. Se busca
liberar los impulsos naturales, como las emociones y la sexualidad,
y desarrollar una apertura radical a una existencia que se viva
sin restricciones de tipo moral para no imponer un orden a la vida
propia. Hasta las perversiones de tipo moral son bienvenidas mientras
estas reflejen un estilo de vida que ha sido elegido por la persona.
El posmodernismo se caracteriza por negar la existencia de verdades
universales o realidades objetivas: todo es relativo y sujeto a
crítica (4). En la sociedad de hoy crece el escepticismo
sobre la posibilidad de encontrar una fundamentación ética
válida; de este modo, la incertidumbre moral prevalece. El
juicio moral se considera subjetivo dentro de la esfera de lo privado,
y no puede ser materia de coacción por el sistema organizativo
político social. La verdad no existe objetivamente, más
bien es fabricada por cada sociedad o grupo. Si la verdad es relativa,
entonces no es posible la persuasión racional de un grupo
en relación con otro. La razón es reemplazada por
el deseo, o el principio de la búsqueda del placer. No existen
tampoco valores universales, cada grupo debe defender los suyos
propios. Se niega la transcendencia o el acceso a la misma, ya que
nos encontramos unidos a una cultura particular y aprisionados por
su propio lenguaje. La única virtud que permanece es una
especie de tolerancia informe. La realidad se dice no
puede ser conocida, ya que lo único que puede conocerse es
la experiencia personal de cada uno y la interpretación que
se hace de la misma. La moralidad es, de este modo, relativa en
función de la conciencia individual y de las normas que prevalezcan
culturalmente. Se ha dado una progresiva secularización,
y en sociedades en que prevalecían anteriormente los valores
cristianos, hay en la actualidad una renuncia explícita de
estos o son secularizados. Los valores cristianos son atacados,
porque el cristianismo representa una visión que afirma ciertas
creencias necesarias que deben aceptarse para dar sentido al mundo,
y para la mentalidad posmoderna no existen verdades absolutas que
transciendan al individuo (5). Muchos católicos no
aceptan las enseñanzas morales de la Iglesia, opinando que
el Magisterio no debe intervenir en cuestiones morales sino solo
para exhortar conciencias y proponer valores (6). Parte
del problema en la confusión que se vive hoy día sobre
lo que es ético está en la falta de formación
y reflexión sobre temas que necesitan de un gran esfuerzo,
tiempo y talento. La sociedad se encuentra en una situación
crítica de desorientación y desconcierto creada por
la confluencia de orientaciones dispares que han hecho perder al
hombre la conciencia de su identidad. Hoy día se da un derecho
ilimitado a los medios de comunicación social para emitir
toda clase de opiniones acerca de las materias más graves
de cuestiones éticas, frecuentemente tratadas con una gran
superficialidad (7). Hasta se llega a justificar la debilidad
del ser humano y se la pone como criterio de la verdad sobre el
bien, llegando a confundirse todo juicio de valor (8).
Necesidad de una fundamentación antropológica
Teniendo en cuenta la manera de argumentar hoy
las cuestiones éticas, se necesita llegar a un consenso que
parta de la realidad de la persona humana en su integridad que nos
libre del relativismo. La ética debe tener una fundamentación
antropológica, si es que está dotada de un principio
de realidad. Así lo defienden pensadores como Brussino, para
quien la ética no comienza en la razón, sino en una
dimensión anterior a ella, y que es condición de su
ejercicio. La ética consiste en la implantación de
los seres humanos en la realidad como personas, teniendo en cuenta
el trazado personal de sus vidas con respecto a su propia perfección
o plenitud. Esta realidad justifica el uso de la razón en
busca de contenidos que puedan realizar esa plenitud y sean susceptibles
de ser plasmados, a su vez, como normas y deberes (9). Se
necesita complementar el principio de universalización propuesto
por el deontologismo con un principio antropológico que dé
base real a la ética. La fundamentación de la ética
no puede estar basada solamente en la razón, aunque se gane
en universalidad, sino que existen también otras vías
de acceso a lo ético, como el ámbito humano de las
virtudes o de la perfección. La necesidad de una fundamentación
no es una exigencia lógica de la razón, sino una necesidad
metafísica. La razón necesita de principios y contenidos
normativos, fundados en la constitución antropológica
del ser humano.
La cuestión es cómo justificar la
preocupación ética por los demás seres humanos.
No puede basarse simplemente en buscar acuerdos comunes que salvaguarden
los intereses particulares de las personas, ni tampoco en un sistema
de coacción basado en una universalización normativa
de acuerdo con una lógica universalista de la razón.
Más bien la preocupación por los demás seres
humanos se entiende desde una antropología que dé
cuenta de la capacidad del ser humano de salir de sí mismo
e interrelacionarse con los demás.
Para Brussino, la implantación del hombre
en la realidad funda una "comunidad ontológica"
de la cual la ética recibe su primer principio, por cuanto
es el único principio absoluto que, como tal, no admite excepciones,
pero desprovisto de contenido prescriptivo determinado. Este principio
es el de "respeto e igual trato y consideración por
todos los seres humanos en virtud de su dignidad personal (autoposesión
y autorrealización)". Este principio no emana de la
razón, es más bien el "dato" (prerracional)
que todo procedimiento racional ha de respetar canónicamente,
es decir, con el cual han de "medirse" los demás
principios (en el caso de la Bioética, los principios de
beneficencia, no maleficencia, autonomía y justicia), como
también los procedimientos de toma de decisiones. En este
sentido, el principio, aunque formal, es apoyo y exigencia para
la razón ética, y por ello obliga, y de modo absoluto
(10). La naturaleza del ser humano es la condición
de su cultura y lo que le hace estar por encima de la misma, de
manera que el ser humano viva de acuerdo con la verdad profunda
de su ser y así defienda su dignidad personal (11).
En la fundamentación ética se juega
no solo el tipo de racionalidad que subyace a los procedimientos
de decisión, sino también la posibilidad de legitimación
normativa de la ética. Las resoluciones éticas pueden
no conllevar una decisión éticamente correcta al ser
resultado de estrategias racionales sin que se haya respetado la
"regla de oro" de la dignidad personal; como ocurre con
los diversos métodos de argumentación ética:
deontología, utilitarismo, principalismo, situacionismo,
comunitarianismo, ética de los derechos, ética del
carácter, ética de convergencia.
De lo anterior se desprende el límite de
toda fundamentación, que no es sino el límite de la
racionalidad humana. Las teorías éticas, como construcciones
racionales, son provisionales, aunque estén dotadas de la
máxima coherencia lógica. Esta provisionalidad de
la razón no exime de buscar y dar razones, como tampoco anula
que haya razones mejores que otras para justificar una decisión.
La razón humana tiene un carácter aproximativo, por
el cual se puede aprender a tomar decisiones bien fundadas sopesando
razones; tal es el valor de los métodos en ética.
Pero no puede esperarse de la teoría ética una resolución
definitiva de los dilemas y conflictos. Lo real excede siempre los
límites de la razón (12). Así, por respeto
absoluto a los principios (productos siempre de la razón)
se llega a resultados paradójicos, cuando no perversos (por
ejemplo si se acepta como absoluto el principio de preservar la
vida a toda costa, esto choca con el problema del encarnizamiento
terapéutico; si el principio de preservar la vida se hace
relativo, entonces choca con la aceptación de la eutanasia).
Definiciones históricas de la estructura antropológica
del ser humano
Muchas han sido las definiciones que se han dado
acerca de lo que es el ser humano, lo que denota la dificultad de
encasillarlo de una forma racional. Cito como significativas las
siguientes: para Platón, el ser humano es animal sociable,
capaz de ciencia (13). Para Aristóteles, el ser humano
está constituido por alma y cuerpo; el alma es principio
de las funciones nutritiva, sensitiva, la mental y el movimiento
del cuerpo (14). Para San Agustín, el hombre consta
de espíritu, alma y cuerpo, aunque al alma se la puede considerar
también espiritual (15). Para Santo Tomás,
la inteligencia es el constitutivo esencial que define a la persona,
siendo esta considerada como una unidad substancial de alma y cuerpo
(16). Para Descartes, el ser humano es un ser con conciencia
inmediata, un ser con pensamiento (17). Para Kant, es fin
en sí mismo, no puede ser adoptado únicamente como
medio (18). Para Bergson, es homo faber, capaz de
fabricar objetos artificiales (19). Para Hegel, es espíritu,
un ser comunitario, es fuente de la infinitud en sí mismo,
ya que es finalidad por sí mismo y tiene valor infinito y
destino hacia la eternidad en sí mismo (20). Para
Marx, es un ser social, histórico, que trabaja, capaz de
crear relaciones de producción (21). Para Wittgenstein,
es un animal simbólico, capaz de crear lenguaje (22).
Para Scheler, es definido por su relación con el mundo exterior;
el individuo por la relación con la sociedad, y el cuerpo
por la relación con el ambiente (23).
Definición y estructura antropológica del ser humano
según Fernando Rielo
Rielo se aparta de las concepciones tradicionales
que definen al ser humano por una de sus características.
Va más allá. Si se quiere definir la persona, hay
que partir del absoluto metafísico porque la suprema expresión
del ser es la persona. Pero ni el ser ni la persona son los conceptos
abstractos e informes larvados en las distintas filosofías.
El origen de estas concepciones deformadas, que afectan directamente
a la definición del ser humano, ha sido, según Rielo,
el seudoprincipio de identidad. Todo concepto o definición,
para que sea metafísicamente válido, hay que elevarlo
al absoluto y excluir el campo fenomenológico. De este modo,
queda claro que, si hemos de definir, en términos absolutos,
a la persona, no podemos hacerlo recurriendo a la persona en sí
misma o a algo inferior (24). Si elegimos lo primero, tenemos
una definición tautológica del tipo "la persona
es la persona", que carece, por supuesto, de información
alguna: ¿qué puede decirse de "la persona es la
persona"? Si aceptamos lo segundo, hemos reducido a la persona
solo a una de sus propiedades o capacidades: inteligencia, libertad,
trabajo, lenguaje
Estas dimanan de algo más profundo
que nos eleva esencialmente al rango y dignidad de personas. No
se trata solo de ser, sino de la forma de ser: somos, pero somos
algo más. Este "más" es la clave del pensamiento
de Rielo. Y es que el ser humano es + que sí mismo. ¿De
dónde, si no, le viene la capacidad de superarse, de avanzar,
de crecer, sino de ese "+ que sí mismo"? Algo hay
en la persona que es irreductible a ser manipulada por leyes físicas
y químicas: este "algo" es lo que hace a la persona
"más que materia". La capacidad, por otra parte,
del ser humano de establecer unos derechos y su obligación
ética de cumplirlos y hacerlos cumplir confirman, por ejemplo,
esta irreductibilidad de la persona a un materialismo ingenuo o
moderado. Este actuar existencial es el ejercicio de la capacidad
potestativa de la persona humana que, abierta al infinito, encuentra,
sin embargo, su limitación en los procesos biológico,
psicológico, ambiental. Estas limitaciones reales del ser
humano no anulan, en absoluto, su capacidad potestativa, que es,
precisamente, lo que hace a la persona "más que psicología",
"más que ente moral". ¿Qué es, en definitiva,
este "ser + que" materia, psicología, moral, sí
mismo? Dicho de otro modo, ¿qué es lo que constituye
al ser humano como persona, sin caer en expresiones abstractas como
"persona en cuanto persona"?
Rielo acude siempre a su metafísica del
"ser +" o de la concepción genética del
principio de relación. La ruptura del seudoprincipio de identidad
como principio metafísico le dice que no existe el ser en
cuanto ser (25), sino la sustitución de la identidad
absoluta por una congénesis absoluta constituida sin
entrar en el campo de la revelación cristiana por solo
dos personas divinas en inmanente complementariedad intrínseca
(26) que forman el Sujeto Absoluto o Divinidad. De este modo,
Rielo halla en el ámbito racional, rota la identidad y excluido
el campo fenoménico, la concepción genética
de un principio de relación constituido por dos y solo dos
personas divinas: no menos de dos, porque habríamos incurrido
en la identidad de una persona en sí misma; no más
de dos, porque una tercera persona sería, dentro del orden
racional, un excedente metafísico (27). Nuestro
autor ha creído llegar con su principio genético a
la máxima concepción de la persona en toda su riqueza
absoluta: las personas divinas se definen entre sí en tal
grado que constituyen único amor, única unidad, verdad,
bondad, hermosura, etc., absolutos.
Si el Absoluto no estuviera constituido al menos
por dos personas en inmanente complementariedad intrínseca,
no habría posibilidad alguna de relación, por tanto,
de comunicación: y, desde luego, la creación sería
imposible. La razón es muy sencilla: si no hay comunicabilidad
de Dios ad intra, tampoco la habrá ad extra.
Este hecho dicta la racionalidad de la ruptura identitática
de un absoluto unipersonalista que más que monoteísta,
es seudomonoteísta, porque habríase hecho imposible
la posibilidad de cualquier otro ser. El Sujeto Absoluto no podría
dar lo que supuestamente no tiene: el aperturismo que se le ha negado.
Una persona, a nivel absoluto o metafísico, se define, por
tanto, por otra persona, en ningún caso por algo inferior
a la noción de persona, o por algo superior, porque la persona
es la expresión suprema del ser. La persona no se define
por su dignidad ni por su sustancia ni por su libertad, porque no
existe "LA PERSONA", antes bien personas divinas que entre
sí se definen constituyendo única dignidad, única
sustancia o única libertad absolutas. Si admitimos que las
personas divinas crean, con libertad absoluta, a la persona humana,
¿qué es lo que constituye al ser humano como persona?
La respuesta parece clara: la persona humana tiene que estar intrínsecamente
constituida, supuesta su creación, por el mismo patrimonio
genético que poseen las personas divinas. Este patrimonio
genético lo poseen: las personas divinas, por naturaleza;
los seres humanos, por gracia. Este patrimonio genético de
las personas divinas ad extra es lo que Rielo denomina "divina
presencia constitutiva" del Sujeto Absoluto en el ser humano,
y es esta divina presencia constitutiva lo que determina la definición
de la persona humana (28).
Este hecho da razón de que la persona humana
no puede definirse por una seudorrelación tautológica
ni por algo inferior a su constitutivo esencial, sino en orden a
algo transcendente que satisfaga su aperturidad transbiológica,
ética, social... este aperturismo no puede ser satisfecha,
sino en relación con un Alter Transcendens que, creándole
y formándole, inhabita con su divina presencia su constitución
profunda. Podría objetarse que hemos quedado atrapados dentro
de un ámbito teológico, o, cuando menos, teodicente.
La objeción sería válida si estuviéramos
bajo el supuesto referencial de la identidad: tautologizadas la
metafísica y la teología, no tendrían ninguna
posibilidad de encontrarse. Sin embargo, la concepción genética
(29) es aperturismo. Está claro que, en este sentido,
la metafísica, si no quiere quedarse vacía, no debe
despojarse de su contenido teológico; lo mismo podría
decirse de la teología: si esta quiere tener significación
existencial, no debe despojarse de la metafísica: metafísica
y teología son, ciertamente, inseparables. Debe, por tanto,
considerarse la constitución de la persona humana definida
no por "algo", sino por "alguien absoluto".
Para Fernando Rielo, la persona humana se halla
estructurada por un espíritu psicosomatizado, "inhabitado"
por la divina presencia constitutiva (30). Rielo prefiere
la expresión "espíritu psicosomatizado"
a "espíritu encarnado". El espíritu humano
es la sede del yo que asume la complejidad de funciones de la psique
con su integral somático. Psique y cuerpo forman con el espíritu
la unicidad del ser humano en el que el espíritu es el principio
rector. El acto del espíritu es la energía extática
(31) o potencia de unión que tiene como atributo la
libertad que se proyecta en dos funciones psicológicas: la
inteligencia y la voluntad. Esta energía espiritual o extática
es la que dirige y controla las fuerzas pulsionales de la psique.
La psique comprende, para Rielo, las características psicológicas
del ser humano, aquellas que estudia la psicología o la psiquiatría
como las emociones, sentimientos, pulsiones, mientras que el cuerpo
comprende sus aspectos fisiológicos y anatómicos,
de los que se ocupan la Medicina y otras ciencias.
Lo que rompe la identidad en el espíritu
humano es que este se halla inhabitado por la divina presencia constitutiva
que hace posible una comunicación inmediata con el Sujeto
Absoluto o la Divinidad. Esta presencia en el ser humano es la que
destruye la seudonoción ontológica de un ser humano
identitático, un ser intrínseca e inmanentemente para
sí, en sí y por sí mismo, en vez de un ser
para Dios, en Dios y por Dios. El ser humano, como persona, queda
definido por esta divina presencia constitutiva, con la potestad
organizadora y rectora de los impulsos psicológicos y fisiológicos
internos y de las fuerzas externas (32). La divina presencia
constitutiva proporciona al espíritu humano la energía
extática que lo pone en comunicación inmediata con
el sujeto absoluto y da carácter personal al espíritu
humano (33).
La apertura genética constituye a la persona
humana como realidad abierta al sujeto absoluto, de forma que el
ser humano posee una intuición en términos generales
de Dios (34). Esta apertura genética, que es contraria
a la identidad, constituye el modo ontológico de comunicación
de las personas humanas con el Sujeto Absoluto, y es, precisamente,
esta forma de comunicación con el Absoluto o la sustitución
en los diversos modos de idolatría la ontológica
forma genética que tienen los seres humanos de comunicarse
entre sí y, con ello, la posibilidad de donarse lo mejor
de sí mismos o de proyectar en los demás sus más
tristes y funestas miserias. Cuando el ser humano hace de sí
un ser en sí, de sí o para sí, lo que se produce
es una seudoimagen de sí mismo; cuando el ser humano hace
de sí un ser para el mundo, para la riqueza, para la injusticia,
etc., se hace imagen de aquello hacia lo cual se une. Estas son
las disgenesias ontológicas, sociales y morales, mucho más
graves que las biológicas, que deterioran profundamente su
mística personalidad.
El ser humano está, por tanto, estructurado
para relacionarse transcendentalmente implícita o explícitamente
con Dios y con sus semejantes. Esta concepción mística
del hombre hace a la persona humana abierta y ontológicamente
coloquial con Dios, quien, inhabitando constitutivamente en el ser
humano, se constituye con el ser humano, en único modelo
antropológico, epistemológico y ético (35).
La divina presencia constitutiva es, quiérase o no, como
el sol o la lluvia que se da, gratuitamente, a buenos y malos, a
justos e injustos (36). Todo lo que de bueno, de verdadero
y de bello hace el ser humano, sea sin credo o del credo que fuere,
es una acción sinérgica de Dios y del hombre, siempre
con la iniciativa divina. El humanismo, y con ello la historia y
la cultura, es + que lo humano en cuanto humano: es una verdadera
"teandropía", esto es, la acción de Dios
en el ser humano con el ser humano. Hay que partir, por esta causa,
de una concepción mística de la historia, de la cultura,
de la sociología, de la ética.
Fundamento antropológico y ontológico de la ética
según Fernando Rielo
En contraste con las aproximaciones éticas
deontológicas y teleológicas (utilitaristas) que expresan
la norma ética en términos de acción/medios
y las consecuencias, la constitución ontológico-metafísica
que justifica la ética reside, para Fernando Rielo, en la
divina presencia constitutiva del acto absoluto en la persona humana.
La naturaleza de las exigencias éticas que se derivan de
un modelo genético de la ética coloca a las acciones
y consecuencias en función de la relación genética
de complementariedad, es decir, del amor entre personas (37).
La esencia de la ética consiste en la compenetración
de la persona humana con las personas divinas (38). El amor
como forma del bien en la persona humana no tiene como específico
atributo la voluntad, más bien tiene valor ontológico;
si se atribuyera a la voluntad la ética quedaría reducida
a un campo antropológico de carácter voluntarista
(39). La dignidad del ser humano no se basa en su capacidad
de autorrealización, como dice Brussino, sino en la divina
presencia constitutiva que lo define. Es en este sentido que se
puede afirmar que la ley moral proviene de Dios y es al mismo tiempo
la ley propia del ser humano (40). Si aceptáramos
que el ser humano es un ser que se autorrealiza, habríamos
incurrido de nuevo en el seudoprincipio de identidad, en el solipsismo
ético. A este respecto, la metafísica genética
no solamente rechaza la identidad aplicada al ser la identidad
queda relegada a una noción común, en ningún
caso metafísica, sino también aplicada a la
conducta humana. La identidad, siendo diametralmente opuesta a cualquier
noción de complementaridad, está fundada en una noción
egocéntrica del ser humano, un ser cerrado absolutamente
incomunicado e incomunicable que, paradójicamente, tiene
que comunicarse como sea porque esta es su constitución ontológica.
No. La suprema forma de comunicabilidad, que es el amor, es el imperativo
moral de la conducta humana y, por tanto, de las relaciones entre
seres humanos (41). El egoísmo, identidad práctica,
es un agenético que transforma al hombre en lobo para el
hombre.
De acuerdo con Fernando Rielo, la ética
no se funda en la psicología, pero sí hay una relación
entre psicología y ética, que hallan su razón
de ser en la ontología o mística. Tanto es así,
que existe, para nuestro autor, una ciencia que hace la síntesis
de la psicología y de la ética: la psicoética
(42). La ética se encuentra abierta a la psicología,
porque esta es una ciencia que la ayuda a valorar la autenticidad
o inautenticidad del sentido moral y también a reconocer
los condicionamientos que tienen lugar en la persona. La psicología
nos ayuda a distinguir cuándo las motivaciones e intenciones
no son puras, y también a discernir las formas normales o
psicopatológicas de los sentimientos específicamente
éticos, como el deber, la culpabilidad, el arrepentimiento
o el remordimiento. A su vez, la ética está abierta
a la ontología, de donde obtiene su fundamento. La psicología
se halla también abierta a la ética, ya que no puede
prescindir en su estudio de la responsabilidad del acto humano,
y abierta, además, a la ontología, ya que a esta corresponde
determinar el origen y el fin del acto humano.
La relación de la ética con la psicología
nos revela que existen atenuantes psicológicos que disminuyen
la responsabilidad moral, pero no la eliminan, y que desmienten
un concepto rigorista de la ética que la haga inamovible
y válida, en todas sus dimensiones, para todos los tiempos
y circunstancias. No está el ser humano al servicio de la
ética, sino la ética al servicio del ser humano. En
el campo de los condicionantes o eximentes, no se trata solo de
que puedan existir anomalías psicopatológicas como
la paranoia o la esquizofrenia con el desdoblamiento de la personalidad,
ni de las formas obsesivas graves, como la psicastenia, sino sobre
todo de que existen generalmente temores, extravagancias, impulsos
irreprimibles, justificaciones psicológicas que tratan de
atenuar la falta ocultando el verdadero móvil de la acción
detrás de racionalizaciones y compensaciones, o proyectando
la culpa a otro agente; todo esto influye en el comportamiento ético
y, posiblemente, en atenuaciones de la responsabilidad. La conciencia
moral no puede concebirse sin una multitud de condicionantes que
inciden en la valoración del acto moral y en el ejercicio
de la libertad, y que tienen su origen en factores orgánicos
y ambientales, como el sistema endocrino y nervioso, determinaciones
fisiológicas temperamentales de tipo hereditario, influjos
cósmicos, geográficos, climáticos, familiares,
sociales, culturales, históricos.
Sin embargo, de acuerdo con Rielo, en virtud de
la energía extática, presente en el espíritu
creado inhabitado por la divina presencia constitutiva, el ser humano
puede enfrentarse a toda presión, ya sea psicológica,
caracterológica o medioambiental. Por esta divina presencia
constitutiva el ser humano puede establecer comunicación
inmediata con el Absoluto y entrar en comunión con Él,
no sin la dura condición de su complejidad psicosomática,
y esta comunión determina la posibilidad de comportamiento
moral y la comunicación con sus semejantes.
La responsabilidad moral se atribuye al ejercicio
de la libertad y consiste en la integridad del acto libre que tiene
como unciones necesarias la inteligencia y la voluntad, en las que
actúan condicionantes como la imaginación, sentimientos,
afectos, impulsos, temperamento, sentidos; y ejercen su influencia
la mentalidad, la cultura, la educación, las diversas formas
del ambiente cósmico y social. Por otra parte, las características
psicosomáticas del ser humano se hallan en la misma línea
que los dinamismos biológicos animales heredados en parte
del precedente homínido; y por tanto, subyacen en ellos los
caracteres hereditarios. La libertad está, en fin, condicionada
de algún modo por tendencias oscuras y poderosas que surgen
del inconsciente con sus disfraces, sustituciones y contaminaciones
(43).
La acción inmoral no es el resultado estricto
de la transgresión de una norma ética, sino que tiene
su raíz en la malicia del espíritu del ser humano,
y se realiza mediante el ejercicio de una libertad deformada con
el concurso de la inteligencia y el consentimiento de la voluntad
no sin la dura condición que ejercen los condicionamientos
psicosomáticos (44). La malicia del espíritu
genera toda una serie de disgenesias, que se proyectan a su vez
en la psique. Rielo enumera tres tipos de disgenesias (45):
a) De orden psíquico: las relacionadas con la egofrenia,
un estado agresivo o depresivo que reduce la capacidad del ser humano
de donarse al otro por amor, y en vez de amarlo lo reduce a
objeto de transferencia y proyección de las propias anomalías;
b) de orden moral: las relacionadas con el egoísmo,
que es poner al yo como centro de interés de todas las
cosas, en detrimento del amor al otro; c) de orden ontológico:
las relacionadas con la egolatría, que consiste en un estado
agresivo o depresivo de un individuo que, centrando todo hacia sí,
encuentra su razón de ser en el culto a su propia personalidad.
Toda acción inmoral es la manifestación de una deformación
que adquiere las características del autoengaño o
de la mala fe que enmascara y tergiversa toda verdad, toda bondad
y toda hermosura. Estos condicionantes no son causa de responsabilidad
moral, sino más bien atenuantes de la misma. En toda acción
inmoral, la libertad se halla deformada por el egoísmo. El
ejercicio de la libertad no es criterio suficiente para que un acto
sea moral, se necesita la capacidad de valoración ética
y la capacidad de decisión. El yo del espíritu no
puede valorar ni decidir la acción moral sin que pase por
la dura condición de fenómenos psicosomáticos
como la neurosis, el miedo, las emociones o las pasiones. Las pulsiones
psicosomáticas son fuerzas estimulante sin autonomía
propia. La energía extática tiene la capacidad de
darles dirección y de poner orden. El no dar dirección
a las fuerzas pulsionales hace que se manifiesten interna o externamente
las pasiones o vicios capitales. La libertad ha de estar formada
por el amor (46). Es esta energía extática
de un espíritu inhabitado por la divina presencia constitutiva
del Sujeto Absoluto la que salva de relativismo a la ética,
ya que, siendo la fuente de la conducta y de la norma corroboradas
por criterios objetivos, conduce a todo ser humano hacia la verdad,
bondad y hermosura de la acción moral.
El saber moral no produce por sí mismo
una auténtica madurez en la persona humana, como tampoco
un determinado tipo de comportamiento; para que la conciencia se
vincule a una forma de comportamiento, necesita ser motivada y penetrar
en el espíritu de la persona, donde se da la energía
extática para vincularse con la verdad, el bien y la hermosura
(47). No es suficiente el solo conocimiento frío y
abstracto de la verdades morales para adherirse vitalmente, como
persona, a las normas éticas. El juicio intelectual debe
ir acompañado de una reacción afectiva que es tocada
por la fuerza sobrenatural que proviene del espíritu (48).
Conclusión
El principio fundamental de la ética debe
ser que el ser humano debe ser sacralidad para otro ser humano.
Debemos tratarnos los unos a los otros con honor y reverencia en
virtud de que en cada ser humano inhabita la divina presencia constitutiva.
La ética ni es autónoma ni es heterónoma. La
ética es, para Fernando Rielo, teandrópica porque
todo acto moralmente bueno es acción de Dios en el hombre
con el hombre. Toda conclusión ética producto de la
reflexión debe contrastarse con este principio, del que nacen
todos los demás principios y argumentos.
La ética está dotada de realidad
porque se basa en la realidad antropológica del ser humano,
que está definida por lo transcendente, por el encuentro
con el Absoluto y con el otro. Aunque existan numerosos impedimentos
de tipo psicológico, el obrar ético ha de buscarse
en la capacidad de éxtasis de nuestro espíritu, de
salir de nosotros mismos para que Dios nos adentre en los infinitos
paisajes recreadores de su gracia. Solo así puede ser aplicada
eficazmente una ética que se adentra más allá
de la pura norma para que esta resplandezca al servicio del ser
humano.
1 Para un concepto general de la metafísica
de Rielo ver "Hacia una Nueva Concepción Metafísica
del Ser" y "Concepción Genética de lo que
no es el Sujeto Absoluto" publicadas en ¿Existe una
Filosofía Española? y en Raíces y Valores
Históricos del Pensamiento Español, E.F.R., Constantina,
Sevilla (1988 y 1990, respectivamente).
2 Hume, D. Enquires Concerning Human Understanding
and Concerning the Principles of Morals. Ed. L.A. Selby-Bigge,
Oxford, Clarendon Press (1975).
3 Kant, I. Fundamentación de la Metafísica
de las Costumbres, México, Porrúa (1975).
4 Ver Veith, G. E. Jr. Postmodern Times:
A Christian Guide to Contemporary Thought and Culture, Crossway
Books, Wheaton, Illinois (1994), pp. 49-51. Y Connor, S. Postmodernist
Culture: An Introduction to Theories of the Contemporary, Cambridge,
Massachusetts: Basil Blackwell (1989).
5 Para un análisis de la relación
del cristianismo con la posmodernidad, ver Borghesi, M. Postmodernidad
y Cristianismo, Madrid: Ediciones Encuentro (1997). Y Veith,
G. E. Jr. Postmodern Times: A Christian Guide to Contemporary
Thought and Culture, Crossway Books, Wheaton, Ilinois (1994).
6 Esta situación es denunciada por la
Encíclica Veritatis Splendor, Introducción
4.
7 Para un estudio de la manipulación
del lenguaje y de la ética por los medios de comunicación
social ver López Quintás, A. El Secuestro del Lenguaje,
Madrid: Asociación para el progreso de las Ciencias Humanas
(1987).
8 Ver Encíclica Veritatis Splendor
III, 104.
9 Brussino, S. L. Bioética, Racionalidad
y Principio de Realidad. Cuadernos de Bioética 0 (1996):
39-48.
10 Ibíd.
11 Ver Encíclica Veritatis Splendor
II, 53.
12 Dar a la razón una completa autonomía
en el ámbito de las normas morales sería afirmar que
el hombre se basta a sí mismo para dar la norma, sin relación
ninguna con el Creador, como ha sido denunciado por la Encíclica
Veritatis Splendor II, 36.
13 Definiciones, 415a.
14 De anima, II, 1, 412 A 29, 43-44;
II, 412 B 13-15.
15 De Fide et Symbolo, 1, 412 A 29, 43-44;
II, 412 B 13-15.
16 II Sentencias, d. 1, q. 2, a. 4.
17 Meditaciones, II.
18 Fundamentación de la Metafísica
de las Costumbres, II.
19 Evol. Créatr., 8 De. (1911),
p. 151.
20 El Tema del Hombre, 239.
21 Ideología Alemana, I.
22 Essay on Man, II
23 Der Formalismus in der Ethik, II.
24 Fernando Rielo distingue entre metafísica
y ontología: la metafísica estudia la adintreidad
del sujeto absoluto; la ontología estudia la adextreidad
del sujeto absoluto en la persona humana, supuesta la creación
de esta. La realidad ad extra del sujeto absoluto inhabitante
en el ser humano es denominada por Rielo divina presencia constitutiva,
objeto de la ontología o mística. Para un estudio
de la metafísica y de la estructura antropológica
del ser humano según Fernando Rielo ver "Hacia una Nueva
Concepción Metafísica del Ser" y "Concepción
Genética de lo que no es el Sujeto Absoluto" publicadas
en ¿Existe una Filosofía Española? y en
Raíces y Valores Históricos del Pensamiento Español,
E.F.R., Constantina, Sevilla (1988 y 1990 respectivamente). Y Rielo,
F. Tratamiento Sicoético en la Educación, E.F.R.,
Nueva York (1996).
25 Ver López Sevillano, "Metafísica
Pura en Fernando Rielo," en Poeta y Filósofo / Poet
and Philosopher, EFR, Constantina, Sevilla (1996), p. 205.
26 Las personas divinas constituyen entre sí
una inmanente complementariedad intrínseca en términos
de Fernando Rielo, en virtud de la cual una persona divina es, conservando
sus lugares metafísicos, "si y solo si" es definida
genéticamente por otra persona divina. La conservación
de los lugares metafísicos significa que tiene que haber,
cuando menos, una primera persona (P sub uno) y una segunda persona
(P sub dos), realmente distintas. La inmanente complementariedad
intrínseca de (P sub uno) con (P sub dos) es concepción
genética de la unidad absoluta que, constituida por las personas
divinas, rechaza a su vez la intercambiabilidad de las mismas porque
habríase regresado, una vez más, al absurdo de la
identidad absoluta de la persona en su persona. El Sujeto Absoluto
ha de estar formado al menos por dos personas: un Padre y un Hijo.
No puede decirse, el Padre es el Hijo o el Hijo es el Padre. La
relación absoluta es inmanente complementariedad intrínseca;
esto es, formada por un verbo de acción directa en que el
Padre es acción agente del Hijo, y el Hijo es acción
receptiva del Padre. Ver J. M. López Sevillano, "La
Nueva Metafísica de Fernando Rielo". En Aportaciones
de Filósofos Españoles Contemporáneos,
EFR, Constantina, Sevilla (1991), pp. 79-84.
27 Si hablamos en términos de revelación
cristológica, Cristo revela de sí mismo que es esa
segunda persona en inmanente unidad con la primera denominada "Padre";
y nos revela, además, que existe otra persona divina con
nombre "Espíritu Santo".
28 Esta divina presencia constitutiva es lo
que hace al ser humano ser imagen y semejanza, no consigo mismo
ni con el mundo ni con las criaturas, sino con las personas divinas.
29 Entendemos aquí por "genética"
en el sentido dado por Rielo. Lo genético es, lejos del procesualismo
piagetiano, lo relativo al origen, constitución y desarrollo
de la vida en sus variadas manifestaciones: biológica, psicológica
o moral, espiritual u ontológica y metafísica. La
"forma como se da la vida" es estudiada, según
estas manifestaciones, por la concepción genética
de la metafísica, ontología, moral... sin que estas
sean compartimentos estancos, antes bien realidades abiertas entre
sí: el ser humano no es un compuesto de tres realidades incomunicables,
cuerpo, psique, espíritu, antes bien, abiertas de tal modo
que el espíritu asume una psique con su cuerpo, esto es lo
que se quiere decir con la expresión "espíritu
encarnado". Rielo prefiere la expresión "espíritu
psicosomatizado".
30 La distinción entre cuerpo, alma y
espíritu está admitida por la tradición cristiana.
Numerosos son los textos de las Sagradas Escrituras, del Magisterio,
de los místicos y de los Doctores de la Iglesia, que hablan
de la distinción entre espíritu, alma y cuerpo. Algunos
ejemplos representativos son: 1 Tes. 5, 23; Heb. 4,12; Catecismo
de la Iglesia Católica 202, 367; Fray Luis de León,
De los Nombres de Cristo, Libro II, Príncipe de la
Paz; Santa Teresa de Jesús, Libro de la Vida, Cap.
34,15; Moradas Séptimas, 1, 11; Relaciones
5, 11; 29, 1.
31 El éxtasis es manifestación
de la energía espiritual presente en la persona humana, que,
rompiendo la identidad de la persona consigo misma, hace que esta
esté abierta al infinito divino, a sus semejantes y a la
creación entera.
32 La divina presencia constitutiva hace al
ser humano ser imagen y semejanza de la Divina Trinidad, como expresa
el texto del Génesis (Gn 1, 26). Hay que distinguir dos niveles
de la divina presencia constitutiva: el primero es, sub ratione
creationis (bajo la razón de la creación), gracia
constitutiva dada a todo ser humano por el hecho de ser creado para
constituirse en persona a imagen y semejanza de las personas divinas;
el segundo es, sub ratione redemptionis Christi (bajo la
razón de la redención de Cristo), elevación
de la divina presencia constitutiva al ámbito sobrenatural
de la gracia santificante. El primer nivel, propio de todas las
religiones, aunque no es por sí mismo salvífico, está,
sin embargo, ordenado al segundo en virtud del carácter universal
de la redención de Cristo.
33 La divina presencia constitutiva formante
de la persona define al ser humano desde el mismo momento de su
concepción, esto es, antes de pertenecer a ninguna religión.
Todo deseo de transcendencia del ser humano, no importa la religión,
se da por necesidad constitutiva. Y es precisamente esta divina
presencia constitutiva la que posibilita al ser humano para recibir
la gracia santificante, cosa que es imposible a un árbol
o a un caballo. La gracia actual actúa incrementando esta
divina presencia constitutiva elevada al orden de la gracia santificante.
34 Rielo resuelve la cuestión epistemológica
afirmando que la divina presencia constitutiva, la inhabitación
del acto absoluto en la persona humana es la episteme o soporte
del conocimiento. ("Hacia una Nueva Concepción Metafísica
del Ser", p. 133).
35 Rielo, "Hacia una Nueva Concepción
Metafísica del Ser", p. 132; para la cuestión
epistemológica ver ibíd., pp. 132-36; para la cuestión
ética ver "Concepción Genética de lo que
no es el Sujeto Absoluto", pp. 130-134.
36 La elevación por Cristo de esta divina
presencia constitutiva al ámbito de la gracia santificante
pertenece exclusivamente al orden sobrenatural revelado.
37 Cristo, presidiendo sobre su modelo ético
como el ejemplo para seguir, formuló la norma moral de la
siguiente manera: "Amaos los unos a los otros como yo os he
amado" (San Juan 13:34); amar al prójimo con el mismo
amor con que Cristo nos ha amado es por lo tanto la ley de la perfección
ética, cuya esencia es el amor, y condición sine
qua non de toda consideración moral auténtica
(ver Encíclica Veritatis Splendor I, 20). El modelo
ético del comportamiento humano está fundado en la
relación de amor mutuo entre las personas que constituyen
el sujeto absoluto. La razón es sencilla: Dios es amor y
si Dios es amor, el hombre, a imagen y semejanza de Dios, es también
constitutivamente amor, un amor cuya principal característica
es dar la vida: "Nadie tiene mayor amor que el que da la vida
por sus amigos" (Jn 15: 13). Un amor incondicionado, capaz
de suscitar confianza, que sabe soportar, perdonar, tolerar, proveer,
acoger. Esta incondicionalidad del amor es lo que hace que la energía
extática, esto es, la gracia divina haga del ser humano,
con el ser humano, plenitud personal.
38 Las personas divinas transverberan ad
extra su amor divino en el espíritu de la persona humana
constituyéndola en "deidad", según aquellas
palabras de Cristo confirmando la Escritura: "dioses sois"
(Jn 10, 34); esto es, la persona humana es, para Rielo, "mística
deidad de la Divina Deidad".
39 Rielo, "Concepción genética
de lo que no es el sujeto absoluto", p. 133.
40 Ver Encíclica Veritatis Splendor
II, 40, en que se habla de la ley natural como la luz de la inteligencia
infundida en nosotros por Dios.
41 Rielo, "Concepción genética
de lo que no es el sujeto absoluto", pp. 130-134.
42 Para un estudio de la relación entre
la psicología y la ética en la ciencia de la psicoética
ver Rielo, F.: Tratamiento Sicoético en la Educación,
E.F.R., Nueva York (1996).
43 Según la doctrina cristiana del pecado
original, el ser humano padece de un desorden interno y una cierta
impotencia e incapacidad ante el lado obscuro de su conciencia,
con el que nace. La divina presencia constitutiva en nuestro espíritu
se halla herida, oscurecida por el pecado original, aunque no aniquilada.
44 La psique posee un ego que distorsiona el
yo cuya dinámica es la neurosis que actúa en las fuerzas
estimulosas por medio de las manifestaciones disgregadoras de la
deformación del yo y que se manifiesta por medio del miedo
y de estados de sentimiento, emoción y pasión. Las
Sagradas Escrituras subrayan los límites humanos, lo trágico
de la vida, la falta moral. El verdadero impedimiento para recibir
el don de la liberación por la gracia no son las transgresiones
más o menos graves y voluntarias, sino la pretensión
humana de la autosuficiencia, de la autonomía total, que
esconde la propia desnudez radical (Gén 3). De la impureza
interior que surge de la malicia o perversidad de nuestro espíritu,
nos habla Cristo: "Porque de dentro del corazón de los
hombres salen las malas intenciones" (Mc 7, 21).
45 Rielo, F. Definición Mística
del Hombre y el Sentido del Dolor Humano. E.F.R., Roma (1996).
46 La energía extática que actúa
en el espíritu se proyecta en la libertad bajo la forma del
amor, en la mente bajo la forma de la fe, en la voluntad bajo la
forma de la esperanza. Ver Tratamiento Psicoético en la
educación, EFR, New York (1996).
47 La conciencia no es fuente autónoma
y exclusiva para decidir lo que es bueno o es malo, sino que en
ella está grabada un principio de obediencia a la norma que
está grabada en el corazón humano. Ver Encíclica
Veritatis Splendor II, 60.
48 Esta fuerza se llama en teología "gracia
sobrenatural".
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