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Me corresponde comentar el artículo titulado "El médico
y la muerte", cuyo autor es monseñor Bernardino Piñera
Carvallo, arzobispo emérito de La Serena. Como el principal
objetivo es realzar el trabajo seleccionado, pienso que lo mejor
es presentar un resumen que cuide citar al autor de la manera más
textual posible, pues, de no ser así, la amplitud del tema
podría hacer desaparecer el trabajo original. Para no aburrirlos
con un interminable abrir y cerrar de comillas, los párrafos
que siguen son palabras de monseñor Piñera, salvo
en aquellas excepciones que creo serán evidentes.
El artículo se inicia con una comparación
entre el rol del capellán y el del médico al enfrentar
a un moribundo. En el primer caso, "el capellán ha acudido
a atender un enfermo de su propia religión, que comparte
su fe y su actitud ante la vida y ante la muerte, y está
allí para eso, para ayudarlo a morir bien: con coraje, con
dignidad, con confianza, con paz". Y agrega que "al acercarse
a un enfermo que está próximo a morir y teme morir,
no puede hablarle de la muerte y animarlo si él mismo, el
capellán, no se ha planteado el problema de su propia muerte,
si él no está preparado para morir. No se puede decir
a un moribundo palabras de rutina; las palabras convincentes solo
salen de un corazón convencido; tienen que expresar una honda
fe en lo que uno dice, una experiencia personal de vida, un testimonio
de la propia actitud ante la muerte".
Compara el autor esta realidad con la del médico
diciendo: "El médico, en cambio, puede compartir o no
la fe religiosa o la falta de fe o la filosofía de vida de
su enfermo. En algunos casos un médico creyente o simplemente
humanitario querrá ayudar a su hermano enfermo, desde una
fe común o desde una actitud común ante la muerte.
El médico se hará consejero espiritual de un enfermo,
pero esto puede ser desde otro punto de vista que el propio del
médico. Y no se trata de la actitud del médico ante
su propia muerte, sino que la actitud del médico ante la
muerte de su enfermo, o si se quiere, ante la actitud del enfermo
ante su propia muerte, sea esta compartida o no por el médico".
Y se explaya en las posibilidades: "El enfermo que se muere
no es tan solo un organismo en crisis, próximo al desenlace.
O, por lo general, no cree serlo. Él piensa, sabe o cree
que es más que eso. Próximo a la muerte, oye la voz
de su conciencia, voz que tal vez lo intranquiliza; renace en él
la voz acallada pero persistente de la fe que tuvo de niño
y que tal vez se fue apagando a lo largo de la vida; se aferra a
una esperanza, tal vez dormida, que lo ayude a desprenderse de todo
aquello que, lo quiera o no lo quiera, está a punto de dejar
para siempre. Y puede ser también un hombre de fe inalterada
que quiere morir tal como ha vivido, fiel a sus creencias o un hombre
arreligioso pero con principios humanísticos claros que también
quiere morir con la dignidad en la que ha vivido. El médico
debe tomar en cuenta esa dimensión humana, ética y
espiritual de su enfermo, su fe, su esperanza, su conciencia, o
su sentido de la vida y ayudar al enfermo a morir como él
desea morir y, si el enfermo ya ha perdido la conciencia, como él
deseaba morir".
Sigue luego una descripción de la actitud
del judío y del cristiano ante la muerte y de cuál
es el sentido que le da y cómo procura liberarse de ella.
"En el Antiguo Testamento, el israelita no tiene una clara
distinción abstracta entre el alma y el cuerpo, como hace
el griego. Cree, sin embargo, que hay algo fuera del cadáver
en el hombre que sobrevive y se lo imagina como una sombra, miserable,
olvidada y privada de esperanza. Esta sombra vive de alguna manera
en el sheol, el lugar de los muertos, el infierno o los infiernos
en las traducciones latinas del Antiguo Testamento. Este infierno,
a diferencia del infierno de la teología católica,
lugar de castigo de los pecadores no arrepentidos, es algo vago
e indefinido. La muerte aparece entonces para el judío como
un enemigo, un poder en la tierra, de aquí abajo, una amenaza
que se hace angustiosa en la enfermedad y en el peligro. En los
últimos libros del Antiguo Testamento se vislumbra una respuesta
distinta y la Biblia entrevé un mesías que liberará
a los hombres de la muerte, aun aquellos que ya murieron y que arrastraron
en el sheol una existencia miserable. El sheol adquiere
entonces el carácter de un purgatorio, más que de
infierno: un lugar de espera, de purificación, la antesala
de un destino mejor. En el Nuevo Testamento todo se aclara y se
constituye lo que será la fe definitiva del pueblo cristiano.
El hombre vive sujeto a la ley del pecado y de la muerte y no puede
liberarse de ellos por sus propios esfuerzos. Entonces, Dios baja
del cielo a la tierra, se hace hombre y comparte el destino humano:
asume el pecado sin haberlo cometido, se somete al sufrimiento y
a la muerte, a una muerte real, semejante a la nuestra, con dolor,
angustia, agonía, con desesperanza. Una vez muerto, su cadáver
es puesto en el sepulcro, pero Él desciende a los infiernos,
al lugar de los muertos, al sheol, y libera a estos abriéndoles
paso a lo que más tarde se llamará el cielo. Su cadáver
resucita, se transforma en un cuerpo glorioso, transfigurado, y
después asciende al cielo. Y deja abierto el camino para
que nosotros también, al morir, subamos al cielo, y si hemos
de pasar por el sheol, que sea con la esperanza cierta de
seguir al cielo."
Y sigue monseñor: "¿Qué
desea, al acercarse la hora de la muerte, un cristiano de religión
católica que tenga un mínimo de formación y
de vida cristiana? O ¿qué desea para él, o debe
desear para él, su familia? Antes que nada un poco de paz,
para que pueda atender a sus deseos profundos: disponer de sus bienes,
despedirse de los suyos y prepararse para el encuentro con Dios.
Para sus fieles en peligro de muerte, la Iglesia Católica
tiene tres sacramentos: la reconciliación, por la que se
perdonan los pecados; la Unción de los Enfermos, que fortalece
el alma para encarar la muerte y aplica al enfermo los méritos
de Cristo, y la Comunión Eucarística, a modo de viático.
Fuera de estos sacramentos, el creyente que se muere desea y necesita
ser acompañado por la oración de quienes lo rodean,
escuchar y hasta donde él pueda, participar en esa oración.
El médico, entonces, hará lo posible para que se den
las condiciones adecuadas para lograr esos fines deseados: dosificará
los calmantes para aliviar el dolor sin embotar la conciencia; retirará
las sondas y mascarillas que no sean absolutamente necesarias, aislará
al enfermo de sus compañeros de sala en la medida en que
esto sea posible y facilitará el acceso de la familia y del
ministro de su religión".
Y termina monseñor Piñera con una
metáfora: "Para el que no tiene fe, el mundo es un autódromo
y el hombre es el piloto de un auto de carrera que algún
día se detendrá para siempre sin que jamás
sus cuatro ruedas se aparten de la pista. Para el que tiene fe,
el mundo es un aeropuerto y el hombre es el piloto de un avión
que corre por la pista, casi igual que un auto de carrera, pero
sabiendo que va a despegar. Y aun cuando puede correr por la pista
como un auto, su avión está hecho para volar. Sirve
para la tierra, pero está hecho para el cielo. Lo compartamos
o no, debemos respetar esa esperanza. Nosotros los médicos
acompañamos a nuestros enfermos, sean o se crean pilotos
de autos o pilotos de avión, hasta el final de la pista.
Y a los que tienen confianza en el despegue y sienten el llamado
de los espacios infinitos, dejémoslos preparase para el vuelo
sin retorno
"
Del artículo se desprende, con claridad,
el deber del médico, ineludible y quizás el más
importante, de acompañar a su paciente hasta su muerte y
de hacerlo de la manera que su paciente quiera, no solo en sus últimas
horas, sino que muchas veces durante un tiempo mucho más
prolongado. El artículo apenas toca, comprensiblemente, la
dimensión estrictamente técnica del actuar del médico,
por decirlo de alguna manera, en unas cortas frases sobre la sedación,
los tratamientos innecesarios y el aislamiento. En cualquier circunstancia,
lo escrito contiene claves para guiar la reflexión sobre
ese accionar. Quisiera compartir con ustedes dos de estas reflexiones,
apenas esbozadas en honor al tiempo asignado.
La primera es que, si hemos de ayudar a nuestro
paciente a morir como él quiere, es necesario que en algún
momento lo averigüemos. Algunas respuestas se encuentran en
el artículo recién resumido: ese poco de paz para
arreglar sus asuntos, despedirse y prepararse para el encuentro
con Dios. Por cierto. Pero algo más, sin duda, y aquí,
frecuentemente, carecemos de respuestas y la familia tampoco las
tiene, hecho que traduce una realidad moderna donde raramente se
habla anticipadamente de la muerte, propia o la de un ser querido.
¿Dónde prefiere morir, en el hospital o en casa? ¿Con
o sin analgésicos que emboten la conciencia? ¿Con o
sin asistencia espiritual? ¿Con o sin información detallada
acerca del diagnóstico o del pronóstico? ¿Incluir
o no incluir a la familia en el proceso? ¿Hasta dónde
llegar con las medidas extraordinarias? Y nosotros mismos, ¿hemos
discutido estas preguntas con nuestro médico o con nuestras
familias? Por ejemplo, aunque la mayoría de los pacientes
prefiere morir en su casa, rodeado de sus seres queridos, la mayoría
muere en el hospital, al menos en los países desarrollados.
Y las razones no se limitan a un mayor acceso a los cuidados hospitalarios,
sino que incluyen la ausencia de las familias que puedan o quieran
afrontar el esfuerzo y el sacrificio que significa acompañar
al moribundo. Al respecto, dice Louis-Vincent Thomas, en su libro
Antropología de la Muerte: "Hoy, la muerte tiende
a substituir la casa por el hospital y a pesar del aparato con que
se le viste (quizás para tranquilizar al paciente, a su familia
o aun al propio médico), la muerte se ha vuelto salvaje".
Y más salvaje, si agregamos dimensiones como la eutanasia,
la futilidad o el ensañamiento terapéutico, el costo
económico de este, la sedación terminal, el cicateo
con los opiáceos, la ausencia del médico a quien se
le terminaron las excusas.
La segunda reflexión se refiere al hecho
de que los médicos hemos sido formados en la medicina curativa
y que eso significa descubrir, tratar y eliminar las enfermedades,
enfoque que puede conducir a curar a cualquier costo, a luchar sin
cuartel por la vida, sin importar sus circunstancias y su calidad,
perdiéndose así la orientación para asistir
al moribundo. De hecho, en la formación médica el
morir probablemente sea el tema más olvidado. Nadie se recibe
de médico sin conocer los detalles de la reanimación
y la resucitación cardiopulmonar, pero pocos han recibido
instrucción sobre el control del dolor y de los síntomas
terminales. Sabemos con detalle cómo recibir la vida a este
mundo, pero ignoramos cómo despedirla. Y aquí resuenan
esas palabras de monseñor Piñera: "No se puede
decir a un moribundo palabras de rutina; las palabras convincentes
solo salen de un corazón convencido
" Y no cabe
duda de que para lograr ese convencimiento es necesario que el médico
haya reflexionado larga y reiteradamente sobre el tema, y pienso
que esa reflexión y esa instrucción quizás
debieran iniciarse temprano en la Escuela de Medicina para que la
bienvenida y la despedida de un paciente sean parte de una misma
preocupación.
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