I. Introducción
1. Consideraciones previas
Como muy bien lo plantea una autoridad en materia
de Bioética, Mons. Elio Sgreccia, es difícil el encuentro
entre la economía y la salud. Los recursos que se requieren
en el ámbito de la salud son cada vez mayores. Las razones
de ello están en que la población vive más
tiempo, las enfermedades crónicas y degenerativas van en
aumento, hay un incremento de la drogadicción, el alcoholismo,
y junto a ello han aparecido nuevas enfermedades, como el VIH y
el SIDA. Por otra parte, especialmente en Occidente, se ha ido gestando
un verdadero culto a la plena salud. A ello hay que sumar la incorporación
de implementos cada vez más sofisticados y de alto costo,
que no siempre se ven necesariamente reflejados en un aumento significativo
de ventajas para los pacientes que se someten a ellas. La pregunta
que se hace el profesor Sgreccia es la siguiente: dada la creciente
expansión de las necesidades en salud, cómo limitar
los gastos, y que al mismo tiempo se cumplan las exigencias éticas
de respeto que merece la persona (1).
Para responder esta pregunta no se puede hacer
una lectura solamente técnica. Se debe hacer también
una ética, en cuanto involucra acciones de personas. Pareciera
ser que mientras más progresa la Medicina, se necesitan más
recursos (2), pero al mismo tiempo no se percibe una sustancial
mejoría de las atenciones en salud de la población
en general (3). Cada vez nos encontramos con más dilemas
éticos en lo que a distribución de recursos se refiere,
lo que ha hecho que este tema se consolide como un tema propiamente
bioético (4).
La situación recientemente descrita es real
y exige un detallado análisis. Pretendo hacerlo desde la
Doctrina Social de la Iglesia.
2. La Doctrina Social de la Iglesia
La Instrucción sobre Libertad Cristiana
y Liberación del 22 de marzo de 1986, proveniente de la Congregación
para la Doctrina de la Fe, plantea que la "Enseñanza
Social de la Iglesia nació del encuentro del mensaje evangélico
y de sus exigencias comprendidas en el Mandamiento supremo
del amor a Dios y al prójimo y en la Justicia con los
problemas que surgen en la vida de la sociedad. Se ha constituido
en una doctrina, utilizando los recursos del saber y de las ciencias
humanas; se proyecta sobre los aspectos éticos de la vida
y toma en cuenta los aspectos técnicos de los problemas pero
siempre para juzgarlos desde el punto de vista moral. Esta enseñanza,
orientada especialmente a la acción, se desarrolla en función
de las circunstancias cambiantes de la historia. Por ello, aunque
basándose en principios siempre válidos, comporta
también juicios contingentes. Lejos de constituir un sistema
cerrado, queda abierto permanentemente a las cuestiones nuevas que
no cesan de presentarse; requiere, además, la contribución
de todos los carismas, experiencias y competencias" (72).
La Iglesia no tiene soluciones técnicas
que dar en ámbitos que son propios de la acción del
hombre en el mundo. Su papel es plantear los aspectos éticos
que están en juego con el propósito de salvaguardar
la dignidad de la persona humana. Conocer dichos aspectos constituye
una gran contribución para iluminar las políticas
que se tomen en salud, ya sea a nivel internacional, nacional o
regional.
El principio cardinal de la Doctrina Social de
la Iglesia es la exigencia de que se le reconozca al hombre, a todo
el hombre y a todos los hombres, la dignidad que le es propia, por
el solo hecho de ser persona. Dignidad presente desde el momento
en que es concebido hasta su muerte natural, y que ha de ser siempre
reconocida. Esta dignidad adquiere renovado brillo desde la Revelación
que presenta al hombre en cuanto imagen y semejanza de Dios, con
una vocación trascendente. Si bien es cierto que cada hombre
es único e irrepetible, se ha de reconocer una igualdad ontológica
fundamental de todos los hombres, que ha de ser respetada. Toda
persona vale por lo que es, no por lo que tiene, por lo que hace,
por su estado de salud, o por su capacidad productiva. A nivel de
principio se percibe una creciente conciencia de la relación
que existe entre la dignidad de la persona y el acceso a la salud.
El Consejo de Europa afirma que: "La elevación a status
de derecho del hombre los objetivos de alimentar a los que tienen
hambre, de instruir a los analfabetos o de entregar cuidados médicos
a los enfermos y vulnerables debe significar, en tanto que mínimos
absolutos, que de estos objetivos no pueden ser sujetos a negación,
ni en nombre de la racionalidad económica ni en nombre de
cualquier otra razón". Este principio, ampliamente compartido
en las declaraciones de derechos humanos, pero no siempre llevado
a la práctica, se basa en que la persona posee una dignidad
tal que no puede ser considerada medio u objeto, sino que fin y
sujeto, aunque se trate de una vida muy disminuida a causa de una
enfermedad.
3. Importancia del tema
El tema que nos ocupa, la distribución de
los recursos en salud, es de la máxima importancia. Primero,
porque las decisiones que se toman en este campo, ya sean a nivel
internacional, nacional, regional, hospitalario, familiar, o personal,
impactan en personas concretas, y en un ámbito especialmente
sensible de sus vidas: la salud, que engloba no solo el aspecto
corporal, sino también el psíquico, laboral, familiar,
social y espiritual. En definitiva, involucra su proyecto de vida,
su presente y su futuro, en cuanto ser personal y social. Segundo,
porque la salud es un factor importante de desarrollo de los pueblos
y, además, una puerta eximia para superar la pobreza.
Tercero, porque en el ámbito de la salud
se presentan grandes desigualdades, que han de interpelarnos. En
efecto, en el hemisferio sur, un niño cada cuatro está
subalimentado. En Asia, es uno cada cinco y en América Latina,
uno cada diez. En los países más pobres la mortalidad
infantil es de 112 por cada 1.000 nacimientos, y antes de los cinco
años mueren 172 cada 1.000 nacidos vivos. Hay un médico
cada 19.000 habitantes y en el Sahara es 1 cada 35.000. La esperanza
de vida en dichos países es de 54 años.
En los países industrializados la mortalidad
infantil es de 7 niños por cada 1.000 nacimientos, y cuentan,
en promedio, con 1 médico por cada 390 habitantes. La esperanza
de vida es de 74 años (5). Frente a una situación
de este tipo, está claro que estamos en presencia de un problema
que sobrepasa el ámbito de la Medicina, para situarse en
el ámbito de lo económico, de las políticas
públicas, y, sobre todo, de la ética. Este tema, muy
técnico en su tratamiento y que involucra a especialistas
de distintas disciplinas, no ha sido tratado específicamente
por el Magisterio de la Iglesia Católica, pero es susceptible
de ser comprendido a la luz de los principios, que conforman la
columna vertebral de la Doctrina Social de la Iglesia, del destino
universal de los bienes, de solidaridad, de subsidiariedad y del
bien común.
II. Principios de la Doctrina Social de
la Iglesia
1. El principio del destino universal de los bienes y el
carácter social de la propiedad
El Catecismo de la Iglesia Católica postula
que: "Los bienes de producción materiales o inmateriales
como tierra o fábricas, profesiones o artes, requieren los
cuidados de sus poseedores para que su fecundidad aproveche al mayor
número de personas. Los poseedores de bienes de uso y consumo
deben usarlos con templanza reservando la mejor parte al huésped,
al enfermo, al pobre" (6).
En mi opinión, tanto los aspectos involucrados
en los cuidados de salud (profesionales, personal de apoyo, materiales,
etc.), así como la salud de los individuos, en el sentido
amplio de la palabra, entran en esta categoría de bien.
Con relación a lo primero, se ha de procurar
que el personal profesional, técnico y administrativo, y
los materiales que se usan en este arte, se comprendan más
como una instancia al servicio del hombre y de todos los hombres,
que como una mera mercancía que se transa en el mercado según
la oferta y la demanda. El sentido auténtico de los bienes
que se poseen es que son instancias que se administran en la perspectiva
de servir. Desde este punto de vista, volver a profundizar acerca
del ethos de las profesiones en general y de la Medicina
en particular es urgente. La motivación central de toda persona
que trabaja es que sus conocimientos, fruto del esfuerzo personal
y del estudio y del trabajo de tantos, que le permite ejercer un
oficio o una profesión, constituyan la posibilidad de ser
un aporte para el desarrollo del tejido social, cuya concreción
es que cada uno de sus miembros pase de condiciones menos humanas
a condiciones más humanas. En el caso concreto que estamos
tratando, que tenga acceso a los cuidados médicos cuando
los requiera. Desde este punto de vista, se puede afirmar que la
salud es un bien personal, pero también es un bien social.
Ello implica que su gestión ha de ser también compartida.
Esto es importante, porque en algunos países se ha llegado
a la paradoja de que, por una parte, se exalta el acceso a la salud
como un derecho inalienable y, por otra, se crean instancias jurídicas
que tienden a legalizar el aborto de personas con malformaciones
congénitas o la eutanasia. Con este tipo de contradicciones
está claro que no se quiere privilegiar la salud desde una
perspectiva del bien de la persona, sino desde una perspectiva hedonista
y selectiva de la salud.
Sobre los conocimientos que tiene una persona grava
una hipoteca social. La dimensión social intrínseca
que les grava está dada por el hecho de que son un factor
privilegiado para posibilitar la construcción de una comunidad
más digna del hombre.
Desde ese punto de vista, la forma en que se organicen
los servicios en salud no puede ser un fin en sí mismo, sino
que un instrumento para optimizar los recursos que están
destinados a todos para lograr que toda persona tenga acceso a la
mejor atención de salud que sea posible.
Con relación a lo segundo, se trata del
deber de cada persona de ser responsable del bien que significa
su salud. Ello implica el deber de evitar, dentro de lo humanamente
posible, todas aquellas instancias que, además de perjudicar
la salud propia, sean susceptibles de perjudicar a los demás.
Pensemos en la inmensa cantidad de recursos que se gastan para afrontar
enfermedades provenientes del uso del tabaco, el alcohol y la droga,
así como de la contaminación atmosférica. Y
la cantidad de recursos del área de la salud que se gastan
para atender a personas gravemente heridas por accidentes previsibles
y evitables, especialmente de tránsito. Un trabajo fundamental
que se ha de hacer es ayudar a las personas a tomar conciencia de
que sus acciones no solo tienen consecuencias sobre sí mismas,
sino también sobre toda la sociedad. Distribuir adecuadamente
y de modo equitativo los recursos en salud implica también
ayudar a que los recursos no se consuman en atenciones médicas
que pueden evitarse. Creo que reforzar la educación en este
aspecto poniendo especial énfasis en la interdependencia
de todo el género humano en lo que al impacto de las acciones
humanas se refiere, así como una mayor firmeza frente a las
personas que inducen a consumir elementos nocivos para la salud,
es una exigencia ética prioritaria.
Un estudio al respecto plantea que un sistema completamente
socializado de la salud tiende a una cierta irresponsabilidad en
los gastos en salud. Los autores del estudio postulan que una mayor
responsabilidad de parte de los ciudadanos y los médicos
puede superar el consumo incontrolado de los recursos. La vía
de la responsabilidad personal es la que sin duda dará los
mejores resultados. Ello implica un nuevo comportamiento ético
(7). Holanda, por ejemplo, postula que "los cuidados
que no pueden ser dejados a la responsabilidad individual son prioritarios
con relación a los cuidados que llevan gravadas responsabilidades
personales" (8).
Desde el ámbito teológico, la propiedad
se considera como un don recibido por Dios. Según San Basilio,
la propiedad tiene una función administrativa, por lo que
es obligación del propietario cuidar los bienes y no destruirlos.
Que sobre la propiedad privada pesa una hipoteca social ya lo planteaba
el mismo autor al decir que la propiedad adviene para su uso y servicio,
es allí donde encuentra su razón de ser. San Jerónimo
sostenía que la propiedad está sometida a la ley de
la justicia, por lo que su uso no puede prescindir de la situación
y satisfacción de las necesidades de los demás. La
propiedad privada no se entiende al margen del bien común,
esta supera el marco meramente individual de quien lo posee, para
integrarse en el amplio contexto de la comunidad y de su bien.
La propiedad es un concepto cada vez más
diverso y diversificado (9), que no solo está conformado
por los bienes materiales. Cada vez adquiere más importancia
la propiedad del conocimiento, de la técnica y del saber.
La salud también puede ser considerada de alguna manera como
una propiedad en el sentido de que es un elemento importante para
el desarrollo de las personas y la sociedad. El cuidado de la salud
y su restitución, en caso de verse dañada, depende
en gran medida de los conocimientos adquiridos, de las técnicas
empleadas y de una adecuada infraestructura.
2. El principio de subsidiariedad
La palabra viene del latín subsidium,
que significa ayuda. El principio de subsidiariedad intenta armonizar
adecuadamente las relaciones entre los individuos y la sociedad
y especificar los límites de la injerencia del Estado en
las competencias de las personas o grupos de personas. Este principio
sostiene que "una estructura de orden superior no debe interferir
en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándole
de sus competencias, sino que más bien debe sostener en caso
de necesidad y ayudarle a coordinar su acción con la de los
demás componentes sociales, con miras al bien común"
(10).
Este principio confirma la legitimidad de que las
personas se organicen de tal forma de enfrentar lo mejor posible
las enfermedades que pudieran sobrevenir. Desde ese punto de vista,
es razonable que las personas, de modo individual o colectivo, destinen
los recursos obtenidos mediante su trabajo para solventar los costos
de una eventual enfermedad para ella o su familia. El Estado no
puede oponerse a que cada uno asuma lo que puede acontecer en lo
que a su salud se refiere. Es legítimo optar por destinar
los recursos personales prioritariamente para ello, reduciendo los
gastos de otra índole. El no permitir que las mismas personas
se hagan cargo de ello sería caer en un colectivismo. La
Declaración de D Alma-Ata (1978) sobre los cuidados
de salud de base es explícita al respecto cuando dice: "Las
personas tienen el deber y el derecho de participar individualmente
y colectivamente en la elaboración y en la puesta en ejecución
de sus cuidados de salud".
Según este principio, todas las personas
son agentes de salud. Ello requiere que, además de la educación,
se creen condiciones para que todas las instancias en la que se
ve involucrado lo relativo a la salud de las personas, como los
lugares de trabajo, donde se manipulan alimentos, etc., colaboren
en la promoción de ella. El principio de subsidiariedad se
podrá aplicar adecuadamente en la medida que haya un creciente
proceso de "responsabilización" de las personas
de su propia salud y la ajena. Solo así los recursos que
administra el Estado irán efectivamente a los más
pobres.
Por otra parte, no se puede desconocer que hay
personas que, por diversas razones, no son capaces de solventar
los gastos que implica una enfermedad. Ya sea por lo imprevisto,
ya sea por su precaria condición económica y social,
etc. Las preguntas que surgen son las siguientes: ¿Le corresponde
al Estado hacerse cargo de aquello y en qué medida? ¿Debe
destinar todos los recursos que se requieran para un determinado
enfermo o deberá limitarlos a los mínimos, sobre todo
cuando se sabe que los recursos que se inviertan en uno irán
en detrimento de los recursos necesarios para otro?
Sin duda que son preguntas fundamentales, cuyas
respuestas influyen en la toma de decisiones a la hora de destinar
los recursos en el ámbito de la salud. Las pistas de respuesta
a estas preguntas pueden encontrarse a la luz de los conceptos de
solidaridad y del bien común.
3. El principio de la solidaridad
El principio de solidaridad tiene un significado
desde el punto de vista ontológico, y otro, desde el punto
de vista ético. Ontológicamente hablando, significa
que todos los individuos de la especie humana están mutuamente
implicados. Ello significa que todos los individuos que componen
la sociedad están involucrados con el todo. Por otra parte,
el todo social está indisolublemente implicado en la suerte
de cada uno de sus miembros.
Desde el punto de vista ético el principio
de solidaridad se traduce en el de responsabilidad, que significa
que cada miembro de la comunidad es responsable por el bien de los
demás, es decir, de la comunidad. Y, por otra parte, la comunidad
debe responsabilizarse por el bien de cada uno de los individuos.
La solidaridad no es un mero sentimiento, es la determinación
firme y perseverante de empeñarse por el bien común,
es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos
verdaderamente responsables de todos (11). La solidaridad
tanto en el ámbito personal como nacional e internacional
se configura como uno de los principios básicos de la concepción
cristiana de la organización social y política
(12). Esta mirada que coincide las relaciones humanas en un
contexto de mutua interdependencia, ha quedado expresado en el informe
de las prioridades de Holanda. Este postula que "Los cuidados
necesarios (es decir, aquellos que responden a necesidades fundamentales)
preceden los menos necesarios, y los cuidados considerados como
apropiados y tienen una garantía de eficacia preceden los
cuidados menos apropiados con una menor garantía de eficacia"
(13).
La manera como en la actualidad se ha consolidado
la organización social pone en evidencia la existencia de
un amplio grupo de personas que no tienen acceso a los medios necesarios
para llevar una vida digna, y de otro grupo de personas, cada vez
menor, que concentra un alto porcentaje de bienes y de servicios.
Algunos por la falta de bienes mínimos para su subsistencia,
es decir, por no tener, no llegan a desarrollar las capacidades
propias de su ser. Este aspecto se percibe de modo eminente en lo
que a la salud se refiere. La solidaridad implica en la práctica
actuar con equidad, y colaborar para minimizar las diferencias en
cuanto al acceso de salud se refiere. La equidad es lo que garantiza
el acceso a los servicios de salud a todas las personas.
La Organización Mundial de la Salud plantea
que: "
la equidad debe ser asegurada para el financiamiento
de los servicios que favorecen los segmentos más pobres y
los más vulnerables de la sociedad". Una vez que se
toma conciencia de que el problema es ético, es un tema técnico
cómo se lleva a cabo el conjunto de acciones para la consecución
del logro de las metas propuestas.
4. El principio del bien común
El bien común es "el conjunto de aquellas
condiciones de la vida social que permiten a los grupos y a cada
uno de sus miembros conseguir más plena y fácilmente
su propia perfección" (14). Los hombres están
tan interrelacionados, que el bien común se comprende adecuadamente
solo desde el bien de las personas concretas. "El orden social
y su progreso deben subordinarse al bien de las personas... y no
al contrario" (15).
El Catecismo plantea que el hombre participa en
el bien de los demás y de la sociedad por la atención
prestada a la educación de su familia y por la responsabilidad
en su trabajo.
Velar por el bien común, si bien compete
a cada uno de los miembros de la sociedad, adquiere especial relevancia
sobre quienes ejercen la autoridad, y se concretiza en tres elementos
esenciales.
El primero es el respeto de la persona en cuanto
tal. En nombre del bien común, las autoridades están
obligadas a respetar los derechos fundamentales e inalienables de
la persona humana. La sociedad debe permitir a cada uno de sus miembros
realizar su vocación. Desde este punto de vista, en lo que
al acceso a los servicios de salud se refiere, se ha de procurar
que cada persona la tenga, porque constituye la condición
de posibilidad para poder realizar la vocación que le es
propia.
El segundo es que el bien común exige el
desarrollo de todos los componentes de la sociedad. El desarrollo
es el resumen de todos los deberes sociales. En nombre del bien
común, a la autoridad le corresponde decidir entre los diversos
intereses particulares que están en juego en la perspectiva
de facilitar a cada uno lo que necesita para llevar una vida verdaderamente
humana: alimento, vestido, salud, trabajo, educación y cultura,
información adecuada, derecho a fundar una familia, etc.
Por último, el tercer elemento dice relación
a la paz, la seguridad y la estabilidad de un orden justo. Mientras
mayor transparencia haya respecto del destino de los recursos que
se destinan para los servicios de salud, en todos los estratos en
los cuales se toman las decisiones, se contribuirá de mejor
manera al bien común.
El bien común no puede lograrse al margen
de una activa participación de todos los miembros de la sociedad.
Este deber de participar en la vida social no es exógeno
al ser humano, sino que parte integrante de su ser y de su dignidad.
Este principio está asumido en el acta constitutiva
de la OMS cuando postula que: "Poder gozar de los niveles de
salud lo más alto posible es uno de los derechos fundamentales
de todo ser humano, sin distinciones de raza, religión, convicción
política, condición económica y social. La
salud de todos los pueblos es esencial para obtener la paz y la
seguridad y depende de la cooperación total entre los individuos
y los Estados".
Hay que trabajar en esta línea para ir superando
las grandes desigualdades que existen en este ámbito. En
la medida que nos sintamos responsables no solo de nosotros mismos
sino también de los demás, vamos a llegar a que las
personas tengan acceso a las prestaciones de salud que requieren
en un momento determinado de sus vidas. Esta mirada más social
y solidaria de la salud plantea el problema del acceso a ella en
términos éticos fundamentado en la dignidad de la
persona y no tanto como un problema médico o económico.
En este sentido me sumo a lo planteado por la OMS en cuanto que
la equidad implica que "se debe asegurar el financiamiento
de los servicios que favorezcan a los segmentos más pobres
y los más vulnerables de la sociedad".
A modo de conclusión
El tema abordado obliga a focalizar la atención
en un número importante de actores sociales. Las personas
susceptibles de adquirir enfermedades, las que trabajan en el área
de la salud y las que tienen responsabilidades de gobierno a la
hora de asignar los recursos, las prioridades y generar las políticas
de desarrollo del país que de una u otra manera influyen
en la salud de las personas, etc.
Sin duda que el tema es complejo y resulta casi
imposible dar recetas que rijan de modo universal, puesto que se
está en presencia de personas, únicas e irrepetibles
enfrentadas a una situación de hondo significado humano que
involucra aspectos fundamentales en la vida de las personas.
Este tema involucra a cada una de las personas
en cuanto susceptibles de enfermarse, y al sector público
que debe velar por el bienestar de los ciudadanos. Las políticas
en el ámbito de la salud no deben poner como disyuntiva el
bien individual y el bien común, porque la búsqueda
del bien común pasa por la búsqueda del bien de las
personas consideradas individualmente. Con ello se evita caer en
dos maneras de concebir las prestaciones de salud que no ayudan
a solucionar adecuadamente esta ecuación. La primera, que
prioriza al individuo por sobre el todo social, porque termina obviando
el impacto social que tienen las acciones personales y dejando entre
paréntesis a la comunidad. La segunda, que prioriza el todo
social por sobre el individuo, porque dispersa al individuo en el
todo y termina necesariamente "cosificándolo".
A la luz de la igualdad ontológica de todos
los hombres entre sí, se ha de evitar que razones como la
edad, la clase social, la capacidad productiva, la situación
familiar sean determinantes para destinar recursos, porque introducen
elementos de discriminación que no están directamente
relacionados con la salud de las personas.
Serán los criterios de gravedad del enfermo, de la urgencia
de la atención, los costos involucrados respecto de los beneficios
que se puedan obtener, es decir, la futilidad del tratamiento respecto
de esta persona en concreto, los que han de ser tomados en consideración
a la hora de tomar decisiones. Decisiones que, por cierto, siempre
estarán revestidas de dramatismo.
1 Cf. Sgreccia E., "Manuale di Bioetica,
II Aspetti medico sociali", Vita e Pensiero, Milano 1996, 491-493.
2 "Ces derniéres décennies,
la croissance a été continue dans les pays industrialisés:
en France de 6,8% du PIB en 1975 á 8,6% en 1987, en Suéde
de 8% en 1975 á 9,0% en 1987; aux États-Unis de 5,2%
en 1960 a 11,2% en 1987; au Canada de 5,4% en 1960 a 8,3% en 1987;
en Angleterre de 3,9% en 1960 a 8,3% en 1987; en Corée de
3% en 1980 a 9% en 1990". Presidencia do Conselho de Ministros,
Conselho Nacional de ética para al ciencias da vida, Avis
sur les questions ethiques sur la distribution et l utilisation
des ressources pour la santé, Lisboa, 1995, 65-66.
3 En Estados Unidos se realizó un estudio
acerca del empleo de alta tecnología en Medicina. El autor
llegaba a la conclusión de que, a pesar de que el 11,5% del
Producto Interno Bruto iba destinado a la salud, 38 millones de
habitantes no están cubiertos por ninguna asistencia sanitaria.
Cf. Duggan M.J., "Resource allocation and bioethics",
en The Lancet I, 1989, 722-773.
4 Cf. Abundante bibliografía en Sgreccia
E., "Manuale di Bioetica, II Aspetti medico sociali",
Vita e Pensiero, Milano 1996, 466-472; Palazzani L., "Teorie
della giustizia e allocazione delle risorse sanitarie", en
Medicina e Morale 5 (1996) 901-921.
5 Cf. Presidencia do Conselho de Ministros,
Conselho Nacional de ética para as ciencias da vida, Avis
sur les questions ethiques sur la distribution et l utilisation
des ressources pour la santé, Lisboa, 1995, 56-60.
6 Catecismo de la Iglesia Católica, 2405.
7 Cf. Lebrun J., Saelly- Ch. "Contraintes
économiques et choix therapeutiques", en Medecine de
lhomme, Paris, nov-dic, 1984, 14-23.
8 "Priorities in Health Care", Rapport
final de la Commission parlementaire suédoise sur les priorités,
Stocolmo 1995, 104-108.
9 Gaudium et Spes 71.
10 Centesimus annus 48.
11 Sollicitudo rei socialis 38.
12 Centesimus annus 10.
13 "Priorities in Health Care", Rapport
final de la Commission parlementaire suédoise sur les priorités,
Stocolmo 1995, 104-108.
14 Catecismo de la Iglesia Católica 1907.
15 Gaudium et Spes 84.
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