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Yo quiero agradecer la invitación que me ha extendido
la Pontificia Universidad Católica de Chile, para compartir
con ustedes algunas reflexiones al momento de clausurar este seminario
que, con el propósito de discutir sobre los desafíos
de la equidad sanitaria, han organizado el Departamento de Salud
Pública y el Centro de Bioética de esta casa superior
de estudios.
Lo agradezco, particularmente, porque el tema de
la superación de las desigualdades que existen en nuestra
sociedad es uno de los objetivos que ha motivado el diseño
de las políticas públicas en este gobierno, y es,
a la vez, uno de los pilares sobre los cuales se sustenta la profunda
reforma que pretendemos, en un esfuerzo del país, imprimir
a nuestro sistema de salud.
Crecer con igualdad fue el compromiso que el gobierno
del Presidente Lagos asumió con la ciudadanía al momento
de formular una propuesta de desarrollo para nuestro pueblo; propuesta
que es, antes que todo, una propuesta ética, una propuesta
de desarrollo que contempla en su formulación el elemento
que la debe hacer distintiva de cualquier otra, como es: el que
los frutos de esta evolución social alcancen a todo nuestro
pueblo y que el gobierno se comprometa explícitamente en
este esfuerzo, tomando las medidas necesarias para que este crecimiento
armónico y económico no quede al arbitrio exclusivo
de las fuerzas del mercado ni a merced de redistribuciones espontáneas
que, a menudo, tardan excesivamente en producirse.
En pocas áreas sociales la demanda de equidad
es tan sentida como lo es en el sector de cuidados y protección
de la salud; y nosotros, en este período de gobierno, lo
hemos percibido en forma particularmente intensa, presente en prácticamente
todos los sondeos de opinión pública que se han realizado
con el propósito de medir las áreas de preocupación
de la ciudadanía. Comparte la salud, con el empleo y la seguridad
ciudadana, el "dudoso" honor de disputarse el primero
de estos lugares en términos de demanda insatisfecha o, a
su vez, como elemento generador de inseguridad o percepción
de desprotección. Nuestra respuesta, por tanto, no puede
demorar más, la superación de las desigualdades en
salud debe ser y así está contemplado en nuestra
propuesta para este sexenio uno de los principios que guíen
la totalidad de las políticas ministeriales de salud y el
propósito que guíe los esfuerzos de cooperación
intersectorial que emprendamos con las universidades, los gremios,
la empresa privada, la ciudadanía y los demás organismos
gubernamentales.
La traducción de este principio rector en
metas prioritarias significará, en un breve plazo, enviar
al Parlamento, para su discusión, un proyecto de ley que
consagre los derechos ciudadanos en esta materia, que consagre el
derecho de toda persona a acceder a prestaciones que aseguren su
salud sin discriminación de edad, sexo o condición
socioeconómica, sin duda referida a los recursos que el país
tiene. A la vez que explicite los deberes de corresponsabilidad
que le cabe en la manutención de aquella. Para ser viable
desde la perspectiva económica esta equidad, estamos avanzando
en la elaboración de un sistema de financiamiento solidario,
estudiado por la Comisión de Reforma que presido, la que
en un plazo de ocho a diez meses deberá evaluar un informe
para ser presentado al Presidente de la República.
El éxito de una propuesta dirigida a abordar
las desigualdades en nuestro país requiere, necesariamente,
de un profundo diagnóstico de las diferencias en la asistencia
sanitaria, cuantificándolas en todos los niveles, incluso
las comunas. Con este propósito estamos trabajando en la
confección de un mapa que nos muestre las diferencias en
salud y los condicionantes sanitarios, la oferta de servicios, la
demanda de salud actual y su proyección, así como
la calidad, acceso y oportunidad de las prestaciones que se ofrecen
en nuestra población. En este proyecto estamos trabajando
con el Ministerio, la OPS y, en algunas partes, con el apoyo de
Canadá. De esta forma pretendemos determinar objetivamente
las brechas que resultantes de una asimetría
existen, sin duda, en nuestro país.
A partir de este diagnóstico se propondrá
la implementación de un plan nacional de equidad que diseñe
y aplique instrumentos eficaces de corrección de las asimetrías
y el monitoreo de sus resultados, que debe rendir su fruto en el
transcurso de este sexenio.
La finalidad del Estado, como constructor social,
es contribuir al bien común en la mayor medida que le sea
posible. Para lograr este objetivo, cada gobierno otorga en un contexto
democrático la peculiaridad que su doctrina política
y filosófica le imprime. Para este gobierno, esta impronta
está dada por la equidad y la justicia social; equidad que,
cuando es aplicada al acceso, oportunidad y calidad de los cuidados
de salud que reciben los integrantes de una comunidad, excede largamente
en sus resultados al ámbito de los individuos. La correlación
positiva existente entre el nivel de salud de un país y su
ingreso per cápita es una de las asociaciones mejor conocidas
en política social; la causalidad que subyace a ella, sin
embargo, no va solamente en el sentido de asociar un mayor ingreso
con mejores indicadores sanitarios; también existe suficiente
evidencia científica que nos permite afirmar que esta relación
causal se da también en sentido inverso, y que el nivel de
salud de una población, medido, por ejemplo, en expectativa
de vida, es también un importante indicador independiente
del crecimiento económico futuro de un país.
Construir equidad es invertir en nuestro futuro
como nación; nuestras pretensiones de alcanzar el desarrollo
económico en el próximo decenio pasan por sentar las
bases para alcanzar, antes que aquel, nuestro desarrollo moral como
sociedad y entregar a nuestras generaciones venideras un país
más justo, más equitativo y más solidario.
Ese es nuestro compromiso.
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