El desafío de la Filosofía se dirige a la reflexión
permanente sobre las posibilidades del hombre y al develamiento del
mundo en que vivimos. El hombre, como el mundo, es tareas inconclusas
e "indefinidas". Desde esta suspensión, el filósofo
pretende bosquejar las huellas de lo infinito y el misterio invisible
de las cosas.
Reflexionar sobre el concepto de salud desde una
perspectiva filosófica nos conduce a reflexionar sobre las
acciones y lenguaje en que la salud se dice y del "mundo"
que evoca.
La noción de salud no es un concepto, sino
una experiencia que se vive. De esta manera, no sería forzado
sostener que la salud está asociada fundamentalmente al proceso
de la vida y la muerte de los seres vivos en general. Nos interesa
profundizar aquí la cuestión del sentido de la salud
en el contexto de la existencia humana.
Para llevar a cabo nuestro propósito, vamos
a dividir este estudio en dos momentos: la relación entre
la noción de salud y la cuestión de la ética,
y, en segundo lugar, algunas reflexiones críticas sobre la
noción de normalidad y algunas paradojas de la Medicina moderna.
1. El problema de la salud como cuestión
ética
M. Heidegger, en su célebre Carta del Humanismo
(1946), reflexiona sobre el sentido originario de la palabra "ética"
como ethos. Esta reposición de la palabra ethos
conduce a sostener que la ética es la posibilidad concreta
para el hombre de construir su morada en el ser. El ser en este
caso no es el ser vivo, sino el horizonte inagotable desde donde
significamos el mundo, otorgándole un sentido. En este contexto,
la palabra "ser", que por sobre todo es verbo, correspondería
a la primera afirmación, desde donde brotan todas las otras.
Sin embargo, el "ser" no sería solo una especie
de articulador lingüístico, o un ordenador artificial
de la diversidad de las cosas. El ser alude a un momento originario,
a una primera analogía, desde la cual toda cosa dicha, pensada,
o imaginada siempre "es" y, por lo tanto, participa de
la acción inagotable del ser.
La sutileza de la cuestión reside en que
la afirmación del ser nunca es dicha por nadie en términos
absolutos, esta afirmación descansa en su silencio originario,
que los filósofos, como los poetas y artistas, incansablemente
intentan decir de alguna manera.
Desde esta perspectiva, la correspondencia entre
ética y ontología no se refiere a sus "objetos",
sino al modo como se cruzan sus experiencias fundamentales.
La ética alude a la experiencia de la "casa
primera" y "común" del hombre (ethos).
La ontología, por su parte, se refiere al despliegue del
verbo "ser", que es desde donde emergen las significaciones
y construcciones propias del hombre. A la metáfora de la
"luz", que indica el significado profundo del ser, en
el sentido de aquello que deja ver las cosas, pero que ella misma
no se deja ver, se agrega ahora la idea de "horizonte".
Con esta metáfora queda de manifiesto que hablar de ser significa
de una u otra forma aludir a una experiencia fundamental de orientación,
de significación.
La ética, en esta perspectiva, es una experiencia
originaria de sentido para el hombre, más que la prescripción
normativa de ciertos códigos de conducta. La ética
corresponde a la posibilidad para nosotros de llegar a ser "más
humanos". Es en esta dimensión cualitativa de la humanitas
donde centramos la posibilidad para el hombre de reconocer y vivir
su propia humanidad. Todo hombre nace hombre-mujer, pero se hace
humano. De esta manera la reflexión ética es correspondiente
a la pregunta por el sentido de lo humano. J. F. Malherbe en su
último texto llega a decir que la pregunta, o más
bien la problemática de la ética consiste en preguntarse
qué tipo de ser humano va (o queremos) construir (1).
La cuestión de la salud desde el origen
de la Medicina como ciencia (arte para los griegos) aparece mediada
éticamente. El principio básico de esta ciencia consiste
en no dañar al otro bajo ninguna circunstancia, tal como
lo consignara hace ya 25 siglos Hipócrates (2). Es
interesante ver que este principio, más que una prohibición
es un mandato, es decir, una afirmación más que una
restricción. Es una apertura al ilimitado destino del otro,
y no una simple negación arbitraria. La acción de
no dañar es el principio fundamental de una ética
que afirma la "realidad del otro" como primera afirmación
de reconocimiento humano.
¿Cuál es entonces la "experiencia"
y el "dinamismo" propio de la salud? Si planteamos la
pregunta de esta manera es para insistir, desde el inicio, en que
la noción de salud, aun siendo gramaticalmente un sustantivo,
es en realidad un verbo, es decir, una acción, como lo es
la existencia, el conocimiento, el lenguaje, el ser. La definición
en estos casos no es posible, y no solo por razones lingüísticas,
sino, como veremos, existenciales.
Desde la etimología de la palabra "salud",
encontramos algunas pistas que nos ayudan a introducirnos en nuestro
propósito. "Salud" viene del latín sanitas,
y desde el origen hace referencia a "la salud del cuerpo y
del espíritu". Tener salud significa tener buen sentido
(bon sens.)
La vida humana es más que un proceso biológico,
es decir, la vida no solo es el cumplimiento de determinadas funciones,
sino la posibilidad del existir humano de ser "más"
plenamente. La plenitud de la vida no se limita a un asunto de autorrealización,
o de un logro profesional, sino a una decisión de vivirla
desde y hacia un sentido.
La salud, como lo es la vida toda de los individuos,
está siempre mediatizada éticamente, es decir, que
sobre ella no recae solo una norma o un deber ser, sino una posibilidad
de afirmación o de negación de sentido humano. Es
sobre esta afirmación de sentido que vamos a situar la ética
(3).
El sentido no es una cosa que podamos definir a
priori. Sin embargo, sin mayor dificultad, podríamos
enumerar una lista de personas que han logrado, a pesar de las dificultades,
vivir una vida de sentido. Este significa, en una primera aproximación,
"apostar", como diría B. Pascal, confiar y morir
en la seguridad (assurance) de que hay un "algo"
que al mismo tiempo que nos precede, nos sobrepasa. G. Marcel hablaba
de misterio, otros, de fin último; otros, simplemente, de
Dios. En este caso el nombre del "sentido" no es lo medular,
sino su reconocimiento.
El amor, no el burdo romanticismo emocional, sino
aquel que nos puede conducir a dar la vida por el otro, como la
justicia que supera a la justicia de las leyes, son ciertamente
gestos de sentido. Estos significan más de lo que "en
sí" logran decir (4).
Maximiliano Kolbe, sacerdote polaco, ocupa el lugar
del "otro hombre", un anónimo padre de familia
que estaba en la lista para morir en Auschwitz.
Desde un pragmatismo absoluto se podría
llegar a decir que la muerte de Maximiliano fue inútil. La
persona que reemplazó murió semanas más tarde.
Sin embargo, el gesto de Kolbe es un gesto de valor y de sentido
humano, y no un absurdo. La acción de dar la vida es quizá
el gesto de máximo reconocimiento a otro.
A diferencia del fanático, que en algunos
casos está también dispuesto a morir, pero a
condición justamente de negar radicalmente el rostro del
otro, asesinándolo (5).
El que es capaz de morir por otro aporta un sentido
que parece no terminar con la simple conmemoración del hecho
en el presente. Parece que en este registro se abre un espacio de
reconocimiento infinito, y un modo concreto de interpretar nuestro
presente desde este "gesto" que al estar inscrito más
allá de las palabras se reinterpreta siempre de otro modo.
Vicktor Frankl, en su texto El hombre en busca
de sentido, llega a decir (sin ningún ánimo de
promover alguna especie de masoquismo) que el sufrimiento también
puede ser una instancia de sentido.
El hedonismo se presenta en nuestro medio como
un fin en sí mismo y no solo como una posibilidad de exacerbar
los placeres sensibles, sino, además, como la realización
de una entretención infinita, que no es otra cosa que una
alienación pura y simple. No parece una exageración
que algunos estudiosos del tema llegan a caracterizar nuestra era
como la era del vacío (6).
Ahora examinaremos ciertas relaciones entre la
Medicina y la posmodernidad, y algunos antecedentes provenientes
de un filósofo y médico que ha reflexionado de un
modo acucioso sobre la relación entre lo normal y lo patológico:
nos referimos a Georges Canguilhem.
1.1. Algunos aportes de Georges Canguilhem
(1904-1995)
Lo normal aparece como una noción ambigua
y arbitraria, si se le reduce al promedio matemático, o a
un censo estadístico.
"La vida humana, sostiene Canguilhem, puede
tener un sentido biológico, un sentido social, un sentido
existencial. Todos estos sentidos pueden ser indiferentemente retenidos
en la apreciación de las modificaciones que la enfermedad
infringe al viviente humano" (7).
El autor antes citado indica que la cuestión
de fondo cuando analizamos lo viviente, la vida, es saber, y decidir
si estamos tratando a esta como un "sistema de leyes o como
una organización de propiedades, si debemos hablar de leyes
de la vida o de orden de la vida".
La confrontación que hace Canguilhem fue
hecha en respuesta a las primeras investigaciones que hiciera al
inicio de la ciencia médica moderna Claude Bernard.
Canguilhem critica a Bernard, que, a pesar de no
identificar necesariamente lo cualitativo con lo cuantitativo, al
momento de distinguir lo normal de lo patológico, cree en
"una legalidad fundamental de la vida análoga a la materia".
La idea de la organización permite al autor avanzar
hasta lo que hoy podríamos denominar perspectiva estructural-fenomenológica,
cuando insiste que lo patológico no se reduce a lo biológico.
La vida es una polaridad dinámica (8).
La vida entera es una experiencia y tentativa
de sentido, en todas las direcciones. La intencionalidad, la conciencia,
como diría Merleau-Ponty, emerge de un cuerpo que no es más
un objeto, sino un sujeto (9).
Dos cuestiones cruzan la preocupación filosófica,
biológica de Canguilhem. La primera consiste en preguntarse
sobre si el estado patológico corresponde a una modificación
cuantitativa del estado normal. La segunda es preguntarse si hay
ciencia de lo normal y lo patológico.
En el primer caso, Canguilhem debe confrontar su
reflexión con dos de los paradigmas que se perfilaban en
su época como válidos. Por un lado, A. Comte, quien
se interesaba en lo patológico en vista de determinar especulativamente
las leyes de lo normal. Claude Bernard se interesaba, al contrario,
en lo normal con el propósito de actuar de un modo razonable
sobre lo patológico (10).
Contra A. Comte, Canguilhem rechaza el postulado
que pretende que la patología es tan solo una forma de lo
normal medible en grados o en niveles de menos a más.
Para Claude Bernard, la Medicina es la ciencia
de las enfermedades, y la Fisiología sería la ciencia
de la vida propiamente tal.
Canguilhem sostiene, contra Bernard, que la enfermedad
compromete al organismo en su totalidad y no solamente a uno o algunos
órganos.
Estar enfermo, prosigue el autor, es verdaderamente
para el sujeto otra "expresión" (allure)
de la vida. La enfermedad obliga al organismo a remodificar su modo
de ser.
El estado de salud tiene al sujeto en la inconsciencia de su cuerpo,
el cuerpo emerge a la conciencia cuando el sujeto experimenta (vive)
limitaciones, amenazas y obstáculos para su salud. La idea
de un cuerpo emergente no impide a Canguilhem privilegiar el estado
de la conciencia de la enfermedad, como aquello que la constituye,
no a la enfermedad en sí, sino a la enfermedad para el enfermo
(11).
1.2. Medicina y posmodernidad
El desarrollo y avance de la llamada biotecnología
nos abre un mundo de insospechadas ventajas respecto de la vida
y específicamente la salud.
No sabemos hasta dónde se podrá llegar
y como saberlo es imposible, podemos reflexionar sobre las nuevas
fronteras de la vida, que parecen cada vez más anchas e indiscernibles.
Los filósofos, como Levinas y también
algunos médicos en nuestro medio (R. Bustos), intentan hacerse
cargo de un olvido de lo humano. No tendría sentido
responsabilizar de este olvido a las políticas
de salud ni a los ministros ni a la OMS. Sin embargo, es bastante
claro que el vertiginoso desarrollo e innumerables avances en el
dominio de la biología molecular y la genética nos
pone en una posición de crítica respecto del sentido
del cual hablamos antes.
Las claves del humanismo aparecen enfrentadas a
una tensión que algunos ubican al interior de la modernidad,
que supuestamente terminó o está terminando, y al
nacimiento de la posmodernidad (12). Hay otros que sitúan
esta crisis (del humanismo) como expresión de una crisis
metafísica (13).
Una de las expresiones más concretas de
esta crisis es la manera como la vida, en general, y la existencia
humana, en particular, se reduce a la función que se desempeña.
No es casual que el concepto de salud se refiera fundamentalmente
a la dimensión funcional orgánica del cuerpo o, como
lo veremos en el próximo punto, a la adaptación, también
funcional, del individuo al sistema.
Este reduccionismo no solo se refiere a una toma
de posición epistemológica, es decir, y como lo indica
R. Bustos, a una práctica médica inspirada en una
epistemología neutra, sino, además, y
fundamentalmente, por una imagen mecanicista y funcional de la vida
humana.
Gabriel Marcel, filósofo de la existencia,
ya en el año 1933, diagnosticaba la situación de la
Época contemporánea, caracterizada por
una representación del hombre como un haz de funciones. En
el origen de este desplazamiento se operaba otro más profundo
y más sutil. Este corresponde al paso del misterio del ser
a la "objetividad" del tener (avoir). Tener cosas
no tiene nada de despreciable, como la "objetividad" que
se puede obtener frente a un hecho cualquiera. El problema reside
cuando se termina identificando el ser que somos, con la función
que hacemos, o estableciendo que el único criterio válido
en el campo de las ciencias (y particularmente en la Medicina) es
el de la "objetividad".
Sería absurdo resistir y negar la "objetividad"
de las causas de una enfermedad o el dolor que la produce. Si se
identifica la sola búsqueda de la causalidad con el plano
de la objetividad, se deja entre paréntesis la subjetividad
del enfermo, y, por tanto, a la enfermedad misma.
Por esta razón, piensa Canguilhem que la
"definición" de la enfermedad debiera remitir,
entonces, a la conciencia del enfermo. Es porque hay hombres enfermos
que hay Medicina, y no por el hecho de que hay médicos es
que hay enfermedades. Lo que en otros términos quiere decir
que este autor subraya lo que parece una evidencia palmaria: la
Medicina siempre sana o, al menos, aspira a ello. Esta última
afirmación es criticada ampliamente por el Dr. Reinaldo Bustos
en su texto Las enfermedades de la Medicina, que estudiaremos
a continuación (14).
2. La patología de la normalidad
y la medicina sacrificial
Algunas de las tesis de R. Bustos van a iluminar
la segunda parte de este trabajo. Para ahondar en la crítica
respecto de la idea que identifica lo normal con aquello que funciona,
retomaremos también algunas ideas expuestas por E. Fromm
sobre la noción de patología de la normalidad.
2.1 Sobre la patología de la normalidad
En síntesis, E. Fromm deja de manifiesto
que lo que denominamos normal es una noción arbitraria y
relativa a criterios funcionales. El relativismo sociológico
que critica el autor postula que lo normal es sinónimo de
lo que funciona. Sin embargo, la simple adaptación de los
individuos a un sistema social no garantiza, necesariamente, una
normalidad. O, si se prefiere, la norma del conjunto no excluye
lo que Fromm denomina con el nombre de patología de la normalidad.
Los argumentos son de dos tipos: el primero es
un argumento cuantitativo: los países de mayor desarrollo
económico presentan los porcentajes más altos de suicidios,
homicidios y hechos de violencia. El segundo argumento es de orden
cualitativo: la presencia de los "defectos socialmente modelados"
(DSM).
Estos defectos son aquellas situaciones que se
modelan de tal manera, que se aceptan como normales. En este contexto
los vicios se presentan como virtudes. Las formas de engaño
social y los complejos modos de hipocresía son ejemplos de
DSM. En nuestro medio, sugiere O. Dörr, el lenguaje excrementicio
que usamos en lo cotidiano es una forma que se valida en todas partes.
Lo más delicado es que esta forma de hablar corresponde a
una patología (coprolalia) que acusan pacientes neurológicos
con daño cerebral severo (15).
La tesis de Fromm sobre la patología de
la normalidad y los DSM fue, aunque no de un modo explícito,
recogida en un filme argentino de los años 80: Hombre
mirando al sureste.
Ramtés, el personaje principal, se cree
venido de otro planeta y se va derecho al manicomio. La decisión
que toma este loco una vez en el hospital es, simplemente, decir
la verdad y denunciar la forma como son tratados los enfermos en
este centro psiquiátrico.
Ramtés enfrenta la "normalidad"
del sistema, representado por el hospital, y la normalidad funcionaria
del psiquiatra que lo atiende. La historia sucede sin saber verdaderamente
de dónde venía Ramtés. Lo que es evidente es
que la supuesta locura del personaje es más lúcida
que la normalidad en que se desenvuelve el sistema hospitalario.
El final es previsible: el personaje con diagnóstico de delirio
de humanidad no resiste al "tratamiento", y muere dejando
la sensación de incertidumbre y de absurdo respecto de lo
que nosotros creemos y justificamos como normal.
Brevemente acordemos algunas conclusiones provisionales
a este respecto.
Primero, lo delicado que es identificar normalidad
con lo que sucede más a menudo, o con el resultado estadístico.
Segundo, que la adaptación del individuo a un determinado
sistema no es condición necesaria de normalidad. Tercero,
que la razón para reflexionar sobre la PN consiste en suponer
que la inadaptación del individuo bien puede ser consecuencia
de una inadaptación de la cultura misma respecto del sujeto,
y no al revés.
Desde otra perspectiva, pero siempre en el plano
de la salud mental, Oliver Sacks (1933) escribe una serie de casos
límite, donde justamente las patologías se parecen
más a una historia escrita por un escritor surrealista que
a un informe neurológico.
En la mayoría de los casos narrados por
Sacks, los límites entre lo normal y lo patológico
aparecen obnubilados por una tensión existencial. La "subjetividad"
de la enfermedad trasciende los límites de la supuesta objetividad
del diagnóstico. "Nosotros no vemos las cosas en
sí, sino con relación a otras. Algo le pasaba al paciente
identificado como el Dr. P que confundía a su mujer con un
sombrero, y que le impedía hacer la relación entre
lo que veía y él mismo" (16).
2.2. La dimensión sacrificial de la
Medicina
Según la perspectiva de Reinaldo Bustos,
las enfermedades de la Medicina corresponden a las enfermedades
del mundo moderno. La noción de sacrificio le permite al
autor situar antropológicamente la cuestión de la
enfermedad.
El sacrificio o formas sacrificiales, estudiadas
largamente por el antropólogo francés R. Girard, son
las respuestas que los hombres dan a una rivalidad mimética,
que se despliega a partir del origen triádico del deseo.
Sostener que el deseo se estructura en tres momentos,
significa postular que este no tiene un objeto determinado a
priori. El hombre nace deseando, pero sin saber qué.
El rasgo constitutivo del deseo es su indeterminación.
No nacemos deseando, somos deseo. Sin embargo,
la condición existencial del deseo no se limita al fijo esquema
de una correspondencia simétrica con el objeto deseado. El
objeto, o aquello que es deseado, nunca es "en-sí",
sino que es deseado porque hay un otro que también lo quiere
y que, recíprocamente, se desea porque yo también
lo quiero. Aprendemos a desear lo que rivalizamos con otro que quiere
lo mismo que nosotros.
El deseo es fruto de una competencia, de un aprendizaje,
de una rivalidad que Girard denomina con el nombre de "mimética".
La "mímesis de apropiación" no es sino el
deseo que se apodera de lo que otro también quiere. Somos
herederos de una violencia que al principio fue cometida por los
dioses. La violencia y lo sagrado van de la mano, al interior de
un mundo repleto de dioses. La historia de la humanidad aparece
fundada sobre un "asesinato fundacional", un crimen, o
un hecho de sangre (17).
El crimen de la modernidad es que los hombres,
es decir, nosotros mismos, somos ahora los asesinos de Dios. La
profética afirmación de Nietzsche respecto de la "muerte
de Dios" es un signo de cómo nuestro tiempo se seculariza
y se vacía de sentido. "El fenómeno sacrificial
sigue vigente en la época moderna y al interior de una práctica
como la Medicina que se supone orientada en el sentido
contrario, hacia al alivio de los dolores y sufrimientos humanos,
pero al costo de negar la subjetividad, como una operación
estratégica en función de rendimiento social. Existe
el sacrificio, simplemente ha cambiado el escenario y la forma de
representación" (Bustos, ídem. p. 39).
Esta idea es relevante, porque nos abre a la posibilidad
de plantear una crítica profunda a nuestras prácticas
del "quehacer" humano, y no solo a la Medicina. La negación
de la subjetividad no es simplemente una operación abstracta
de una razón que se instrumentaliza cada vez más,
sino también, además, una negación, o al menos
un paréntesis de esa posibilidad de afirmación de
sentido que indicábamos antes. El sentido parece reducido
a intereses de mercado, a ganancias y resultados. La importancia
que tienen estas categorías es incontestable, pero también
lo es el hecho, la forma flagrante en que nos supeditamos a ellas.
Un mundo feliz, de Huxley, fue en su momento
una advertencia de que las posibilidades de un mundo programado,
que pretende evitar el dolor por el consumo de cualquier droga posible,
se convierte inexorablemente en un mundo desgraciado y tremendamente
infeliz.
En la medida que lo "humano", de cualquier
forma, se transforme en un medio o en alguna justificación
cualquiera de alguna ideología o incluso de alguna religión,
se termina por negar a sí mismo.
Conclusiones
Nuestro tiempo es un tiempo de crisis. Sin embargo,
esta crisis significa también un tiempo de discernimiento
y de crítica de lo que somos y hacia dónde queremos
ir. El humanismo es quizás el único "ismo"
que no se reduce a una doctrina cerrada ni a una respuesta única.
Evidentemente esto no siginifica optar por vivir siempre en suspenso
o entre paréntesis.
Darse una respuesta puede significar, en primer
lugar, no excluir la respuesta del "otro"; nos abre la
mirada al "otro-hombre", a la tolerancia, y la posibilidad
de llevar a cabo una ética de la responsabilidad. Esta ética
puede significar el esfuerzo permanente de reconocimiento del otro,
de recoger la "diferencia", en oposición a una
filosofía fundada en la idea de identidad, y de reconstruir
las implicancias existenciales de "sentido" siempre abierto
de la dignidad humana.
Ivan Illich escribía un artículo
en Le Monde Diplomatique el año 99, donde manifestaba
su preocupación por el modo como comienza a desarrollarse
cada vez más la tendencia en países desarrollados
a la "obsesión de la salud perfecta".
Nosostros en nuestro medio estamos, quizás,
lejos de esta obsesión, pero hay otras bien conocidas y publicitadas.
En un sistema donde la salud parece más un privilegio que
un derecho, se tiende a "emparejar" la entrega de servicios
haciéndolos más eficientes. La obsesión por
la eficiencia puede desviar el sistema hacia un pura cuestión
funcionaria y administrativa, en desmedro del "sano" reconocimiento
del "otro".
Bibliografía
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1 Malherbe, J. F. La concience en libertè.
Fides. Canada. 1997.
2 "Y no daré ninguna droga letal
a nadie, aunque me la pidan, ni sugeriré un tal uso, y del
mismo modo, tampoco a ninguna mujer daré pesario abortivo,
sino que, a lo largo de mi vida, ejerceré mi arte pura y
santamente. Y cada vez que entre en una casa, no lo haré
sino para bien de los enfermos, absteniéndome de mala acción
o corrupción voluntaria, pero especialmente de trato erótico
con cuerpos femeninos o masculinos, libres o serviles". Cf.
Fragmento del Juramento Hipocrático. Enciclopedia Encarta,
1999.
3 Ladriëre, Jean. L Ethique dans
lUnivers de la rationalité. Calyses. 1997, p. 34.
4 Para R. Spaemann la justicia no es solo una
cuestión distributiva de una asignación "justa"
por partes iguales. La clave de la justicia está en en el
conocimiento y amor al otro. Cf. Spaemann R. Notions Fondamentales
de Morale. Chapitre IV. Chaps. Flamarion Paris, 1999.
5 En el pensamiento de Levinas, la exigencia
ética no es sinónimo de exigencia ontológica.
La exigencia del rostro del otro es un llamado y no una obligación,
ni menos un determinismo. Cf. Levinas E. Ética e Infinito.
Visor. España, 1991.
6 Lipovetsky, G. Lère du vide.
Essais sur lindividualisme contemporaine. Folio. Essais.
Gallimard. Paris. 1997.
7 Canguilhem G., El conocimiento de la vida
(1971). Anagrama. 1996, p. 183.
8 Canguilhem G. Le normal et le pathologique
(1996). Quadrique, Paris, 1998, p. 172.
9 Entre otros aportes a este tema Francisco
Varela introduce la noción de Neurofenomenología.
Es imposible establecer los límites entre "afuera"
y "adentro" de la conciencia que siempre es vivida y sentida
globalmente. La afirmación de la corporalidad en un contexto
fenomenológico, como lo desarrollara Merleau-Ponty en su
"Fenomenología de la Percepción (xxxx)"
motiva a Varela a buscar las bases neurológicas de la percepción
de la conciencia intencional. Cf. Varela F. El Fenómeno
de la Vida. Domen. Santiago de Chile. 2000.
10 Plourde Simone. La santé parfaite
continuelle est-elle un fait normal? Dans Ethica Université
du Quebec. Rimouski 1999. Vol. 1 Nº 2 p. 83-104.
11 Canguilhem G. Le Normal et le Pathologique,
ídem, pp. 51-59.
12 Malherbe, J. F. La concience en libertè.
Ob. cit., p. 7.
13 Cf. G. Marcel, Les hommes contre lhumain
La Colombe. Paris. 1951.
14 Bustos R. Las enfermedades de la Medicina.
Cesoc. 1998.
15 Dörr O. Espacio y tiempo vividos.
Ed. Universitaria. Santiago. Chile. 1996.
16 Sacks O. Lhomme qui prennait sa
femme pour un chapeau. Essais. Points. Seuil. 1998.
17 Cfr. Flores González Luis. "La Muerte de Dios y
la experiencia de lo sagrado", en Boletín de Filosofía
Nº 810. Universidad Católica Cardenal Raúl Silva
Henríquez, Santiago, Chile, 1999.
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