Presentación
El título de la mesa "Organización
de los sistemas de salud y su impacto en el mercado" nos dio
a los participantes la oportunidad de abordar perspectivas complementarias.
Mi exposición tiene como objetivo analizar el efecto que
tiene sobre los beneficiarios y la eficiencia en el mercado la organización
del sistema de salud chileno. Quiero también, al final de
la exposición, mirar algunos problemas o algunas perspectivas
en relación con una transformación, no solo quedar
en el diagnóstico, sino echar una mirada a las transformaciones
necesarias.
Podríamos decir de manera técnica
que la presentación va a estar en el espacio de la relación
entre los financiadores y los prestadores, la mirada global también
va a tocar algo de la regulación, pero fundamentalmente va
a estar muy centrada en el sistema de salud chileno, en la relación
entre financiadores y prestadores.
Quiero hacer una aclaración: siento que
esta exposición por el título tiene el
sesgo de ser eficientista, ya que creo que refuerza la imagen de
nuestra profesión como gente desvinculada de los temas de
equidad, lo que me imagino es la explicación de que en la
mesa siguiente, que tiene por título "Equidad",
no hay ningún economista.
Mi exposición tiene tres partes: quiero
plantear algunas ideas preliminares del tema que voy a desarrollar,
luego voy a abordar el tema central, que es la organización
del sistema de salud chileno y las barreras a la competencia, y,
finalmente, plantear algunos elementos de las transformaciones que
yo estimo necesarias.
Ideas preliminares
La competencia es el aspecto deseable del mercado
El primer ámbito es el de las ideas que
denominé preliminares, es decir, que cuando hablamos de mercados,
en realidad los mercados pueden tener muchos tipos de organizaciones,
y lo que de verdad les interesa a los economistas que tienen una
visión ética es la competencia como un instrumento
para la eficiencia. Yendo de atrás hacia adelante, lo que
a uno le interesa son los elementos finales que son eficiencia y
equidad, y el convencimiento que tenemos los economistas es que
el espacio de la competencia y, por lo tanto, de los mercados competitivos
son los que de verdad nos producen la atracción por defender
la competencia, no el mercado en sí mismo. Un mercado con
carácter monopólico es muy poco atractivo desde el
punto de vista de la eficiencia. Desde este punto de vista, planteo
la idea de que los mercados competitivos son los que promueven la
eficiencia, lo que es bastante obvio; y otra idea que yo creo fundamental
en una discusión, más relevante desde el punto de
vista empírico, según mi parecer, es que la competencia,
aunque sea imperfecta, es mejor que los monopolios.
Normalmente comparamos la situación observada
con patrones perfectos, de tal forma que es muy usual escuchar las
críticas en salud respecto a que en realidad no deberíamos
tener mercado, no deberíamos tener competencia, porque no
es posible que esto sea perfecto, y la solución que se nos
ofrece a cambio es la de tener estructuras de carácter monopólico,
que son bastante menos perfectos que la competencia imperfecta.
En los mercados de las prestaciones de salud la competencia perfecta
no es posible
Esto es lo que desarrollo en la lámina siguiente,
lo que señalo es que en los mercados de las prestaciones
de salud la competencia perfecta no es posible, y eso es un tema
que desde los primeros economistas que incursionaron en el tema
de salud lo tomaron como un dato, probablemente las mayores contribuciones
desde el año 1963 en adelante, los pioneros en este campo,
como Kenet Arrow, quien fue posteriormente premio Nobel en economía,
fue exponer latamente cuáles son las imperfecciones que tienen
los mercados de salud. Por lo tanto, de allí también
que el análisis de un economista parta de esto como un tema
dado. Sin embargo, lo que señalo a continuación es
que a pesar de este convencimiento de la competencia imperfecta
y en relación con el planteamiento que les hacía anteriormente,
creo que hoy día la mayoría de los economistas estamos
conscientes de que existe un esquema de competencia regulada como
alternativa superior al monopolio.
Competencia regulada es distinta de competencia
imperfecta. Competencia imperfecta es lo que se da, es el resultado
de los problemas. Convertir la competencia imperfecta en algo que
sea lo mejor posible es básicamente lo que hoy relacionamos
con los elementos de salud administrada, con los elementos de competencia
administrada, como elemento más global, que yo creo que es
uno de los paradigmas que a mi juicio hoy está
promoviendo la mayor parte de las reformas de salud que hoy día
ocurren en el mundo.
No quiero salir del tema de la competencia sin
decir que los dos puntos que voy a tratar, el de financiamiento
y el de los prestadores, también el análisis técnico
que realizan los economistas hoy día, acepta como premisa
que la competencia es mucho más factible o posible, aunque
no perfecta, en el campo de las prestaciones, y enfrenta muchas
más dificultades; y, por lo tanto, requiere un esfuerzo regulatorio
mucho más significativo en el campo del financiamiento. Eso
se expresa también en las experiencias mundiales donde uno
encuentra, hoy en día, mucha más competencia en el
mundo de la prestación que competencia en el mundo de los
financiadores. El modelo dominante en el mundo del financiamiento
está todavía lejos de los sistemas monopólicos
integrados a través de esquemas de seguros sociales únicos
o las distintas denominaciones que tengan.
Todavía son excepciones, en la exposición
que escuchamos, sobre los modelos en América Latina. Hoy
día Colombia es el paradigma que está tratando de
introducir competencia en el mundo de los financiadores, y es una
competencia administrada, porque Chile es el otro paradigma donde
en el mundo de las ISAPRE tenemos también competencia con
bajo nivel de lo que uno podría llamar hoy día competencia
regulada. Eso es, fundamentalmente, lo que se va a notar en el planteamiento
que voy a hacer de cómo funciona el sistema de salud chileno.
La organización del sistema de salud chileno y las barreras
a la competencia
El sistema de salud chileno está organizado de manera
semiautárquica
Luego plantearé lo que ya Ana Sojo marcaba
bastante bien, que en el nivel macro, el sistema de salud chileno
está organizado de manera semiautárquica; a esta los
economistas le hemos dado varias denominaciones, como "sistema
dual", "sistema desestructurado"; yo le llamé
así usando la literatura de comercio. Entendiendo la autarquía
como un sistema en el que no hay competencia. En Chile tenemos un
sistema semiautárquico porque, mirando la perspectiva de
los beneficiarios de los sistemas de financiamiento, vemos que sobre
el 90% de las prestaciones de atención cerrada de los beneficiarios
del FONASA se reciben en establecimientos públicos, cifra
que baja a alrededor de un 75% cuando miramos las prestaciones ambulatorias.
Pero aun así, es muy significativo el porcentaje de prestaciones
que reciben los beneficiarios de FONASA dentro de un mundo de prestadores
públicos. Es un indicador de una relación de semiautarquía,
y no de competencia. Las cifras son muy equivalentes cuando miramos
las ISAPRE; los beneficiarios de las ISAPRE se atienden, mayoritariamente,
dentro del mundo privado, y por excepción en el mundo de
los prestadores públicos, con algunos de los problemas adicionales
que quiero discutir posteriormente.
La semiautarquía se da no solo en el mundo
de la salud entendida como un todo general sino que,
en el sistema de organización que Chile tiene paralelo a
su sistema de salud general, está el Sistema de Atención
de Riesgo del Trabajo y de Enfermedades Profesionales que
a veces lo olvidamos en la discusión que resalta este
concepto que tenemos de baja competencia. Los beneficiarios del
sistema de riesgo del trabajo, llamados en Chile mutuales de seguridad,
se atienden casi exclusivamente en establecimientos que la ley obliga
a que tengan las mismas mutuales. Por lo tanto, básicamente,
lo que tenemos en Chile es tres redes de prestadores asociados a
tres tipos de sistemas de seguridad independientes.
La semiautarquía se sustenta en las reglas e incentivos
del sistema
Lo que ahora sostengo puede ser bastante obvio,
pero vale la pena identificar en los distintos niveles que esta
semiautarquía se sustenta en las reglas e incentivos del
sistema, que son, en primer lugar, los subsidios a la oferta en
el financiamiento (FONASA) y en la prestación son los elementos
que sustentan la semiautarquía del mundo público.
Como sabemos, en el sistema de financiamiento chileno todas las
personas que son indigentes no pueden trasladar el subsidio que
le entrega el Estado hacia el mundo privado, por lo tanto, son cautivos
del sistema de administración financiera del Estado, al que
llamamos sistema público hoy en Chile, o sea FONASA. Esto
ya marca la primera relación, pues al ser cautivos del sistema
público pasan a ser también cautivos de la modalidad
institucional del sistema público, que es la que atiende
de manera exclusiva a los indigentes. O sea, los indigentes en Chile
solo pueden estar en el FONASA, y dentro del FONASA atenderse en
lo que se llama la modalidad institucional, por definición
constituida solo por los prestadores públicos; y ahí
tenemos el 50% de la explicación de la semiautarquía.
Adicionalmente, estos subsidios a la oferta son
aun más importantes en cuanto a las limitaciones de la competencia,
porque al interior del mismo sistema público, en la modalidad
institucional, este concepto de subsidio a la oferta implica, básicamente,
que las personas pueden atenderse solo en algunos establecimientos.
Esta cuestión se sustenta en lo que acabo de señalar
que son los incentivos y en la cultura, porque curiosamente en Chile,
la ley, desde el año 1985, establece que los beneficiarios
del sistema público pueden elegir el establecimiento que
ellos deseen. No obstante, todavía la mecánica del
sistema público funciona con la mentalidad de poblaciones
asignadas, lo cual constituye, fundamentalmente, un patrón
casi cultural y reforzado por el sistema de incentivos sin una base
de carácter legal, exactamente la contraria.
Finalmente, la semiautarquía, dentro del
mundo público, se complementa con bonificaciones diferenciadas
en contra del uso de los prestadores privados. Esto opera en el
mundo de los cotizantes. En FONASA, los cotizantes pueden optar
por la modalidad institucionalizada o por la modalidad de libre
elección; sin embargo, aquí opera fundamentalmente
el esquema de incentivos económicos, ya que si los beneficiarios
van a la modalidad institucional sus bonificaciones son mucho más
altas, o copagan menos; mientras que, si eligen a un prestador privado,
su copago es mucho más alto. Es curioso, o quizás
no es curioso, que podamos observar que los cotizantes del FONASA,
teniendo la opción costo cero como se diría
en el mundo privado, prefieran de manera significativa un
sistema privado para realizar las consultas, los exámenes
complementarios, etc., en el cual tienen que pagar una cantidad
la que no podemos expresar como porcentaje del otro costo
porque es cero pero que, sin ninguna duda, tiene una significancia
económica importante, los copagos que la gente tiene que
hacer para el mundo privado suponen un gasto no irrelevante proporcionalmente
a sus ingresos. A pesar de eso, lo usan. Esto es muy interesante
para mirarlo desde el punto de vista del bienestar y manifiesta
las limitaciones que FONASA impone a sus beneficiarios respecto
de los sistemas que se pueden utilizar.
Las regulaciones limitan la venta de servicios del sector público
a las Isapre
A continuación marco dos temas adicionales:
las regulaciones que limitan la venta de servicios del sector público
a las ISAPRE. ¿Por qué las ISAPRE usan, preferentemente,
prestadores privados y no usan prestadores públicos? Sobre
todo, porque hay barreras legales o barreras regulativas que impone
el sistema público para impedir a los beneficiarios de las
ISAPRE utilizar los prestadores públicos. La racionalidad
que tiene esto es simplemente la incapacidad que ha tenido el sistema
público históricamente de diseñar sistemas
de incentivo que hagan igualmente atractivo para los prestadores
públicos atender a gente de las ISAPRE o atender a la gente
del FONASA. Es comprensible que con un esquema de subsidios a la
oferta, para los prestadores públicos sea puro costo atender
a un beneficiario del mundo público, porque el ingreso ya
lo tienen asegurado; mientras que atender beneficiarios privados
aunque sea a pago parcial le significa ingresos adicionales,
por lo tanto, la estructura de incentivos económicos está
diseñada de manera perversa para atender fundamentalmente
beneficiarios del sistema privado. Entonces, para compensar este
mal diseño de incentivos, lo que hay que hacer es regular,
o sea, prohibir la atención de los beneficiarios privados
en el mundo público. Básicamente, no hay otra buena
explicación para esto que observamos, y que, por lo demás,
no es nuevo. Ha sido la contradicción histórica del
sistema público chileno, que sabe que, para retener a sus
médicos, tiene que ofrecerles práctica privada; pero,
por el otro lado, tiene que colocarle un conjunto de cortapisas
para evitar que esta práctica privada se transforme, efectivamente,
en elemento fundamental de la práctica de los establecimientos
públicos.
Las regulaciones impiden entrar al sector de riesgo del trabajo
sin infraestructura propia y adicionalmente limita la venta de servicios
El otro elemento que, finalmente arroja el ámbito
de la autarquía es la regulación, que impide entrar
en el sector de riesgo del trabajo sin infraestructura propia y,
adicionalmente, limita la venta de servicios del sector mutualidades.
Este es un esquema particular en el caso chileno
que prácticamente en todas las reformas de América
Latina se ha estado abandonando en el cual los sistemas de
accidentes del trabajo y riesgos profesionales no requieren, en
otros países, primero, que las compañías aseguradoras
tengan su propia infraestructura hospitalaria, y, segundo, que se
deriva de lo que acabo de señalar, que si tienen infraestructura,
no tienen limitaciones para vender servicios. En Chile, ocurren
las dos cosas: por un lado, para entrar a vender, las mutuales tienen
que tener una red nacional de infraestructura y, adicionalmente
a esa red de infraestructura, se le colocan barreras muy importantes
para que puedan vender servicios.
¿Cuáles son las implicancias que,
a mi juicio, tiene en el sistema chileno la semiautarquía?
La falta de competencia ha generado un sistema que reduce la
satisfacción de los beneficiarios de ambos sistemas
Primero, que la falta de competencia ha generado
un sistema que reduce la satisfacción debería
decir quizás el bienestar de los beneficiarios de ambos
sistemas. La reflexión general ya la planteé, yo creo
que en la medida en que hay menos posibilidades de elegir es evidente
que las personas hoy día no están en la situación
en que les gustaría estar. A las mismas bonificaciones ¿los
beneficiarios del FONASA seguirían prefiriendo a los prestadores
públicos que hoy les atienden? o ¿escogerían
los prestadores privados? En caso de que quiere decir que estamos
con un problema: la regulación está reduciendo directamente
el bienestar de la población.
La falta de competencia ha generado un sistema prestador ineficiente
Segundo, la falta de competencia ha generado un
sistema prestador ineficiente. Dos elementos de la ineficiencia
son: uno que es fácil entender y que tiene un alcance más
nacional, creo que aquí es evidente que la duplicación
de recursos es una manifestación de la ineficiencia. Tenemos
hoy día múltiples evidencias, particularmente en el
ámbito de las camas, pero no solo en el ámbito de
las camas, sino también en el de la tecnología, que
este sistema, que va en paralelo entre las mutuales, el sistema
público y el sistema privado, está generando una muy
importante subutilización de toda la inversión que
este país hace. Esto es extremadamente concreto y visible
en todas las ciudades intermedias y pequeñas de este país;
en Santiago probablemente es menos visible, pero llega a extremos
absurdos en ciudades de cien mil o ciento cincuenta mil habitantes,
en las que estamos manejando tres, cuatro o cinco scanner,
porque cada uno de los sistemas tiene que tener su propia tecnología,
porque cada uno de los sistemas tiende a tener sus propias camas,
con tasas de ocupación del 30 al 35%. Esa irracionalidad
en la asignación de recursos, que hoy día se observa
en este país, es producto de un sistema semiautártico
que no puede aprovechar en plenitud los recursos, como podría
hacerlo en un contexto de competencia.
El otro elemento que es más técnico,
aunque menos visible, es que el sistema semiautárquico ha
generado una dualidad en la producción de sistemas que tienen
diferencias sustantivas en términos de su estructura de productividad
y costos, entre subsistemas y dentro de ellos. Para caracterizar
el problema en términos generales, uno podría decir
que esta relación de autarquía ha producido sistemas
productivos tipo norteamericano y mexicano antes de la integración;
esto significa que el sistema público trabaja con bajos salarios
y baja productividad, con costos razonables, y compite con un sector
privado que tiene alta productividad y paga altos salarios. Dentro
del sistema público, la falta de competencia se manifiesta
en que, mientras hay hospitales que pueden exhibir niveles de productividad
del mundo privado, del mundo desarrollado en salud, hay hospitales
que simplemente están a distancias muy significativas de
sus indicadores de productividad. Los análisis que se han
hecho en el sistema público son muy concretos y muestran
que hay, fundamentalmente en los que llamamos hospitales desfinanciados
del sistema público, tremendas brechas de productividad,
sobre todo por las transformaciones tecnológicas que no han
sido incorporadas en esos hospitales, por los cambios en la demanda,
que tampoco se han reflejado en la acomodación del recurso
humano y cuestión que, finalmente, en términos de
incentivos generales, no obliga al sistema a los ajustes de productividad.
Esto para los economistas es una clara señal de un sistema
que expresa problemas importantes en cuanto a sus niveles de eficiencia.
La ausencia de regulación procompetitiva contribuye a un
mercado
imperfecto en la prestación
Finalmente, lo que planteo aquí es que la
ausencia de una regulación procompetitiva contribuye a un
mercado imperfecto en la prestación, y esto se hace manifiesto
especialmente en la falta de un sistema de acreditación de
prestadores. Aun aceptando la semiautarquía, la falta de
un regulador hace que la competencia en el mundo privado sea hoy
día una competencia imperfecta por la falta de transparencia.
De tal manera que subsisten prestadores de muy diversa calidad,
que en un mercado con mayor información se reflejaría
directamente en sus precios o en su supervivencia. Situación
que hoy día tenemos en Chile, porque el aparato regulador
no está operando en el mundo de la acreditación con
el suficiente impacto. Lo mismo dentro del sistema público.
A nadie se le pasa por la cabeza dar a conocer, como hoy día
se hace en la educación chilena, los análisis de calidad
de los hospitales públicos, que nosotros sabemos se hacen
tardíamente, que se hacen algunas veces con grandes esfuerzos
dentro del sistema público, pero que, cuando se hacen, quedan
guardados en los escritorios. No hay nadie en este país que
se atreva a mostrar como se hace por ejemplo con los sistemas
de medición de la calidad de la educación la
medición de la calidad de los hospitales públicos.
Porque mostrar la medición de los hospitales públicos
realmente produciría un tremendo impacto, y eso lo sabemos
todos los que hemos conocido los informes respecto de la calidad
medida dentro de los hospitales. Por lo tanto, hay un tema de la
regulación procompetitiva que considero hace falta en este
país.
El cambio es deseable y posible
Al final, quiero decir tres ideas positivas. El
cambio es deseable y posible y un cambio deseable y posible gradual
dentro de lo que en general son los sistemas de semiautarquía,
cuya apertura para seguir el lenguaje de los economistas en
materia comercial y una apertura violenta, produce enormes
costos. Eso es indudable que ha sido la piedra de tope para frenar
cualquier tipo de reforma en este país. Todos sabemos que
una apertura violenta hacia la competencia va a llevar a la quiebra
a muchos hospitales, va a producir un ajuste muy importante dentro
de los recursos humanos, y esto es lo que hace que, frente a cualquier
intento de cambio, se encuentre una resistencia gremial significativa.
Esto se constató en otros sectores de la economía
cuando se abrió, pues también se resistieron los industriales,
los sindicatos. Por lo tanto, la viabilización de un cambio
requiere, como un principio fundamental, el ser gradual. En este
sentido planteo, en primer lugar, que se debe aumentar la competencia
en cada subsector: esto es lo que hoy en día se llama en
el mundo "competencia interna".
Antes de salir a la competencia internacional,
al sector público le haría bastante bien empezar a
competir de manera más intensa dentro de su mercado. En segundo
lugar, hay que eliminar, de manera gradual, las barreras entre los
distintos sectores (mutuales, sector privado y sector público).
Se requiere, entonces, de un nuevo sistema que
debe operar sobre la base de separación de funciones. El
marco de la competencia obliga, casi de manera natural, a que el
Estado asuma los roles que le son propios para que el aparato productor
y el aparato financiador se incorporen de una manera justa a un
sistema de competencia. De esta forma vuelvo a mi tesis inicial
yo creo que hoy día el paradigma de estos cambios es que
el Estado debe asumir su papel de regulador de un sistema competitivo,
aplicando lo que hemos llamado "competencia administrada",
porque, naturalmente, partimos de la tesis de que no vamos a tener,
en ningún caso, un sistema de competencia perfecta que nos
garantice la eficiencia que estamos buscando.
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