La sociedad pluralista se caracteriza por su diversidad religiosa,
cultural y étnica. Este elemento singular surge de una condicionante
básica, cual es la de ser una sociedad "abierta"
o "sociedad libre", de acuerdo con el concepto propuesto
por Popper y las premisas jurídicas que sustentan a la convivencia
ciudadana en las democracias occidentales.
Los orígenes de este tipo de sociedad, pluralista
o abierta, se remontan a la práctica de la "tolerancia
religiosa" que surgió en la huella de las diversas guerras
religiosas del siglo XVII. Sin embargo, sus características
actuales derivan de las circunstancias culturales, sociales y políticas
que plasmaron a las naciones-estado modernas durante los siglos
siguientes.
Como ha hecho notar Sartori ("Pluralismo,
multiculturalismo e estranei"), los términos "pluralismo"
y "sociedad pluralista" suelen usarse en referencia al
pluralismo en cuanto a creencias religiosas, el pluralismo social
y el pluralismo político. Sin embargo, el elemento definitorio
de estas sociedades no consiste en la mera diversidad religiosa,
social, cultural y política que albergan. Tampoco en la actitud
de "tolerancia" que predomina en las personas con respecto
a la diversidad, sino en el hecho de que la diversidad se asuma
como un valor. Esto último es una novedad de considerables
consecuencias en la historia humana, una de cuyas características
ha sido la profunda desconfianza ante "lo distinto" y
hacia todo lo que se aparta de nuestra forma de concebir al mundo
o, peor aún, de nuestros intentos por ordenarlo conforme
a esas concepciones.
Sin embargo, valorar la diversidad implica valorar
la falta de consenso con respecto a ciertos temas o a la solución
de determinados conflictos, lo cual, a su vez, nos plantea el problema
de la resolución de los inevitables conflictos que la falta
de consenso determina cuando es necesario escoger entre ciertas
opciones. A este respecto, el pluralismo genuino se propone lograr
la paz intercultural, lo que supone, como actitud básica,
la apertura a las ideas de otros y la disposición a transar.
Sin embargo, como veremos más adelante, la sociedad pluralista
pone límites a su grado de apertura y disposición
a transar. De hecho, ella no asegura automáticamente legitimidad,
es decir, no otorga validez social a todas las posiciones que puedan
surgir en su seno. Aunque su acuerdo social básico es el
modus operandi para la solución de conflictos, el
mismo no implica que en una sociedad pluralista "todo vale".
Como postulado de las democracias, los conflictos se resuelven con
las reglas del consenso y de las mayorías. Consenso entendido
como compromiso y convergencias a partir de creencias y visiones
divergentes y "regla de la mayoría", en términos
de un ejercicio del poder mayoritario que respeta a los derechos
de las minorías. Pero para recibir el beneficio de ese principio,
las minorías deben ser consideradas legítimas.
Los criterios de legitimidad a los que se aludía
previamente nos sitúan en el centro mismo del problema relativo
al pluralismo y a los valores. De acuerdo con la definición
de Gevaert (El problema del hombre, p. 189), "valor
es todo lo que permite dar un significado a la existencia humana".
Los valores mueven la voluntad de las personas y, por lo tanto,
determinan nuestra capacidad de obrar humanamente, de dar un sentido
a la propia actividad y, a través de ella, a nuestra existencia.
Cuando hablamos de "pluralismo", entonces, en realidad
nos estamos refiriendo a un pluralismo de valores y, por lo mismo,
las tensiones y conflictos de las sociedades pluralistas surgen
a partir de aspectos relacionados con los distintos valores que
motivan y orientan las acciones personales. En consecuencia, la
apertura a las ideas de otros y la disposición a transar,
como actitudes esenciales del pluralismo, significan el respeto
y aceptación de los valores de otros y la disposición
a transar con respecto a nuestros propios valores. Lo anterior nos
plantea dos preguntas: ¿cuáles valores y en qué
medidas estamos razonablemente dispuestos a transar para evitar
conflictos? ¿Cuáles son los criterios que fijan el límite
de lo transable?
Para responder a esas preguntas, es necesario aclarar
previamente diversos conceptos relativos a los valores. En primer
término, es necesario señalar que los valores se inscriben
en una cultura, se "adquieren" en una cultura y definen
las características de la misma, porque los valores se viven
con los demás. Así es como adquirimos los valores
básicos del amor y de la convivencia social en el seno de
las familias, de las escuelas, de nuestros grupos de amigos, de
las comunidades religiosas a las que pertenecemos, de nuestros ambientes
de trabajo, etc. Con frecuencia, ciertos valores son transmitidos
mediante la promoción de modelos concretos, reales, presentes
en la vida diaria y en el contexto sociocultural en el que esta
transcurre: los héroes, los santos, los malvados, los "ídolos"
deportivos o artísticos, los "famosos" y otros
personajes suelen ser los modelos que los medios de comunicación
utilizan en una transmisión implícita o explícita
de valores. Según Spaemann, recogemos el valor contenido
en los diversos hechos de nuestra circunstancia mediante actos de
gozo o de tristeza, de estima, de desprecio, de odio, de temor o
de esperanza. Se puede hablar de un "sentimiento de los valores",
porque el conocimiento de los mismos involucra la afectividad (Cf.
R. Spaemann Conceptos morales fundamentales, en G. Russo,
La persona humana, p. 91). Pero el contenido de los valores
se nos va revelando en la medida en que podamos objetivar nuestros
intereses. Por ejemplo, nuestro placer al escuchar música
clásica va aumentando cuando logramos comprenderla. Lo mismo
sucede con muchos otros valores.
El ejemplo anterior nos recuerda que los valores
pertenecen a órdenes de cosas muy distintos. De acuerdo con
la esfera de la existencia humana en la cual se viven, han sido
clasificados por Gevaert (El problema del hombre) en las
categorías siguientes: vitales o corpóreos; del espíritu;
éticos y religiosos. Vitales o corpóreos son aquellos
valores que responden a las necesidades corporales primarias, como
comer, beber, dormir y otros de este tipo, o a necesidades secundarias,
como una casa, un automóvil, un televisor, etc. Obviamente,
estos valores de tipo secundario están muy vinculados a la
cultura y cambian a medida que las sociedades evolucionan.
Se consideran valores del espíritu aquellos
relativos a lo que se ha denominado "cultura superior".
Vale decir, las artes plásticas, las ciencias, la música,
la poesía, la filosofía, etc.
Los valores de tipo éticos se refieren explícitamente
al conjunto de la persona y se manifiestan en nuestra interacción
con otros. Estos valores incluyen aquellos relativos a la vida y
a la muerte; a la verdad que debe regir las relaciones humanas;
y a la promoción de las personas en el amor y en la benevolencia.
Los valores de tipo religiosos se refieren a las
relaciones de las personas con Dios y a las expresiones culturales
y comunitarias de tales relaciones.
¿Qué es lo que determina el contenido
de estos valores? ¿Hay una norma objetiva y absoluta de los
mismos? Estas preguntas no están respondidas y constituyen
un campo de ideas en el que han incursionado algunos de los pensadores
más destacados del siglo XX. Para Sartre, por ejemplo, no
existen verdades ni valores predeterminados. Todo depende de la
libertad humana. La tarea del hombre es dar sentido a su propia
existencia. "Mi libertad es... el único fundamento de
los valores, y nada, absolutamente nada, me justifica para que adopte
este valor o aquel otro, esta escala de valores o aquella otra"
(El ser y la nada).
En cambio, Scheler propone que los valores son
dados objetivamente. No se miden por la esencia humana ni se deducen
de ella. Tienen una existencia por sí mismos. Valen siempre
y en todas partes, ya que expresan un orden humano que permanece
sin variar a través de la historia. Por lo mismo, las personas
deben someterse a la validez trascendente de los valores.
Pero, contra lo que opina Scheler, otros pensadores,
entre ellos los pertenecientes a la corriente "personalista",
consideran que los valores no se encuentran en un ámbito
abstracto, sino en el hombre mismo. Es él quien busca, mediante
su afán por realizarse, los elementos que necesita para vivir
plenamente su "vocación humana". Esta sería
la gran tarea histórica de la persona humana y en el logro
de esa meta va "descubriendo" o elaborando un orden de
valores que se reconocen como aquellos conducentes a una existencia
auténticamente humana, y por lo mismo, orientada hacia su
sentido trascendente.
Considerando todo lo antes expuesto sobre el tipo
y naturaleza de los valores, resulta evidente que la respuesta a
la pregunta sobre qué valores y en qué medidas estamos
dispuestos a transar con el fin de evitar conflictos, debe ser respondida
con base en los efectos que esa decisión tenga sobre las
posibilidades de vivir una vida auténticamente humana. Y
en ese sentido, la primera tensión entre valores no es interpersonal,
sino a nivel de la persona misma. Por ejemplo, nuestro apego o consecución
de bienes vitales sobre bienes del espíritu. Somos nosotros
mismos los llamados a resolver esos conflictos mediante un compromiso
con nuestras metas superiores. En último término,
es un problema de "autonomía" o libertad, entendiendo
por este término la capacidad o el grado de autonomía
para la plena realización personal.
Pero la libertad no es pura subjetividad, coherencia
interior, sino que se vive también en un espacio de relaciones
interpersonales. En realidad, las posibilidades de alcanzar plena
libertad personal dependen en medida considerable del conjunto de
condiciones concretas que una determinada sociedad o cultura le
permiten a la persona ejercitar y realizar. Esto implica un respeto
efectivo de los derechos fundamentales, pero también al otorgamiento
de los medios materiales que permiten vivir esta libertad: educación,
vivienda, trabajo, etc. Es este elemento de alteridad respecto a
la forma en que mis valores mueven a mi voluntad y la centralidad
que el bien del otro tiene para mí el elemento clave
que sustenta un pluralismo auténtico.
Levinas (Totalité et infini) afirma
que no hay libertad humana que no sea capacidad de sentir la llamada
del otro. El signo y la medida de la libertad en el hombre es precisamente
la posibilidad de sentir la llamada del otro y responderle. Por
lo tanto, la dimensión ética y todos los valores que
ella involucra es la quintaesencia de la libertad. Desde el momento
en que el otro aparece como otro nace la dimensión ética
de mi relación. Toda libertad auténtica, en cuanto
orientada constitutivamente hacia el reconocimiento del otro en
el mundo, debe expresarse en normas éticas.
El conflicto puede surgir, de hecho, cuando el
reconocimiento del otro llega a identificarse con un código
concreto de preceptos y de normas que son solo de expresión
histórica, cultural del reconocimiento. En cambio, la vocación
auténtica de la libertad está en reconocer al otro
en cualquier cultura y en cualquier nivel de civilización,
a través de todos los cambios y alteraciones que se verifican.
Esto suele crear la tensión entre las exigencias concretas
de reconocimiento y las estructuras que tienen que asegurarlo. En
este sentido, hay que reconocer la importancia que tienen los regímenes
políticos en la libertad humana y la necesidad de que estos,
junto con garantizar los derechos fundamentales, permitan una participación
amplia y directa y responsable en el bien común, promuevan
el ejercicio de la libertad y garanticen a todos el respeto de sus
propias opiniones. Es decir, que la sociedad viva en un clima de
libertad que signifique el respeto a la libertad de los demás.
Habiendo aclarado lo anterior, es posible ahora
referirse, concretamente, a los límites de los compromisos
personales para evitar conflictos de valores. En una sociedad pluralista,
el respeto a la libertad auténtica de otros, aun más,
el considerar a esta libertad un valor cuando se manifiesta en formas
culturalmente diversas a las propias, debe enmarcarse en los límites
del bien común, y este aspecto, como veíamos, debe
tener como elemento central de juicio la plena y auténtica
realización de las personas humanas que constituyen la sociedad.
En consecuencia, la diversidad de estilos de vida y los valores
que promueven esos estilos serán positivos o negativos, aceptables
o inaceptables, moralmente legítimos o ilegítimos,
cuando analizados bajo la óptica del bien común, es
decir, de la dignidad de la persona humana, se muestren promotores
o atentatorios de esa dignidad.
En este sentido, es iluminador el concepto de bien
común que define Maritain (La personne et le bien commun).
Nos dice este pensador que el bien común es aquello que se
redistribuye a las personas, y que promueve en ellos la búsqueda
de los bienes eternos de la bondad, de la justicia y de la belleza.
Las personas, en cuanto partes de la comunidad política,
se subordinan a ello y a la obra por realizar. Por otra parte, la
persona humana, en el foco mismo de su vida de persona, está
supraordinada a esa obra común y determina su finalidad.
Siendo el bien común temporal un bien común de personas
humanas, por ello mismo, cada una, subordinándose a la obra
común, se subordina a la realización de la vida personal
de las otras personas. Pero esta "solución" puede
adquirir un valor práctico y existencial solo en una sociedad
donde la verdadera naturaleza de la obra común es reconocida
(Maritain, Humanismo integral p. 154).
De lo anterior podemos deducir que el cultivo de
un pluralismo auténtico implica una actitud proactiva respecto
a la preservación del bien común y, por lo tanto,
el cultivo de aquellos valores que contribuyen al bien común.
Esta actitud supone asumir el riesgo de conflictos cuando consideramos
que los valores de otros no conducen a ese fin superior. Por lo
tanto, en el verdadero pluralismo no hay cabida para el relativismo
que concede "legitimidad" a cualquier manifestación
cultural. Por el contrario, es necesario reiterar que la aceptación
de creencias y principios distintos a los propios solo puede partir
del reconocimiento de la validez de los mismos en cuanto a los efectos
que las acciones que ellos motiven tengan sobre el bien común.
Reconozco que todo lo que he manifestado sobre
pluralismo y valores se sustenta en una visión antropológica
cristiana y, por lo mismo, en una metafísica que no es válida
para quienes tienen otras visiones de la persona humana. Particularmente
difícil es coincidir en el concepto de persona y a partir
del mismo derivar una idea consensuada de libertad responsable,
con las derivaciones éticas que esto implica. Aun así,
las percepciones coincidentes en el ámbito de los valores
continúan siendo muy importantes, incluso en las sociedades
pluralistas más antiguas, como las europeas. Me refiero a
valores como el amor a los padres, a la tierra natal, el respeto
a la autoridad, el reconocimiento a la excelencia, la integridad,
la solidaridad y el altruismo, el acatamiento de ciertas normas
cívicas y morales, la sinceridad, la gratitud, etc. Son esos
los valores que otorgan a esas sociedades el grado suficiente de
unidad espiritual, y por lo mismo de sentido comunitario, que las
mantiene cohesionadas en torno a ciertos objetivos sociales de indudable
mérito, como, por ejemplo, la preocupación solidaria
por sus miembros con una menor autonomía. Es la base de esos
valores compartidos el elemento sobre el cual es posible plantear
diálogos interculturales y confrontar ideas relativas a otras
realidades concretas de la sociedad que generan conflictos no resueltos,
como la pena de muerte, el aborto, la eutanasia, el divorcio, las
inmigraciones, las sectas, la pornografía, la educación
sexual, la distribución de la riqueza, los derechos humanos,
la censura, y muchos otros temas. Solo una búsqueda auténtica
y apasionada de la verdad, orientada a establecer ciertas premisas
relativas a la naturaleza humana y el sentido de su existencia,
puede ayudarnos a discernir los elementos que permitan descubrir
la base de sustentación de nuestros valores, y por lo tanto,
su real vigencia. En último término, se trata de establecer
los fundamentos antropológicos sobre los cuales podamos construir
en paz un proyecto de sociedad coherente.
|