Introducción: Historia y Salud
El sentido de la historia es la sobreposición
de ciclos sucesivos de poder, cultura, creencias y sus expresiones
en la política, el medio ambiente, las costumbres, la arquitectura,
las artes. En lo visible y también en lo invisible. En Roma
o en Egipto es frecuente observar cómo los ciclos de poder
y de religiones predominantes tienen expresión en los monumentos
arquitectónicos, templos y edificios sobrepuestos en capas
como una torta mil hojas (Luxor, Foro de Augusto). Es frecuente
también observar cómo el poderoso entrante trata de
borrar las huellas de aquel que le precedió y mutila sus
referencias en las piedras monumentales (Luxor) o recicla y reutiliza
trozos de monumentos anteriores (Arco de Constantino).
La historia de los sistemas de salud es semejante.
En su desarrollo se sobreponen diversos factores de origen variado.
Las creencias políticas, las ideologías, las prácticas.
Por su parte, la historia nos enseña que,
en verdad, las revoluciones no existen, los cambios son graduales,
predomina la reforma. Las revoluciones no son más que el
mero cambio de poder de una persona o grupo a otro, muchas veces
en forma violenta. Y por la historia sabemos que los cambios de
poder, puño o metralleta en alto, no alteran substancialmente
el estado de las cosas per se, al contrario, pueden empeorarlas.
La reforma en salud es una etapa de concentración
en algún problema, o conjunto de problemas específicos
con intensidad de recursos, acciones e idealmente de resultados
visibles. Son procesos inevitablemente graduales y progresivos,
incrementales y llenos de dificultades, muy dependientes del entorno
político, económico y epidemiológico. Reconocer,
por lo tanto, un período de Reforma será un ejercicio
ex post más que uno ex ante, ya que las pretensiones
de "estar haciendo una revolución", como sucede
a menudo, o sentarse a la mesa para discutir "la gran reforma
necesaria e impostergable", no son más que declaraciones
líricas o recursos demagógicos, sino expresión
de frustraciones de reformistas insatisfechos (1).
Estas son reflexiones desde una perspectiva integradora
de lo médico con lo histórico y lo social, para así
entregar una visión del proceso en su conjunto, relacionando
los ciclos de las instituciones de salud en su interacción
con la política, con la economía, con la ciencia,
con la cultura en el sentido antropológico del término.
También es preciso hacer notar que Chile no es para nada
un país aislado en sus aproximaciones a los problemas. Al
contrario, es bastante inserto en lo contemporáneo de cada
etapa, con una capacidad de copia e imitación impresionante,
quizás demasiado activa. Lo cual puede no ser un defecto,
salvo en la medida en que este copismo chileno nos conduce a trasferencias
tecnológicas apuradas, irreflexivas, acríticas y eventualmente
desastrosas.
Condicionantes del desarrollo de las políticas
de salud
Si analizamos la historia de las organizaciones
de salud, veremos que ellas se desarrollan en paralelo:
AL DESARROLLO DE LA CIENCIA, en particular
en aquellos momentos en que desde mediados del siglo XIX se produce
la revolución del conocimiento de la causalidad de las
enfermedades más frecuentes, las infecciosas, con el descubrimiento
de los gérmenes y la relación con el medio ambiente.
AL MOMENTO HISTÓRICO POLÍTICO,
condicionante de sensibilidades sociales de origen religioso,
político, reformista o de despotismo ilustrado. La salud
tiene siempre un correlato con el resto de las manifestaciones
de la historia de cada momento.
A LAS CRISIS POLÍTICAS, ECONÓMICAS
O EPIDÉMICAS, GUERRAS O CATÁSTROFES NATURALES, que
generan alteraciones en la relación entre los grupos, dolores
sociales, muertes masivas, angustias colectivas. Si se observan
los documentos históricos, se verá que lo que queda
registrado en periódicos, panfletos o documentos son más
bien los hechos trágicos, los cataclismos, las muertes. Las
autoridades cambiantes, que desconocen o no logran controlar estos
brotes, son a menudo víctimas de ellos.
A LA DISPONIBILIDAD DE RECURSOS, por
lo tanto, a los ciclos económicos y en particular obviamente,
a la abundancia de ellos cuando se trata de expansiones y a la
escasez cuando se trata de reducciones o controles de costos (3).
A LAS IDEOLÓGICAS PREVALENTES,
políticas, económicas, religiosas y sus concepciones
de la salud, enfermedad, origen y destino del hombre, mecanismos
de acción e intervención en el diagnóstico
y solución de los problemas.
Etapa de la caridad (1550 hasta 1850)
La caridad es el motor de las acciones en salud
entre la época colonial y la primera mitad del siglo XIX.
Ella se caracteriza por la gestión de la buena muerte, valor
presente incluso en la Congregación del Fraile Camilo Henríquez,
Padre de la Patria. Los hospitales son en este tiempo lazaretos
para morir gestionados primero por la Iglesia a través de
los Hermanos de San Juan de Dios, y con posterioridad un ente privado,
sin fines de lucro, la Junta de Beneficencia Pública, formada
por figuras de la sociedad, que entregan bienes y recursos para
la atención de los enfermos. En el ámbito de lo que
hoy llamamos la Regulación o Rectoría, está
la creación del Protomedicato en 1566, que tenía autoridad
sobre el ejercicio de la profesión médica, sobre las
epidemias y la salubridad, así como sobre la regulación
de la práctica de "los que quieran curar de cirugía".
Sin embargo, según Vicuña Mackenna, estos personajes
solo se dedicaron a "perseguir a los colegas, desterrarlos,
agobiarlos de multas en provecho propio, con el mismo fervor con
que la Inquisición perseguía a los herejes, quemándoles
y confiscándoles los bienes". En verdad, no hicieron
nada por la ciencia ni la profesión médica (4).
Por estas y otras razones, la República cambió su
nombre por el de Sociedad Médica en 1826, a instancias del
médico inglés Guillermo Blest, dando así inicio
a la preocupación oficial por la organización y vigilancia
de la práctica médica, incluyendo hospitales, farmacia,
epidemias y otros temas cercanos (5).
Un hecho de regulación de la práctica
médica está registrado en la Fijación de Tarifas,
por el Alcalde de Santiago, don Francisco Xavier Errázuriz
en 1781, quien decía para justificarla: "causa un asqueroso
rubor que en un reino como este, tan abundante de gentes, de opulentas
poblaciones, de un completo de comodidades, con una universidad
floreciente en todas las ciencias, no encierra en su dilatado seno
de 500 leguas más de cinco facultativos". En el ámbito
de la salubridad, la creación de la Junta Nacional de Vacuna
en 1812 demuestra que una innovación de pocos años
antes (1780) fuese adoptada como política pública
en un reino lejano, fue un signo de sensibilidad social importante
y raro para aquella época.
El financiamiento de la salud en esta etapa según
la referencia que entrega Enrique Laval, gran historiador de la
Medicina chilena, mediante un cuadro comparativo de entradas y gastos
entre el período colonial y los inicios de la República,
apunta como ingresos los diezmos, noveno y medio, provenientes del
fisco como subsidios, los intereses de capital, el arriendo de propiedades,
la prestación de servicios a esclavos y militares, las limosnas
y los cultos de iglesia. Curiosamente el gobierno colonial fue más
generoso que el republicano en subsidios, mientras que el segundo
descansó más en los intereses del capital y los arriendos.
Toda una temprana expresión del principio de sustentabilidad
(6).
Etapa de la ciencia y Estado (1850-1960)
En este período, Chile vive bastante de
cerca el proceso de incorporación de los productos de la
ciencia y de las doctrinas sociales y políticas predominantes
en el mundo occidental. El establecimiento por parte de John Snow
de la relación entre ambiente y salud en 1845-1850, raíz
de las epidemias de cólera en Londres, genera fuerte impulso
a la sanidad pública y la higiene. A estos descubrimientos
deben agregarse las evidencias de la relación entre pobreza
y enfermedad, en la cual los más pobres tienen peor salud.
Los conceptos de determinación social de la enfermedad,
junto a los movimientos progresistas y revolucionarios (liberales,
socialistas, solidarios) del período, llevan a muchos gobiernos
a proponer una creciente intervención del Estado en
el área de la salud y de la atención médica
(7).
El avance científico que implica el descubrimiento
por Roberto Koch de dos gérmenes patógenos fundamentales
en la epidemiología de la época, el bacilo tuberculoso
y el vibriocholerae, ambos cerca de 1880, refuerzan esta concepción
y abren el camino a la Medicina científica y a la aplicación
de incipientes tecnologías en el diagnóstico y los
tratamientos. Este es un punto crítico, pues, por una parte,
lleva al mejor desarrollo del concepto sobre la relación
ambiente y salud, con el consiguiente crecimiento de la salud pública,
pero también a la progresiva medicalización de la
sociedad impuesta por los médicos, cada vez más poderosos
y prestigiados. Se inician por lo tanto dos desarrollos paralelos,
el de la salud pública por una parte, y el de la Medicina
clínica de carácter científico. Y junto con
ello, una cada vez mas protagónica participación del
Estado (8).
En Chile, con algún retardo pero siempre
en seguimiento a los acontecimientos europeos, la organización
de la Medicina y de la salud pública muestra hitos importantes.
En 1858 se creó la Junta Directora de Hospitales
y Casas de Expósitos, que pasaría a ser en 1875 la
Junta de Beneficencia, ente privado sin fines de lucro, eminentemente
financiado por donaciones y rentas, más un subsidio estatal,
administrado por personalidades del mundo social y político
de la época. Esta Junta mantuvo largas querellas con los
médicos en torno a los temas técnicos de Medicina,
no siempre respetados por los directivos de la Beneficiencia. De
esta Junta, don Alcibíades Vicencio, eminente obstetra dijo:
"estos filántropos, que son adinerados y poderosos terratenientes,
pero carecen de competencia técnica" (9).
Entre 1880 y 1900 ocurren grandes epidemias de
cólera y de viruela, que sensibilizan y aterrorizan a las
clases pudientes para conceder cambios e instituciones que permitiesen
un mejor manejo de estos flagelos. Las resistencias de los librecambistas
e individualistas a las iniciativas de los radicales, demócratas
y socialistas en estas discusiones sobre el papel del Estado en
la salud fueron proverbiales y resuenan hoy, casi con los mismos
argumentos, ante conflictos semejantes. Así se planteó
frente a las vacunas, a las medidas de control de epidemias, al
aporte de recursos vía impuestos para los programas. El argumento
era de que los individuos sabían mejor cuidar de su salud,
por un lado; y para otros, que intervenir en la sanidad pública
era deber del Estado. Algunos médicos esclarecidos participaron
activamente en estas discusiones en el Parlamento y en el Gobierno
(Puga Borne, J.J. Aguirre, Orrego Luco, Izquierdo, Cienfuegos, etc).
Finalmente, el sentido social impregnaría a todos, católicos,
laicos y neutros, lográndose una progresiva concordancia
en la gestación del aparato de seguridad social y atención
de salud.
En 1886 se creó la Sección de Higiene
y Beneficencia en el Ministerio del Interior, mientras que en 1892
se creó el Instituto de Higiene, más tarde Bacteriológico,
que sería la base del laboratorio de referencia nacional,
centro productor de vacunas y de medicamentos, centro de enseñanza
de salud pública.
En 1918 se aprobó el primer Código
Sanitario, con reformas posteriores en 1925, 1931 y 1967, que dio
el ámbito jurídico a las estructuras de salud, el
ejercicio de las profesiones médicas, el manejo de las epidemias,
entre otras cosas. En estos debates fue muy importante la presencia
de médicos parlamentarios y académicos de la Facultad
de Medicina de la Universidad de Chile (10).
En 1921 se envía el proyecto de Servicio
de Seguro Social, escrito y promovido por el parlamentario conservador
y médico Dr. Exequiel González Cortés, aprobado
finalmente en 1924. Su componente médico fue determinante
para la posterior estructura del SNS. Progresivamente esta estructura
fue ampliando sus beneficios a la familia, especialmente a la madre
y al niño, incluyendo controles regulares y entrega de leche.
Esta última extensión fue ratificada por ley en 1936,
propuesta por el ministro Eduardo Cruz Coke, la cual previó
un mayor aporte fiscal para estas tareas.
En 1924 nace el Ministerio de Salud, llamado de
Higiene, Asistencia y Previsión Social, durante el gobierno
de Arturo Alessandri. Quedaron bajo su dependencia todas las estructuras
de atención de salud y de previsión social existentes
hasta la fecha (Dirección General de Sanidad, Inspección
General del Trabajo, Juntas de Beneficencia, Consejo de Habitación
Popular, Cajas de Seguro Obrero y de Previsión de Empleados).
Posteriormente fue evolucionando hacia una especialización
en el tema de salud, perdiendo atribuciones en el ámbito
de trabajo, vivienda y previsión social.
La grave crisis del 29-30 y las posteriores epidemias
de tifus exantemático, tifoidea y nuevas explosiones populares,
ya más visibles en la capital, aceleran la necesidad de implementar
políticas sociales eficaces que resuelvan los problemas de
habitación, trabajo, salud, desnutrición y tantos
otros ligados a la condición de pobreza de las mayorías.
El sentimiento de solidaridad comienza a ser intenso en las nuevas
clases medias y parte de las oligarquías, mientras los movimientos
políticos que encarnan estas posiciones hacia 1938 en el
llamado Frente Popular, llevan a Pedro Aguirre Cerda a la presidencia
en 1939.
En 1938 se dicta la Ley de Medicina Preventiva
(Nº 6.174), producto del genio científico de Cruz Coke
y de su aplicación a la política. El autor en su presentación
hablaba de la necesidad de una "Medicina Preventiva y Dirigida",
es decir, introducía dos conceptos fuertes hoy en salud pública,
la prevención y la planificación (managed care).
En las discusiones parlamentarias, Salvador Allende, a nombre del
Partido Socialista, decía que esta ley era "un volador
de luces", pues no iba al fondo del problema, el de la explotación
del pueblo por los capitalistas. La ley en cuestión fue un
ejemplo típico de argumentación entre un gradualista
o incrementalista, que basa sus propuestas en evidencias científicas
(Cruz Coke), frente a un político utopista (Allende), que
cree que es preciso cambiar el mundo revolucionariamente para que
cambien las realidades particulares. Vieja discusión en la
que yo personalmente me quedo con Cruz Coke, no por razones políticas,
sino porque, según mi experiencia, he aprendido que las revoluciones
no resuelven nada, vengan de donde vengan. No hay en Chile otro
mejor ejemplo de semejante utilización del razonamiento metódico
para demostrar y promover una ley que diera soluciones eficaces
a un conjunto de problemas como eran en esa época la TBC,
la sífilis y las enfermedades cardiovasculares ("morbilidad
oculta en el supuesto sano", dijo el autor, hoy se le llama
la "epidemia silenciosa"). Los cálculos de costo
beneficio que realizó el Dr. Cruz Coke fueron brillantes
y lograron la aprobación de su ley por unanimidad en el Parlamento.
El autor decía que su ley "plantea, por primera vez
una medicina de Estado, que dispone y distribuye los recursos en
relación con su rendimiento máximo". Es decir,
más recursos, pero bien gastados. Un conservador católico
estaba en la vanguardia de lo que después se llamó
el Estado benefactor, en su versión chilena (11).
A inicios de la década del 40 se envía
un proyecto de reforma del Seguro Obrero (Ley 4.054), que buscaba
extender los servicios de atención médica al resto
de la población y dar un fuerte impulso a la integración
de servicios. Este concepto, el de crear un Servicio Nacional de
Salud, nace en los expertos, encabezados por el Ministro de Salud
de la época, Salvador Allende, a raíz de la positiva
experiencia de unificación ocurrida en las zonas del terremoto
del 39 en Chillán. Este proyecto de ley dormiría por
12 años en el Parlamento hasta la aprobación en 1952,
bajo el impulso del profesor Jorge Mardones Restat (conservador
social cristiano), Ministro de Salud del presidente Gabriel González
Videla. La aprobación fue hecha por unanimidad, sorprendente
resultado de una reforma que se demoró más de una
década en ser aceptada por todo el espectro político
(12). El profesor Mardones Restat, médico y experto
en farmacología, aplicó, al igual que su maestro Cruz
Coke, los métodos científicos a la práctica
política, logrando un éxito notable.
De esta forma, el Servicio Nacional de Salud aparece
a fines de 1952, justo en el cambio de gobierno desde los radicales
y su coalición de centro-izquierda, hacia la variopinta alianza
populista del general Ibáñez, que debería implementar
esta nueva ley, la 10.383. Es la culminación de un proceso
continuo, de gran sustento político y científico.
Estructuralmente, el SNS es una gran integración vertical
de las funciones de financiamiento y provisión de servicios
de salud. En esta nueva organización se fundieron más
de 15 instituciones dispersas del sector público, más
los hospitales de la Beneficencia, organismo privado subsidiado,
que manejaba casi toda la infraestructura disponible a la fecha.
En esta reforma, la integración fue hacia el sector público,
es decir, una estatización de la medicina. Es interesante
observar cómo cambian estos conceptos al buscar eficiencia
según sea el caso en lo privado y en lo público.
En las negociaciones de esta nueva estructura,
sin embargo, los médicos son incorporados con dos elementos
críticos: el Colegio Médico (1948), como corporación
de derecho público, de afiliación obligatoria y fuertes
atribuciones, y el Estatuto del Médico Funcionario (1951),
que fue una generosa escala de sueldos. Los médicos temían
por el ejercicio liberal de la profesión, única fuente
verdadera de sustento para ellos en esa época, y su actitud
fue más bien reactiva frente a la propuesta, que también
desechó la unificación de los sistemas de obreros
con los de empleados, por razones obvias para la época.
Etapa de la apoteosis del SNS (1960-1970)
En el período que transcurre entre 1952
y 1960 ocurre el establecimiento del SNS desde el punto de vista
institucional, organizativo y de extensión progresiva de
sus instrumentos de cobertura. Desde este organismo se da también
un desarrrollo de colaboración entre la asistencia y la docencia
e investigación, muy de acuerdo con la Facultad de Medicina
de la Universidad de Chile. La integración de 15 plantas
de personal distintas tomó tres años, ya que todos
querían pasar a ganar el salario más alto; mientras
que la creación de instrumentos y doctrinas claras para la
acción fue larga y compleja. La estrategia de acción
cerca de la comunidad, expansión hacia los sectores rurales
y de provincias, se hizo de la mano de una genial solución
compartida entre la Facultad de Medicina y el SNS: el ciclo de destinación
(médicos generales de zona y residencias de especialidades)
en el marco de una armónica y productiva Relación
Docente Asistencial. De estas estrategias hay documentos que describen
muy bien cómo se planificó lo que había que
hacer (13).
Ya establecido el SNS, siempre en medio de crisis
y de críticas, se gana el compromiso y la identificación
de los médicos que entregan su generoso aporte y se identifican
con él. Progresivamente se van desarrollando instrumentos
de extensión de cobertura y de capacidad de intervención
sobre problemas importantes, como fue el caso de la madre y el niño.
Así nacen los programas de control de desnutrición,
diarrea infantil, de vacunaciones ampliadas, de control y atención
profesional del embarazo y parto, de fertilidad y otros. La estrategia
de acción cerca de la comunidad, expansión hacia los
sectores rurales y de provincias se realiza en los establecimientos
comunales de atención primaria y hospitales tipo 4 o rurales.
El reflejo de todo este esfuerzo en los indicadores
epidemiológicos recién comienza a expresarse hacia
fines de los años 60 y comienzos de los 70. Tan fuerte fue
esta relación que ni las crisis económicas de la primera
mitad de los 70 (72-76) ni la de inicios de los 80, logran alterar
la mejoría progresiva de indicadores de salud básica.
El crecimiento del SNS y su expansión a
todo el país lo lleva a ser prácticamente un monopolio
de atención médica, con todos los defectos y virtudes
que ello conlleva. Por una parte, el gigantismo, la burocratización,
el centralismo y la pérdida de la mística inicial.
Por otra, al enfrentarse con una población cada vez más
exigente y educada, se desarrolla una especie de despotismo ilustrado
de la clase médica frente a los pacientes, a los que se les
entrega poca información y se les dan pocas posibilidades
de ser considerados. Ambos fenómenos generan una creciente
insatisfacción tanto en usuarios como prestadores, los cuales
expresan su crítica a través de diversos medios. Los
éxitos epidemiológicos dejan de ser apreciados por
la población, y esta se concentra solo en el acceso y calidad
de la atención médica. Con esto se llega a la medicalización
de la sociedad y de la salud, fenómeno, por lo demás,
característico de la cultura occidental del siglo XX.
En 1968 el Servicio Médico de Empleados,
SERMENA, hasta esa fecha solo administrador de la ley de medicina
preventiva, crea el llamado Fondo de Medicina de Libre Elección,
que inicia su acción en la medicina privada, como un asegurador
y financista de la atención de medicina curativa.
Etapa de la descentralización y privatización
(1973-1989)
El período del régimen militar, el
cual se caracteriza por una adopción de políticas
neoliberales tempranas en lo económico y de progresiva desestatización
en lo gubernativo, deja la salud para una segunda fase. Recién
en 1979 se produce la primera reforma para descentralizar los servicios
de salud (DL 2.765), junto a la creación de FONASA, como
teórico ente financiero del sector.
La descentralización y separación
de funciones es una reforma muy discutida en los ambientes médicos
y de salud pública, al igual que aquella de la municipalización
de la atención primaria de salud. En pocas pero activas instancias
se dialoga sobre estos temas, generándose un ambiente crítico
pero de búsqueda de entendimiento. En general, las diversas
corrientes de opinión aceptan que la descentralización
era una tarea pendiente de la estructura pública y que era
preciso realizarla.
Las principales críticas a estas reformas
fueron que, al suprimir la Dirección General del SNS, cuyo
titular tenía autonomía y propiedad en el cargo ya
que era nombrado con acuerdo del Senado en tiempos democráticos,
se recreó este poder en el gabinete del Ministerio de Salud,
concretamente en la Subsecretaría. La concentración
del poder central en la Subsecretaría de Salud estableció
un núcleo de poder y de conflictos que han hecho compleja
su tarea. Por otra parte, los nuevos Servicios de Salud, 26 en total
en las regiones, no contaban ni con gente preparada ni con recursos
necesarios para ejercer esta autonomía recién adquirida.
En cuanto a la municipalización, las críticas
fueron creciendo a medida que este proceso se instalaba en mayor
número de comunas. Estas apuntaban a la atomización,
descoordinación del sistema; se le imputaba ser la creación
de un sistema de atención primaria de segunda clase, con
pagos insuficientes al personal, pérdida de niveles técnicos,
y fundamentalmente, la aplicación uniforme de un mecanismo
de descentralización en lugares muy diversos en tamaño,
recursos, población, capacidades de gestión, etc.
En lo positivo, todos los actores estimaron que una mayor participación
local es indispensable para escuchar a las personas y resolver sus
necesidades más sentidas, dando paso a la creatividad, sin
perder la universalidad ni la efectividad (14).
La privatización fue, contrariamente a lo
anterior, legalizada en una ley miscelánea, con muy poca
discusión previa y con un cuerpo médico que reaccionó
de una manera más bien confusa frente a la aparición
de los seguros privados competitivos de salud, llamados ISAPRE.
Estas instituciones de seguro, creadas poco después de las
AFP, estaban destinadas, según el DFL Nº 3 de mayo de
1981, a sustituir progresivamente el sistema público de salud.
Las autoridades de la época dijeron, sin embargo, con prudencia,
que no cubrirían más del 25 a 30% de la población,
y suavizaron su presencia en el conjunto de la atención médica.
Los médicos reaccionaron divididos: unos, a favor, que quisieron
crear Isapre propias; otros, muy opuestos (15).
En la práctica, hoy en día y como
directa consecuencia de las ISAPRE, se ha desarrollado un potente
sector de prestadores privados, que ha crecido enormemente y se
ha puesto a la vanguardia tecnológica de la medicina clínica.
Después de un período de altos ingresos y utilidades,
sus costos empero han crecido también grandemente, aunque
no hay acuerdo si esto es provocado por mayores frecuencias de prestaciones
y mejoras de tecnología, o por impacto del seguro de enfermedad
o licencias médicas. En último término, un
juicio apresurado y a lo mejor arbitrario, nos dice que el gobierno
militar dejó su reforma a medias, como suele suceder con
estos procesos.
Etapa de la restauración democrática
En este período, la Concertación
se mueve fundamentalmente para tratar de recuperar al sector público
de su postración financiera y técnica. El mayor gasto
se alcanza en 1997 con $ 92.947 per cápita, comparando con
$ 39.917 en 1989. El gasto total se duplica en 1996 con 743 mil
millones de pesos (1.200 millones de dólares) (16).
El mayor gasto se va principalmente a salarios, cuyo valor real
se duplica en 1996, y en inversiones, cuyo valor es de un 1.000%
mayor en 1995, comparado con 1986.
Los salarios se reajustan en medio de duros conflictos
que hablan de la difícil gobernabilidad de un monstruo burocrático
solo descentralizado en el papel, cuyo personal lleva grandes frustraciones
e insatisfacciones. En esta difícil relación con la
autoridad los médicos van en primer lugar. Cada vez que se
han mejorado salarios, no se ha logrado ligar remuneraciones con
productividad más allá de los indicadores clásicos
de antigüedad y horas trabajadas. Por lo tanto, en este terreno
no se ha avanzado mucho en la modernización.
En cuanto a inversiones, la renovación de
hospitales, especialmente en regiones, y más recientemente
en la zona metropolitana, acompañada por una disminución
significativa de la brecha tecnológica, son los hechos más
notables. Especialmente visible es la mejoría del sector
en el cuidado intensivo neonatal y de adultos, en el sistema de
rescate y ambulancias SAMU, en los aparatos de imagen, entre otros.
La modernización de la gestión ha
apuntado especialmente a cambiar los instrumentos de asignación
de dinero a las unidades prestadoras, a través de mecanismos
de pago ligados a la producción normalizada de intervenciones
(pago asociado a diagnóstico y pago prospectivos) en hospitales
y un per cápita para la atención primaria en un modelo
de atención familiar. Los Fondos Concursables, especialmente
el de listas de espera (POA) y otros para enfrentar problemas específicos,
como aquellos de carácter epidemiológico o de grupos
vulnerables, han dado oportunidad a los establecimientos públicos
la posibilidad largamente intentada de resolver los problemas especialmente
quirúrgicos y de mayor complejidad (17).
Una revitalización de la salud pública
y de la epidemiología como instrumento de política
de salud estuvo presente en el brote de cólera de 1991 y
la amenaza de epidemia de sarampión de 1992. Ambas circunstancias
fueron controladas con sendas campañas de reconocido éxito
(18,19).
El impacto de estas políticas se puede observar
en un indicador tradicional, como el de la Tasa de Mortalidad Infantil,
que ha caído desde 18 en 1989 a 10 por mil nacidos vivos
en 1998, especialmente debido a programas de gran eficacia y costo
razonable, como el Programa de Atención Neonatal, el de control
de las Infecciones Respiratorias Agudas (IRA) y el de intervención
quirúrgica de cardiopatías congénitas (20).
Última crisis y conclusiones
La historia de los sistemas y servicios de salud
no se detiene ni deja de ser siempre crítica. El sector público,
con todos los esfuerzos que se hacen, sigue aquejado de diversos
problemas estructurales y funcionales relacionados con su tamaño
y su difícil manejo.
El sector privado ha entrado en una fase de complejidad
debido a varias razones que se suman. Uno de ellos, el aumento de
costos de la atención médica, cuyo origen se discute,
pero que es evidente, ha provocado que los seguros y prestadores
privados de la atención médica hayan iniciado un proceso
de cambio interesante.
La llamada salud administrada ha sido propuesta
como una fórmula salvadora, en la que el control de costos
se obtiene por la vía de reestructurar las empresas prestadoras
de salud, con algunas medidas que conducen a la integración
vertical, al control del número de las prestaciones por la
vía del racionamiento y de las segundas opiniones, la presencia
de un médico general o gate keeper, y otras barreras
de entrada a la atención médica. La adopción
de protocolos de tratamiento de las enfermedades de alto costo son
otro elemento de control y racionalidad que se ha usado en esta
estrategia. Todo este proceso es un cambio de las tradiciones liberales
de la medicina, y de alguna manera eran las que precisamente han
caracterizado al sector público, en el que el ejercicio grupal
de la medicina y el control social son la norma. El cambio por parte
de la medicina privada hacia modelos de funcionamiento más
estructurados y controlados ha llevado, por ejemplo, a un éxito
evidente en la administración de un seguro para enfermedades
catastróficas entre los años 2000 y 2001 (21).
Es bien curioso anotar que ambas medicinas, la
pública y la privada, transitan hacia un espacio común:
el de la medicina responsable y regulada por criterios compartidos
por la mayoría: la medicina pública busca la autonomía
y la eficiencia mediante la descentralización de los procesos;
la medicina privada busca contener costos transitando hacia la integración
y el control social o de incentivos económicos. Pero en esto
último, claramente, le faltan algunos elementos que son parte
de la tríada inseparable de la buena medicina.
Cada uno de nosotros como médico podrá
tener la idea de cuánta libertad profesional está
dispuesto a entregar al sistema, a los colegas de mayor experiencia,
y sobre todo, a la evidencia científica de cuánto
es eficaz para un diagnóstico o un tratamiento. Esta disyuntiva
no es nueva y creo que es inevitable en cualquier circunstancia.
En cualquier situación la práctica médica debe
tener estos tres elementos fundamentales que hoy se resaltan:
Evidencia técnica: ciencia
Respeto al paciente: ética
Buena gestión clínica: racionalidad de costos
En suma, estamos en la búsqueda de una medicina
basada en la excelencia, que recoja experiencias y dé salida
a esta última crisis.
Referencias
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