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La declaración de la Sagrada Congregación para la
Doctrina de la Fe define la eutanasia como "una acción
o una omisión, que, por su naturaleza o intención,
causa la muerte con el fin de eliminar cualquier dolor".
El hombre, desde la antigüedad más
remota, se ha preocupado por la muerte. Este interés nace,
por un lado, de la fuerza del instinto de conservación, que
motiva al hombre a preservar su propia vida; por otro, la experiencia
práctica de la inexorabilidad de la muerte, sumado a lo que
Hamlet expresa en forma muy concreta: "El temor a lo que hay
más allá de la muerte. Ese país desconocido
desde cuyas fronteras ningún viajero regresa"... ha
provocado angustia y perplejidad en el hombre.
También ha sido inquietante el proceso que
ocurre durante la muerte misma. El hombre se pregunta si este será
largo y doloroso; o cruel y pesado para él y sus seres queridos.
Este miedo frente al proceso de morir es lo que ha hecho, entre
otras cosas, que la "muerte dulce" o "eutanasia"
sea una alternativa que merece ser considerada.
En la época actual, la eutanasia ha vuelto
a ser tema de discusión y de reflexión, dado que en
la mentalidad contemporánea se producen ciertos condicionantes
que parecen favorables a ella. Entre ellos podemos destacar el positivismo
económico, que da un enorme valor a la productividad efectiva
y mensurable del hombre, a través de índices como
el producto per cápita, por ejemplo. El racionalismo, que
se niega a cualquier intento de reflexión sobre lo trascendente
y al valor ético de ver la vida como un "don de Dios".
La aversión al dolor y una falta de explicación racional
a aceptar el sufrimiento. Hay una pérdida del sentido de
los valores trascendentales y una negativa a aceptar el mal como
un misterio.
Por otro lado, esta es la capacidad tecnológica
de la medicina actual de prolongar artificialmente la vida, aun
de aquellos sin esperanza razonable de recuperación y la
tendencia al "encarnizamiento terapéutico" en la
UTI.
Por último, pienso que también el
hecho de que en algunos países muy influyentes se haya legalizado
el aborto como una opción o, más aún, un derecho,
un ejercicio de la autonomía y la libertad, hacen que eliminar
la vida sea una alternativa aceptable. Entonces, si se puede hacer
al comienzo de la vida, ¿por qué no también al
término de ella?
Los argumentos a favor de la eutanasia podrían
resumirse de la siguiente manera:
1. La enfermedad terminal. Produce
a veces tales sufrimientos y dependencias de otros que hacen que
la vida pierda toda calidad y significado. Se olvida que la vida
tiene valor en sí misma, independientemente del estado
de salud. Si bien la salud es deseable, no es un fin en sí
misma, y la dignidad del ser humano no depende ni desaparece con
la enfermedad. Más bien, el paciente enfermo adquiere una
dignidad especial y una necesidad muy particular de nuestra caridad.
Por eso Jesús le dedica mucho tiempo a atender y a curar
enfermos, y nos pide expresamente que visitemos y cuidemos a nuestros
hermanos enfermos. Precisamente, porque ve en el hombre enfermo
a un sujeto que nos brinda una de las mejores oportunidades para
ejercer nuestra vocación de servicio.
2. Respeto a la autonomía del paciente.
Si es el paciente el que solicita la eutanasia, debiéramos
acceder. Sin embargo, se olvida que la enfermedad terminal coloca
a los pacientes en situaciones muy vulnerables y, por lo tanto,
su autonomía está comprometida. No sería,
en consecuencia, una decisión libre; todos sabemos la angustia
y la depresión que pueden acompañar a estas situaciones,
lo cual nos permite ejercer verdaderamente la libertad y la autonomía.
Además, se olvida también que nadie se ha dado la
vida a sí mismo y, en consecuencia, uno no es dueño
para decidir cuándo terminarla.
3. Compasión por el que sufre.
Este es un argumento que a muchas personas las hace dudar,
dado que objetivamente algunos enfermos en sus etapas terminales
tienen dolores y sufrimientos considerables. Sin embargo, la labor
del médico consiste precisamente en acompañar y
aliviar el dolor y no encauzar la muerte como una alternativa
terapéutica. El médico debe buscar siempre el mantener
y preservar la vida, o al menos, si esto no es posible, acompañar
al paciente y aliviarlo de su angustia y de su dolor y no ser
un sujeto que busca la muerte.
4. El antecedente de que en algunos países
se permite y de que se haya legislado a favor de la eutanasia.
Esas experiencias no han sido muy afortunadas, y una vez que se
acepta el concepto de que uno puede matar a su semejante por enfermedad
terminal, esto se extiende después a otras situaciones
como malformaciones, debilidad mental, y mucha gente ve a esos
seres humanos como parásitos de la sociedad. Las estadísticas
de Holanda muestran que el 15% de los fallecidos mueren por eutanasia,
y de estos, el 56% por "pérdida de dignidad",
la cual no figura entre las causas justificables de eutanasia.
5. Hay personas que piensan que dejar morir
o terminar con la vida de un paciente activamente es éticamente
igual. Este es probablemente uno de los puntos que conviene
aclarar con mayor fuerza, dado que no es lo mismo que un paciente
pueda rechazar un tratamiento especialmente complejo y da resultado
incierto o poco eficaz, y permitir que la naturaleza siga su curso
y termine con la vida del paciente enfermo. No es lo mismo que
activamente inyectar una droga mortal o suspender una alimentación
o una oxigenación, que son elementos vitales e indispensables
para la vida.
En consecuencia, nos parece que cualquier legislación
a favor de la eutanasia pone en peligro conceptos muy valiosos,
como debilitar el respeto por la vida humana. Pérdida de
la confianza intuitiva y objetiva que tiene la sociedad con los
médicos, haciendo al facultativo el agente de la muerte y
facilitar las manipulaciones psicológicas para forzarlo a
tomar este camino con el falso concepto de la compasión.
Además, se produce una presión psicológica
y moral fuerte sobre los enfermos terminales, se les hace verse
a sí mismos como una carga para la sociedad y se les impulsa
a pedir que pongan fin a su vida, o que eso es o que ellos deben
hacer por patriotismo o por consideraciones de tipo económico-sociales,
dada la carencia de recursos que se puedan gastar en salud. La medicina
se despersonaliza aún más y tiene el peligro, como
decíamos anteriormente, de extender el concepto de que se
puede terminar la vida por diversas razones: en el feto, produciendo
el aborto cuando el embarazo no es deseado; en los enfermos terminales,
porque sufren, y posteriormente, extenderlo a pacientes que han
perdido el discernimiento o que son una carga para la sociedad.
Se valora así la vida según la utilidad personal o
social.
El código de ética del Colegio Médico
en esto está bien claro: en su artículo 27 dice que
el médico no podrá deliberadamente poner fin a la
vida de un paciente bajo consideración alguna, y el artículo
28 dice que toda persona tiene derecho a morir dignamente. Este
es un punto muy importante: los procedimientos diagnóstico-terapéuticos
deben ser proporcionados a los resultados que se pueden esperar
de ellos. Por último, quisiera proponer que nuestro rol no
solo debe ser negativo frente a la eutanasia, sino que proponer
frente al misterio humano del dolor y del sufrimiento algunas conductas
que efectivamente ayuden a bien morir a nuestros pacientes.
Respetar el modo de muerte de las personas significa
aceptar el rechazo a algunos tratamientos que pueden ser de eficacia
discutible o desproporcionados frente a las expectativas de vida
o a la precariedad del paciente, dadas las complicaciones que presenta.
Aliviar el dolor, usar todos los métodos y técnicas
que nos permiten mitigar el sufrimiento innecesario.
Rechazo al encarnizamiento terapéutico.
En el cual a veces caemos por un exagerado celo de preservar la
vida a toda costa.
Participar al enfermo de toda la información
disponible. De su estado de salud e incluso de su muerte pronta
y certera, para que así el enfermo se prepare y tome las
decisiones que correspondan y acompañarlo en el impacto psicológico
y moral que esto implica. El acompañamiento del paciente
por parte del médico es muy importante; uno no debe jamás
expresar lo que a veces uno observa en algunos colegas al decir:
"no tengo nada que ofrecer, hasta aquí no más
llega la medicina". Muy por el contrario, uno tiene mucho que
ofrecer cuando la ciencia ya no puede ayudar más.
Por último, favorecer la vivencia del misterio
humano-religioso de la muerte. La asistencia religiosa cobra en
estas condiciones una relevancia especial.
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