1. ¿Qué son los valores?
¿No se había tratado nunca el tema
de los valores, separados? ¿Qué regiones habían
sido ya exploradas en el ámbito de la filosofía, cuando
se descubren los valores? En la filosofía griega, los primeros
filósofos buscan una noción suprema que sirva de principio,
capaz de explicar toda la naturaleza que observaban a su alrededor,
y en un primer momento eligen un principio material, más
tarde buscarán un principio que sea capaz de dar razón
de lo material y lo inmaterial que existe en el universo.
Más adelante, además de la realidad
material y de la realidad ideal, aparece también el mundo
psíquico-espiritual. Es decir, además de los objetos
materiales, los animales vivos, los números y las relaciones,
existen también "mis propias vivencias":
mis afectos, emociones, dolores, alegrías, mis percepciones,
mis recuerdos, etc.
Según la analogía de Locke, el espíritu
se volcó primero hacia fuera y, una vez maduro, se replegó
sobre sí mismo. La filosofía ha desarrollado el tema
de los valores de modo definitivo con Max Scheler, en la primera
mitad de este siglo; hasta ese momento todo lo que era valor venía
entendido como una cualidad del ser. Así, desde este punto
de vista, para muchos, toda la filosofía era una axiología,
y para otros era simplemente el poner nombre nuevo a cualidades
del ser ya conocidas.
En un primer momento el intento fue reducir
los valores a estados psicológicos. El valor equivale para
unos a lo que me agrada, para otros, a lo deseado, y para otros,
al objeto de nuestro interés. El placer, el deseo y el
interés son estados vivenciales, estados psicológicos;
el valor para estos filósofos se reduce a meras vivencias.
Nicolai Hartmann, en su Axiología de
las costumbres (1), es del parecer contrario, e identifica
los valores con las esencias. La supuesta intemporalidad
del valor ha dado pie a una doctrina que incluye a los valores entre
los objetos ideales.
Por otro lado, los valores no existen por sí
solos, sino que descansan en algún depositario, no son etéreos,
sino que están incorporados en alguien o en algo. La necesidad
de un depositario en quien descansar, nos dice Risieri Frondizi,
en su obra ¿Qué son los valores? (2),
da al valor un carácter peculiar, le condena a una vida
parasitaria, pero tal idiosincrasia no puede confundir lo sostenido
con el sostén.
Es conveniente no confundir valores con
bienes en nuestro trabajo. Una estatua, por ejemplo, terminada
de esculpir por un escultor, es un trozo de mármol con un
peso, constitución química, dureza, etc., al que se
le ha incorporado un bien, sin embargo, la estética,
la belleza de esa estatua es un valor no pesable: los valores, entonces,
no son ni cosas ni vivencias ni esencias: son valores.
Ahora bien, ¿qué son los valores? Si
necesitan de alguien o de algo como depositario en que descansar,
entonces se nos aparecen como cualidades de esos depositarios: la
belleza de una mujer, la elegancia de un traje, etc. Estos valores
tienen existencia real, no virtual. No hay que confundir, pues,
la belleza con la idea de belleza, la belleza es real,
se capta también por la vía emocional, mientras que
la idea de belleza es un objeto ideal y se capta intelectualmente.
Los valores están además ordenados
jerárquicamente, esto es, hay valores inferiores y superiores.
Se dan en un orden jerárquico o tabla de valores. Al enfrentarse
a dos valores, el hombre prefiere comúnmente el superior,
aunque a veces elija el inferior por situaciones circunstanciales.
No hay ninguna tabla fijada de una vez por todas. Max Scheler en
el cap. IV de su obra El formalismo en la ética y la ética
material de los valores (3) expone una tabla que
ha sido tomada por algunos como un modelo que, sin embargo, está
muy lejos de ofrecer seguridad y consistencia.
1.a ¿Son, entonces, los valores, objetivos
o subjetivos?
Con palabras de Risieri Frondizi, ¿tienen
las cosas valor porque las deseamos o las deseamos porque tienen
valor? ¿Es el agrado, el deseo, o el interés lo
que confiere valor a una cosa, o por el contrario sentimos tales
preferencias debido a que dichos objetos poseen un valor que es
previo y ajeno a nuestras reacciones psicológicas u orgánicas?
En síntesis, ¿los valores son objetivos o subjetivos?
Aclaremos esta terminología: El valor será objetivo
si existe independientemente de un sujeto o de una conciencia
valorativa; a su vez, será subjetivo si debe su existencia,
su sentido o su validez a reacciones, ya sean fisiológicas
o psicológicas, del sujeto que valora.
Tomemos el ejemplo de la belleza: ¿Se
aproximará a cualidades como la extensión que no dependen
del sujeto? ¿O será más bien como el olor que
para existir necesita de la presencia de un sujeto que lo perciba,
puesto que un olor que nadie puede percibir carece de sentido? En
este mismo ejemplo estoy seguro de que en algún momento nos
hemos inclinado por el subjetivismo, y en otro momento nos ha parecido
que los valores son realidades objetivas. ¿Cuántos seres
humanos se rinden ante la creación de un poema, o de un cuadro,
simplemente porque no logran plasmar en ellos la belleza que contemplan?
Vamos a dar un paso más, ¿existen el
valor subjetivo y el valor objetivo puros con independencia el uno
del otro? Max Scheler intentó, aplicando el método
fenomenológico, elaborar una tabla de valores materiales
u objetivos, esto es, sin nada de conciencia. Pero lo cierto es
que las cosas tienen valores y que los seres humanos tienen valores,
y que solo el ser humano es capaz de reconocerlos y servirse de
ellos para ir educando su sensibilidad o, si prefiere, su éxtasis.
Son muchas las situaciones en que el ser humano, en la contemplación
de un paisaje o un cuadro, proyecta sobre ellos sus valores personales
y los recoge de nuevo más enriquecidos después de
haberlos paseado por estos objetos. El hombre que vive y se mueve
dentro del valor crece en el valor y comunica valor. No existe,
pues, un valor sin algo de conciencia.
Se observa, pues, la necesidad de una definición
antropológica del ser humano, más allá de lo
subjetivo y lo objetivo, que dé razón del carácter
trascendental de los valores y su fundamentación ontológica.
Fernando Rielo (4) nos diría en su Teorema maestro: "Cuando
dos nociones son distintas e irreductibles entre sí necesitan
de una tercera, que, trascendental a las dos, verifique la síntesis".
Aquí nos parece a nosotros se encuentra la solución
a un constante fracaso de la antropología. La filosofía,
a través de la historia, se ha visto constreñida a
tener que elegir entre una de estas dos posibilidades: psicológica
u objetiva, para definir al hombre. En muchos casos hemos caído
en el mentalismo o racionalismo, y en otros, como en el presente
siglo, en el materialismo, al que contribuye la actitud de una parte
de la ciencia con su pragmatismo o inductivismo, cuando estos se
usan con carácter absoluto. La razón de lo que estamos
afirmando es sencilla: el hombre es más que su biología
y más que su psicología; este "más
que" no queda sujeto a la génesis de estas otras
dos formas. La biología y la psicología se pueden
explicar evolutivamente en el ser humano, sea en su parte hereditaria
o que en la adquirida, pero "él más que"
escapa a estos dos términos. Esto es lo que Cristo llama
filiación divina, hijo de Dios, imagen de las Personas Divinas,
es el espíritu del hombre o presencia constitutiva del acto
de Dios en el hombre. O, como nos refiere el mismo Cristo, en San
Juan, 10, 32: "Dioses sois". Esta filiación divina,
ciertamente, no queda sujeta a ningún tipo de experiencia
inductiva.
Si escogiéramos como ejemplo el arte
y la obra de arte, la primera cosa que habría que
hacer es distinguir entre estas dos nociones. La función
del arte es la obra de arte y la obra de arte es la realidad
objetiva de un sujeto. Ahora bien, ¿cuál sería
la función específicamente estética de la obra
de arte? ¿Producir placer? Nuestra experiencia nos dicta que
una misma obra de arte puede producir sentimientos antitéticos,
según el estado de ánimo, comportamiento ético,
condiciones psíquicas o intelectuales del observador. Será
entonces ¿el arte por el arte? Esta sería una noción
abstracta que tiene larvado dentro un nihilismo teórico y
existencial, y nadie puede recibir eso. La obra de arte, por otro
lado, puede sugerir al observador las más variadas pasiones
humanas. ¿A qué conclusión queremos llegar? Primero,
que la obra de arte se refiere siempre a un sujeto, el artista,
que por medio de la inspiración concibe una obra de
arte su arte y no una obra técnica o de ingeniería.
Lo segundo es que el arte hay que mirarlo con los ojos del espíritu,
no de la carne ni de la psicología, que se muestra incapaz
de captar los valores genéticos que revela el objeto artístico
y valora como feo, indiferente, irreal, en cuanto no logre provocar
su sensualidad, esa sensualidad que corrompe la representación
estética con las proyecciones instintivas. Fernando Rielo
concluye diciendo que "la legalidad o tendencia del arte es
obtener de una fisis su metafisis, que debe ser para
el crítico la aureola que esplende en la obra artística
más que el análisis obsesivo de aquellos elementos
infraestructurales propios de la ciencia, cuya misión es
hallar definiciones, y de la técnica, cuya misión
es operar y producir objetos" (5).
1.b Los valores en el humanismo del siglo
XX
Este siglo se ha caracterizado por un antropologismo
absoluto o psicologista, donde, cuanto hay de conciencia moral,
naufraga en la psicología del hombre y, desde el punto de
vista de las neurociencias, en el cerebro. Un humanismo que se confunde
con el existencialismo y viceversa.
Después de la proclamación de la
muerte de Dios con Nietzsche y la consiguiente muerte de todo aquello
que de valor trascendental hay en el hombre, los valores han hecho,
por fuerza, referencia solamente a lo contingente existencial, y
estos vistos a su vez desde un ángulo de visión puramente
psicologista. Los valores, en este siglo XX, para la mayor parte
del pensamiento filosófico y de los seres humanos en general,
se han convertido en bienes. En un humanismo o antropologismo absoluto,
como el nuestro, los valores que hay en las cosas se compran no
por lo que tienen de valores, sino porque se consideran un bien
en el que hay que invertir pensando en el futuro.
2. Ámbito natural y sobrenatural
de los valores
¿Cuál es la diferencia entre un valor
laico y un valor cristiano? ¿En otras palabras, aquellos que
no tienen una fe, un credo, son capaces del valor, de valores como
la honestidad, la sinceridad, la no divisibilidad, la no doblez,
hombres íntegros que no se compran ni se venden? ¿Estos
hombres son capaces de virtudes morales e incluso teologales, como
el amar, creer y esperar?
Si estas preguntas tienen respuesta positiva en
todos nosotros, entonces, ¿cuál es la diferencia entre
el valor vivido por uno de estos hombres sin credo y el valor vivido
por un católico? Para dar una respuesta objetiva hay que
aclarar antes algunos puntos. El primero es que todos los seres
humanos somos hijos de Dios. El segundo, que esta filiación
divina no es el producto de la evolución biológica
ni histórica ni tampoco social, sencillamente porque
estos son los ingredientes de la psicología humana, una parte
heredada y otra adquirida o educacional. Es decir, todo esto es
un complejo de funciones variables: lo necesariamente sujeto a cambio.
Frecuentemente es lo que a través de la vida tenemos que cambiar
y, por tanto, no puede ser la esencia del ser humano. Por otro lado,
el ser humano es más que su biología y que su psicología.
No agotamos la definición del hombre ni leyendo todos sus
genes ni definiéndolo como un ser en sí, consigo,
para sí o para la sociedad. El hombre no es solo ser: el
hombre es, "ser más".
Todos los seres humanos tienen valores espirituales,
e incluso los ateos creen, aman y esperan. Esto se explica porque,
independientemente de que profesen un credo y antes de que lo puedan
profesar, son hijos de Dios. El hombre, al ser imagen de Dios, o
al poner Dios su imagen, su presencia en el hombre, esta se convierte
en el acto más elevado, la esencia, la persona o el espíritu
con el que el hombre ejerce su poder sobre sí mismo y sobre
todo lo creado. Es la estructura esencial que hace del hombre lo
que es: persona. Esta presencia constitutiva de Dios en el
hombre hace del hombre una deidad, capaz no solo de los valores,
sino también de la fe, la esperanza y el amor, aunque estos
encuentren su explicación en el ámbito natural o de
la razón.
Hipócrates (460 ó 450-377 a. C.),
médico griego, que no conoció a Jesucristo, dice en
su Juramento que lo cumplirá con lo mejor de sus fuerzas
y de su inteligencia, y que esta misma fuerza e inteligencia la
aplicará a sus pacientes: "El sistema que adopto
es para beneficiar a los pacientes con todas mis fuerzas y con lo
mejor de mi inteligencia, y no para perjudicarles ni para ninguna
finalidad injusta. No daré a ninguno una droga mortal, aunque
se me pida, ni mostraré el camino de tal designio; asimismo
no daré a ninguna mujer un pesario para provocar el aborto"
(6).
¿Cómo podemos interpretar estas frases
del mismo Juramento Hipocrático, escrito cinco siglos antes
de la venida de Cristo, donde se nos habla no solo del valor, sino
de lo excelso del valor?: "Mantendré mi vida y mi
arte con pureza y santidad. Cualquiera que sea la casa en que entre,
entraré para beneficiar al enfermo, absteniéndome
de todo daño y corrupción voluntario, especialmente
de la seducción del varón o de la mujer, siervo o
libre. Cualesquiera de las cosas que vea u oiga referentes a la
vida de los hombres, en mi asistencia al enfermo, e incluso fuera
de ella, que no deben ser referidas en otras partes, guardaré
silencio, considerándolas como secretos religiosos".
Veinte siglos más tarde, Paracelso (7).
(1493-1541) nos dice: "Solo al médico le está
reservado dar a conocer las obras de Dios, la nobleza del mundo
y la nobleza aún mayor del hombre, así como demostrar
de qué modo procede uno del otro. Y os digo que nadie que
ignore estas cosas debe glorificarse con la Medicina"... "Resulta
milagroso ver cómo la verdadera ciencia forma, ordena, deduce
y especula todo en el hombre, pues y esto es algo sobre lo
que deberíamos pensar con más frecuencia nada
existe verdaderamente en el cielo ni en la tierra que no esté
en el hombre". (a)
"De ahí resulta la mudez de las
virtudes celestes. Y ello se explica porque Dios, que está
en el cielo, está a la vez en el hombre. ¿Dónde
está el cielo, sino en el hombre? Lo cierto es que la mejor
manera que podemos tener de servirnos del cielo es tener el cielo
en nosotros mismos. Gracias a ese cielo que tan íntimamente
nos conoce, puede Dios saber directamente nuestros deseos y llegar
así más cerca de nuestros corazones, de nuestros pensamientos
y de nuestras palabras... Con ello impregnará nuestro cielo
con su cielo, haciéndolo según su semejanza, más
espacioso, agradable, noble y excelente; ya que no hay duda que
Dios está en el cielo y por ende, en el hombre". (b)
"Él dijo que moriría en nosotros
y entre nosotros y que nosotros seríamos su propio templo.
Roguémosle, pues, allí donde se encuentre, es decir,
en el cielo... y en el hombre... Pese y examine el médico
con la mayor atención lo que tiene en sus manos. Y sepa que
en su poder está la más alta y noble de las causas".
(c)
2.a Filiación divina y cristianismo
¿Cuál sería la diferencia
entre estos dos grandes hombres al proyectar sobre el enfermo los
valores de su propio humanismo? El hecho de que Hipócrates,
sin haber conocido a Cristo, nos hable incluso de una vida de santidad
nos está diciendo que en la estructura antropológica
de todo hombre y de toda época, está comprendido un
espíritu que hace del hombre un ser con un cielo dentro,
una presencia de Dios en el hombre que lo convierte en deidad. Una
deidad herida por una soberbia de la vida; herida que Cristo sana,
como nos refiere San Juan de la Cruz (8) con "su presencia
y su figura". Hipócrates sabía por experiencia
íntima que en el amor de su prójimo encontraba la
plenitud del amor que encontraba en él mismo. Nunca supo
que era hijo de Dios, pero vivió con coherencia aquello que
la misma filiación significaba. En este ámbito natural
o de la razón, el amor al prójimo tiene un modelo
o un parámetro, esto es, el amor de sí mismo: amar
a los demás como a sí mismo.
Cristo revela al hombre y al cristiano en particular,
que es hijo de Dios, y que la primera cosa es ser hijos adorables
de nuestro Padre Celestial. La primera cosa es vivir conforme con
esa impresión genética puesta por el Padre en el hombre.
Esto es, primero hay que ser hijos para después ser buenos
cristianos. Cristo construye el edificio del cristianismo sobre
los cimientos de una filiación divina maravillosamente vivida:
sobre la base de los valores con los que llega todo hombre a este
mundo, en cuanto hijo de Dios.
¿De qué serviría un cristiano
deshonesto o no íntegro, que se compra o se vende al mejor
oferente? ¿De qué serviría que el cristiano llene
la vida de sacramentos, si los valores más elementales, como
es, por ejemplo, el de la buena educación, que es el primer
escalón de la buena caridad, no se viven? El cristiano no
es él mismo el modelo del amor a los demás, Cristo
lo deja bien claro: "Amaos unos a otros como yo os he amado".
Entonces, allí donde no hay amor a Cristo y unión
real con Él, no hay cristianismo, porque el cristiano está
llamado a amar a los demás con el amor divino, y no ya con
su pobre amor humano. Cristo enseña al hombre que hay valores
en él que forman parte constitutiva de su filiación
divina y que solo si estos están sanos se puede construir
encima el gran edificio del cristianismo o de la vida: un médico,
un ingeniero, etc.
Si Dios, como nos dice San Juan, "es amor",
la estructura ontológica del ser humano es amor, con el que
se compenetra con las Personas Divinas y con su prójimo.
Esta estrecha relación de Dios con el hombre y su naturaleza
viene expresada por Cristo: "¿Felipe, tú no crees
que el Padre está en mí y yo en el Padre? El Padre
y yo somos una cosa sola". Y también: "Padre, que
sean uno como tú y yo somos uno: yo en ti, tú en mí,
yo en ellos". (Jn 17, 21)
2.b Cristo y los valores
Ahora bien, ¿cuál es el ámbito
específico de la Iglesia Católica, cuál es
la dimensión o el estado al que Cristo llama a vivir a sus
cristianos? El ámbito específico de la Iglesia Católica
es el ámbito sobrenatural. Cristo quiere, con fundamento
en su Persona, darle al hombre la gracia para que viva sobrenaturalmente,
esto es, para que viva sobre su propia naturaleza, sobre toda pasión,
imperfección, pulsión o disfunción. No es solo
el de una filiación divina, puesto que este estado pertenece
también a la humanidad entera. Tampoco es este estado un
conjunto de mandamientos éticos, pues estos ya existían
en el Antiguo Testamento. Si fuera posible una delimitación
matemática, habría que decir que donde la filiación
divina bien vivida termina, allí empieza el cristianismo.
Un amor nuevo, que por tener su parámetro en Cristo mismo,
hace del amor cristiano un amor divino. Basta al hombre un poco
de honestidad intelectual para reconocer que su amor es enormemente
imperfecto.
Cristo, en su paso por este mundo, nos curó
con inmenso amor y ternura. Se puede decir que es el Amor que curaba,
el Amor que corregía. Frente a los muchos errores y desviaciones,
por graves que estas fueran, Cristo tuvo solo palabras de consuelo,
se podría hasta decir, por la misericordia con que trató
todos los casos que se le presentaron, que ante el error o
la desviación de nuestra carne, la trató como una
inocente carne. Nunca, frente a su sabiduría, quedó
humillado su prójimo.
Desde esta perspectiva, el ser humano es un ser
maravillosamente abierto, abierto a los demás, abierto al
infinito y abierto al Sujeto Trascendental de su destino. Esa apertura
es acto comunicante y acto que lo constituye en lo que es como ser
espiritual, hijo de Dios o persona. Nada más lejos de un
ser en el ser o por el ser, un ser en sí, para sí
o para la sociedad, sino de un ser para Alguien. El ser humano no
tiene capacidad para definirse a sí mismo, tiene necesidad
de que Alguien trascendental a él le dé razón
de su destino. El hombre no es, como afirmará Hobbes: "homo
hominis lupus", sino un "homo hominis sacralitas",
como nos refiere F. Rielo.
Cristo lanzó su mensaje sobre las arterias
de un Imperio, cuya característica, muy marcada en sus soldados
y habitantes era el honor, la dignidad. Con el mismo
honor y dignidad que iban a morir en la guerra por su Patria, fueron
a morir al circo por su fe. ¡Con cuánto honor y dignidad
vivió Cristo cada una de sus situaciones, en su paso por
este mundo! F. Rielo (9) dice lo siguiente del honor:
´El honor es, dentro del ámbito de las virtudes morales,
la extática constante que, con las virtudes teologales, constituye
la voz inefable de la regia oración... el honor es la esencialidad
mística de la caridad. Hay que decir, entonces, del honor
una verdad hermosa. El honor es el esposo de la caridad. Este honor
de amor es auréola que circunda el corazón de los
justos". Cristo da sentencia sobre el honor: "Yo
honro a mi Padre" (Jn, 8-49).
El honor es cualidad moral que inclina a quien
lo posee a ejercitar la virtud, exigida por el cumplimiento más
severo del deber, consigo mismo y con el prójimo: la severidad
incluye el heroísmo. La carencia del sentido del honor, explica,
ciertamente que se puede decir de alguien: la causa de que no cumplas
con tu deber está en que eres un hombre sin dignidad. La
persona sin honor oculta una perversa inclinación que deshonra
a su prójimo. La persona de honor viste con su honor la desnudez
ajena, con especial cuidado la del desvalido. La sentencia de este
amante de Dios, entonces, es clara: ¡el honor honra, el
deshonor deshonra!
4. Conclusiones
El Dr. Pedro Rosso, Rector de nuestra Pontificia
Universidad Católica, en su discurso de inauguración
del año académico 1999 en aquel momento, Decano
de la Facultad de Medicina nos dijo las siguientes palabras,
que no van dirigidas, esta vez, a los alumnos de posgrado o postítulo,
sino a nosotros, los académicos, responsables de la educación
cristiana, tecnológica y científica de nuestros alumnos.
Hay una primera virtud que viene exigida a todo aquel que, por su
labor educativa, está constreñido a tener que decir
a los demás por dónde se va, y es la autoridad
moral, esto es, tienen que ver cumplido en nosotros aquello
mismo que estamos predicando. Con otras palabras, el Dr.
Rosso nos lo dice así: "Estamos llamados a formar
los futuros líderes en el campo de la salud, y esta es una
enorme responsabilidad. Para educar a las personas, es decir, para
ayudarlas a ser plenamente libres, no basta la mera transmisión
de conocimientos. Es necesario que todo el proceso educativo ocurra
en un ambiente que oriente, interpele y estimule una búsqueda
personal y profunda de respuestas, no solo en un sentido ontológico,
sino también metafísico".
Continúa diciendo en su discurso: "cuando
contrastamos ese proyecto educacional con nuestras realidades actuales,
comprobamos que estamos entregando muy bien los contenidos instructivos,
pero nuestras limitaciones en cuanto a lo educativo son palmarias...
Es por eso que me atrevo a proponerles nuevas metas de gran exigencia:
asumir como tarea prioritaria un crecimiento institucional que no
dependa tanto de nuestro quehacer, sino de nuestro ser, pero de
un ser perfeccionado. Hasta ahora hemos sido productivos, desde
ahora debemos ser fecundos... Les invito, entonces, a crear una
nueva cultura institucional basada en mayores niveles de autoexigencia
con respecto a la integralidad de nuestro saber; fiel a la misión
universitaria y auténticamente humana" (10).
En la "Declaración de Principios
de nuestra Escuela de Medicina", en el primer apartado
que trata de la Medicina desde el punto de vista teológico,
leemos lo que sigue: "En la Escuela de Medicina de la Pontificia
Universidad Católica de Chile, rige oficialmente la Doctrina
Católica, directriz espiritual del quehacer de la Institución".
Ello implica reconocer la significación trascendente más
allá de una concepción científico-natural y
en su vinculación con Dios de los atributos inmanentes
a la existencia humana indagados por la Medicina: la salud, el padecimiento,
la enfermedad y la muerte del hombre. La Escuela debe, por tanto,
promover en sus docentes y alumnos la reflexión sobre el
sentido teológico de estas vicisitudes humanas y dar lugar
en el plan de estudios para que ellos se adentren en este campo
del conocimiento" (11).
En el segundo apartado del mismo documento: "La
Medicina desde el punto de vista antropológico",
leemos lo siguiente: Predomina en la actualidad la creencia de
que toda la eficacia de la Medicina deriva de su fundamento científico-tecnológico.
Ello ha conducido a desarrollar la avanzada tecnología de
la medicina moderna y a perfeccionar la concepción científico-natural
del hombre, dentro de la cual se cuenta incluso la corriente que
pretende explicar lo biológico en función de la física
y química y referir lo humano a esa biología... La
nota individual que desconoce el racionalismo de la Medicina contemporánea,
se manifiesta directamente no solo en la esfera del intelecto, en
la voluntad de realizarse a sí mismo, sino especialmente
en lo irracionalmente vital del área afectiva, donde siguen
gravitando, a pesar del avance científico-tecnológico,
aún con mayor fuerza que antes las aflicciones humanas. En
la posición racionalista del médico radica la crítica
deshumanización de la medicina contemporánea, en la
que la relación del médico con el paciente suele ser
del todo impersonal... El paciente pasa a ser considerado solo en
el aspecto de objeto afectado" (12). Frecuentemente
el médico cura venas, huesos, tejidos, etc., y se olvida
de que debajo hay una persona, un ser que tiene necesidad de ser
curado integralmente.
4.a ¿Cómo mejorar la calidad
de nuestro actuar?
1. ¿Cómo mejorar la calidad de nuestro
actuar, sin aceptar antes el mejoramiento de la calidad de nuestro
ser interior?
2. ¿Cómo podemos mejorar la calidad
de nuestro ser interior, sin el ejercicio de aquella humildad elemental
que nos lleva a reconocer que nuestro amor propio es enormemente
imperfecto?
3. ¿Podemos mejorar la calidad de nuestro
amor hacia nuestros enfermos, si el único modelo que aceptáramos
fuera el de nuestro amor propio? ¿No es verdad que tenemos
necesidad de un modelo o parámetro más alto que sea
quién nos defina y en quién poder mirarnos para mejorar
la calidad de nuestro amor propio?
4. Mirarse a sí mismos y en sí mismos
no aumenta la calidad del amor y sí el egocentrismo. Es probable
que nos suceda como a Narciso, que, de tanto recrearse en su imagen,
reflejada en las aguas del lago y, no queriendo renunciar a mirarse
constantemente a sí mismo, terminó ahogándose
en las mismas aguas del lago o, lo que es lo mismo, en su propia
imagen.
5. El hombre, en razón de la estructura
que constituye su propia naturaleza, está llamado a aceptar
sobre sí mismo aquella purificación que le exige la
perfección, hacia la cual él mismo observa que tiende
su ser. Este hecho hace que el amor del hombre sea más celestial
y menos terrenal.
6. Lo contrario es afirmar anómalamente
su propia personalidad frente a los demás, e ir imponiendo
a nuestro prójimo nuestras propias miserias, o nuestro imperfecto
amor propio.
Bibliografía
1. Nicolai Hartmann, Axiología
de las Costumbres (A cura di Filippone Thaulero, vol. II).
2. Risieri Frondizi, ¿Qué
son los valores? Ed. Fondo de Cultura Económica. Santiago
de Chile, 1995.
3. Max Scheler, El formalismo
en la ética y la ética material de los valores.
Trad. de A. Lambertino. Parma.
4. Fernando Rielo, Concepción
genética de lo que no es el Sujeto Absoluto. Madrid,
1985.
5. Fernando Rielo, Pasión
y Muerte, Prólogo de José María López
Sevillano, Ed. Ornigraf, Madrid 1979. Pag. 12-13.
6. Hipócrates, Juramento,
en Ouvres Completes: Ed. J.B. Gardell. París 1810.
7. Paracelso, Theophrastus Bombastus
von Hohenheim. Obras completas. Libro IV. Opus Paramirum.
Ed. Kier. Trad. Estanislao Lluesma-Uranga. Buenos Aires, 1945.
8. San Juan de la Cruz, Noche
Oscura, en Obras completas. Ed. Paulinas.
9. Fernando Rielo, Formas vitales,
inédito. Madrid 1987.
10. Pedro Rosso Rosso, Discurso de inauguración
del año académico 1999. Santiago, 31 marzo
1999.
11-12. Declaración de Principios. Pontificia
Universidad Católica de Chile. Escuela de Medicina. Santiago,
diciembre 1977.
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