1. ¿Qué son los valores?

¿No se había tratado nunca el tema de los valores, separados? ¿Qué regiones habían sido ya exploradas en el ámbito de la filosofía, cuando se descubren los valores? En la filosofía griega, los primeros filósofos buscan una noción suprema que sirva de principio, capaz de explicar toda la naturaleza que observaban a su alrededor, y en un primer momento eligen un principio material, más tarde buscarán un principio que sea capaz de dar razón de lo material y lo inmaterial que existe en el universo.

Más adelante, además de la realidad material y de la realidad ideal, aparece también el mundo psíquico-espiritual. Es decir, además de los objetos materiales, los animales vivos, los números y las relaciones, existen también "mis propias vivencias": mis afectos, emociones, dolores, alegrías, mis percepciones, mis recuerdos, etc.

Según la analogía de Locke, el espíritu se volcó primero hacia fuera y, una vez maduro, se replegó sobre sí mismo. La filosofía ha desarrollado el tema de los valores de modo definitivo con Max Scheler, en la primera mitad de este siglo; hasta ese momento todo lo que era valor venía entendido como una cualidad del ser. Así, desde este punto de vista, para muchos, toda la filosofía era una axiología, y para otros era simplemente el poner nombre nuevo a cualidades del ser ya conocidas.

En un primer momento el intento fue reducir los valores a estados psicológicos. El valor equivale para unos a lo que me agrada, para otros, a lo deseado, y para otros, al objeto de nuestro interés. El placer, el deseo y el interés son estados vivenciales, estados psicológicos; el valor para estos filósofos se reduce a meras vivencias.

Nicolai Hartmann, en su Axiología de las costumbres (1), es del parecer contrario, e identifica los valores con las esencias. La supuesta intemporalidad del valor ha dado pie a una doctrina que incluye a los valores entre los objetos ideales.

Por otro lado, los valores no existen por sí solos, sino que descansan en algún depositario, no son etéreos, sino que están incorporados en alguien o en algo. La necesidad de un depositario en quien descansar, nos dice Risieri Frondizi, en su obra ¿Qué son los valores? (2), da al valor un carácter peculiar, le condena a una vida parasitaria, pero tal idiosincrasia no puede confundir lo sostenido con el sostén.

Es conveniente no confundir valores con bienes en nuestro trabajo. Una estatua, por ejemplo, terminada de esculpir por un escultor, es un trozo de mármol con un peso, constitución química, dureza, etc., al que se le ha incorporado un bien, sin embargo, la estética, la belleza de esa estatua es un valor no pesable: los valores, entonces, no son ni cosas ni vivencias ni esencias: son valores.

Ahora bien, ¿qué son los valores? Si necesitan de alguien o de algo como depositario en que descansar, entonces se nos aparecen como cualidades de esos depositarios: la belleza de una mujer, la elegancia de un traje, etc. Estos valores tienen existencia real, no virtual. No hay que confundir, pues, la belleza con la idea de belleza, la belleza es real, se capta también por la vía emocional, mientras que la idea de belleza es un objeto ideal y se capta intelectualmente.

Los valores están además ordenados jerárquicamente, esto es, hay valores inferiores y superiores. Se dan en un orden jerárquico o tabla de valores. Al enfrentarse a dos valores, el hombre prefiere comúnmente el superior, aunque a veces elija el inferior por situaciones circunstanciales. No hay ninguna tabla fijada de una vez por todas. Max Scheler en el cap. IV de su obra El formalismo en la ética y la ética material de los valores (3) expone una tabla que ha sido tomada por algunos como un modelo que, sin embargo, está muy lejos de ofrecer seguridad y consistencia.

1.a ¿Son, entonces, los valores, objetivos o subjetivos?

Con palabras de Risieri Frondizi, ¿tienen las cosas valor porque las deseamos o las deseamos porque tienen valor? ¿Es el agrado, el deseo, o el interés lo que confiere valor a una cosa, o por el contrario sentimos tales preferencias debido a que dichos objetos poseen un valor que es previo y ajeno a nuestras reacciones psicológicas u orgánicas? En síntesis, ¿los valores son objetivos o subjetivos? Aclaremos esta terminología: El valor será objetivo si existe independientemente de un sujeto o de una conciencia valorativa; a su vez, será subjetivo si debe su existencia, su sentido o su validez a reacciones, ya sean fisiológicas o psicológicas, del sujeto que valora.

Tomemos el ejemplo de la belleza: ¿Se aproximará a cualidades como la extensión que no dependen del sujeto? ¿O será más bien como el olor que para existir necesita de la presencia de un sujeto que lo perciba, puesto que un olor que nadie puede percibir carece de sentido? En este mismo ejemplo estoy seguro de que en algún momento nos hemos inclinado por el subjetivismo, y en otro momento nos ha parecido que los valores son realidades objetivas. ¿Cuántos seres humanos se rinden ante la creación de un poema, o de un cuadro, simplemente porque no logran plasmar en ellos la belleza que contemplan?

Vamos a dar un paso más, ¿existen el valor subjetivo y el valor objetivo puros con independencia el uno del otro? Max Scheler intentó, aplicando el método fenomenológico, elaborar una tabla de valores materiales u objetivos, esto es, sin nada de conciencia. Pero lo cierto es que las cosas tienen valores y que los seres humanos tienen valores, y que solo el ser humano es capaz de reconocerlos y servirse de ellos para ir educando su sensibilidad o, si prefiere, su éxtasis. Son muchas las situaciones en que el ser humano, en la contemplación de un paisaje o un cuadro, proyecta sobre ellos sus valores personales y los recoge de nuevo más enriquecidos después de haberlos paseado por estos objetos. El hombre que vive y se mueve dentro del valor crece en el valor y comunica valor. No existe, pues, un valor sin algo de conciencia.

Se observa, pues, la necesidad de una definición antropológica del ser humano, más allá de lo subjetivo y lo objetivo, que dé razón del carácter trascendental de los valores y su fundamentación ontológica. Fernando Rielo (4) nos diría en su Teorema maestro: "Cuando dos nociones son distintas e irreductibles entre sí necesitan de una tercera, que, trascendental a las dos, verifique la síntesis". Aquí nos parece a nosotros se encuentra la solución a un constante fracaso de la antropología. La filosofía, a través de la historia, se ha visto constreñida a tener que elegir entre una de estas dos posibilidades: psicológica u objetiva, para definir al hombre. En muchos casos hemos caído en el mentalismo o racionalismo, y en otros, como en el presente siglo, en el materialismo, al que contribuye la actitud de una parte de la ciencia con su pragmatismo o inductivismo, cuando estos se usan con carácter absoluto. La razón de lo que estamos afirmando es sencilla: el hombre es más que su biología y más que su psicología; este "más que" no queda sujeto a la génesis de estas otras dos formas. La biología y la psicología se pueden explicar evolutivamente en el ser humano, sea en su parte hereditaria o que en la adquirida, pero "él más que" escapa a estos dos términos. Esto es lo que Cristo llama filiación divina, hijo de Dios, imagen de las Personas Divinas, es el espíritu del hombre o presencia constitutiva del acto de Dios en el hombre. O, como nos refiere el mismo Cristo, en San Juan, 10, 32: "Dioses sois". Esta filiación divina, ciertamente, no queda sujeta a ningún tipo de experiencia inductiva.

Si escogiéramos como ejemplo el arte y la obra de arte, la primera cosa que habría que hacer es distinguir entre estas dos nociones. La función del arte es la obra de arte y la obra de arte es la realidad objetiva de un sujeto. Ahora bien, ¿cuál sería la función específicamente estética de la obra de arte? ¿Producir placer? Nuestra experiencia nos dicta que una misma obra de arte puede producir sentimientos antitéticos, según el estado de ánimo, comportamiento ético, condiciones psíquicas o intelectuales del observador. Será entonces ¿el arte por el arte? Esta sería una noción abstracta que tiene larvado dentro un nihilismo teórico y existencial, y nadie puede recibir eso. La obra de arte, por otro lado, puede sugerir al observador las más variadas pasiones humanas. ¿A qué conclusión queremos llegar? Primero, que la obra de arte se refiere siempre a un sujeto, el artista, que por medio de la inspiración concibe una obra de arte —su arte— y no una obra técnica o de ingeniería. Lo segundo es que el arte hay que mirarlo con los ojos del espíritu, no de la carne ni de la psicología, que se muestra incapaz de captar los valores genéticos que revela el objeto artístico y valora como feo, indiferente, irreal, en cuanto no logre provocar su sensualidad, esa sensualidad que corrompe la representación estética con las proyecciones instintivas. Fernando Rielo concluye diciendo que "la legalidad o tendencia del arte es obtener de una fisis su metafisis, que debe ser para el crítico la aureola que esplende en la obra artística más que el análisis obsesivo de aquellos elementos infraestructurales propios de la ciencia, cuya misión es hallar definiciones, y de la técnica, cuya misión es operar y producir objetos" (5).

1.b Los valores en el humanismo del siglo XX

Este siglo se ha caracterizado por un antropologismo absoluto o psicologista, donde, cuanto hay de conciencia moral, naufraga en la psicología del hombre y, desde el punto de vista de las neurociencias, en el cerebro. Un humanismo que se confunde con el existencialismo y viceversa.

Después de la proclamación de la muerte de Dios con Nietzsche y la consiguiente muerte de todo aquello que de valor trascendental hay en el hombre, los valores han hecho, por fuerza, referencia solamente a lo contingente existencial, y estos vistos a su vez desde un ángulo de visión puramente psicologista. Los valores, en este siglo XX, para la mayor parte del pensamiento filosófico y de los seres humanos en general, se han convertido en bienes. En un humanismo o antropologismo absoluto, como el nuestro, los valores que hay en las cosas se compran no por lo que tienen de valores, sino porque se consideran un bien en el que hay que invertir pensando en el futuro.

2. Ámbito natural y sobrenatural de los valores

¿Cuál es la diferencia entre un valor laico y un valor cristiano? ¿En otras palabras, aquellos que no tienen una fe, un credo, son capaces del valor, de valores como la honestidad, la sinceridad, la no divisibilidad, la no doblez, hombres íntegros que no se compran ni se venden? ¿Estos hombres son capaces de virtudes morales e incluso teologales, como el amar, creer y esperar?

Si estas preguntas tienen respuesta positiva en todos nosotros, entonces, ¿cuál es la diferencia entre el valor vivido por uno de estos hombres sin credo y el valor vivido por un católico? Para dar una respuesta objetiva hay que aclarar antes algunos puntos. El primero es que todos los seres humanos somos hijos de Dios. El segundo, que esta filiación divina no es el producto de la evolución biológica ni histórica ni tampoco social, sencillamente porque estos son los ingredientes de la psicología humana, una parte heredada y otra adquirida o educacional. Es decir, todo esto es un complejo de funciones variables: lo necesariamente sujeto a cambio. Frecuentemente es lo que a través de la vida tenemos que cambiar y, por tanto, no puede ser la esencia del ser humano. Por otro lado, el ser humano es más que su biología y que su psicología. No agotamos la definición del hombre ni leyendo todos sus genes ni definiéndolo como un ser en sí, consigo, para sí o para la sociedad. El hombre no es solo ser: el hombre es, "ser más".

Todos los seres humanos tienen valores espirituales, e incluso los ateos creen, aman y esperan. Esto se explica porque, independientemente de que profesen un credo y antes de que lo puedan profesar, son hijos de Dios. El hombre, al ser imagen de Dios, o al poner Dios su imagen, su presencia en el hombre, esta se convierte en el acto más elevado, la esencia, la persona o el espíritu con el que el hombre ejerce su poder sobre sí mismo y sobre todo lo creado. Es la estructura esencial que hace del hombre lo que es: persona. Esta presencia constitutiva de Dios en el hombre hace del hombre una deidad, capaz no solo de los valores, sino también de la fe, la esperanza y el amor, aunque estos encuentren su explicación en el ámbito natural o de la razón.

Hipócrates (460 ó 450-377 a. C.), médico griego, que no conoció a Jesucristo, dice en su Juramento que lo cumplirá con lo mejor de sus fuerzas y de su inteligencia, y que esta misma fuerza e inteligencia la aplicará a sus pacientes: "El sistema que adopto es para beneficiar a los pacientes con todas mis fuerzas y con lo mejor de mi inteligencia, y no para perjudicarles ni para ninguna finalidad injusta. No daré a ninguno una droga mortal, aunque se me pida, ni mostraré el camino de tal designio; asimismo no daré a ninguna mujer un pesario para provocar el aborto" (6).

¿Cómo podemos interpretar estas frases del mismo Juramento Hipocrático, escrito cinco siglos antes de la venida de Cristo, donde se nos habla no solo del valor, sino de lo excelso del valor?: "Mantendré mi vida y mi arte con pureza y santidad. Cualquiera que sea la casa en que entre, entraré para beneficiar al enfermo, absteniéndome de todo daño y corrupción voluntario, especialmente de la seducción del varón o de la mujer, siervo o libre. Cualesquiera de las cosas que vea u oiga referentes a la vida de los hombres, en mi asistencia al enfermo, e incluso fuera de ella, que no deben ser referidas en otras partes, guardaré silencio, considerándolas como secretos religiosos".

Veinte siglos más tarde, Paracelso (7). (1493-1541) nos dice: "Solo al médico le está reservado dar a conocer las obras de Dios, la nobleza del mundo y la nobleza aún mayor del hombre, así como demostrar de qué modo procede uno del otro. Y os digo que nadie que ignore estas cosas debe glorificarse con la Medicina"... "Resulta milagroso ver cómo la verdadera ciencia forma, ordena, deduce y especula todo en el hombre, pues —y esto es algo sobre lo que deberíamos pensar con más frecuencia— nada existe verdaderamente en el cielo ni en la tierra que no esté en el hombre". (a)

"De ahí resulta la mudez de las virtudes celestes. Y ello se explica porque Dios, que está en el cielo, está a la vez en el hombre. ¿Dónde está el cielo, sino en el hombre? Lo cierto es que la mejor manera que podemos tener de servirnos del cielo es tener el cielo en nosotros mismos. Gracias a ese cielo que tan íntimamente nos conoce, puede Dios saber directamente nuestros deseos y llegar así más cerca de nuestros corazones, de nuestros pensamientos y de nuestras palabras... Con ello impregnará nuestro cielo con su cielo, haciéndolo según su semejanza, más espacioso, agradable, noble y excelente; ya que no hay duda que Dios está en el cielo y por ende, en el hombre". (b)

"Él dijo que moriría en nosotros y entre nosotros y que nosotros seríamos su propio templo. Roguémosle, pues, allí donde se encuentre, es decir, en el cielo... y en el hombre... Pese y examine el médico con la mayor atención lo que tiene en sus manos. Y sepa que en su poder está la más alta y noble de las causas". (c)

2.a Filiación divina y cristianismo

¿Cuál sería la diferencia entre estos dos grandes hombres al proyectar sobre el enfermo los valores de su propio humanismo? El hecho de que Hipócrates, sin haber conocido a Cristo, nos hable incluso de una vida de santidad nos está diciendo que en la estructura antropológica de todo hombre y de toda época, está comprendido un espíritu que hace del hombre un ser con un cielo dentro, una presencia de Dios en el hombre que lo convierte en deidad. Una deidad herida por una soberbia de la vida; herida que Cristo sana, como nos refiere San Juan de la Cruz (8) con "su presencia y su figura". Hipócrates sabía por experiencia íntima que en el amor de su prójimo encontraba la plenitud del amor que encontraba en él mismo. Nunca supo que era hijo de Dios, pero vivió con coherencia aquello que la misma filiación significaba. En este ámbito natural o de la razón, el amor al prójimo tiene un modelo o un parámetro, esto es, el amor de sí mismo: amar a los demás como a sí mismo.

Cristo revela al hombre y al cristiano en particular, que es hijo de Dios, y que la primera cosa es ser hijos adorables de nuestro Padre Celestial. La primera cosa es vivir conforme con esa impresión genética puesta por el Padre en el hombre. Esto es, primero hay que ser hijos para después ser buenos cristianos. Cristo construye el edificio del cristianismo sobre los cimientos de una filiación divina maravillosamente vivida: sobre la base de los valores con los que llega todo hombre a este mundo, en cuanto hijo de Dios.

¿De qué serviría un cristiano deshonesto o no íntegro, que se compra o se vende al mejor oferente? ¿De qué serviría que el cristiano llene la vida de sacramentos, si los valores más elementales, como es, por ejemplo, el de la buena educación, que es el primer escalón de la buena caridad, no se viven? El cristiano no es él mismo el modelo del amor a los demás, Cristo lo deja bien claro: "Amaos unos a otros como yo os he amado". Entonces, allí donde no hay amor a Cristo y unión real con Él, no hay cristianismo, porque el cristiano está llamado a amar a los demás con el amor divino, y no ya con su pobre amor humano. Cristo enseña al hombre que hay valores en él que forman parte constitutiva de su filiación divina y que solo si estos están sanos se puede construir encima el gran edificio del cristianismo o de la vida: un médico, un ingeniero, etc.

Si Dios, como nos dice San Juan, "es amor", la estructura ontológica del ser humano es amor, con el que se compenetra con las Personas Divinas y con su prójimo. Esta estrecha relación de Dios con el hombre y su naturaleza viene expresada por Cristo: "¿Felipe, tú no crees que el Padre está en mí y yo en el Padre? El Padre y yo somos una cosa sola". Y también: "Padre, que sean uno como tú y yo somos uno: yo en ti, tú en mí, yo en ellos". (Jn 17, 21)

2.b Cristo y los valores

Ahora bien, ¿cuál es el ámbito específico de la Iglesia Católica, cuál es la dimensión o el estado al que Cristo llama a vivir a sus cristianos? El ámbito específico de la Iglesia Católica es el ámbito sobrenatural. Cristo quiere, con fundamento en su Persona, darle al hombre la gracia para que viva sobrenaturalmente, esto es, para que viva sobre su propia naturaleza, sobre toda pasión, imperfección, pulsión o disfunción. No es solo el de una filiación divina, puesto que este estado pertenece también a la humanidad entera. Tampoco es este estado un conjunto de mandamientos éticos, pues estos ya existían en el Antiguo Testamento. Si fuera posible una delimitación matemática, habría que decir que donde la filiación divina bien vivida termina, allí empieza el cristianismo. Un amor nuevo, que por tener su parámetro en Cristo mismo, hace del amor cristiano un amor divino. Basta al hombre un poco de honestidad intelectual para reconocer que su amor es enormemente imperfecto.

Cristo, en su paso por este mundo, nos curó con inmenso amor y ternura. Se puede decir que es el Amor que curaba, el Amor que corregía. Frente a los muchos errores y desviaciones, por graves que estas fueran, Cristo tuvo solo palabras de consuelo, se podría hasta decir, por la misericordia con que trató todos los casos que se le presentaron, que ante el error o la desviación de nuestra carne, la trató como una inocente carne. Nunca, frente a su sabiduría, quedó humillado su prójimo.

Desde esta perspectiva, el ser humano es un ser maravillosamente abierto, abierto a los demás, abierto al infinito y abierto al Sujeto Trascendental de su destino. Esa apertura es acto comunicante y acto que lo constituye en lo que es como ser espiritual, hijo de Dios o persona. Nada más lejos de un ser en el ser o por el ser, un ser en sí, para sí o para la sociedad, sino de un ser para Alguien. El ser humano no tiene capacidad para definirse a sí mismo, tiene necesidad de que Alguien trascendental a él le dé razón de su destino. El hombre no es, como afirmará Hobbes: "homo hominis lupus", sino un "homo hominis sacralitas", como nos refiere F. Rielo.

Cristo lanzó su mensaje sobre las arterias de un Imperio, cuya característica, muy marcada en sus soldados y habitantes era el honor, la dignidad. Con el mismo honor y dignidad que iban a morir en la guerra por su Patria, fueron a morir al circo por su fe. ¡Con cuánto honor y dignidad vivió Cristo cada una de sus situaciones, en su paso por este mundo! F. Rielo (9) dice lo siguiente del honor: ´El honor es, dentro del ámbito de las virtudes morales, la extática constante que, con las virtudes teologales, constituye la voz inefable de la regia oración... el honor es la esencialidad mística de la caridad. Hay que decir, entonces, del honor una verdad hermosa. El honor es el esposo de la caridad. Este honor de amor es auréola que circunda el corazón de los justos". Cristo da sentencia sobre el honor: "Yo honro a mi Padre" (Jn, 8-49).

El honor es cualidad moral que inclina a quien lo posee a ejercitar la virtud, exigida por el cumplimiento más severo del deber, consigo mismo y con el prójimo: la severidad incluye el heroísmo. La carencia del sentido del honor, explica, ciertamente que se puede decir de alguien: la causa de que no cumplas con tu deber está en que eres un hombre sin dignidad. La persona sin honor oculta una perversa inclinación que deshonra a su prójimo. La persona de honor viste con su honor la desnudez ajena, con especial cuidado la del desvalido. La sentencia de este amante de Dios, entonces, es clara: ¡el honor honra, el deshonor deshonra!

4. Conclusiones

El Dr. Pedro Rosso, Rector de nuestra Pontificia Universidad Católica, en su discurso de inauguración del año académico 1999 —en aquel momento, Decano de la Facultad de Medicina— nos dijo las siguientes palabras, que no van dirigidas, esta vez, a los alumnos de posgrado o postítulo, sino a nosotros, los académicos, responsables de la educación cristiana, tecnológica y científica de nuestros alumnos. Hay una primera virtud que viene exigida a todo aquel que, por su labor educativa, está constreñido a tener que decir a los demás por dónde se va, y es la autoridad moral, esto es, tienen que ver cumplido en nosotros aquello mismo que estamos predicando. Con otras palabras, el Dr. Rosso nos lo dice así: "Estamos llamados a formar los futuros líderes en el campo de la salud, y esta es una enorme responsabilidad. Para educar a las personas, es decir, para ayudarlas a ser plenamente libres, no basta la mera transmisión de conocimientos. Es necesario que todo el proceso educativo ocurra en un ambiente que oriente, interpele y estimule una búsqueda personal y profunda de respuestas, no solo en un sentido ontológico, sino también metafísico".

Continúa diciendo en su discurso: "cuando contrastamos ese proyecto educacional con nuestras realidades actuales, comprobamos que estamos entregando muy bien los contenidos instructivos, pero nuestras limitaciones en cuanto a lo educativo son palmarias... Es por eso que me atrevo a proponerles nuevas metas de gran exigencia: asumir como tarea prioritaria un crecimiento institucional que no dependa tanto de nuestro quehacer, sino de nuestro ser, pero de un ser perfeccionado. Hasta ahora hemos sido productivos, desde ahora debemos ser fecundos... Les invito, entonces, a crear una nueva cultura institucional basada en mayores niveles de autoexigencia con respecto a la integralidad de nuestro saber; fiel a la misión universitaria y auténticamente humana" (10).

En la "Declaración de Principios de nuestra Escuela de Medicina", en el primer apartado que trata de la Medicina desde el punto de vista teológico, leemos lo que sigue: "En la Escuela de Medicina de la Pontificia Universidad Católica de Chile, rige oficialmente la Doctrina Católica, directriz espiritual del quehacer de la Institución". Ello implica reconocer la significación trascendente —más allá de una concepción científico-natural y en su vinculación con Dios— de los atributos inmanentes a la existencia humana indagados por la Medicina: la salud, el padecimiento, la enfermedad y la muerte del hombre. La Escuela debe, por tanto, promover en sus docentes y alumnos la reflexión sobre el sentido teológico de estas vicisitudes humanas y dar lugar en el plan de estudios para que ellos se adentren en este campo del conocimiento" (11).

En el segundo apartado del mismo documento: "La Medicina desde el punto de vista antropológico", leemos lo siguiente: Predomina en la actualidad la creencia de que toda la eficacia de la Medicina deriva de su fundamento científico-tecnológico. Ello ha conducido a desarrollar la avanzada tecnología de la medicina moderna y a perfeccionar la concepción científico-natural del hombre, dentro de la cual se cuenta incluso la corriente que pretende explicar lo biológico en función de la física y química y referir lo humano a esa biología... La nota individual que desconoce el racionalismo de la Medicina contemporánea, se manifiesta directamente no solo en la esfera del intelecto, en la voluntad de realizarse a sí mismo, sino especialmente en lo irracionalmente vital del área afectiva, donde siguen gravitando, a pesar del avance científico-tecnológico, aún con mayor fuerza que antes las aflicciones humanas. En la posición racionalista del médico radica la crítica deshumanización de la medicina contemporánea, en la que la relación del médico con el paciente suele ser del todo impersonal... El paciente pasa a ser considerado solo en el aspecto de objeto afectado" (12). Frecuentemente el médico cura venas, huesos, tejidos, etc., y se olvida de que debajo hay una persona, un ser que tiene necesidad de ser curado integralmente.

4.a ¿Cómo mejorar la calidad de nuestro actuar?

1. ¿Cómo mejorar la calidad de nuestro actuar, sin aceptar antes el mejoramiento de la calidad de nuestro ser interior?

2. ¿Cómo podemos mejorar la calidad de nuestro ser interior, sin el ejercicio de aquella humildad elemental que nos lleva a reconocer que nuestro amor propio es enormemente imperfecto?

3. ¿Podemos mejorar la calidad de nuestro amor hacia nuestros enfermos, si el único modelo que aceptáramos fuera el de nuestro amor propio? ¿No es verdad que tenemos necesidad de un modelo o parámetro más alto que sea quién nos defina y en quién poder mirarnos para mejorar la calidad de nuestro amor propio?

4. Mirarse a sí mismos y en sí mismos no aumenta la calidad del amor y sí el egocentrismo. Es probable que nos suceda como a Narciso, que, de tanto recrearse en su imagen, reflejada en las aguas del lago y, no queriendo renunciar a mirarse constantemente a sí mismo, terminó ahogándose en las mismas aguas del lago o, lo que es lo mismo, en su propia imagen.

5. El hombre, en razón de la estructura que constituye su propia naturaleza, está llamado a aceptar sobre sí mismo aquella purificación que le exige la perfección, hacia la cual él mismo observa que tiende su ser. Este hecho hace que el amor del hombre sea más celestial y menos terrenal.

6. Lo contrario es afirmar anómalamente su propia personalidad frente a los demás, e ir imponiendo a nuestro prójimo nuestras propias miserias, o nuestro imperfecto amor propio.


Bibliografía

  1. Nicolai Hartmann, Axiología de las Costumbres (A cura di Filippone Thaulero, vol. II).

  2. Risieri Frondizi, ¿Qué son los valores? Ed. Fondo de Cultura Económica. Santiago de Chile, 1995.

  3. Max Scheler, El formalismo en la ética y la ética material de los valores. Trad. de A. Lambertino. Parma.

  4. Fernando Rielo, Concepción genética de lo que no es el Sujeto Absoluto. Madrid, 1985.

  5. Fernando Rielo, Pasión y Muerte, Prólogo de José María López Sevillano, Ed. Ornigraf, Madrid 1979. Pag. 12-13.

  6. Hipócrates, Juramento, en Ouvres Completes: Ed. J.B. Gardell. París 1810.

  7. Paracelso, Theophrastus Bombastus von Hohenheim. Obras completas. Libro IV. Opus Paramirum. Ed. Kier. Trad. Estanislao Lluesma-Uranga. Buenos Aires, 1945.

  8. San Juan de la Cruz, Noche Oscura, en Obras completas. Ed. Paulinas.

  9. Fernando Rielo, Formas vitales, inédito. Madrid 1987.

10. Pedro Rosso Rosso, Discurso de inauguración del año académico 1999. Santiago, 31 marzo 1999.

11-12. Declaración de Principios. Pontificia Universidad Católica de Chile. Escuela de Medicina. Santiago, diciembre 1977.