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I. Introducción |
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Entre las muchas discusiones que suscita la cuestión relacionada
con el ser humano no nacido y la abundante literatura que generan las
reflexiones en torno al estatuto moral del embrión, con incidencia
directa en el tema de los derechos humanos y la integridad física,
no puede subestimarse la influencia que ejercen determinadas teorías
económicas en el tema de la natalidad, para cernirse como una amenaza
más sobre la persona humana. Y la verdad es que sorprende la rotunda vigencia para nuestro tiempo de la tesis que el economista inglés Malthus enunció en el siglo XVII, teniendo en cuenta los análisis macroeconómicos, sociológicos y científico-tecnológicos, entre otros, realizados en el siglo pasado, los cuales deberían haber servido para tomar las medidas oportunas a la vista de los resultados obtenidos. Así se ha puesto de manifiesto repetidamente, tras décadas de estudios rigurosos, que si bien es cierto que un crecimiento demográfico importante puede contribuir a frenar el desarrollo, también lo es reconocer que los recursos con los que 60 Isabel Orellana Vilches cuenta el planeta ni están bien administrados ni distribuidos, y que existen muchos factores en juego que inclinan la balanza hacia los países más favorecidos, en detrimento de los pobres. Ahora bien, es obvio que esta cuestión no constituye un objetivo
prioritario dentro de las políticas de desarrollo nacional ni internacional,
porque si así fuera, se habrían resuelto muchos de los problemas
que se derivan de este drama humano. Dicho en términos generales,
hay que reconocer que la desproporción entre los ejes Norte-Sur
es otro de los síntomas de la insolidaridad que viene aquejando
a la humanidad. Muchas veces tomamos prestadas las tesis que convienen
a los propios intereses, dejando a un lado la exigencia moral que apunta
al deber de situar por encima de los mismos las necesidades ajenas, lo
cual conlleva realizar un análisis exhaustivo, no solo de las posibilidades
técnicas, sino de la efectividad real de nuestras acciones. En
el tema que nos ocupa, un sinnúmero de personas conoce bien los
problemas y la fórmula para resolverlos; la cuestión en
liza es el precio que hay que pagar por ello; un costo que no todos están
dispuestos a asumir. De modo que se suceden los estudios de expertos en
geografía humana, etólogos, demógrafos..., pero no
terminan de abordarse seriamente las causas socioeconómicas que
han dado lugar a una ignominiosa desproporción en la calidad de
la vida humana, con lo cual parecen no hallar eco las voces que vienen
alzándose en requerimiento de un cambio estructural y productivo,
que propiciaría una modificación sustancial en el desarrollo
de los pueblos. |
II. El bienestar del ser humano: ¿objetivo de la ciencia? |
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Una afirmación coral de los investigadores subraya insistentemente que el objetivo de la ciencia es propiciar los mayores beneficios que puedan reportarse al ser humano, y así lo ratifican las diversas legislaciones. Todos desearíamos tener la seguridad de que existe algo que nos garantiza de manera incuestionable esta protección. Pero, desgraciadamente, la historia más reciente ha demostrado que el uso de determinados descubrimientos a los que condujo una investigación inicialmente concebida con fines buenos no ha sido utilizada para el bien del hombre. Es decir, que existe un riesgo real, no potencial, en cuanto al uso indiscriminado de la investigación científica y, en mayor o menor medida, este hecho se viene poniendo de relieve en las últimas décadas. Al atractivo que en sí mismo supone el uso de un instrumento como la ciencia, que permite modificar el curso de los acontecimientos, se une el afán ilimitado de saber propio del ser humano, un aspecto loable que ha proporcionado grandes logros al desarrollo de la humanidad, aunque también le ha procurado no pocas desdichas. En la actualidad, políticas científicas y pactos económicos
se ciernen sobre los centros de investigación y constituyen, a
la par que una formidable expectativa para los seres humanos, un indudable
beneficio económico para muchas multinacionales. Una prueba de
ello se halla en la reciente publicación del análisis del
Genoma Humano. A las informaciones genómicas se añaden elevadas
cifras económicas que ponen de manifiesto que, junto al interés
científico, nos encontramos ante una peculiar carrera crematística:
el lucro que proporciona patentar información valiosa. Los países
que apostaron inicialmente por este proyecto y, sobre todo, los inversores
que lo apoyaron, ven colmadas ahora las expectativas puestas en los beneficios
económicos que les reportarán los genes. De hecho, son muchas
las empresas biotecnológicas (Celera, Human Genome Sciences, Millennium
Pharmaceuticals e Incyte Genomics, en Estados Unidos, de momento, por
mencionar algunas) que esperan beneficiarse con los datos del genoma;
esa es la realidad. Mientras tanto, las consecuencias políticas
que se derivan de haber perdido el tren en este importante
hito, como ha sucedido en otros países, como España, se
ponen de manifiesto en las críticas que merece una mala planificación
en la política científica. Es obvio que el desarrollo de
los proyectos de investigación solo puede llevarse a buen término
si existe una importante dotación económica para ello, y
tampoco vamos a negar la trascendencia que tienen para un país
las investigaciones que puedan llevarse a cabo. Aunque tantas veces se advierte que no conviene olvidar que lo que es científicamente posible no siempre es moralmente admisible, la realidad es que los límites que deberían respetarse dentro de la investigación científica atendiendo a criterios deontológicos no han recibido el consenso de la comunidad científica, donde las divisiones son claras: para la mayoría debe prevalecer el interés de la ciencia, mientras que una franca minoría considera que debería existir una subordinación de la actividad científica a un orden moral; pero tanto estos últimos como aquellos son conscientes de la práctica imposibilidad del establecimiento de tales límites, debido, fundamentalmente, a que la defensa de estos crite- 63 Superpoblación y clonación frente a la inviolabilidad de la vida humana. Consideraciones bioéticas rios es casi siempre subjetiva. Las medidas legislativas de distintos países autorizando la RU-486 o píldora del día después, de forma similar como ha sucedido con la despenalización en determinadas condiciones de la eutanasia suscitando serias polémicas, constituyen una prueba más de los límites y de la facilidad con la que pueden ser traspasados por los seres humanos amparados en políticas y legislaciones que no son capaces (o no tienen interés) en defender a los más débiles e indefensos, entre los cuales se destaca el no nacido. De modo que la sociedad se divide entre el optimismo
que conlleva la promesa de la superación de graves enfermedades
y la llamada a la prudencia, que se alía fácilmente con
el temor al uso ilimitado de las aplicaciones de las investigaciones científicas.
Las preguntas ¿dónde queremos llegar? y ¿dónde
podemos llegar? se confunden fácilmente. La balanza oscila entre
los intereses económicos en juego, el peso de la opinión
pública, que, en términos generales, no dispone de la información
adecuada y rigurosa, para la que muchas veces ni siquiera está
preparada, y la sorprendente capacidad que exhibe el tejido social para
aceptar toda innovación científica o tecnológica
sin reparar en cuestiones de orden ético o moral. Podríamos
decir que el factor tiempo actúa como agente neutralizador de las
inquietudes que despierta la perspectiva de un progreso científico
plagado de promesas, pero sobre el que planean muchos interrogantes. Aunque
tampoco hay que olvidar que la ausencia de datos que pongan de manifiesto
en qué medida, dónde, cómo y cuándo se han
intentado traspasar los límites de lo razonable una noticia
que las propias publicaciones suelen omitir por razones fácilmente
comprensibles según lo dicho supone un obstáculo,
otro más, para que todos tomemos conciencia de los problemas. Es
indudable que una visión física y ética ajustada
a los hechos (y algo más inteligible) contribuiría a que
los ciudadanos pudieran ejercer su opinión. Volveré sobre
este asunto. Naturalmente, en lo expresado anteriormente no debe buscarse una descalificación gratuita del valor de la ciencia. Es simplemente un pequeño apunte que vuelve a recordarnos que los seres humanos, en lo que concierne a las aplicaciones de la ciencia, estamos supeditados no solo a los beneficios, incuestionables muchos de ellos, que la investigación científica ha proporcionado a la humanidad, sino que también dependemos de otros aspectos morales, políticos y económicos, como ya se apuntaba al principio. A veces, en el afán por la exploración de lo desconocido pesan más estos dos últimos intereses que los argumentos éticos y morales. El propio sentido de los científicos de lo que es importante para ellos está enormemente coloreado por lo que es mercantilizable o utilizable decía hace algunos años Holtzman (3), biólogo y buen conocedor del tema. La interdependencia entre estos factores es tal que hay quien ha considerado, refiriéndose al proyecto del Genoma Humano, que las cuestiones éticas deben ser tratadas a la luz de las motivaciones económicas (4), y este nexo es evidente. El intelectual italiano Claudio Magris ha señalado las contradicciones de la ciencia, entre las que se halla la posibilidad de clonar una oveja sin haber logrado erradicar el problema de la calvicie o de los resfriados, despertando la hilaridad ante la audiencia, pero a la luz de todo lo expuesto, ocurrencias de este tipo podrían tener hasta otro sentido. Sin embargo, la actividad científica no puede quedar reducida a cuestiones externas; los científicos tienen también loables intereses y expectativas, que apuntan a la resolución de muchas y graves patologías. |
III. ¿Fantasías de un futuro lejano? |
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Rescher ha dicho que la adecuación de una tesis científica no solo es cuestión de lo que alguien o mucha gente o todo el mundo en un cierto momento crea que es correcto; sino de lo que real y verdaderamente lo es (5). Naturalmente Rescher es consciente de que la ciencia no puede ofrecer las respuestas que a veces se demandan a esta disciplina. Más aun, su afirmación al respecto es categórica: las respuestas correctas a las preguntas científicas afirma son algo que ni la ciencia pasada ni la presente ofrece, y que la ciencia futura no ofrecerá tampoco. Solo la ciencia perfecta puede ofrecer esto y la ciencia perfecta es algo que no tenemos y que sin duda nunca tendremos (6). Medawar, desde otra perspectiva, similar a la defendida por Popper, ha liberado a la ciencia de esta responsabilidad: las cuestiones a las que la ciencia no puede dar respuesta se hallan fuera de su competencia (8), de modo que esta acusación acerca de su incapacidad en el sentido expuesto debe ser desterrada. El interés de estas opiniones para el tema que nos ocupa no es banal, porque lo cierto es que el ser humano se dirige a la ciencia esperando soluciones para sus muchos problemas, sobre todo, los que tienen que ver con el instinto de supervivencia individual, sin olvidar otros de carácter trascendente, pero no por ello menos anclados en la realidad. Por eso, aunque se ha hablado de factores económicos y políticos en la actividad científica, además de los éticos, también pueden hallarse en liza otros factores sociales y hasta emotivos. Pensemos, por ejemplo, en algo moralmente inaceptable, monstruoso, que se viene produciendo en algunos países: el tráfico de órganos, e imaginemos por un momento el estado anímico que embarga a los padres que tienen un hijo o una hija que se halla en trance de morir, cuyo trágico horizonte puede modificarse con la obtención de un órgano determinado. Estaremos de acuerdo en que la mera posibilidad de hacerse con él, junto la falta de escrúpulos que se deriva de la ausencia de una moral básica y elemental, a lo que se une las posibilidades económicas que puedan tener y la ayuda de los desaprensivos, harán el resto, contando también con el desconocimiento de las autoridades, que serían aquí el único impedimento para tan funesta acción. Pero no hay que olvidar que entre las miles de razones de toda índole que pueden conducir a una persona a realizar un acto de esta naturaleza, hay que situar en un lugar preeminente el conocimiento de que el progreso científico y tecnológico posibilita esta transacción; es decir, que los trasplantes están al alcance de la cirugía médica. Obviamente, el hecho de que la ciencia y la tecnología médica permitan estas intervenciones no justifica ni esta ni otras acciones similares. La responsabilidad es patrimonio personal antes que colectivo. La ciencia aquí no es inductora de semejante conducta, pero ejerce un poder hipnótico, por así decir, en las personas. Es natural que despierte expectativas y mantenga vivas las esperanzas. Pero ese episodio relatado, que parece extraído de un suceso de la prensa diaria, no es un asunto trivial, ya que, si lo relacionamos con lo que ya se ha dicho, podemos descubrir cuestiones de cierto interés para la reflexión. Una de ellas apunta a la fortaleza de los vínculos de sangre. En el caso expuesto, que afortunadamente no es general, se han trazado rápidamente, y con carácter genérico, rasgos no delimitados y a la vez de gran dureza; eso es cierto. Pero ello nos permite pensar en algo real que constatamos en la vida cotidiana: todos los padres, siempre que no sean desnaturalizados, defenderán y protegerán a sus hijos, y querrán que se mantenga su vida a toda costa. No hace mucho tuve noticia del dramático relato de unos padres que narraban cómo habían perdido a su primer hijo a los seis años víctima de una enfermedad congénita (la aplasia medular), descubriendo horrorizados que su hijo menor había nacido con la misma enfermedad: Buscamos desesperadamente un donador de médula espinal que fuese compatible con la de nuestro hijo.... La misma expresión: desesperadamente es reveladora por su elocuencia del grado de angustia que experimentaban estos padres. Desde luego, el hipotético caso de personas que aceptan inmiscuirse
en el tráfico de órganos para salvar la vida de un familiar,
como el reflejado más arriba, es un caso extremo, pero no es literario,
si tenemos en cuenta las informaciones que ofrecen las autoridades que
persiguen este grave delito. Y es una actitud que refrendada por la práctica
científica bien podría darse en un futuro, y no demasiado
lejano. Es decir, que una cuestión que nos recordaría a
un tema de ciencia ficción, como es la creación de personas
a la carta, y que técnicamente podría ser posible para la
ciencia en breve plazo, ha sido contemplado ya por distintos expertos
estudiosos del tema que nos ocupa, y que han expresado su temor a la aparición
de un mundo en el que los clones servirían como meras piezas
de recambio. La institución familiar, en este caso, podrían
convertirse en uno de los pilares de gran influencia social para procurar
la aceptación o el rechazo de estas prácticas. La eventual e hipotética instrumentalización de la vida humana a través de la práctica eugenésica únicamente podría realizarse en individuos aislados de la familia, en personas desprotegidas que han sido creadas para unos fines muy concretos. Si se intentasen vulnerar los derechos de una persona inserta en el núcleo familiar, los límites de la ciencia dentro del ámbito de la nueva genética, que se hallan en el fondo de toda discusión, serían objeto de prohibición inmediata por cuestiones emocionales más que racionales, independientemente de las normas éticas y jurídicas que pudieran imponerse. Dado que una familia normal jamás aceptaría que pudiese ser manipulado cualquiera de sus miembros, no es preciso pensar siquiera en las consecuencias de toda índole que pudieran derivarse de esta clase de prácticas. En un sentido general, hay que decir que la protección y la defensa de la vida humana, inscrita en la naturaleza, tiene en el ser humano la doble contrapartida: el amor que se prodiga a sí mismo y a sus allegados, y el dolor que inflige a veces a los demás, en los que se incluyen también los seres más cercanos. Ahora bien, desde la perspectiva con la que aquí se trata este término hay que poner el acento en el amor en su más amplia acepción, en la que se halla, la protección, tutela, defensa, cuidado..., y un sinfín de matices. Dando un paso más, y para clarificar este asunto, podríamos pensar en las parejas que se muestran a favor de la clonación por haber perdido un hijo por accidente o enfermedad. Independientemente de las consideraciones morales y éticas, junto con las motivaciones tan discutibles que se encierran en ello, desean tener el hijo; es decir, que ese hijo inicialmente es querido, y que no dudarían en proteger de cualquier agresión que amenazase su vida. Y ese es el apunte que quería dejar establecido aquí, con objeto de subrayar un matiz que puede ser importante, como es el papel que ocupa la familia en este tema y la labor de control antidiscriminatorio que, de manera quizá un tanto inconsciente pero efectiva, podría ejercer ante esas perspectivas que puede ofrecer la ciencia y la defensa de la protección de la vida humana. No hay que olvidar que, aunque dentro del campo de la genética contemporánea una cuestión tan importante como la personalidad a veces es puesta en tela de juicio, la genética considera que en virtud del núcleo esencial de nuestra entidad no estamos aislados a modo de átomos sino que más verosímilmente somos miembros de un clan (9). ¿Qué tiene que ver esto con lo dicho anteriormente? Mucho. La moralidad no queda restringida solamente a los usos de la ciencia, sino a la aceptación social que tienen determinadas aplicaciones, al menos en algunas personas. De modo que este ejercicio de reflexión realizado, que podría minimizarse, tiene su sentido cuando pensamos en el riesgo ante la incertidumbre y las decisiones morales que los seres humanos tienen que tomar a veces, y especialmente cuando se presentan situaciones límites. Al fin y al cabo ante cuestiones como la referida a la permisividad moral de la experimentación con embriones humanos, no sólo con vistas a la clonación, sino con otros tipos de investigación genética y aplicación terapéutica todos tenemos algo que decir, atendiendo a la necesidad de potenciar una cultura ética, impregnada de convicciones humanitarias y revestida de ciudadanía, que imbrique a los investigadores y a los sujetos de investigación (10). |
IV. El no nacido y su responsabilidad ante el fenómeno de la superpoblación y la conducta humana |
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La siguiente afirmación de H. Jonas: Nadie respalda a lo no existente y los no nacidos carecen de poder (11), justifica el título que encabeza este parágrafo, y puede dar idea de lo que se va a decir. Una criatura que no ha visto la luz no tiene poder, en efecto. Sin embargo, suscita todo tipo de reflexiones, disputas y debates. Hasta se le considera potencial culpable, sin haber nacido, de los desmanes que pudieran cometer los demás si se respeta su derecho a vivir. Es lo que encontramos en estos textos del filósofo alemán K.R. Popper, que aparecen de forma dispersa en el contexto de su obra, en los que con una claridad inequívoca expresa lo siguiente: En el fondo de las catástrofes del medio ambiente se encuentra la explosión demográfica, que tenemos que solucionar éticamente. A partir de ahora solo deberían nacer los niños realmente queridos (12). Abundando en lo dicho, en otro lugar realiza esta afirmación: ...Todos nuestros problemas llamados del medio ambiente pueden retrotraerse en última instancia a la explosión demográfica; debería bastar un momento de reflexión para convencer de ello a todo el mundo. A modo de ejemplo, puede ser absolutamente cierto que nuestro consumo de energía por persona aumenta y que se debe limitar. Pero si este es el caso, entonces es únicamente mucho más urgente que se combatan las causas de la explosión demográfica, que está muy notoriamente en conexión con la pobreza y el analfabetismo. Aparte de esto, tenemos que trabajar, por motivos de humanidad, para lograr que solo nazcan los niños deseados, pues el traer a un niño no deseado al mundo es cruel, y conduce muy a menudo tanto a violencia psíquica como física (13). Hay que decir que se trata de textos que aparecen insertos en trabajos que abordan cuestiones éticas de indudable interés, además de otros temas. Son afirmaciones que pueden causar sorpresa, estupor e inquietud, como mínimo. Y de hecho, en otro lugar (14) he ofrecido un análisis crítico sobre este asunto tratado en los términos expuestos por este pensador. Desde luego, la opinión de Popper al respecto no es la única. Desde muchos estamentos oficiales y civiles se aboga por el descenso de la natalidad como medida perentoria y quizá prioritaria para controlar el aumento poblacional; eso no es nada nuevo. El profesor Popper estuvo en su derecho de expresar libremente su opinión como lo hacemos otros, naturalmente. Y estas afirmaciones proceden de un hombre agnóstico, cuya posición vital ante la vida le llevó a defender vigorosamente, con el artificio de su magnífica pluma en la que plasmaba, con su gran saber y agudeza de pensamiento, todos los desmanes que han aquejado al ser humano en el siglo pasado (él vivió desde 1902 hasta 1998), vigentes en la actualidad, a la par que ofrecía pautas determinadas para la acción. Ahora bien, y esta es una particularidad que no conviene olvidar cuando se examina la ética popperiana: su preocupación va dirigida a preservar la integridad del hombre que ya ha nacido. La del no nacido, como se ha visto, no tiene mayor interés, con lo cual, la vulnerabilidad de la persona humana una vez más queda patente. En este sentido, y teniendo en cuenta el talante ilustrado y racionalista en extremo de este filósofo, hay que reconocer la coherencia de su pensamiento, en el que abundan importantes temas tanto desde la perspectiva que ofrece su teoría de la ciencia como su contribución ética. Pero lo que ha llamado mi atención, de manera especial, en los textos expuestos anteriormente, es el uso que Popper hace de la palabra crueldad (15), esgrimida claramente para defender lo inaceptable. Así, por un lado, se protege al nacido de los males que pudiera acarrearle la presencia de quien todavía no ha visto la luz. Y, por otro, se alinea con quienes piensan que el control de la natalidad resolvería muchos de los problemas que hoy embargan a la humanidad. Y si grave es esta última apreciación, quizá, y en mayor medida si así puede decirse, ya que lo que está en juego es la vida humana es la primera. Resulta un tanto sorprendente el argumento utilizado, cuyo objetivo, según parece, es erradicar la violencia personal, el control de los impulsos, y las tendencias menos nobles de los seres humanos, con la propuesta de eliminar (impidiendo que nazca) una criatura. Se elige una vía drástica e irracional y, desde luego, antipedagógica. Si nos planteásemos la formación de los seres humanos poniendo en cuarentena, o haciendo desaparecer lo que despierta nuestros instintos, el horizonte que quedaría ante nosotros sería lo más parecido a un desierto. El ser humano está hecho para dar y recibir, para ejercitarse en el noble hábito del rigor y la exigencia que requiere una feliz convivencia con sus semejantes, lo cual propicia su crecimiento personal. Y todo eso lo sabía Popper, quien ha dejado plasmada su experiencia en magníficas páginas, que ponen de relieve el valor del aprendizaje de nuestros errores, la necesidad de contar con la ayuda y el consejo de los demás, el respeto hacia los seres humanos, el deber de luchar por la paz y la tolerancia; el alcance de la responsabilidad y modestia intelectuales, y tantos otros valores esenciales y necesarios para una buena convivencia. Pero esta misma circunstancia es la que acentúa nuestra estupefacción, porque las opiniones vertidas sobre la vida del no nacido proceden de una persona autorizada, que dedicó gran parte de su vida, y por distintos medios, a defender a los seres humanos. Son afirmaciones que estremecen, porque ponen de manifiesto el lugar que a veces ocupa el no nacido en el sentir de muchas personas, sean o no cualificadas, quedando su vulnerabilidad a merced de las opiniones y las decisiones que consideren oportunas, aunque, como en este caso, sirvan para amparar acciones tan injustificadas como las que Popper ha mencionado, si bien es cierto que todo lo que contribuye a potenciar una cultura de la muerte es inaceptable. La Asamblea Plenaria de la Pontificia Academia para la Vida declaró en 1997 que: Desde el punto de vista jurídico, el núcleo del debate sobre la tutela del embrión humano (...) tiene que ver con el reconocimiento de los derechos fundamentales, por el hecho de ser hombre, y exige, sobre todo en nombre del principio de igualdad, el derecho a la vida y a la integridad física desde el primer momento de su existencia. Ahora bien, es obvio que estos sentimientos en favor del no nacido únicamente brotan de quien tiene en alta estima la vida humana y sus derechos fundamentales desde el mismo instante de su concepción. A mi modo de ver, cualquier reflexión ética que se efectúe sobre este grave asunto desde una perspectiva no creyente se convierte en un handicap para el reconocimiento del derecho a la vida. La salvaguarda de la vida humana no es un tema cualquiera para uno de los tantos debates que acostumbran a realizarse en distintos foros; no es un objeto mercantilista, ni puede reducirse a la pura comercialización. Y sin embargo, mal que nos pese, es la impresión que se extrae tras la lectura de determinados informes, y el trato que recibe este tema en algunas tertulias o reuniones de expertos. No hay que olvidar que, sin entrar en muchas disquisiciones, para muchas personas el reconocimiento de este elemental principio, que subraya el valor inalienable de la vida humana, descansa en un principio moral que apela a la propia conciencia, y esta invita a la acción responsable. Pero la conciencia moral, como señala la Veritatis splendor, no encierra al hombre en una soledad infranqueable e impenetrable, sino que la abre a la llamada, a la voz de Dios. En esto y no en otra cosa reside todo el misterio y dignidad de la conciencia moral: en ser el lugar, el espacio santo donde Dios habla al hombre (16). Por eso, lo deseable sería que esta acción
viniese sustentada por la razón enriquecida por la fe, como advierte
la Fides et ratio, puesto que un racionalismo llevado al extremo tiende
a excluir la dimensión sobrenatural. Naturalmente la disciplina
ética no tiene que venir fundamentada en presupuestos religiosos.
La defensa de la vida humana puede ser realizada igualmente desde la perspectiva
de una ética natural. Sin embargo, por lo general y este
es un hecho significativo, una ética despojada de la fe es
campo abonado para aceptar determinadas prácticas y presupuestos
teóricos que no podrían ser acogidas bajo ningún
concepto en una ética avalada por la fe. De ahí esta afirmación
realizada por la Pontificia Academia para la Vida, que señala la
vertiente antropológica del problema, y sobre lo que tanto se ha
escrito ya: El comportamiento ético de respeto y cuidado
de la vida y de la integridad del embrión, exigido por la presencia
de un ser humano que debe ser considerado como una persona, está
motivado por una concepción unitaria del hombre (Corpore
et anima unus) que debe ser reconocida desde el momento en que surge
el organismo corpóreo, su dignidad personal, lo cual apunta
a la dimensión ontológica. Contrariamente, Popper ha señalado que con
la invención de la píldora abortiva, que complementa los
otros métodos de control de natalidad, la tecnología bioquímica
ha alcanzado un nivel desde el que se podría realizar universalmente
un esclarecimiento sobre el control de la población (20).
Es más, ante la pregunta del periodista de Spiegel en relación
con la posición de la Iglesia en este tema, y de cómo podría
conseguirse un control de la natalidad, tratando de saber si se inclinaba
a que los límites fuesen impuestos por la ley como sucede en China,
Popper defendió la necesidad de la educación, pero insistiendo
en su argumento central: los niños no queridos no deben nacer.
Para que no haya duda, esta fue exactamente su respuesta: No por
medio de ordenanzas estatales, sino por medio de la educación.
Los niños no queridos están amenazados y, en verdad, moralmente.
La gente que no los quiere debe tener los medios para no tenerlos. Los
medios existen ya, me refiero a la píldora abortiva. Abundando
más en el asunto, el periodista le recordó que la Iglesia
católica y el Papa no aceptan estas medidas, a lo cual Popper se
aventuró a profetizar un inminente cambio mirando hacia
el futuro: La Iglesia y el Papa transigirán, sobre todo cuando
se llegue a ellos con razones éticas realmente convincentes. Estoy
pensando en algunos motivos como la violación, el nacimiento de
niños que están infectados por el SIDA o en aquellos niños
que vienen al mundo en países donde reina el hambre, prácticamente
sin posibilidades de sobrevivir. Es un crimen no ayudar a esos niños
impidiendo que lleguen a nacer. Aquí la Iglesia tiene que dar su
brazo a torcer, que lo haga es solo cuestión de tiempo
(21). Son tantas las determinaciones que habría que tomar, tan diversos los intereses y las implicaciones de este grave asunto, que la erradicación de la hambruna y la pobreza parece un sueño imposible. Ahora bien ¿significa esto que no podemos apostar por la vida y la superación?, ¿no estamos obligados a ayudar responsable y solidariamente en favor del desarrollo colectivo utilizando los medios que cada uno tengamos a nuestro alcance? Fenner ha dicho que el hambre es hoy, en gran medida, un fenómeno creado por el hombre, por el error o la negligencia humana, perpetuado por la pasividad, pero que puede ser eliminado por la voluntad del hombre (24). Entrando en otro matiz de este asunto, Popper responsabiliza a la explosión demográfica de los problemas que surgen en el medio ambiente, como ya se ha visto, lo cual es una nueva falacia. Este pensador olvidó mencionar el problema de la desforestación, por citar sólo una de las tantas agresiones que el ser humano efectúa contra el medio ambiente llevado por intereses económicos. Ahí está el caso de El Salvador, país reiteradamente asolado por la tragedia en el nuevo siglo y milenio que hemos inaugurado, que es el más afectado del mundo en lo que a este tema concierne, hasta el punto de que desde hace un tiempo los estudiosos y expertos han llamado la atención sobre los efectos, gravísimos, que un atentado de esta naturaleza tendrá sobre el país, aventurándose a decir que en 2018 de seguir con el expolio se convertirá en un desierto, sin olvidar la repercusión que tendrá sobre el clima del planeta. Si a todo ello se añade la contaminación medioambiental que se produce con el CFC de los aerosoles, las sustancias químicas sintéticas, el uso indiscriminado de insecticidas y detergentes...; en definitiva, los numerosos focos contaminantes, y residuos domésticos, industriales, comerciales, sanitarios..., que contribuyen a deteriorar el ecosistema, y de los cuales es causante directo el ser humano, ¿qué responsabilidad se puede asignar en estos desmanes a una criatura que todavía no ha nacido?, ¿no es mezclar insensatamente cuestiones radicalmente distintas? Así pues, aceptemos de una vez por todas, que cualquier razón que se dirija a eliminar al no nacido (dejando a un lado el tema de la fe, ya que quien tiene la gracia de contar con ella no debería agredir la vida humana), no es más que una manipulación que se hace de los hechos, sea intelectual, psicológica, social..., que desemboca en la vertiente real: la condena a muerte de una criatura, a la que se priva de la vida. De ese modo se disfrazan las verdaderas causas que inducen a quebrantar el derecho inalienable a la vida. Quizá nunca como ahora ha estado tan amenazado el ser humano antes de nacer. Presiones de unos pueblos contra otros, influencia de organismos financieros, intereses económicos, miles de prejuicios, la imposición de medidas de planificación sin respetar las diversas tradiciones culturales y religiosas, un pluralismo mal entendido, un subjetivismo y relativismo feroces, que se alimentan del egoísmo, son, en realidad, algunas de las causas que llevan a fomentar la idea de que ha de reducirse el número de nacimientos. |
V. Conclusiones |
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La promoción y la defensa de la vida humana, se ha dicho de muchas formas, requiere el respaldo de una ética que ponga las cosas en el lugar que le corresponde sin olvidar que conviene llamarlas por su nombre. Hablemos de injusticia y de inhumanidad, aceptemos que trata de imponerse la ley del más fuerte cuando no se ponen los medios para tutelar la vida humana, y dígase todo ello sin bajar la voz; sin miedos. Si hay problemas sociales, económicos o políticos que resolver no digamos que la solución es eliminar a los que no han nacido, y mucho menos hacerlos responsables de lo que en el mundo y en nuestra conducta acontece cuando todavía no han visto la luz, y quizá ni siquiera existen. De lo contrario, a tesis defendidas, en línea similar a la adoptada por Popper, ni siquiera podrá concedérsele la mínima credibilidad. Dice Fernando Rielo, y con ello concluyo, que: Toda forma de agresión a la trascendencia deitática de todos y cada uno de los individuos comporta un aborto moral en el que el hombre siente su espíritu progresivamente destruido (25). Como muchas otras personas, creo que ese es realmente el problema que acucia al ser humano: la falta de un modelo en quien contemplar todo el bien sin mezcla de mal alguno. Si lo que sustenta nuestra vida y acontecer está presidido por él, el respeto a la vida humana, la solidaridad en su dimensión más genuina, y la ofrenda de la propia existencia en bien de los demás, en la que se halla implícita la vivencia de los valores, se da por añadidura. Pero si así fuera, no hubiésemos dedicado este espacio para reflexionar en los temas que se han expuesto, ni tendríamos por qué temer a las eventuales aplicaciones ilícitas de la ciencia, ni al riesgo que las decisiones de unos pocos conlleva para la supervivencia de la vida humana, incluyendo al no nacido. Y esa capacidad de superación del ser humano en los términos expuestos es siempre un capítulo abierto a la experiencia que está al alcance de todos. El saber que todos somos hijos de un mismo Padre justifica en cualquier caso la creencia de que nos hallamos en un camino lleno de esperanzas... |
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Bibliografías1 Jan Ryn. Z., La Clonación Humana. Aspectos Psicológicos y Antropológicos, Cuadernos de Bioética, 44 (2000): 33. 2 Andrews, L., ¡Prohibiendo el clon!, Orgyn 1 (2000):
19. 10 Fabri, M., dos Anjos, Poder, ética y los pobres ante
la investigación sobre genética humana. Concilium,
275 (1998): 280. 13 Popper, K.R., Consideraciones sobre el colapso del comunismo:
un intento de entender el pasado, para configurar el futuro en Ibíd,
pp. 266-267. 14 Se trata de mi libro Ética de Popper (en prensa) |
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