Quien se ocupe de la historia de nuestra Escuela se percatará de que su nacimiento y desarrollo se gestaron en lo principal por obra de ciertos hombres talentosos que se consagraron a su causa universitaria incondicionalmente. Uno de ellos fue el doctor Luco.

Joaquín Luco Valenzuela nació en Santiago el 18 de julio de 1913. Su padre, Joaquín Luco Arriagada, era un prestigioso médico, profesor de Neurología y Psiquiatría de la Universidad de Chile. Su madre, doña Estela Valenzuela Labbé, pertenecía a una familia de tradición.

E1 joven Joaquín Luco hizo sus Preparatorias en el English Catholic School y las Humanidades, en el Instituto Nacional. En 1929 ingresó a la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile, donde concluyó sus estudios en 1935. Se tituló en junio de 1936 con la tesis Nuevo sistema de perfusión con la preparación cardio-pulmonar. Algunos aspectos de la regulación de la glicemia. El nuevo sistema de perfusión era un método experimental ideado por él: la preparación Luco según la llamó el profesor Héctor Croxatto. Recibió el Premio Clin, destinado al mejor alumno de la promoción. Por su tesis, aún siendo estudiante, la Sociedad Médica de Santiago le confirió el Premio Ramón Corvalán Melgarejo, creado para el mejor trabajo de investigación del año. La tesis se la había mecanografiado Inés Franzoy Herrera, en ese entonces, su novia.

El futuro médico aparece en nuestra Escuela en 1931 como ayudante alumno en la cátedra que acababa de ocupar el profesor español Jaime Pi Sunyer. El rector Casanueva intuyó el talento del joven Luco, y a fines de 1930 lo aceptó a pesar de que no había vacantes. Es cierto que a comienzos de esa década hubo otros ayudantes en nuestra Escuela que aún no concluían sus estudios en la Universidad del Estado, pero la ayudantía de Joaquín Luco encierra una particular significación: ya había reconocido su vocación de investigador. Encaminarse en ese entonces por la investigación experimental, que estaba por comenzar, era una aventura, sin embargo, él había resuelto seguir este camino. Esto, tras solo 2 años de estudios, médicos cuando aún no cumplía los 18 años de edad. Dice él mismo: ‘Terminado el curso de Fisiología en 1930, una espontánea intuición, seguida de intermitentes meditaciones, Ilegó a convencerme de que esa disciplina me atraía profundamente: imaginaba que la investigación fisiológica tendría para mí un verdadero placer’.

Se inició así su primera etapa de investigador a lo largo de casi toda su época de estudiante. Fue el discípulo predilecto de Pi Sunyer. Al cabo de 2 años el profesor español regresó a su patria. En 1935 el joven Luco era nombrado Jefe de Trabajos Prácticos de Fisiología.

Segunda etapa: la estadía en Harvard. Tan pronto se tituló, fue contratado con jornada completa, el primer académico de la Escuela con este régimen. Del Rector recibió 613 dólares para el viaje a Harvard: 113 para el pasaje y 500 para cuanto pudiera permanecer en Boston. Estuvo tres años gracias a que en 1937 consiguió un estipendio de la Fundación Guggenheim. Son 4 los aspectos más relevantes de este período: primero, se formó como neurofisiólogo con el eminente científico Walter Cannon, el tema de estudio fue el de la transmisión sináptica; segundo, hizo en este campo contribuciones importantes como pensador independiente que aparecieron en 7 publicaciones, la primera de ellas en 1937 en el American Journal of Physiology. Tercero, aquel mismo año, en un viaje relámpago a Santiago, contrajo matrimonio con Inés Franzoy y con ella regresó a los Estados Unidos. El matrimonio fue el 18 de julio, día en que cumplía 24 años de edad. Finalmente, en 1938 nació en aquel país su primogénito, Joaquín.

De vuelta a Chile se inicia una tercera etapa, un período multifacético en que se despliegan sus intereses de investigador, universitario e impulsor de la ciencia dentro y fuera de la Escuela.

Desde el punto de vista de su línea de investigación —la plasticidad sináptica—, esta etapa se extiende hasta comienzos de los años 60. Ya en 1949 sus publicaciones son cerca de 40. En 1941 apareció en el Journal of Neurophysilogy el primer trabajo originado en su laboratorio.

Para él, los hechos experimentales adquieren significado dentro de una teoría que el científico crea con su intuición. Ciencia y arte se acercan. Su quehacer vive de la pasión, el del investigador y el del humanista con aficiones por la fotografía y literatura.

En 1939 el doctor Luco colaboraba en las cátedras de Química, Física y Fisiología. Impresionante es el informe que el 21 de diciembre de ese año enviaba al Rector sobre sus actividades académicas. A la investigación le estaban destinados el tiempo libre y las vacaciones. En los cursos prácticos de Física y Fisiología había hecho la innovación de que los propios alumnos hicieran los experimentos; hasta entonces eran realizados por un ayudante a manera de demostraciones. Quería transmitir a los estudiantes también el entusiasmo de experimentar por sí mismos. Similar concepción tenían sus clases de Neurofisiología, que giraban en torno a un experimento. Aquel año de 1939 era, además, Secretario de la Academia de Medicina de nuestra Universidad, Director de sus Anales y colaborador de la Sociedad de Biología de Santiago, Sociedad que renovó favoreciendo la incorporación de investigadores jóvenes. Hasta 1944 la labor de secretaría de la Escuela la realizó Inés, su esposa, lo hizo ad honórem. En 1940 introdujo otra innovación: la entrevista personal como parte del examen de admisión. Pero el aporte como Director de la Escuela fue mucho más que esto. En 1949, al asumir la Dirección el doctor Luis Vargas, decía que su antecesor ‘había sido responsable de la organización general lograda por la Escuela. Su infuencia fue múltiple y profunda: selección del profesorado, elección de miembros honorarios, curriculum de cada alumno, selección del alumnado, con introducción por primera vez en el país de la conversación privada. Su personalidad, íntegramente dedicada a la Universidad, llegó a identificarse tan íntimamente con la Escuela que nadie pensaba pudiera dejar la Dirección de ella’. Y otro académico que también vivió aquella época, el doctor Roberto Barahona, en 1981, a la luz de las décadas transcurridas, valoraba así la contribución del doctor Luco a la Escuela: ‘A la clarividencia de Joaquín se debe en aquella época haber establecido como principio fundamental de la Escuela de Medicina de la Universidad Católica el desarrollo y preeminencia de los ramos básicos, idea a la cual entregó su propia dedicación que, con su ejemplo e influencia, se extendió y se enriqueció rápidamente. Se multiplicaron los laboratorios, se creó una biblioteca. Rápidamente la investigación científica empezó a fructificar y con ella se favoreció la creación de la Sociedad de Biología’.

El doctor Luco asumió la Dirección de la Escuela en 1939, a los 26 años de edad, y la dejó una década después. Durante gran parte de ese decenio ocupó las cátedras de Bioquímica y de Farmacología y la Dirección del Departamento de Farmacología y Bioquímica.

En aquella década la Escuela comenzó a recibir otro impulso a su desarrollo también gracias al doctor Luco: donaciones y becas al extranjero de parte de las fundaciones Guggenheim, Rockefeller y Gildemeister. La historia de esta Fundación está ligada al doctor Luco desde su primer encuentro con doña Gabriela en 1943. En 1947, al inaugurar la Fundación, ella decía: ‘Y aquí deseo estampar que los dos años que trabajé en el laboratorio fueron de los mejores de mi vida... Y que tengo un solo deseo: que una vez que la Fundación esté marchando, me permitan volver nuevamente al laboratorio y ayudar al Dr. Luco en forma más efectiva’.

En 1950 el Departamento de Farmacología y Bioquímica se dividió en 3: el de Farmacología, el de Bioquímica y el de Neurofisiología, este último con su propia cátedra. Al año siguiente, el laboratorio de Neurofisiología se trasladó del primer piso al segundo y fue equipado con ayuda de las fundaciones Rockefeller y Gildemeister. Era el Laboratorio de Neurofisiología Gabriela Gildemeister. De la nueva cátedra el doctor Luco dijo lo siguiente: ‘La cátedra de Neurofisiología representa un progreso universitario en Chile, no significa que el alumno se recargue de nuevas clases y obligaciones, sino que una materia difícil e importante será desarrollada por un profesor que se ha especializado y que tiene un equipo adecuado al objeto. Según he sabido en los centros neurológicos de Santiago, existe el deseo de realizar cursos de Neurofisiología y crear los laboratorios necesarios, de manera que en esta ocasión nuevamente representamos la vanguardia en la evolución de la enseñanza médica en Chile’.

A partir de 1950 el doctor Luco pudo concentrarse más en su disciplina, pero no cesó su contribución al desarrollo de la Escuela. En las sesiones de la Facultad fue muy activa su participación para mejorar la enseñanza. Colaboró, además, en la creación de la Escuela de Ciencias Biológicas, establecida en 1952 cerca de 2 décadas antes de la fundación del Instituto de Ciencias Biológicas. De esa Escuela salieron doctores y licenciados.

A comienzos de los años 60 se inició la última etapa de sus investigaciones con una línea sobre aprendizaje y memoria, que dio origen entre otras muchas publicaciones, a 2 en Nature en 1964 y 1966 y que culminó con un artículo en Physiology and Behavior en 1978, año del retiro del doctor Luco de la actividad académica. Durante este período trabajó intensamente, más que nunca, según dice, a raíz de una honrosa donación de la Fundación Guggenheim ofrecida en 1957. En ella no se exigía dar cuenta ni de los resultados de las investigaciones ni del destino del dinero. No obstante, tuvo también otras actividades: participó en la creación de la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica y más tarde fue miembro de la Comisión de Graduados de la Escuela.

En 1981, con motivo del homenaje que se le rindió al cumplir medio siglo en la Escuela, dio a conocer dos opúsculos de su quehacer literario: el cuento Cochamó y el poema La casa de Cartagena. En 1982 y 1983 obtuvo sendos premios del Colegio Médico por sus fotografías. Falleció el 19 de julio del 2002, un día después de cumplir 89 años.

Fue Profesor Visitante en 9 universidades y centros de investigación: en España, Estados Unidos, Inglaterra, Suecia, Argentina, México y Uruguay.

Recibió distinciones de universidades, academias y sociedades científicas, entre ellas: Doctor honoris causa de la Pontificia Universidad Católica de Chile y de la Universidad Austral, Miembro de Número de la Academia de Ciencias del Instituto de Chile, Profesor Emérito de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Miembro Académico de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile, Profesor honoris causa de la Universidad de Montevideo, Premio Nacional de Ciencias.

Dejó más de una decena de discípulos. Sobre sus hijos Joaquín, Javier, Inés y Cristián queda gravitando un gran nombre.