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Aquella noche de viernes invernal una ráfaga de viento había desramado a un enclenque, pero glorioso matico de cordillera. Venía yo de Alemania y crucé rápidamente junto al árbol herido. Su blanca pulpa, al aire frío, era un puñado de nieve o una mejilla pálida. Esa puerta, la antiquísima de la calle Los Maitenes 2321, se abrió. Iba a ser la última noche de Joaquín Luco. Apareció aquel matico cualquier día, desobedeciendo las ordenanzas municipales, desafiando a los impectores que exigían el cumplimiento irrestricto de la reglamentación botánica, según la cual todos los árboles de la fila debían ser ciruelos de flor. Más de algún automovilista intentó un asesinato a mansalva del matico trasplantado desde el aire. Con toda propiedad, la semilla del árbol había sido una exógena, por caminos de extravagancia había engendrado un árbol excéntrico. Un cordillerano en la domesticada planicie de Santiago de Chile. Joaquín Luco lo salvó varias veces de los parachoques y de los funcionarios. Su padre, el profesor y gran psiquiatra, maestro de psiquiatras, durante decenios hundía diariamente un clavel fresco en el ojal de su chaqueta. Para la alegría, explicaba cuando era estrictamente necesario. Los dos Joaquín Luco estudiaron Medicina. Los dos tartamudeaban. Ambos ponían vegetales fuera de lugar. Eran inquietos, irreverentes, libertarios porque tenían algo que decir y mucho que hacer, lo cual los reglamentos de todas las municipalidades no habían contemplado aún. Uno se fue a París en el esplendor del Sena de los impresionistas, cuando la Belle Époque comenzaba a bostezar. Joaquín el joven, el nuestro de hoy, se llevó recién casado a la bellísima y radiante Inés a Boston, porque Harvard ya le había robado a París el trono de la ciencia audaz. De esa latitud, los jóvenes esposos mandaban saludos con noticias de su apasionante aventura camino al doctorado. También se retrataban en una nieve que hacía todavía más lejana la geografía y ponía enigmáticas las sonrisas. Llegó de allá trayendo títulos y horizontes que pudieron enloquecer a don Carlos Casanueva. Pero no. El encorvado sacerdote de la salpicada sotana confió en el joven Luco. Entonces fue posible que construyera él la historia, para que un día Pedro Labarca lo calificara de creador de ciencia en el sentido estricto. Para que se dijera también que es el primer docente chileno que fue contratado como profesor investigador con dedicación exclusiva. Conocen todos la letanía que sigue hasta llegar al Premio Nacional de Ciencias y esos cuchicheos de pasillo que conspiraban para él un Premio Nobel. El día que lo enterramos tuve que decir una perogrullada para ahorrarme muchas frases. Vivió a destiempo, a pre-tiempo. Sí, era un adelantado pintoresco. Un profético de buena cepa. En la ciencia y en el magisterio. También en el humanismo mestizo, pues era un harvardiano en la exigencia, un metódico sin claudicación; pero junto a ello, era un descubridor que se adelantó unos años al Neruda de Isla Negra para bucear en la costa central, rasguñando hebras del Chile profundo, tan ignoto entonces. Trajo de Boston una filmadora, lo que en la casa de mi abuelo, ya en etapa parsimoniosa, era un adminículo no registrado, pero bienvenido. Hacía posar a la tribu completa con ocasión de unas fiestas inocentes y pantagruélicas. Así documentó lo que todos considerábamos la más normal cotidianeidad, pero que en el año 2000 María Elena y Andrés Wood escogieron como una muestra inteligente y sabrosa de una época que se escurría entre las manos. Ese film obtuvo en Viena el premio mundial al mejor reportaje sobre el siglo XX. La maquinita aquella, tiritona y fiel, captó también unos paseos en carreta junto al verdinoso estero de Lo Abarca. En aquella aldea apretujada por los cerros costinos, Joaquín Luco fue "invenidor". Lo llamo así derivando del verbo invenir que el actual diccionario define como "hallar o descubrir". Así como la etimología latina de invenire también lo indica. Él no inventaba a Lo Abarca, lo invenía. Tampoco inventaba la permeabilidad sináptica, ni los correlatos eléctricos del aprendizaje de la cucaracha. Él no inventaba esos rostros milenariamente detenidos de sus fotografías andinas, ni el diálogo de formas que un charco de barro brasileño dibujaba ante el ojo de su cámara intrusa. Siempre que le escuché hablar de la ciencia, de sus métodos y sus hallazgos, y de sus límites, tuve la impresión que era un realista humilde. También, un caballo loco de impaciencia por llegar a la meta del método, pero sabiendo que su propia velocidad no era la superficie por la cual sus cascos iban hoyando. Invenidor no inventor de la realidad. Por eso también la carcajada que es como la distancia discreta de quien se reconoce pájaro en una selva preexistente al vuelo y al gorjeo. Pero quiero volver a Lo Abarca. Allí se hizo de un cofre, científicamente cofre y científicamente cofre de pirata inglés. También le compró, al desprevenido cura, unas pantallas de opalina que todavía nadie atisbaba con codicia. Para la heredada tartamudez, su padre le recomendó memorizar poemas e irse en ascética soledad, por la mismísima línea de la espuma a lo largo de la Playa Grande de Cartagena, hasta toparse con Las Cruces. Así llegó a ser una pequeña antología viviente de la avanzada poesía de su época. Sobre todo del Federico García Lorca de los romances. Algunos poemas galantes del andaluz, le servían en el momento de controlar la efectividad de un experimento eléctrico auditivo. No decía la fórmula al uso: probando, probando, 1, 2, 3, probando. Escogiendo un verso de Federico, lanzaba un piropo gitano, más o menos ardoroso. En el otro extremo, alguna alumna buenamoza se sonrojaba con un mohín de candor. Y no era un circunscrito. En la universidad, en la mesa de su laboratorio, al mediodía se preparaba para todos los que llegaran, arroz o tallarines como pan cotidiano. También organizaba unas ascensiones a las butacas más altas y más baratas del Teatro Municipal. Allí encaramados todos, profesor, ayudantes, alumnos, auxiliares en gran patota gozaban de un buen concierto, saboreándolo después con larga memoria. En lo eclesial, diría que Joaquín Luco despertó intelectualmente en el ambiente preconciliar del Vaticano II; anheló ese vuelco que Juan XXIII y Pablo VI timonearon; pero preocupado en sus menesteres interiores, Joaquín Luco no registró en su alma ni en su mente la revolución humanista del Vaticano II. ¡Lástima! Como sacerdote conocí su historia de fe nada de fácil y bien ilustrativa. Soy heredero de algunos tramos de esa biografía y soy testigo en otros rincones. Conocí en esto, momentos de remanso y escuché el jadeo de un cuerpo a cuerpo, el de la lucha de Jacob con el ángel hasta el amanecer (Gen. 32, 25-33). De joven se rebeló contra el agnosticismo de su padre y fue fervoroso, instruido y lúcido creyente. Monseñor Bernardino Piñera, médico y obispo, colega suyo de laboratorio, lo recuerda con el libro clave de teología del momento bajo el brazo. Conocía bien a San Agustín y a Santo Tomás. Después vino un mareo dubitativo muy de la primera mitad del siglo XX. Era el divorcismo de ciencia y fe. La crisis existencial ocurrió en los años 50, con un terrible accidente automovilístico en Italia. Ahí detuvo su práctica sacramental y tomó gusto por algunos dichos volterianos, que a mí me lanzaba como dardos, cuando paraba en mientes que yo era presbítero de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Después de un instante, me reconocía como candidato a poeta. Entonces retomábamos las copas de la belleza en gozosa comunión. Con todo, creo que ese gran encontradizo que es Dios, supo bien hablarle. No en lo complejo, ni discursivo, ni menos en lo apologético, sino que en lo simple. Viene este vocablo del latín sine-plica, sin pliegues. Porque Joaquín no lo podía fotografiar a Él, Dios vivo, como tan absoluto, tan infinito, Él fotografió a Joaquín de niño y lo retuvo. Lo hizo tironeándolo a la simplicidad con los hilos poéticos de la música y la mujer. Fue al final. Pero antes, permítanme citar un verso de su puño y letra, que él escribió en la plena posesión de sus geniales facultades. Acababa de morir su querida hermana mayor, Marta. Marzo de 1988. Le mandé desde Varsovia, un breve poema que me brotó contemplando una estatuilla popular de Cristo tallado en madera eslava. Escribí: Ojos abiertos Abajo en mi varsoviana hoja, que él guardó en su archivo, el profesor Joaquín Luco Valenzuela, escribió con tinta azul una confesión agustiniana. Mis ojos Esta confidencia nos devela que para Luco, el Cristo enceguecido por la muerte le hizo a él deslumbrarse con la vida. El mismo día de su partida, descubrimos con dos hijos suyos, Javier y Cristián y sus esposas este pequeño documento de amor entre amarillentos papeles. Entonces se me hizo más claro, como el Padre del Padre Nuestro lo había tomado en brazos en su disminuido cuerpo. Su sobrina Ana María y su leal cuñada Luisa habían estado entonándole las primeras canciones que él aprendió y murmurándole las oraciones simples, sine-plica, de la niñez. Él se entusiasmaba y sacaba voz: Oh María, Madre mía Cuando llegaban al ángel tutelar, exclamaba ¡ahora, yo solo! Ángel de mi guarda, dulce compañía, El científico Luco había escrito prolijamente, años atrás, unas líneas características de su acumulado saber neurológico: La experiencia deja una huella en el sistema nervioso. Un evento pasado modifica el sistema y permite un cambio en su comportamiento. Al final fue esta memoria la que abrió la ventana. La experiencia de la fe había impreso una huella indeleble, había modificado su comportamiento más trascendente. Para sus experimentos, durante años salió a cazar gatos arriba de una pesada moto roja. Dejó aquello atrás, para irse a explorar con el organismo más simple, pero sutil, de la cucaracha. En la última estación llegó a lo elemental de la vida. Allá en un trasiego del recuerdo, parado frente al océano, cual exógeno matico cordillerano, se habrá apropiado del romance lorquiano y se habrá despertado a sí mismo, balbuceando: Ay, Joaquín tan cansado, |
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