Introducción
Varias han sido las causas de los orígenes del discurso bioético.
La hegemonía de la racionalidad técnico-instrumental ha
tenido un papel preponderante. Basta recordar en este sentido toda la
conflictividad suscitada en torno a la invención del respirador
artificial y la consiguiente creación de las unidades de cuidados
intensivos. Casi podría decirse que, a medida que la medicina científica
avanza en progresión aritmética, los conflictos
bioéticos aumentan en forma geométrica.
Una de las consecuencias de los avances científico-tecnológicos
es la variación, al menos en los países centrales, de la
estructura poblacional. La caída de las tasas de morbilidad y mortalidad
ha contribuido al desarrollo de sociedades cada vez más añosas.
El incremento de la longevidad impresiona prima facie como uno de los
beneficios del progreso de la ciencia (y tal vez, tomado aisladamente,
lo sea). Sin embargo, el análisis un poco más detenido y
minucioso puede arrojar múltiples sorpresas.
Mi propósito es sacar a la luz algunos de los dilemas y/o paradojas
morales que se presentan en la sociedad como consecuencia del envejecimiento
de su población. No ofreceré soluciones definitivas, ni
siquiera soluciones. Mi intención es tan solo des-cubrir dicha
conflictividad.
Para ello seguiré en lo principal el pensamiento de Fernando Lolas
Stepke. Asimismo tomaré algunas ideas de Victoria Camps, de Daniel
Callahan y de Norman Daniels, entre otros. El marco teórico desde
el que efectuaré el análisis es el de la antropología
entendida en el estilo de Levi-Strauss. Desde esta perspectiva, el hombre
es el resultado de la biología y la cultura, facetas estas que
no se yuxtaponen sino que constituyen una verdadera amalgama en la cual
es muy difícil distinguir dónde termina la naturaleza y
dónde empieza la cultura.
Vejez y envejecimiento: estado y proceso biográficos, más
allá de la biología.
Quisiera comenzar diferenciando entre vejez y envejecimiento. La vejez
puede ser entendida como un estado mientras que el envejecimiento es un
proceso. Ambas son biografía más que biología. Al
considerar esta dimensión cultural podemos inquirir sobre su sentido
y su significado. El sentido es la percepción que cada individuo
tiene de su propia vejez y/o envejecimiento. El significado es la valoración
que los otros, la sociedad o la cultura hacen de ellas. La relación
entre sentido y significado, entre lo individual y lo comunitario está
aquí, como en tantos otros temas bioéticos, caracterizada
por tensiones que suelen desembocar en auténticos dilemas.
El concepto de envejecimiento ha de entenderse en clave dinámica
tanto en lo biológico cuanto en lo biográfico. Desde la
dimensión biológica, se trata de un proceso que se inicia
con el mismo nacimiento y que implica la progresiva pérdida de
vitalidad hasta terminar en la muerte. Por vitalidad se entiende la capacidad
del organismo de realizar distintas funciones. La vitalidad va decreciendo
con los años, aun en ausencia de enfermedad, y adquiere una gran
variabilidad de un individuo a otro e incluso en diferentes etapas de
la vida de una misma persona. Hay quienes distinguen entre envejecimiento
eugérico y patogérico; el primero
es considerado fisiológico y poco condicionado por factores externos
o ambientales, a diferencia del segundo donde ocurre lo contrario. (1)
En el proceso de envejecimiento es posible adquirir deficiencias, discapacidades
o minusvalías. Las deficiencias implican cambios cuantitativos
que pueden preverse y a los cuales es posible adaptarse (por ejemplo,
incapacidad progresiva para alcanzar frecuencias cardiacas muy elevadas
durante el ejercicio). Las discapacidades conllevan la pérdida
objetiva de alguna función (presbicia, presbiacusia). No obstante,
ni unas ni otras implican un reordenamiento de la forma de vida, a diferencia
de las minusvalías (verbigracia, dificultad para alimentarse, asearse
o deambular). Son estas últimas las que potencialmente generan
incompetencia y/o dependencia.
Las contradicciones de la cultura posmoderna: individualismo, kitsch,
lifting, medicalización y el discurso sobre una vejez venerable
La vejez como significante, es un constructo social cuyo contenido estará
acorde con las variaciones culturales, tanto sincrónicas como diacrónicas.
Nuestra cultura occidental judeo-cristiana y libremercadista suele incurrir
en un doble discurso o, como diría Habermas, en una autocontradicción
performativa. En términos sencillos: se dice una cosa y se
hace lo contrario. No me detendré demasiado en este punto por considerarlo
conocido. Solo diré que el significado atribuido a la vejez depende
de la valoración que la cultura haga de su propio pasado y que una
sociedad impregnada de individualismo, de kitsch y de lifting difícilmente
considera positivamente a la vejez.
Son estos síntomas posmodernos de nuestra cultura. El individualismo
(que se manifiesta en el caso de la vejez en el aislamiento y el abandono
de los viejos), lejos de constituir, como podría suponerse, un peligro
para la estructura social, se convierte en un importante factor de cohesión.
La desaparición del espacio público, la fragmentación
de los lazos sociales y la radicalización del subjetivismo impiden
cualquier acción organizada como respuesta al poder omniabarcante.
El kitsch implica que todo está bien como está y, por ende,
todos los aspectos negativos de la realidad son sistemáticamente
negados, no existen. No se trata de erradicar el hambre, la miseria, la
violencia o la enfermedad sino de aislarlas, de separarlas de la vida cotidiana.
De hecho existen pobres, enfermos, guerras, pero esto sucede en otro
mundo, pertenece a otras esferas en las que se juegan otros juegos
del lenguaje regidos por otras pautas culturales. La vejez, cuando no puede
derrotarse, también es negada. En este sentido, resulta significativo
el número creciente de instituciones geriátricas donde se
dice cuidar a los ancianos cuando, en muchos casos, se trata de asilos en
los que ni siquiera se satisfacen sus necesidades básicas. El lifting
consiste en utilizar un lenguaje eufemístico y tranquilizador. Ya
no hay viejos ni ciegos ni lisiados; ellos han sido reemplazados por gente
de la tercera edad, no videntes ni inválidos.
La fuerte medicalización de nuestra sociedad ha contribuido a esta
valoración negativa de la vejez. Al igual que la enfermedad y la
muerte, la vejez ha sido demonizada y se espera del progreso científico
la pócima que logre exorcizarlas. La dependencia tecnológica
de la medicina ha convertido a la salud y a la vida en auténticas
tiranías. El posmodernismo, con su crítica advertencia sobre
la posibilidad de verdades absolutas y fundamentos últimos, ha sido
infructuoso en el campo de la medicina. Otro ejemplo de ello es el auge
que tiene en estos tiempos la mal llamada medicina basada en la evidencia.
Con ella se depone el viejo aforismo no hay enfermedades sino enfermos
y se reduce la práctica de una medicina basada en la persona.
Los dilemas bioéticos de la vejez en la cultura posmoderna
Hechas estas consideraciones intentaré presentar a continuación,
si no toda, al menos parte de la problemática bioética de
la vejez en nuestra sociedad. Podríamos enunciar los siguientes
problemas, que se hallan, sin duda, interrelacionados: actitud paternalista,
costos de la atención de la vejez, encarnizamiento terapéutico,
calidad de vida, derechos de los ancianos, relación entre generaciones,
equidad nutricional. Dada de su interconexión, analizaré
cada uno por separado con fines exclusivamente didácticos.
Actitud paternalista: ¿es la edad por sí misma un límite
para el ejercicio de la autonomía?
Quizás sea con los ancianos con quienes más se actúe
de modo paternalista. El solo hecho de envejecer pareciera implicar un
menoscabo de la autonomía y de la competencia. Quizás la
dificultad para llevar a cabo ciertas tareas como movilizarse o asearse,
quizás las fallas mnésicas (2) o la lentitud en el pensamiento
conspiren contra el derecho que cada uno tiene a decidir sobre su propia
vida. Pero un análisis racional de estos supuestos inmediatamente
nos muestra que ellos no resisten la crítica. Beauchamp y Mc Cullough
(3) distinguen entre autonomía y competencia. La autonomía
se define como autogobierno mientras que la competencia se refiere a la
capacidad para desempeñar una tarea. Una persona puede ser autónoma
e incompetente para ciertas tareas; por ejemplo, un cuadripléjico
puede ser capaz de autogobernarse aunque no pueda realizar actividades
que tienen que ver con su cuidado personal. Viceversa, se puede ser no
autónomo y competente, tal sería el caso de una persona
que bajo hipnosis camina, se alimenta o realiza alguna otra tarea. Si
bien lo habitual es que ambos conceptos guarden entre sí una relación
directamente proporcional, no hay nada que nos permita aseverar que una
persona con tales dificultades no sea capaz de tomar decisiones por sí
misma. Asimismo, no encuentro argumentos que permitan sostener que la
edad por sí sola , en el caso de los ancianos, sea una variable
limitante del autogobierno.
Costos de la atención de la vejez: una consecuencia lógica
de la medicalización. Medicina reactiva vs medicina
proactiva en la racionalización de los recursos
A mi modo de ver, existe en este punto una paradoja. Por un lado se medicaliza
una etapa normal de la vida y por otro se denuncia el impacto negativo
que tiene en la economía estatal o privada dicha atención.
En la medida en que la vejez es considerada una enfermedad evitable, la
medicina relega su función de cuidado (caring) y enfatiza su dimensión
curativa (curing). La racionalidad técnico-instrumental sustituye
al pensamiento humanístico. Se trata de una medicina reactiva,
que reacciona frente a las exigencias del mercado independientemente de
la legitimidad de las demandas. Esta medicina desplaza a la medicina proactiva
en la que expertos y profanos debieran diseñar el tipo de atención
médica teniendo en cuenta lo factible (coordenada técnica)
pero también lo bueno (coordenada personal) y lo justo (coordenada
social) (4) .
Es interesante (aunque discutible) la propuesta de Daniel Callahan en
lo referente a los límites de la atención médica.
Su argumento se centra en la distinción entre aquellas muertes
que implican una afrenta a la naturaleza humana y aquellas que no. En
el primer caso se debería intervenir para intentar evitarlas mientras
que en el segundo deberíamos abstenernos de tal intervención.
Una muerte es aceptable cuando se cumplen tres condiciones:
a) las posibilidades de la propia vida han sido consumadas en su totalidad;
b) las obligaciones morales que se tiene hacia aquellos que dependen de
nosotros han sido canceladas, y c) nuestra muerte no hiere la sensibilidad
o al sentido común ni es un atentado contra la aceptación
racional de la naturaleza humana como finita. Nótese que es esta
una definición biográfica y no biológica pues contiene
aspectos del propio proyecto de vida y del imaginario social (5) .
Una muerte que cumpla estos criterios será motivo de tristeza pero
no se la podrá considerar un mal que hay que evitar. Los objetivos
de la atención médica serán entonces el de acompañar
y el de aliviar el sufrimiento (caring) pero no el de intervenir prolongando
la vida biológica. No obstante, también aquí se ha
de ser prudente pues el sufrimiento puede tener distintas connotaciones
según las personas; así habrá quienes deseen evitar
el dolor a toda costa y quienes prefieran padecerlo si ello, por ejemplo,
les permite mantenerse lúcidos.
Daniel Callahan aboga por el establecimiento de criterios fijos, objetivos
y universales (fixed categorial standards) para decidir dónde ubicar
los límites de la atención médica con el objeto de
racionalizar los recursos. Esta racionalización atañe no
solo a los tratamientos inefectivos sino incluso a aquellos que pudieran
tener un éxito terapéutico. Uno de estos criterios sería
la edad. Es consciente de los problemas (o dilemas) que esto conlleva,
pero también sabe que no existe una situación ideal en que
todas las necesidades individuales puedan ser satisfechas. Sostener lo
contrario sería defender una utopía: Sooner or later
we will need such fixed standards. The combination of an ageing society,
constant technological progress, and unlimited need and demand require
firm limits (6) .
Se defiende, frente a las críticas que consideran discriminatoria
esta racionalización, argumentando que la inexistencia de límites
genera aún más discriminación porque, de hecho, los
recursos no alcanzan para todos, el acceso a los mismos resulta muchas
veces azaroso y quienes acceden a ellos lo hacen siempre a expensas de
los que quedan sin atención arbitrariamente. Considerando globalmente
un sistema de salud, las políticas a implementar deben tener en
cuenta todos los grupos etáreos y distribuir los recursos de tal
manera de promover el bien común.
Por su parte, Norman Daniels ofrece una propuesta fundamentada en la teoría
de la justicia de Rawls; desde ella se pretende garantizar la igualdad
de oportunidades y, dado que la salud es condición necesaria para
dicha igualdad, los cuidados de la salud (7) deben distribuirse equitativamente.
Ahora bien, como las oportunidades de los mayores de 65 años pertenecen
al pasado, no se justificaría prima facie la inversión en
ellos. Sin embargo, la teoría de Rawls también sostiene
que debe darse más a los menos aventajados; los minusválidos
y los ancianos son los más necesitados y, por lo tanto, a ellos
deberían desviarse los recursos. En este razonamiento existe implícitamente
un racionamiento por edad, aunque en este caso en detrimento de las generaciones
más jóvenes. De este modo, el problema subsiste: las ganancias
en un grupo implican siempre pérdidas en otro. Si el criterio de
edad propuesto por Callahan es inmoral también lo será el
que discrimine a los jóvenes.
Daniels intenta resolver el problema del siguiente modo: la edad por sí
misma no es un estándar inmoral siempre y cuando no se la conciba
como un criterio fijo sino dinámico. Thus it is rational
and prudent that I take from one stage of my life to give to another,
in order to make my life as whole better. But it is morally problematic
just when society can take from one person to give to another in order
to maximize, say, total happiness (8) . Esto quiere decir que quienes
son ahora jóvenes devendrán ancianos y deben realizar una
transferencia equitativa de recursos hacia las cohortes de los mayores
puesto que, las siguientes generaciones tendrán que hacer lo mismo
con ellos cuando lleguen a la vejez.
Sin embargo algunos interrogantes quedan aun en pie. Por ejemplo, ¿qué
parte del presupuesto debe transferirse? o ¿qué tipo de
cuidados deben proveerse? Daniels propone un modelo de ahorro y transferencia
prudente y racional obtenido por un proceso de deliberación
que se hará desde el velo de la ignorancia. Se trata
de una situación hipotética en la cual, quienes deliberan
acerca de la distribución de recursos son agentes morales libres
e iguales que desconocen su propia edad, situación familiar, estado
de salud, nivel socioeconómico y concepción particular del
bien. Estos agentes, deliberando bajo el velo de la ignorancia, diseñarán
un sistema de salud que asegure la igualdad de oportunidades para cada
etapa de la vida. La prudencia aconsejará que es más importante
garantizar la posibilidad de alcanzar la expectativa de vida que prolongarla.
Con esto no se está queriendo decir que la vida de una persona
que ha sobrepasado la expectativa de vida sea menos valiosa que la vida
de un joven. Lo que Daniels está diciendo es que, el prolongar
la vida del primero implica necesariamente aumentar los aportes desde
las cohortes más jóvenes y que ello nos obliga a elegir
entre dos opciones: whether to live a longer life with few resources
or enjoy a better chance of living a normal life span (9) . Sin
duda, la prudencia nos haría optar por mejorar la calidad de vida
en lugar de prolongarla a toda costa. Esto nos conduce al siguiente punto.
Encarnizamiento terapéutico. El derecho a morir como
posibilidad de renunciar al derecho a vivir
No es mi intención analizar en profundidad este tema pues nos
llevaría a tener que lidiar con los conceptos de eutanasia, suspensión
de tratamiento, medios ordinarios y extraordinarios (proporcionados o
desproporcionados), etc. Ello nos desviaría del propósito
de esta comunicación. Pero sí quiero destacar que la insistencia
en prolongar la vida biológica a toda costa y a cualquier precio
nos priva del derecho a morir cuando estimamos que vivir es una condena.
Quizás sea conveniente aclarar en qué sentido he dicho derecho
a morir ya que si se entiende como un derecho positivo implicaría
el deber por parte de otro agente de efectivizar dicho derecho. Es decir,
por ejemplo, las instituciones médicas tendrían que contar
con profesionales dispuestos a practicar la eutanasia o el suicidio asistido.
Es este, por cierto, un punto interesante pero, como he dicho, no lo desarrollaré
aquí. Lo que en este contexto quiero significar con la expresión
derecho a morir es tener la posibilidad de poder renunciar
al derecho a vivir. Entiendo este derecho como un derecho
humano y no como una prerrogativa divina o de la naturaleza. Solo desde
una perspectiva religiosa, respetable pero no universalizable, puede defenderse
que la vida es un derecho divino. Solo incurriendo en una falacia naturalista
puede decirse que la vida tiene valor por ser natural. Entendida como
derecho del hombre, la vida no tiene un valor absoluto ni superior a la
muerte. Y si es así, optar por la muerte cuando no se le
ve valor a la vida es, en definitiva, optar por una vida de calidad
(10) .
Podrá aducirse que esta es una postura de corte liberal que desemboca
en un relativismo el cual, como todo relativismo, se autorrefuta. No obstante,
esta posición también puede defenderse desde una óptica
comunitaria que limite las decisiones caprichosas. Si consideramos
la vida como biografía, tal como he venido sosteniendo, si aceptamos
que ella se desenvuelve en el mundo de la vida, siempre con
otros y con intereses (11) , la autonomía no es libertad absoluta;
por lo tanto, la decisión acerca del valor de la propia vida será
a la vez individual y comunitaria.Calidad de vida. ¿Cómo
operacionalizar lo que es a la vez subjetivo, multidimensional, complejo,
dinámico y situacional?
En relación con el punto anterior se halla el presente. El sintagma
calidad de vida debe ser entendido como un constructo relacionado
con el concepto de bienestar. Se trata de un concepto descriptivo pero
también evaluativo y normativo. Posee como características
el ser subjetivo, multidimensional, complejo, dinámico y situacional.
La subjetividad es su rasgo esencial; nadie mejor que uno mismo para saber
cuál es la forma de vida que desea para vivir. Sin embargo, esto
que asombra por su obviedad es fuente de innumerables conflictos suscitados
muchas veces por buenas intenciones (paternalismo). La multidimensionalidad
implica que la evaluación de la calidad de vida no involucra un
solo aspecto, como pudiera ser el estado de las funciones vitales. Otras
perspectivas como la espiritualidad, los afectos, la contención
social, la función desempeñada en el grupo de pertenencia,
etc., deben ser consideradas. Precisamente por ser multidimensional, la
calidad de vida se caracteriza por su complejidad. El proceso de evaluación
en un sentido puede resultar tan positivo o negativo como la evaluación
hecha en sentido opuesto.
Ahora bien, lo subjetivo, lo multidimensional y lo complejo no solo se
potencian sino que se complican con el carácter dinámico
del constructo. Una misma persona puede entender la calidad de vida de
una manera durante su juventud y de otra muy distinta en la adultez o
en la vejez. Esta relativización está en relación
con diversas variables; sin duda, con los cambios cualicuantitativos fisiológicos
que limitan nuestras pretensiones pero, por sobre todo, con el cambio
en las preferencias y/o en los criterios de valoración, producto
de la experiencia de vida (12). Resalto positivamente este punto
en tanto representa el fruto del aprendizaje, de la capitalización
de sucesivas vivencias existenciarias. Finalmente, es situacional porque
los criterios que uno mismo utiliza para evaluar la calidad de vida varían
con la cultura y con la época.
La influencia positivista-empirista que todo lo categoriza y cuantifica
no ha estado ausente en esta cuestión. Así, se han diseñado
diversas escalas que han intentado medir la calidad de vida.
Algunas se centran más en lo biológico, otras incluyen aspectos
psicológicos y sociales operacionalizando estas variables cualitativas.
Algunos de estos instrumentos son el SF-36, el Nottingham Health Prolife
(NHP), el Functional Limitations Prolife (FLP) o el de la OMS (WHOQOL
1995). Estas escalas encontrarían su fundamentación filosófica
en la ética utilitarista según la cual, cada vida posee
qualys (atributos) de los que depende su valor. Por mi parte, considero
que estos esfuerzos son infructuosos, precisamente por el carácter
personal e idiosincrático del estado de bienestar. Resulta útil
aquí distinguir entre tener un enfermedad (disease), ser considerado
enfermo por los otros (sickness) y sentirse enfermo uno mismo (illness).
Estas tres coordenadas no siempre coinciden y, obviamente, en el tema
que nos ocupa el sentirse enfermo adquiere un protagonismo particular
(13). Derechos de los ancianos. El viejismo y una mayoría
que no acepta la muerte social.
Los años sesenta fueron, en especial para la sociedad norteamericana,
una década reivindicatoria de los derechos de las minorías.
Negros, hispanoparlantes, homosexuales y feministas demandaban por sus
derechos que consideraban conculcados. A ellos se sumó rápidamente
el grupo de los pacientes quienes se veían en una relación
asimétrica frente al poder médico. En las últimas
décadas del siglo XX asistimos al reclamo de los ancianos aunque,
esta vez, no se trata de minorías. Al menos en los países
centrales, los datos demográficos revelan que la estructura poblacional
es una pirámide invertida. Estos reclamos son el resultado de la
muerte social que los viejos sufren en nuestra cultura occidental
posmoderna. Al igual que ocurre en otras culturas, la estigmatización
del individuo trae aparejada su exclusión del grupo lo que suele
traducirse en enfermedad y muerte. Por lo años setenta surgió
el neologismo y barbarismo ageísmo (en español,
viejismo) (14). Con él se hace referencia a
la discriminación sufrida por los ancianos sobre la base de su
edad. Se trata de un término análogo a sexismo, racismo
o etnocentrismo, expresiones que indican también actitudes discriminatorias
pseudofundadas en el sexo, la raza o el grupo cultural.
Ahora bien, cabe preguntarse si, por ejemplo, el derecho a la atención
sanitaria de los ancianos tiene como correlato una obligación perfecta
y, por lo tanto, es exigible a nivel de justicia; o bien, si el facilitar
tal atención se inscribe en el marco de las acciones supererogatorias.
Planteado en otros términos: ¿por qué debemos atender
los reclamos de los ancianos? ¿podemos fundamentar nuestras obligaciones
para con los viejos? Estas interrogantes nos conducen al siguiente problema.
Relación entre generaciones. El respeto hacia los ancianos como
constructo social no desligado de su utilidad
Suele decirse que las mal llamadas culturas primitivas o
nuestra misma cultura en épocas arcaicas veneraba a los ancianos
de un modo jamás visto en la sociedad actual. Esto es cierto, pero
con reservas. La mayoría de las investigaciones históricas
y antropológicas coinciden en que el valor atribuido a los viejos
descansa en su utilidad como portadores de la memoria de la comunidad,
sobre todo cuando se trata de culturas ágrafas. Sin embargo, cuando
el anciano ya no puede cumplir este papel, se lo desplaza e incluso abandona
como sucede entre los esquimales, los bosquimanos de África del
Sur o los indios creeks y crows (15).
Algo semejante ocurría en la Grecia Antigua. Para Platón,
el logos (palabra, razón) es propio de los adultos en plenitud;
los jóvenes como los ancianos (y los bárbaros) lo poseen
deficientemente. Por eso la polis ha de ser gobernada por hombres maduros
pero no por ancianos. Aristóteles considera que la veneración
de los viejos es propia de épocas pasadas y que a los ancianos
hay que tratarlos solo con respeto; asimismo, señala que la obligación
es mayor de padres a hijos en lo que hace al sustento material. En la
misma línea se inscribirá el pensamiento de Tomás
de Aquino e incluso de Cicerón quien, más que alabar a la
vejez, enseña a sobrellevarla con paciencia, resignación
y estoicismo (16).
Resulta interesante la forma en que los antiguos griegos dividían
en fases la vida. La fase de generación se extendía
desde el nacimiento hasta los 28 años (nótese que 28 es
igual a 7X4), la fase de plenitud entre los 28 a los 49 años
(7X7) y la fase de corrupción se iniciaba a partir
de los 49, edad en la que comenzaba la ancianidad. Para los griegos, la
vida estaba dividida en escalones de siete años. Cada múltiplo
de siete era una época crítica o climatérica (del
verbo clíno, inclinar, acostar) siendo las edades de 49 y 63 (7X6)
las edades climatéricas por excelencia. Basta observar las artes
plásticas de esta cultura para darse cuenta de la gran admiración
que sentían por la juventud y del poco aprecio que tenían
hacia los niños y los ancianos. Lo bello, lo bueno y lo saludable
se identifican con la juventud. La infancia y la vejez son estadios imperfectos
(17).
Haciendo a un lado estas consideraciones históricas y retomando
las interrogantes planteadas en el ítem anterior, pasaré
a comentar las cuatro pretensiones de fundamentación de la relación
entre generaciones que analiza Fernando Lolas:
- Necesidad: podría decirse que, dado que los ancianos tienen
necesidades, las jóvenes generaciones deben tener una actitud
beneficente frente a ellas. Pero este argumento, al basarse en la beneficencia,
no obliga en justicia. Además, como sostiene el autor, la vaguedad
del término necesidad presenta otra dificultad difícil
de soslayar: ¿cómo distinguir entre necesidades y meros
deseos?, y aunque pudiéramos establecer un criterio de demarcación,
¿qué necesidades son atendibles y cuáles no?
- Reciprocidad: podría aducirse la existencia de un contrato
entre jóvenes y ancianos basado en la conocida regla antropológica
de reciprocidad. Pero no queda claro el tipo de deuda a saldar, tanto
en calidad como en cantidad, que los jóvenes supuestamente han
contraído con sus mayores por haber sido cuidados por ellos previamente.
Además, no se entiende cómo aquellos que no han tenido
libertad para decidir nacer, puedan contraer obligaciones con quienes
han decidido por ellos.
- Solidaridad: la propuesta es que los jóvenes deben ser solidarios
con los ancianos. No hay aquí una relación bidireccional
como en el caso anterior, sino que la dación es en un solo sentido.
A su vez, la solidaridad podría ser horizontal (entre familiares
y amigos) o vertical (del Estado hacia los ciudadanos). No obstante,
esto implica aceptar como premisa una caracterización de la naturaleza
humana en la que la solidaridad constituya un rasgo esencial. Quizás
otro intento de justificación de la solidaridad sea el que apele
al concepto de equidad en el marco de la teoría de la justicia
de Rawls. Como vimos, esta teoría aboga por una distribución
de bienes y servicios en la que se otorga más al más necesitado
(vide supra).
- Gratitud: es esta una nota esencial en las relaciones humanas y tal
vez pueda explicar la atención que los hijos brinden a sus padres;
sin embargo, nuevamente, la gratitud no puede fundamentar obligaciones
perfectas entre extraños.
Equidad nutricional: desde la nutrición como proceso biológico
a la alimentación como fenómeno cultural. El valor
agregado del alimento
Por último, me interesa introducir este concepto dentro de la
problemática bioética de la vejez. La alimentación
y la nutrición tampoco son exclusivamente fenómenos biológicos.
Una vez más la cultura se hace aquí presente. Cada vez que
algo puede poner en peligro la supervivencia del grupo, allí está
la cultura para intentar evitarlo. El alimento es un bien escaso y, por
lo tanto, su consumo librado al azar es una amenaza que debe controlarse.
Con este propósito, la distribución del alimentos y el acto
de comer son investidos de significados y convertidos en un hecho
social total. Es decir que, el bien que se intercambia (el alimento)
no solo tiene un aspecto material sino también, y muy especialmente,
un valor simbólico, sea afectivo o mágico-religioso. El
valor simbólico que se suma al valor utilitario, confiere el carácter
supraeconómico a los intercambios (alimentos, regalos, flores,
etc.).
La desnutrición en los ancianos puede deberse a factores biomédicos
como dificultad en la masticación, trastornos digestivos o alteraciones
en la absorción de los nutrientes. Pero, en vista de las consideraciones
precedentes, también habrá de considerarse la accesibilidad
al alimento (recursos económicos, posibilidad de movilizarse, preparación
del alimento) y, sobre todo, las circunstancias que acompañan al
acto de comer. No son pocos los ancianos que descuidan la alimentación
cuando no existe la posibilidad de compartir y la soledad se vuelve rutina.
El concepto de equidad nutricional implica tener presentes, a la hora
del análisis, tanto la dimensión biológica como la
dimensión cultural del comer; significa contribuir a paliar las
deficiencias tanto en uno como en otro sentido considerando las necesidades
de cada caso en particular.
Conclusiones
Como advertí al comenzar, mi propósito ha sido reflexionar
con la intención de formular y articular algunos problemas éticos
que creo vinculables a la vejez. También señalé que
no iba a ofrecer soluciones apodícticas. Es más, considero
que ello no solo no es posible sino tampoco deseable. Recordemos que frente
a un problema moral, cualquiera sea éste, no existe una única
solución. Por el contrario lo habitual es que sean varias las soluciones
defendibles y, precisamente, esto es lo que permite el pluralismo democrático.
No obstante, hay algo que sí estimo no debe estar jamás ausente
en el análisis, cualquiera sea la perspectiva desde la que se reflexione.
A ello apuntan mis conclusiones. Me refiero, por un lado, a la necesidad
de considerar a la vejez y al envejecimiento en su dimensión biográfica
y cultural, evitando así caer en reduccionismos biológicos.
Por otro lado, enfatizo también el carácter dinámico
del envejecimiento así como la necesidad de aprender a vivir esta
nueva etapa de nuestra biografía. Es en este sentido que cabe recordar
el neologismo gerogogía (como opuesto al término
pedagogía) acuñado por Fernando Lolas que hace
referencia al aprendizaje para envejecer. La gerogogía:
es un proceso en el cual las personas debieran aprender que los tiempos
tienen límite... Solo en los últimos decenios, a tenor de
una infundada creencia que la ciencia y la medicina todo lo pueden, vienen
algunos a pensar que la vejez es una especie de problema transitorio
(18) .
Pero también:
Errado sería pensar que la gerogogía es una escuela
de la resignación. ´Ya no puedo esto, ya dejaré de hacer
lo otro´. No. Mil veces no. Envejecer no es un venir a menos. Es cambiar
de estado. Es mutar. Se precisa algo de creatividad más un poco de
gerogogía para que esta transición no sea simplemente un lacrimógeno
lamentar lo que se deja y sí un sobrio celebrar lo que se adquiere
(19).
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Lolas, F. Bioética y Medicina. Santiago de Chile, Biblioteca
Americana, 2002.
Lolas, F. Re-cuentos y Re-pasos. Santiago de Chile, Editorial Universitaria,
2002.
Outomuro. D.: Hacia un feminismo posmoderno, Antichton, Nº 2, 1995.
Rawls, J. Teoría de la Justicia. México, Fondo de Cultura
Económica, 1993.
Ribera Casado, J.M. Aspectos éticos de la asistencia en geriatría.
En Farreras Valentí, P. Rozman, C. Medicina Interna (Madrid, Harcourt,
2000).
Citas
1 Existen distintas teorías del envejecimiento, muchas de ellas
complementarias entre sí. Se las suele clasificar en estocásticas
y no estocásticas. Las primeras ponen el acento en las agresiones
procedentes del medio ambiente que se suceden aleatoriamente, se acumulan
y van produciendo daños progresivos que en un momento resultan
incompatibles con la vida. Las segundas postulan una secuencia programada
de envejecimiento escrita en el genoma personal.
2 Es interesante la distinción que Fernando Lolas hace entre acordarse
y recordar. El acordarse tiene que ver con la función de la memoria
y es una re-presentación. Por su parte, el recordar es una re-construcción
creadora. Un anciano podrá olvidar algunos hechos pero ello no
implica que su narración carezca de sentido. (Cfr. Lolas, F. Bioética
y Antropología Médica. Santiago de Chile, ed. Mediterráneo,
2000, p. 116).
3 Beauchamp, Tl; Mc Cullough, L. B. Etica Médica. Las responsabilidades
morales de los médicos, Barcelona, Ed. Labor, 1984, pp. 93- 122.
4 Cfr. Lolas, F. Bioética y Antropología Médica.
Santiago de Chile, Ed. Mediterráneo, 2000, pp. 120-121.
5 Cfr. Callahan, D. Setting Limits. Medical goals in an aging society.
New York, Simon and Schuster, 1987, pp. 65-81.
6 Tarde o temprano necesitaremos establecer estándares fijos.
La combinación de una sociedad envejecida , de un constante progreso
tecnológico y de necesidades y demandas ilimitadas requieren límites
inflexibles. Callahan, D. Rationing Health Care: Will It Be Necessary?
Can It Be Done Without Age or Disability Discrimination?. Issues in Law
& Medicine, vol. 5, Nº 3, 1989, p. 361.
7 Por cuidados de la salud se entiende mantener, restituir
o compensar la pérdida de una función normal.
8 Resulta racional y prudente que quitemos de una etapa de la vida
para dar a otra en vistas al bienestar de la vida considerada en su totalidad.
Pero es un problema moral el que la sociedad quite a una persona para
dar a otra en orden a maximizar, digamos, la mayor felicidad del grupo.
Cfr. Daniels, N. Am I My Parents Keeper?, vol. 2, Washington DC:
US Government Printtin Office, 1983, p. 275.
9 O prolongar la vida con menos recursos o disfrutar de la posibilidad
de vivir mejor dentro del promedio de vida normal. Daniels, N. Am
I My Parents Keeper?, vol. 2, Washington DC: US Government Printtin
Office, 1983, p. 285.
10 Camps, V. Una vida de calidad. Barcelona, Ares y Mares, 2001, p. 78.
11 De Inter esse que significa entre ser. Cfr. Lolas, F.
Bioética y Medicina, Santiago de Chile, Biblioteca Americana, 2002,
p. 137.
12 Cfr. Lolas, F. Escritos sobre vejez, envejecimiento y muerte. Iquique,
Universidad Arturo Prat, 2002, pp. 42-45.
13 Es interesante hacer notar que en inglés existen al menos los
siguientes términos para referirse a la enfermedad: disease, disorder,
injury, illness, sickness y malady. Por disease se entiende alguna entidad
nosológica, generalmente con sustrato biológico (la insuficiencia
cardiaca es una disease). Por disorder se entiende un trastorno
funcional o mental. Por injury se entienden situaciones tales como, por
ejemplo, una fractura de cadera. El término illness hace referencia
a la enfermedad como algo subjetivo. Sicknes suele hacer referencia a
la percepción que los otros, la comunidad, tienen de la persona
enferma. Finalmente el término malady engloba a todos los anteriores.
Lamentablemente no existe un correlato terminológico en español
y solemos traducir todas estas expresiones como enfermedad.
Cfr. Kohn Loncarica, A.; Outomuro, D.; Bortz, J.; Sánchez, N. Terapia
génica: ¿tratamiento médico, eugenesia o higiene
de la herencia? Rev. Quirón, vol. 33, Nº 1 (versión on line).
Tb. Cfr. Lolas, F. Proposiciones para una teoría de la medicina.
Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 1992, pp. 110-118.
14 Ribera Casado, J.M. Aspectos éticos de la asistencia en geriatría.
En Farreras Valentí, P; Rozman, C. Medicina Interna (Madrid, Harcourt,
2000), p. 1512.
15 Cfr. Beauvoir, S. de. La vejez. Barcelona, Edhasa, 1989, pp. 49-64.
16 Cfr. Gracia, D. Ética de los Confines de la Vida. Bogotá,
El Búho, 2002, pp. 233-247.
17 Cfr. Gracia, D. Ibíd.
18 Lolas, F. Re-cuentos y Re-pasos. Santiago de Chile, Editorial Universitaria,
2002, p. 138.
19 Lolas, F. Ibíd. p. 139.
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