1. Introducción

Parece imperativo aclarar al inicio de este artículo, y que no es otra cosa que volver a recordar, que el arte de la medicina es ante todo vocación. Es importante considerar esta afirmación, ya que el médico muchas veces se siente propenso a entrar en la siguiente disquisición: ‘¿Por qué yo no puedo hacer con mis conocimientos como lo que hacen los profesionales de las demás ciencias, arquitectura, ingeniería, mecánica, etc., y dedicarme tan solo a reparar cuerpos, como haría cualquier mecánico en su especialidad, y ganar dinero?’ La respuesta es precisa: porque no es solamente un cuerpo su objeto o ámbito disciplinario, sino también un alma y un espíritu, o sea una persona la que se da al médico integralmente y sin fisuras. Por eso, su acción sanitaria no puede ser objeto de comercio.

De ahí que hay virtudes como la honestidad, la misericordia y la piedad por el que sufre que le son indispensables al médico; hasta tal punto, y esto es experiencia cotidiana, que el médico se ve constreñido a anteponer el sufrimiento de su paciente a las necesidades de su propia familia.

El ejercicio de la ética, en consecuencia, le es tan necesario al médico como al paciente; por la sencilla razón de que el ser humano es constitutivamente ético, en razón de la Divina Presencia Constitutiva que no solo lo moraliza, además hace de este un ser trascendente, maravillosamente abierto, dando finalmente razón de su destino. ¡Qué importante sería comprender la relación médico-paciente como un encuentro entre dos seres estructuralmente éticos y, por tanto, adscritos a un respeto mutuo, a una ética de la generosidad que lejos de cualquier paternalismo, refleje la alianza necesaria, presidida por la humildad socrática!

Es sumamente importante hacer comprender la necesidad permanente que tienen los médicos y estudiantes de medicina, así como todo el personal de salud, de hacer turismo por su alma con la alegre y a la vez seria intención de descubrir las disfuncionalidades y patologías que se les presentan como un límite para el libre ejercicio de sus potencialidades como persona y profesional de la salud: una libertad formada por el amor, la piedad y la misericordia.

Por otro lado, los médicos las enfermeras y los profesionales de la salud no pueden hacer sin más lo que individualmente les parece correcto o los hace sentir bien, sino que tienen que tener siempre presentes los valores y las normas de trabajo que profesan y reflejarlos en sus conductas clínicas. No es suficiente la buena intención subjetiva. Resulta imprescindible en este contexto asumir un estudio, una reflexión o una meditación progresiva sobre la rica y larga experiencia de la ética pública de los profesionales de la salud. Estamos de acuerdo con James F. Drane 1 en que, aunque hoy muchos médicos no sean religiosos, deberían respetar las fuentes religiosas de muchos criterios éticos profesionales. Si sometiéramos a la ética del cuidado de la salud a una purificación religiosa se desnaturalizaría, perdiendo su fundamento y significado. Es mucha la influencia que las creencias filosóficas y religiosas han ejercido en los criterios éticos de los profesionales de la salud. Que duda cabe que deben ser tratados críticamente, pero hay mucho de edificante en esas historias que pueden iluminarnos hoy. Si la ética médica y la bioética se vieran despojadas hoy de los criterios éticos inspirados en la religión, la ley civil sería la única fuente ética que nos quedaría. Toda ética quedaría relegada al ámbito puramente fenomenológico, convirtiéndose la norma ética en un deber por el deber: pura tautología, para nada atractiva. Para este trabajo no nos vamos a salir del estudio de los principios de la ética general en cuanto principios necesarios a la ética médica así como algunas notas sobre la necesidad de una fundamentación ontológica de la ética y de toda ética convencional, utilitarista, etc. No entraremos en la aplicación de la ética a la experimentación con los seres humanos, en sus diversas manifestaciones, por ser objeto de un ulterior artículo.

2. Ética y moral

La palabra ética deriva del griego éthos, que quiere decir ‘costumbre’: a su vez, ‘moral’ deriva del latín mos, que significa también ‘costumbre’. En el habla corriente, ética y moral se manejan de manera ambivalente, es decir, con igual significado. Sin embargo, como anota Bilberny 2, analizados los dos términos en un plano intelectual, no significan lo mismo, pues mientras que ‘la moral tiende a ser particular, por la concreción de sus objetos, la ética tiende a ser universal, por la abstracción de sus principios’. No es equivocado, de manera alguna, interpretar la ética como la moralidad de la conciencia. 3 En términos prácticos, podemos aceptar que la ética es la disciplina que se ocupa de la moral, de algo que compete a los actos humanos exclusivamente, y que los califica como buenos o malos, a condición de que ellos sean libres, voluntarios, conscientes. 4

En la Enciclopedia Barsa británica encontramos esta definición: ‘La ética es una de las ramas de la Filosofía cuyo objeto es el juicio de apreciación del bien y del mal. Aunque diversos autores (entre ellos Shelling y Hegel) han querido fijar distintos campos de aplicación a los términos ética y moral, ambos designan igualmente: a) El conjunto de prescripciones en una época o por una sociedad determinada; b) La descripción de la conducta de los hombres, y c) La ciencia de los juicios de valor sobre dicha conducta’. 5 Se acepta que la Ética es una ciencia, puesto que expone y fundamenta científicamente principios universales sobre la moralidad de los actos humanos. 6 No es una ciencia especulativa, sino una ciencia práctica, por cuanto hace referencia a los actos humanos. Si el fin de la ética es facilitar el recto actuar de la persona, fijando la bondad o maldad de los actos, puede considerarse también como una ciencia normativa. Al decir de Aristóteles, el proceso ético no tiene como finalidad saber qué es la virtud, lo cual no tendría ninguna utilidad, sino llegar a ser virtuoso 7.

En general, los seres humanos relacionamos la ética con el buen comportamiento, con un modo recto de conducir nuestra vida y nuestros actos, con el cumplimiento de las normas impuestas por la sociedad en la que vivimos. Si pensamos así no estamos lejos de lo correcto. Ahora bien, si aceptamos, por razones que explicaremos más adelante, que el ser humano es constitutivamente ético, todos los actos humanos están permeados, a modo de modelo o parámetro, de esta visión ética. Cuando esta visión viene a faltar por causa de las disfuncionalidades y patologías del alma humana, sea que estas sean heredadas o adquiridas, se produce una deshumanización del acto humano. Aquí el ser humano se mueve más bien en su condición infrahumana o antiética. La moral se relaciona con el concepto de lo bueno y de lo malo, de lo que uno debe o no debe hacer. Ese concepto está muy ligado a las costumbres, lo que permite deducir que la moral no es una (permanente), sino muchas (variable). Como dice Malherbe, las morales son relativas a las sociedades y a las épocas que aquéllas estructuran; ellas son múltiples. La ética, que es la exigencia maestra del ser humano en cuanto tal, es única 8. Pero la ética es más que esto, nos lleva más allá del discernimiento de lo bueno y lo malo, nos introduce en el corazón del acto mismo aportándonos la visión de lo perfecto o imperfecto del acto. Dicho en otras palabras, la ética nos muestra cuánto está cerca o lejos del amor como acto originante de lo específicamente humano. El amor es más que ético, es la fuente originante de la ética misma.

Como decíamos en la introducción, lo que moraliza a la persona, lo que verdaderamente hace que esta sea moral, no es el cúmulo histórico de costumbres y experiencias éticas. Lo que hace que la persona sea moral es la presencia constitutiva del Sujeto Absoluto en el espíritu humano que orienta las costumbres y las experiencias del pasado conforme a la interpretación de los signos de los tiempos presentes. La ética no es entonces, como la definen muchos diccionarios, solamente una parte de la filosofía que a partir de unos principios, vivencias, actitudes o influencias intenta determinar las normas o el sentido del obrar humano tanto individual como social.

3. ¿Qué es la ética?

Basta abrir el diccionario para darse cuenta de que tenemos por delante una tarea difícil, cual es la de definir unívocamente una ciencia que es tan antigua como el hombre, desde sus orígenes. La verdad, la bondad y la hermosura son a su vez atributos estructurales del espíritu humano, los cuales dan fundamento y en los cuales desembocan todos los actos humanos. No es pues suficiente que los dividamos en buenos y malos, pues éstos harían referencia solamente al atributo de la bondad. Hay actos más perfectos y menos perfectos, hay una verdad en la bondad y en la hermosura, hay una bondad en la verdad y la hermosura; y hay una hermosura en la verdad y la bondad. Estos atributos encuentran su fundamento, su nutrición, en la energía extática del espíritu humano con causa en la Divina Presencia Constitutiva del Sujeto Absoluto. De la ética general, encontraremos y seguiremos encontrando muchas definiciones, apenas ésta se inclina en el inmenso abanico de los actos humanos hacia uno o hacia otro. Si aceptáramos, por ejemplo, que la felicidad es éticamente buena y que, por tanto, es intrínsecamente necesaria al ser humano, nos encontraríamos desde lo material hasta lo metafísico, pasando por lo moral, con una infinidad de objetos que antitéticos entre ellos pasarían a formar parte de la felicidad de un sin fin de seres humanos. En síntesis, lo que es bueno para uno puede no serlo para otro; lo que es objeto de felicidad para uno puede ser infelicidad para otro. Para muchos seres humanos es bueno aquello que les gusta, aunque lo que les guste sea sancionado como inmoral por el resto de la comunidad. Uno se da cuenta que esos tres atributos tienen fundamental importancia a la hora de juzgar qué lugares ocupan en nuestro ser la felicidad y el gusto. Ahora bien, se nos puede presentar alguno que diga que él no acepta la definición de un ser humano trascendente y su juicio de la felicidad es puramente existencial; es decir, a este ser humano le interesa solamente ser feliz al solo costo de no terminar en la cárcel. Tendríamos aquí una ética utilitarista. Si siguiéramos el pensamiento de quien se considera el padre del existencialismo, S. Kierkegaard, encontraríamos en este una renuncia total a cualquier afirmación que considerara la ética como algo abstracto, razón por la cual, nos diría, se la aborrece en secreto 9. Y es que la ética ha sido, durante mucho tiempo, objeto puramente especulativo en manos de los teólogos y de los filósofos y que todavía despierta temor o complejo en la generalidad de los pensadores, sobre todo de los científicos.

Estas posiciones filosóficas del racionalismo, el empirismo, el existencialismo, la fenomenología han dado origen a las distintas éticas de carácter especulativo, pragmático, vitalista, descriptivo, entre otras. Así por ejemplo, Zubiri dirá que la ética no es sino una forma o un modo de vida. De este parecer, aunque con una connotación antropologista absoluta, es Nietzche, para quien la ética encuentra su fundamento en la vida sin más, del ser humano. Se desprende así que en este momento el pensamiento humano pareciera como dividido en dos grandes bloques o ámbitos de difícil convivencia: el ámbito experiencial o vivencial y el ámbito experimental. La balanza parece inclinarse hacia este último en razón del dolor y la enfermedad que con tanto ahínco están combatiendo las ciencias de la salud.

En consecuencia, la tendencia a un antropologismo radical en este último siglo, se ha convertido en el ambiente o campo de cultivo dentro del cual se ha pluralizado la ética. El existencialismo queriendo ser fiel a su axioma, ha intentado por todos los medios de desenraizar la ética del espíritu humano y llevarla al plano de lo puramente social, vital descriptivo, utilitarista, cientificista y demás estamentos de la existencia humana; donde el hombre se ha ido dando a sí mismo su propia ética. Surgen así una pluralidad de éticas en las distintas instituciones e individuos singulares que se dan a sí mismo, de acuerdo con los fines a perseguir, un conjunto de normas, por lo general derechos, nunca deberes, que velen por los propios intereses y al mismo tiempo eviten que los demás puedan interferir en ellos. Nacen así, entre otras, la ética periodística, la ética bancaria, la ética política, la ética económica, la ética médica, ética de la tecnología y ciencia, ética en la experimentación con seres humanos; es decir, un sin fin de éticas conformadas por un conjunto de normas de carácter moral dirigidas a tutelar los intereses de ciertas instituciones y a regular las relaciones entre los individuos que forman dichas instituciones. Tenemos el caso del periodismo, por ejemplo, el cual se ha dado su propia ética dirigida fundamentalmente a que no le roben la noticia y a establecer quiénes tienen derecho sobre ella. Esto hará que para poder vender esa noticia los mismos reporteros, en el mismo lugar del hecho, se pongan de acuerdo en decir lo mismo que dice el reportero del periódico principal o más vendido. Si nos vamos al consentimiento informado dentro de la medicina, por ejemplo, encontraremos que muchas veces la información se da con un cierto carácter catastrófico a efecto de inducir al paciente a una decisión innecesaria detrás de la cual se pueden esconder los intereses del médico.

Cuando hace unos años en los Estados Unidos se empezó a observar una progresiva deshumanización de la medicina debido a una mala relación entre el médico y el paciente con causa en que la enfermedad se convirtió en un buen negocio para el médico, se decidió crear pequeños comités de Ética o de Bioética para ayudar al paciente. Esta solución, sin embargo, degeneró en el hecho de que desde ese momento ya ni siquiera el médico daba la noticia de la gravedad de la enfermedad a su paciente, si no, la comunicara el comité, con lo cual el médico continuó su camino de deshumanización. En español diríamos: ‘Hecha la ley, hecha la trampa’. Lo anterior ha llevado a que a las Constituciones de los países se unan códigos inmensos en Derecho Penal, Derecho Civil, Derecho Constitucional, Derecho Internacional, etc. Al poco tiempo, cada uno de estos códigos tendrá ya un conjunto de normas adyacentes. Este síntoma progresivo de los últimos cincuenta años está destinado a crecer. La pregunta es ¿qué nos ha pasado para llegar hasta el punto de que lo que para uno es inmensamente bueno para otro es tan malo? Estamos de nuevo ante la Torre de Babel, donde el hombre queriendo ser Dios de sí mismo y aún hablando la misma lengua, mete en sus conceptos contenidos tan distintos que no hay modo de entenderse.

Estos interrogantes es necesario hacérselos, a mi parecer, porque no son pocos los que se preguntan por qué el sentido común, el sentir común de la humanidad, ya no es regla próxima de actuación. La respuesta puede ser sencilla: porque hasta hace unas décadas la humanidad occidental aceptaba un modelo, un parámetro trascendental común con el que medir la eticidad y moralidad de los actos humanos. La globalización y con ella la progresiva democratización del mundo ha hecho de la libertad un derecho humano sin deber alguno. Si conviniéramos en este discurso, que la libertad no puede ser para hacer lo que queramos y si para elegir lo mejor, lo más noble, lo más perfecto, entonces no podremos no reconocer que la libertad actual está mal formada o deformada. Una libertad formada por el amor da frutos de exquisita generosidad, los frutos que arroja la formación de la libertad humana en este siglo XXI, son de profundo egoísmo, egocentrismo y, en general, de egolatría; razón por la cual, a mi parecer, hay que multiplicar las normas y las reglas constantemente, a modo de modelos próximos que orienten el desorden y la desmedida de la mayoría de los actos humanos.

4. Crisis y actualidad de la ética en la postmodernidad 10

La segunda mitad del siglo XX ha asistido a un imponente progreso de la ciencia y la biotecnología de tal manera que ha hecho posible una evidente recuperación de la teoría ética, hasta el punto de que no es insensato ni erróneo afirmar que, hoy por hoy, la ‘filosofía primera’ ya no es metafísica o teoría del conocimiento, como ocurrió en la modernidad, sino filosofía moral. Todo esto impulsado por el tesón de los pueblos anglosajones. Como ya hemos expresado anteriormente, cada uno de los sistemas filosóficos ha dado origen a las distintas concepciones y definiciones antropológicas del ser humano y con ellas a las distintas concepciones éticas. Marx, por ejemplo, en su concepción existencialista del ser humano, no concibe la inmoralidad como sinónimo de alineación, de extrañamiento y pérdida de identidad del individuo por estar vendido a otro o dominado por otro.

Nietzsche, lo mismo que Marx, denuncia la falsa universalidad de los valores morales. Estos no proceden de la singularidad de la conciencia, ya que la conciencia, a su juicio, no es particular ni singular, sino ‘la voz del rebaño en nosotros’. Aquí se ve cómo la ética para estos dos pensadores, en cuanto ‘voz del rebaño’ sea reducida a pura costumbre y por tanto el resultado de la pura actividad social. Aquí la ética no va a ser ni buena ni mala, sino aquella que desee la sociedad aunque sancionada como inmoral por la mayoría de las sociedades vecinas. En La genealogía de la moral, Nietzsche se propone develar el origen real de la moral cristiana, un origen ‘demasiado humano’ para que esos valores puedan ser declarados absolutos y universales. Según Nietzsche, lejos de contribuir a la afirmación del individuo, los valores morales han contribuido a su aniquilación, a la negación de la vida humana frente a otra vida –la divina– superior e inalcanzable. Ha sido la conciencia moral la que ha dividido al individuo creándole una conciencia insuperable de culpa y deuda ante una conciencia o una norma trascendente 11. Para nuestro autor, el hombre libre es el ser feliz, capaz de aceptar el azar, la inseguridad y la provisionalidad de la existencia después de la muerte de Dios.

Lo que realmente unió a estos dos inconformistas no fueron los ideales comunitarios y socializantes propios de la ideología marxista, que Nietzsche detestaba, si no una queja común frente a la moral. Ya en su época se observaba, como lo que para las sociedades occidentales era inmoral para muchas sociedades africanas, por ejemplo, era incluso de origen divino. No eran entonces las morales las que podían unir a los pueblos, ellos encontraban un cierto engaño oculto en la supuesta universalidad de los valores morales. La tesis central del existencialismo, según la cual la esencia del hombre es su existencia, esto es, contingente ‘ser-para-sí’, le lleva a entender que la conciencia se expresa en su pureza como simple negatividad: ¿Qué soy para mí?, lo que no quiero ser. Tampoco Sartre cree en la universalidad de la moral, porque no cree en su posible fundamentación, Muerto Dios, secularizada la moral, no hay valores objetivos ni trascendentes. La moral y las morales concebidas exclusivamente como ellos las concibieron, o sea, como producto de las costumbres sociales, deja fuera a la conciencia individual de la persona humana, sujeto moral y de moralidades. Es la Divina Presencia Constitutiva la que moraliza a la persona y hace de esta un sujeto moral. La sociedad es el depositario de esta actividad personal y comunitaria. La influencia que la sociedad tenga con sus costumbres, en la formación de la moral de un pueblo habría que entenderla, a mi parecer de esta manera: No sin la dura condición de las costumbres acumuladas en las sociedades, el individuo está llamado singularmente a ser sujeto moral.

Existe hoy una lucha activa por salir de una ética utilitarista, ética del bienestar y de la utilidad, base privilegiada en la que en estas últimas décadas se han apoyado la mayoría de las razones morales. Para los utilitaristas como Jeremías Bentham, aquello que produce el mayor bien posible se identifica con el deber. ‘Solo el placer es bueno, solo en él consiste la felicidad humana y toda acción se ha de juzgar correcta o incorrecta en función de su tendencia a aumentar o disminuir la felicidad de los interesados.’ 12 Por su parte, V. Camps sostiene que el máximo exponente de la teoría ética de este siglo es, sin duda, el filósofo norteamericano John Rawls, cuya Teoría de la justicia está sirviendo de tema de amplia discusión filosófica, e incluso de aguijón para la renovación ideológica de las políticas socialdemócratas. Rawls se propone elaborar una concepción de la justicia que supere, básicamente, las insuficiencias del utilitarismo. Fiel a Kant, defiende una ética deontológica, una justicia no derivable de las apreciaciones empíricas del bienestar o de la utilidad. Ha de ser una concepción pública de la justicia, es decir, aceptable por todos y guía de las instituciones básicas de la sociedad democrática, en sus sucesivas etapas constitucional, legislativa y judicial. 13.

De este modo, la ética que pretende un alcance universal restringe, así, su espacio al de la justicia. La concepción de la justicia ha de ser pública, compartida, universalizable. Aunque las partes del acuerdo carecen, en principio, de cualquier concepción del deber o de la justicia, poseen, sin embargo, la capacidad de adquirirlo. Además de ser racional, la personalidad moral es razonable. Ahora bien, no hay en el punto de partida de la teoría de Rawls una concepción esencialista de la persona –como la había en Aristóteles o en santo Tomás–. La concepción de Rawls es liberal: la unidad social se basa únicamente en el acuerdo sobre lo que es justo, el acuerdo mínimo imprescindible para que podamos hablar de sociedad moral. Tanto Apel como Habermas, por otra parte, se plantean el problema de la validez de las normas morales sobre la base de un intento de superar la estéril distinción entre unas ciencias de la naturaleza susceptibles de verdad y unas ciencias sociales donde la verdad no tiene cabida alguna. Para estos dos autores, las verdades científicas se basan finalmente en acuerdos, al igual que las leyes o normas sociales. Ese acuerdo, que, en el caso de la ciencia no pretenda otra justificación que la aceptada por la comunidad científica, en el caso de la ética, sin embargo, exige necesariamente una justificación superior. A los partidarios de la ética comunicativa no les preocupa ya tanto ¿cómo es posible la ciencia? o ¿cómo explicar la objetividad científica?, sino más bien ¿cómo explicar la objetividad y la validez de la moral? Puesto que, para nuestros filósofos, la explicación se encuentra en la realidad misma del acuerdo o del consenso que es el fundamento de toda ley nacida de una sociedad democrática. Entonces ¿de dónde sale el imperativo que obliga a los individuos a buscar el convenio y asumirlo?

5. ¿Dónde fundamentar la fuerza coercitiva del deber?

Hemos llegado al final de este tercer apartado y se hace necesario ir dando algunas respuestas. Kant pensaba que la ley moral es una ley autoimpuesta, autolegislada por la misma conciencia. Si esto fuera cierto, habría tantas éticas cuantos seres humanos hay en el mundo y, seguramente, serían antitéticas y antiéticas. Lo que hace pensar a una ética universal no son las dispares sociedades con sus variadísimas costumbres, sino el sencillo hecho de que el ser humano es moral, es constitutivamente moral. El ser humano lleva en sí constitutivamente la razón por la cual la moral es y puede ser universal. Ésta es una constante universal: la variable está formada precisamente por las sociedades que en razón de abrazar uno u otro aspecto cultural con más fuerza, dan origen o prevalencia a uno u otro aspecto ético. Ha habido y sigue habiendo un gran esfuerzo por parte de los filósofos contemporáneos de crear una ética laica nacida del consenso. Ni siquiera Las Naciones Unidas se han atrevido a tanto. En los documentos hechos con carácter mundial, observamos: Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos humanos. O También: Pautas internacionales para la experimentación con los seres humanos. Es decir, declarar que todos los seres humanos tienen este o aquel derecho no está sino afirmando que ya los tenían, lo que pasaba es que no los tenían reconocidos.

De esta forma se ha venido a crear un doble problema: por un lado, nuestras concepciones morales son inconmensurables, puesto que falta la base de unos valores comunes y compartidos; por otro y como derivación de lo anterior, cualquier intento filosófico de justificar o fundamentar una determinada concepción moral, está destinado al fracaso. La misión de la ética pasa, sin duda, por elaborar complicadas construcciones filosóficas que sirvan de punto de partida fiable, pero debe pasar también por la prueba de los hechos. Para Aristóteles, o para santo Tomás, existía un contraste entre la realidad del ser humano y un télos que estaba por realizar. La seguridad sobre ese télos se pierde con la secularización de la moral por la filosofía moderna. A partir de entonces, la ética habla de derechos y se encuentra frente a unos deberes para los que carece de fundamento. El télos de la naturaleza humana –esa finalidad divina– que constituía el puente entre la naturaleza ‘ineducada’ y la naturaleza ‘virtuosa’, ha desaparecido. La virtud –o la ética– ya no se explican. Ya no es posible la concepción instrumental de la virtud –excelencia del ser humano– porque ya no se sabe qué debe ser el ser humano.

6. Ética médica

La sociedad ha entregado al médico la preservación y mejoramiento de la salud y la vida de sus miembros. En la mayor parte de sus acciones, el médico actúa sin ninguna vigilancia y evaluación y es por ello que su sentido de lo bueno tiene que ser muy exacto y riguroso. Desgraciadamente, existen muchos deseos o intereses que perturban a los hombres y pueden alejar al médico de lo bueno, en su importante labor. Pudo haberlo pensado así Hipócrates cuando se obligó, en juramento, a seguir una serie de preceptos que acentúan lo bueno en la vida del médico, y lo alejan del mal: Que se aleje de nuestras mentes la acción perturbadora de otras motivaciones que no sea el servicio; que ayudemos a nuestro colega en el logro de este mismo fin. 14.

a. Algo sobre los orígenes de la ética médica

Bajo el reinado de Hammurabi, en la Mesopotamia del siglo dieciocho antes de Cristo, el Estado dictó las primeras leyes de moral objetiva relacionadas con la medicina, estableciendo con ellas la responsabilidad jurídica del médico frente a su paciente. Entre las tablillas de arcilla encontradas, que datan de dos siglos antes que las dictadas por Hammurabi, hay algunas que recogen leyes promulgadas referentes también a la medicina 15.

En dichas tablillas se regula la profesión médica a través de una serie de normas. En la primera parte de éstas, se establece la remuneración que el médico percibirá del paciente en el caso de la curación y sanación de una herida grave y de la nube de un ojo y todo de acuerdo con la dignidad social del paciente. Y, en la segunda parte, las normas establecen cuánto deberá pagar el médico al paciente, de acuerdo con su rango social, si este muere a causa de la herida grave o pierde el ojo. 16:

  • ‘Si un médico ha tratado a un hombre libre de una herida grave mediante la lanceta de bronce y el hombre cura; si ha abierto la nube de un hombre con la lanceta de bronce y ha curado el ojo del hombre, recibirá diez siclos de plata.
  • Si se trata de un plebeyo, recibirá cinco siclos de plata.
  • Si se trata del esclavo de un hombre libre, el dueño del esclavo dará al médico dos siclos de plata.
  • Si un médico ha tratado a un hombre libre de una herida grave con la lanceta de bronce y ha hecho morir al hombre, (o) si ha abierto la nube del hombre con la lanceta de bronce y destruye el ojo del hombre, se le cortarán las manos.
  • Si un médico ha tratado una herida grave al esclavo de un plebeyo con el punzón de bronce y lo ha matado, devolverá esclavo por esclavo.
  • Si ha abierto la nube con la lanceta de bronce y ha destruido el ojo, pagará en plata la mitad del precio del esclavo’.

Se puede ver cómo, no obstante aquellos tiempos, el médico era tenido como un sacerdote, su actuar profesional estaba vigilado y sancionado por el Estado.

Demos un salto a Grecia, al siglo V a. C., y dentro del Corpus Hippocraticum, La Ley, el Juramento y los Preceptos encontramos lo que sigue:

En La Ley se lee: ‘El arte de la medicina es de todas las artes la más notable, pero, debido a la ignorancia de los que la practican y de los que a la ligera los juzgan, actualmente está relegada al último lugar. En mi opinión el error, en este caso, se debe fundamentalmente a la siguiente causa: que el arte de la medicina es el único que en las ciudades no tiene fijada una penalización, salvo el deshonor’ 17. Ante tal situación, ‘Preocupados por la desconfianza de la comunidad hacia los que se ocupaban del arte de curar, decidieron redactar un documento a través del cual se comprometían, bajo la gravedad del juramento, a ejercer la profesión, ceñidos a unos principios cuyo fin único era favorecer los intereses del paciente’ 18.

En este extracto del Juramento, nos dice Hipócrates: ‘Juro por Apolo, el médico, y por Esculapio, Higeia y Panacea, invocando a todos los Dioses y Diosas por testigos, que cumpliré este juramento y este convenio escrito con lo mejor de mis fuerzas y de mi inteligencia. El sistema que adopto es para beneficiar a los pacientes con todas mis fuerzas y con lo mejor de mi inteligencia y no para perjudicarles ni para ninguna finalidad injusta.

No daré a ninguno una droga mortal, aunque se me pida, ni mostraré el camino de tal designio; asimismo, no daré a ninguna mujer un pesario para provocar el aborto. Mantendré mi vida y mi arte con pureza y santidad. Cualquiera que sea la casa en que entre, entraré para beneficiar al enfermo, absteniéndome de todo daño y corrupción voluntario, especialmente de la seducción del varón o de la hembra, siervo o libre. Cualesquiera de las cosas que vea u oiga referentes a la vida de los hombres, en mi asistencia al enfermo, e incluso fuera de ella, que no deban ser referidas en otras partes, guardaré silencio, considerándolas como secretos religiosos. Si cumplo este juramento y no lo tergiverso, goce a la par de la vida y del arte, con buena reputación entre todos los hombres por todos los tiempos; pero caiga sobre mí lo contrario, si contravengo y violo mi juramento’ 19.

No falta quien ve en el Juramento de Hipócrates el inicio y el fundamento del paternalismo 20 en medicina. No vamos a entrar en esa discusión en este artículo, por retener que la naturaleza del Juramento Hipocrático va mucho más allá de eso. Ahora, si tuviera algún fundamento este supuesto paternalismo, pensamos que este sería por un percance textual ocurrido en algún punto del camino seguido por el Juramento, pero que en ese momento ya nada tenía que ver con la intención de Hipócrates.

Sin embargo, observamos que este es un juramento hecho a los dioses a través del cual se obliga con la máxima dignidad que le es posible, a beneficiar siempre a sus pacientes con todos los medios a disposición: a no ser injusto, a no hacerles daño físico o moral, a respetar la vida gestante, guardar sigilo, respetar su pudor y, todo esto, guardándolo en su espíritu como secreto religioso. Finalmente, invoca sobre él el deshonor y la mala reputación si no cumple con su juramento. La figura del médico que se perfila, entonces, se asemeja a la del sacerdote en cuanto servidor de su prójimo. Así se lee en los Preceptos: ‘Si hay amor a la humanidad, también hay amor a la ciencia’ 21.

Lo anterior, confirma que desde sus inicios la medicina ha buscado la curación integral del ser humano, entendiendo que el dolor y el sufrimiento –atribuidos uno más bien al cuerpo y el otro, más bien al alma– aunque frecuentemente se den juntos y poder ser uno causante del otro, tienen necesidad de curación los dos, con la misma urgencia.

Si damos un salto al cristianismo, veremos que si hubo algo que Cristo no dejó de hacer todos los días fue curar toda dolencia y enfermedad y, en algunos casos, la muerte. No pocas veces empezaba por el sufrimiento de su paciente, cuando todos esperaban que empezara por la enfermedad. En el caso del paralítico de la piscina de Siloé, empieza perdonándole sus pecados, porque en la mente de todos estaba la creencia de que era paralítico por los pecados cometidos. Después le dice: ‘Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa’. 22 Cristo sabía que esta curación en sábado le habría acarreado muchos problemas pero el amor era lo primero: ‘El sábado está hecho para el hombre y no el hombre para el sábado’. 23 Cristo ha ido traspasando este poder taumatúrgico a través de la historia a manos del hombre con la condición de que se ocupe del dolor de su prójimo.

No debe extrañar, entonces, que la medicina quedara en manos de los clérigos durante muchos siglos. Con ellos nacieron los hospicios y los hospitales, incluso las iglesias y los monasterios se convirtieron en lugares de peregrinación para los enfermos. Recuérdese que tres famosos hospitales de los comienzos de la época medieval fueron construidos dentro del contexto ‘la cura del enfermo debe ser puesta por encima de cualquier otro deber’, al decir de San Benito, reformador monástico. Esos nosocomios fueron: el HotelDieu en Lyon (año 542), del Hotel-Dieu en París (año 651) y el Santo Spirito, todavía en pie, en Roma (año 717) 24.

Avancemos un poco más al siglo XVI, tratando de recoger, aunque a grandes pasos, la línea que la ética médica ha ido trazando a modo de exigencia en cada época. Y a este fin, cómo no recoger el pensamiento del médico Paracelso, quien en su pensamiento nos da no solo una lección de ética médica, sino también de antropología y mística. Hacemos una breve síntesis, recogiendo algunas notas importantes del libro IV:

‘Por eso y por más que poseáis todas estas cosas, no deberéis guardarlas para vosotros solos, ni para vuestra exclusiva satisfacción, sino darlas en beneficio de todos, pues para todos ha sido creada la medicina (...). Solo el médico puede alabar y celebrar a Dios con toda la categoría y jerarquía que le es debida; por eso debe ser más instruido que nadie. Ni ninguno como él puede conocer al hombre con mayor profundidad y exactitud, en cualquier parte, con toda la grandeza que Dios le ha conferido (...). Resulta milagroso ver cómo la verdadera ciencia forma, ordena, deduce y especula todo en el hombre, pues –y esto es algo sobre lo que deberíamos pensar con más frecuencia– nada existe verdaderamente en el cielo ni en la tierra que no esté en el hombre (...) ¿Dónde está el cielo, sino en el hombre? Lo cierto es que la mejor manera que podemos tener de servirnos del cielo es tener el cielo en nosotros mismos. Gracias a ese cielo que tan íntimamente nos conoce, puede Dios saber directamente nuestros deseos y llegar así más cerca de nuestros corazones, de nuestros pensamientos y de nuestras palabras (...). Con ello impregnará nuestro cielo con su cielo, haciéndolo según su semejanza, más espacioso, agradable, noble y excelente; ya que no hay duda que Dios está en el cielo y por ende, en el hombre (...). Él dijo que moriría en nosotros y entre nosotros y que nosotros seríamos su propio templo. Roguémosle pues allí donde se encuentre, es decir, en el cielo... y en el hombre (...). Pese y examine el médico con la mayor atención lo que tiene en sus manos. Y sepa que en su poder está la más alta y noble de las causas’ 25.

Por otra parte, Gaspard Lavater, ya en el siglo XIX, aun partiendo del hecho de que el hombre y cada parte de su ser están impregnados de la sabiduría de Dios, de su verdad y su bondad; ya se daba cuenta de lo peligroso que podía ser el disponer del conocimiento de la ciencia y sobre todo de la ciencia médica, si no estaba respaldado no solo por una ética laica que para él no existía, sino por una profunda experiencia teantrópica, esto es, experiencia de Dios en el hombre y con el hombre: ‘Pero lo que me entristece más, lo que, en las horas de mi soledad, llena a menudo mi corazón de angustia y de pena, es que yo no alcanzo el gran fin al cual tendía. El sentimiento de nuestra propia dignidad; las prerrogativas gloriosas de la naturaleza humana y los objetos de satisfacción que de ahí resultan; el carácter de la divinidad impreso en el hombre, que es una nueva fuente de sensaciones deliciosas que brota por sí misma, eso es lo que pocos lectores buscan, o piensan solamente buscar en mi obra (...). La ciencia de la cual les doy lecciones es un arroyo que se transforma a menudo en torrente rápido; quisiera arrojar piedras sobre las que posen sus pies y pasen de una a otra orilla (...). Quiero reunir mis esfuerzos a los vuestros para aprender a conocer al hombre, anhelo haceros sentir cuanto hay de bondad y gloria en serlo (...). Cada criatura es necesaria en el inmenso misterio de la creación, más cada criatura no sabe que ella es necesaria. Solo el hombre en la superficie de la tierra se regocija de la necesidad de su existencia (...). La existencia de un hombre no puede hacer superflua la de otro y ningún hombre es capaz de substituir a otro’ 26.

b. Ética de la generosidad

Al respecto de la ética de la generosidad, traemos aquí algunas notas de una hermosa página, de las escritas por un insigne ciudadano chileno, el Dr. Armando Roa: ‘El médico vela por la salud de los hombres desde su origen hasta la muerte. Destino tan serio solo cabe fundarse en una ética de la generosidad. Generoso es quien atraviesa los lindes de la conveniencia y se entrega por igual al rescate de existencias esplendorosas y desmedradas, no reconociendo desde el horizonte de su misión diferencias de edad, de sexo, de raza, de religión, de bando, de ideas, de rango, de poderío, de fortuna. El generoso cuida con su ciencia y arte a amigos y enemigos y no acepta bajo pretexto alguno, eludir responsabilidades, violar secretos de profesión, penetrar sin consentimiento en la intimidad de otro, usar métodos vejatorios, descuidar el bien de los cuerpos y de las almas, poner fin a la vida antes de su término natural, valerse del hombre como medio de experimentación, salvo que razones científicas y morales muy fundadas hagan de lo nuevo algo superior a lo antiguo y no dañino desde ningún punto de vista (...). La ética inclina al médico a curar y confortar amorosamente y a descubrirle al paciente los significados espirituales de su mal, como lo es el alto valor del sufrimiento que únicamente el hombre entre todos los entes ve; pero el estado morboso mismo lleva ya a la reflexión profunda sobre los defectos del propio pretérito y a las rectificaciones que se esperaría realizar en el porvenir (...). Es todavía obligación ayudar a la buena muerte. Mientras dicha muerte no haya sellado el paso por el mundo, el médico sigue siendo un custodio del hombre, y el amor a todo lo humano debe infundirle fuerzas para en gesto de gratitud hacia la vida, estrechar la mano del moribundo en esos últimos momentos.

7. ¿Ética religiosa o ética laica?

De todo lo expuesto deducimos lo siguiente: Que la ética tiene urgente necesidad de fundamentación antropológica y metafísica. La tan usada e idolatrada razón, instrumento para la elaboración universal de los principios no es la facultad donde nace a priori la ética, Es la Divina Presencia Constitutiva en el espíritu creado humano, la fundamentación mística u ontológica de todo actuar ético.

‘Es esta la que moraliza al ser humano. El concepto, moralizada por la presencia inhabitante del Acto Absoluto, significa que ha quedado constituida en objeto ético de un agente: el propio acto absoluto. La ética es, por tanto, intrínseca a la persona’ 28.

La verdad, la bondad y la hermosura, presentes constitutivamente en todo ser humano, en cuanto atributos de la Divina Presencia Constitutiva trascienden el comportamiento ético, convirtiéndose en la imagen, modelo y parámetro de todo actuar ético. No es suficiente por sí misma, una ética nacida de acuerdos o consensos si no encuentra su razón última de ser en la potestad ontológica de la persona. Las resoluciones éticas nacidas de una ética construida por la razón, que no busque su dirección y sentido último en dicha potestad, pueden no conllevar una decisión éticamente correcta.

La Divina Presencia Constitutiva y no la sociedad es el modelo para el actuar ético. Las Sociedades, las costumbres, la cultura, la psicología individual y colectiva entre otros, son sus limitaciones y en lo que se refiere a la inmoralidad del acto sus atenuantes.

El límite que encuentra la fundamentación no es sino el límite de la racionalidad humana 29. La razón por la cual en el ámbito laico se pueden construir éticas conforme a las necesidades de las sociedades e incluso de las instituciones (ética periodística, ética bancaria, etc.), se encuentra en esta Constitutiva Presencia inhabitante en todo ser humano. Aquí estaría la razón universal de la ética. Si las Naciones Unidas o los Organismos Internacionales pueden emanar normas éticas que regulen universalmente a los individuos y obtener una respuesta común es debido a la connaturalidad o coesencialidad de la ética en todo ser humano en función de la Divina Presencia Constitutiva. Dejar el razonamiento ético a mitad de camino o llevarlo a sus consecuencias últimas está en función de los intereses o de los métodos elegidos para la argumentación. Lo que sí es cierto es que el poder coercitivo, para entender la norma ética como un deber y un bien personal o social, no se encuentra en la sociedad o el Organismo que emana la norma, sino en el espíritu humano. Los seres humanos obedecemos las normas que los Estados imponen no porque sean buenas o morales –pues muchas veces esconden intereses perversos– sino sencillamente para no enfrentarnos a la ley.

Es la intrínseca ética del ser humano la que hace de las sociedades, sociedades éticas, no a la inversa, aunque hay que aceptar, también que las costumbres y los hábitos sociales con sus disfuncionalidades y patologías influyen enormemente en la recta o incorrecta moral de los pueblos.

No existen entonces dos éticas: una laica y otra religiosa, esto es, una amoral y en muchos casos inmoral y otra moral. Existe un ser humano constitutivamente ético. Esta constitutividad ética le viene de la Divina Presencia Constitutiva en su espíritu.

Es, a nuestro parecer, F. Rielo quien ha despertado en estas últimas décadas este pensamiento dormido en la revelación, partiendo de una profunda experiencia mística. La experiencia mística en cuanto experiencia inmediata del Sujeto Absoluto, le ha llevado a la desarticulación de todo aquel pensamiento clásico que larvaba en su interior un pseudoprincipio de identidad que hacía imposible la comprensión real de la experiencia mística con carácter universal y no solo para unos pocos. Rota esta identidad en la que nos había sumergido el pensamiento, primero griego y después occidental, nos presenta la Concepción Genética del Principio de Relación. La relación, rota la identidad, nos arroja como necesidad, por los menos dos términos. Considerando que la noción más elevada de la creación es la noción de persona elevada ésta al Absoluto, nos arroja, en el orden de la razón, no menos de dos personas divinas que en inmanente complementariedad extrínseca se convierten en único Sujeto Absoluto y en el orden ontológico o místico un ser humano inhabitado en su espíritu por el mismo Sujeto Absoluto.

Es así como surge una definición mística del ser humano. Definición teantrópica, esto, Dios en el ser humano con el ser humano. Rota la identidad, ya no podemos definir a la persona recurriendo a los tan actuales conceptos del ‘en sí’ o el ‘para sí’, ni tampoco podemos recurrir a la persona en sí misma o a algo constitutivamente inferior de la persona misma, como es su psicología o su biología. Tampoco podemos recurrir a la historia de la filosofía, pues las definiciones que se han dado sobre el ser humano son aspectuales, hacen referencia a algún aspecto de él, racional, social, de trabajo, lingüista, estructural, etc. Ni todas juntas ni menos una sola dan razón todavía del ser humano. Este ser humano, entonces, más que sí mismo, hay algo en él que se resiste a toda manipulación de las leyes fisicoquímicas de su biología. Esta capacidad de regular su presente partiendo de un futuro todavía inexistente, que escapa al carácter finalístico de la ciencia experimental, confirma que no podemos reducirlo a un biologismo o materialismo ingenuo.

Fernando Rielo, desde esta experiencia mística, mencionada, define al ser humano como una persona en cuyo tejido único, encontramos tres estratos, un espíritu, una psique y un cuerpo. En el espíritu reside la potestad de la persona, la energía estática de la cual hecha mano para corregir las disfuncionalidades y patologías de la psique, así como, para poner orden al desorden mental y afectivo que padecen las facultades de la mente y la voluntad. Esta compenetración del Sujeto Absoluto y la persona humana hacen de este último un ser ético. Se observa, aunque sea poco lo que al respecto podemos decir en este artículo, cómo la ética no pueda prescindir de la psicología y viceversa. 30

Terminamos con estas palabras de F. Rielo: ‘Es de suma trascendencia la actitud humanista de un médico con su paciente. La misión de un médico no es tratar un cuerpo, antes bien, la enfermedad que, con fundamento biológico o físico, padece una persona humana implicándola en todo un ser con manifestación de su estado anímico, sus angustias y miedos’. 31

Notas

  1. Cfr. James F. Drane. El cuidado del enfermo terminal. Ed. OPS. Washington D. C. 1999, pág. 19 (3 de la introducción).
  2. Bilberny, Aproximación a la ética. Planeta Colombiana Editorial, S.A., Bogotá, pág. 15, 1992.
  3. Sánchez Torres, F. Temas de ética médica, Giro Editores, Santa Fe de Bogotá, 1995, pág. 20.
  4. 4 Ibíd. pág. 20.
  5. Encyclopaedia Britannica. Publishers Inc. Año 1986.
  6. Rodríguez Luno, A. Ética. Ediciones Universidad de Navarra, S.A., Pamplona, 1984, pág. 19.
  7. Aristóteles. Ética nicomaquea. Ed. Bedout, Medellín, 1982, pág. 37.
  8. Malherbe, ...Hacia una ética de la medicina. San Pablo, Bogotá, 1993, pág. 66.
  9. Kierkegaard, S. Ética y estética. Ed. Nova, Barcelona 1959, pág. 134.
  10. Cfr. Victoria Camps, Osvaldo Guariglia, Fernando Salmerón. Concepciones de la ética. Editorial Trotta, S.A., Madrid 1992, pág. 14 – 27.
  11. Ibíd
  12. Mill J. S. y Bentham J. Utilitarianism and the other essays. Ed. por Alan Ryan, Penguin, London 1987, pág. 290.
  13. Cfr. Victoria Camps... ibíd.
  14. Cfr. Comisión de Ética Médica: Prof. Dr. Arturo Jarpa G., Prof. Armando Roa, Prof. Dr. Jaime Pérez Olea, Prof. Dr. Patricio Mena, Prof. Dr. Ricardo Cruz-Coke. Textos de Ética Médica. Universidad de Chile. Santiago 1977. En la introducción.
  15. Zaragoza, Jr. ‘La medicina de los pueblos mesopotámicos’. En Historia Universal de la Medicina, Laín Entralgo, P., Salvat Editores, S.A., Barcelona, tomo I, pág. 90, 1972. Citado por Sánchez Torres, F. Óp. cit., pág. 33.
  16. Ibíd.
  17. Tratados Hipocráticos. Editorial Gredos, S.A., Madrid, tomo I, pág. 92, 1990.
  18. Sánchez Torres, F. Óp. cit., pág. 34.
  19. Hippocrate, Oeuvres Completes. Ed. J. B. Gardell. París. 1810.
  20. Gracia Guillen, Fundamentos de Bioética. Eudema, S.A., Madrid, pág. 45. 1989.
  21. En Tratados Hipocráticos (ob. cit.), pág. 312, 313. 1990.
  22. Cfr. Mt, 9, 1-7; Mc 2, 1-12; Lc 5, 17-26.
  23. Cfr. Mc 2, 27-28.
  24. Cfr. Smith, RE. ‘La ética médica: una criatura de la Iglesia’ En Dolentium Hominum, No 15, pág. 39-46, 1990.
  25. Cfr. Paracelso Theophrastus Bombastus Von Hohenheim. Obras Completas, Libro IV. Opus Paramirum. Ed. Kier. Traduc. Estanislao Lluesma-Uranga, Buenos Aires, 1945.
  26. Lavater, Gaspard, L´Art de conmaître les hommes pour la Physonomic, tomo I, Paris, Ed. Depélafon Libraire, Rues des Grands. Augustins No 21, 1820, pág. 14, 15, 16, 210 y 211.La ética de la generosidad impele al médico al estudio, a la investigación, al gesto cariñoso, al cuidado extremo, a la devoción intensa hacia maestros, colegas, discípulos y a cuantos laboran con él, a fin de que la ayuda al prójimo sea lo más eficaz posible, sin aumentar por ignorancia, ruptura de secreto, uso indebido de fármacos y psicoterapias u orgullo profesional, las desventuras provocadas por la enfermedad misma. Quien obra así, en acuerdo a lo solicitado a su vocación desde el fondo de los tiempos, se dignificará alcanzando la gracia destinada a los fieles servidores de la existencia’ 27.
  27. Roa, A. Ética de la generosidad. En Textos de Ética Médica obra cit.
  28. Rielo, F. Introducción a mi pensamiento. Ed. F. Rielo. Constantina, Sevilla 2002, pág. 2.
  29. Rodríguez Yunta, E. ‘Fundamentación antropológica y ontológica de la ética’ en Ars Medica, No 5, PUC. Santiago de Chile 2001. ‘Las teorías éticas, como construcciones racionales, son provisionales, aunque estén dotadas en la máxima coherencia lógica. Esta provisionalidad de la razón, no exime de buscar y dar razones, como tampoco anula que haya razones mejores que otras para justificar una decisión. La razón humana tiene un carácter aproximativo por el cual se puede aprender a tomar decisiones bien fundadas sopesando razones; tal es el valor de los métodos en ética. Pero no puede esperarse de la teoría ética una resolución definitiva de los dilemas y conflictos. Lo real excede siempre los límites de la razón’.
  30. Rielo, F. Tratamiento psicoético en la educación. Ed. F. Rielo. Costantina, Sevilla. 1996, pág. 4 y 5. ‘La psicoética me es nueva rama del saber que contribuye también a la eficaz formación integral del ser humano... La normativa ética no puede por sí misma iluminar la complejidad de la conducta humana de acuerdo con unas circunstancias que, en aras de la sensibilidad y madurez cultural, pueden variar... La ética no podrá de este modo concebirse sin una apertura que adquiere dos proyecciones: formal: hacia otras ciencias afines, en especial a la sicología, porque esta aporta a la ética el conocimiento, no solo de la autenticidad o inautenticidad del sentido moral, sino también de los condicionamientos que, de toda índole, tiene lugar dentro de la persona misma; trascendental, hacia una metaética que, formándose en la ontología, sea el aval fundante de la ética y, a la vez, interrelacione las implicaciones fronterizas que obtiene la imbricación con las demás ciencias. Esta doble proyección hay que afirmarla de la sicología: formal, apertura a la ética, porque aquélla no puede prescindir de la responsabilidad del acto humano; trascendental, apertura a la antología o mística porque a ésta corresponde determinar el origen y fin del acto humano’.
  31. Rielo, F. Ibíd., pág. 4.