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1. IntroducciónParece imperativo aclarar al inicio de este artículo, y que no es otra cosa que volver a recordar, que el arte de la medicina es ante todo vocación. Es importante considerar esta afirmación, ya que el médico muchas veces se siente propenso a entrar en la siguiente disquisición: ‘¿Por qué yo no puedo hacer con mis conocimientos como lo que hacen los profesionales de las demás ciencias, arquitectura, ingeniería, mecánica, etc., y dedicarme tan solo a reparar cuerpos, como haría cualquier mecánico en su especialidad, y ganar dinero?’ La respuesta es precisa: porque no es solamente un cuerpo su objeto o ámbito disciplinario, sino también un alma y un espíritu, o sea una persona la que se da al médico integralmente y sin fisuras. Por eso, su acción sanitaria no puede ser objeto de comercio.De ahí que hay virtudes como la honestidad, la misericordia y la piedad por el que sufre que le son indispensables al médico; hasta tal punto, y esto es experiencia cotidiana, que el médico se ve constreñido a anteponer el sufrimiento de su paciente a las necesidades de su propia familia. El ejercicio de la ética, en consecuencia, le es tan necesario al médico como al paciente; por la sencilla razón de que el ser humano es constitutivamente ético, en razón de la Divina Presencia Constitutiva que no solo lo moraliza, además hace de este un ser trascendente, maravillosamente abierto, dando finalmente razón de su destino. ¡Qué importante sería comprender la relación médico-paciente como un encuentro entre dos seres estructuralmente éticos y, por tanto, adscritos a un respeto mutuo, a una ética de la generosidad que lejos de cualquier paternalismo, refleje la alianza necesaria, presidida por la humildad socrática! Es sumamente importante hacer comprender la necesidad permanente que tienen los médicos y estudiantes de medicina, así como todo el personal de salud, de hacer turismo por su alma con la alegre y a la vez seria intención de descubrir las disfuncionalidades y patologías que se les presentan como un límite para el libre ejercicio de sus potencialidades como persona y profesional de la salud: una libertad formada por el amor, la piedad y la misericordia. Por otro lado, los médicos las enfermeras y los profesionales de la salud no pueden hacer sin más lo que individualmente les parece correcto o los hace sentir bien, sino que tienen que tener siempre presentes los valores y las normas de trabajo que profesan y reflejarlos en sus conductas clínicas. No es suficiente la buena intención subjetiva. Resulta imprescindible en este contexto asumir un estudio, una reflexión o una meditación progresiva sobre la rica y larga experiencia de la ética pública de los profesionales de la salud. Estamos de acuerdo con James F. Drane 1 en que, aunque hoy muchos médicos no sean religiosos, deberían respetar las fuentes religiosas de muchos criterios éticos profesionales. Si sometiéramos a la ética del cuidado de la salud a una purificación religiosa se desnaturalizaría, perdiendo su fundamento y significado. Es mucha la influencia que las creencias filosóficas y religiosas han ejercido en los criterios éticos de los profesionales de la salud. Que duda cabe que deben ser tratados críticamente, pero hay mucho de edificante en esas historias que pueden iluminarnos hoy. Si la ética médica y la bioética se vieran despojadas hoy de los criterios éticos inspirados en la religión, la ley civil sería la única fuente ética que nos quedaría. Toda ética quedaría relegada al ámbito puramente fenomenológico, convirtiéndose la norma ética en un deber por el deber: pura tautología, para nada atractiva. Para este trabajo no nos vamos a salir del estudio de los principios de la ética general en cuanto principios necesarios a la ética médica así como algunas notas sobre la necesidad de una fundamentación ontológica de la ética y de toda ética convencional, utilitarista, etc. No entraremos en la aplicación de la ética a la experimentación con los seres humanos, en sus diversas manifestaciones, por ser objeto de un ulterior artículo. 2. Ética y moralLa palabra ética deriva del griego éthos, que quiere decir ‘costumbre’: a su vez, ‘moral’ deriva del latín mos, que significa también ‘costumbre’. En el habla corriente, ética y moral se manejan de manera ambivalente, es decir, con igual significado. Sin embargo, como anota Bilberny 2, analizados los dos términos en un plano intelectual, no significan lo mismo, pues mientras que ‘la moral tiende a ser particular, por la concreción de sus objetos, la ética tiende a ser universal, por la abstracción de sus principios’. No es equivocado, de manera alguna, interpretar la ética como la moralidad de la conciencia. 3 En términos prácticos, podemos aceptar que la ética es la disciplina que se ocupa de la moral, de algo que compete a los actos humanos exclusivamente, y que los califica como buenos o malos, a condición de que ellos sean libres, voluntarios, conscientes. 4 En la Enciclopedia Barsa británica encontramos esta definición:
‘La ética es una de las ramas de la Filosofía cuyo
objeto es el juicio de apreciación del bien y del mal. Aunque diversos
autores (entre ellos Shelling y Hegel) han querido fijar distintos campos
de aplicación a los términos ética y moral, ambos
designan igualmente: a) El conjunto de prescripciones en una época
o por una sociedad determinada; b) La descripción de la conducta
de los hombres, y c) La ciencia de los juicios de valor sobre dicha conducta’.
5 Se acepta que la Ética es una ciencia, puesto que expone y fundamenta
científicamente principios universales sobre la moralidad de los
actos humanos. 6 No es una ciencia especulativa, sino una ciencia práctica,
por cuanto hace referencia a los actos humanos. Si el fin de la ética
es facilitar el recto actuar de la persona, fijando la bondad o maldad
de los actos, puede considerarse también como una ciencia normativa.
Al decir de Aristóteles, el proceso ético no tiene como
finalidad saber qué es la virtud, lo cual no tendría ninguna
utilidad, sino llegar a ser virtuoso 7. Como decíamos en la introducción, lo que moraliza a la persona, lo que verdaderamente hace que esta sea moral, no es el cúmulo histórico de costumbres y experiencias éticas. Lo que hace que la persona sea moral es la presencia constitutiva del Sujeto Absoluto en el espíritu humano que orienta las costumbres y las experiencias del pasado conforme a la interpretación de los signos de los tiempos presentes. La ética no es entonces, como la definen muchos diccionarios, solamente una parte de la filosofía que a partir de unos principios, vivencias, actitudes o influencias intenta determinar las normas o el sentido del obrar humano tanto individual como social. 3. ¿Qué es la ética?Basta abrir el diccionario para darse cuenta de que tenemos por delante una tarea difícil, cual es la de definir unívocamente una ciencia que es tan antigua como el hombre, desde sus orígenes. La verdad, la bondad y la hermosura son a su vez atributos estructurales del espíritu humano, los cuales dan fundamento y en los cuales desembocan todos los actos humanos. No es pues suficiente que los dividamos en buenos y malos, pues éstos harían referencia solamente al atributo de la bondad. Hay actos más perfectos y menos perfectos, hay una verdad en la bondad y en la hermosura, hay una bondad en la verdad y la hermosura; y hay una hermosura en la verdad y la bondad. Estos atributos encuentran su fundamento, su nutrición, en la energía extática del espíritu humano con causa en la Divina Presencia Constitutiva del Sujeto Absoluto. De la ética general, encontraremos y seguiremos encontrando muchas definiciones, apenas ésta se inclina en el inmenso abanico de los actos humanos hacia uno o hacia otro. Si aceptáramos, por ejemplo, que la felicidad es éticamente buena y que, por tanto, es intrínsecamente necesaria al ser humano, nos encontraríamos desde lo material hasta lo metafísico, pasando por lo moral, con una infinidad de objetos que antitéticos entre ellos pasarían a formar parte de la felicidad de un sin fin de seres humanos. En síntesis, lo que es bueno para uno puede no serlo para otro; lo que es objeto de felicidad para uno puede ser infelicidad para otro. Para muchos seres humanos es bueno aquello que les gusta, aunque lo que les guste sea sancionado como inmoral por el resto de la comunidad. Uno se da cuenta que esos tres atributos tienen fundamental importancia a la hora de juzgar qué lugares ocupan en nuestro ser la felicidad y el gusto. Ahora bien, se nos puede presentar alguno que diga que él no acepta la definición de un ser humano trascendente y su juicio de la felicidad es puramente existencial; es decir, a este ser humano le interesa solamente ser feliz al solo costo de no terminar en la cárcel. Tendríamos aquí una ética utilitarista. Si siguiéramos el pensamiento de quien se considera el padre del existencialismo, S. Kierkegaard, encontraríamos en este una renuncia total a cualquier afirmación que considerara la ética como algo abstracto, razón por la cual, nos diría, se la aborrece en secreto 9. Y es que la ética ha sido, durante mucho tiempo, objeto puramente especulativo en manos de los teólogos y de los filósofos y que todavía despierta temor o complejo en la generalidad de los pensadores, sobre todo de los científicos. Estas posiciones filosóficas del racionalismo, el empirismo, el existencialismo, la fenomenología han dado origen a las distintas éticas de carácter especulativo, pragmático, vitalista, descriptivo, entre otras. Así por ejemplo, Zubiri dirá que la ética no es sino una forma o un modo de vida. De este parecer, aunque con una connotación antropologista absoluta, es Nietzche, para quien la ética encuentra su fundamento en la vida sin más, del ser humano. Se desprende así que en este momento el pensamiento humano pareciera como dividido en dos grandes bloques o ámbitos de difícil convivencia: el ámbito experiencial o vivencial y el ámbito experimental. La balanza parece inclinarse hacia este último en razón del dolor y la enfermedad que con tanto ahínco están combatiendo las ciencias de la salud. En consecuencia, la tendencia a un antropologismo radical en este último siglo, se ha convertido en el ambiente o campo de cultivo dentro del cual se ha pluralizado la ética. El existencialismo queriendo ser fiel a su axioma, ha intentado por todos los medios de desenraizar la ética del espíritu humano y llevarla al plano de lo puramente social, vital descriptivo, utilitarista, cientificista y demás estamentos de la existencia humana; donde el hombre se ha ido dando a sí mismo su propia ética. Surgen así una pluralidad de éticas en las distintas instituciones e individuos singulares que se dan a sí mismo, de acuerdo con los fines a perseguir, un conjunto de normas, por lo general derechos, nunca deberes, que velen por los propios intereses y al mismo tiempo eviten que los demás puedan interferir en ellos. Nacen así, entre otras, la ética periodística, la ética bancaria, la ética política, la ética económica, la ética médica, ética de la tecnología y ciencia, ética en la experimentación con seres humanos; es decir, un sin fin de éticas conformadas por un conjunto de normas de carácter moral dirigidas a tutelar los intereses de ciertas instituciones y a regular las relaciones entre los individuos que forman dichas instituciones. Tenemos el caso del periodismo, por ejemplo, el cual se ha dado su propia ética dirigida fundamentalmente a que no le roben la noticia y a establecer quiénes tienen derecho sobre ella. Esto hará que para poder vender esa noticia los mismos reporteros, en el mismo lugar del hecho, se pongan de acuerdo en decir lo mismo que dice el reportero del periódico principal o más vendido. Si nos vamos al consentimiento informado dentro de la medicina, por ejemplo, encontraremos que muchas veces la información se da con un cierto carácter catastrófico a efecto de inducir al paciente a una decisión innecesaria detrás de la cual se pueden esconder los intereses del médico. Cuando hace unos años en los Estados Unidos se empezó a observar una progresiva deshumanización de la medicina debido a una mala relación entre el médico y el paciente con causa en que la enfermedad se convirtió en un buen negocio para el médico, se decidió crear pequeños comités de Ética o de Bioética para ayudar al paciente. Esta solución, sin embargo, degeneró en el hecho de que desde ese momento ya ni siquiera el médico daba la noticia de la gravedad de la enfermedad a su paciente, si no, la comunicara el comité, con lo cual el médico continuó su camino de deshumanización. En español diríamos: ‘Hecha la ley, hecha la trampa’. Lo anterior ha llevado a que a las Constituciones de los países se unan códigos inmensos en Derecho Penal, Derecho Civil, Derecho Constitucional, Derecho Internacional, etc. Al poco tiempo, cada uno de estos códigos tendrá ya un conjunto de normas adyacentes. Este síntoma progresivo de los últimos cincuenta años está destinado a crecer. La pregunta es ¿qué nos ha pasado para llegar hasta el punto de que lo que para uno es inmensamente bueno para otro es tan malo? Estamos de nuevo ante la Torre de Babel, donde el hombre queriendo ser Dios de sí mismo y aún hablando la misma lengua, mete en sus conceptos contenidos tan distintos que no hay modo de entenderse. Estos interrogantes es necesario hacérselos, a mi parecer, porque no son pocos los que se preguntan por qué el sentido común, el sentir común de la humanidad, ya no es regla próxima de actuación. La respuesta puede ser sencilla: porque hasta hace unas décadas la humanidad occidental aceptaba un modelo, un parámetro trascendental común con el que medir la eticidad y moralidad de los actos humanos. La globalización y con ella la progresiva democratización del mundo ha hecho de la libertad un derecho humano sin deber alguno. Si conviniéramos en este discurso, que la libertad no puede ser para hacer lo que queramos y si para elegir lo mejor, lo más noble, lo más perfecto, entonces no podremos no reconocer que la libertad actual está mal formada o deformada. Una libertad formada por el amor da frutos de exquisita generosidad, los frutos que arroja la formación de la libertad humana en este siglo XXI, son de profundo egoísmo, egocentrismo y, en general, de egolatría; razón por la cual, a mi parecer, hay que multiplicar las normas y las reglas constantemente, a modo de modelos próximos que orienten el desorden y la desmedida de la mayoría de los actos humanos. 4. Crisis y actualidad de la ética en la postmodernidad 10La segunda mitad del siglo XX ha asistido a un imponente progreso de la ciencia y la biotecnología de tal manera que ha hecho posible una evidente recuperación de la teoría ética, hasta el punto de que no es insensato ni erróneo afirmar que, hoy por hoy, la ‘filosofía primera’ ya no es metafísica o teoría del conocimiento, como ocurrió en la modernidad, sino filosofía moral. Todo esto impulsado por el tesón de los pueblos anglosajones. Como ya hemos expresado anteriormente, cada uno de los sistemas filosóficos ha dado origen a las distintas concepciones y definiciones antropológicas del ser humano y con ellas a las distintas concepciones éticas. Marx, por ejemplo, en su concepción existencialista del ser humano, no concibe la inmoralidad como sinónimo de alineación, de extrañamiento y pérdida de identidad del individuo por estar vendido a otro o dominado por otro. Nietzsche, lo mismo que Marx, denuncia la falsa universalidad de los
valores morales. Estos no proceden de la singularidad de la conciencia,
ya que la conciencia, a su juicio, no es particular ni singular, sino
‘la voz del rebaño en nosotros’. Aquí se ve
cómo la ética para estos dos pensadores, en cuanto ‘voz
del rebaño’ sea reducida a pura costumbre y por tanto el
resultado de la pura actividad social. Aquí la ética no
va a ser ni buena ni mala, sino aquella que desee la sociedad aunque sancionada
como inmoral por la mayoría de las sociedades vecinas. En La genealogía
de la moral, Nietzsche se propone develar el origen real de la moral cristiana,
un origen ‘demasiado humano’ para que esos valores puedan
ser declarados absolutos y universales. Según Nietzsche, lejos
de contribuir a la afirmación del individuo, los valores morales
han contribuido a su aniquilación, a la negación de la vida
humana frente a otra vida –la divina– superior e inalcanzable.
Ha sido la conciencia moral la que ha dividido al individuo creándole
una conciencia insuperable de culpa y deuda ante una conciencia o una
norma trascendente 11. Para nuestro autor, el hombre libre es el ser feliz,
capaz de aceptar el azar, la inseguridad y la provisionalidad de la existencia
después de la muerte de Dios. De este modo, la ética que pretende un alcance universal restringe, así, su espacio al de la justicia. La concepción de la justicia ha de ser pública, compartida, universalizable. Aunque las partes del acuerdo carecen, en principio, de cualquier concepción del deber o de la justicia, poseen, sin embargo, la capacidad de adquirirlo. Además de ser racional, la personalidad moral es razonable. Ahora bien, no hay en el punto de partida de la teoría de Rawls una concepción esencialista de la persona –como la había en Aristóteles o en santo Tomás–. La concepción de Rawls es liberal: la unidad social se basa únicamente en el acuerdo sobre lo que es justo, el acuerdo mínimo imprescindible para que podamos hablar de sociedad moral. Tanto Apel como Habermas, por otra parte, se plantean el problema de la validez de las normas morales sobre la base de un intento de superar la estéril distinción entre unas ciencias de la naturaleza susceptibles de verdad y unas ciencias sociales donde la verdad no tiene cabida alguna. Para estos dos autores, las verdades científicas se basan finalmente en acuerdos, al igual que las leyes o normas sociales. Ese acuerdo, que, en el caso de la ciencia no pretenda otra justificación que la aceptada por la comunidad científica, en el caso de la ética, sin embargo, exige necesariamente una justificación superior. A los partidarios de la ética comunicativa no les preocupa ya tanto ¿cómo es posible la ciencia? o ¿cómo explicar la objetividad científica?, sino más bien ¿cómo explicar la objetividad y la validez de la moral? Puesto que, para nuestros filósofos, la explicación se encuentra en la realidad misma del acuerdo o del consenso que es el fundamento de toda ley nacida de una sociedad democrática. Entonces ¿de dónde sale el imperativo que obliga a los individuos a buscar el convenio y asumirlo? 5. ¿Dónde fundamentar la fuerza coercitiva del deber?Hemos llegado al final de este tercer apartado y se hace necesario ir
dando algunas respuestas. Kant pensaba que la ley moral es una ley autoimpuesta,
autolegislada por la misma conciencia. Si esto fuera cierto, habría
tantas éticas cuantos seres humanos hay en el mundo y, seguramente,
serían antitéticas y antiéticas. Lo que hace pensar
a una ética universal no son las dispares sociedades con sus variadísimas
costumbres, sino el sencillo hecho de que el ser humano es moral, es constitutivamente
moral. El ser humano lleva en sí constitutivamente la razón
por la cual la moral es y puede ser universal. Ésta es una constante
universal: la variable está formada precisamente por las sociedades
que en razón de abrazar uno u otro aspecto cultural con más
fuerza, dan origen o prevalencia a uno u otro aspecto ético. Ha
habido y sigue habiendo un gran esfuerzo por parte de los filósofos
contemporáneos de crear una ética laica nacida del consenso.
Ni siquiera Las Naciones Unidas se han atrevido a tanto. En los documentos
hechos con carácter mundial, observamos: Declaración de
las Naciones Unidas sobre los derechos humanos. O También: Pautas
internacionales para la experimentación con los seres humanos.
Es decir, declarar que todos los seres humanos tienen este o aquel derecho
no está sino afirmando que ya los tenían, lo que pasaba
es que no los tenían reconocidos. 6. Ética médicaLa sociedad ha entregado al médico la preservación y mejoramiento de la salud y la vida de sus miembros. En la mayor parte de sus acciones, el médico actúa sin ninguna vigilancia y evaluación y es por ello que su sentido de lo bueno tiene que ser muy exacto y riguroso. Desgraciadamente, existen muchos deseos o intereses que perturban a los hombres y pueden alejar al médico de lo bueno, en su importante labor. Pudo haberlo pensado así Hipócrates cuando se obligó, en juramento, a seguir una serie de preceptos que acentúan lo bueno en la vida del médico, y lo alejan del mal: Que se aleje de nuestras mentes la acción perturbadora de otras motivaciones que no sea el servicio; que ayudemos a nuestro colega en el logro de este mismo fin. 14.
7. ¿Ética religiosa o ética laica?De todo lo expuesto deducimos lo siguiente: Que la ética tiene urgente necesidad de fundamentación antropológica y metafísica. La tan usada e idolatrada razón, instrumento para la elaboración universal de los principios no es la facultad donde nace a priori la ética, Es la Divina Presencia Constitutiva en el espíritu creado humano, la fundamentación mística u ontológica de todo actuar ético. ‘Es esta la que moraliza al ser humano. El concepto, moralizada por la presencia inhabitante del Acto Absoluto, significa que ha quedado constituida en objeto ético de un agente: el propio acto absoluto. La ética es, por tanto, intrínseca a la persona’ 28. La verdad, la bondad y la hermosura, presentes constitutivamente en todo ser humano, en cuanto atributos de la Divina Presencia Constitutiva trascienden el comportamiento ético, convirtiéndose en la imagen, modelo y parámetro de todo actuar ético. No es suficiente por sí misma, una ética nacida de acuerdos o consensos si no encuentra su razón última de ser en la potestad ontológica de la persona. Las resoluciones éticas nacidas de una ética construida por la razón, que no busque su dirección y sentido último en dicha potestad, pueden no conllevar una decisión éticamente correcta. La Divina Presencia Constitutiva y no la sociedad es el modelo para el actuar ético. Las Sociedades, las costumbres, la cultura, la psicología individual y colectiva entre otros, son sus limitaciones y en lo que se refiere a la inmoralidad del acto sus atenuantes. El límite que encuentra la fundamentación no es sino el límite de la racionalidad humana 29. La razón por la cual en el ámbito laico se pueden construir éticas conforme a las necesidades de las sociedades e incluso de las instituciones (ética periodística, ética bancaria, etc.), se encuentra en esta Constitutiva Presencia inhabitante en todo ser humano. Aquí estaría la razón universal de la ética. Si las Naciones Unidas o los Organismos Internacionales pueden emanar normas éticas que regulen universalmente a los individuos y obtener una respuesta común es debido a la connaturalidad o coesencialidad de la ética en todo ser humano en función de la Divina Presencia Constitutiva. Dejar el razonamiento ético a mitad de camino o llevarlo a sus consecuencias últimas está en función de los intereses o de los métodos elegidos para la argumentación. Lo que sí es cierto es que el poder coercitivo, para entender la norma ética como un deber y un bien personal o social, no se encuentra en la sociedad o el Organismo que emana la norma, sino en el espíritu humano. Los seres humanos obedecemos las normas que los Estados imponen no porque sean buenas o morales –pues muchas veces esconden intereses perversos– sino sencillamente para no enfrentarnos a la ley. Es la intrínseca ética del ser humano la que hace de las sociedades, sociedades éticas, no a la inversa, aunque hay que aceptar, también que las costumbres y los hábitos sociales con sus disfuncionalidades y patologías influyen enormemente en la recta o incorrecta moral de los pueblos. No existen entonces dos éticas: una laica y otra religiosa, esto es, una amoral y en muchos casos inmoral y otra moral. Existe un ser humano constitutivamente ético. Esta constitutividad ética le viene de la Divina Presencia Constitutiva en su espíritu. Es, a nuestro parecer, F. Rielo quien ha despertado en estas últimas décadas este pensamiento dormido en la revelación, partiendo de una profunda experiencia mística. La experiencia mística en cuanto experiencia inmediata del Sujeto Absoluto, le ha llevado a la desarticulación de todo aquel pensamiento clásico que larvaba en su interior un pseudoprincipio de identidad que hacía imposible la comprensión real de la experiencia mística con carácter universal y no solo para unos pocos. Rota esta identidad en la que nos había sumergido el pensamiento, primero griego y después occidental, nos presenta la Concepción Genética del Principio de Relación. La relación, rota la identidad, nos arroja como necesidad, por los menos dos términos. Considerando que la noción más elevada de la creación es la noción de persona elevada ésta al Absoluto, nos arroja, en el orden de la razón, no menos de dos personas divinas que en inmanente complementariedad extrínseca se convierten en único Sujeto Absoluto y en el orden ontológico o místico un ser humano inhabitado en su espíritu por el mismo Sujeto Absoluto. Es así como surge una definición mística del ser humano. Definición teantrópica, esto, Dios en el ser humano con el ser humano. Rota la identidad, ya no podemos definir a la persona recurriendo a los tan actuales conceptos del ‘en sí’ o el ‘para sí’, ni tampoco podemos recurrir a la persona en sí misma o a algo constitutivamente inferior de la persona misma, como es su psicología o su biología. Tampoco podemos recurrir a la historia de la filosofía, pues las definiciones que se han dado sobre el ser humano son aspectuales, hacen referencia a algún aspecto de él, racional, social, de trabajo, lingüista, estructural, etc. Ni todas juntas ni menos una sola dan razón todavía del ser humano. Este ser humano, entonces, más que sí mismo, hay algo en él que se resiste a toda manipulación de las leyes fisicoquímicas de su biología. Esta capacidad de regular su presente partiendo de un futuro todavía inexistente, que escapa al carácter finalístico de la ciencia experimental, confirma que no podemos reducirlo a un biologismo o materialismo ingenuo. Fernando Rielo, desde esta experiencia mística, mencionada, define al ser humano como una persona en cuyo tejido único, encontramos tres estratos, un espíritu, una psique y un cuerpo. En el espíritu reside la potestad de la persona, la energía estática de la cual hecha mano para corregir las disfuncionalidades y patologías de la psique, así como, para poner orden al desorden mental y afectivo que padecen las facultades de la mente y la voluntad. Esta compenetración del Sujeto Absoluto y la persona humana hacen de este último un ser ético. Se observa, aunque sea poco lo que al respecto podemos decir en este artículo, cómo la ética no pueda prescindir de la psicología y viceversa. 30 Terminamos con estas palabras de F. Rielo: ‘Es de suma trascendencia la actitud humanista de un médico con su paciente. La misión de un médico no es tratar un cuerpo, antes bien, la enfermedad que, con fundamento biológico o físico, padece una persona humana implicándola en todo un ser con manifestación de su estado anímico, sus angustias y miedos’. 31 Notas
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