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Cuando hace algunas semanas, los organizadores
de este Congreso me pidieron que les hablara sobre el impacto de la tecnología
sobre la medicina, experimenté sentimientos encontrados. Por cierto
el primero, el de agradecimiento por el honor que se me hacía,
y el impulso personal a complacerlos aunque no fuera sino por ser estudiantes
de medicina quienes me lo pedían. Por otro lado, lo vasto del tema
y el recargo de trabajo me obligaron a prevenirlos de que no iba a poder
presentar algo que fuera muy al fondo del problema.
Tanto mi agradecimiento y mi agrado como mis prevenciones siguen intactos,
y por eso es que les ofrezco con alguna vacilación este ensayo
sobre el tema que me encargaron, pidiéndoles que disculpen alguna
superficialidad y desorden en varios puntos del desarrollo.
Por lo mismo, creo que es prudente preceder mi exposición con una
especie de sumario o resumen que permita seguirla sin perderse.
1) En el siglo XVII se planteó la idea
de que el cuerpo humano es una máquina.
Una máquina es algo así como la mejor expresión
de la técnica y la ciencia: es el aprovechamiento de las leyes
de la naturaleza de modo ordenado y sistemático. Lo mismo vale
de las máquinas que se inventan, que de los mecanismos que se
descubren en la naturaleza y que trabajan como máquinas.
2) El tratamiento del cuerpo humano como máquina ha producido
algunos de los mejores adelantos de la medicina y de los más
grandes beneficios a la humanidad.
3) Hoy día las máquinas, las técnicas que ellas
permiten, forman una vasta red de acciones interconectadas de intervención
sobre la naturaleza: las tecnologías.
4) Esa red, en la que están metidas la biología y la medicina
configura a la industria.
Esta se mueve inexorablemente bajo el impulso anónimo de la demanda,
la demanda de bienes y servicios.
En esta deriva se encuentra también la máquina del cuerpo
humano, el cual es usado como instrumento o mirado como finalidad según
los casos.
5) El avance en el conocimiento del genoma humano, y recientemente el
descubrimiento de la clonación de mamíferos adultos, ha
planteado de nuevo el problema de cuáles son los límites
de la tecnología en el cuerpo humano.
Un informe de UNESCO destaca como límite el respeto a la dignidad
humana.
6) Como una máquina no tiene dignidad, es menester pensar qué
cosa significa que el cuerpo humano tenga dignidad.
Una definición muy usada de dignidad humana, es la de Kant, de
que el hombre es un fin en sí mismo, y no puede ser instrumento
para nada.
7) Pero en una visión estrictamente técnico-industrial,
cualquier cosa puede ser instrumento para cualquier otra. Esto significa
que si el hombre tiene dignidad, hay que dirigirle una mirada distinta
de la científico-tecnológica.
8) Propongo aquí una mirada contemplativa sobre el ser humano.
Ella no excluye, ni minusvalora la mirada científico-tecnológica,
sino que la pone en una perspectiva más global.
En 1649 René Descartes publicó el
Tratado de las Pasiones del Alma. Allí se refiere reiteradamente
a nuestro cuerpo como una máquina que funciona por las interacciones
de sus diversos componentes. La expresión ‘maquina del cuerpo’
vuelve una y otra vez en el escrito para contraponerse al alma. Esta última
es mirada como si estuviera puesta junto al cuerpo, tal vez podríamos
decir para ponerlo en marcha. Al alma pertenecen en forma exclusiva los
pensamientos. Al cuerpo todo lo demás.
No sé si esto está en el origen del mecanicismo en Biología
Humana; pero es al menos una exposición muy coherente de él.
¿Por qué lo traigo aquí? Porque nos ocupamos del
impacto de la tecnología en la medicina y una máquina es
el punto culminante de la técnica –y una red de máquinas,
el de la tecnología.
Una máquina es un sistema armado o concebido de tal modo que cada
estado o disposición en que se encuentren sus partes o componentes
en algún momento, determina de alguna forma el estado en que se
hallarán algo después, y está a su vez determinado
por la disposición de las partes un poco antes. Piensen en un motor
a explosión y en las secuencias de estados en sus cilindros p.ej.
Una misma máquina puede servir a finalidades muy distintas –no
es su finalidad lo que define a la máquina: el mismo motor sirve
para mover un auto y para elevar agua: es el mismo motor si los distintos
estados de su organización se suceden de la misma manera.
Yendo un poco más allá, veremos que es posible planear y
construir una máquina, gracias a que yo sé cuáles
son las propiedades de sus partes. Esas propiedades que gobiernan la interacción
de las partes, están expresadas en leyes –leyes científicas–
y como corresponden al comportamiento de objetos naturales, las suelo
llamar ‘leyes naturales’.
Entonces uno puede decir que la diferencia entre la máquina y la
naturaleza no reside en que las leyes sean distintas en uno u otro caso,
sino en el hecho de que en la máquina El impacto de la tecnología
en la medicina 106 las leyes aparecen en toda su pureza y ordenadas. En
la naturaleza las leyes se manifiestan como espontáneamente y de
modo a menudo confuso, mientras que en la máquina ellas operan
a través del orden que le impone el trabajo humano. En la máquina
entonces el hombre ha hecho pasar a través de sí mismo las
leyes de la naturaleza, ordenándolas de una manera más clara
y más nítida que en la naturaleza misma.
Esto vale no solo de la máquina fabricada por el ingenio humano,
sino también de aquellas que son descubiertas en la naturaleza,
cuando el mismo ingenio descubre mecanismos y saca a la luz el juego de
las leyes naturales que estaba oculto. Allí se hace una selección
de las leyes naturales que son relevantes para descubrir o entender un
pedazo de la realidad. El que inventa una máquina genera un comportamiento;
el estudioso descubre una máquina en la naturaleza, ya sea ella
el movimiento de los planetas o el funcionamiento de un organismo.
En la perspectiva del cuerpo como máquina se ha andado un largo
y tortuoso camino, el que no intento reseñar. Solo diré
que –como es natural– el primer paso fue imaginarse el cuerpo
como una máquina mecánica, mientras que en el siglo pasado
se abrió paso la máquina termodinámica o termoquímica.
Fuera de la máquina quedaron mucho tiempo fenómenos como
la diferenciación, la autoorganización, el crecimiento,
y para explicarlos se recurría a distintas formas de hipótesis
vitalistas. En los últimos treinta años, el desarrollo de
nuevas formas de termodinámica y de ramas nuevas de las matemáticas
han conducido a que la organización de los seres vivos, sus procesos
de autoorganización y otros similares parezcan a lo menos abordables
sin abandonar la idea de la máquina. Los modelos –especialmente
los modelos computacionales de sistemas dinámicos complejos han
abierto caminos muy fructíferos de investigación teórica.
Pero quien dice máquina –o secuencia de mecanismos lo que
vendría a ser otra forma de decirlo– está señalando
un camino, diseñando un criterio básico –para intervenir
sobre la máquina cuando ella parece dañada.
Una máquina corriente se puede normalmente echar a andar o detener;
se la puede desarmar; se le pueden reemplazar unas partes por otras; se
la puede reparar actuando sobre los mecanismos dañados; se la puede
asociar o acoplar con otras máquinas; en fin se la puede fabricar
partiendo de sus materias primas.
Esta enumeración esboza un programa que ha sido el de la medicina
y la cirugía, y más recientemente el de la bioingeniería
y la ingeniería genética. Se ha empezado por reparaciones
parcelares de submecanismos dentro del gran mecanismo, pasando a intervenciones
cada vez más vastas y audaces, al reemplazo de partes y más
recientemente a la ingeniería genética con el trasfondo
de las cosas que se hacen ya en animales, donde la clonación ha
abierto el camino para fabricar máquinas vivientes nuevas.
Es claro que hay una diferencia entre la intervención sobre la
materia inanimada y sobre la materia viva. En principio, una máquina
inanimada se puede fabricar a partir de materias primas y modificar íntegramente
a gusto del operador. La relación con una máquina viviente
es distinta: sobre ella puedo intervenir, pero debo contar siempre con
alguna clase de reacción la que no siempre es posible de prever
o de soslayar. Mi poder sobre la máquina viva es más reducido.
Ella tiene siempre un grado de autonomía, de autode107 terminación
que la sustrae a mi entero arbitrio. Por lo mismo, las consecuencias de
mi acción sobre las máquinas vivientes pueden escaparse
a mi control y previsión: piénsese por ejemplo en los animales
y plantas transgénicos, en el producto de la intervención
genética por clonación animal o por fabricación de
quimeras genéticas, etc. (Piénsese en lo que pasa con las
máquinas ‘nucleares’ y sus consecuencias biológicas).
Todo este programa de intervenciones sobre máquinas vivas exige
un vasto conjunto de ciencias y técnicas auxiliares; pero más
allá de eso requiere el desarrollo de tecnologías que en
sí nada tienen que ver con la medicina: piensen en el registro
eléctrico, las técnicas nucleares, el procesamiento de imágenes,
etc.
Lo que esto significa, es que ya no se puede decir que la medicina use
de técnicas, sino que ella está metida en la red de la tecnología,
lo mismo que les pasa a casi todas las técnicas antiguas en su
versión moderna.
Miremos un poco. Las antiguas tecnologías estaban hechas todas
de máquinas aisladas que podían por supuesto compartir principios
físicos básicos, pero ellas no estaban propiamente enlazadas
entre sí: un molino de viento, la quilla de un barco de vela, un
plano inclinado, una polea, hasta –un día– una máquina
a vapor o una ampolleta incandescente eran hechos independientes, no se
requerían mutuamente. Lo propio de las tecnologías modernas
es que ellas forman un entrevero de técnicas y aplicaciones científicas
de las cuales el ejemplo más ilustrativo y que me ahorra mayores
detalles es el de la informática, metida en el corazón desde
los artefactos domésticos, hasta los instrumentos de navegación,
los instrumentos de diagnóstico y tratamiento en medicina, los
medios de locomoción y su control, los aparatos de guerra, etc.
Cuando miramos la máquina del cuerpo hoy, no podemos sino mirarla
metida en esa red.
Pero es evidente que la consideración del cuerpo como máquina
es como una invitación a disponer de él como tal, y en la
misma forma en que disponemos normalmente de las máquinas, ejercitando
nuestro dominio sobre ellas, ejerciendo nuestra voluntad de poder.
La máquina invita al dominio, porque ella misma es parte de un
programa de dominio de la naturaleza.
Pero el poder ¿de quién? Permítanme que me detenga
un momento sobre la simpática figura de Dolly la ovejita clonada,
y que les hable de esta clonación para tratar de entender esta
pregunta de quién mueve a la tecnología.
Ustedes saben que la llamada ‘clonación’ es en realidad
un procedimiento de transferencia de núcleo –en este caso
de transferencia de todo un cuerpo celular– a un oocito enucleado
cuando este se hallaba en la metafase II de la meiosis.
Un cultivo celular es una fuente adecuada para obtener y para seleccionar
grandes números de células –si se lo desea–
con modificaciones génicas. Hasta el día de hoy la técnica
más usada para obtener animales transgénicos ha sido tal
vez la de inyección de ADN en el oocito. Pero es obvio que el uso
de cultivos celulares como proveedores de núcleos genéticamente
intervenidos representa una estrategia que puede ser más eficaz
en órdenes de magnitud que todas las usadas hasta aquí.
(Polly).
Así por lo menos lo piensa PPL Therapeutics, industria de productos
biológicos de valor terapéutico que contribuye a financiar
el Roslin Institute cerca de Edimburgo. En el El impacto de la tecnología
en la medicina 108 instituto han tenido éxito en producir ovejas
transgénicas que secretan alfa–1–antitripsina inhibidora
de la elastasa y usada en tratamiento de enfisema y de fibrosis quística.
Han producido cabras que secretan lactalbúmina humana. Y naturalmente
el Roslin Institute no es el único. En otros sitios hay cabras
que secretan antitrombina humana y en muchas partes se está experimentando
para producir cerdos que expresen en las superficies de sus células
proteínas que inhiban la acción del complemento para evitar
la reacción aguda del rechazo en el transplante de órganos,
y llegar a sustituir así la decreciente oferta de órganos
humanos para transplantes por órganos de cerdo.
Esto es lo conseguido en animales grandes que es muy importante porque
ellos son como instalaciones biológicas industriales de cierto
volumen. Hay instalaciones miniatura, de valor preindustrial que son los
animales chicos como el ratón, en el cual el empleo de stem cell
permite obtener literalmente centenares de animales transgénicos.
En ese desarrollo, el nacimiento de Dolly y de Polly abren perspectivas
grandiosas de desarrollo.
Todo esto se parece a una industria –y lo es. Hay una inmensa industria
de los seres vivos, con todo lo que esto significa: inversión de
capitales considerables, aplicación de talentos científicos,
técnicas y descubrimientos; procedimientos de marketing, y una
despiadada competencia. La industria génica está adquiriendo
un vigor que llegará a ser solo comparable al de la informática.
La aparición de Dolly representó (en potencia todavía
–ella es la única sobreviviente de más de 250 embriones
que iniciaron el mismo camino)– representó, repito –un
golpe tecnológico mayor. (¡¡Complementado por Polly!!)–.
Es pensable que llegará el día en que cualquier animal modificado
genéticamente va a poder ser clonado, y su producción dejará
de ser una rareza de laboratorio para convertirse en una masiva invasión
de los mercados. Un día Edison demostró con un fino pelito
carbonizado que podía producir una lámpara incandescente.
Dolly es como la primera ampolleta: hay mucha investigación por
delante –como la había para llegar al filamento de tungsteno–
pero el camino ya se anduvo una vez y eso es lo decisivo.
Pero yo preguntaba ¿el poder de quién? ¿Quién
es el que mueve a este proceso en el que se confunden y entrelazan la
ciencia, la técnica, la organización, las finanzas, la lucha
por mercados, y que es lo que llamamos propiamente una industria? Lo que
mueve a la industria moderna es básicamente la demanda, y la demanda
es predominantemente anónima: frente a ella, la industria actúa
racionalizando los costos y los procedimientos.
Ocurre algo muy distinto de lo que era el caso con las antiguas técnicas,
engendradas para satisfacer necesidades más inmediatas. Esta tecnología
nueva engendra ella misma necesidades que luego piden verse satisfechas,
y luego les agregan renovado impulso a esas mismas necesidades, intensificando
el proceso por una especie de realimentación positiva.
Lo mismo que ocurre hoy en cualquier plano de la actividad humana, ocurre
con la máquina del cuerpo humano. En la red de las industrias cada
máquina es, o bien objeto o bien medio, fin o instrumento, o ambas
cosas a la vez dentro de algún grupo de procesos.
Nuestra máquina del cuerpo es sometida a reparaciones, sus partes
son arregladas o cambiadas –a veces con gran costo– pero no
sin razón, porque la salud humana es un elemento esencial de la
producción, y su daño o deterioro se mide en alguna forma
en costos, en 109 recursos que se le sustraen al sistema. La eugenesia
negativa (piensen en los niños con enfermedad de Down –piensen
que incluso la inversión en investigación en trisomía
21 ha sido disminuida porque hay maneras más económicas
de combatirlas como es la de suprimir a los portadores por el aborto).
Piensen que una buena parte de la eutanasia es asunto de costos alternativos
para la sociedad para mantener en funcionamiento esas máquinas
dañadas, tal y como acontecía en la sociedad china que eliminaba
las hijas mujeres recién nacidas porque eran económicamente
un lastre, o lo que ocurre en Brasil o la India con la esterilización
masculina por sección del deferente en que la cirugía se
transforma en factor demográfico. La misma observación la
podemos hacer en cualquier aspecto de la medicina contemporánea:
en cada procedimiento se conjugan aspectos científicos y técnicos
con costo personal y social, siendo movido el conjunto del proceso por
alguna forma de demanda que se va interiorizando en el sentir de las grandes
multitudes por medio de la fuerza de la propaganda, ella misma también
una técnica social. Dentro de ese proceso, los hombres y las mujeres
son alternativamente finalidades o instrumentos de un proceso social.
Pero cuando hablamos del origen de la vida humana, de las técnicas
de contracepción o de fertilización asistida o de eugenesia,
mañana de la clonación, o en el otro extremo, cuando hablamos
del término de la vida y nos referimos al aprovechamiento de órganos
para el transplante, o bien a la eutanasia, en todos esos casos, nos salta
a la vista que no es un trozo de la ‘máquina del cuerpo’
el que está en juego sino toda ella. Son vidas individuales las
que aparecen insertadas dentro de esta trama de medios y de fines: ellas
son aportadas para algún fin social que ellas deben llenar de modos
técnicamente acertados y económicamente racionales. He enumerado
cosas que llamaríamos negativas y cosas que llamaríamos
benéficas. Lo que me importa destacar aquí es que hay una
actitud general que se infiltra y que es la racionalidad industrial aplicada
al ser humano, el cual es no solo objeto de la medicina, sino también
instrumento para que a través de la medicina él llene un
rol instrumental en esta sociedad de medios y de fines.
La demanda industrial es básicamente un poder anónimo, el
poder de la multitud.
Pero ya Nietzsche decía que las multitudes se han hecho para hacer
aquellas cosas a las que los hombres individualmente no se atreven. Y
la demanda industrial llega a mostrar como indispensables cosas ante las
cuales habríamos retrocedido horrorizados hace poco tiempo, o a
la inversa nos muestra como cosas exigibles de puro obvias a cosas que
hace una generación habrían parecido la más loca
fantasía.
Enfermedad, salud, costos, calidad de vida, despliegue técnico,
investigación científica, forman parte del complejo sistema
de decisiones de la medicina moderna, los que le son impuestos por su
inserción en un desarrollo industrial gigantesco.
Yo sé que esta descripción puede parecer muy extrema y desalmada.
No pretendo que ella dé cuenta de todo el proceso médico
ni muchísimo menos. Pero creo que ella muestra al menos una parte
de la tendencia que le imprime la tecnología a la medicina de hoy.
Y así vemos que la historia nos lleva a que el ‘cuerpo máquina’
sobre el cual creíamos tener poder se ha transformado en una parte
de esa corriente inmensa que nos es ajena y cuyo flujo nos arrastra. Y
creo que es el momento de pensar si esta noción del ‘cuerpo-máquina’,
tan útil, innegablemente tan benéfica, tan fecunda en resultados
positivos para la humanidad, no debería ser puesta en otra perspectiva.
El impacto de la tecnología en la medicina 110 Yo entiendo por
supuesto que la noción del ‘cuerpomáquina’ ha
dejado siempre intranquila a muchísima gente y a muchísimos
médicos, pero ella alcanzaba una fuerza muy grande porque se juntaba
aparentemente bien con ideas muy queridas como son la de progreso y la
de libertad de investigación: es obvio que estas dos ideas son
parte esencial de la civilización tecnológica.
Ahora nos sentimos algo perplejos. Y para describir esa perplejidad vuelvo
a la ovejita Dolly.
Su nacimiento (ocurrido a mediado de 1996) fue anunciado ‘oficialmente’
en Nature el 27 de febrero de 1997. El 4 de marzo el Presidente Clinton
dio una conferencia de prensa, y puso el hecho en paralelo con el desarrollo
de la energía nuclear. Más todavía, frente a este
descubrimiento técnico tan hermoso y cargado de promesas, Clinton
dijo que ‘muchos de nosotros se sentirían perturbados al
pensar que podríamos ser clonados’, y llamó a la suspensión
de numerosas líneas de investigación.
Estas declaraciones no estaban movidas por temor a una oveja. Lo que había
tras ellas era el horror, la fascinación, el temor, por la posible
fabricación mañana de seres humanos.
Es que Dolly no era solo un avance científico: era un símbolo
del destino humano.
Era como un anuncio del poder de la tecnología en biomedicina:
anunciaba la posibilidad de transformar en medida nunca pensada el mundo
de las cosas vivas, el poder de fabricar máquinas humanas a pedido
y a medida, y de arrebatarle a cualquiera -–hombre o mujer–
su derecho a mantener como ‘no disponible’ su propio patrimonio
genético.
Hace poco más de cincuenta años que Oppenheimer en el desierto
de Nuevo México, al mirar la primera explosión del artefacto
atómico que él había contribuido a diseñar
y fabricar dijo que ese día los físicos habían conocido
el pecado. De modo menos espectacular o dramático, aunque muy bullado
en la prensa, la oveja Dolly nos dice que los biólogos y médicos
han llegado a ver que hay límites necesarios que imponerle a su
propia curiosidad.
Una exposición interesante de estos límites la daba un documento
elaborado en gran parte antes de la clonación, que es el informe
del Director General de UNESCO fechado solo ayer, en julio de 1997 y destinado
a ser presentado a la 29. Sesión de la Conferencia General de la
UNESCO. Es un proyecto de declaración sobre el genoma humano.
No tengo tiempo sino de tomar uno o dos puntos de este escrito importante.
Allí se dice que los derechos y libertades del hombre se asocian
a la dignidad humana...
expresión de esta, es la libertad de investigación que no
podría en consecuencia nunca llegar a menoscabar aquella dignidad.
No puede aceptarse ningún avance científico que sea a costa
de la dignidad humana.
El saber, el conocer ha sido siempre tenido por un bien y por expresión
de lo más alto que el hombre tiene; pero la investigación
se hace para saber, y si se la coarta, es al saber al que se está
coartando.
¿Escándalo? Pensemos un momento en cuál es la forma
de saber que usa la ciencia. Ella valida sus conclusiones normalmente
en el experimento. De tal modo que no se sabe si una afirmación
científica sobre el cuerpo humano es verdadera si no se la ha probado
en el experimento sobre el cuerpo humano, y eso es lo que limitaría
lo que es lícito saber sobre éste.
Frente al ser humano –viene entonces a decir la UNESCO– la
sacrosanta libertad de investigación tiene un límite. Y
ese límite es la dignidad humana.
Pero ¿qué es lo que entienden por dignidad humana? Lo probable
es que los redactores del documento hayan tenido a la vista el concepto
de dignidad que propuso Kant: ‘En toda la creación se puede
usar cualquier cosa como medio... solo el hombre... es fin en sí
mismo...’ Todos sentimos que esa pretensión de que no podemos
ser instrumentos de nadie, es lo más propio e irrenunciable de
nuestra condición humana.
Para que la ‘dignidad humana’ no sea una expresión
vacía de contenido, ella debe comprender algunas condiciones o
actividades que me son muy fundamentales, que están indisolublemente
ligadas a mi existencia, en su íntima unidad, y que participan
entonces en mayor o menor medida de esa dignidad: así el trabajo,
la libertad, la procreación, las relaciones interpersonales, son
acciones que participan de esa dignidad: básicamente no pueden
ser instrumentalizadas.
¿Qué decir entonces de mi cuerpo? ¿Se agota mi consideración
sobre él al decir que es una máquina? ¿o sea que
es un objeto, que puede ser usado tanto como instrumento cuanto como fin?
Parece obvio que no. En teoría al menos yo puedo ser dueño
de cualquier objeto.
Puedo decir que tengo esto o lo otro. ¿Pero puedo decir en el mismo
sentido que tengo un cuerpo? Inmediatamente me pueden replicar: ¿y
quién eres tú, el que tiene un cuerpo? No existe un yo que
sea dueño, que pudiera ser dueño de mi propio cuerpo, sencillamente
porque mi cuerpo es inseparable de la unidad de mi yo. Lo cual significa
que si la persona tiene dignidad, y la dignidad es participada por aquellas
cosas o atributos que le son más propios, el propio cuerpo es tal
vez lo primero que tiene dignidad, que no puede ser instrumentalizado.
Entonces el cuerpo no es una pura máquina, porque no tiene sentido
atribuirle dignidad a una máquina: no existe ninguna prueba experimental
ni evidencia sensible imaginable de que yo tenga dignidad, y de que como
consecuencia, este cuerpo (que efectivamente es una máquina, que
funciona como tal) tiene dignidad. Aquí salimos por fuerza del
terreno del mecanicismo, y más allá de eso, del terreno
de la ciencia natural, que vive de pruebas sensibles y datos experimentales.
Se abre otro camino al pensamiento. Porque hay otros modos de mirar la
realidad que tienen de común entre sí que ellos no esperan
comprobación experimental o sensible, sino otras formas de verificación.
La reflexión filosófica es un ejemplo típico.
Yo quiero intentar ahora una excursión por uno de estos caminos
que puede adelantarnos en esta cuestión que investigamos. Este
camino lo escojo porque creo que desde él se ilumina la cuestión
de la medicina.
Hay una experiencia básica del ser humano que es la de sentirse
responsable hacia otros, ante los otros, y esperar que ellos sean responsables
ante mí. Una vida social fecunda no puede desenvolverse sino sobre
la base de esta responsabilidad mutua, la que viene a ser como la condición
previa de muchas de las cosas que más altamente valoramos: la ciencia,
el arte, la técnica. Por supuesto que esta responsabilidad por
el otro –que deja muy atrás a los límites de cualquier
mecanismo– está en la base de la medicina. Hipócrates
El impacto de la tecnología en la medicina 112 le prescribe al
médico que dondequiera que él entre, lo haga por el bien
del enfermo– o sea por el bien de alguien que puede estar todo lo
venido a menos que se quiera, pero que es uno ante quien soy responsable,
a quien le reconozco dignidad. El médico es el que se hace cargo
de otro, el que responde por el otro –aun antes de que lo llegue
a conocer, cuando se está preparando por el estudio y la reflexión
para ser digno de esa responsabilidad.
Hay un viejo cuento de un hombre a quien un naufragio arrojó a
una isla desierta, y que ha estado largo tiempo solo y abandonado, siempre
alerta por el peligro de las fieras o de los elementos. Un día,
andando como de costumbre en soledad, descubre la huella de un pie humano
en la arena de la playa. Se siente sacudido hasta lo más íntimo.
¿Será una amenaza?, ¿será una compañía?
No hay cómo saberlo, pero ya el mundo del solitario se ha visto
transformado. Por ahí anda uno que está confiado a su responsabilidad,
tal como él lo está a la suya. La huella en la playa es
como un rostro silencioso que le oculta un mundo, un universo, enteramente
ajeno. Cuando en la vida cotidiana yo tomo conciencia de que el rostro
del otro, tal como el pie sobre la arena guarda un mundo de posibilidades
infinitas, desde ese instante yo puedo acompañarlo con respeto
y ayudarlo con las armas de la técnica para que encuentre su propio
camino.
Para tener conciencia de la realidad del otro, tengo que renunciar a usar
de él, tengo que tomar la actitud de la que hablaba Kant sobre
la persona humana, que es siempre un fin en sí misma, y nunca un
instrumento. Como ustedes comprenden, esta es una actitud bien distinta
de la que es normal en la ciencia natural. Esta recurre a la experimentación,
a la intervención sobre la naturaleza. Solo puedo saber con certeza
aquello que puedo comprobar con mi intervención. Pero para la experiencia
de la que estoy hablando es requisito indispensable que yo renuncie a
cambiar esa realidad conforme a mi propio programa.
Este conocimiento del que estoy hablando es lo que se llama la contemplación,
el conocimiento contemplativo. Contemplar a un ser humano es tan banal
–parece– como respirar. Empieza por ser una simple mirada
que se posa en el objeto, sin pretender analizarlo o entenderlo, sino
haciéndose cargo de su realidad y su misterio. Es una forma de
atención apacible dirigida a la cosa, en este momento a la persona.
Esto difiere grandemente del modo habitual de conocer –tanto del
que podríamos llamar práctico como del estrictamente científico.
Porque en estos últimos casos, lo fundamental es que esta cosa
que estoy enfrentando es un individuo que comparte las características
de un grupo: precisamente son esas características comunes las
que busca establecer el conocimiento científico y las que fundamentan
la posibilidad de mi acción práctica. En un lenguaje técnico,
decimos que son individuos que tienen la misma naturaleza. El conocimiento
contemplativo en cambio ni se dirige ni se fundamenta en la naturaleza,
sino en la concreta e irreemplazable realidad del individuo al que enfrento.
Ni necesito decir que la aproximación contemplativa no niega ni
cuestiona la verdad o la validez de la científica. Eso sería
un disparate que esterilizaría la acción médica.
Lo que hace la contemplación es tomar conciencia de la concreta
realidad del que recurre a la acción médica.
Hijos como somos de este siglo pragmático, no podemos esquivar
la pregunta: si la contemplación no es capaz de cambiar la realidad
¿para qué sirve? La respuesta es muy sencilla: la contemplación
no cambia a la cosa, pero me cambia a mí. A medida de que el contemplativo
toma conciencia del misterio que guarda toda realidad, la conciencia que
él tiene de sí mismo se hace más profunda y más
clara, y cambia por lo tanto mi actitud hacia el otro.
Como se ve, el camino de la contemplación tiene un sentido como
inverso del que sigue el conocimiento científico. Este último
encuentra su objeto, lo coge lo más firmemente que puede con miras
a modificarlo o utilizarlo en alguna dirección; lo analiza, lo
diseca, lo compara, se va adentrando en su comportamiento y en las relaciones
recíprocas de sus partes, y se siente cada vez más convencido
de que sabe más sobre la cosa, porque es capaz de usarla mejor.
En ese camino se llega a veces a olvidar qué cosa era el objeto
que primero se tocó. Este se diluye en las explicaciones que se
dan sobre él.
La contemplación no se opone a ese camino, no lo desmiente y no
niega su utilidad.
Se limita a desandarlo. Su esfuerzo consiste precisamente en ir abandonando
todo deseo de usar o de controlar a su objeto, en ir retrocediendo por
decirlo así hasta recuperar la gratuidad y la pureza del primer
contacto. En ese proceso no puedo sino cambiar yo mismo. Es un cambio
no programable, pero real, y es por eso que tantos le tienen miedo a la
contemplación porque no saben a dónde los lleva, mientras
que quien se queda en la pura verdad tecno-científica, piensa que
se instala en un dominio de la realidad sin riesgo.
En la vida de San Francisco de Asís se relata el episodio estremecedor
de cuando besó al leproso. El solo ver el misterio del otro más
allá de la podredumbre de su rostro, fue el camino del encuentro:
y el encuentro –no hay que olvidarlo jamás– es el camino
del médico.
Quien mira con espíritu contemplativo se pone a sí mismo
en riesgo. Porque aborda a la otra persona, no por controlarla y manejarla,
sino que simplemente la toca porque la persona es, y al tocarla se deja
interpelar por ella. Y este dejarse interpelar por el otro simplemente
porque es –así sea el más infeliz, inútil o
débil de los hombres– es lo que forma el núcleo de
la acción médica, impide que ella se deje sumergir por la
técnica, y por el contrario, pone la técnica al servicio
del otro.
De esta mirada contemplativa sobre el hombre habla Juan Pablo II en la
Encíclica Evangelium Vitae. ‘Es la mirada de quien no pretende
apoderarse de la realidad, sino que la acoge como un don, descubriendo
cada cosa como un reflejo del Creador, y en cada persona su imagen viviente.
Esta mirada no se rinde desconfiada ante quien está enfermo, sufriendo,
marginado o a las puertas de la muerte; sino que se deja interpelar por
todas estas situaciones, y precisamente en estas circunstancias encuentra
en el rostro de cada persona una llamada a la mutua consideración,
al diálogo y a la solidaridad.’ La mirada contemplativa sobre
el hombre no me descubre ninguna novedad sobre la máquina del cuerpo:
cuando doy esa mirada llego a saber sin embargo que esa máquina
es como el sostén o el receptáculo de un misterio cuyo solo
contacto es capaz de cambiarme de raíz y disponerme a una verdadera
comunión. La fuerza turbulenta de la tecnología se transformará
entonces en un agua apacible en cada lugar donde al hombre le demos la
libertad de ser ‘sí mismo’ sin querer utilizarlo.
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