|
1. No quiero aquí ocuparme de la ética
como una teoría de la acción, sino de la ética como
manera de valorar las acciones humanas. Quiero intentar un desarrollo
que toque directamente a la Ética Médica.
La preocupación por la ética ¿corresponde a la fuerza
de una moda o a la de la realidad? Yo creo que corresponde a una necesidad,
provocada por el cambio radical en la forma de la existencia humana que
acompaña a este fin de siglo.
2. ¿Qué cosa caracteriza a las intervenciones médicas
modernas? Su gran eficacia y poder.
La entrada de innumerables técnicas de
diagnóstico, de tratamiento, de organización, con la tendencia
a racionalizar todo el proceso, incluyendo eventualmente los costos y
la sobrevida. El imperio del método tecnocientífico es la
fuente de los éxitos, de los fracasos y de las perplejidades de
la medicina contemporánea.
Pero ¿en qué se diferencia una acción tecnocientífica
cualquiera de una en el campo de la biomedicina?
1.En este último caso la acción
se ejerce siempre sobre un sistema. En general, es imposible recurrir
a la ficción (que es, p. ej., habitual en los estudios de física)
de que se estaría jugando con un número muy pequeño
de factores que pueden tratarse como si fueran independientes entre
sí.
2. Siempre es un sistema autorregulado. Por eso es que los efectos son
difíciles de predecir. Un sistema autorregulado, amplifica la
respuesta, la amortigua o la ramifica en efectos colaterales, a veces
más importantes que el central.
Cuando se dice que se está seguro de los
resultados, es que se está recurriendo a alguna maniobra que ha
sido muy ensayada. Un medicamento, p. ej., es sometido a infinidad de
pruebas antes de ponerse en uso. Pero nadie puede prever los efectos de
una si ella no ha sido ensayada previamente, porque los efectos colaterales
son imprevisibles: piénsese, p. ej. en los efectos carcinogenéticos
o sobre el desarrollo corporal que han tenido tantas drogas, cuando nadie
se lo esperaba.
Los efectos inesperados llegan hasta a hacer historia: los anticonceptivos
hormonales han sido decisivos en la crisis demográfica en Europa
y en la invasión subsiguiente de mano de obra musulmana; los antibióticos
han cambiado la distribución etaria de la población, y tienen
que ver hasta con la presión actual por la eutanasia.
La acción sobre sistemas complejos autorregulados, que requiere
de muchas pruebas, enfrenta ahora decisiones sobre consecuencias que no
admiten ensayos: Chernobyl, Hiroshima, ingeniería genética.
La frontera genética.
Enfrentamos, no el seudofuturo de un experimento, sino un futuro verdadero.
Esta circunstancia es un llamado a una extrema prudencia y un recuerdo
de nuestra responsabilidad.
Pero, responsabilidad ¿ante quién? Si los efectos de nuestra
acción se sitúan muy lejos ¿quién nos la va
a cobrar? La víctima no existe hoy día y el victimario (o
sea nosotros) no existirá mañana.
Hay un caso extremo que se puede usar para ilustrar el asunto, y es el
de una posible destrucción futura de toda la humanidad.
Yo creo que todos sentimos que eso sería perverso, aun cuando no
fuera cobrable.
Sentimos que es nuestra responsabilidad evitar que eso acontezca. Creo
que es porque pensamos que la existencia de la humanidad es un bien, un
bien en sí, como pensamos que el medio ambiente es un bien en sí,
y que tenemos que defenderlo aunque no vayamos a estar allí para
gozarlo ni para sufrirlo Y eso significa que espontáneamente nos
inclinamos a pensar que hay cosas que son realmente buenas; que existe
entonces un orden ético real.
La tecnología le pone entonces urgencia a la pregunta por la ética.
Pregunto ahora: ¿Qué significa la tecnología para
el hombre? Y contesto, para empezar, que ella no es tanto un instrumento
como una forma de vida.
Se suele oír decir que la técnica es un instrumento, que
en sí es neutro, y que para calificarlo éticamente hay que
ver si se lo usa para bien o para mal. Creo que esa manera de ver, aun
teniendo verdad, se queda corta. Me gustaría arrojar una mirada
sobre este mundo de la tecnología para mostrar hasta qué
punto nos penetra y condiciona.
Comparemos a un hombre de hoy con alguno de tres siglos atrás.
Este se hallaba puesto en un mundo en contacto continuo con la naturaleza,
y se entendía con ella por medio de algunos instrumentos que eran
como extensiones de sus propias capacidades y eran aplicados subordinándolos
a algún fin determinado.
Miremos a un hombre de hoy día. Miremos un poco su jornada real.
Cualquier profesional, un médico, p. ej. Lo despierta la radio,
enciende la luz, echa a correr el agua (por supuesto potable) de la ducha,
se lava los dientes con productos industriales, le da el gas a la cocina,
saca la leche del refrigerador; baja a la calle en ascensor, toma el Metro
(o su automóvil) y sube por la escala mecánica y luego por
ascensor a su oficina; tal vez consulte su correo electrónico,
se instala a trabajar con teléfono, fax y todo lo demás.
Todavía no ha empezado el trabajo de verdad en el cual va a recurrir
a instrumentos –a cosas que él identifica como instrumentos–
como pueden serlo los de un cirujano. Pero mucho antes de empezar a usar
lo que él llamaría sus instrumentos se ha movido de modo
ininterrumpido por una espesa selva de complicadas instalaciones tecnológicas:
una que falle, la electricidad, el transporte o las comunicaciones, y
el señor se encuentra en un aprieto que compromete varias o muchas
de sus actividades, y tanto el interesado como nosotros tomamos conciencia
de que se ha estado moviendo en un mundo ‘fabricado’, en una
especie de ‘naturaleza fabricada’. Todo este tiempo en que
lo hemos seguido, sus acciones las ha desarrollado gracias a un acostumbramiento
previo, en un medio que le ha llegado a ser tan ‘natural’
como lo era la ‘naturaleza’ para su antepasado, o el bosque
o la pradera para un animal. Esta profusión de maravillas tecnológicas
no es un instrumento para él, sino una forma de vida.
Puede por cierto renegar de ella y aislarse como lo hacía un anacoreta
en el desierto en el siglo IV. Pero eso va a ser excepcional.
Sin quererlo, sentirlo, ni saberlo, él (que es cualquiera de nosotros)
está colocado, ‘arrojado’ en este laberinto técnico,
el cual cambia, se modifica y lo modifica a él, sin preguntarle
nada, poniéndole nuevos medios para satisfacer nuevas necesidades
que la misma técnica ha suscitado, que la tecnología social
de la propaganda ha acicateado y que la tecnología de la producción
le pone a su alcance. ¡Cuáles serían las protestas
de médico y paciente si el anestésico, el analgésico,
el antibiótico de que se dispone no fueran los adecuados! Incluso
la muerte, como no sea la muerte en la más extrema ancianidad,
tiene un dejo de fracaso cuando antes era cosa del destino. Nos proponemos
fechas para la evolución feliz o fatal hasta de las más
graves dolencias. Y al vencer a tantas enfermedades, la medicina ha llegado
hasta a alterar el rol de la selección natural en el camino de
la especie humana.
No hace tanto tiempo que el ambiente que habitábamos era un ambiente
natural, y que nuestras reacciones y los problemas cotidianos que enfrentábamos
eran los que se habían fijado por milenios, y a los cuales la especie
se había ido adaptando.
Pero al ambiente de ahora no hay historia biológica ni cultural
que nos haya preparado.
En cierta forma nos pasa a todos que ‘ya no estamos en casa’.
Están de baja las utopías, ideas de conjunto sobre la organización
de la sociedad; están de baja las predicciones a largo plazo de
la evolución social que eran propias de las ideologías.
El camino de la tecnología es otro: ella trabaja aplicando mecanismos
simples a los fines más variados. El éxito obtenido en tantas
ocasiones induce a la humanidad a pensar que lo fundamental en esta nueva
naturaleza que la confronta es el mecanismo, y mientras más simple
sea el mecanismo, más flexibilidad tiene y más posibilidades
ofrece. La humanidad de hoy privilegia el descubrimiento y aplicación
de mecanismos sencillos como reemplazo de las grandes ideas; jugar combinando
chips, más bien que confiándose en planes maestros. Estas
formas de simplificación se advierten en todas las esferas: la
economía descansa sobre mercados que funcionan con el mecanismo
sencillo de maximizar beneficios; la política con el mecanismo
igualmente simplificado de hacer recuentos de votos. Instrumento y símbolo
de esta disposición es el rol del dinero, que se transforma en
una manera de medir y comparar las diferencias aunque ellas sean cualitativas.
Cada día conmueve a menos personas la obvia afirmación de
que el máximo de beneficio de la aspiración de hoy día
no es lo que garantiza la felicidad, ni de que una mayoría de votos
no tiene necesariamente nada que ver con el acierto en la decisión,
ni de que el hecho de que dos cosas valgan el mismo dinero no las hace
comparables.
Pero si se privilegian los mecanismos, uno entra a habitar en el mundo
de los instrumentos: Primero, el ambiente que nos rodea son instrumentos,
cada uno de los cuales sirve para algo, para algún producto. Instrumentos
y productos, que son a su vez nuevamente instrumentos para productos.
No es lo mismo que pasaba con el ambiente natural: las cosas podían
ser usadas para algo, pero el sentido de un árbol no era la leña,
por mucho que ella fuera uno de los posibles destinos del árbol.
Había petróleo por supuesto, pero no tenía el sentido
unívoco de elemento industrial que tiene hoy día. Entonces,
ahora, a fuerza de estar rodeados de instrumentos, tendemos a creer que
todo es instrumento, incluso las cosas más naturales del ambiente.
El bosque es para hacer astillas, el sexo es para el placer, el campo
para producir; incluso el hombre para ser moldeado por la propaganda y
condicionado a consumir lo que él mismo produce, a llenar necesidades
que él mismo se inventa.
Segundo, un mundo en el que todo es ‘para’ algo, todo es instrumento,
es un mundo en el que ninguna cosa tiene en sí consistencia. Todas
son para lograr otras y así en forma indefinida. En la medida en
que un objeto es alcanzado, él plantea necesidades nuevas de las
que se sabe que la técnica vendrá a superarlas: hay como
una infinidad de circuitos de feed-back positivos que transforman nuestro
mundo y le imprimen un carácter de impermanente e imprevisible.
Tercero, el desarrollo del ambiente tecnológico se hace autónomo
respecto de cada hombre, e incluso respecto de la humanidad. Es por eso,
que más que de un instrumento, se debe hablar de un ambiente en
el que uno está inmerso y con el cual interactúa. Un ejemplo
muy sugerente es Internet. Un sistema de comunicación que empezó
siendo una red circunscrita, de propiedad del Pentágono, que pasó
luego a universidades y a la NSF, y que de repente adquirió un
desarrollo tan explosivo que en realidad no es de nadie, en el sentido
en el que antes decíamos que algo es tuyo o mío.
Cuarto, el desarrollo científico-tecnológico es siempre
ambiguo. Baste recordar la historia trágica de la dinamita; las
dos caras del auge del petróleo; la energía nuclear; el
perfeccionamiento médico y el encarnizamiento terapéutico.
Pero estas características tienen una influencia decisiva sobre
el modo de pensar.
Cualquier cosa de nuestra experiencia es abordable científicamente;
y entonces se piensa de modo espontáneo que la única forma
de conocer es la científico-técnica. La tecnociencia tiene
espontáneamente una tendencia notablemente invasora: relega y minusvalora
todas las otras formas de conocimiento: si hay algo que no sea científicamente
conocido y técnicamente abordable, ya pronto lo será.
Nos da la impresión de que la cisión tecnocientífica
da cuenta de todo. Pero allí hay un engaño sutil. Si escojo
acercarme a los objetos como si fueran mensurables, aptos para ser utilizados,
lo único que voy a encontrar en ellos va a ser aquello que tienen,
que es utilizable. Si después me digo que no hay otra cosa, la
verdad es que me estoy engañando: hice la selección a la
partida y luego escogí un método que no podía llevarme
sino a donde me llevó.
No quiero sugerir que esto sea un cuadro completo del mundo espiritual
de hoy; pero no hay duda que tiende a extenderse una concepción
puramente instrumental de la vida humana y de la naturaleza en general.
Frente a ella se levantan reacciones de rechazo, a veces fragmentarias
e incoherentes, pero muy abruptas. Todos percibimos la existencia de esas
formas de posición voluntarista o sentimental que caracterizan
al rechazo del imperio de la tecnociencia.
Hay sin embargo formas de conceptualización muy interesantes que
también expresan el rechazo a una visión puramente instrumental.
Son las visiones holísticas de la realidad. Vivimos, p. ej., una
época de profunda preocupación por el medio ambiente al
cual se concibe a veces como un gran todo, el que incorpora también
al hombre. Una visión unitaria de algo que no es instrumentalizable
por definición. Recuerden la hipótesis de Gaia: una visión
científica muy contemporánea de la Tierra como un gran organismo.
(Lovelock).
Hay como una profunda y difundida intuición de que por útil
y valiosa que sea la visión tecnocientífica, aquello que
es realmente ‘único’ irreemplazable, se le escapa por
completo.
Pero no tenemos experiencia de nada que sea más verdaderamente
único que el hombre o la mujer que es cada uno de nosotros. Y lo
mismo que experimentamos acerca de nosotros tenemos que reconocerlo a
los demás. Nos damos cuenta de que el hombre en su principal medida,
en lo que le es más propio y único, se escapa de la aproximación
de la tecnociencia, que se dirige siempre al caso general, mientras que
el hombre tiene como primer dato, irreductible, irrenunciable, este de
ser ‘este hombre o esta mujer’, ser único, universo
en compendio.
Es claro que yo puedo medir, experimentar, reproducir, sistematizar muchas
cosas sobre el ‘ser humano’, y que puedo reflexionar filosóficamente,
contemplativamente sobre el ‘ser humano’: todo eso me conduce
a afinar sobre la ‘naturaleza humana’ que llamaban los filósofos,
o sea sobre aquello que todos los hombres tienen de común, lo que
‘comparten’. Quod intellectu capi possit.
Pero no debo olvidar que cuando hablo del hombre, estoy antes que nada
hablando de uno cuya más propia característica es la de
ser único, como yo. De tal modo que hay algo fundamental que digo
de él –de cada uno– no del grupo, que lo digo también
de mí. No conozco a un hombre, a este hombre si no le reconozco
esta condición mía de ser único en su individual
mismidad.
Este reconocimiento es condición necesaria para el conocimiento
de los otros como otros, y el reconocimiento recíproco es la base
necesaria para la sociedad humana, para todo intercambio humano, para
la tecnociencia misma. Y no hay ente alguno terrestre con el cual yo pueda
tener esta relación recíproca de reconocimiento: yo a él
y él a mí. Y esto es lo que distingue fenomenológicamente
el abordaje a ‘lo único en el hombre’ de cualquier
ente global, de cualquier visión holística. Solo el hombre
me habla, a él solo le hablo.
Reconocer al hombre en una calidad especial, significa reconocerle un
sitio cualitativamente diferente de todos los otros seres que conozco:
y eso es lo que llamamos decir que tiene dignidad. Al reconocer su dignidad,
reconozco la mía. Como dice Ratzinger, el otro es ‘el guardián
de mi dignidad.’ En ese momento, el ser humano, el ‘animal
racional’, se me revela bajo un aspecto distinto, que es lo que
llamamos ‘persona humana’, sujeto de responsabilidades éticas
y objeto de responsabilidades éticas hacia mí.
Soy responsable de que los otros sean. No puedo ocultarme eso: soy la
guarda de mi hermano.
Al hablar del reconocimiento, de la responsabilidad, parece que nos hubiéramos
salido del dominio de la tecnociencia, y hay siempre una tentación
de calificar esto como una caída en lo irracional. Lo irracional
es por el contrario creer que un producto de la existencia humana como
es el conocimiento científico va a ser más vasto, va a abarcar
más que la existencia que le dio origen. ‘Hic homo intellegit’.
Desde muy antiguo se ha observado que hasta el conocimiento tiene como
fuerza impulsora al deseo: ‘Todos los hombres desean por naturaleza
saber’, dice el propio Aristóteles al introducir los libros
de la Metafísica. Y el deseo introduce en la consideración
del mundo, como factor esencial, uno que es distinto de todas las formas
de conocimiento: introduce o supone la valoración de las cosas.
Supone el valor positivo, el bien de lo que se apetece, de lo que se desea.
Un hombre que conociera o actuara sin apetecer sería un hombre
al que le faltaría una dimensión porque no podría
valorar: en último término, no podría decir de lo
bueno que es bueno y de lo malo que es malo. Esa dimensión no se
la da el conocimiento abstracto ni el aprovechamiento de determinados
medios para determinados fines, sino el reconocimiento de la atracción
(o de la repulsión) que sobre él ejercen las cosas que enfrenta.
Tiene en su inicio el valor de una experiencia.
Allí está la raíz de lo ético que en la palabra
de Paul Ricoeur es el deseo de la vida buena con los otros y por los otros
dentro de instituciones justas.
El deseo de la vida buena con los otros y por los otros dentro de instituciones
justas.
Con los otros y por los otros. Eso es la relación interpersonal
que es fácil de entender.
Instituciones justas se refiere a ese tipo de relación hoy omnipresente,
en el que yo actúo sobre otros a los que no conozco ni veo, de
quienes nada sé sino que son hombres como yo. Son las acciones
sociales de las cuales la medicina es un ejemplo.
Instituciones justas, una medicina justa son las que procura y realiza
la virtud de la justicia: dar a cada cual lo suyo, lo que le corresponde.
Y entonces al fin, atendiendo a nuestro tema: la ética médica
se refiere a lo interpersonal y también a lo social, justamente
porque la ética está arraigada en una disposición
fundamental del hombre que es la de desear lo bueno, y en una evidencia
inescapable que es la de la vida con los otros, y la responsabilidad por
ellos.
Lo que resulta evidente es que la enseñanza o más bien el
aprendizaje de la ética comprende mucho más que lo que habitualmente
nos figuramos: más y distinto. La ética se ha transformado
en muchos sitios en una especie de guía para la convivencia, que
deja en la penumbra cualquier forma de fundamento más firme y que
se entretiene más bien en buscar consensos.
Pero hay allí una injusticia. Los hombres tienen derecho a saber
de mi pensamiento madurado. Negárselos equivale a negarle a cada
cual lo suyo.
El mundo no es propicio a que se le impongan ideas; pero no puede dejar
de necesitar que se le propongan. Y en ese sentido, una propuesta ética
definida, que parta de la base de la dignidad de la persona humana, es
una necesidad biológica de la sociedad.
Uno puede retraerse de entrar en ella por varias razones. Primero, porque
está a la vista que cualquiera acción humana tiene consecuencias
muy disímiles: el mejor de los actos lleva un lastre de error o
fracaso posible. En un mundo tecnológico son cada vez más
escasas las oportunidades en las que uno puede decir con buena conciencia
que lo que hace es realmente indiferente.
Así se toca a un aspecto muy central en la vida del hombre. Nuestras
acciones son siempre imperfectas, el fracaso nos acecha en cada vuelta
del camino, las consecuencias imprevisibles de nuestros actos nos acompañan
y acompañan a toda la humanidad. Lo que no podemos sacrificar ni
olvidar es nuestra responsabilidad, nuestra condición de personas,
donde a pesar de nuestra aparente fragilidad comparece el punto fuerte
de anclaje.
Esa innegable condición límite de nuestra contingencia es
también la raíz más segura de nuestra esperanza,
a la que me referiré en un momento.
Entonces, ¿qué debe procurar la enseñanza de la ética
médica? Por ahora diré solo que la puerta de entrada a la
ética, y por lo tanto a la ética médica es la reflexión
sobre la condición humana. No haremos mejor ética médica
porque agotemos listados de problemas emergentes por importantes que ellos
sean. El deseo que mueve a la ética es el de la vida buena, el
fin de la medicina, desde Platón está en el bien, en último
término en la consideración, estudio, contemplación
de lo que es verdaderamente apetecible para el hombre, y eso no se puede
hacer sin una comprensión más cabal de lo que es el hombre.
La bioética pone a la medicina en la encrucijada, allí donde
se intersectan todos los caminos, de las ciencias naturales, de la antropología,
de la teología, de las ciencias sociales.
El nuevo florecer de la ética lo pone a uno en medio de un gran
desafío que afrontan los hombres desde todos lados: el de dar cuenta
de sí mismos, el que transpuesto a lenguaje cristiano significa
dar razón de nuestra esperanza.
Una pregunta muy importante para nosotros es qué cosa le puede
agregar a la bioética el ser enseñada en una Facultad de
Medicina de una Universidad Católica.
Un dato fundamental de la fe sobre el hombre es que somos creaturas. Nuestra
existencia nos es dada. No es ni un azar, ni una imposición, ni
un destino. Es un don. Porque ella nos es dada, nuestra existencia tiene
siempre algo de misterio para nosotros: Ella no nos es radicalmente comprensible
en el discurso ni tampoco nos es lícito modificarla a nuestro arbitrio
por el juego de la técnica.
Ser creatura significa básicamente tener un sentido que nos es
dado. Y en la fe cristiana, el sentido de nuestro ser hombres, el misterio
de nuestra humanidad se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado.
Sabemos que aprendemos de Jesucristo, que somos sus discípulos.
Pero el discipulado es otra cosa que un saber intelectual, es una participación
gratuita de su existencia. Saber esto que sabemos es una gracia que nos
es dada para iluminar las vidas de otros; porque la luz verdadera ilumina
a todo hombre, y por lo mismo todas las inteligencias están llamadas
en principio a tomar conciencia de la gracia que las habita.
La noción de creatura nos da la verdadera medida de nuestra irremediable
e innegable fragilidad. Estamos al mismo tiempo entregados a la decadencia
y a la muerte y abiertos a la resurrección gloriosa. Ese es el
tesoro que llevamos en nuestros vasos de barro.
Nuestra muerte es la semilla de nuestra resurrección. Nuestra glorificación
junto a Dios no es la de cualquier cosa sino precisamente la de este cuerpo
mortal. Nuestras perplejidades, nuestras dudas y sufrimientos no son signos
de un destino ciego, sino como el anticipo de la forma de nuestra propia
resurrección.
|