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| La fatiga o cansancio es uno de los síntomas más frecuentes en Medicina y a menudo el más ambiguo. En ocasiones está vinculada a cambios bioquímicos o histopatológicos musculares o neurales que reducen la capacidad para generar fuerzas y configuran enfermedades específicas (por ejemplo la miastenia gravis). Otras veces corresponde a un sentimiento de cansancio, de disconfort o de reducción de la capacidad de resistencia en las actividades laborales y de la vida diaria. También se habla de fatiga mental, que es descrita en la Clasificación Internacional de las Enfermedades (CIE-10) como "la presencia desagradable de asociaciones o recuerdos que distraen al individuo, de dificultades para concentrarse y en general de falta de rendimiento del pensamiento". Esta condición puede ser sólo una consecuencia de un prolongado esfuerzo físico o mental, lo cual es una situación transitoria común para todos y aceptada como una reacción normal. Sin embargo, cuando síntomas similares persisten sin existir factores que lo justifiquen, la persona lo siente como una enfermedad. Debe enfatizarse que en la mayoría de quienes se quejan de fatiga no se encuentra una pérdida de las fuerzas musculares. Mientras las personas con paresia por una enfermedad muscular o neural están incapacitadas para realizar determinadas actividades, la fatiga solamente las hace más difíciles. Como es bien sabido, prácticamente cualquiera enfermedad orgánica puede acompañarse de fatiga, como muchas enfermedades psiquiátricas, especialmente la depresión. Sin embargo, en los últimos 10 años ha surgido una gran controversia acerca de si constituyen un grupo aparte aquellos pacientes en que no hay una afección orgánica que la explique, como hipotiroidismo, cáncer, anemia, esclerosis múltiple, lupus, etcétera, así como tampoco hay, en sus evaluaciones psiquiátricas, elementos suficientes para justificar el diagnóstico de depresión u otra afección definida. Es decir, es controvertido si puede existir un sentimiendo de cansancio por períodos extensos sin estar asociado a enfermedades orgánicas o psiquiátricas específicas. Ya en la psiquiatría del siglo pasado a estos pacientes se les asignó una denominación diferente de la depresión, como veremos más adelante. Volviendo a la actualidad, las primeras publicaciones que analizan este problema, no desde la perspectiva psiquiátrica sino somática, incluían pacientes que habiendo tenido una enfermedad viral, como la mononucleosis infecciosa, o sintomatología basal propia de una gripe, persistían por meses y años con un estado de fatiga. Posteriormente se agregaron casos similares en sus síntomas, pero en quienes el antecedente de una enfermedad desencadenante faltaba. Estos últimos han pasado a constituir la mayoría. Si bien sólo a mediados de la década del 80 se hicieron frecuentes las publicaciones que describían un cansancio prolongado después de una enfermedad aparentemente viral, ya antes se habían descrito algunos "brotes" o "epidemias" de pacientes con fatiga prolongada, que hacían presumir su origen en un agente infeccioso o ambiental. A estos se agregaban casos esporádicos descritos bajo extrañas denominaciones como "neuromiastenia post infecciosa esporádica", encefalomielitis miálgica o, en casos de aparición después de una enfermedad de Epstein Barr, como el síndrome de mononucleosis crónica. En 1987, la División para las Enfermedades Virales del Centro para Control de las Enfermedades de Atlanta realizó un encuentro para llegar a una conclusión respecto a estos pacientes. El grupo dudó que la afección por el virus de Epstein Barr y el cuadro llamado monucleosis crónica tuvieran una relación, y lo redenominaron síndrome de fatiga crónica (SFC) definiendo sus características. Había dos criterios mayores y 14 criterios menores, exigiéndose 8 de éstos. Criterios similares fueron propuestos en grupos de estudio reunidos en Nueva Zelandia en 1987 y Australia en 1988. A partir de ese año, ya se publicaron estos casos bajo la denominación de SFC. Se planteó que estos pacientes presentaban además de fatiga algunos déficit neuropsicológicos y, en muchos casos, una depresión. En 1990 se reunió un grupo multidisciplinario en Gran Bretaña a reflexionar sobre este cuadro, que se había publicado con diferentes denominaciones. Sin pronunciarse si correspondía o no a una sola entidad, recogieron grupos de pacientes con similar sintomatología y que se habían dado a conocer bajo las denominaciones de:
Se establecieron, en dicha reunión, algunos criterios de consenso. Si bien los síntomas consistían en cansancio, mialgias, alteraciones del humor, del sueño, de la concentración y memoria, se estableció que no existía ningún signo clínico característico de esta condición. Se definió el síndrome de fatiga crónica como aquel en que la fatiga era el síntoma principal, pero debía ser de comienzo definido y no de toda la vida. Esta fatiga debe ser severa, invalidante y afectar las funciones físicas y mentales, ocurrrir más del 50% del tiempo y por un mínimo de 6 meses . Conviene señalar que en un estudio un 25% de los pacientes referían permanecer en cama o encerrados e inhabilitados para trabajar y un 33% podía trabajar sólo a tiempo parcial. Se agregó que suelen ocurrir otros síntomas, particularmente mialgias y trastornos del sueño y del humor. Los criterios de exclusión eran la presencia de alguna enfermedad establecida y reconocida que causara fatiga, la presencia de una enfermedad siquiátrica como esquizofrenia, enfermedad maníaco depresiva, drogadicción o una enfermedad orgánica cerebral. La presencia de ansiedad o depresión se estimó que no implicaba necesariamente su exclusión (quienes no creen en el SFC estiman que si hubieran excluido los casos de depresión se habrían quedado sin casuística). Un subtipo de este síndrome, denominado síndrome de fatiga crónica post infecciosa, se reservaba a aquellos casos en que junto a los criterios anteriores se agregaba la existencia de una infección, al inicio de la fatiga, corroborada por exámenes de laboratorio. Los pacientes con un SFC con frecuencia describen el inicio de los síntomas después de una infección respiratoria o gastrointestinal, sin haberse hecho un diagnóstico definitivo de esta enfermedad inicial. En varios estudios se encontró que los pacientes presentan títulos de anticuerpos altos para el virus de Epstein Barr, pero otros, ulteriores, no mostraron diferencias significativas en relación a personas sanas. También hay publicaciones que han encontrado títulos altos de anticuerpos para el virus Herpes tipo 6 (causante del exantema súbito infantil), con una diferencia estadísticamente significativa comparada con controles, en los cuales también la mayoría los tiene altos. También se ha encontrado en algunas publicaciones que estos pacientes tienen altos títulos de anticuerpos para enterovirus (coxsackie). En 1991 se reunió un grupo de trabajo patrocinado por el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos (NIMH), junto al Instituto Nacional para Enfermedades Alérgicas e Infecciosas, para reestudiar los criterios de diagnóstico del SFC. Sus conclusiones iban dirigidas a corregir algunas del Centro de Control de las Enfermedades (CDC) de 1987. Fueron excluidos aquellos con sicosis, abuso de drogas y con fatiga que tenía una causa aún presente y definida. Se incluyó pacientes con fibromialgia, con fatiga post infecciosa de una enfermedad conocida pero ya adecuadamente tratada o que debería haberse recuperado (enfermedad de Lyme, brucellosis, mononucleosis infecciosa, citomegalovirus, toxoplasmosis) y pacientes con depresión no psicótica. Se estimó que no existía ningún examen de laboratorio válido para confirmar el diagnóstico de SFC y sólo eran útiles para eliminar otros. Las recomendaciones eran así similares a las del panel que se realizó en 1990 en Gran Bretaña y eliminaba los tres criterios que eran parte del examen físico en la definición de 1987, que eran fiebre, linfoadenopatías y faringitis. Por último, en 1994 se reunió un grupo internacional de estudio del SFC, formado, entre otros, por investigadores de las instituciones que habían realizado las reuniones mencionadas. Estimaron que el criterio de fatiga crónica se debía basar sólo en la autoafirmación del paciente y ésta debía durar más de seis mses. Se eliminó así la exigencia que esta fatiga causara una reducción de la actividad en más de un 50%. También eliminó algunos criterios menores como la fiebre, en cuanto a síntoma, y exigió la presencia de sólo cuatro de los ocho criterios menores (Tabla 1).
A continuación haremos una síntesis de los síntomas y exámenes complementarios investigados en relación a este cuadro.
Referencias escogidas1. Buchwald D. Fibromyalgia and Chronic Fatigue Syndrome: Similarities and Differences. En: Controversies in Fibromyalgia and Related Conditions. Rheumatic Disease Clinics of North America 22 (2): 219-243: 1996. 2. Cope H., David AS. Neuroimaging in Chronic Fatigue Syndrome. J. of Neurol. Neurosurg. and Psychiatry 60: 471-473, 1996. 3. Moss-Morris R., Petrie KJ., Laarge RG., Kydd RR. Neuropsychological Deficits in Chronic Fatigue Syndrome: Artifact or Reality? J. of Neurol. Neurosurg. and Psychiatry 60: 474-477, 1996. 4. Joyce E., Blumenthal S., Wessely S. Memory, Attention and Executive Funtion in Chronic Fatigue Syndrome. J. of Neurol. Neurosurg. and Psychiatry 60: 495-503, 1996. 5. Klonoff D. Chronic Fatigue Syndrome. Clinical Infectious Diseases 15: 812-823, 1992. 6. Vercoulen JHMM., Swanink CMA., Fennis JFM., Galama JMD., van der Meer JWM, Bleijenberg G. Prognosis in Chronic Fatigue Syndrome: A Prospective Study on the Natural Course. J. of Neurol. Neurosurg. and Psychiatry 60: 489-494, 1996.
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