La obesidad es un síndrome de etiopatogenia multifactorial caracterizado
por un aumento del tejido graso. Esta anormalidad de la composición
corporal se acompaña de variadas manifestaciones patológicas.
Así, la Conferencia de Consenso del NIH, USA 1985, señala:
"la obesidad está claramente asociada con hipertensión, hipercolesterolemia,
diabetes mellitus no insulino dependiente y aumento de algunos cánceres
y otros problemas médicos...". En consecuencia, esta patología
en forma directa o a través de sus enfermedades asociadas, reduce
las expectativas de vida de quienes la padecen.
Diversos estudios han analizado el impacto de la intensidad de la obesidad
en la mortalidad. En la Tabla 1 se muestra el incremento del riesgo en
poblaciones de ambos sexos y en la Tabla 2 su expresión por algunas
patologías en hombres, publicados por la American Cancer Society.
Los mayores aumentos de morbimortalidad se producen en obesidades moderadas
o severas (IMC >30 kg/m2), es decir con sobrepesos mayores al 20% del
peso aceptable. En magnitud, el mayor efecto se observa en el incremento
de las enfermedades cardiovasculares, que como es sabido, constituyen
la primera causa de muerte en muchos países, incluyendo Chile.
Tabla 1
Mortalidad según variaciones de peso, siendo 100 para los
pesos promedios
(Ref. 4)
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Sobrepeso
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HOMBRES
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MUJERES
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20%
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121
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123
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30%
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137
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138
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40%
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162
|
163
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50%
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210
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Tabla 2
Incremento del riesgo, según obesidad en hombres considerando
100 para los pesos promedio (Ref. 4)
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Peso 20% sobre promedio
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Peso 40% sobre promedio
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| Enfermedad coronaria |
128
|
175
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| Ac. vascular cerebral |
116
|
191
|
| Cáncer |
105
|
124
|
| Diabetes |
210
|
300
|
| Todas las causas |
121
|
162
|
Enfermedades cardiovasculares
Ha sido motivo de controversia si la obesidad por sí misma es
un factor de riesgo independiente de cardiopatía coronaria ateroesclerótica
o ejerce su influencia como un elemento condicionante de otros factores,
especialmente hipertensión arterial, diabetes y dislipidemias.
El estudio de Framingham demostró prospectivamente que por cada
10% de incremento del peso, la presión arterial aumenta 6,5 mmHg,
el colesterol plasmático 12 mg/dl y la glicemia 2 mg/dl. La controversia
para aceptarla como un factor de riesgo independiente se debe, entre
otros aspectos, a diferencias en los diseños, especialmente en
el tiempo de observación epidemiológica y en la edad de
ingreso de los individuos en estudio. El impacto es mayor cuando se
incorporan individuos jóvenes (menores de 40 años) y especialmente
cuando el análisis se realiza en poblaciones con seguimientos
mayores a 10 años. Así, Keys encontró en 1972 que
la obesidad en hombres de poblaciones europeas y norteamericanas, se
comportó como un factor de riesgo independiente de cardiopatía
coronaria, pero que la mitad de su efecto era mediado por incrementos
de colesterol, de la presión arterial e intolerancia a la glucosa.
Raskin (1977) en el estudio de Manitoba en una población de hombres
jóvenes, demostró que el IMC fue predictor de enfermedad
coronaria ajustando por edad y presión arterial, sólo
después de 16 años de seguimiento. Hubert (1983) analizando
la población de Framingham, también encontró una
asociación independiente luego de diez años de observación,
demostrando que en hombres la incidencia de enfermedad cardiovascular
se duplica en sujetos con índice de peso relativo mayor a 130
al compararlos con los con índice menor a 110. En consecuencia,
el concepto más aceptado en la actualidad, como señala
Pi-Sunyer, es que si bien existe controversia en aceptar a la obesidad
como un factor de riesgo independiente de enfermedad coronaria, la evidencia
más importante orienta a que tiene un efecto a largo plazo y
que éste es mucho más notorio en presencia de otros factores
asociados como hipertensión, dislipidemia y diabetes.
La distribución de la grasa corporal es un elemento adicional
en la relación de obesidad con ateroesclerosis y su asociación
con los factores antes señalados. Vague (1947 y 1956) demostró
que en obesidad de predominio toracoabdominal había mayor frecuencia
de intolerancia a la glucosa, dislipidemia, hiperuricemia e hipertensión,
con aumento del riesgo cardiovascular. Esto ha sido corroborado por
varios autores y con diversas denominaciones, como el "cuarteto de la
muerte" de Kaplan (1989), consistente en obesidad toracoabdominal, intolerancia
a la glucosa, hipertrigliceridemia e hipertensión arterial. Aunque
Reaven no consideró a la obesidad en la descripción de
su síndrome X (hiperinsulinemia, intolerancia a la glucosa, hipertensión
y dislipidemia), un aumento de la grasa visceral y especialmente la
obesidad toracoabdominal se asocia al Síndrome de Resistencia
a la Insulina condicionando un Síndrome Plurimetabólico
con elevado riesgo cardiovascular.
Hipertensión Arterial
La asociación entre obesidad e hipertensión arterial
es un hecho frecuente. Stamler describe la prevalencia de hipertensión
en una población norteamericana cercana a un millón de
personas, determinando que los obesos entre 20 y 39 años presentan
el doble y entre 40 y 64 años un 50% más de hipertensión
que los sujetos de peso normal. Hay estudios longitudinales que demuestran
que el aumento de peso produce un significativo incremento de la presión
arterial, mientras una baja de peso de pacientes obesos reduce las cifras
tensionales.
Los mecanismos patogénicos no son claros, pero se ha postulado
que la obesidad podría explicar esta asociación al generar
resistencia insulínica, con la consiguiente hiperinsulinemia.
La insulina reduce la excreción renal de sodio y a través
de ello podría expandir el volumen extracelular y la volemia,
aumentando el gasto cardíaco y la resistencia periférica,
que son los principales componentes reguladores de la presión
arterial. Además, la hiperinsulinemia aumenta el tono simpático
y altera los iones intracelulares (retención de Na y Ca y alcalosis),
lo que aumenta la reactividad vascular y la proliferación celular.
Todo lo anterior favorece la hipertensión, sin embargo hay argumentos
que discuten el rol de la hiperinsulinemia, como son algunas experiencias
en animales y la ausencia de hipertensión en pacientes con insulinomas.
A pesar de todo, es un hecho indiscutible que una de las medidas más
efectivas para mejorar la hipertensión en un individuo obeso
es la reducción del peso. Más aún, en pacientes
con dietas hipocalóricas muy restrictivas debe vigilarse la aparición
de hipotensión ortostática.
Diabetes mellitus
La experiencia clínica y epidemiológica ha demostrado
una indiscutible asociación entre obesidad y diabetes mellitus
no insulino dependiente e intolerancia a la glucosa. Grados moderados
de obesidad puede elevar el riesgo de diabetes hasta 10 veces y el riesgo
crece mientras mayor es la intensidad de la obesidad. También
se relaciona al tipo de obesidad, en cuanto a la distribución
de la grasa corporal, siendo mayor en obesidad de tipo toracoabdominal.
Los estudios de sensibilidad a la insulina y de clamp euglicémico
son concordantes en demostrar que la obesidad genera una resistencia
a la insulina. Esto se debe a un defecto de acción insulínica,
especialmente a nivel postrreceptor, demostrada especialmente en el
músculo esquelético. La resistencia a la insulina genera
una hiperinsulinemia compensadora, con sobreestímulo de las células
beta del páncreas y también una reducción del número
de receptores periféricos a la insulina (fenómeno de down
regulation). Si esto se conjuga con un defecto genético o adquirido
de secreción insulínica, aparece una intolerancia a la
glucosa y posteriormente una diabetes. Por otra parte, la hiperglicemia
de ayuno es consecuencia de una mayor producción hepática
de glucosa que no es suficientemente inhibida por la insulina. La mayor
liberación de ácidos grasos libres desde el tejido adiposo
que tiene el individuo obeso (fenómeno que incluso es más
acentuado en la obesidad de distribución abdominal y visceral)
estimula la neoglucogenia hepática, que emplea sustratos de 3
carbonos para su producción.
En síntesis, en la patogenia de la diabetes mellitus no insulino
dependiente, que es la forma de diabetes primaria más frecuente,
la obesidad es el factor ambiental más relevante y posible de
prevenir y modificar. A su vez, la reducción de peso de un diabético
obeso mejora notoriamente su condición metabólica, facilitando
el control de la glicemia y de la dislipidemia al reducir la resistencia
insulínica, como ha sido reiteradamente demostrado. Por ello,
es de la mayor importancia el tratamiento y en lo posible la prevención
de la obesidad, para a su vez prevenir el desarrollo de diabetes.
Otras medidas tendientes a disminuir la resistencia insulínica
en obesos son el ejercicio físico, evitar drogas que acentúen
la resistencia (betabloqueadores no selectivos, diuréticos) y
probablemente el uso de un nuevo tipo de drogas como la troglitazona
que están en investigación clínica. Esta es una
thiazolidinediona que aumenta significativamente la sensibilidad a la
insulina en tejidos periféricos (músculo esquelético),
aumentando la utilización de la glucosa, y en el hígado,
reduciendo la producción de glucosa. De esta forma disminuye
la resistencia, se reducen los niveles de insulina, con menores necesidades
de producción de la hormona. La hipótesis, que aún
está por demostrar, es que con ello se evitaría el desarrollo
de intolerancia a la glucosa y posteriormente la diabetes.
Dislipidemias
Entre las causas más frecuentes de dislipidemias secundarias
destaca la obesidad. Ello se asocia al síndrome de resistencia
insulínica frecuentemente observado con el exceso de tejido graso,
más aun cuando hay una distribución toracoabdominal o
visceral.
Lo más frecuente de observar es una hipertrigliceridemia, con
aumento leve del colesterol total, pero con una notoria disminución
del colesterol de HDL (y por consiguiente un aumento de la relación
colesterol total / colesterol HDL). El incremento de triglicéridos
se debe a una mayor síntesis hepática (proveniente de
un aumento de la oferta de ácidos grasos libres en un estado
de hiperinsulinemia por resistencia insulínica). Aumenta la secreción
de VLDL y por ello lo destacable es la hipertrigliceridemia. La reducción
del colesterol de HDL es explicable por la hipertrigliceridemia, ya
que en estas circunstancias, y por transferencia intravascular de lípidos,
las HDL reciben triglicéridos y aceleran su catabolismo a través
de una mayor actividad de la lipasa hepática. Por otra parte,
algo similar sucede con las LDL, que reciben triglicéridos, son
metabolizados parcialmente por la lipasa hepática y se transforman
en LDL pequeñas y densas, que tienen un mayor potencial aterogénico
(mayor susceptibilidad a la oxidación y menor afinidad con los
receptores apo B).
Mucho se ha discutido en relación a considerar a la hipertrigliceridemia
como un factor de riesgo de ateroesclerosis. La mayoría de los
estudios muestran una relación entre riesgo cardiovascular e
hipertrigliceridemia, pero su impacto disminuye en los análisis
multivariados. Recientemente, estudios de metanálisis tienden
a demostrar que los triglicéridos elevados constituyen un riesgo
en población general y mayor aún en diabéticos
y en mujeres. Independientemente de si los triglicéridos son
o no un factor de riesgo, su asociación a déficit de HDL
y producción de LDL pequeñas y densas con una interrelación
fisiopatológica demostrada, explican el incremento de riesgo
en estos pacientes.
Un aumento del colesterol de LDL no es un hecho frecuente entre los
obesos. Sin embargo, ello puede observarse en casos de una asociación
con una dislipidemia genética (ejemplos: hipercolesterolemia
familiar, dislipidemia familiar combinada) o secundaria a hipotiroidismo
o a una dieta alta en grasas saturadas y colesterol.
La reducción de peso en los obesos dislipidémicos se
asocia a una mejoría notoria de la dislipidemia, con disminución
de los triglicéridos y aumento del colesterol de HDL. Si la respuesta
es parcial y más aún si hay otros factores de riesgo asociados,
se debe plantear una terapia farmacológica apropiada al tipo
de dislipidemia presente. En el caso de hipertrigliceridemia con déficit
de HDL, los fibratos siguen siendo una excelente alternativa y probablemente
las thiazolidinedionas también sean efectivas, ya que el mecanismo
fundamental subyacente es la resistencia insulínica con hiperinsulinemia.
Conclusión
La obesidad es un factor muy relevante en la patogenia de
la diabetes mellitus no insulino dependiente, de dislipidemias secundarias
y de hipertensión arterial. El aumento del tejido graso, especialmente
con distribución tóraco-abdominal-visceral, genera o acentúa
una insulinorresistencia, con la consiguiente hiperinsulinemia, produciéndose
un síndrome plurimetabólico que es el nexo común
en un número significativo de pacientes que elevan así su
riesgo cardiovascular (Figura 1). Esto se modifica sustancialmente con
la corrección de la obesidad, teniendo en cuenta que en lo posible
ella se debe evitar estimulando hábitos de vida saludable desde
la edad infantil.
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Figura 1. Síndrome de resistencia insulínica
y su relación a obesidad.
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Referencias
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Mellitus and Cardiovascular Disease. Ed.: C.J. Schwartz y G.V.R. Born.
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y T. Van Itallie). The Guilford Press 1992, p 213-230.
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