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De la vida de Celso se sabe muy poco. Era un patricio romano,
culto, inteligente, sensible y de estilo depurado a juzgar por
la única obra que se conserva de él: el imponente
tratado De re medica, Sobre la medicina, que formaba
parte de su obra enciclopédica De artibus, Sobre
las artes. A decir de los historiadores, De medicina es
el tratado médico más completo, coherente y homogéneo
que se conserva de la antigüedad. Parece que Celso no era
médico de profesión, pero que había aprendido
medicina. Son numerosas sus observaciones aparentemente originales,
entre ellas, la descripción del cuadro clínico de
la apendicitis. Curiosamente este diagnóstico no aparecerá en
los registros de mortalidad hasta 1880. A los patólogos
todavía les asombra la hazaña de Celso de haber abstraído
de ese fenómeno tan multiforme, la inflamación, los
signos que se tienen hasta hoy por cardinales. Celso afirma: en
verdad los signos de la inflamación son cuatro: tumor y
rubor con calor y dolo. Pero veamos algunos pasajes de su famoso
Proemio que describen muy bien las distintas corrientes de esa época:
La ciencia de la salud era considerada originalmente parte
de la filosofía, de manera que tanto la cura de las enfermedades
como la contemplación de la naturaleza nacieron entre
las mismas autoridades; a saber, entre los que la buscaban con
mayor afán...
Y en esa misma época la medicina fue dividida en tres
partes, de manera que una era la que curaba mediante la dieta;
la segunda, mediante los medicamentos y la tercera, mediante
la mano. A la primera llamaron los griegos "dietética";
a la segunda,
"farmacéutica" y a la tercera, "cirugía". Por otra
parte, los autores lejos más ilustres de esa rama que cura
las enfermedades mediante la dieta, tratando de examinar aun más
profundamente ciertas cosas, reclamaron para sí también
el conocimiento de la naturaleza, puesto que sin él la medicina
quedaría como trunca y debilitada.
Así pues, los que profesaban la medicina racionalista
afirman que es necesario el conocimiento de las causas ocultas
que envuelven a las enfermedades; luego, el de las causas evidentes;
después de éstas, también el de las acciones
naturales y, finalmente, el de las partes internas.
Laman causas ocultas aquellas en que se busca de qué
principios se compone nuestro cuerpo, qué causa nuestra
buena o mala salud. Creen, pues, que es imposible que aquel que
ignore de dónde provienen las enfermedades pueda saber cómo
curarlas.
Afirman por otro lado que frecuentemente se dan también
nuevos géneros de enfermedades, sobre las cuales la práctica
hasta aquí nada ha descubierto; pero es necesario advertir
de dónde se originan, sin lo cual ningún mortal
podría descubrir por qué debe usarse esto más
que aquello.
Por otro lado, aquellos que por basarse en la experiencia se
denominan a sí mismos "empíricos", admiten como
necesarias, sin duda, las causas evidentes, pero afirman que
la búsqueda de las causas ocultas y de las acciones naturales
es superflua porque la naturaleza no es comprensible.
Dicen que hasta los filósofos podrían ser los
más eminentes médicos si esto dependiera del raciocinio;
sin embargo, aquellos sobreabundan en palabras, pero desconocen
el arte de sanar.
Ellos dicen que la medicina, ni siquiera en sus inicios, fue
deducida a partir de estas investigaciones, sino que a partir
de la experiencia.
Después de encontrados ya los remedios, dicen, los hombres
comenzaron a discutir sobre sus razones: la medicina, según
ellos, no fue inventada después del razonamiento, sino
que, una vez inventada la medicina, se buscó el razonamiento.
Puesto que estas cosas han sido a menudo tratadas por los médicos
en muchos volúmenes y enconadas discusiones, y lo seguirán
siendo, conviene agregar cuáles pueden aproximarse más
a la verdad. Estas ni concuerdan totalmente con una u otra opinión
ni tampoco se apartan demasiado de ambas, sino que ocupan un
lugar intermedio entre diversos pareceres: lo cual puede advertirse
en la mayoría de las controversias que buscan la verdad
sin ambición, como en este asunto mismo.
Y algunos médicos de nuestro tiempo...sostienen que
el conocimiento de causa alguna sirve de algo para las curaciones,
y que basta observar ciertas cosas comunes de las enfermedades.
Pues de éstas hay tres géneros: uno constreñido,
el segundo relajado y el tercero mixto. Y los metódicos
no han añadido nada a la doctrina de los empíricos,
sino que le han quitado algo, porque los empíricos observan
muchas cosas, y éstos, en cambio, sólo las más
fáciles y las más vulgares.
En el primer siglo d.C. se afianzó también otra
corriente, la de los neumáticos, que, sin dejar de
ser humoralistas, asignaban al estado y acción del aire
dentro del cuerpo particular importancia en la génesis de
las enfermedades. El pneuma que llegaba a los pulmones se
distribuía por las arterias después de alcanzar el
corazón. También penetraba al cerebro. Era un prinicipio
vital impulsor, nutritivo y refrigerante, cuyo estado se apreciaba
en el pulso. A consecuencia de una discrasia de los humores, podía
aumentar, disminuir o descomponerse y así, ser causa de
enfermedad.
De esta manera, en esa época coexistieron explicaciones
de la génesis de la enfermedad relacionadas con los tres
estados de la materia: con el substrato sólido del cuerpo
en los atomistas, con el líquido en los humoralistas y con
el gaseoso en los neumáticos. Y así se llega al siglo
II d.C., en que se encuentra Galeno. |
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