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En España, durante los reinados de los últimos monarcas
de la Casa de Austria, que abarcaron todo el siglo XVII, florecieron
las artes y la filosofía, las ciencias decayeron, se cauteló
la observancia de la fe católica, la Inquisición
actuó
con severidad. España se aisló del resto de Europa,
el comercio decayó. Las disposiciones de la corona prohibían
a los españoles y americanos estudiar en universidades fuera
de las del Reino, y a los extranjeros, establecerse en los dominios
de España, salvo con un permiso, que costaba una fortuna.
El siglo XVII en Chile fue reflejo de España de entonces,
con una Iglesia poderosa, guía de la vida espiritual, pero
un estancamiento en las ciencias y medicina y pocos progresos materiales.
La Inquisición también actuó en Chile, pero
con menor rigor que en España. Fue, además, un siglo
de catástrofes. Hubo cinco epidemias de viruela, la de 1619
causó estragos en la población de Santiago. Una de
las epidemias ocurrió en 1647, el mismo año del terremoto
de mayo, que sepultó a un cuarto de la población
santiaguina. No fue el único terremoto del siglo.
La medicina reinante era la de Galeno, Rhazes, Avicena e Hipócrates.
Entre los médicos se distinguían, según supieran
o no, latín, los latinos, y los romancistas.
Se había introducido el uso de la pomada de mercurio en
el tratamiento de diversas lesiones cutáneas, entre ellas,
las luéticas. Salvo esto, esa medicina en poco o nada aventajaba
a la araucana. Sólo a fines del siglo XVII se practicó,
con fines médico-legales, la primera autopsia que se conoce
en Chile.
En el siglo XVII se cuentan en total 36 médicos en Chile,
algunos permanecieron en el país sólo un mes; otros,
dos décadas. Por decenio hubo 1 a 8 médicos en Chile;
en algunos períodos de hasta nueve años, no hubo
ninguno. En las últimas décadas los hospitales de
Valdivia, Concepción y La Serena no tuvieron médicos.
Sin embargo, hubo progresos atinentes a la medicina: la actividad
de órdenes religiosas llegadas el siglo anterior, particularmente,
los Hermanos de San Juan de Dios y los jesuitas; la fundación
del Hospital de San Juan de Dios en Santiago, el suministro de
agua potable en Santiago.
En 1617 el Hospital de la Virgen del Socorro recibió el
nombre de San Juan de Dios y pasó a ser regentado por los
hermanos de esa orden. A la sazón, el hospital tenía
un sitio enorme, con un frente de ocho cuadras extendido entre
las actuales calles San Francisco y Portugal. Se inició así
el cuidado de los enfermos por religiosos en Chile. En el siglo
XVII trabajaron allí en total 15 médicos. Fue el
hospital público más importante de Chile hasta 1890.
En 1823 fueron desalojados del hospital los hermanos de San Juan,
en 1944 el hospital, con casi cuatro siglos de historia (Laval),
fue demolido. El lugar de su nuevo edificio lo ocupó hasta
1939 el primer hospital de niños que hubo en Chile: el Hospital
Roberto del Río.
Los jesuitas se instalaron en Santiago en el lugar que ocupa el
edificio del ex Congreso Nacional. Allí fundaron la Universidad
de San Miguel en 1622, casi simultáneamente los domínicos
creaban la Universidad de Nuestra Señora del Rosario. Ambas
universidades pontificias eran similares, con dos facultades: de
Arte y Teología, en que se enseñaban teología,
escolástica, filosofía, gramática y literatura.
Se disolvieron en el siglo siguiente con la creación de
la Universidad de San Felipe. Los jesuitas formaron una botica,
la mayor del país y de mucho beneficio social; trajeron
la primera imprenta, tuvieron una gran biblioteca y trabajaron
la tierra.
En 1672 se inaguró la pileta Santa Ana de la Plaza Mayor
(hoy Plaza de Armas) con agua potable traída de la quebrada
de San Ramón. Hasta entonces se bebía el agua del
río Mapocho, pero ésta no cumplía con las
condiciones de agua potable, a saber, de ser dulce, incolora
e inodora. Poco menos de un siglo después se terminaría
el acueducto.
A fines del siglo XVII Santiago tenía alrededor de 8.000
habitantes y mantenía la misma extensión que en el
siglo anterior.
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