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En 1700, con Felipe V, nieto de Luis XIV, la corona de España
pasó a los Borbones y la política hispana cambió:
España se abrió a la Ilustración, se fomentaron
las ciencias y el comercio, disminuyeron las trabas para el ingreso
a las Colonias de personas y libros extranjeros, menguó el
poder de la Inquisición.
Una consecuencia del Absolutismo Ilustrado en España, que
vio en el patronato un derecho inherente a la corona, fue, tras
una campaña de desprestigio, la expulsión de los
jesuitas de los dominios españoles, decretada por Carlos
III. Ella aconteció en Chile en 1767. Se suprimía
así
una gran fuerza cultural. Los jesuitas que abandonaron Chile eran
más de 350, entre ellos, dos chilenos de renombre: el abate
Molina, ilustre naturalista, y el padre Lacunza, eminente exégeta
y astrónomo. Por orden real sus bienes fueron enajenados,
vendidos o distribuidos a diversas instituciones. Los restos de
la botica pasaron al Hospital San Borja; los de la biblioteca,
a la Universidad de San Felipe.
El siglo XVIII fue Chile una época relativamente próspera
y apacible, la época de las tertulias, del refinamiento,
de la influencia francesa. La Guerra de Arauco entraba en parlamentos.
Se suprimieron las encomiendas. Llegaron vascos, castellanos y
navarros y otros europeos; se formó la aristocracia castellano-vasca.
Hubo varias expediciones a Chile, entre ellas aquella en participó
Tomás Dover, cirujano inglés, discípulo de
Sydenham, a la isla de Juan Fernández, donde rescató
al marinero Selkirk, que había permanecido en ella cuatro
años. De ahí, la historia de Robinson Crusoe. Dover
inventaría más tarde los polvos que llevan su nombre
a base de opio e ipecuacana.
Pero no dejó de haber terremotos, epidemias e inundaciones.
Sin embargo, el terremoto de 1730 en Santiago sirvió para
renovar casas y edificios. Se construyeron la Catedral de Santiago,
la Casa de la Moneda, los Tajamares, el puente de Cal y Canto.
Gran renovador de la arquitectura fue el italiano Joaquín
Toesca y Rechi. A fines del siglo XVIII comenzó el alumbrado
público.
En 1738 se creó nominalmente la Universidad de San Felipe,
que empezó a funcionar en 1756. Estaba ubicada entre las
calles San Antonio y del Chirimollo (hoy Moneda), en la manzana
del actual Teatro Municipal. Así se inició la enseñanza
de la medicina en Chile, separada de la cirugía. El título
conjunto de médico-cirujano se estableció en el papel
en 1833 con la creación de la Escuela de Medicina del Instituto
Nacional. En la Universidad de San Felipe el plan de estudios comprendía
4 años de Prima Medicina -complementada con las clases de
Vísperas-, que conducían al título de Bachiller,
y dos años de práctica en el Hospital San Juan de
Dios, con los que se optaba al título de Doctor. Los exámenes
eran en latín. La materia de Prima Medicina era todo teórica,
y era tratada por un solo profesor, en clases diarias de una hora
y media, desde septiembre a marzo.
Los exámenes eran en agosto. Había vacaciones de
invierno y verano. El examen al cabo de los seis años consistía
en el pique de puntos: un niño introducía un puntero
entre las hojas de un texto de estudio, y el candidato debía
disertar 8 días después sobre la materia contenida
en las hojas abiertas. Los textos eran de Galeno, Avicena, Hipócrates
y Piquer. En Chile durante esa época no hubo Cátedra
de Anatomía. A pesar de la llegada de algunos buenos médicos
extranjeros, la profesión médica siguió menospreciada.
Desde su creación hasta 1810, en 54 años, en la Universidad
de San Felipe se graduaron sólo 7 médicos: cuatro
doctores y tres bachilleres. El primer chileno que recibió
el título de Doctor en Chile fue Fray José Matías
Verdugo en 1764. Ejerció en el Hospital San Juan de Dios;
falleció prematuramente.
El primer profesor de Prima Medicina fue el médico irlandés
Domingo Nevin, el más ilustre de los médicos extranjeros
llegados a Chile en ese entonces. Fue decididamente de la opinión
del carácter contagioso de la tuberculosis, concepto novedoso
para la época. Las disposiciones establecieron que el profesor
de Prima Medicina pasaba a ser Protomédico. De manera que
al crearse el protomedicato en Chile, el doctor Nevin recibió
aquel nombramiento.
Discípulo del doctor Nevin fue el chileno Fray Pedro Manuel
Chaparro, el médico más eminente de esa época
en Chile y que, sin embargo, no recibió todos los reconocimientos
que merecía. No fue protomédico. Era un gran administrador
de hospitales, introdujo, con éxito, la variolización
Chile en la epidemia de 1765 y luchó, sin éxito,
por mejorar los programas de enseñanza con las ideas de
Harvey, Morgagni, Sydenham, Boerhaave, Hunter y otros.
Se estima que en el siglo XVIII hubo alrededor de 100 médicos
en Chile, cerca de la mitad de ellos eran extranjeros; la mayoría
de éstos, franceses. Sin embargo, la acción de ellos
no se tradujo en el nacimiento de una escuela.
Otros progresos de ese siglo fueron la renovación y construcción
de hospitales en varias ciudades, la fundación de la Casa
de Huérfanos o Expósitos en 1758 y la de las Recogidas
en 1764. La primera estaba unicada en la manzana comprendida por
las actuales calles Manuel Rodriguez, San Martín, Agustinas
y Huérfanos. La segunda, asilo de las mujeres de vida licenciosa,
se hallaba en las faldas del Cerro Huelén, en la parte de
la calle del Oriente que hoy es Miraflores. En 1782 se construyó
el Hospital San Borja, para mujeres, ubicado en La Cañada
entre las calles Dieciocho y San Ignacio, entonces Callejón
Urgarte.
A fines del siglo XVIII Santiago tenía cerca de 25.000 habitantes,
más de 2.000 casas y 800 ranchos. Hacia el norte se extendía
al barrio de la Chimba (hoy Independencia) a través del
puente de Cal y Canto; hacia el oriente estaban los Tajamares;
al este, llagaba ocho cuadras más allá de la Plaza
Mayor, y al sur, el Zanjón de la Aguada, límite de
los terrenos agrícolas y ganaderos del Hospital San Juan
de Dios.
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