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Felipe Teofrasto von Hohenheim era un hombre fogoso, rústico
y místico, que atacó con furia la medicina tradicional
de su época y luchó sin descanso por una nueva medicina.
Nació en 1493 en Einsiedeln, Suiza; su padre era médico.
Junto a los bosques, montes y ríos de su ciudad natal y
a los hombres rudos de ese país, su padre le enseñó
las primeras letras y le hizo conocer y admirar la naturaleza.
Desde niño acompañó a su padre en las visitas
a enfermos. A los 6 años de edad murió su madre.
Tenía 8 años cuando se trasladaron a los Alpes austríacos,
a Villach, junto a una abadía de los benedictinos. Allí
tuvo contacto con otros hombres, también rudos, los mineros,
y conoció las minas y los hornos y el arte de separación
de elementos químicos. Recibió su primera educación
de los monjes del monasterio.
Primero estudió las artes liberales (trivium: gramática,
retórica, dialéctica, cuadrivium: geometría,
aritmética, música y astronomía) probablemente
en Viena, para luego ser médico, y, con ese fin, se fue
a Ferrara, en Italia. Allí al parecer se tituló de
doctor, y siguiendo la costumbre de la época, latinizó su
nombre y eligió el de Paracelsus. Ya en el momento de titularse,
a los 23 años, sentía tener experiencia, había
crecido observando la naturaleza y, junto a su padre, también
a los enfermos. Entonces se convenció de que el arte de
sanar había que buscarlo en la naturaleza y no en los libros
y de que había que salir y recorrer el mundo para conocer
las enfermedades y las medicinas naturales que usaban los campesinos,
los artesanos, los barberos y las mujeres del pueblo. Entonces
inició
su largo viaje por Europa, en que llegó hasta Moscú,
de allí, descendiendo a través de Kiev por los Balcanes,
llegó al Asia Menor y a Egipto, desde donde regresó
a Villach pasando por Italia. Su peregrinación duró
12 años. Muchos jóvenes lo siguieron en estas andanzas.
Dijo entonces:
Comadronas, curanderos, nigromantes, barberos, pastores y campesinos
saben muchas cosas que aparentemente no han sido tomadas en consideración
por los doctores eruditos. Los barberos, los médicos del
pueblo, saben el arte de curar, no a merced de los libros sino
a través de la luz de la naturaleza o por la tradición
procedente de los antiguos magos.
Tenía poco más de 30 años. Entonces, habiendo
arrojado su gorra de doctor y habiéndola cambiado por un
sombrero blando, escribió su primera obra, Paramirum,
pero no lo hizo en latín sino en alemán. Es una obra
de juventud, una obra esquemática en que analiza las causas
generales de las enfermedades. Cinco esferas o entia determinan
la vida humana: ens astrale, ens veneni, ens naturale, ens spirituale,
ens Dei. Ens astrale, pues toda persona nace en el momento
de una constelación y es hijo de su tiempo. Ens veneni,
pues el hombre es parte de la naturaleza, está expuesto
a sufrir la acción de las cosas que toma del mundo circundante. Ens
naturale trata del camino que recorre el hombre desde su nacimiento
hasta la muerte, camino determinado por su constitución
y destino. Ens spirituale, pues el hombre tiene cuerpo y
espíritu, y por el espíritu el mundo circundante
se convierte para cada individuo en un mundo distinto y el hombre
se hace pensador y creador. La enfermedad viene de la alteración
del orden de estas cuatro esferas, la curación está
determinada por la quinta: ens Dei.
En esta primera obra se ve ya al Paracelso místico y astrólogo.
Es un intento de antropología médica.
Después de una corta estadía en Villach, se fue
a Salzburgo y luego a Estrasburgo. Pero aunque Estrasburgo parecía
una ciudad ideal para vivir en la quietud tras haber recorrido
el mundo y acumulado tanta experiencia, un hecho ocurrido en 1526
lo hizo trasladarse a la vecina Basilea. Había enfermado
el famoso impresor Frobenius, junto al cual vivía Erasmo
de Rotterdam. Los médicos le habían diagnosticado
una gangrena del pie a Frobenius y habían aconsejado la
amputación. Y Erasmo, que había oído hablar
de ese extraño médico y de sus curas asombrosas,
aconsejó mandarlo a buscar. Así llegó Paracelso
a Basilea y curó
a Frobenius. El ayuntamiento de la ciudad ofreció a Paracelso
la vacante de médico municipal, con licencia para dar clases
en la Universidad. Se había cumplido el gran deseo de Paracelso
de poder transmitir su experiencia. Pero no alcanzó a durar
un año, el de 1927, en Basilea, pues empezó publicando
un programa revolucionario, que decía así:
No vamos a seguir las enseñanzas de los viejos maestros,
sino la observación de la naturaleza, confirmada por una
larga práctica y experiencia. ¿Quién ignora
que la mayor parte de los médicos dan falsos pasos en
perjuicio de sus enfermos? Y esto sólo por atenerse a
las palabras de Hipócrates, Galeno, Avicena y otros. Lo
que el médico necesita es el conocimiento de la naturaleza
y de sus secretos. Yo comentaré, por lo tanto, cuotidianamente,
durante dos horas en público y con gran diligencia para
provecho de mi auditorio, el contenido de los libros de medicina
interna y cirugía práctica y teórica, de
los cuales yo mismo soy autor. No he escrito estos libros como
muchas otras personas repitiendo lo que han dicho Hipócrates
o Galeno, sino que los he creado basándome en mi experiencia,
que es la máxima maestra de todas las cosas. Y lo demostraré,
no con las palabras de las autoridades, sino mediante experimentos
y consideraciones razonables. Si vosotros, queridos lectores
míos, sentís el afán de entrar en estos
secretos divinos, si alguno quiere aprender en breve tiempo toda
la medicina, que venga a Basilea a visitarme y encontrará todavía
más de lo que puedo decir con palabras. Para explicarme
con mayor claridad indicaré, como ejemplo, que no creo
en el dogma de los humores con el que los antiguos explican equivocadamente
todas las enfermedades; pues
únicamente una mínima parte de los médicos
de hoy tiene un conocimiento más exacto de las enfermedades,
de sus causas y de sus días críticos. Prohibo hacer
juicios superficiales sobre Teofrasto antes de haberlo oído.
Que Dios os guarde y os haga comprender benévolamente la
reforma de la medicina. Basilea, día 5 de junio de 1527.
Hay pasajes que suenan como Galeno. Pero en fin, el conflicto
estaba planteado, la Facultad de Medicina se sintió ofendida,
y se desató una lucha entre ésta y Paracelso. Fue
entonces cuando quemó en la plaza pública los libros
de Avicena, Galeno, Rhazes y otros y danzó alrededor de
la hoguera. En fin, al cabo de diez meses abandonó Basilea.
Después de otro peregrinaje se estableció en Alsacia,
donde, para sentir justificada su existencia, publicó el
grueso de sus manuscritos: es el Paragranum. Dijo de este
libro: En
él me doy a conocer, así que por fin mi corazón
está suficientemente descubierto.
Esta obra trata de las cuatro columnas sobre las cuales está
edificada la medicina, y esas son: la filosofía, la astronomía,
la química y la virtud, en la que está el amor. Probablemente
influido por las impresiones de su juventud al contemplar la transformación
de los metales en las minas, dio en esa obra una visión
química del fenómeno viviente y de la enfermedad.
Paracelso concibió
al cosmos como un organismo, y al hombre, como un microcosmos,
ambos formados por las mismas substancias químicas. Asufre,
mercurio y sal son para él las substancias esenciales del
organismo, cuya proporción mantiene o modifica el archeus,
principio vital. Pero esos términos tienen en Paracelso
un signficado abstracto, asufre y mercurio no representan
cada uno un elemento químico -el concepto de éste
se formuló
sólo en el siglo XVII por Boyle. Asufre es el substrato
de la combustión; mercurio, el de la solubilidad
y de lo gaseoso, y sal, el substrato de lo estable.
Paracelso siguió peregrinando, sufrió una crisis
religiosa, volvió a Alsacia, retomó la medicina y
escribió sus últimas obras. Por último, aceptó
el ofrecimiento del príncipe Ernesto de Baviera para radicarse
en Salzburgo, donde murió en 1541.
Paracelso es una de las figuras más contradictorias de
la historia de la medicina. En su búsqueda de lo nuevo y
su oposición a la observancia ciega de la autoridad tradicional,
fue más moderno que la mayoría de sus contemporáneos,
y en su concepción astrológica y mística fue
más medioeval que los médicos de aquella época.
Sus aportes concretos son relativamente pocos: la descripción
de la pneumoconiosis, el descubrimiento de la relación entre
cretinismo y bocio y el empleo del hierro y otras substancias inorgánicas
en la terapéutica; además, introdujo la noción
de enfermedades metabólicas con la idea de enfermeades
tartáricas, en que el tártaro, el veneno,
aparecía depositado en los órganos, y la idea de
substancias químicas como fármacos específicos.
Con Paracelso entró en escena por primera vez el pensamiento
alemán en la historia de la medicina con su rasgo de una
visión holística. Fue el iniciador de la química
farmacológica y se adelantó en la marcha de la medicina
hacia las ciencias naturales. La continuidad histórica se
va a establecer en el siglo XVII con una nueva corriente: la iatroquímica.
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