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Para ejercer su arte el médico hipocrático debía
hacerse una representación mental de la enfermedad del paciente
en todo el curso temporal: en el pasado, presente y futuro. Esta
representación es en verdad el pronóstico,
la prognosis. El acceso al pasado lo buscaba interrogando
al paciente en su recuerdo de los comienzos de su afección,
esto es, lo buscaba a través de la anamnesis, la anámnesis.
El estado presente, el diagnóstico, la diágnosis,
lo establecía usando todos sus medios de percepción
de los seméix, es decir, de los signos y síntomas
de enfermedad, cuyo estudio es la semiología. Veamos,
por ejemplo, la descripción de la facies hipocrática,
que se observa generalmente en un cuadro disentérico:
En las enfermedades agudas hay que observar atentamente esto:
en primer lugar, el rostro del paciente, si es parecido al de
las personas sanas, y sobre todo si se parece a sí mismo.
Esto sería lo mejor, y lo contrario de su aspecto normal,
lo más peligroso. Puede presentar el aspecto siguiente:
nariz afilada, ojos hundidos, sienes deprimidas, orejas frías
y contraídas, y los lóbulos de las orejas desviados;
la piel de la frente, dura, tensa y reseca, y la tez de todo
el rostro, amarillenta u oscura (Pronóstico, 2)
A través de hipótesis y deducciones el médico
se representaba el curso futuro de la afección, en particular,
su desenlace. Elaborar esta representación era difícil
y para ello el médico recurría a su saber, experiencia
e inteligencia, no sólo para analizar los hechos percibidos,
sino especialmente para integrarlos en un cuadro coherente. Esta
capacidad intelectual de integración, aún no reproducida
en la inteligencia artificial, es parte fundamental del arte médico,
y no es raro que esa capacidad se manifieste rápidamente,
es decir, como una intuición. Este juicio global le permitía
al médico hipocrático reconocer si la enfermedad
era un cambio por necesidad o uno por azar. En el
primer caso, se abstenía de intervenir. Si actuaba, debía
observar, en primer lugar, el principio de ser útil o
no dañar: opheléin e me bláptein,
precepto que daría origen al conocido primum non nocere:
ante todo no dañar. Un criterio terapéutico importantísimo
era el actuar en el momento oportuno, para lo cual el médico
debía reconocer la oportunidad propicia para instaurar el
tratamiento. Pero la ocasión era considerada fugaz y dejarla
pasar hacía ineficaz el tratamiento. Toda esta concepción
queda resumida en el primer aforismo hipocrático:
La vida es breve; el arte, largo; la ocasión, fugaz;
la experiencia, engañosa; el juicio, difícil. Es
necesario que no sólo el médico mismo se entregue
haciendo lo debido, sino también el enfermo y los presentes,
y que se den las circunstancias externas.
Consecuente con la idea de que la naturaleza del hombre encerraba
una fuerza curativa, el médico dirigía el tratamiento
desde luego a eliminar la causa y a ayudar a que esa fuerza se
pusiera en acción. Con este fin debía tratar, ante
todo, de servirse de medios naturales. En segunda instancia usaba
substancias extrañas. Un tercer recurso era actuar manualmente.
De este modo se desarrollan, según los medios terapéuticos
empleados, las tres ramas de la medicina clásica: la dietética,
la farmacéutica y la cirugía.
La dietética era la rama más importante, la disciplina
en que se medía el arte terapéutico. Pero hay que
saber que díaita o sea dieta, se refería
no sólo a la alimentación sino a todo el régimen
de vida. En la dietética, por lo tanto, se podían
hacer cambios de cualquier aspecto del modo de vivir.
El phámacon es una substancia extraña al
organismo y, por cierto, no necesariamente beneficiosa. Había
una explicación teórica de su modo de actuar, lo
que hoy se llamaría farmacodinamia: el fármaco tenía
la capacidad de atraer substancias corporales afines a su naturaleza,
de arrastrarlas y así, de purificar al organismo. Entre
ellas se usaban diversas hierbas medicinales, purgantes, eméticos,
vino y oximiel, una mezcla de vinagre y miel.
La palabra cirugía viene de chéir,
que significa mano y de érgon, que quiere
decir trabajo. Para el médico hipocrático
era muy importante tener habilidad manual. Había una cirugía
puramente manual y una instrumental. A la primera pertenecía,
por ejemplo, la reducción de fracturas; a la segunda, el
uso del bisturí, por ejemplo, para vaciar abscesos o para
la flebotomía para realizar una sangría. A pesar
de que la dietética era la rama más estimada, la
que tuvo mayor desarrollo fue la cirugía.
El último aforismo se refiere a los medios terapéuticos:
Lo que los medicamentos no curan, lo cura el hierro; lo que
el hierro no cura, lo cura el fuego; lo que el fuego no cura,
hay que considerarlo incurable.
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