John Hunter

 

Aunque la cirugía había acrecentado su prestigio especialmente en Francia e Inglaterra y el rango de los cirujanos se había elevado, esta disciplina seguía teniendo un carácter artesanal y se hallaba al margen de la investigación.

John Hunter, cuyo nombre quedó asociado al canal del aductor, sentó las bases científicas de la cirugía con sus estudios sobre la inflamación, la cicatrización de los tejidos, consolidación de las fracturas, sobre la ligadura arterial. Fue el primero en considerar la inflamación no una enfermedad, como lo era hasta entonces, sino una reacción defensiva local frente a diversas noxas. Desde un punto de vista general, su aporte fue el crear la base de unión entre medicina y cirugía.

John Hunter nació en Glasgow en 1728 y vivió 65 años. Era el más joven de diez hermanos, de los cuales siete murieron siendo niños o muy jóvenes. Cuando nació John su padre ya era viejo. Fue muy mimado por su madre, fue expulsado del colegio; era un niño con gran curiosidad por conocer la naturaleza.

Llegado a los 20 años, antes de tomar casi el único camino que le quedaba: entrar al ejército, se fue a Londres para probar suerte trabajando de ayudante de su hermano William, un cirujano de prestigio, anatomista y ginecólogo, educado en Oxford. Era, además, un coleccionista apasionado de manuscritos, libros, cuadros y preparados anatómicos. William daba lecciones privadas de anatomía, con ejercicios prácticos en cadáveres. John trabajó incansablemente, con gran entusiasmo y buen desempeño, pronto pasó a ser asistente y luego, aprendiz de cirugía en el Hospital de Chelsea, de San Bartolomé y de San Jorge. Percival Pott fue uno de sus maestros. Tratando William de que su hermano completase su formación, lo envió a Oxford, de donde John volvió a los pocos meses diciendo: Querían hacer de mi una mujer vieja, pues pretendían llenarme con latín y griego; yo rechacé todos estos planes como insectos dañinos.

Su interés, y muy grande, estaba en la anatomía, pero, para entender la del hombre, había que conocer también la de los animales, la anatomía comparada, así se podían comprender las funciones generales de los órganos. Hunter entró de cirujano al ejército y después a la marina. Inglaterra estaba en guerra con Francia y España. Tuvo una rica experiencia como médico militar. En ese tiempo nacieron las ideas cuyo pausado desarrollo daría origen a un libro póstumo, su obra más importante: A treatise on the blood, inflammation and gunshot wounds, aparecido en 1794.

A los 35 años de edad, después de la paz de París en 1763, se radicó en las afueras de Londres, donde se compró una finca. Allí se dedicó de lleno a sus estudios anatómicos, a hacer experimentos y a formar colecciones de animales, especialmente, de animales raros. Sobornó unos sepultureros para le entregaran el cadáver de O'Bryan, un hombre gigante cuyo esqueleto pasó a formar parte del museo de Hunter.

Pero el museo, la finca, el numeroso personal -45 personas entre niños, instructores, criados, jardineros y guardianes-, todo esto costaba grandes sumas de dinero. A los 50 años logró ser elegido cirujano del Hospital de San Jorge, donde llegó a tener una entrada cuantiosa, que sin embargo, no le alcanzó para vivir sin deudas. El ser cirujano de ese hospital le trajo discípulos y aprendices, que pasaban a vivir con él en su finca. Entre ellos estaba Edward Jenner, con quien tuvo una estrecha amistad.

Hunter era un empirista típico. El experimento, en el ambiente de esos empiristas, era de valor insuperable en la ciencia. Y lo que mostraba un experimento, aunque fuera uno solo, servía de guía sin titubeos. Entre los experimentos que hizo Hunter hay uno muy importante, uno en que se cometió un error, un error que mantuvo una idea falsa por medio siglo acerca de la naturaleza de dos enfermedades. Ya se sabía de los dos tipos de chancros: el duro, sifilítico, y el blando, no sifilítico. Pero se discutía si la sífilis era la misma enfermedad que la gonorrea o blenorragia. Para dilucidar el problema, Hunter se inoculó pus de un enfermo con blenorragia, y se le produjeron lesiones sifilíticas. Y de ahí concluyó que las dos enfermedades eran una sola. La falla había sido el ignorar que el enfermo del que se obtuvo el líquido para la inoculación, también tenía una lues.

Los últimos años de Hunter fueron de gran actividad. De 6 a 9 de la mañana trabajaba en disección anatómica, luego hasta las 12 atendía la consulta, después hacía las visitas. A las 4 almorzaba, tomaba una siesta de una hora, y después daba sus conferencias -que lo hacían ponerse muy nervioso. Se acostaba a la una de la madrugada. Y así siguió esa vida, perturbada por una angina de pecho, que lo llevó a la muerte.